Entradas

INTERREGNUM: China y el revisionismo ruso. Fernando Delage

Es más que probable que en torno a Ucrania se estén decidiendo las reglas del juego del próximo orden internacional. Salvo que se vea traicionado por su impaciencia y se implique militarmente (con consecuencias que pronto se volverían en su contra), la presión de Putin puede darle su principal objetivo: rehacer la arquitectura de seguridad del Viejo Continente establecida hace treinta años, mediante el reconocimiento—aunque sea de facto—de su esfera de influencia.

Es cierto: Moscú le está dando a la OTAN la justificación para seguir existiendo; pero este es un problema básicamente para los europeos, pues la Casa Blanca—como bien sabe Putin—no quiere distracciones en su competición con China (todavía menos en función del calendario electoral que se avecina en Estados Unidos). Seis meses después del abandono norteamericano de Afganistán, y cinco años después de que Angela Merkel advirtiera que Europa debía tomar las riendas de su destino, la UE sigue manteniendo un papel de mero espectador. De manera inevitable, tendrá que extraer nuevas lecciones acerca de la cada vez más clara interacción entre el escenario geopolítico europeo y el asiático. Pero también lo hará China, inquieta porque los afanes revisionistas del presidente ruso le compliquen sus planes estratégicos.

Los disturbios en Kazajstán ya han sido un serio aviso para Pekín. Aunque haya vuelto la calma al país, la crisis ha puesto de relieve las limitaciones de la diplomacia china en una región clave para sus intereses. Con una frontera compartida de casi 1.800 kilómetros de longitud, China no puede ignorar una situación de inestabilidad tan próxima a Xinjiang, provincia donde residen minorías de etnia kazaja. Además del temor a que radicales uigures puedan movilizarse como consecuencia de las manifestaciones en la república centroasiática, Kazajstán es el puente entre China y Europa: recuérdese que fue en Astana donde Xi anunció la Nueva Ruta de la Seda en 2013. Los objetivos chinos requieren la menor interferencia rusa posible, de ahí que la incursión militar de Moscú trastoque las intenciones de Pekín de consolidar su dominio del espacio euroasiático (una pretensión por otra parte nunca bienvenida por las autoridades rusas).

El mensaje transmitido por Putin en este sentido ha sido bien claro: con independencia de cuánto invierta la República Popular en Asia central (sus intercambios comerciales con Kazajstán duplican los de Moscú), la potencia dominante es Rusia. China se ve ahora obligada a rehacer su círculo de influencia (que lideraba el destituido jefe de la inteligencia kazaja, Karim Masimov, acusado de instigar un golpe), pero también a reconocer que su política de concentrarse en los asuntos económicos para dejar en manos de Rusia las cuestiones de seguridad quizá haya llegado al final de su recorrido. Las maniobras de Putin y su recurso a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, marginando a la Organización de Cooperación de Shanghai (y por tanto a China), puede modificar la interacción entre ambas potencias.

Algunos observadores piensan, por el contrario, que la crisis de Ucrania puede conducir a formalizar una alianza entre Moscú y Pekín. Pero si, en Asia central, China quiere un espacio que Rusia le niega, sus perspectivas con respecto a Europa tampoco son del todo coincidentes. Putin y Xi comparten el objetivo de debilitar a Estados Unidos y, de estallar un conflicto, la República Popular podría contar con un mayor margen de maniobra en el Indo-Pacífico. No obstante, mientras el presidente ruso busca recuperar estatura internacional para Rusia alterando el statu quo, China prefiere la estabilidad al otro lado de la Ruta de la Seda, y no quiere una OTAN fortalecida que pueda extender sus misiones más allá de Europa. Por otro lado, la democracia liberal es una amenaza existencial para Putin, pero Pekín puede convivir con regímenes pluralistas, siempre que estos respeten sus preferencias.

El curso de los acontecimientos puede deshacer todo pronóstico, y—esperemos que no—causar una espiral incontrolable para la que no faltan antecedentes históricos. Lo único seguro es que la era de la post-Guerra Fría puede darse definitivamente por muerta.

 

Rusia-China: de la nostalgia de la URSS al reto de ser segunda potencia

El pulso actual entre Rusia y las potencias occidentales aliadas por el control estratégico de Ucrania, al margen de los lazos históricos, religiosos políticos y emocionales que unen a rusos y ucranianos y que no deben ser menospreciados, refleja la nostalgia de los dirigentes rusos, con Putin como guía espiritual, como espacio de dominio estratégico de Moscú y de ejercicio de Rusia como segunda potencia mundial en pulso constante con EEUU y la forma de vida occidental.

