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INTERREGNUM: Encuentros multilaterales. Fernando Delage

La última semana ha sido prolífica en cuanto a la celebración de encuentros interregionales. Con pocos días de diferencia, China ha mantenido una reunión con sus vecinos de la ASEAN y con el continente africano. Por su parte, cuando se cumplen 25 años de su nacimiento, el proceso Asia-Europa (ASEM) celebró su 13ª cumbre.

Aunque China y la ASEAN tuvieron en octubre su cumbre bilateral anual, el 22 de noviembre se encontraron de nuevo con motivo del 30 aniversario del establecimiento del diálogo formal entre ambas partes. El sureste asiático es uno de los principales espacios de competición entre Washington y Pekín, y China continúa dedicando notables esfuerzos al aumento de su influencia en la subregión. Para marcar un cambio de etapa en las relaciones bilaterales, el presidente chino anunció que se elevará el nivel de la asociación estratégica con la ASEAN, en reconocimiento de la importancia de la organización en la arquitectura asiática y global. Xi indicó, por otro lado, que China ofrecerá 150 millones adicionales de vacunas al grupo, donará 1.500 millones de dólares en ayuda al desarrollo los próximos tres años, e importará más de 150.000 millones de dólares en productos agrícolas en cinco años.

Apenas una semana después de su reunión virtual con el presidente de Estados Unidos, Xi no dejó de aprovechar la ocasión para denunciar los actos “contrarios a la paz, el desarrollo y la cooperación”, en una velada referencia al acuerdo firmado en septiembre por Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS). El presidente chino declaró su intención de adherirse tan pronto como sea posible al protocolo del tratado del sureste asiático como zona libre de armamento nuclear.

Si bien Asia es la prioridad diplomática de China, su relación con África está adquiriendo una relevancia cada vez mayor. Hace poco más de 20 años que se puso en marcha el Foro de Cooperación China-Africa (FOCAC), cuyo octavo encuentro trienal  se ha celebrado el 29 y 30 de noviembre en Dakar. El crecimiento de los intercambios económicos desde entonces ha sido espectacular. El comercio entre ambos ha aumentado de 10.000 millones de dólares en el año 2000 a más de 200.000 millones de dólares en la actualidad (lo que supone algo más del 20 por cien del total del comercio exterior africano). La inversión directa anual china en África se incrementó, por otra parte, desde algo menos de 75 millones de dólares en 2003 (año a partir del cual hay datos disponibles), a 5.500 millones de dólares en 2018 (en 2019 cayeron a 2.700 millones de dólares, para aumentar de nuevo, pese a la pandemia, a 4.200 millones de dólares en 2020). El stock acumulado se ha multiplicado casi por 100 en este período: de 490 millones de dólares en 2003 a 43.400 millones de dólares en 2020 (46.100 millones en 2018), lo que hace de China el cuarto mayor inversor en África desde 2014.

Las proyecciones de crecimiento de esas inversiones permiten estimar que, en diez o quince años, será el primer inversor externo. A todo ello hay que añadir los préstamos concedidos por la República Popular a África: unos 153.000 millones de dólares en los últimos veinte años. Como indica el nuevo Libro Blanco sobre el continente, hecho público por Pekín en vísperas de la cumbre, China está comprometida a integrar estrechamente su propio desarrollo con el de África, reforzando su presencia en infraestructuras, tecnología, salud y educación. Ya hay en funcionamiento más de 100 parques industriales en los que las inversiones chinas—cada vez más diversificadas—contribuyen a la modernización industrial africana y a la creación de empleo.

La relación China-África es en consecuencia una variable a la que europeos y americanos deben prestar atención, aun cuando los primeros no pueden desatender de manera más inmediata el desafío asiático. Pero en contraste con el impulso de Pekín a sus redes multilaterales, la cumbre de ASEM, celebrada con Camboya como anfitrión el 25 y 26 de noviembre, ha pasado prácticamente inadvertida. Tras la adopción en septiembre de su estrategia hacia el Indo-Pacifico, y la próxima presentación de la iniciativa “Global Gateway”, que desarrolla y adapta la estrategia de interconectividad Asia-Europa de 2018 al contexto actual, podía esperarse un mayor interés. Después de todo, ASEM representa en torno al 50 por cien del PIB global y la mitad de la población del planeta, y es el único instrumento multilateral en el que Bruselas y los Estados miembros coinciden con sus interlocutores asiáticos. La amplitud de su representación puede ser quizá una de las razones de que se haya convertido en otro ejercicio burocrático, pero no deja de llamar la atención el contraste con la manera en que China saca partido a sus medios diplomáticos

INTERREGNUM: El dilema birmano de la ASEAN. Fernando Delage

Inquieto porque el gobierno de la Liga Nacional para la Democracia (el partido que en las elecciones generales de 2019 revalidó la mayoría obtenida en 2015) pudiera acabar con el control por los militares del ministerio de Defensa y de distintos sectores de la economía, el ejército de Myanmar—en cuyas manos estuvo el país entre 1962 y 2010—dio un golpe de Estado el pasado 1 de febrero.

