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INTERREGNUM: El ‘pivot’ de Putin no funciona. Fernando Delage

La sucesión de recientes reuniones en las que China ha sido uno de los principales protagonistas (G7, OTAN y cumbre Estados Unidos-Unión Europea), y el posterior encuentro de Biden y Putin en Ginebra, han desviado la atención de las dificultades rusas en el Indo-Pacífico. Cuando se acerca el décimo aniversario del anuncio informal por Vladimir Putin de su “giro” hacia Asia, los resultados conseguidos distan mucho de lo esperado. Al mismo tiempo, Rusia se inquieta por unos movimientos diplomáticos hacia esta parte del mundo que pueden acrecentar su aislamiento.

Después de que Biden convocara, a mediados de marzo, la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD, Moscú no tardó en reaccionar, enviando al ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, a China, Corea del Sur, India y Pakistán. En enero, Lavrov ya había descalificado la estrategia norteamericana del Indo-Pacífico por su “potencial destructivo”. “Su objetivo, indicó, es el de dividir a los Estados de la región en ‘grupos de intereses’, debilitando de este modo el sistema regional con el fin de afirmar su preeminencia”. Durante su visita a Delhi, Labrov hizo especial hincapié en las críticas al QUAD, que definió como un intento por parte de Washington de involucrar a India en “juegos anti-chinos” y erosionar las relaciones indo-rusas.

El QUAD es lógicamente percibido por Moscú como un instrumento que afecta a su posición en Asia, un continente al que se vio obligada a prestar mayor atención como consecuencia del conflicto de Ucrania y su alejamiento de europeos y norteamericanos. La absoluta prioridad rusa es China, pero pese a la retórica de complicidad entre ambos—la coincidencia de no pocos de sus intereses es innegable—, la asimetría de poder entre las dos potencias se traduce en una relación pragmática y de conveniencia, en la que Moscú ocupa la posición subordinada.

Los hechos confirman, por otra parte, que la reorientación hacia China no está cumpliendo las expectativas económicas previstas. Lejos de aumentar su presencia, los inversores chinos se están retirando del país. Sólo entre el primer y tercer trimestre del año, la inversión directa china cayó casi un 52 por cien (de 3.700 millones de dólares a 1.800 millones de dólares), aunque es una tendencia observable durante los últimos seis años. Tampoco en los grandes proyectos de infraestructuras, cuya modernización es determinante para el futuro de la economía rusa, se ha producido la esperada entrada de capital chino. Moscú teme incluso una significativa caída de las importaciones chinas de petróleo (en abril se redujeron en un 15,3 por cien), ante el notable aumento de las inversiones chinas en Irán e Irak.

Para diversificar riesgos, Rusia ha tratado de complementar sus vínculos con China mediante el reforzamiento de sus relaciones con otros Estados asiáticos (India, Japón y los países de la ASEAN) y de su presencia en las instituciones regionales (como APEC y la Cumbre de Asia Oriental). Su acercamiento a Asia es también una de las motivaciones centrales del proyecto de la Gran Eurasia promovido por Putin, algunos de cuyos pilares son la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Moscú aspira a establecer una mayor colaboración entre la UEE y la ASEAN, y a que la primera de ellas obtenga estatus de observador en APEC. También confía en poder maximizar su posición geográfica como nodo de conectividad entre Asia y Europa.

Son objetivos todos ellos que pueden verse afectados por la consolidación del Indo-Pacífico como concepto estratégico. El QUAD complicará los intentos de estrechar su relación con otras potencias asiáticas, India en particular. De ampliarse el grupo a nuevos miembros, como Corea del Sur o Vietnam, no sólo se reducirá aún más su margen de maniobra, sino que se incrementará una dependencia de Pekín que quiere evitar. En último término pues, mientras que desde 2012 China ha conseguido todo lo que esperaba de Moscú, Rusia ve por el contrario cómo se agravan los dilemas de su estrategia asiática.

INTERREGNUM: Europa y el Indo-Pacífico. Fernando Delage

El reciente viaje a Yakarta del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, ha sido la ocasión para reiterar el creciente interés europeo por el Indo-Pacífico como prioridad estratégica. Después de que Francia, Alemania y Países Bajos hayan adoptado sus respectivas estrategias nacionales sobre la región, y el Consejo de la UE las líneas directrices de la que adoptará la Unión como bloque en septiembre, Bruselas debe explicitar sus intenciones de manera directa ante sus socios asiáticos.