Pero, mientras este pulso ucraniano late en todo el mundo y atemoriza a Europa, Rusia participa en unas importantes maniobras militares en el Índico junto a unidades de las flotas de China e Irán. Moscú saca músculo militar en Europa oriental y, a la vez, ejerce de gran padrino en el Índico, avalando a Irán como aliado y recordando a China que mientras son aliados contra Occidente, Pekín aún necesita el poderío militar ruso y su influencia política para sus negocios de la Ruta de la Seda. Rusia trata de subrayar que, pese a sus problemas económicos que les hace estar muy lejos de China y EEUU en este terreno, sigue siendo, al menos de momento, la única potencia capaz de liderar una alternativa a Estados Unidos.

La incorporación de un Irán radicalizado, acosado y con graves problemas económicos plantea un problema añadido. De la mano de Moscú. Teherán va ganando espacio político hacia el este, donde el Islam es de mayoría sunní y receloso del chiismo iraní, y así se refuerza frente a las sanciones occidentales por su programa nuclear.

Por todo esto es tan importante la evolución del conflicto ucraniano. Si Putin consigue imponer sus condiciones y modificar de hecho las fronteras a su antojo, habrá ganado prestigio e influencia (además de sembrar incertidumbre en las repúblicas  bálticas) y China habrá entendido que Taiwán no es un objetivo imposible por la vía rusa. Y eso es lo que está midiendo la OTAN: hasta dónde puede llevar su presión y hasta done puede ceder para evitar una guerra de resultados desastrosos e impredecibles. China, mientras tanto, espera en silencio un desenlace en que puede salir ganando con escaso coste. Como afirmaba un experto hace unos días, el caso es que mientras EEUU y aliados juegan al ajedrez, rusos y chinos juegan al póker.

INTERREGNUM: Japón y Australia, amigos y socios. Fernando Delage

Nada más comenzar 2022, con una pandemia aún descontrolada, los Juegos Olímpicos a la vuelta de la esquina, y los dirigentes chinos dedicados a la preparación del XX Congreso del Partido Comunista de otoño, Pekín se ha encontrado con un par de sorpresas en el entorno exterior. En Eurasia, las protestas en Kazajstán y la intervención rusa han puesto de relieve el tipo de sobresaltos inesperados que pueden complicar sus intereses, cada vez más globales. En el Indo-Pacífico, el anuncio de un ambicioso acuerdo de cooperación en defensa por parte de Japón y Australia supone un nuevo peldaño en la construcción de una alianza de contraequilibrio de China.

El pacto (“Reciprocal Access Agreement”, o RAA), firmado por los primeros ministros de ambos países el 6 de enero tras siete años de negociaciones, permitirá el acceso recíproco a sus instalaciones militares, lo que facilitará a su vez la realización de maniobras conjuntas, así como la interoperabilidad y despliegue de los dos ejércitos con respecto a cualquier contingencia. El RAA se suma así al AUKUS (en el que participa Australia con Estados Unidos y Reino Unido), al QUAD (del que Tokio y Canberra son miembros junto a Washington y Delhi), y al Diálogo Trilateral de Seguridad (Estados Unidos, Australia y Japón), como un instrumento añadido de respuesta frente a las mayores capacidades y ambiciones chinas.

El reforzamiento por Japón y Australia de su relación de “cuasi-aliados” representa un paso muy significativo para ambos. La creciente presión de Pekín sobre Canberra ha llevado al gobierno australiano a maximizar sus opciones, desde una percepción del desafío que representa China no muy distinta de la de Estados Unidos. Japón mantiene un discurso más matizado pero no por ello menos firme, y continúa avanzando en el desarrollo de un mayor papel estratégico pese a sus limitaciones constitucionales. Con el RAA, Australia se convierte en el segundo país con el que Tokio mantiene un acuerdo de este tipo (además del que concluyó con Estados Unidos hace sesenta años).

Este extraordinario grado de confianza entre las dos naciones no responde tan sólo, naturalmente, a sus respectivas necesidades individuales. El acuerdo ilustra su compromiso conjunto a favor de la estabilidad regional, con respecto a la cual siempre podrán contar con una mayor influencia trabajando juntos que de manera separada. Coordinando sus esfuerzos diplomáticos en el sureste asiático, por ejemplo, pueden complicar los intentos chinos de crear una relación de dependencia de Pekín en los Estados de la subregión.

