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INTERREGNUM: Europa y la interconectividad global. Fernando Delage

Como se recordará, los líderes del G7 lanzaron el pasado 12 de junio una iniciativa (denominada B3W: “Build Back Better World”) destinada a canalizar inversiones en países en desarrollo, sobre la base de unos valores de transparencia y sostenibilidad. No era necesario explicitar que se trataba de ofrecer una alternativa por parte de las principales democracias a la Nueva Ruta de la Seda china, uno de los principales instrumentos de Pekín para extender su influencia política.

La Unión Europea no ha tardado en ponerse manos a la obra. Justo un mes después, el 12 de julio, el Consejo de Ministros anunció un plan global de infraestructuras destinado a ampliar y mejorar la interconectividad del Viejo Continente con el resto del mundo, mediante una combinación de recursos financieros públicos (aún por precisar) y privados (si se consigue movilizar a las empresas). En un breve documento de ocho páginas, el Consejo instó a la Comisión a preparar durante los próximos meses una lista de “proyectos de alto impacto”, sin que en ningún momento se nombrara tampoco a China. Sin perjuicio del interés europeo por asegurar el acceso al mercado de la República Popular, y de la evidente necesidad de cooperar con Pekín con respecto a diversas cuestiones transnacionales (como el cambio climático), en Bruselas—y en los Estados miembros—se ha redoblado la inquietud por el creciente control chino de instalaciones estratégicas del Viejo Continente, como los puertos del Mediterráneo.

La UE confía en que, mediante el desarrollo de una más extensa red de infraestructuras, podrá diversificar las cadenas de valor y reducir el riesgo de una excesiva dependencia de China. Por ello, lo más relevante es quizá que la UE ha decidido ir más allá de la “estrategia de interconectividad Asia-Europa” de 2018, para construir una Unión “conectada globalmente” al dirigir su atención a África y América Latina, continentes preferentes ambos para las inversiones chinas. Debe destacarse al mismo tiempo la intención de coordinar estos esfuerzos con Estados Unidos, así como con Japón, India, la ASEAN, y las instituciones multilaterales de desarrollo.

No pocos analistas han mostrado cierto escepticismo ante la relativa vaguedad del proyecto. Existe el temor, por otra parte, de que las diferentes prioridades geográficas y económicas de los Estados miembros lo terminen diluyendo o conduzcan al enfrentamiento entre Berlín y París sobre qué países, qué iniciativas concretas y qué presupuesto apoyar. Esa indefinición debería estar aclarada cuando la presidenta de la Comisión pronuncie su próximo discurso sobre el estado de la Unión el año próximo, pero no deja de ser una orientación que puede afectar a otro objetivo preeminente, como es el de continuar impulsando los vínculos económicos con China y con Asia.

Debe reconocerse, sin embargo, que el plan no es una simple estrategia económica, sino que responde a la intención de construir gradualmente el papel de Europa como actor geopolítico. Así lo ha puesto de relieve el Alto Representante, Josep Borrell, durante su reciente participación en una Conferencia sobre Conectividad entre Asia central y Asia meridional, celebrada en Uzbekistán. Sólo cuatro días después de que el Consejo de Ministros aprobara la mencionada estrategia, Borrell—además de hacer presente el papel de la UE como socio comercial e inversor de Asia central, y pronunciarse sobre la situación en Afganistán—hizo hincapié en la ambición de situar la conectividad en el centro de la política exterior europea. Subrayó los acuerdos ya firmados en este terreno con Japón, India y China, y anunció el lanzamiento de un estudio conjunto sobre corredores de transporte ferroviarios entre Europa y Asia por parte del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo y el Banco Asiático de Desarrollo. De momento, Pekín ha optado por reservarse su opinión oficial hasta que Bruselas presente de forma completa su plan el próximo año. (Foto: Flickr, Jason Tong)

China y Latinoamérica, pasos adelante

La gran estrategia china para expandir sus negocios, su influencia y su presencia en el exterior pasa por el restablecimiento, por vía terrestre y marítima, de la mítica Ruta de la Seda hacia Occidente. Pero eso no implica que la potencia asiática  no explore otras áreas del planeta caracterizadas por la debilidad institucional, la incertidumbre política y, a la vez, el potencial crecimiento económico más allá de las apariencias.

 

Estos son los casos de África, donde las inversiones y la presencia china se multiplican año a año, y sobre todo América Latina. No hay país de este continente donde no haya empresas chinas, todas con fuerte influencia estatal de Pekín, optando a la adjudicación de grandes contratos para infraestructuras y desarrollos tecnológicos y en casi todos los casos con ofertas ventajosas respecto a otras empresas por el apoyo estatal chino, las facilidades financieras y los amplios márgenes obtenidos en su territorio nacional.