Pocos entre ellos son tan relevantes como la ASEAN, el interlocutor “natural” de la UE como institución multilateral, y bloque con el que no dejan de crecer los intercambios económicos. Las exportaciones europeas aumentaron de 54.000 millones de euros en 2010 a 85.000 millones en 2019, mientras que las compras procedentes de la subregión se han incrementado de 72.000 millones de euros a 125.000 milllones. La UE es ya el tercer socio comercial de este grupo de 10 Estados que suman 600 millones de personas y que, como área de libre comercio, se convertirá en la cuarta economía del planeta hacia mediados de siglo.

En una intervención ante el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de la capital indonesia, Borrell hizo especial hincapié, por otra parte, en el papel que pueden desempeñar los europeos en asuntos estratégicos, y especialmente con respecto a la seguridad marítima. Puesto que cerca del 40 por cien del comercio exterior de la UE circula por el mar de China Meridional, la libertad de navegación y la estabilidad de este espacio es una preocupación que exige una mayor presencia comunitaria. De ahí el principal mensaje que quiso transmitir: la intención de la Unión de “fortalecer su acercamiento a sus socios en la región del Indo-Pacífico a fin de responder a las dinámicas emergentes que afectan a la estabilidad regional”.

Es una declaración bienvenida por la opinión pública del sureste asiático, según revelan recientes sondeos sobre los más convenientes socios externos para la ASEAN, y que también coincide con la petición realizada hace unos días por el ministro de Defensa de Japón, Nobuo Kishi. En una inusual intervención ante el subcomité de seguridad y defensa del Parlamento Europeo, Kishi animó a la UE a comprometerse militarmente en la región, a profundizar la cooperación con Tokio en este terreno, y colaborar juntos en la batalla contra la expansión del autoritarismo.

El objetivo europeo, ha subrayado Borrell, no debe ser el de propiciar la irrupción de bloques rivales ni forzar a nadie a alinearse entre uno y otro. Pero la UE sí está determinada a defender los principios del Derecho internacional y fortalecer su relación con aquellos socios democráticos que comparten sus mismas ideas y valores, por considerarlos no como europeos u occidentales sino como universales.

El verdadero desafío puede consistir, sin embargo, en reconciliar los intereses y asegurar la coordinación entre los propios Estados miembros de la Unión; en encontrar el adecuado equilibrio entre los imperativos económicos que guían su presencia en Asia, y su ambición de apoyar la democracia y los derechos humanos. El reciente intento de Macron y Merkel de convocar una cumbre con Putin que permitiera restaurar la relación con Moscú, y que fue rechazado por los demás Estados miembros, ha vuelto a reflejar las dificultades de dar forma a una posición común en política exterior. Entretanto, Rusia seguirá colaborando con China en la integración de Eurasia—un esfuerzo al que se manera expresa se puede sumar Irán tras las recientes elecciones presidenciales—, y Pekín continuará transformando a su favor el equilibrio de poder en Asia oriental.

INTERREGNUM: China: el Partido cumple 100 años. Fernando Delage

En una China dividida por la anarquía política, sumida en la pobreza y marginada en el escenario internacional, 13 representantes de media docena de células marxistas se reunieron en Shanghai el 1 de julio de 1921. Por entonces toda una generación de intelectuales habían dedicado su vida a tratar de reformar y modernizar China, sin que la República establecida en 1912 hubiera servido para superar los problemas nacionales. Pese a sus diferencias, los participantes en aquel encuentro compartían un mismo diagnóstico sobre las causas estructurales de dichos problemas, así como la convicción de que sólo un Partido Comunista podía liderar una revolución popular contra el feudalismo y las fuerzas imperialistas.

Cien años más tarde, cuando la República Popular va camino de convertirse en la mayor economía del planeta y su ascenso geopolítico altera los cálculos estratégicos de las restantes potencias, el Partido Comunista—en el poder desde su victoria en la guerra civil en 1949—puede presumir de haber proporcionado la modernidad y prosperidad deseada por la sociedad china. Y mientras la evolución política de las democracias occidentales se ve marcada por la polarización política y el auge del populismo, los dirigentes chinos redoblan los esfuerzos orientados a proyectar la fortaleza de su régimen. Sus acciones no dejan de transmitir, sin embargo, cierta inseguridad política.

