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INTERREGNUM: Problemas para Xi. Fernando Delage

El comportamiento internacional de China durante los últimos años se ha traducido en una notable desconfianza exterior hacia el país y, en particular, hacia su presidente, Xi Jinping. Lo que nadie esperaba era que, apenas semanas después de que el XX Congreso del Partido Comunista renovara su mandato, fuera también la propia sociedad china la que manifestara esa desconfianza hacia su líder máximo. Aunque la movilización popular de finales de noviembre fue una respuesta al descontento con la política de covid cero, es innegable que ha ido más allá en sus reclamaciones, alterando los planes de Xi cuando comienza su segunda década en el poder.

Las protestas que se han producido en más de una docena de ciudades chinas han supuesto el mayor desafío al gobierno chino desde los sucesos de Tiananmen en 1989. Como entonces, los jóvenes han tenido un papel protagonista. Como entonces también, las quejas por una cuestión concreta han conducido a una crisis política que ha puesto de relieve las debilidades estructurales del sistema. La China de hoy no es la de 1989, ni Xi tiene parecido alguno con Deng Xiaoping. Pero los dilemas de fondo no son muy diferentes. No deja de ser además un irónico guiño de la historia que la muerte del expresidente Jiang Zemin—quien llegó al poder de manera imprevista por los hechos de Tiananmen—haya coincidido con la movilización de una nueva generación, nacida con posterioridad y a la que se le ha ocultado lo que ocurrió hace 33 años.

Aun teniendo todo el poder, hay dinámicas que Xi no puede sujetar a su control. Y de poco le servirá acusar a “fuerzas externas hostiles” de haber organizado las protestas como una nueva “revolución de los colores”. La frustración popular con tres años de confinamiento se ha desatado de golpe, si bien—podría decirse—con “características chinas”. El omnipresente aparato de seguridad chino, reforzado con la constante vigilancia digital de sus ciudadanos, impone unos límites que los manifestantes han respetado con su precaución y esa simbólica hoja en blanco. ¿Se puede detener a quien no denuncia nada ni a nadie en concreto? Tampoco hace falta expresar lo que toda la sociedad conoce.

Xi quizá pensó que su decidida campaña contra la corrupción, una política exterior que ha situado a China en el centro del sistema internacional, y sus esfuerzos contra la pandemia—que en una primera etapa parecieron más eficaces que los de las democracias occidentales—, habían reforzado su legitimidad entre sus ciudadanos. Pero es China quien no ha terminado de salir de la pandemia, y sus efectos se han extendido de manera preocupante a la economía. El PIB apenas creció un 3,9 por cien en el tercer trimestre del año según cifras oficiales, aunque otras fuentes creen que el incremento osciló entre el dos por cien y el tres por cien. Más relevador resulta el aumento del desempleo juvenil, en la actualidad en cifras cercanas al 20 por cien (el doble que en 2018).

Aunque las protestas no pongan el régimen en riesgo, abren un panorama incierto para Xi y sus aliados. La sociedad china (parte de ella al menos, pues resulta imposible saber la extensión del fenómeno) ha puesto en duda la premisa básica de que sólo el Partido Comunista puede garantizar la estabilidad y la prosperidad nacional. Si se alivian las restricciones, el descontento puede también mitigarse. Pero la propaganda oficial difícilmente podrá eliminar el escepticismo de la población sobre la competencia de sus autoridades. De forma inesperada se ha producido un cambio significativo, cuya gestión requiere el tipo de reformas emprendidas por Jiang a principios de los años noventa, no el intervencionismo al que Xi es tan aficionado. El precio de su resistencia podrá encontrarlo el presidente chino a no tardar mucho.

China e Irán, factores nuevos

Las respectivas movilizaciones populares en Irán y China están suponiendo nuevos focos de inestabilidad y de preocupación en Occidente que cada vez tiene que encajar piezas nuevas junto cn sus intereses nacionales para enfrentar el nuevo orden que puede surgir de la invasión rusa de Ucrania y sus efectos secundarios.

