La guerra de Irak, denunció Donald Trump en su día, fue “el mayor error cometido en la historia de nuestro país”. Fue también él quien se comprometió a “medir nuestro éxito” por “las guerras en las que nunca nos metimos”. Tras presumir de haber puesto fin a ocho conflictos, y sólo semanas después de crear el Consejo de Paz, el presidente norteamericano parece haber olvidado sus convicciones para lanzarse a un nuevo ataque contra Irán el 28 de febrero, el segundo en menos de un año. Tampoco parece importarle la incoherencia con la Estrategia de Seguridad Nacional de su administración, publicada en diciembre, en la que Oriente Próximo aparece en el cuarto lugar de sus prioridades (a continuación del hemisferio occidental, el Indo-Pacífico y Europa). La Casa Blanca continúa en su tarea de demolición del orden internacional, convencida de que su poder —como puso a prueba en Venezuela— sirve de justificación de sus acciones, pero sin ser consciente de que en realidad está acelerando la pérdida de influencia de Estados Unidos.
En la más arriesgada apuesta de su mandato hasta la fecha, Trump no ha sido muy convincente en sus explicaciones. Irán no representaba ninguna amenaza directa a Estados Unidos. Su capacidad nuclear, dijo en junio el propio presidente, fue “totalmente aniquilada”, mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, ha reconocido la ausencia de pruebas de que se haya restaurado con posterioridad el programa de enriquecimiento de uranio. Tampoco cuenta el país con misiles intercontinentales que puedan alcanzar el territorio norteamericano. Aún menos puede un Irán más aislado y debilitado que nunca controlar el equilibrio de poder regional. Como en el caso de Irak, se recurre a distintos argumentos para respaldar una acción que ha desatendido las objeciones del Pentágono, y que no tiene el apoyo del Congreso ni de la opinión pública.
La motivación de fondo no puede ser otra que el cambio de régimen, un objetivo perseguido desde hace años por su aliado Benjamin Netanyahu. Trump se ha dejado arrastrar por este último, en una ecuación de múltiples variables entre las que hay que incluir el petróleo, la capacidad de maniobra del lobby judío, y la intención de contrarrestar la influencia china (y rusa) en la región. Sus implicaciones se extenderán, no obstante, en diversos frentes, del interno al global.
Aunque Jamenei haya sido eliminado, la economía sea un desastre, y hayan muerto miles de personas en la represión de las manifestaciones populares, el régimen no muestra en absoluto indicios de hundimiento. Como ocurrió en 1951, cuando la CIA organizó un golpe contra el primer ministro Mossadeq, o en los años previos a la caída del sha Pahlevi, Washington continúa mostrando una notable ignorancia sobre la realidad iraní, una civilización de más de dos mil años de historia. Si, como dice, Trump busca la liberación del pueblo iraní (como se dijo en su momento a iraquíes y a libios), debería explicar cuál es su estrategia. Irán no es una creación artificial como Irak, ni existe una Delcy Rodríguez que pueda servir como interlocutor y garante de la estabilidad nacional. Si algún día llega, la democracia se establecerá en Irán como resultado de un proceso interno, no mediante el uso de la fuerza por un actor exterior.
Al violar una vez más la Carta de las Naciones Unidas, Estados Unidos agrava, por otra parte, su pérdida de credibilidad y de legitimidad internacional; sienta un grave precedente para otras potencias revisionistas; acentúa la desconfianza de sus aliados europeos y asiáticos; y ensancha la percepción de China como socio estable entre las naciones del Sur Global. Además de erosionar las instituciones y los principios más básicos del Derecho internacional, los mercados del petróleo, la economía global y la competición geopolítica entre las grandes potencias también se verán afectados por una agresión que dañará la reputación y los intereses de Estados Unidos. Lejos de resolver los problemas de Oriente Próximo, creará otros nuevos.