En parte puede deberse al hecho de que ninguna otra organización comunista ha permanecido tanto tiempo en el poder. Pese a la extraordinaria capacidad de adaptación del Partido Comunista Chino, la experiencia de la implosión de la Unión Soviética sigue condicionando el comportamiento de sus líderes. Por otro lado, el imperativo del crecimiento condujo a un modelo cuasicapitalista y a una de las mayores tasas de desigualdad del mundo, en abierta contradicción con los principios fundacionales del partido. Aunque la sociedad china apoya mayoritariamente a su gobierno, el Partido Comunista se ve obligado a mantener una batalla permanente en defensa de su legitimidad y contra la amenaza del pluralismo. Además de subrayar la estrecha vinculación del partido con la continuidad histórica china en clave nacionalista, la mejora del nivel de vida de su población y el control ideológico han sido los dos principales instrumentos que explican su durabilidad.

Mientras los ciudadanos chinos vean crecer sus ingresos y sigan teniendo oportunidades económicas y de movilidad social, la mayoría estará dispuesta a apoyar al partido pese a la corrupción y la desigualdad. El recuerdo del maoísmo, y de la Revolución Cultural en particular, permite entender por qué parecen más preocupados por su bienestar material que por los principios de igualdad o libertad.

Además de dirigir una transformación económica sin precedente en la Historia, elpartido se ha caracterizado por su control de la vida social y política. Desde el nacimiento de la República Popular hasta la muerte de Mao, la dependencia de la organización era absoluta: era el partido quien proporcionaba empleo, techo y alimentos, educación, etc, y eran esos bienes el objeto de las recompensas y castigos para quienes no respetaran su autoridad. El ejercicio de su poder se realiza hoy a través de su presencia en todas las esferas, de las empresas (públicas y privadas) a las universidades, de los ministerios a los medios de comunicación. Como declaró Xi en el último Congreso (noviembre de 2017): “Gobierno, ejército, sociedad y colegios—norte, sur, este, y oeste—el partido es el líder de todos”.

Al mismo tiempo, desde la llegada al poder del actual secretario general, la censura ha llegado a un nivel no visto en la era postmaoísta, ha desaparecido todo espacio para la sociedad civil, y—en el marco de la campaña contra la corrupción—han regresado las purgas, a las que no escapan las elites del partido. Las autoridades han perseguido asimismo a empresarios privados—el fundador de Alibaba, Jack Ma, es el más conocido de ellos—al ver en su creciente influencia una amenaza para la organización. Y, por lo demás, Xi ha alimentado un culto a su personalidad, reflejado diariamente en las portadas de los medios o, incluso, en la reciente Historia Abreviada del Partido Comunista Chino, publicada con ocasión del centenario, en la que sus ocho años de gobierno ocupan hasta la cuarta parte de sus páginas, de las que además se excluye toda referencia a la Revolución Cultural.

Es así como el partido ha mantenido su monopolio del poder, y puede conmemorar su centenario como primer objetivo del “Sueño Chino” de Xi. La segunda parte de su proyecto culmina en 2049, cuando se cumplan cien años de la República Popular, y se espera que China haya consolidado su posición en el centro del sistema internacional. Que lo consiga o no dependerá, en último término, de cómo evolucione el contrato social entre el partido y sus ciudadanos.

INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

INTERREGNUM: India en Asia. Fernando Delage

El estatus diplomático de India no puede ser hoy más diferente del que tenía al acceder a la independencia en 1947, pero—como entonces—la evolución de su política exterior continúa sujeta a las sucesivas transformaciones del orden asiático. Presionada a la vez por Estados Unidos y por China, Delhi afronta en la actualidad una nueva transición que obliga a reconsiderar su papel estratégico y a adoptar la estrategia más eficaz posible en defensa de sus prioridades. Subrayar esa continuidad histórica, y proponer los pilares de una política exterior para el futuro constituyen el objeto de India and Asian Geopolitics: The Past, Present (Brookings Institution Press, 2021), libro de reciente publicación de uno de los más respetados analistas indios, Shivshankar Menon.