En Irán, la sostenida movilización popular contra el gobierno del extremista Ebrahim Raisi no sólo está removiendo los cimientes del régimen teocrático sino que ha frenado en seco y ahora hace imposible el reacercamiento de Teherán a Estados Unidos y Europa para recuperar el acuerdo de desarrollo nuclear (supuestamente civil) de Irán. Aquel acuerdo, que abría de nuevo los mercados al petróleo iraní y que permitía el desarrollo de tecnología nuclear bajo vigilancia para impedir la fabricación de bombas y tecnología militar, fue cuestionado por Israel primero y Estados Unidos después (que lo acabó rompiendo) por entender que dilataba pero no impedía el proceso de fabricación de bombas atómicas para la dictadura iraní. La imposibilidad de atenuar la tensión regional, la tensión entre Turquía y Siria con los kurdos (algunas de cuyas milicias están sostenidas por EEUU) en medio, y los continuos ataques de Israel para impedir que Irán y Hizbullah s consoliden en las fronteras de Siria con Israel, no son exactamente elementos nuevos pero van aumentando la temperatura.

Y las movilizaciones en China, que han sorprendido a los expertos occidentales por su extensión, aunque no vayan a cambiar nada a corto plazo en el país, sí que pueden interferir en los planes exteriores chinos y llevar a Pekín a tomar decisiones precipitadas para calmar a su población y, a la vez, reprimir las protestas. Este es un aspecto que está siendo observado con atención y no solo, obviamente, por occidente sino también por los aliados occidentales en la región y especialmente por Australia, Japón y Corea del Sur además de Taiwán que vive en situación de alerta permanente frente a las amenazas constantes de la China continental.

Las movilizaciones sostenidas frente a regímenes dictatoriales no son frecuentes ni suelen tener resultados a corto plazo, aunque hay excepciones. No parece que vayan a caer las autoridades de Teherán y mucho menos las de Pekín pero son elementos que las redes sociales y la imposibilidad de cerrar a cal y canto las sociedades están potenciando su crecimiento y constituyen elementos que deben ser tenidos en cuenta y no solo para las dictaduras ya que al ser impulsadas en gran parte por las emociones pueden convertirse en sociedades democráticas en palancas del populismo radical y anipulador para atacar los fundamentos del sistema.

Folios en blanco frente a la censura en China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Empezando por el misterioso origen del Covid-19, pasando por la extensiva compaña de desinformación difundida por el Partido Comunista chino hasta las estrictas restricciones impuestas a la población han transcurridos los últimos tres años guiados por la obsesiva lucha por contener la propagación del virus en China.

Sin ánimo de alentar teorías conspirativas, lo que parece un punto común entre muchos científicos es que Wuhan fue el lugar donde se originó el Covid y, en efecto, una sucesión de hechos que fueron reportados desde noviembre del 2019 por influencers o simples usuarios de las redes sociales chinas dejaron documentadas escalofriantes imágenes de cadáveres arrimados en lugares antes la falta de capacidad de respuesta sanitaria. Videos como el del médico que alertó del peligro que representaba el virus en aquel momento desconocido y que falleció contagiado, circularon en las redes hasta que fueron eliminados por los censores del Estado, pero fueron testimonio de que algo serio estaba sucediendo y que, peor aún, se estaba ocultando tanto a su población como al resto del mundo.

Desde entonces hasta hoy no se ha visto cambio de comportamiento por parte de las autoridades china, por el contrario, más bien el perfeccionamiento de los controles sociales a todos los niveles, más que nunca en la historia de la nación.  El Partido Comunista ha usado la pandemia para conseguir fiscalizar minuciosamente cada ciudadano a través de fuertes restricciones justificadas en la prevención de la propagación. Han aprovechado cada uno de los instrumentos de represión que poseen, como los sofisticados sistemas de vigilancia social, las cámaras, el rastreo virtual de actividades, como la supresión, aislamiento de los ciudadanos, y hasta la privación de la libertad mínima de movilidad.