No menos importante es la variable norteamericana, y lo es en un doble sentido. Por una parte, puesto que Tokio y Canberra comparten un mismo interés por mantener a Estados Unidos comprometido con la seguridad asiática, el nuevo acuerdo promueve ese objetivo al repartirse con Washington las responsabilidades militares. Responden así a una de las prioridades de la administración Biden, que ha hecho siempre hincapié en la necesidad de reforzar sus alianzas. Pero, por otro lado, una asociación estratégica más estrecha les otorga también una mayor protección frente al riesgo de unos Estados Unidos más aislacionistas tras las próximas elecciones presidenciales.

Con todo, la relación entre Australia y Japón va más allá de las cuestiones de seguridad, y los líderes de ambos países han acordado asimismo nuevas medidas de cooperación en materia de energía, fiscalidad y economía. La aspiración es la crear un orden regional y un entramado de reglas en el que involucrar tanto a Washington como a Pekín, y hacer que una integración económica cada vez más profunda limite la amenaza de una región dividida en dos grandes bloques. Cuando Estados Unidos ya no puede seguir liderando Asia, hay que buscar alternativas si tampoco se quiere una China hegemónica.

Biden, ni un buen líder ni un buen gestor. Nieves C. Pérez Rodríguez

Biden cumple su primer año como presidente y contra los pronósticos iniciales la situación es desfavorecedora para su administración. Su popularidad se encuentra en el 44 % cuando el primer año de Trump se encontraba en el 37% y la de Obama en el 50%. Ciertamente, ningún otro presidente en la era moderna había tenido que lidiar con una pandemia y estos números son en parte reflejo de esta situación. En efecto, el 64% de los encuestados creen que Biden no ha manejado bien la pandemia, aun cuando los ciudadanos estadounidenses han tenido acceso a vacunas desde principios del 2021.

Según esta encuesta realizada por la CBS y dada a conocer el 16 de enero, la mitad de la población estadounidense se define como frustrada con el presidente, el 49% decepcionados y otro 40% nerviosos con el desenvolvimiento de Biden e insatisfechos con la manera como ha manejado la economía pues el año 2021 se cerró con el 7% de inflación.

La credibilidad de la que hicieron alarde los demócratas durante la era de Trump parece haber sucumbido, lo que demuestra una vez más la crisis política que está atravesando la nación estadounidense, pues tanto republicanos como demócratas parecen haber caído en desgracia.

La esperanza en el escenario internacional con el regreso de los demócratas se centraba en la recuperación de las formas políticas tradicionales y diplomáticas y también el retorno del liderazgo de América, por lo que se anticipó que el presidente Biden asumiría un liderazgo internacional claro y de esa forma los valores occidentales en el mundo recuperarían su fuerza y posición.

Pero nada de esto ha sucedido, El equipo de Biden que maneja la política exterior están compuesto por intelectuales que han salido de universidades de élite estadounidenses que suelen preferir citar autores y libros en sus discursos o comentarios, mientras sostienen la importancia de la igualdad y el respecto individual de cada nación a tomar sus decisiones, aun cuando algunos países estén promoviendo valores antidemocráticos y que en algunos casos pueden llegar a comprometer la seguridad nacional estadounidense.

Biden lleva en sus hombros una larga carrera política y de servicio público por lo que ha sido respetado y reconocido, pero al menos de momento ha fracasado en su intento por recuperar esa “América líder y prospera que ha sido un gran referente internacional”. Y aunque lidiar con una pandemia no ha sido cosa fácil en ninguna nación del planeta, la Administración Biden ha tenido mucho a su favor, como la aprobación de créditos millonarios desde el Congreso para ayudar al ciudadano e impulsar la economía y acceso a las vacunas antes que ningún otro país desarrollado, aunque también ha fracasado en la vacunación, pues no ha conseguido los altos porcentajes de vacunación que ha conseguido España.

Los demócratas criticaron enérgicamente a Trump por no haber sido un líder internacional recio y por su poco interés en nombrar hasta a sus embajadores. Biden, a un año después de haber entrado en la Casa Blanca, tiene posiciones de embajadores vacantes en países tan claves como Reino Unido, Alemania, Italia y Portugal, por nombrar alguno de los aliados de la UE, especialmente en un momento como el actual en el que se está considerando la posibilidad de que Rusia invada Ucrania. Pero tampoco hay nombramientos para Rumanía, Hungría, Croacia o la misma Ucrania.

En otras regiones estratégicas para los intereses estadounidenses tampoco se han nombrado embajadores: Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Qatar, Marruecos, así como tampoco en Surafrica. En América Latina, ni Cuba cuenta con candidato ni tampoco Brasil, a pesar de ser la economía más grande de la región y el país en el que los chinos han conseguido hasta influenciar la política domestica brasileña.

En Asia, ni Filipinas, ni Tailandia ni Corea del Sur cuentan con candidatos en las listas de embajadores, pero tampoco han dado a conocer el nombre del representante en la ASEAN.