Diplomático de carrera, exministro de Asuntos Exteriores, y antiguo asesor de seguridad nacional del primer ministro entre 2010 y 2014, Menon examina el encaje de India en el complejo mundo de la geopolítica asiática a lo largo de las décadas. Las condiciones al nacer la República no fueron desde luego las más propicias. Después de 200 años de colonialismo, la que había sido una de las sociedades más ricas y avanzadas del planeta se había convertido en una de las más pobre y retrasadas. La esperanza de vida en 1947 era de 26 años, y en la primera mitad del siglo XX la economía sólo había crecido un 0,005%. La pobreza y el analfabetismo eran endémicos. India necesitaba ante todo concentrarse en su desarrollo.

Al mismo tiempo, sin embargo, la independencia de India marcaba para Nehru el ascenso de Asia y, en marzo de 1947, organizó en Delhi la Conferencia de Relaciones Asiáticas, invitando a todos los Estados asiáticos así como aquellos otros aún colonizados. Era mediante la formación de una “comunidad de paz” como Nehru esperaba reforzar los vínculos de solidaridad que permitirían a Asia superar su déficit de capacidades y avanzar hacia la prosperidad y seguridad del continente. Su activismo diplomático le condujo asimismo a mediar en los conflictos en Corea e Indochina. La Conferencia de Bandung de 1955 sería el punto culminante de sus esfuerzos destinados a reorientar la geopolítica regional, pronto eclipsados por la Guerra Fría y las dos superpotencias.

La consolidación del bipolarismo en Asia en la segunda mitad de los años cincuenta redujo el espacio para India. Estados Unidos dio forma a una red de alianzas contra el comunismo, que incluyó la SEATO (1954) y la CENTO (en 1955), ambas con la participación de Pakistán, mientras que una Unión Soviética más aislada se acercó a aquellos países que por ser neutrales no eran explícitamente enemigos, como India o Indonesia. La posterior ruptura chino-soviética y la guerra de 1962 entre India y China supuso el fin de la influencia de Nehru, aunque no de su filosofía de no alineamiento. Con todo, el sistema de la Guerra Fría dividió a Asia en varias subregiones, sujetas de manera separada a la confrontación entre Washington y Moscú.

Más bien al margen de la dinámica general asiática durante los años setenta, fue la implosión de la Unión Soviética, seguida por las reformas chinas, la que permitieron a India—o, más bien, obligaron por sus circunstancias económicas—a reintegrarse con sus vecinos, lo que hizo a partir de 1992 mediante la denominada “Look East policy”.  El resultado fue un periodo de crecimiento aún en marcha que permitió sacar a varios cientos de millones de personas de la pobreza, y convertirse gradualmente en un elemento del equilibrio de poder asiático.

China es el gran protagonista de la segunda mitad del libro. En 1988, Deng Xiaoping dijo al entonces primer ministro Rajiv Gandhi, que el siglo XXI no sería el siglo de Asia a menos que India y China se desarrollaran juntos. Sus caminos han sido diferentes, sin embargo, desde entonces. Pekín intenta reconfigurar económica y geopolíticamente el continente euroasiático mediante su integración en torno a China; India actúa de manera defensiva para proteger sus intereses y su autonomía estratégica. Menon encuentra tres grandes razones para el optimismo de cara al futuro. En primer lugar, India ha mostrado una notable capacidad para aprender de la experiencia y superar sus sucesivos fracasos, especialmente en la economía. Además de ser la mayor democracia del planeta, ha cultivado en segundo lugar una cultura estratégica acostumbrada a la multipolaridad. Posee, por último, una larga tradición de dar forma a intereses compartidos mediante el diálogo con otros. El potencial es ciertamente innegable; corresponde a los demás reconocerlo mediante un mayor acercamiento a Delhi.

INTERREGNUM: Planes chinos en Afganistán. Fernando Delage

Durante cerca de medio siglo, Afganistán frustró los planes de los imperialistas británicos en el siglo XIX. Expulsó al ejército ruso en 1989 después de una década de presencia. Tras derrotar Estados Unidos y la OTAN a los talibán en 2001 y ocupar el país durante veinte años, no hay motivos para creer que su retirada—efectiva desde el pasado 1 de mayo—conducirá a una mayor seguridad ni a sentar las bases del desarrollo económico nacional. Los afganos seguirán sufriendo la debilidad de sus instituciones, pero su destino no será ajeno a los intereses de sus vecinos, China entre ellos.