 

En territorio americano  es muy importante la presencia china en Brasil y Argentina y Venezuela mientras las autoridades empresariales chinas exploran negocios en el resto de los países. A la vez, Pekín está jugando fuerte la baza anti Estados Unidos para ofrecer sistemas de armas y desarrollos tecnológicos militares y en Venezuela ha hecho avances aunque es Rusia la principal suministradora.

 

La crisis reciente de Cuba, que pone sobre la mesa la lenta pero persistente descomposición institucional en  el continente situado al sur de Rio Grande, ha revelado las cartas de China al ofrecer todo tipo de apoyo a la dictadora castrista mientras a la vez estrecha lazos con el gobierno conservador y con rasgos autoritarios de Bolsonaro en Brasil. Este pragmatismo chino, basado en la fuerza que ofrece una retaguardia super controlada en el plano político y económico, permite una estrategia a largo plazo para ir aumentando zonas de influencia que a veces Estados Unidos no parece entender ni desarrollar estrategias de contención.

 

Tampoco Europa parece dispuesta a enfrentar esta realidad aunque algunos países como Alemania están modificando el discurso hacia una mayor firmeza ante las prácticas tramposas de penetración de las empresas chinas.

 

Pero esta es la realidad y en ella hay que operar. Y las empresas europeas tienen que competir, con frecuencia con desventajas fiscales y financieras, en los mercados africanos y americanos con las empresas paraestatales chinas. Y este escenario exige análisis, medidas y estrategias algo diferentes desde las sociedades abiertas y de democracia y derechos.

LA CUMBRE PARA LA DEMOCRACIA Y SUS IMPLICACIONES PARA CHINA (y II). Pascual Moreno

En la primera parte de este artículo se hacía una introducción a la Cumbre para la Democracia y sus posibles implicaciones para China. Además de los conflictos presentados en ciertos territorios que China considera de soberanía nacional, otros campos de discusión que pueden estar presentes en la Cumbre son:

  • La delimitación y supresión de la libertad de expresión en la esfera académica, no únicamente dentro de China, sino que se han sucedido preocupantes intentos de silenciar académicos en Australia, Europa o Estados Unidos. El cierre de los Institutos Confucio en Suecia, Alemania y otros países es un signo creciente de resistencia y rechazo a la propaganda y el poder blando chinos. Se esperan más clausuras y control sobre estas instituciones, aunque todavía no está claro el acento que pondrá la Cumbre en este tema.
  • Las prácticas de compañías tecnológicas chinas, acusadas de recabar información y violar políticas de privacidad en otros mercados. El G7 animó a China a ejercer una mayor ciber-responsabilidad y detener el robo de propiedad intelectual. Ciertas políticas de recolección de información que no sigan los estándares y reglamentos de la Unión Europea pueden llevar a sanciones e incluso a la prohibición de la operativa comercial. No está claro si la Cumbre elaborará una lista de compañías susceptibles de sanciones. Sin embargo, probablemente animará a cada país a intensificar el seguimiento por parte de las empresas chinas de las leyes nacionales, de la relación con el gobierno chino y de la adopción de estándares que protejan los valores democráticos, la libertad personal y la libre competencia.
  • Una mayor transparencia en general de China en campos como la salud global –al tiempo que se intensifican las pesquisas sobre el origen de la pandemia de COVID-19- o los proyectos de infraestructuras fuera de sus fronteras pertenecientes a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que son sospechosos de corrupción o “diplomacia por deuda”. China aduce que ya ha puesto a disposición de la OMS suficiente información, y promete mejorar la comunicación y transparencia en otros temas.
  • El trato discriminatorio y campañas de persecución a empresas multinacionales en sectores como los medios de comunicación, moda, deportes, alimentación (BBC, HM, Adidas, NBA…) que han sufrido limitaciones en la libertad de expresión o han visto sus negocios cerrados en el territorio chino de la noche a la mañana.

Pese a que todos estos asuntos no han dejado de proporcionar munición a los diplomáticos estadounidenses en las escaramuzas diplomáticas, muchos norteamericanos y habitantes de países cercanos de China no han querido desvincularse de ningún bando, y permanecen económicamente unidos a China mientras que se alinean militarmente con Estados Unidos.

La estrategia de la Administración Biden de confrontación respecto a China intensificará ciertas herramientas que ya fueron usadas durante la presidencia de Donald Trump. Un aspecto fundamental es la necesidad de encontrar una causa común con una Unión Europea fragmentada, en la cual el sentimiento anti-China crece al ritmo que los estados miembros reciben ataques de Beijing en el marco de la estrategia del lobo guerrero, tan del gusto del Ministerio de Relaciones Exteriores de China en los últimos tiempos. Cada vez más, las élites de negocios y diplomáticas europeas se están empezando a dar cuenta que los beneficios que esperaban cosechar del pastel chino son menos de los esperados. Alemania es un ejemplo claro en este sentido. Líder europeo en economía y política, su posición frente a China está comprometida por la dependencia de su industria automovilística del gigante asiático. Los retrasos y más que posible suspensión del Acuerdo Integral de Inversiones son una señal evidente de la tensión creciente en las relaciones UE-China.