El Secretario de Estado, Antony Blinken, que como ya hemos dicho en esta columna era un hombre con carisma y respetado en las esferas del Congreso y el mismo Departamento de Estado, ha defraudado a muchos que anticiparon que sería un Secretario de Estado ambicioso y capaz de dar grandes resultados.

Es cierto que desde el comienzo la Administración Biden ha expresado su preocupación hacía el comportamiento de China y ve en la región de Asia Pacifico una de sus prioridades. Sin embargo, parece no comprender qué es lo que está haciendo Beijing con su Nueva Ruta de la Seda o el BRI (por sus siglas en inglés por el Belt Road Initiative) que va mucho más allá del desarrollo de una red de transporte para movilizar mercancías, pues busca además hacer crecer su influencia internacional, su poder político y con ello hacer crecer su “economía de alta tecnología” tal y como la definen.

Y eso a pesar de que G7, en junio del año pasado, lanzó una alternativa al BRI con el “Build Back Better World” y que busca financiar préstamos para carreteras, puentes, aeropuertos, centrales eléctricas, etc y, en efecto, ya estimaron que necesitarán unos 40 billones de dólares para estas inversiones en los países en desarrollo, la velocidad y astucia china no tiene rival. Y respecto a los países cuyas economías son las más grandes del planeta, China ya ha previsto y desarrollado gran parte de su plan y una vez más lleva la delantera.

Tristemente para las libertades, parece que Biden será un presidente más en la historia del país que, a pesar de seguir siendo grande, cada día disminuye su influencia y poder. Resulta curioso y muy doloroso que todo esto parezca que se está haciéndose deliberadamente…

 

Kazajistán: golpe, contragolpe y gana Moscú

Kazajistán ha vivido durante unas semanas un grave conflicto social y político, en lo que parece haber sido un intento de golpe de estado aprovechado con un contragolpe que ha reforzado al presidente Tokayev y la influencia rusa en el país y que ha acabado con violentos enfrentamientos entre la población y las fuerzas de seguridad. Más de 3.000 personas han sido detenidas y ha habido más de un centenar de muertos.

La crisis empezó a principios de enero, cuando el gobierno anunció un aumento del precio del gas licuado, un combustible muy utilizado para los vehículos. Esta decisión fue muy impopular porque perjudicaba sobre todo a la clase media, cuya economía ya ha quedado muy afectada por la pandemia.

Como consecuencia, se organizaron manifestaciones de protesta en varias ciudades hasta llegar a Almaty, la ciudad más grande del país y capital económica de Kazajistán. El gobierno, liderado por el presidente Kasim Jomart Tokayev, intentó rebajar la tensión volviendo a bajar los precios, pero ahora las protestas iban más allá de la cuestión económica.

Con una superficie algo más que cinco veces la de España, Kazajistán comparte una frontera de 7.598 kilómetros con Rusia, pero también cuenta con una frontera de 1.782 kilómetros con China (1.215 kilómetros de frontera terrestre y 566 de acuática). Ambas fronteras dan una idea de la importancia de las relaciones comerciales entre los tres países, aunque la relevancia mundial de Kazajistán va más allá de esas cifras económicas, incluso de sus muy importantes yacimientos de recursos energéticos. Su importancia es estructuralmente geográfica en mitad de la nueva ruta de la seda y coyunturalmente si Rusia llega a plantear un conflicto abierto con Ucrania.

Según datos del Instituto Español de Estudios Estratégicos, Kazajistán exportó en 2020 70 millones de toneladas de petróleo crudo (el 3,4 % de las exportaciones mundiales) y 100 millones de toneladas de carbón (el 1,3 % del total mundial). Solo la actividad en torno al petróleo supuso el 21 % de su PIB. La Unión Europea importa el 40 % del gas natural, el 30 % del petróleo y el 25 % del carbón de Rusia. El gas natural fluye a través de tres vías; el gasoducto que atraviesa Bielorrusia y Polonia (Yamal-Europe), la conflictiva ruta a través de Ucrania y el gasoducto Nord Stream 1. A este se va a añadir el ya construido Nord Stream 2 con salida en la ciudad rusa de Vybrog y entrada en Alemania por Grefswald.

Desde su separación de la Unión Soviética en 1991, Kazajistán ha seguido manteniendo buenas relaciones con Moscú que se ha asegurado en la figura de Nursultan Nazarbayev, antiguo burócrata comunista el control de la transición a un sistema autoritario en una democracia restringida. Sin embargo, eso no ha impedido, sobre todo en los tiempos recientes, un leve acercamiento a Occidente y una apertura a la economía de mercado que ha alertado a Moscú, que ha recordado indirectamente que existe una franja territorial al norte del país, habitada por rusos, que en el pasado ha reclamado su integración en Rusia.