Desde entonces la junta militar ha reprimido brutalmente toda forma de disidencia, con un resultado de más de mil muertos. La economía también ha estallado: numerosos bancos carecen de liquidez, y buena parte de las empresas extranjeras han abandonado el país. Cerca de un millón y medio de empleos desaparecieron en el segundo semestre del año, y el Banco Mundial estimó en verano que el PIB caerá un 18 por cien en 2021. Myanmar podría estar cerca de convertirse en un Estado fallido, con el consiguiente riesgo de inestabilidad para las naciones vecinas. Los problemas de gobernabilidad, el aumento de los contagios por Covid (Myanmar puede convertirse en un transmisor masivo de nuevas variantes de la pandemia), y el creciente flujo de refugiados representan una grave amenaza para la región.

Con su atención puesta en otros asuntos, las principales potencias se han mantenido más bien al margen. Estados Unidos y otras democracias no han ido más allá de la imposición de sanciones e India ha mantenido un significativo silencio, mientras que China se ha negado a condenar a la junta y Rusia ha aprovechado para aumentar sus ventas de armamento. Más grave resultaba que quien tenía una especial responsabilidad con respecto a la cuestión, la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN), no ofreciera ninguna respuesta.

De ahí la llamativa decisión de no invitar al líder birmano, general Min Aung Hlaing, a la cumbre anual de la organización que se celebra esta semana. Es un gesto que puede interpretarse como una victoria simbólica para el Gobierno de Unidad Nacional en el exilio, aunque lo relevante es que la ASEAN no ha expulsado a Myanmar ni ha suspendido su participación en las reuniones de altos funcionarios. Su actitud parece por tanto contradictoria, si bien es un claro reflejo de su tradición de no injerencia en los asuntos internos de los miembros y de adopción de decisiones por consenso.

A mediados de octubre, Indonesia, Malasia, Filipinas y Singapur condenaron el golpe, exigieron la liberación de los prisioneros políticos y demandaron que no se invitara al general Min a la cumbre de este año; una posición que no fue compartida por Tailandia—también controlada por las fuerzas armadas—así como por Camboya y Laos.

El problema es que la crisis birmana representa un incómodo desafío a la credibilidad de la ASEAN. La resistencia de la junta militar a poner en marcha el plan de cinco puntos acordado—con su visto bueno—por los ministros de Asuntos Exteriores de la organización en abril para el cese de la violencia no le dejaba mucho margen de maniobra. Ni podía aparecer como protectora del régimen, ni podía arriesgarse a que, en un contexto de preocupación por la creciente influencia de China, el presidente de Estados Unidos decidiera no acudir a la próxima Cumbre de Asia Oriental, de cuya gestión se ocupa la ASEAN. También las cumbres bilaterales con Estados Unidos y con la Unión Europea podían verse en el aire de no adoptarse ninguna respuesta frente a Myanmar.

No parece que la exclusion de la cumbre del general Min vaya a abrir paso a una aproximación más eficaz al conflicto, pero el gesto es revelador del dilema permanente que afronta la organización a la hora de equilibrar la pretensión de mantener su centralidad en una era de rivalidad entre las grandes potencias, y los condicionantes impuestos por sus propias prácticas de funcionamiento.

INTERREGNUM: EE UU, China y el sureste asiático. Fernando Delage

Durante las últimas semanas, la administración Biden ha continuado reforzando sus contactos con los aliados y socios asiáticos. Si Japón y Corea del Sur fueron especial objeto de atención durante los primeros meses del año, el sureste asiático ha sido la pieza siguiente. Son elementos todos ellos de la estrategia en formación frente al desafío que representa una China en ascenso, país a donde también viajó en julio la vicesecretaria de Estado.

La primera visita de un alto cargo de la actual administración norteamericana al sureste asiático fue la realizada a finales de julio por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, a Singapur, Filipinas y Vietnam. Ha sido una visita relevante no sólo porque Washington tiene que contrarrestar la creciente presencia económica y diplomática de Pekín en la subregión, sino también corregir el desinterés mostrado por el presidente Trump hacia los Estados miembros de la ASEAN. Tampoco ha sido tampoco un mero gesto, sino la ocasión para subrayar el renovado compromiso de Estados Unidos con sus socios locales.