Hay una clara fragmentación entre los diferentes países europeos cuando se trata de lidiar con China. Mientras que Reino Unido aboga por ampliar el G7 a un D10 (10 democracias, incluyendo a Australia, India y Corea del Sur) con el objetivo específico de contrarrestar a China, Italia –precisamente uno de los miembros del G7- se opone a ejercer excesiva presión sobre China tras haberse incorporado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Xi Jinping reconoce el peligro de un frente unido de democracias, y hará todo lo posible por evitar su constitución.

En el frente tecnológico, cada vez más países europeos se están alineando junto a Australia y EE.UU. para defenderse de los avances de una China tecno-autócrata. El ejemplo más claro son los esfuerzos por apartar al gigante Huawei de cualquier infraestructura tecnológica en Europa y la participación en la Red Limpia promovida por EE.UU. para asegurar sus comunicaciones

Sin embargo, no se debe esperar que las naciones europeas firmen una iniciativa marcadamente anti-China. Los mencionados lazos comerciales y de inversión son intensos. Por ello, Biden debería hallar un mecanismo de consenso y acuerdos en el que trabajar de manera cooperativa, en lugar de una Cumbre planteada como una ofensiva clara de confrontación con China. Una gran alianza de democracias podría ser menos eficiente que pequeñas coaliciones centradas en diferentes aspectos, ya que sería más vulnerable a las tácticas de división chinas.

La estrategia debería basarse en superar competitivamente a China, evitando que se creen relaciones de dependencia económica. Es necesaria una revisión de las vulnerabilidades de la cadena de valor europea y estadounidenses en sectores como los semiconductores, material médico, baterías, tierras extrañas… Muchas compañías y funcionarios chinos confían en que muchos negocios occidentales dependen de ellos. Es necesario que sean conscientes que, bajo los actuales acuerdos de inversión y comercio, la situación está desequilibrada a su favor, y que esto provoca que las empresas europeas se vuelvan cada vez más reacias a confiar en socios chinos.

Es improbable predecir un conflicto similar a una Guerra Fría militar e ideológica. Pero al mismo tiempo, no se debe esperar que el conflicto democracia-autocracia se vaya a solucionar de manera sencilla o que vaya a acabar inequívocamente en un éxito estadounidense.

Finalmente, a medida que aumenta la insistencia estadounidense en un orden democrático global, más países que respondan a otro modelo de liderazgo pueden unirse y formar coaliciones que limiten el poder de EE.UU. y su influencia global. China y Rusia, con una rica historia de desconfianza mutual, están acercando posiciones y cooperando estrechamente en aras de defender sus intereses ante los movimientos provenientes de Washington.  

Sri Lanka, una isla clave. Nieves C. Pérez Rodríguez

Anteriormente conocida bajo el nombre de Ceylán, la isla sureña de 65.610 km2 ubicada en el Océano Índico justo debajo de India cuenta con una ubicación estratégica. En efecto, lo que separa Sri Lanka de India es el Golfo de Mannar y el estrecho de Palk, que linda por el norte con el Estado Tamil Nadu y por el sur con el distrito Jaffna de la provincia norte de la isla. Por su forma se le ha llamado la lágrima de la India.

La capital de Sri Lanka es Sri Jayawardenepura aunque su centro financiero es Colombo y la ciudad más grande de la isla. Un territorio con una historia convulsa, pues los portugueses fueron los primeros en llegar y asentarse en el siglo XVI, aunque fueron desplazados por los holandeses quienes llegaron y tomaron sus posesiones un siglo más tarde hasta que los británicos se hicieron con el poder en 1803, y entre invasiones y disputas fueron haciéndose con el control del territorio hasta 1948 cuando la todavía llamada Ceylán conseguía finalmente la independencia de los europeos.

La tranquilidad no se instauró con la independencia, pues entre insurrecciones e intentos de golpe de Estado e incluso la institucionalización de políticas de corte socialista, debido a las cercanas relaciones que mantuvieron con la Unión Soviética y con China en la década de los sesenta, y los constantes agravios a las minorías, la nación ha sufrido una gran inestabilidad que acabó en el nacimiento de milicias en la década de los setenta. En 1972 se convirtió en república y cambió su nombre a Sri Lanka y continuó teniendo fuertes problemas étnicos.