En ese contexto, sorprende que, desde los primeros incidentes, el gobierno kazajo, a la le vez que pedía el apoyo de Rusia y el envío de tropas para aplastar la revuelta, cesara a los responsables de los servicios de inteligencia, antiguos funcionarios del KGB y apoyados por Moscú en su nombramiento y a los que ha acusado de organizar la rebelión “con el apoyo de potencias extranjeras”. Entre estos responsables purgados destaca el nombre de Karim Masimov, el miembro de mayor confianza de su equipo –antes había dirigido el gobierno y la administración presidencial– como jefe del Comité de Seguridad Nacional (KNB), el servicio de seguridad más poderoso del país.

A pesar de la confianza depositada en él en su día, Masimov no podía aspirar a suceder a  Nazarbáyev debido a los prejuicios que existen contra él en Kazajistán, donde la opinión pública considera que Masimov es uigur y no de etnia kazaja. No obstante, fue seleccionado como el candidato ideal para supervisar la transición de poder desde su atalaya en el KNB.

En todo caso, tras el fin de la crisis, Rusia ha fortalecido su influencia, ha sacado músculo militar y enviado a China el mensaje de que la Ruta de la Seda por vía terrestre  o se hace con Rusia o no se hace y se ha comenzado a frenar la tendencia a relacionarse más con Occidente.

 

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica en 2022. Fernando Delage

Las tensiones entre Estados Unidos y China no desaparecerán en 2022. Si en algo coinciden demócratas y republicanos, aún más en un año de elecciones parciales al Congreso, es en que sólo cabe mantener una posición de firmeza frente a la República Popular. En Pekín, el presidente Xi Jinping se prepara para consolidar su poder en el Congreso del Partido Comunista en otoño, con el apoyo del resto de dirigentes y de la sociedad china a su política nacionalista. La dinámica interna en ambos casos complica la posibilidad de un entendimiento, pero también permitirá prevenir un choque mayor. La rivalidad entre las dos potencias seguirá influyendo por otra parte en la estrategia china de la Unión Europea: si en 2021 se ha dado un giro cualitativo a este respecto, en los próximos meses podría perfilarse un enfoque más elaborado, incluyendo una más estrecha coordinación con Washington.

Aunque la administración Biden aún no ha hecho pública su estrategia hacia China, algunos de sus elementos han comenzado a tomar cuerpo, y entre ellos destaca la prioridad otorgada a las cuestiones económicas. Lo que coincide, como es lógico, con la necesidad de convencer a sus socios y aliados en la región de que cuenta con un plan económico en su política hacia el Indo-Pacífico. Ante los obstáculos internos que le impiden sumarse a un acuerdo de libre comercio como el CPTPP, la Casa Blanca tendrá que demostrar el nuevo año su compromiso con el que ha denominado “Indo-Pacific economic framework” (IPEF), un instrumento a través del cual quiere hacer hincapié en asuntos como la gobernanza digital, el fortalecimiento de las cadenas de valor o las energías limpias. Los planes norteamericanos no pueden hacerse esperar, sobre todo si China presiona en su objetivo de incorporarse al CPTPP.

El IPEF no puede separarse por lo demás del recientemente establecido Consejo Estados Unidos-Unión Europea en Comercio y Tecnología, una iniciativa orientada a reforzar la coordinación entre Washington y Bruselas, e ilustración de los cambios producidos en la política china de la UE a lo largo de los dos últimos años. Pese a la tardía respuesta comunitaria a los movimientos del gigante asiático, Bruselas ha ido adoptando medidas concretas en coherencia con la definición que hizo de la República Popular en 2019: un socio con el que cooperar sobre los asuntos globales, un competidor económico, y un rival sistémico.

El instrumento anti-coerción puesto anunciado hace unas semanas es otro ejemplo del endurecimiento de la posición europea, aunque mayor relevancia puede tener a largo plazo el plan de desarrollo de infraestructuras. En septiembre de 2018, la Comisión publicó su estrategia de interconectividad Europa-Asia, una respuesta a la Ruta de la Seda china que se marcaba ambiciosos objetivos pero carecía de aportación presupuestaria. De ahí la especial relevancia de la nueva estrategia “Global Gateway”, una propuesta global de inversiones en infraestructuras de calidad que movilizará un total de 340.000 millones de euros entre 2021 y 2027.