Pekín se ha involucrado en tiempos recientes en el conflicto, acercándose tanto al gobierno de Ashraf Ghani, como a los talibán (quienes podrían recuperar el poder político a no tardar mucho). Después de que, en 2019, el presidente Trump suspendiera las negociaciones con los talibán, fue China quien intentó propiciar un diálogo entre las distintas facciones: un gobierno integrado por todas ellas tras una próxima convocatoria electoral sería su preferencia. Las razones de su interés son claras, y relacionadas ante todo con su seguridad: aunque de apenas 70 kilómetros de longitud, Afganistán comparte frontera con Xinjiang, y China teme que la retirada de las tropas norteamericanas permita a los separatistas uigures utilizar el territorio afgano como base para sus operaciones.

Además del interés de las empresas chinas por sus recursos mineros, Afganistán es por otra parte un espacio que le permitiría estrechar los vínculos comerciales y de seguridad con Pakistán y, a través de éste, con Oriente Próximo en su conjunto. Pekín parece tener interés por tanto en incorporar a Afganistán al Corredor Económico China-Pakistán, uno de los ejes centrales de la Nueva Ruta de la Seda (BRI), como ya propuso en 2017. Pocos instrumentos como BRI podrían proporcionar las infraestructuras y las oportunidades de inversión que tanto necesita Kabul. Al mismo tiempo, pese a las reservas que pueda mantener sobre el comportamiento pakistaní, China no puede ignorar la realidad de la influencia de Islamabad en Afganistán y la coincidencia de sus intereses, como el de debilitar la capacidad de maniobra de India.

No obstante, antes de comprometerse a largo plazo en Afganistán, donde prevén un inevitable periodo de inestabilidad, los dirigentes chinos han comenzado por construir una estrategia sostenible mediante diversos instrumentos diplomáticos. El diálogo trilateral China-Afganistán-Pakistán a nivel de ministros de Asuntos Exteriores se ha convertido desde su puesta en marcha en 2017 en uno de los canales preferentes de colaboración entre las partes, y ha permitido reforzar la participación de Pekín en el proceso de Estambul y en las negociaciones en Doha y Moscú. Por otro lado, en la última cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), el pasado mes de noviembre, el presidente chino, Xi Jinping, subrayó la relevancia del trabajo del Grupo de Contacto sobre Afganistán en el seno de la institución.

En la misma dirección se ha producido la formalización de un nuevo foro, integrado por China y las cinco repúblicas centroasiáticas. Después de celebrar una primera reunión hace menos de un año, el 11 de mayo el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, convocó a sus homólogos de Asia central en Xian, el punto de partida de la histórica Ruta de la Seda. En este encuentro, que—tampoco fue casualidad—marcaba el 25 aniversario del proceso de Shanghai (del que surgió la OCS), se acordó establecer un mecanismo regional que, en relación con Afganistán, permita—en palabras de Wang—“coordinar sus posiciones de manera ordenada, hablar con una sola voz, y apoyar firmemente el proceso de paz para superar las dificultades y poder avanzar”. Objetivos no declarados: impedir una presencia norteamericana en cualquier país de la región, y facilitar un proceso constituyente en Afganistán libre de los valores pluralistas occidentales.

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

Mientras la administración Biden continúa dando forma a su estrategia china, impulsando una coalición de democracias que condicione el comportamiento internacional de la República Popular, los líderes en Pekín tampoco cejan en sus movimientos de contracontención. Lo han hecho en el terreno diplomático, en primer lugar, mediante la coordinación de posiciones con Rusia y los sucesivos viajes realizados por el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a Oriente Próximo y al sureste asiático tras el encuentro mantenido en Alaska el 18-19 de marzo con el secretario de Estado y el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos. En relación con el sistema monetario internacional, en segundo lugar, lanzando el yuan digital, un instrumento que, sin necesidad de sustituir al dólar como divisa de referencia, puede dar paso a un nuevo esquema de pagos en el que Pekín partirá con notable ventaja. También han promovido, por último, un discurso sobre el orden multilateral en el que se desafía abiertamente el papel de Washington en la definición de las reglas globales.