Los ochenta transcurrieron con grandes dificultades para la población y una creciente situación de insurgencias que terminó con que muchos locales emigraran a otros lugares donde no se sintieran perseguidos. Las tensiones entre la comunidad cingalesa (mayoría de la población) y los tamiles, se agravó tanto debido en parte a que India proporcionaba armas y apoyo a la facción tamil.

Los Tigres de liberación de Ealam Tamil (LTTE) o tigres tamiles fue un grupo separatista que se fundó en 1976 y que luchó en contra del gobierno establecido en una guerra civil duró desde 1983 al 2009. Aunque en el 2001 se firmó un alto al fuego auspiciado por Noruega.

A pesar de las insurrecciones, durante los años de la historia más reciente Sri Lanka es considerado una nación democrática y cuenta con una economía prominente que exporta café, té, coco y canela entre otros productos. Tiene el ingreso per cápita más alto en el Asia meridional y un pujante sector turístico de fama mundial.

Su ubicación ha sido estratégica en las rutas marítimas a lo largo de la historia, pues es un paso naval entre Asia occidental y el sudeste asiático. Un buen ejemplo de la importancia de su ubicación fue que durante la Segunda Guerra Mundial Sri Lanka fue una base muy importante para las fuerzas aliadas en la lucha contra el Imperio Japonés.

Desde que Sri Lanka consiguió la independencia Estados Unidos ha asistido a la isla con más de 2 mil millones de dólares en ayudas de acuerdo con datos oficial del Departamento de Estado. Para Washington esta isla que fue paso de las antiguas rutas marítimas de la seda es clave en para mantener neutralidad en la región. Además, cuenta con 1340 km de línea de costa, lo que es un gran atractivo si fuera necesario neutralizar las pretensiones chinas en la región.

Estados Unidos tiene acuerdos con la Armada de Sri Lanka para establecer un cuerpo de marines, apoyos para crear un instituto de defensa para alto rangos militares y ejercicios con la armada para dar asistencia humanitaria en caso de desastres naturales en la región, como los tsunamis propios de la zona. Washington ha donado equipos de guardacostas a Sri Lanka para patrullaje de sus aguas territoriales para garantizarse que controlen sus aguas y garanticen estabilidad.

En cuanto a las relaciones económicas, Estados Unidos representa el mercado de exportaciones más grande puesto que casi 3 mil millones de los 11,7 mil millones de bienes que Sri Lanka exporta anualmente vienen a aquí.

Actualmente las ayudas estas concentrándose en material para la asistencia del Covid-19 y USAID, la agencia de ayuda del gobierno americano, ha venido coordinando envíos y se esperan más en las siguientes semanas.

La semana pasada la Administración Biden hacía el anuncio de un grupo de embajadores que habían sido designados entre el que se encontraba Julie Chang como la siguiente embajadora en Sri Lanka, una funcionaria de carrera con una larga trayectoria en el Departamento de Estado que ha servido en Japón, Vietnam, Tailandia, Camboya, Colombia e Irak, y que la prensa internacional no tardó en tildar de gran crítica de la maligna influencia china en la región y el mundo.

El hecho de que escogieran a Chang como embajadora allí refleja la importancia estratégica que tiene este país para Washington sobre todo conociendo que Sri Lanka debe a China unos 4.5 mil millones de dólares, tan sólo el pasado abril China extendía otro crédito complementando otro otorgado el año pasado por mil millones de dólares.

La diplomacia de créditos que ha venido usando Beijing le ha servido para ganar acceso y cercanía con todo tipo de naciones. Estados Unidos quiere neutralizar ese modus operandi que estiman que está haciendo daño a países pequeños alrededor del mundo.

Irán, suma y sigue

La victoria de Ebrahim Raisi, la cara del peor extremismo del régimen de los ayatollah en las elecciones iraníes, sube varios puntos el nivel de alarma en los indicadores de crisis en Oriente Próximo. Raisi, hasta ahora cúspide del poder judicial del país y responsable, por lo tanto, de las sentencias de muerte, lapidaciones públicas, ahorcamiento publico de homosexuales y de la institucionalización de las prácticas tiránicas de la teocracia, asumirá el máximo poder político, aunque siempre a las órdenes del líder religioso, Alí Jamenei. La elección de Raisi aumentará aún más las especulaciones de que está siendo preparado para suceder algún día a Jamenei, como líder supremo de Irán. Bajo el sistema político del país, es en última instancia el líder supremo, no el presidente, quien tiene la última palabra en todos los asuntos importantes de Estado. Raisi ha defendido seguir con el programa nuclear salvo que se acepten sus conclusiones, estrechar aún más los lazos con Rusia y China y la destrucción de Israel.