El trabajo no ha terminado, pero la presidencia francesa de la UE y el nuevo gobierno alemán avanzarán durante 2022 en la formulación de una posición más sistemática al reto que representa China, en el marco a su vez de una actualizada estrategia hacia Asia, cuyos principios también se dieron a conocer el pasado año. La opción por los instrumentos geoecónomicos no debe ocultar las implicaciones geopolíticas del esfuerzo, que pone en valor los principales recursos con que cuenta la UE, al tiempo que facilita la reanudación de la coordinación transatlántica.

 

INTERREGNUM: El reto de la integración asiática. Fernando Delage

Se han cumplido este mes 20 años de la adhesión formal de China a la OMC, un hecho que contribuyó a transformar el país en el gigante que es hoy, facilitando un crecimiento que hará que su economía supere a la norteamericana antes de que termine esta década. En 2001, la República Popular era la octava economía del planeta, con un PIB de 1,16 billones de dólares (similar al de España en la actualidad) y su superávit comercial con Estados Unidos era de 83.000 millones de dólares. En 2020, el PIB chino alcanzó los 15,4 billones de dólares, y el déficit bilateral norteamericano superó los 255.400 millones de dólares.

Dos grandes objetivos condujeron a la administración Clinton a cerrar la negociaciones sobre la incorporación de Pekín a la organización a finales de los años noventa. El primero fue la convicción de que la integración de China en el sistema comercial multilateral impulsaría el propio crecimiento económico de Estados Unidos. El segundo fue la idea de que también propiciaría un proceso de reforma política a favor del pluralismo. Dos décadas más tarde, es evidente que ambos cálculos fallaron.

China atraviesa una etapa de creciente autoritarismo, mientras que los efectos de su extraordinaria expansión económica—atribuible, para no pocos norteamericanos, a la apropiación ilegal de propiedad intelectual y el incumplimiento de las normas de la OMC—ha consolidado la percepción de que su ascenso ha tenido como precio el “declive” de Estados Unidos. Sea correcta o no la interpretación sobre las causas de ese resultado, la cuestión es que las reglas de la OMC se han visto superadas por la propia dinámica global. Aunque la hostilidad de la administración Trump hacia la organización perjudicó su margen de acción, lo cierto es que todo esfuerzo orientado a condicionar las prácticas chinas pasa hoy por atender el nuevo mapa de integración económica en la región.

El 1 de enero entrará en vigor la Asociación Económica Regional Integral (Regional Comprehensive Economic Partnership, o RCEP en sus siglas en inglés), grupo integrado por los diez Estados miebros de la ASEAN junto a China, Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda. Al representar casi un tercio de la población mundial y el 30 por cien del PIB global, el nuevo bloque es mayor que NAFTA o que la Unión Europea. El pacto—que incluye un acuerdo de libre comercio entre China, Japón y Corea del Sur—confirmará a Asia como motor de la economía mundial, aún más al sumarse al CTPP, el pacto sucesor del TPP de la era Obama del que Trump retiró a Estados Unidos en 2017, y que Japón reconfiguró con las 11 restantes economías un año después.

Los dos acuerdos—que comparten a siete miembros—respondían a distintas lógicas geopolíticas. Mientras que en el RCEP destaca la centralidad de China como principal economía del bloque, el objetivo del CPTPP era el contrario: evitar una dependencia excesiva del mercado chino y prevenir que Pekín dictase las reglas del juego económico en la región. El anuncio por parte de las autoridades chinas de su intención de incorporarse a este segundo acuerdo cambia radicalmente la situación. Cumplir los requisitos de adhesión no será fácil—se diseñaron precisamente para obstaculizar la participación de la República Popular—, pero su poder económico y comercial le proporciona una notable baza de negociación. Situada ya en el centro del RCEP, la incorporación al CPTPP otorgaría a China un estatus inamovible como gigante regional.

Si quiere reconfigurar las bases de sus relaciones comerciales con China, y gestionar las diferencias que la OMC ya no puede resolver, Estados Unidos debería sumarse por ello al CPTPP, y antes que Pekín. Un objetivo que también debería plantearse la Unión Europea: Asia es el segundo mayor destino de sus exportaciones, e incluye a cuatro de sus diez principales socios comerciales. No se trata, además, de una mera oportunidad económica, sino de hacer posible su participación directa—y no como mero observador—en un proceso de integración que transformará el continente, y que haría de la UE un socio de especial relevancia para aquellas naciones asiáticas que desean evitar las consecuencias de la rivalidad Estados Unidos-China.

