Cuando la primera ministra de Japón solicitó una reunión con el presidente de Estados Unidos, lo hizo para evitar el riesgo de que, durante su programada visita a Pekín, Donald Trump pudiera llegar a algún tipo de acuerdo con su homólogo Xi Jinping que perjudicara a los intereses japoneses. Pero al llegar Sanae Takaichi a la Casa Blanca el 19 de marzo, el viaje de Trump a China no sólo se había pospuesto, sino que la guerra en Oriente Próximo iba a dominar la agenda: todo un campo de minas para el objetivo japonés de continuar fortaleciendo la alianza bilateral.
En su segundo encuentro con Trump, Takaichi tenía previsto ante todo insistirle en la conveniencia de que la posición de Estados Unidos y de Japón hacia China estén alineadas. Al percibir la República Popular como su principal amenaza estratégica, la cooperación con Washington es absolutamente necesaria para Tokio. Si el precio de mantenerla pasa por halagar a Trump y aceptar algunas de sus demandas económicas y de defensa, Takaichi ha sabido hacerlo. El conflicto en Irán le plantea, sin embargo, un grave dilema, además de complicar sus esfuerzos dirigidos a evitar que la Casa Blanca reduzca su atención hacia el Indo-Pacífico.
Después de una mejora en las relaciones con la República Popular bajo el gobierno de Shigeru Ishiba, los problemas resurgieron en noviembre del pasado año cuando, poco después de su nombramiento como primera ministra, Takaichi declaró que Japón podría intervenir en el caso de una intervención china en Taiwán. En plena escalada de tensión entre ambos países, Trump, en vez de defenderla, le sugirió que rebajara el tono. Fue una respuesta que inquietó a las autoridades japonesas, preocupadas por la actitud conciliadora de Washington hacia Pekín, y por sus efectos sobre la estructura de disuasión en torno a Taiwán.
La presión norteamericana para prestar ayuda en el Golfo Pérsico se ha convertido en otro desafío para Japón, un país que depende de la zona para el 95 por cien de sus importaciones de petróleo, un 70-75 por cien de las cuales recibe a través del estrecho de Ormuz. Dada esa dependencia, Trump quiere que, entre otros socios y amigos, Japón participe en el despliegue naval que permita la reapertura del estrecho. El temor de China dificulta una clara negativa de Takaichi, aunque más del 80 por cien de los japoneses están en contra de la guerra, y Japón ha mantenido tradicionalmente una relación positiva con Irán. Teherán ha indicado, por otra parte, que no obstaculizará la navegación de aquellos petroleros que se dirijan a países no involucrados en el conflicto. En último término, las limitaciones legales y constitucionales de Japón impiden el tipo de acción reclamada por la Casa Blanca.
Dicho eso, el impacto de la crisis energética provocada por la guerra ponen en riesgo los planes de reforma económica de Takaichi, así como sus ambiciones de adquirir una mayor autonomía estratégica. En el escenario regional, la situación también puede alterarse al trasladar Estados Unidos recursos militares de Asia a Oriente Próximo, incluyendo buques, sistemas de defensa antimisiles y marines desplegados en Okinawa.
Takaichi resolvió con tacto su encuentro con Trump: logró mantener la unidad de la alianza y evitó compromisos explícitos, salvo en lo que se refiere a un nuevo paquete de inversiones japonesas en territorio norteamericano. Bajo los recíprocos elogios en público de ambos líderes, la tensión bajo la superficie fue, no obstante, innegable. Nada lo demostró mejor que la ausencia de un comunicado conjunto, una omisión muy poco habitual.