Pero Raisi hereda una situación complicada. Por una parte, la escasa participación en unos comicios escasamente democráticos en lo que ha sido toda una demostración de rechazo; en segundo lugar, una crisis económica galopante a caballo de una gestión desastrosa y marcada por la corrupción agravada por las sanciones de EEUU y algunos aliados, y en tercer lugar la contención de la política expansiva iraní en Yemen y Siria, donde había conseguido avances. En este marco, las negociaciones de Viena para restaurar el dudoso acuerdo nuclear roto por Trump conducirán a un pacto con prisas y con pocas novedades, dejando en el aire mucha incertidumbre.  La UE, que quiere llegar a algún tipo de entendimiento que le permita acceder a los mercados y al petróleo iraní presiona, Teherán tiene prisa por firmar algo que levante las sanciones y EEUU duda entre restaurar el acuerdo anterior o introducir alguna cláusula de garantías añadidas.

China, como Rusia, está atenta a la situación porque cuanto más tensas sean las relaciones entre Teherán y EEU más oportunidades tienen de aumentar su influencia en Irán, con quien China ya ha firmado un importante acuerdo estratégico. Los puertos y el petróleo iraní son claves para China.

La guerra fría del Pacífico. Nieves C. Pérez Rodríguez

La guerra fría entre China y Estados Unidos parece ser cada día más real. Trump puso de moda el tema y Biden ha continuado en la línea de denunciar los abusos chinos y unificar frentes internacionales en pro de los valores de occidente.

Por su parte, China ha ido ganando fuerza y seguridad debido al extraordinario crecimiento económico que ha experimentado, por lo que Beijing ha ido asumiendo con mayor determinación el rol de nación líder en la escena internacional. Ha aprendido a caminar las vías institucionales para hacerse oír, en otros casos ha encontrado caminos menos regulares para conseguir influencia internacional otorgando créditos y construyendo obras de infraestructura en países desfavorecidos, que se cobran con unos intereses que duplica su valor y que en muchos casos los resultados son obras de una calidad tan precaria que acaba derrumbándose o dando problemas estructurales a poco tiempo de ser entregados. Y más recientemente la diplomacia de vacunas que le ha permitido a China llegar a cualquier rincón del planeta en el que han tendio interés.

Desde el Congreso estadounidense un grupo de senadores han articulado leyes para neutralizar los abusos chinos y generar conciencia de las prácticas del PC chino. Además de las sanciones que los estadounidenses han ido imponiendo como las de julio del 2020 a otros 4 funcionarios chinos claves, como el jefe regional del PC Chen Quanguo, quien es visto como el artífice de las políticas de Beijing contra las minorías musulmanas, como una forma de protesta a lo que está sucediendo en la Región autónoma de Xinjiang.

Pero también se han sancionado figuras como la alta ejecutiva de Huawai Meng Wanzhou, por orden de un tribunal de New York que emitió una orden de arresto para Meng para que fuera juzgada en los Estados Unidos sobre violación a sanciones estadounidense en contra de Irán y conspiración para robar secretos comerciales. Meng fue detenida en Canadá por petición de la Administración Trump.

A estas sanciones Beijing respondió con cólera sancionando a un grupo de legisladores estadounidenses en agosto del año pasado por ser los promotores de legislación que alerta y previene sobre el peligro que representa el PC chino para los Estados Unidos y el resto del planeta.

Entre los sancionados se encuentra el senador Marco Rubio por el Estado de Florida, quien es vicepresidente del comité de inteligencia del Senado, y miembro del comité de relaciones exteriores quien le dijo a 4Asia: “Beijing puede imponer todas las sanciones que quiera en mi contra. Incluso, pueden hacer que sus medios de comunicación oficialistas me dibujen en caricaturas como un diablo, si así es como quieren perder su tiempo. Nada de eso detendrá mi trabajo o silenciará mi voz. Sus sanciones en mi contra son prueba de su inseguridad y revelan que las iniciativas de política exterior bipartidistas que he liderado amenazan la agenda del Partido Comunista chino. Tanto EE. UU. como nuestros aliados afines debemos permanecer unidos contra la creciente amenaza del PC chino”.

Las sanciones de Beijing a los estadounidenses son meramente simbólicas, pues ninguno de los legisladores tiene inversiones en territorio chino. Mientras que para los chinos las sanciones estadounidenses son incómodas y pueden acarrear consecuencias indirectas como le sucedió a Lam Carrie, la jefe ejecutiva de Hong Kong, quien fue sancionada por Washington por su posición intransigente en contra de los manifestantes que protestaban el cambio de estatus de aquel  territorio. A pesar de que Carrie afirmó no tener ningún interés en viajar a los Estados Unidos, en el momento de la sanción su hijo estaba estudiando en la Universidad de Harvard y tuvo que salir en el siguiente vuelo de regreso a casa, pues esas sanciones salpican a los familiares directos, las inversiones del sancionado, cuentas bancarias, etc.

