Entradas

El ‘ebook’ rojo. Miguel Ors Villarejo

El problema de las sociedades de consumo de masas es que la gente se distrae. Va a conciertos, ve películas, lee novelas, mira la televisión y no está, en suma, a lo que tiene que estar. ¿Cómo hacer compatible el socialismo del siglo XXI con el tráfago de la vida moderna? Para resolver esta acuciante cuestión, el Partido Comunista de China lanzó en enero la plataforma Estudio Xi para una Nación Fuerte, de la que ha colgado doctrina en distintos formatos: artículos, vídeos, discursos, presentaciones, canciones.

Como se ha hecho tradicionalmente con este tipo de material, el primer impulso es por supuesto no hacer ni caso. No recuerdo de ningún curso que pasara jamás del primer tema en FEN, la Formación del Espíritu Nacional franquista. El manual se titulaba pomposamente La sociedad y el Estado, pero nosotros no tardamos en rebautizarlo como La suciedad y el limpiado. Al pobre desgraciado que impartía la asignatura lo traíamos por la calle de la amargura.

Sucede, sin embargo, que las autoridades conocen nuestra falta de disposición y han decidido ponerle remedio. “Se acabaron los días en que podías apilar los diarios del Partido en una esquina de la oficina o apagar el telediario nocturno”, escribe David Bandurski. La aplicación con la que se accede a Estudio Xi incorpora un sistema de evaluación. “Leer un artículo se premia con 0,1 puntos. Ver un vídeo se premia con 0,1 puntos. Y 30 minutos seguidos de lectura o de vídeos se premia con un punto entero”.

La belleza del smartphone es que, a diferencia del tocho de FEN, te lee a ti mientras tú lo lees a él. A tus padres podías hacerles creer que te habías empollado el tema del Fuero del Trabajo, cuando en realidad te habías pasado la tarde llenando los márgenes de dibujos obscenos. Pero cada página que pasas en un ebook deja un rastro en el ciberespacio. Kobo divulgó hace unos años que únicamente el 44% de los lectores británicos terminaron El jilguero, la aclamada obra de Donna Tart. Y un matemático de la Universidad de Wisconsin calculó a partir de los subrayados compartidos en internet que muy poquitos pasan de la introducción de El capital en el siglo XXI. Se acabó ir por ahí chuleando de intelectual.

Y si Amazon sabe si te terminas o no los libros, el PCCh no iba a ser menos. No basta con dejar el móvil abierto por la última arenga del camarada Xi e irte a ver La voz de China. Si la app no detecta movimiento de páginas o advierte que has multiplicado ladinamente por cuatro la velocidad de reproducción del festival de odas patrióticas, no te da ninguna décima.

Pues así poco éxito va a tener el invento, me dirán. Ya, pero igual eres maestra y el comité de educación del subdistrito te exige acreditar cada mañana una nota mínima. Es lo que Bandurski cuenta que le ocurrió a la madre de un bloguero. La mujer se estaba dejando los ojos para reunir 40 puntos diarios. Eso sí, el PCCh aprieta, pero no ahoga, y ha fijado una serie de franjas en las que la recompensa se duplica, una especie de happy hour del Estudio Xi. Por ejemplo, los sábados y domingos de 9.30 a 10.30 y de 15.30 a 16.30 te dan dos décimas por artículo o vídeo. Y entre semana, de 20.30 a 22.30, lo mismo. Es el mejor momento de la jornada, cuando llegas exhausto a casa pensando en disfrutar de un poco de ocio, pero ¿cómo resistirse? “Igual que hacía el Libro Rojo en tiempos de Mao”, explica Bandurski, “Estudio Xi te pone el núcleo del pensamiento del líder supremo en la palma de la mano”.

Otra cosa es que sirva para lo que el régimen pretende. No conozco ni un solo compañero de FEN que saliera falangista, ni siquiera mi amigo Caba, cuyo padre era procurador de las Cortes franquistas y sí se leyó el tema del Fuero del Trabajo.