 

Las 5 cosas más destacadas del 2021. Nieves C. Pérez Rodríguez

1.- El segundo año de la pandemia en este lado del Atlántico comenzaba con el terrible asalto al Congreso de los Estados Unidos dejando una bochornosa imagen de este país frente al mundo. Precisamente la nación que ha exportado sus valores democráticos a cada esquina del planeta, que ha sido observadora y certificadora de miles de elecciones extranjeras y que ha financiado muchas de las organizaciones internacionales, sufrían un gran golpe en el corazón de Washington D.C., en el edificio que ha simbolizado desde 1800 los valores de democracia y libertad.

 

Ese espantoso episodio, cuyo propósito era desacreditar la legitimidad de las elecciones por el contrario, demostró la solidez de las instituciones americanas y abrió paso a la continuidad democrática de este país, con la toma de posesión del que había sido el ganador de la elección del noviembre anterior. Y en medio de la profunda tristeza y confusión, la toma de posesión de Biden llenaba de ilusión a muchos, pues prometía, por una parte, cambios, pero, por otra, la experiencia de Biden llenaba de esperanza al retorno a una relativa normalidad tan deseada por la mitad de los ciudadanos estadounidenses y, sin duda también, por muchos de los aliados de occidente, sobre todo aquellos que se sintieron abandonados y hasta presionados por la previa Administración Trump.

 

2.- Japón, que se atrevió a celebrar los pospuestos juegos olímpicos del 2020 en julio del 2021 a pesar de la gran oposición doméstica que tuvo a razón de la propia pandemia, aunque siempre con la esperanza puesta en cumplir el comedido y no dejar caer por la borda los 26 millones de dólares que habían invertido en ello. Así mismo, el primer ministro Suga fue el primer líder recibido por Biden en abril y, además, fue Japón el primer destino del Secretario de Estado Blinken junto con el Secretario de Defensa Lloyd Austin, dejando ver como para la Administración Biden Japón juega un rol clave como aliado estratégico, además de la prioridad que ocupa el Indo-Pacífico en la agenda de Biden.

 

3.- Corea del Norte, que ya se pensaba que era el régimen más cerrado del mundo y se ha superado a si mismo durante la pandemia y se ha convertido en un régimen aún más hermético de lo que conocíamos en pro de contener la pandemia. Poco se ha filtrado pero lo que sabemos es que se han blindado incluso del lado de la frontera con China para evitar que el Covid-19 transite libremente por su territorio. Su líder supremo cumplía el 19 de diciembre 10 años en el poder en los cuales ha conseguido tremendos avances en su programa nuclear generando mucho miedo en sus vecinos y gran preocupación para Washington.  A pesar del hermetismo del sistema, Kim Jon-un consiguió hacer crecer la economía  en estos años, aunque la pandemia ha tenido un efecto nocivo en esa recuperación y actualmente se encuentra severamente golpeada.

 

4.- Afganistán. La inoportuna y mal organizada salida de Afganistán perseguirá a Biden para siempre como uno de sus más nefastos errores, todo por la premura de hacerlo coincidir con el vigésimo aniversario del ataque del 11 de septiembre del 2001. Además del terrible retroceso que eso implica para la población afgana. Geopolíticamente altera el orden regional que se había conseguido.  China, además, comparte 76 kilómetros de fronteras con Afganistán a través del corredor de Wakhan y por ahí tiene ahora mayor acceso libre al resto de Asia Central con facilidad para el desarrollo de sus planes de BRI.

 

5.- China. El Partido Comunista chino celebró este año su aniversario número 100, y a pesar de que fue creado tan solo por un grupo muy pequeño de personas en la clandestinidad, hoy en día 1 de cada 15 ciudadanos chinos son miembros del partido. Y aunque la cifra parezca escandalosa ésta responde a la necesidad que tiene el partido de mantener control y lealtad de la población en la militancia política e ideológica desde que se hicieron con el poder en 1949. Desde entonces se han convertido en una fusión de partido y Estado que controla todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos. Con Xi Jinping a la cabeza como secretario general del Comité Central del PC chino, presidente de las fuerzas armadas y, además, actual presidente de la República Popular China desde 2013 y en su aspiración de continuar con el legado de Mao, China ha conseguido que su ideología sobre “el socialismo con características chinas o el socialismo para una nueva era” sea la columna vertebral que dirige al país desde el 2013 y que así continuará en los años venideros.

China: la propaganda y el éxito

A finales de 2021 se puede afirmar que China, al margen de sus desajustes económicos y problemas estructurales que disimulan, se ha mostrado durante estos doce meses cada vez menos discreta en su expansionismo comercial, político e ideológico. Así, con un dominio absoluto del partido único, el PC chino, un presidente vitalicio, una ausencia total de independencia judicial y un desprecio por las libertades individuales, las iniciativas y las propiedades privadas, las terminales oficiales, mediáticas y los compañeros de viaje habituales se han embarcado en una campaña de de defensa del “modelo chino” como superior a las democracias occidentales de las que exageran, manipulan o se inventan defectos (que los hay).