En medio de esta guerra fría entre Washington y Beijing un ala del partido republicano, basándose en las “prácticas irregulares chinas”, ha organizado una plataforma por Facebook y por Twitter llamada “Stand up to China” para divulgar el peligro que representa la nación china para los intereses estadounidenses. Con argumentos como el Covid-19 o el peligro del crecimiento militar chino crearon esta organización sin fines de lucros para crear conciencia sobre la agenda de Beijing. Según Axios -un medio digital de credibilidad- llevan gastados unos 600.000 dólares en campañas cuyo objetivo inicial fueron los usuarios de dichas redes en Florida durante 2020 y, en efecto, el estado de Florida votó fuertemente republicano en la pasada campaña presidencial de noviembre.

Stand up to China se creó en enero del 2020 y durante su primer año estuvo centrado en Florida, pero ahora está operando en un radio mucho mayor, cubriendo los estados claves en las campañas presidenciales estadounidense como Iowa, New Hampshire, South Carolina y Nevada, lo que es un claro reflejo del arrastre que la plataforma consiguió ya en Florida y que ahora pretende seguir expandiendo sus resultados.

Stand up to China tiene detrás figuras que han promocionado leyes anti-chinas para proteger las empresas estadounidenses, la propiedad intelectual americana, las libertades democráticas como el mantenimiento de la privacidad virtual, la libre competencia, entre muchos otros temas domésticos claves. Un buen ejemplo es el senador Rubio, quien está en campaña para ser reelegido en noviembre del 2022 y cuya campaña será reñida, pues las presidenciales mostraron que Florida es un estado clave en el que el discurso anticomunista tiene gran arrastre.

Además, Rubio y sus aliados políticos se han hecho con una reputación de lucha sostenida en contra del PC chino al punto que los últimos emails de su centro de campaña se titularon: ¿Es hora de hacer frente a la China Comunista?, lo que demuestra la tremenda importancia que el argumento de China ha adquirido en los últimos años en la política domestica de los Estados Unidos. Pues la campaña de un Senador se está basando además de atendar las necesidades del Estado que representa y los ciudadanos que le votan es usar el peligro chino como en su momento se habló del peligro soviético.

La población en China. Ángel Enriquez De Salamanca Ortiz

En los años 50, China no era la potencia que es hoy en día, estaba formada por una población rural, analfabeta y pobre. A finales de los años 50, Mao Zedong decidió colectivizar e industrializar a China con el “Gran Salto Adelante”, un proyecto que eliminó la agricultura privada, intentó industrializar el país y estableció las comunas populares, es decir, Mao decidía qué, cuánto y cómo producir. Este intento de industrialización llevo a la hambruna al país, provocando la muerte de millones de personas (las cifran varían entre 30 y 60 millones).

Esta fue la primera vez en la historia de la RPCh, desde su nacimiento en 1949, que su población disminuía año tras año, una población que en 1963 casi rozaba los 700 millones de personas.

Uno de los retos a los que se enfrentó Deng Xiaoping a su llegada en 1978, fue la superpoblación que tenía China, con tasas de natalidad de, en torno al 20‰ y una población  de más de 900 millones de personas. En 1979 Deng lanzó la política del hijo único con el fin de aliviar las tensiones demográficas que tenía el gigante asiático.

Este control de la natalidad, que ya se empezó a aplicar a principios de la década con controles en áreas urbanas y rurales y con propaganda,  tuvo resultados inmediatos: el crecimiento de la población empezó a ser menor del 2% anual, con el objetivo de no superar los 1.200 millones de habitantes al finalizar el S-XX.

En el año 2000, China contaba con unos 1.260 millones de personas, duplicando la población de 1956 pero, a día de hoy, ya empiezan a verse las consecuencias reales de la política del hijo único aplicada hace 40 años: el envejecimiento de la población.

A pesar de los controles de natalidad durante décadas, la mortalidad también ha caído haciendo que su población aumente y que sea cada vez más envejecida, formando pirámides de población invertidas, es decir, con poca gente joven en la base y más en las zonas altas de mayor edad:

[Pirámide de población de China en los años 1965, 2020 y expectativa para 2075. Grupos de edad y sus % de hombres y mujeres]

La política del hijo único también tuvo otras consecuencias, y es que las familias preferían tener un niño a una niña, por lo que en la actualidad los índices de fertilidad del país son muy bajos, hasta el 1,6 en el 2019 y tasas de natalidad del 10,5‰

En el año 2015 se eliminó la política del hijo único: el PCCh temía tener una población demasiado envejecida, una población que la segunda economía del planeta no podía permitirse.