¿Son suficientes 60 centímetros de papel higiénico para una visita al baño? Miguel Ors Villarejo

Una tira de papel higiénico de 60 centímetros parece más que suficiente para una visita al cuarto de baño. Así lo consideran las máquinas dispensadoras que han instalado las autoridades de Pekín en los servicios públicos del Templo del Cielo. Un escáner identifica el rostro del usuario y, si vuelve a por más antes de nueve minutos, se lo niega: “Inténtelo más adelante, por favor”.

Asia es la región del planeta donde la tecnología de reconocimiento facial está más extendida. “Ni se le ocurra cruzar una calle fuera de un paso de cebra en Jinan”, advierte Rene Chun en The Atlantic. Decenas de cámaras escrutan a los peatones y, en cuanto detectan a un infractor, proyectan su imagen en una gran pantalla para escarnio público. Además, cotejan sus rasgos con los archivos biométricos oficiales y, al cabo de un rato, contactan con él para brindarle tres opciones: una multa de unos cuatro euros, un breve curso de refresco sobre seguridad vial o 20 minutos con un agente municipal, ayudándole a dirigir la circulación.

“El sistema parece que funciona”, escribe Chun. “Desde mayo [de 2017] las violaciones en una de las principales intersecciones de Jinan han pasado de 200 a 20 al día”. La policía está tan satisfecha, que el Ministerio de Seguridad Pública ha propuesto la creación de una red de videovigilancia “omnipresente, completamente interconectada, permanentemente encendida y totalmente controlable”. La consultora IHS Markit calcula que hacia 2020 China tendrá instaladas 626 millones de cámaras. “En algunas ciudades ya se puede lograr una cobertura del 100%”.

Naturalmente, semejante despliegue no busca únicamente mejorar el tráfico. “El Gobierno cree que un mayor grado de control no solo es deseable, sino posible”, escribe Adam Greenfield. En junio de 2014, el Consejo de Estado de la República Popular hizo público un documento titulado “Esquema de planificación para la construcción de un sistema de crédito social” cuyo objetivo es generalizar “una cultura de la sinceridad” que “permita a la gente honesta moverse por donde quiera y dificulte a la deshonesta dar un paso”.

El mecanismo está inspirado en el scoring de la banca, una puntuación elaborada a partir del historial laboral y de pagos de cada cliente que determina si se le concede o no una hipoteca y en qué condiciones. La idea de los chinos es aprovechar la avalancha de información que hemos volcado ingenuamente en el ciberespacio para extender el scoring a todos los órdenes. Cada persona dispondrá de un “crédito cívico” que subirá o bajará en función de su comportamiento. Si coge “el transporte público para ir al trabajo en vez del vehículo particular, si recicla regularmente o incluso si denuncia la actuación indebida de algún vecino, su crédito se ampliará y disfrutará de privilegios como el alquiler de apartamentos sin fianza o el acceso a plazas en colegios exclusivos”, escriben Anna Mitchell y Larry Diamond. Pero quienes asistan a “un mitin subversivo o a un servicio religioso, o frecuenten antros de perdición”, algo que hoy no es difícil de establecer gracias a los móviles geolocalizados y a la videovigilancia, pueden ver muy limitados sus movimientos. La ONG Human Rights Watch denunció en diciembre que al abogado Li Xiaolin se le prohibió abordar un vuelo nacional porque un tribunal juzgó “insincera” su autocrítica tras una falta no divulgada. Y el disidente Liu Hu no puede ni contratar préstamos ni viajar en la red de alta velocidad a pesar de que teóricamente ya ha saldado todas sus cuentas con la justicia.

“Si no combatimos y derrotamos esta tendencia”, alerta Greenfield, “lo que está emergiendo en China podría convertirse en el anticipo de cómo se mantendrá el orden en las ciudades del siglo XXI”.

Y en ese caso, igual los 60 centímetros de papel higiénico no son ya suficientes. (Foto: Billy Curtis, Flickr)