Y aunque el Partido Comunista ha hecho todo tipo de barbaridades en el pasado, en esta ocasión la mayor sorpresa que ha dejado atónitos hasta a los expertos en China más renombrados es el precio económico que están pagando y que todo apunta a que seguirán sacrificando para continuar obsesivo control y prevenir más contagios.

En primavera de este año el Partido Comunista impuso un durísimo confinamiento en Shanghái cuyas pérdidas superaron los 50 mil millones de dólares y que afectó a unos 200 millones de chinos. Y eso sin incluir los costes internacionales que conllevó ese confinamiento en el hub financiero chino donde también se encuentra el puerto más grande del mundo y que mueve la mayor carga del planeta. En este punto las empresas extranjeras empezaron a responder y con ello la fuga de capitales empezó a sentirse.

Después impusieron otros confinamientos muy estrictos en Beijing, desplegando centros de pruebas por toda la capital y prohibiciones de movilidad dejando algunas zonas de la ciudad totalmente inertes, solo con la presencia de la policía para asegurar el cumplimiento de estas medidas. Una situación similar se ha replicado en cada región y centro urbano del gigante asiático.

El agotamiento social ante tantas restricciones ha venido aumentando con le paso de los meses. Además de la frustración social ante la incapacidad de tener un mínimo de libertad de movilidad y acción. Y estás manifestaciones de descontento llevan meses en gestación con diversos conatos que han sido neutralizados por las fuerzas de seguridad. Sin embargo, al cumplirse los tres años de esta situación que parece no acabarse las manifestaciones no han hecho más que aumentar por todo lo ancho de la nación. CNN pudo verificar a principios de esta semana más de 16 protestas en diferentes ciudades, y otras decenas de ellas de las que tuvieron conocimiento, pero no pudieron llegar a corroborar por la misma imposibilidad de movilidad del país.

Las universidades han sido otros centros en los que los estudiantes han sido coartados de toda movilidad al punto en el en algunos casos estudiantes han expresado haber pasado hambre en algunos casos ante la imposibilidad de salir a comprar alimentos debido a los confinamientos.

Al grito de no queremos mascarillas o no queremos pruebas PCR los manifestantes han tomado parte de las calles de Beijing, así como en Shanghái con algo más de violencia, donde cabe destacar que la represión y las medidas de aislamiento han sido especialmente extremas.

Ante tantas restricciones la creatividad de los manifestantes ha hecho que un folio en blanco sea el signo de la disidencia y sea levantado con orgullo en las protestas, puesto que se ha vuelto el instrumento por el que la población grita su desacuerdo sin palabras con la idea de que no puedan ser acusados de perturbadores del orden público.

Astutamente, los manifestantes no salen a las calles a protestar contra el Partido Comunista, ni tampoco lo hacen para intentar cambiar al presidente, los recuerdos de la masacre de Tiananmén de 1989 donde se llevaba a cabo la protesta que acabó abruptamente con un asalto cruel de manos del ejército chino siguen estando presente en parte de la población. El grito silencioso de estas protestas nunca vistas en China expresa repudio a los controles excesivos en los que viven desde que la política de “cero-Covid” entrara en vigor.

Los usuarios de las redes sociales chinas han encontrado mecanismos para burlar los vetos de publicaciones, y han aparecido con selfies sujetando un folio en blanco o simplemente han aparecido un cuadro blanco que habla por sí solo. Aunque la red Weibo también censuró algunos de los hashtags, los usuarios han burlado algunos de los censores. WeChat ha sido otra red en la que usuarios han encontrado formas para subir videos de manifestaciones.