La eliminación de esta política permitió a las familias tener hasta 2 hijos, una medida que llegó demasiado tarde, ya que la tasa de reposición no será suficiente para el pago de las pensiones, es decir, no habrá suficientemente gente trabajando que sostenga a la población jubilada que representaba casi el 12% de la población en 2017, y se espera que llegue a 1/3 a mediados de este siglo, en algo menos de 30 años. Un envejecimiento que provocará tensiones en la población y en el Fondo Estatal para Jubilaciones, que puede quedarse vacío en apenas 2 décadas.

[Fuente: Weforum.org]

Los elevados costes de manutención de los hijos, el cambio de mentalidad, el retraso en las nupcias, centrarse en la profesión o el rechazo a las cargas familiares son algunos de los factores que hacen que los chinos tengan cada vez menos hijos o que los tengan más tarde.

La eliminación de esta política en China llegó cuando los niveles de fecundidad habían bajado demasiado y la población +65 crecía sin parar, es decir, se estaba formando una pirámide invertida sin frenos. China tardó en actuar, por eso el Partido Comunista está tomando contramedidas para incentivar la natalidad, como eliminar las multas por tener hijos fuera de la cuota establecida, optimizar las políticas de fertilidad, mejorar los servicios prenatal y postnatal, dar beneficios a las familias o beneficios sociales por hijos o ,incluso, retrasar la edad de jubilación (con una gran oposición pública), son solo algunas medidas propuestas por el Comité Central del Partido Comunista de China con el objetivo puesto en el año 2035. Además, en este 2021, el Partido Comunista anunció que permitirá a las parejas tener hasta 3 hijos, una medida que pretende mejorar la estructura de la población.

Señales que indican que China ya forma parte del mundo desarrollado; en este sentido, son países caracterizados por bajas tasas de natalidad y mortalidad, población envejecida, longeva o con tasas de dependencia en aumento. Ahora queda ver si las medidas tendrán efecto y si en 2035 se lograrán los objetivos para estimular a la población a tener hijos, pero, ¿Se puede obligar a la población a tener hijos?

No se puede, pero, si estas medidas no funciona, retrasar la edad de jubilación será la única arma que le quede al PCCh para solucionar las tensiones demográficas y económicas, una medida que será rechazada por millones de chinos, entonces, ¿Saldrá la población joven, los más afectados, a manifestarse en contra del Partido Comunista Chino como ocurrió en Tiananmén en 1989?

Ángel Enriquez De Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

www.linkedin.com/in/angelenriquezdesalamancaortiz

@angelenriquezs

El G7 frente a China

El presidente Biden se ha apuntado un triunfo en su estrategia frente al desafío de China logrando la cohesión del grupo de los siete países con las economías más fuertes del planeta (G7). Pretendía cambiar el rumbo marcado por Trump es sus formas arrogantes y unilaterales aunque no en el fondo: se trata, como antes, de frenar la crecente influencia china en los planos económico, tecnológico, político y militar, y no sólo por competir por estos espacios sino porque aquella influencia se apoya y se desarrolla sobre instrumentos de desprecio a los derechos humanos, a las libertades, a las garantías jurídicas y a las reglas de los mercados.

La estrategia aprobada por el G7, y que ahora debe ser puesta en práctica por los países (y no sólo por los del G7) que tienen en le nuca el aliento de los fondos y las presiones chinas, no será sencilla de aplicar. Esta consiste en varios ejes, entre ellos ofrecer a los países menos desarrollados inversiones en infraestructuras competitivas con las que ofrece China, invertir en desarrollo tecnológico para competir con las empresas chinas y hacer un esfuerzo especial a este respecto en aquellos países incluidos por China en su estrategia rotulada con la marca propagandística de recuperar la ruta de la seda.

Además, Biden ha logrado, no sin esfuerzo, que se haga mención a la necesidad de garantizar la seguridad y la estabilidad en el estrecho de Taiwán en una clara advertencia a las públicas pretensiones chinas de conseguir por la fuerza la sumisión de Taiwán a la autoridad de Pekín.

De esta manera Washington recupera y afianza su liderazgo en la agenda internacional, al menos en algunos de los problemas que plantean los retos de a China y Rusia, un liderazgo que Trump había debilitado con sus erráticas improvisaciones y su arrogancia.

Pero no hay que sobrestimar los aprobados en Gales. EEUU tiene intereses propios como los tienen Alemania, Francia y el Reino Unido al margen de la Unión Europea, y es la UE la que debe conseguir un consenso interior básico entre estos intereses para enfrentar la política exterior de Rusia y la de China.