El 27 de julio, en un foro organizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Singapur, Austin indicó que las acciones chinas en el Indo-Pacífico no sólo son contrarias al Derecho internacional, sino que amenazan la soberanía de las naciones de la región. El secretario de Defensa añadió que la intransigencia de Pekín se extiende más allá del mar de China Meridional, mencionando expresamente la presión que ejerce contra India, Taiwán y la población musulmana de Xinjiang. Insistió, no obstante, en que Washington no busca la confrontación (aunque no cederá cuando sus intereses se vean amenazados), ni pide a los países del sureste asiático que elijan entre Estados Unidos y la República Popular.

Es evidente que, pese a la marcha de Trump, las relaciones entre Washington y Pekín no han mejorado. Mientras Austin se encontraba en Singapur—y  el secretario de Estado, Antony Blinken, llegaba a Delhi—, la número dos de este último, Wendy Sherman, se encontró en Tianjin con una nueva condena por parte de sus homólogos chinos a la “hipocresía” y la “irresponsabilidad” de Estados Unidos. Con un lenguaje y tono similares al que ya empleó en la reunión de Alaska en marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, reiteró tres líneas rojas: “Estados Unidos no debe desafiar ni tratar de subvertir el modelo chino de gobierno; no debe interferir en el desarrollo de China; y no debe violar la soberanía china ni dañar su integridad territorial”.

Empeñada en no quedar fuera de juego en este rápido movimiento de fichas, Rusia también mandó a su ministro de Asuntos Exteriores a la región. Sergei Lavrov visitó Indonesia y Laos en julio, con el fin de demostrar su estatus global, dar credibilidad a su interés por la ASEAN, y ofrecerse como opción más allá de Estados Unidos y China. Moscú parece temer cada vez más que se le vea como un mero socio subordinado a Pekín en Asia. Pero no puede ofrecer lo mismo que los dos grandes ni económica ni militarmente, salvo con respecto a la venta de armamento. Y una nueva indicación de cómo los gobiernos de la zona valoran el actual estado de la cuestión ha sido la decisión de Filipinas, anunciada durante la visita de Austin a Manila, de dar marcha atrás en su declarada intención de no renovar el pacto de defensa con Washington. Duterte no ha conseguido las inversiones que esperaba de Pekín, mientras—en un contexto de elecciones el próximo año—es consciente de la percepción negativa que mantiene la sociedad filipina sobre las acciones chinas en su periferia marítima.

Austin no llegó a anunciar, como se esperaba, la nueva “US Pacific Defense Initiative (UPDI)”, destinada a mejorar el despliegue de los activos estratégicos, de logística e inteligencia del Pentágono frente al creciente poderío naval chino. Y tampoco se han confirmado los rumores de que la administración estaría dando forma a una iniciativa sobre comercio digital para Asia que excluiría a la República Popular. Sin perjuicio de las posibles declaraciones que pueda realizar la vicepresidenta Kamala Harris durante su viaje a Singapur y Vietnam a finales de agosto—una nueva indicación de las prioridades de Washington—, ambas propuestas se encuentran aún en estado de elaboración, aunque, sin duda, formarán parte de la primera Estrategia de Seguridad Nacional de Biden, esperada para el año próximo.

INTERREGNUM: Europa y el Indo-Pacífico. Fernando Delage

El reciente viaje a Yakarta del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, ha sido la ocasión para reiterar el creciente interés europeo por el Indo-Pacífico como prioridad estratégica. Después de que Francia, Alemania y Países Bajos hayan adoptado sus respectivas estrategias nacionales sobre la región, y el Consejo de la UE las líneas directrices de la que adoptará la Unión como bloque en septiembre, Bruselas debe explicitar sus intenciones de manera directa ante sus socios asiáticos.

Pocos entre ellos son tan relevantes como la ASEAN, el interlocutor “natural” de la UE como institución multilateral, y bloque con el que no dejan de crecer los intercambios económicos. Las exportaciones europeas aumentaron de 54.000 millones de euros en 2010 a 85.000 millones en 2019, mientras que las compras procedentes de la subregión se han incrementado de 72.000 millones de euros a 125.000 milllones. La UE es ya el tercer socio comercial de este grupo de 10 Estados que suman 600 millones de personas y que, como área de libre comercio, se convertirá en la cuarta economía del planeta hacia mediados de siglo.

En una intervención ante el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de la capital indonesia, Borrell hizo especial hincapié, por otra parte, en el papel que pueden desempeñar los europeos en asuntos estratégicos, y especialmente con respecto a la seguridad marítima. Puesto que cerca del 40 por cien del comercio exterior de la UE circula por el mar de China Meridional, la libertad de navegación y la estabilidad de este espacio es una preocupación que exige una mayor presencia comunitaria. De ahí el principal mensaje que quiso transmitir: la intención de la Unión de “fortalecer su acercamiento a sus socios en la región del Indo-Pacífico a fin de responder a las dinámicas emergentes que afectan a la estabilidad regional”.