El gran argumento es la eficiencia, la mejora del bienestar de los ciudadanos chinos y el avance macroeconómico del país hasta situarse como candidato a principal potencia planetaria. Al margen de qué se considera bienestar, es verdad que China, desde la revolución, y con instrumentos de brutalidad difícilmente superables que han dejado miles de asesinatos, ha logrado superar el atraso histórico de China logrando un crecimiento y un desarrollo tecnológico estimable. Y también es verdad que esto se ha conseguido con un dirigismo económico que ha eliminado primero y obstaculizado después el crecimiento de un empresariado chino independiente del Estado, con iniciativa y encuadrado en el libre comercio y el respeto a las leyes.

Este es un principio básico del comunismo para quien las libertades no son esenciales sino subordinadas al Partido. Recordemos la conocida entrevista entre el socialista español Fernando de los Ríos al Moscú revolucionario (para estudiar la adscripción del PSOE a la Internacional Comunista) y en la que expresó a Lenin su preocupación por el excesivo control y con una práctica ausencia de libertades y Lenin le respondió que las libertades no era una cuestión prioritaria en aquel contexto revolucionario. A renglón seguido le espetó: ¿Libertad para qué?

Pero la propaganda no cesa. Cuando se critica la brutalidad contra las minorías religiosas en China (musulmanes y budistas tibetanos especialmente) replican que hay grupos uigures musulmanes en las listas internacionales de terroristas o que en otros países hay mas represión religiosa. Como siempre, utilizan el detalle para desmentir el escenario general. Igual pasa con los teóricamente neutrales analistas que explican los avances tecnológicos chinos sin contextualizarlos ni tener en cuenta el ventajismo chino, las trampas a la competitividad y el desprecio a normas que sí respetan los países más desarrollados con los que China compite.ç

Ese es el gran peligro del ascenso chino. Están en juego intereses económicos poderosos sobre los que se asientan el bienestar de los pueblos. Y tras los éxitos económicos hay sistemas concretos, una determinada manera de tomar decisiones, un control de las administraciones, unas garantías jurídicas contra los abusos y para que se respetan los contratos. Aunque a veces no se explicite, detrás de la competencia comercial hay siempre una competencia de modelos. Y hace falta mucha miseria moral, además de una ignorancia astronómica o un cinismo galopante, para negar que el bienestar proporcionado por los sistemas democráticos liberales sobre los sistemas intervenidos ha sido, y es, a pesar de sus desequilibrios, inmensamente superior.

El reto chino en el Golfo de Guinea

La intensificación de las relaciones de  China con la ex colonia española de Guinea Ecuatorial en la que hasta ahora han ejercido influencia Marruecos, Francia y Estados Unidos ha encendido una luz de alarma ante la posibilidad de que el gobierno de Teodoro Obiang ceda a la potencia asiática el puerto de Bata en el que China instalaría una base logística, con una zona para sus fuerzas navales, con la que potenciar y asistir a sus transportes comerciales marítimos. Tras su base en Somalia y la que negocia con Tanzania, en el Indico, un despliegue militar naval chino en el Atlántico, hasta ahora bajo control occidental, obligaría a EEUU y a la Unión Europea a replantarse sus estrategias defensivas, ya abiertas una reordenación ante las presiones rusas en el Báltico y en Ucrania.

Pero un establecimiento militar en Bata indicaría la debilidad europea (la influencia de España en el único país africano donde el idioma español es oficial es insignificante, la de Francia no parece suficiente y la de Marruecos es, de momento, un instrumento de París) y la lenta reacción de Estados Unidos ante la creciente influencia islamista y a la vez de China en África Occidental. Estados Unidos necesita reforzar sus defensas adelantadas en la ribera oriental del Atlántico y Europa, además de esto, debe insistir en el freno a la inmigración ilegal desde Africa, en la prevención del islamismo y el combate contra el terrorismo yihadista y en el freno a la piratería en aguas de África Occidental . A estos restos sólo le faltaba un despliegue chino en el terreno comercias y militar para hacer aún más complicado el confuso laberinto africano.

En el caso concreto de Guinea Ecuatorial y de toda la región del Golfo de Guinea, los recursos energéticos, madereros y agrícolas guineanos son una fruta apetitosa para todos pero el dictador Obiang ni siquiera ha sido capaz de negociar bien esos recursos, lastrado por la corrupción, la ineficiencia y el control estatal de recursos y mercado.