Los folios en blanco rememoran las protestas de Hong Kong en el 2020 cuando manifestantes usaron este mismo método para intentar protestar por la ley de seguridad nacional. Hoy, esos folios hablan claro y expresan mucho descontento, que lejos de simbolizar que se está gestando un cambio político en la nación, imploran retomar cierta normalidad en sus vidas, relativa libertad y vacunas eficientes, que no las chinas.

 

 

Las mentiras tienen precio… a veces

En China están pasando cosas. El despotismo con que se están gestionando los rebotes sistemáticos de COVID en el país, que está afectando a la economía china y a los mercados internacionales por la distorsión en el transporte de mercancías, está encontrando una respuesta ciudadana sin precedentes en varias décadas que están desafiando el triunfalismo propagandístico del comunismo chino.

La prueba del desconcierto del gobierno ante la extensión de las propuestas y el papel en ella de las redes sociales a pesar del férreo control de la dictadura está en el recurso a inundar de pornografía a los que intentan acceder a determinadas web y la intensa campaña de para intervenir e inundar de virus las redes, seg-un expertos.

La población china comienza a expresar con mayor valentía su desprecio a unas autoridades que les mienten sistemáticamente en un momento en que la economía se está frenando lo que hace salir a flote des desigualdades de la sociedad. Las propuestas están siendo coreadas al grito de libertad y de reclamación de unos derechos políticos de los que China carece desde 1949. Corresponsales extranjeros y agencias internacionales señalan que según vídeos y testimonios que circulan en redes sociales, las muestras de indignación han inundado el fuertemente censurado internet. La prensa oficial, sin embargo, no ha dado cuenta de los incidentes.

No se tienen muchos datos pero todo parece indicar que los problemas económicos, moderados de momento pero significativos, la inestable situación internacional y la asfixiante propaganda interna del régimen están movilizando a sectores importantes de la sociedad china, a pesar de la represión y el control y eso frena la campaña internacional de Pekín para presentar su modelo como garante de estabilidad, crecimiento económico y solución pacífica de los conflictos. Parece un chiste, pero así lo afirman los propagandistas chinos y sus defensores. Las mentiras tienen precios aunque, desgraciadamente, no siempre.

China: la ambigüedad calculada como arma diplomática

China está intentando recomponer sus relaciones con los países del Pacífico tratando de dar la sensación de que no es un enemigo ni un peligro sino un activo buscador de la distensión y la creación de un clima de paz en la región. Eso sí, sin aludir a las provocaciones de su aliado de Corea del Norte ni a sus reiteradas amenazas de destrucción de la única parte de territorio chino que vive en un régimen de libertades, garantías y libre comercio: Taiwán.

Hace unos días se encontraron los líderes de China y Japón y en el marco de este encuentro Japón expresó “serias preocupaciones” sobre cuestiones de seguridad regional a Xi Jinping, en Bangkok, donde el primer ministro Fumio Kishida y el presidente chino mantuvieron sus primeras conversaciones cara a cara.

Los dos países son socios comerciales pero las relaciones se han agriado en los últimos años a medida que el régimen chino refuerza su ejército y sus ambiciones en la región.

“Expresé mis serias preocupaciones por la situación en el mar de China Oriental, incluidas las islas Senkaku”, dijo Kishida a los periodistas, en referencia a unos islotes en disputa controlados por Japón que China denomina Diaoyutai. También indicó que le había planteado su preocupación por “las actividades militares de China, incluidos los lanzamientos de misiles balísticos” desde su territorio.En agosto varios misiles chinos disparados durante unas maniobras militares en torno a Taiwán habrían caído en la zona económica exclusiva de Japón.

No obstante, ambos países han acordado hacer un esfuerzo para mantener abiertas líneas permanentes de comunicación ante cualquier discrepancia y su disposición a avanzar por caminos de distensión. China, por su parte ha hecho una lectura más optimista aún al sostener que “China y Japón conmemoraron conjuntamente el 50° aniversario de la normalización de las relaciones bilaterales este año, Xi dijo que las dos partes han adoptado los cuatro documentos políticos China-Japón y han llegado a varios importantes entendimientos comunes.