Es una declaración bienvenida por la opinión pública del sureste asiático, según revelan recientes sondeos sobre los más convenientes socios externos para la ASEAN, y que también coincide con la petición realizada hace unos días por el ministro de Defensa de Japón, Nobuo Kishi. En una inusual intervención ante el subcomité de seguridad y defensa del Parlamento Europeo, Kishi animó a la UE a comprometerse militarmente en la región, a profundizar la cooperación con Tokio en este terreno, y colaborar juntos en la batalla contra la expansión del autoritarismo.

El objetivo europeo, ha subrayado Borrell, no debe ser el de propiciar la irrupción de bloques rivales ni forzar a nadie a alinearse entre uno y otro. Pero la UE sí está determinada a defender los principios del Derecho internacional y fortalecer su relación con aquellos socios democráticos que comparten sus mismas ideas y valores, por considerarlos no como europeos u occidentales sino como universales.

El verdadero desafío puede consistir, sin embargo, en reconciliar los intereses y asegurar la coordinación entre los propios Estados miembros de la Unión; en encontrar el adecuado equilibrio entre los imperativos económicos que guían su presencia en Asia, y su ambición de apoyar la democracia y los derechos humanos. El reciente intento de Macron y Merkel de convocar una cumbre con Putin que permitiera restaurar la relación con Moscú, y que fue rechazado por los demás Estados miembros, ha vuelto a reflejar las dificultades de dar forma a una posición común en política exterior. Entretanto, Rusia seguirá colaborando con China en la integración de Eurasia—un esfuerzo al que se manera expresa se puede sumar Irán tras las recientes elecciones presidenciales—, y Pekín continuará transformando a su favor el equilibrio de poder en Asia oriental.

INTERREGNUM: El sureste asiático en el centro. Fernando Delage

La reciente celebración de las cumbres anuales en torno a la ASEAN ha puesto de relieve la consolidación del sureste asiático como uno de los principales espacios de competición entre Estados Unidos y China. La consecuencia es que los dos gigantes sitúan a los países de la subregión ante un complejo dilema: cómo aprovechar las oportunidades económicas que representa la República Popular y, a un mismo tiempo, reforzar la presencia de Washington como contrapeso de Pekín. El agravamiento de la rivalidad entre ambas potencias obliga a los Estados miembros a tomar partido por uno u otro, en un contexto en el que el aumento de la influencia china, y sus ambiciones cada vez más explícitas, han transformado el entorno de estabilidad del que tanto se beneficiaron durante varias décadas.

De la relevancia de la cuestión da idea la simultánea publicación de varios libros sobre esta parte del continente, tradicionalmente subordinada—en el terreno geopolítico—a los problemas del noreste asiático. Dos de los periodistas que mejor conocen la zona, Sebastian Strangio y Murray Hiebert—este último analista en la actualidad en el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington (CSIS)—ofrecen en sus trabajos, por cierto con títulos coincidentes (In the Dragon’s Shadow: Southeast Asia in the Chinese Century, Yale University Press, 2020; Under Beijing’s Shadow: Southeast Asia’s China Challenge, Rowman & Littlefield, 2020, respectivamente), un recorrido país por país con el fin de observar sobre el terreno la realidad del nuevo poder chino. Combinando esa mirada directa con un examen de los antecedentes históricos de la relación bilateral de cada uno de los Estados miembros de la ASEAN con China, y un detallado análisis de las implicaciones económicas y estratégicas de los movimientos chinos, el resultado es—en ambos casos—una extraordinaria aproximación a un grupo de naciones que, como bloque, constituyen la quinta economía del planeta y se encuentran justamente en la intersección de ese espacio que llamamos Indo-Pacífico.

Las aportaciones de Strangio y Hiebert, aunque dirigidas a un público general, en nada desmerecen—por la profundidad de sus análisis y la calidad de su escritura—de los libros de dos eminentes expertos, Donald Emmerson y David Shambaugh, que, sin perder de vista la perspectiva de cada país sobre su interacción con Pekín, parten de un enfoque más transversal en coherencia con su perspectiva académica. The Deer and the Dragon: Southeast Asia and China in the 21st Century (Stanford University Press, 2020) es un trabajo colectivo en el que, como editor, Emmerson, profesor en Stanford y uno de los mayores especialistas en el sureste asiático, ha reunido a una docena de sus colegas para ofrecer un estudio de primer nivel. Shambaugh, profesor en la universidad George Washington y uno de los grandes expertos americanos en China, realizó por su parte una reciente estancia de investigación en la región que le permitió examinar de primera mano la situación y contrastar lo que las élites políticas e intelectuales del sureste asiático piensan de la rivalidad entre los dos grandes. El resultado es un libro (Where Great Powers Meet: America and China in Southeast Asia, Oxford University Press, 2020) en el que, de manera más sistemática que los anteriores, examina el cambio en el equilibrio de poder entre Washington y Pekín.

