Pakistán ha pasado a primer plano internacional en la guerra de Irán, y lo está haciendo con el apoyo de Turquía, Egipto y Arabia Saudí y el discreto estímulo de China, incentivado por la crisis energética que el conflicto está originando. Pakistán, a pesar de su inestabilidad interna y sus propios choques armados con los talibanes afganos y con los separatistas baluchis está en una buena situación para mediar: mantiene buenas relaciones, aunque no sin roces, con EEUU; es socio de China, que tiene importantes inversiones en el país; su mayoría suní le garantiza lazos con saudíes y egipcios y la posesión de armas nucleares le proporciona fuerza.
Pero son sus lazos con los países árabes, también de mayoría suní, lo que le proporciona un instrumento clave porque le permite estar en la mesa de negociación y, a la vez, pesar a favor de no ir demasiado lejos en las concesiones al régimen iraní. En estos momentos, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos están insistiendo al presidente Trump en que no debe tener prisa en las negociaciones con Irán, que debe asegurar la victoria y garantizase una drástica disminución de la capacidad de amenaza y chantaje de Irán. Casi la posición oficial de Israel.
Pakistán necesita un Irán estable que no traslade desorden a su frontera occidental ya que su gran amenaza estratégica está en su frontera oriental con India. A la vez, Islamabad necesita fortalecer su protagonismo internacional, reforzar sus lazos diplomáticos y hacerse valer como “agente de paz”. Por otra parte, a sus socios les va bien que Pakistán asuma protagonismo mientras defienda los intereses comunes evitando así consecuencias más graves en caso de que la búsqueda de un alto el fuego fracase.
Pero también Pakistán va con pies de plomo. Alberga minorías islamistas radicalizadas que no verán con comodidad un acuerdo de victoria de EEUU e Israel, debe considerar las repercusiones de la guerra en Asia Central y debe salir sin daños de este proceso en sus relaciones con China Y EEUU. Que no es poco.