Esto ha generado –ha añadido Pekín- importantes beneficios para los dos pueblos y ha contribuido a la paz, desarrollo y prosperidad regionales. Al indicar que China y Japón son vecinos cercanos, subrayó que la importancia de la relación China-Japón no ha cambiado y no cambiará. Xi hizo énfasis en que las dos partes tienen que tratarse con sinceridad y confianza y aprender las lecciones de la historia, y añadió que tienen que ver el desarrollo de ambos de forma objetiva y racional, y traducir en políticas el consenso político de que los dos países deben ser socios, no amenazas”.

Esta es la esencia de la política exterior china, el más desarado ejercicio de hipocresía política, cualidad abundante en el mundo pero que ejercida desde un Estado totalitario aparece en toda su desnudez. Pero con estas cartas hay que jugar la partida.

China, a lo suyo

China y Arabia Saudí han establecido un acuerdo de estabilidad de precios tras el choque entre la potencia petrolera y Estados Unidos por haber acordado los saudíes una política de precios con Moscú. China, que tiene una gran dependencia energética del exterior, sigue aprovechando cada brecha que se produce en el escenario internacional para obtener ventajas comerciales, como haría cualquier otro país, y sobre todo tratar de desplazar aunque sea unos milímetros a Estados Unidos en sus alianzas internacionales.

China prosigue su estrategia de obtener beneficios, sean de la magnitud que sean, de cada crisis, sin tomar partido claro en ninguna de ellas, pero atenta a blanquear su modelo autoritario y aparecer como país dispuesto a mediar siempre con condiciones ventajistas. Así viene haciendo en Ucrania y así, aunque sea menos visible, son su diplomacia y sus negocios de geometría variable en Oriente Medio o sus inversiones en Brasil. El llamado pragmatismo chino, es decir, jugar con ventajismo y con los intereses del régimen chino por encima de cualquier otro objetivo es algo que no parece estar siempre presente.

China no es sólo una amenaza política y militar en determinadas regiones o conflictos; además es un sólido proyecto de negación y desplazamiento de los valores de garantías y libertades que se denominan occidentales y que han producido las sociedades con mayores cuotas de bienestar material y libertades de la historia.

Y la falta de insistencia en esos aspectos del modelo chino facilita la mascarada, el disfraz de las inversiones como palanca del desarrollo y la sutil colonización bajo influencia de los países más vulnerables.

Los nuevos tiempos, la inestabilidad, la reaparición de tentaciones autoritarias en las sociedades occidentales y las dificultades económicas derivadas en gran parte de la política criminal de Moscú van a dar más oportunidades y coartadas a la política china y por eso, el fortalecimiento de las instituciones democrática, el desarme ideológico de quienes las combaten desde dentro y desde fuera y la firmeza en la denuncia de las trampas es una cuestión de supervivencia.

Ideología versus pragmatismo. Nieves C. Pérez Rodríguez

La conmoción dejada por el XX Congreso Nacional del Partido Comunista chino parece empezar a normalizarse bajo la idea de que Xi Jinping continuará como el líder supremo de China. No sólo ha sido ratificado en su tercer mandato, sino que ha acentuado todo en torno a su figura y por tanto a su ideología y el realce del nacionalismo en toda la política del país.

El sesgo ideológico y nacionalista de Xi ha comenzado a hacer merma en la prosperidad sostenida que ha tenido el gigante asiático en las últimas décadas. Las extremas medidas para prevenir los contagios de Covid-19 y que siguen estando vigentes, han ralentizado el crecimiento de la economía debido al cierre de ciudades, regiones y hasta puertos como fue el de Shanghái que además ha servido de agravante a la cadena de suministro internacional.

Como consecuencia, las empresas internacionales que han venido operando en China durante años han empezado a irse o considerar opciones más estables. Al mismo tiempo, países como Estados Unidos han venido aprobando leyes que desestimulan a sus corporativos nacionales a mantener su producción en territorio chino.