Pese a las diferencias de enfoque y perspectiva, son numerosos los puntos de coincidencia de estos cuatro excelentes trabajos. Ninguno niega el peso abrumador de China ni la percepción de aparente inevitabilidad de su primacía. Todos reconocen la decepción local con unos Estados Unidos cuya influencia y credibilidad se han visto dañadas en los últimos años. Coinciden igualmente en lo erróneo de la creencia de que Pekín cuenta con un plan perfectamente diseñado para la región: los actores chinos son diversos, no siempre coordinados, ni sus intereses compartidos. En último término, el poder chino podrá debilitar a la ASEAN como grupo, pero estos autores concluyen que los miembros de la organización no han abandonado su objetivo de independencia y autonomía, que persiguen bien buscando nuevos socios—como Japón o India—, bien recurriendo a propuestas diplomáticas que revelan su margen de maniobra pese a sus menores capacidades y, sobre todo, su firme determinación de impedir que el futuro del sureste asiático dependa tan sólo de Washington y Pekín.

THE ASIAN DOOR: RCEP, nuevo miembro de la Ruta de la Seda. Águeda Parra

La integración comercial en la zona del Asia-Pacífico siempre ha supuesto un fuerte impulso para el crecimiento económico de la región. El creciente protagonismo de China en las cadenas de suministro globales ha tenido como resultado que el gigante asiático se haya posicionado como epicentro de la aportación de valor en la zona de Asia-Pacífico. Una influencia que se prevé creciente con la firma de uno de los acuerdos regionales de libre comercio más grandes del mundo, la Asociación Económica Integral Regional, conocido en inglés como RCEP (Regional Comprehensive Economic Partnership).

En los ocho años que ha tardado en formalizarse el pacto entre China y otros 14 países de la región, que incorpora a los 10 países de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) junto a Corea del Sur, Japón, Australia y Nueva Zelanda, el gigante asiático ha puesto en marcha uno de los proyectos de geopolítica más importantes de las últimas décadas, la nueva Ruta de la Seda. La ambición de la iniciativa de mejorar las conexiones a través de promover el mayor desarrollo de infraestructuras de la región en mucho tiempo persigue, asimismo, otros objetivos. Entre ellos, encontrar nuevos mercados para los productos chinos a través de fomentar una mayor integración comercial en la región.

Con la incorporación de China en el RCEP, no sólo el gigante asiático no se desacopla del mundo, sino que supone su consolidación como potencia económica dominante en la región. Poniendo la magnitud del pacto en perspectiva, la RCEP da cabida a más de 2.200 millones de personas, un tercio de la población mundial, casi el 28% del comercio mundial e incluye el 30% del PIB mundial, lo que supone consolidarse como el mayor acuerdo de libre comercio regional firmado hasta el momento.

Dos grandes ausencias marcan el inicio de una nueva etapa comercial en Asia-Pacífico. Por una parte, la de Estados Unidos, cuya retirada del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (en inglés TTP, Trans-Pacific Partnership) marcaba una nueva dinámica en las relaciones de cooperación comercial con la región. Con este nuevo posicionamiento, la región avanza sin esperar a que Estados Unidos termine de resolver su transición presidencial, que podría llevar implícito un giro de 180º en ciertas decisiones de política exterior. China, como principal impulsor del acuerdo, maximiza su influencia en una región que avanza hacia el fortalecimiento de su integración económica y comercial, mientras las exportaciones estadounidenses pierden presencia en una de las regiones más dinámicas del mundo. Por otra parte, no menos importante es la ausencia de India en el acuerdo, cuya retirada en julio se propició al considerar que su adhesión podría conducir a un aluvión de importaciones de productos chinos, aunque la puerta queda abierta para que solicite su incorporación en cualquier momento.

Lo novedoso de este acuerdo es que el pacto avanza en la línea de relación comercial ya establecida entre los 10 países miembros de la ASEAN, tomando en cuenta la mayoría de los acuerdos vigentes para aunarlos en un único documento que se ha hecho extensivo de forma multilateral al resto de miembros. Alineando los acuerdos vigentes en un único pacto, Asia-Pacífico sigue la línea de integración de otras áreas comerciales unificadas, como la existente en la Unión Europea o entre Estados Unidos, Canadá y México a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Un acuerdo del que no sólo se beneficiará China, sino también el resto de países, al aumentar la capacidad productiva, especialmente la de los países ASEAN, además de que conjuntamente todos los miembros impulsen la consolidación de la cadena de valor con producción e inversiones que se originan y proceden de la región.