Así lo hizo el presidente Xi Jinping en su intervención ante el Boao Forum (el conocido como “Davos asiático”) la semana pasada, al describir su visión de un sistema mundial sin una potencia dominante, centrado en las Naciones Unidas y otras instituciones globales. Aunque reiterando ideas ya ofrecidas en discursos anteriores—como los pronunciados en la Asamblea General de la ONU en Nueva York en 2015, o en el foro de Davos (en 2017 y este mismo año)—, la crisis del multilateralismo que se ha agravado en el contexto de la pandemia y del diluido liderazgo norteamericano, le ha ofrecido una nueva oportunidad para reforzar las credenciales de China como potencia responsable y transmitir la percepción de que juega en el mismo plano que Washington. De esa manera, continúa reorientando el orden internacional a su favor, sin tener que abandonar las estructuras existentes.

Xi criticó los esfuerzos de algunos países dirigidos a “construir barreras” y “erosionar la interdependencia”. “Los asuntos internacionales, dijo, deben gestionarse mediante el diálogo, y el futuro del mundo decidirse mediante el trabajo conjunto de todos los países”. Sin mencionar en ningún momento a Estados Unidos, añadió: “No debemos permitir que las reglas establecidas por uno o por pocos países se impongan a los demás, ni que el unilateralismo de ciertas naciones determinen la dirección del resto”. “Lo que necesitamos en el mundo de hoy, concluyó, es justicia, no hegemonía”.

No menos relevante es el compromiso de Pekín con las instituciones establecidas: “Necesitamos salvaguardar el sistema internacional construido en torno a la ONU, preservar el orden internacional sustentado en el Derecho internacional, y defender el sistema multilateral de comercio con la Organización Mundial de Comercio en su centro”. Frente al hueco dejado por Washington en años recientes, China aparece como el gran guardián del orden creado en 1945, el mismo que Pekín rechazó durante el maoísmo. Se busca de este modo minimizar la influencia norteamericana, al tiempo que se hace hincapié en el principio de soberanía absoluta recogido por la Carta de las Naciones Unidas como medio de defensa frente a toda injerencia exterior.

Al subrayar que la mayoría de los países no reconocen los valores de Estados Unidos como valores universales—como señalaron en Alaska los diplomáticos chinos—, y que las relaciones internacionales deben basarse en un principio de “igualdad, respeto mutuo y confianza”, y en “los intercambios y aprendizaje mutuo entre civilizaciones”, Xi envía el mensaje que buena parte del mundo en desarrollo quiere oír. Y al no proponer una nueva arquitectura institucional, aparece como un reformista y no como un revolucionario. El líder chino defiende así las reglas y estructuras que le convienen para sus prioridades políticas y económicas, mientras reorienta la agenda del sistema multilateral en una dirección alternativa al modelo liberal y de libre mercado de las democracias occidentales.

INTERREGNUM: Suga en Washington. Fernando Delage

El 16 de abril, el primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, fue el primer líder extranjero recibido por Joe Biden en Washington desde su toma de posesión el pasado mes de enero. El gesto del presidente norteamericano no es en absoluto inusual. El antecesor de Suga, Shinzo Abe, fue también el primer jefe de gobierno extranjero que se reunió con Trump tras la victoria electoral de este último en 2016, y Japón fue asimismo el destino del primer viaje al exterior de Antony Blinken y de Lloyd Austin como secretarios de Estado y de Defensa de la nueva administración (como lo fue igualmente de otros secretarios de Estado anteriores).

El papel de Japón como aliado indispensable de Estados Unidos se ha reforzado aún más frente a la prioridad central del Indo-Pacífico en la estrategia internacional de Washington. Tokio no sólo puede ayudar a la Casa Blanca a recuperar el terreno perdido durante los últimos cuatro años, sino a complementarse en sus respectivas capacidades. Mientras Estados Unidos asume la principal responsabilidad en el terreno de la seguridad, Japón puede maximizar su protagonismo en cuanto a la financiación de infraestructuras o la promoción de las cadenas de valor y de interconectividad en la región.

Ambos, por resumir, desean coordinar sus esfuerzos frente al ascenso de China y las incertidumbres del escenario estratégico asiático. La cumbre de la semana pasada ha servido por ello para lanzar un mensaje conjunto tras la celebración del primer encuentro del Quad a nivel de jefes de gobierno, de las reuniones bilaterales mantenidas a nivel de ministros, y tras los duros intercambios entre diplomáticos chinos y norteamericanos en Alaska. También sirvió para preparar los próximos encuentros multilaterales previstos, como el convocado por Biden sobre cambio climático esta misma semana, o la cumbre del G7, en Reino Unido en junio, a la que se ha invitado a participar a India, Corea del Sur y Australia.