En tal sentido, Mickey D. Levy, economista jefe para Asia y las Américas en Berenberg Capital Market LLC, miembro del Comité de Mercado abierto del Instituto Manhattan y columnista para el Wall Street Journal, escribió un interesante análisis en el que sostiene que existe una gran ironía en el alejamiento de Xi cada vez más mayor de los mercados, ya que los mercados fueron precisamente los que convirtieron a China en la potencia económica que es hoy.

Levy insiste en que el crecimiento tan robusto que experimentó China fue debido a un modelo híbrido, que consistió en una forma de capitalismo de Estado en el que Beijing permitió a empresas privadas, al más puro estilo de negocios estadounidenses, florecer paralelamente con la producción de empresas estatales chinas.

El gran atractivo para las corporaciones occidentales de movilizarse hasta China se sostenía sobre la seguridad que ofrecía, la mano de obra barata y el crecimiento de la nación, mientras que generaban puestos de trabajo domésticos¸ prosperidad y el aumento exponencial de sus exportaciones, tal y como sucedió del 4% en el año 2000 a un 14% en el 2015.

Xi ha reducido las empresas libres, ha apretado los controles al punto de restringir el espíritu empresarial privado, la innovación y la movilidad del capital. El gobierno chino ha incrementado, además, la expropiación de las industrias y la asignación deficiente de los recursos nacionales, por lo que se están generando ineficiencia y excesos, asegura Levy.

El autor concluye que el control cada vez más estricto de Xi y el rechazo a la libre empresa aumentan la probabilidad de que China se sumerja en la trampa de los ingresos medios que ha capturado a muchas naciones emergentes. Sus ciudadanos oprimidos pagaran el precio. Los socios comerciales de China ya están sintiendo los efectos. Mirando hacia el futuro este entorno económico hace que las maniobras internacionales de China sean propensas a riesgos y fuentes potenciales de inestabilidad global.

Son esas las razones por las que China es cada vez menos atractiva para occidente. Beijing parece haber perdido parte de su pragmatismo económico por priorizar su nacionalismo e ideología. El rejuvenecimiento de la nación asiática pasa por la incorporación de Taiwán al territorio chino indiscutiblemente de acuerdo a Xi, pues represente una especie de reivindicación en contra de occidente, la materialización de las promesas de la época de la fundación del PC chino y como si fuera poco, su ubicación en el centro de la inmensa costa china lo puede convertir en un embudo para la salida del comercio global de China, así como le podría servir de línea de defensa que le daría a Beijing un lugar de avanzada clave desde donde ingresar al Océano Pacífico Occidental.

Y eso parece ser el foco del líder. Sacrificar el espectacular crecimiento y bienestar obtenido a cambio de materializar el proyecto ideológico…

INTERREGNUM: Alemania y el desafío chino de la UE. Fernando Delage

Sólo días después de confirmarse su tercer mandato como secretario general del Partido Comunista Chino, Xi recibe esta semana en Pekín al canciller alemán, Olaf Scholz. Se trata de la primera visita de un líder del G7 a la República Popular desde el comienzo de la pandemia, y se produce en un momento de grave deterioro de las relaciones entre China y Occidente. Es un viaje polémico, que cuenta con la oposición de miembros de su propio gobierno, así como con el desconcierto de la Unión Europea cuando trata de actualizar su estrategia hacia el gigante asiático.

La propia posición de Scholz resulta confusa. Quiere mantener la misma política de su antecesora, Angela Markel, a favor de una relación económica más estrecha con Pekín, pero adoptando al mismo tiempo una posición más crítica por el apoyo chino a Rusia en la guerra de Ucrania y por la situación de los derechos humanos en el país. Dice estar en contra de los esfuerzos norteamericanos dirigidos a reducir los vínculos comerciales con China, pero advierte al mismo tiempo a las empresas alemanas que deberían evitar su dependencia de las cadenas de valor de un solo país.