Con la previsión de que en el medio-largo plazo se vayan reduciendo, o incluso eliminando, hasta el 90% de los aranceles de los productos en el seno de la asociación económica, los objetivos de Pekín pasan por el fomento de elementos importantes de su cadena industrial. En el radar estaría la estrategia de impulsar la tecnología de los coches eléctricos de fabricación china, que le permita al gigante asiático avanzar en el objetivo de convertirse en hub de la industria automovilística, al menos para la región de Asia Pacífico.

INTERREGNUM: Asia marca el ritmo. Fernando Delage

Después de ocho años de negociaciones, y coincidiendo con la celebración de la cumbre de la ASEAN en Hanoi, los ministros de Comercio de 15 países firmaron el domingo 15 de noviembre la Asociación Económica Regional Integral (Regional Comprehensive Economic Partnership, RCEP). Aun sin la participación de India—que abandonó su participación el pasado año por temor al impacto del acuerdo sobre su industria y agricultura—, el nuevo bloque constituye la mayor área de libre comercio del mundo, al representar el 30 por cien de la población (2.200 millones) y del PIB (26.200 billones de dólares) global. En una era de polarización política y de desconfianza en la globalización y el multilateralismo en Occidente, las naciones asiáticas han optado por el camino opuesto y confirmado su voluntad de compartir unas mismas reglas económicas.

El pacto entre los diez Estados del sureste asiático y los socios con los que ya mantenía acuerdos bilaterales de libre comercio (China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda), representa por sí mismo un logro histórico. Desde el lanzamiento de la iniciativa en 2011 no han faltado los obstáculos: del auge de las fuerzas proteccionistas al deterioro de la relación de Pekín con sus Estados vecinos; de la retirada de un gigante como India a la pandemia del COVID-19. Que, frente a unas circunstancias tan adversas, países con sistemas políticos diversos y diferentes niveles de desarrollo hayan culminado la negociación, es prueba de su interés común por un proceso de integración regional que no sólo reconfigurará el mapa económico y estratégico del Indo-Pacífico, sino también la interacción del continente con Estados Unidos y con la Unión Europea.

La reducción de las barreras al comercio y a la inversión intrarregionales conducirá a una mayor interdependencia entre los miembros, para quienes las relaciones económicas con países terceros ya no serán tan determinantes. En un contexto de rivalidad entre Estados Unidos y China, la RCEP ofrece nuevos instrumentos a sus gobiernos para buscar soluciones panasiáticas a los desafíos del crecimiento. La ASEAN ve satisfechos sus objetivos de permanecer en el centro de la arquitectura regional, y la República Popular queda vinculada a una estructura multilateral que condicionará su tradicional inclinación por las fórmulas bilaterales, pero multiplicará su influencia económica (es decir, el resultado que quiso evitar Obama con el TPP). Pese a ser la mayor economía del grupo, la preocupación por un posible dominio chino queda asimismo equilibrado por la combinación de países avanzados (como Japón, Corea del Sur y Australia), con otros en desarrollo (como Indonesia o Vietnam). India ha preferido descolgarse del grupo, lo que frenará su ascenso pero no el de la región—que preferirá invertir en la ASEAN—, aunque se le ha dejado la puerta abierta para incorporarse en el futuro.

Con todo, más que el impacto directo del desarme arancelario—que requerirá aún unos años conforme al calendario establecido—, importa destacar las consecuencias económicas más inmediatas, así como el mensaje político de la operación. Con respecto a lo primero, el acuerdo facilitará en gran medida la restauración de las cadenas de valor interrumpidas por la pandemia, haciendo de Asia el motor de la recuperación global, por delante de otros continentes. En el terreno político hay que añadir el hecho de que la RCEP representa la primera área de libre comercio entre las tres grandes economías del noreste asiático—China, Japón, y Corea del Sur—que negociaban desde 2012 su propio acuerdo trilateral. Pero, sobre todo, la ausencia de Estados Unidos—tanto del RCEP, como del CPTPP (es decir, el antiguo TPP tras la retirada de Trump)—implica que ni Washington, ni Bruselas, tendrán una voz cuando Asia decida sus reglas económicas.

INTERREGNUM: Los desafíos asiáticos de Biden. Fernando Delage

Con la victoria de Biden llega a la Casa Blanca un líder moderado, pragmático y con una profunda experiencia y conocimiento de los asuntos internacionales. Aunque formado en la guerra fría, sus años como vicepresidente de Obama le enseñaron la profunda transformación experimentada por el sistema internacional desde la primera década del siglo XXI. Sabe bien, por tanto, que la estrategia destructiva de Trump no puede sustituirse a partir de enero por el regreso a un mundo que ya no existe, ni por una política exterior desconectada de las nuevas realidades económicas y geopolíticas.