La atención, con todo, estaba puesta en cuestiones más inmediatas, relacionadas con las últimas acciones chinas. Biden y Suga denunciaron cualquier intento de modificar el statu quo regional por la fuerza, refiriéndose en particular a los mares de China Meridional y Oriental. Más significativo fue aún el reconocimiento de “la importancia de la paz y la estabilidad en el estrecho de Taiwán”. Fue la primera vez que la isla apareció de manera explícita en un comunicado conjunto de ambos países desde principios de los años setenta. La preocupación por la situación en Hong Kong y Xinjiang fue expresada igualmente, aunque Japón ha evitado por el momento la imposición de sanciones.

Las circunstancias de la región han cambiado, y Estados Unidos espera una mayor contribución de Japón a la alianza. Suga se ha encontrado por su parte ante la más importante oportunidad diplomática desde que accedió a la jefatura del gobierno el pasado otoño para elevar su perfil—la diplomacia no ha formado parte de su trayectoria política—, de cara a las elecciones generales de este mismo año. Pero, al mismo tiempo, Japón se encuentra frente al dilema bien conocido en su relación con Washington: entre el temor a verse atrapado en un conflicto iniciado por otros (no podría mantenerse al margen, por ejemplo, de un ataque chino a Taiwán), y el temor a verse abandonado por Estados Unidos y no poder apoyarse en la alianza para hacer frente a los riesgos en su entorno exterior.

INTERREGNUM: Presión sobre Taiwán. Fernando Delage

El pasado lunes, el portaaviones Liaoning de la armada china realizó ejercicios en la costa oriental de Taiwán. El martes, el Theodore Roosevelt, portaaviones de la flota norteamericana, entró en el mar de China Meridional como parte de una “operación de rutina”. El miércoles, un avión espía EP-3E de Estados Unidos sobrevoló el espacio en el que lindan el estrecho de Taiwán y el mar de China Meridional. Pekín respondió mediante el despliegue de varios aviones en la zona, como también hizo Taipei, aunque las incursiones chinas en el espacio aéreo taiwanés se han producido a diario durante los últimos meses. El mismo día, el destructor John McCain navegó a través del estrecho de Taiwán, cuarta vez que lo hacía un buque de Estados Unidos desde la toma de posesión de Biden como presidente.

Desde Washington, el portavoz del departamento de Estado expresó la “profunda preocupación” por las acciones chinas dirigidas a intimidar a otros en la región. Estados Unidos, indicó, “mantiene la capacidad para hacer frente a todo intento de recurso a la fuerza o cualquier otra forma de coacción que pueda poner en peligro la seguridad o el sistema social o económico de Taiwán”. Las fuerzas armadas norteamericanas llevan tiempo advirtiendo, por otra parte, de que China está probablemente acelerando sus planes para el control de la isla. Puede que lo intente durante los próximos seis años, señaló el mes pasado ante el Senado el responsable del mando Indo-Pacífico, almirante Philip Davidson.

No son pocos los analistas que creen que China ha perdido la paciencia con el statu quo. En vísperas del centenario, en julio, del Partido Comunista, y al acercarse el más que probable tercer mandato de Xi Jinping—a partir del XX Congreso en 2022—se piensa que un avance con respecto a la reunificación formaría parte central de su legitimidad, por lo que estaría dispuesto a asumir mayores riesgos. El centenario de la fundación del Ejército de Liberación Popular en 2027 podría ser otra circunstancia que conduzca a realizar algún movimiento en relación con la isla.

Es cierto que, desde 2013, China ha aumentado la presión en su periferia marítima, y no sólo en el estrecho de Taiwán: sus acciones en los mares de China Meridional y de China Oriental tampoco pueden desvincularse de su estrategia hacia la recuperación de la “provincia rebelde”. La presión aérea y naval es la mayor en los últimos 25 años, sin embargo, los costes de un ataque continúan siendo muy elevados.  El uso de la fuerza contra Taiwán haría un enorme daño a la imagen internacional de China, uniría a los países vecinos contra la amenaza que representaría Pekín para la estabilidad regional y, sobre todo, distraería a Xi de sus prioridades internas. La inquietud por el comportamiento chino es comprensible, pero su objetivo consiste probablemente en disuadir a las autoridades taiwanesas para que no declaren la independencia más que en optar por la reintegración por la fuerza. Los efectos que se buscan son sobre todo psicológicos: los medios militares, como los cibernéticos y económicos, buscan dividir a los taiwaneses, sembrar el pesimismo sobre su futuro, y hacer presente el poder de la República Popular, así como el reducido margen de actuación de las potencias externas.