Pese a reconocer Berlín el error de la política mantenida hacia Rusia durante más de cuarenta años, parece como si no quisiera aplicar sus lecciones a China. El reciente visto bueno por parte de Sholtz a la compra por la china COSCO del 25 por cien de una terminal en el puerto de Hamburgo, el más importante de Alemania y el tercero de Europa, ha causado sorpresa. Es sabido que la decisión del canciller no contaba con el acuerdo de los ministerios de Asuntos Exteriores y de Economía—ambos en manos de los Verdes—, ni tampoco respetaba las recomendaciones de la inteligencia nacional. La administración alemana se encuentra, además, dando forma final a una nueva estrategia de seguridad nacional, cuyo anuncio está previsto para comienzos de año, y en la que las relaciones con Pekín serán objeto de especial atención.

La visita de Sholtz a un Xi que, además de imponer a China una dirección cada vez más autoritaria, describe a las potencias occidentales como rivales, ha sido acogida con una nada disimulada reserva por parte de Washington. Pero también por Bruselas. En el último Consejo Europeo (20-21 octubre), los líderes de la Unión mantuvieron una discusión estratégica sobre China con el fin de renovar su posición. Aunque no hay un consenso al respecto, la triple definición de la República Popular hecha por los 27 en 2019—socio comercial con el que se coopera sobre asuntos globales, competidor económico y tecnológico, y rival sistémico—no parece ajustada después de la guerra de Ucrania: la balanza se inclina más hacia la competición y la rivalidad que hacia la cooperación. Los Estados bálticos defienden una actitud más beligerante, mientras que otros—como Hungría—quieren ante todo seguir beneficiándose de las inversiones chinas. Francia trata de navegar entre los dos extremos. Berlín dice querer compatibilizar ambas cosas, pero la realidad es que siguen primando los intereses económicos, quizá por la comprensible presión de sus empresarios: en veinte años, las ventas a China han pasado del uno por cien de las exportaciones alemanas a cerca del ocho por cien. Para fabricantes de automóviles como Volkswagen o BMW, el mercado chino representa la mitad de su facturación.

El problema es que, al jugar al solitario con Pekín, Berlín impide la adopción de una política europea como bloque. Desde Bruselas—que también se manifestó en contra de la venta de la terminal del puerto de Hamburgo—no se entiende una posición que no sólo no corregirá sino que incrementará por el contrario la dependencia alemana de China. Esta última podrá concluir al mismo tiempo que su política de presión funciona, al ver cómo consigue dividir a los Estados miembros. Y, aunque por sí sola represente cerca de la mitad de los intercambios entre China y el Viejo Continente, Alemania se encontrará aislada frente a sus socios en una etapa de redefinición del proyecto europeo.

China: programas y contradicciones

El recién celebrado congreso de los comunistas chinas y sus medidas de política económica han llevado incertidumbre a los mercados y a los socios de China en diversas partes del mundo. China va a seguir el camino de ir sustituyendo, poco a poco, como señala en estas páginas nuestra redactora Nieves C. Pérez Rodríguez, el pragmatismo autoritario que le proporcionó crecimiento económico por los viejos principios dictatoriales y una vuelta al intervencionismo duro. Pekín y Xi se están enrocando en un discurso antiguo, belicista y provocador que, al mismo tiempo intentan hacer compatible con una propuesta, derivada de la necesidad, de buscar un alto el fuego en Ucrania que alivie la tensión internacional de respiro a la economía europea y, con todo ello, deje espacio a los negocios de las empresas chinas.