Biden, presidente quizá de un solo mandato, se verá obligado a dedicar la mayor parte de su tiempo a los asuntos internos. La pandemia, el racismo, la polarización política, la inversión en infraestructuras y nuevas tecnologías, y la atención a los perjudicados por la globalización y la revolución digital, son algunos de los problemas que requieren atención inmediata. Son también no obstante una condición para su proyección exterior: sólo reforzando las bases internas de su poder podrá Estados Unidos desempeñar un papel de liderazgo global. Su sola victoria ya es, por otro lado, un paso importante hacia la recuperación de la autoridad moral perdida en los años de Trump. Restaurar la credibilidad perdida como potencia comprometida con la gestión de los problemas transnacionales y la cooperación multilateral requerirá, no obstante, hechos concretos.

En el frente exterior, Asia será uno de los temas fundamentales y, entre ellos, China la cuestión decisiva. El margen de maniobra de Biden será relativamente estrecho: la posición de firmeza frente a Pekín mantenida por Washington desde 2018 responde a un amplio consenso nacional. El Partido Demócrata comparte con la administración saliente la hostilidad hacia las prácticas económicas y comerciales chinas, como también buena parte de los asesores del nuevo presidente. Biden permitirá, sin embargo, que se rebaje el tono y la retórica ideológica, y renovará los canales institucionales de diálogo con China, interrumpidos durante los últimos cuatro años. También será posible impulsar la cooperación con la República Popular en asuntos vitales para ambos, como el cambio climático o la proliferación nuclear.

Biden hará posible, sobre todo, el desarrollo de una política asiática que deje de ser rehén de la fijación con China. Recuperar la confianza de los aliados más cercanos, como Japón, Australia o los socios más estratégicos del sureste asiático, será el imperativo de partida. La incorporación de Estados Unidos al TPP (en la actualidad CTPP tras el abandono por Trump), y por tanto a un espacio de interdependencia basado en reglas, será uno de los elementos más eficaces de una estrategia compartida de equilibrio de la República Popular, que evitará al mismo tiempo la marginación de Washington de las normas que definirán el comercio y las inversiones en Asia durante al menos una generación. Hacer de la ASEAN no un terreno de competición con Pekín, sino una pieza clave de su estrategia asiática, la permitirá asimismo participar de manera directa en los procesos de integración que están reconfigurando la región. La asistencia regular a los foros multilaterales y cubrir las embajadas en Asia—Trump no hizo ninguna de las dos cosas—serán hechos recibidos con alivio por unos gobiernos que no quieren unos Estados Unidos ausentes.

INTERREGNUM: Suga, tras los pasos de Abe. Fernando Delage

Por segunda vez en la historia de la diplomacia japonesa—el primero fue Shinzo Abe—un jefe de gobierno ha escogido el sureste asiático como destino de su primer viaje oficial al exterior. Es un gesto que no sólo supone un reconocimiento de la creciente importancia estratégica de la subregión, sino también de la preocupación de Japón por los movimientos chinos en relación con los Estados miembros de la ASEAN.

Durante su visita a Vietnam e Indonesia, Yoshihide Suga describió las acciones de Pekín en el mar de China Meridional como contrarias a las normas internacionales, y reiteró la oposición de Japón a cualquier maniobra que suponga una escalada de tensión en dicho espacio marítimo. A la vez que impulsó nuevos acuerdos de cooperación con ambos socios en el terreno de la defensa, no dejó de reiterar ante sus anfitriones el papel central de la ASEAN en la consolidación de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto”.

Despejando las dudas sobre la continuidad del activismo diplomático de su antecesor, Suga ha seguido desarrollando la red de asociaciones estratégicas construidas por Tokio durante los últimos años. Vietnam, que ya había recibido buques patrulla de Japón, acordó la compra de seis unidades más por valor de 345 millones de dólares, lo que permitirá reforzar las capacidades de vigilancia en sus costas. En Indonesia, además de subrayar la preocupación compartida con Yakarta por la presencia paramilitar china en el mar de Natuna, al norte del archipiélago, Suga propuso el establecimiento formal de un diálogo 2+2 (es decir, con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa) entre ambos países. Tampoco olvidó Suga los incentivos económicos prioritarios para la región: en Vietnam logró una relajación de la política de visados que facilitará el crecimiento del comercio y las inversiones, mientras que a Indonesia ofreció cerca de 500 millones de dólares en préstamos a bajos tipos de interés.