En todo caso unas nuevas bases están puestas y sobre estas hay que comenzar a trabajar, y a acometer importantes inversiones que habrá que explicar a los sociedades que van a sufragarlas enfrentando argumentos populistas en los que los opositores a los valores democráticos son auténticos expertos.

INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

INTERREGNUM: India en Asia. Fernando Delage

El estatus diplomático de India no puede ser hoy más diferente del que tenía al acceder a la independencia en 1947, pero—como entonces—la evolución de su política exterior continúa sujeta a las sucesivas transformaciones del orden asiático. Presionada a la vez por Estados Unidos y por China, Delhi afronta en la actualidad una nueva transición que obliga a reconsiderar su papel estratégico y a adoptar la estrategia más eficaz posible en defensa de sus prioridades. Subrayar esa continuidad histórica, y proponer los pilares de una política exterior para el futuro constituyen el objeto de India and Asian Geopolitics: The Past, Present (Brookings Institution Press, 2021), libro de reciente publicación de uno de los más respetados analistas indios, Shivshankar Menon.

Diplomático de carrera, exministro de Asuntos Exteriores, y antiguo asesor de seguridad nacional del primer ministro entre 2010 y 2014, Menon examina el encaje de India en el complejo mundo de la geopolítica asiática a lo largo de las décadas. Las condiciones al nacer la República no fueron desde luego las más propicias. Después de 200 años de colonialismo, la que había sido una de las sociedades más ricas y avanzadas del planeta se había convertido en una de las más pobre y retrasadas. La esperanza de vida en 1947 era de 26 años, y en la primera mitad del siglo XX la economía sólo había crecido un 0,005%. La pobreza y el analfabetismo eran endémicos. India necesitaba ante todo concentrarse en su desarrollo.

Al mismo tiempo, sin embargo, la independencia de India marcaba para Nehru el ascenso de Asia y, en marzo de 1947, organizó en Delhi la Conferencia de Relaciones Asiáticas, invitando a todos los Estados asiáticos así como aquellos otros aún colonizados. Era mediante la formación de una “comunidad de paz” como Nehru esperaba reforzar los vínculos de solidaridad que permitirían a Asia superar su déficit de capacidades y avanzar hacia la prosperidad y seguridad del continente. Su activismo diplomático le condujo asimismo a mediar en los conflictos en Corea e Indochina. La Conferencia de Bandung de 1955 sería el punto culminante de sus esfuerzos destinados a reorientar la geopolítica regional, pronto eclipsados por la Guerra Fría y las dos superpotencias.

La consolidación del bipolarismo en Asia en la segunda mitad de los años cincuenta redujo el espacio para India. Estados Unidos dio forma a una red de alianzas contra el comunismo, que incluyó la SEATO (1954) y la CENTO (en 1955), ambas con la participación de Pakistán, mientras que una Unión Soviética más aislada se acercó a aquellos países que por ser neutrales no eran explícitamente enemigos, como India o Indonesia. La posterior ruptura chino-soviética y la guerra de 1962 entre India y China supuso el fin de la influencia de Nehru, aunque no de su filosofía de no alineamiento. Con todo, el sistema de la Guerra Fría dividió a Asia en varias subregiones, sujetas de manera separada a la confrontación entre Washington y Moscú.

Más bien al margen de la dinámica general asiática durante los años setenta, fue la implosión de la Unión Soviética, seguida por las reformas chinas, la que permitieron a India—o, más bien, obligaron por sus circunstancias económicas—a reintegrarse con sus vecinos, lo que hizo a partir de 1992 mediante la denominada “Look East policy”.  El resultado fue un periodo de crecimiento aún en marcha que permitió sacar a varios cientos de millones de personas de la pobreza, y convertirse gradualmente en un elemento del equilibrio de poder asiático.

China es el gran protagonista de la segunda mitad del libro. En 1988, Deng Xiaoping dijo al entonces primer ministro Rajiv Gandhi, que el siglo XXI no sería el siglo de Asia a menos que India y China se desarrollaran juntos. Sus caminos han sido diferentes, sin embargo, desde entonces. Pekín intenta reconfigurar económica y geopolíticamente el continente euroasiático mediante su integración en torno a China; India actúa de manera defensiva para proteger sus intereses y su autonomía estratégica. Menon encuentra tres grandes razones para el optimismo de cara al futuro. En primer lugar, India ha mostrado una notable capacidad para aprender de la experiencia y superar sus sucesivos fracasos, especialmente en la economía. Además de ser la mayor democracia del planeta, ha cultivado en segundo lugar una cultura estratégica acostumbrada a la multipolaridad. Posee, por último, una larga tradición de dar forma a intereses compartidos mediante el diálogo con otros. El potencial es ciertamente innegable; corresponde a los demás reconocerlo mediante un mayor acercamiento a Delhi.