La ventaja que proporcionó el pragmatismo chino y dio ventaja sobre países de rigidez ideológica intervencionista como Corea del Norte y Cuba (o la misma Rusia que pese a décadas de teórica liberalización nunca ha entrado en una fase económica expansiva) no va a ser capaz de enjugar la nueva aventura de China aunque probablemente el delirio neo maoísta tenga límites impuestos por la realidad de los mercados internacionales. Esta es una de las razones, según expertos financieros, por las que el yuan chino tocó mínimos en 14 años frente al dólar y las acciones de empresas chinas de la bolsa de Hong Kong cayeron tras el resultado del Congreso del Partido Comunista.

La economía planificada de los comunistas fue un fracaso desde el primer momento, a pesar de los esfuerzos ingentes que se hicieron (y aún se hacen) para abrillantarla y siempre vivieron mejor en occidente las capas más pobres que en las dictaduras comunistas como demostraron las cifras y los flujos migratorios, aunque prohibidos, en una sola dirección.

China tiene depositadas esperanzas en mantener sus negocios en África y  en América  Latina a través de sus empresas dopadas de capital estatal y estaba muy inquieta por el resultado de las elecciones en Brasil, una de las grandes economías del mundo y done China tiene inversiones e intereses desde hace años. Y desde Brasil, Pekín ha recibido con alivio la victoria de Lula (aunque hubieran hecho buenos negocios con Bolsonaro) porque esa victoria en la presidencia con un parlamento de mayoría conservadora es visto por los gobernantes chinos como una promesa de estabilidad favorable a sus inversiones en la zona. Pero tendrá que contar con aquel mercado para seguir haciendo negocios. La inestabilidad en una de las principales economías del mundo ha poblado de pesadillas los sueños chinos.

Esos pueden ser los límites al renovado intervencionismo chino y es que van a necesitar seguir obteniendo fondos para financiar sus planes estratégicos y en ese camino puede ser un obstáculo el discurso nacionalista y radical sobre el que se asientan precisamente esos planes estratégicos.

China, final de etapa, comienzo de era

El Partido Comunista chino ha culminado su congreso que, al margen de una liturgia pesada, antigua y conocida de escenificación de la dictadura, ha confirmado todos los pronósticos que hacían los expertos con los datos que estaban sobre la mesa: Xi se confirma como caudillo máximo con tantos poderes como tuvo Mao, el fundador de esta tiranía; sigue en la agenda el propósito de aplastar el único territorio chino con libertades y garantías, Taiwán, con el pretexto de lograr la unidad territorial  que tanto valora el nacionalismo chino, y se incentiva la carrera para disputarle a Occidente no sólo la primacía económica y comercial sino también la hegemonía militar con la que apuntalar y extender un modelo autoritario justificado por una supuesta eficacia.

Como estaba previsto, hubo unanimidad en los votos de los delegados para aprobar una nueva enmienda a los estatutos del partido. Si en el anterior congreso, el de 2017, en el documento se incluyó la ideología política del líder supremo (“Pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era”), en la conclusión de esta reunión se ha decidido reafirmar a Xi como el “núcleo duro” del PCCh, y sus ideas como los principios rectores del partido. Desde Mao, ningún otro líder en China tuvo su doctrina política incluida en la Constitución del partido mientras aún estaba en el cargo, subraya Lucas de la Cal, corresponsal de El Mundo en China que, con restricciones, ha asistido al congreso.

Pekín trata de explicar que ha acabado una etapa y comienza una era que ha de estar marcada por China como primera potencia mundial y donde el modelo chino (autoritario e intervencionista) sea la referencia para mejorar el bienestar de las sociedades menos desarrolladas o con problemas, es decir, todas.

Pero la propaganda china va a tener problemas: la economía del país no va tan bien como esperaban que ocurriría en estas fechas, entre otras cosas por la agresión del amigo Putin; los mercados no parecen propicios en estos momentos para nuevos y mejores negocios chinos debido a la inestabilidad y, además, China tiene que afrontar gastos comprometidos con aliados para mantener su influencia donde ya la tiene. Esto, que ya hemos subrayado desde estas páginas, marca la coyuntura actual en una China aislada voluntariamente por el Covid y algunas malas decisiones al respecto.