Tanto en Hanoi como en Yakarta, el primer ministro japonés hizo hincapié en la centralidad de la ASEAN en los asuntos regionales, esforzándose por disipar el temor de las potencias más pequeñas a su marginación por los grandes. Suga declaró su apoyo a la “Perspectiva sobre el Indo-Pacífico” adoptada por la organización el año pasado, que—según indicó—coincide en muchos aspectos con el concepto de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” mantenido por Tokio. El presidente indonesio, Joko Widodo, uno de los principales impulsores del documento de la ASEAN, no ocultó su satisfacción por el compromiso de Japón en esta era de competición entre las grandes potencias.

En los mismos días en que, en Pekín, el presidente Xi Jinping, acompañado por todos los miembros del Comité Permanente del Politburó, conmemoraba el 70 aniversario de la entrada de China en la guerra de Corea en clave contemporánea—“la guerra, señaló, permanece como un símbolo de la unidad nacional frente a la beligerancia norteamericana”—, Japón, Vietnam e Indonesia demostraban que las naciones de Asia no van a dejar que los dos grandes les impongan su destino.

INTERREGNUM: Resistencia a Pekín. Fernando Delage

La escalada de tensión en sus disputas con India, Japón y las naciones del sureste asiático, es la última demostración de los esfuerzos de China por aprovechar la oportunidad abierta por la pandemia para avanzar en la proyección de su influencia internacional. Como era previsible, esa política de confrontación ha conducido a la reacción de los países afectados contra las aparentes intenciones chinas de modificar el statu quo.

Japón, que espera en otoño la primera visita de Estado del presidente chino Xi Jinping—prevista para abril, fue pospuesta por el coronavirus—ha optado por una relación bilateral estable y equilibrada, y por un claro compromiso con Pekín en el terreno económico. Dicha inclinación se comparte, no obstante, con el desarrollo de sus capacidades militares y la conclusión de asociaciones estratégicas con otras naciones de la región, frente a un entorno de incertidumbre también causado por las dudas que provoca la estrategia Estados Unidos bajo la administración Trump. Según ha trascendido en los últimos días, Japón estaría reforzando en particular sus defensas aéreas, al desplegar el sistema de defensa antimisiles Patriot Pac-3 MSE en cuatro bases militares en la costa occidental del archipiélago.

Sin dejar de atender sus activos militares, este tipo de instrumentos no resultan viables para Delhi en sus divergencias con Pekín. Pero después de que tropas chinas mataran a 20 soldados indios en la zona en disputa entre ambos países en el Himalaya—China no ha dado a conocer sus bajas—, India se ve obligada a reconsiderar su relación con la República Popular. La respuesta a los incidentes más graves en la frontera desde 1975 se está produciendo sobre todo en la economía. Sin que se haya hecho ningún anuncio oficial, para Delhi lo más eficaz consiste en limitar el acceso de las empresas chinas al mercado indio. Esta “guerra económica” ha comenzado de manera informal en el bloqueo en las aduanas de las importaciones chinas, y en el estudio de nuevas tarifas y barreras no arancelarias a los productos procedentes de este último país. India también ha prohibido la descarga de 59 apps chinas, incluyendo la popular TikTok.

La mayor parte de los analistas creen que, dado el grado de interdependencia económica entre ambos países, quienes más pueden verse perjudicados son los consumidores indios. Pero Delhi sabe que cuenta con el apoyo de su población a una firme respuesta a China. Es más, como ya ha ocurrido por ejemplo en un mercado en Hyderabad, se va extendiendo un boicot popular contra artículos chinos. Es una movilización de naturaleza nacionalista que puede conducir, por lo demás, al abandono de los intentos de acercamiento por parte del gobierno a Pekín, para alinearse de manera más clara con Estados Unidos, un resultado escasamente beneficioso para los intereses chinos.

Por su parte, las naciones del sureste asiático—con limitaciones tanto en el terreno militar como en el económico por su proximidad geográfica y dependencia del mercado chino—juegan sus cartas en el campo de las normas y principios. En su cumbre anual, celebrada por videoconferencia el 26 de junio, bajo la presidencia rotatoria de Vietnam, la ASEAN adoptó un giro en su discurso con respecto a las disputas en el mar de China Meridional. Sin nombrar de manera explícita a la República Popular, reafirmó en términos rotundos el compromiso con la Convención de Naciones Unidas sobre Derecho del Mar (UNCLOS) como única base de regulación de los espacios marítimos. Se trata de un claro rechazo de las reclamaciones de Pekín que, aunque firmante de UNCLOS, no aceptó hace ahora cuatro años el fallo del Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya en su contra. Aunque la pandemia ha impedido avanzar en el código de conducta que se negocia con China desde hace años, y cuya conclusión parece cada vez más lejana, si no imposible, el sureste asiático tampoco va a aceptar pasivamente las maniobras de Pekín en su entorno exterior.