Corregir esta última percepción es una cuestión central para Estados Unidos. Washington está—por ley—comprometido con la defensa de Taiwán, pero mantiene la ambigüedad sobre cómo respondería a un ataque por parte de China. Cada vez será más difícil contar con el apoyo de la opinión pública norteamericana en un eventual uso de la fuerza contra Pekín, pero está en juego asimismo el futuro de sus alianzas en Asia. Porque las opciones son limitadas, la prioridad debe ser prevenir una crisis en el estrecho antes de que se produzca. El acercamiento a los aliados y la inclinación por la diplomacia de la administración Biden, junto con la firmeza de sus mensajes a China, son por ello tanto o más relevantes que el reforzamiento de sus capacidades militares.

INTERREGNUM: La tragedia birmana. Fernando Delage

Cuando se cumplen dos meses del golpe de Estado en Birmania, la represión del ejército ha matado a más de 530 personas y arrestado a varios miles. Las fuerzas armadas se enfrentan a una sociedad que demanda la restitución del gobierno elegido en las urnas el pasado mes de noviembre, pero también a las minorías étnicas que han retomado su actividad insurgente. Ante el recrudecimiento del conflicto, el país no sólo va camino de convertirse en un desastre humanitario, sino también en objeto de competición geopolítica.

Al compartir frontera con China, India, Bangladesh, Laos y Tailandia, un enfrentamiento civil en Birmania puede desestabilizar la región en su conjunto. Sin embargo, en vez de articular la respuesta multilateral necesaria para prevenir un aluvión de refugiados entre sus miembros, la ASEAN aparece dividida. Por diferentes motivos, las divergencias entre las naciones del sureste asiático complican igualmente las posibles acciones de las grandes potencias, cuyos intereses obligan a descartar asimismo la posibilidad de una acción concertada por parte de las Naciones Unidas. Washington y Pekín afrontan el conflicto desde la perspectiva de su rivalidad, mientras que en India se impone como prioridad la seguridad de sus provincias del noreste, y Japón se ha limitado a suspender su ayuda financiera. Quien ha irrumpido de manera llamativa en este vacío diplomático ha sido Rusia, tradicional vendedor de armamento a Birmania.

En los actos convocados el 27 de marzo con motivo del Día de las Fuerzas Armadas, el invitado extranjero de mayor nivel con que contaron los militares birmanos fue el viceministro ruso de Defensa, Alexander Fomin. Moscú, declaró el general Fomin, “mantiene como objetivo estratégico el reforzamiento de las relaciones entre los dos países” y considera a Birmania como “un aliado de confianza y socio estratégico en el sureste asiático y en Asia-Pacífico”.  Aunque no han faltado los análisis que encuentran paralelismos con la decisión rusa de prestar apoyo militar al presidente sirio, Bashar al-Assad, para orientar la evolución de la guerra civil a su favor, cuando menos cabe observar la habilidad de Moscú para intervenir allí donde pueda para debilitar todo proceso democrático y, de esa manera, restringir el margen de maniobra de Occidente.

Como ha resumido Michael Vatikiotis en Asia Times, “el golpe de Myanmar ha resultado ser un cisne negro geopolítico. Ha puesto a Rusia en juego en un intento por hacerse un hueco en Asia; ha subrayado la debilidad de India como aliado de Occidente en la región; y ha situado a China como la variable central mientras Estados Unidos observa impotente desde la barrera mientras se prepara para contener a Pekín”.

Pero la verdadera tragedia birmana es que mientras la nación reclama un sistema democrático, la junta militar, en vez de ceder, aumentará la represión. Y con ella no sólo se aleja la posibilidad de salvar el proceso de liberalización política, sino que, por el contrario, aumenta el riesgo de quiebra económica y de mayor violencia, creando las condiciones de anarquía e inestabilidad estructural bien conocidas en otros lugares del planeta.