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INTERREGNUM: Xi calienta motores. Fernando Delage

El presidente chino, Xi Jinping, lleva meses volcado en preparar el XX Congreso del Partido Comunista, un cónclave que confirmará en el otoño de 2022 su tercer mandato (que probablemente tampoco será el último) al frente del país. Es esta convocatoria la que explica las acciones del gobierno dirigidas a controlar el poder de las grandes empresas tecnológicas, del sector de entretenimiento e, incluso, el ocio de los jóvenes, en un ejemplo de intervencionismo político no visto desde que Deng Xiaoping pusiera en marcha la política de reforma y apertura en 1978. No pocos observadores se preguntan si China está entrando en una nueva era política, mediante una serie de prácticas que recuerdan ciertas etapas del pasado maoísta.

Todo comenzó hace un año con la cancelación de una emisión pública de acciones por parte de Ant Group, propietario de Alibaba, y siguió con la persecución de Tencent—otro de los gigantes digitales—y de Didi Chuxing, el principal operador de transporte urbano. La indicación de que dichas acciones respondían a una motivación común se produjo el 17 de agosto, cuando tras una reunión de la comisión de asuntos económicos y financieros del partido, se declaró que resultaba necesario “regular los ingresos excesivos” del sector privado a fin de asegurar “la prosperidad común de todos”.

La persecución de las compañías privadas es una forma de responder a la preocupación social por la desigualdad, y a la acumulación de protestas en distintas ciudades por el riesgo de quiebra de empresas inmobiliarias, como Evergrande, en la que decenas de miles de ciudadanos han invertido sus ahorros. Los expertos temen una espiral de manifestaciones, también impulsadas por el cierre de fábricas extranjeras de firmas como Samsung o Toshiba, que están reduciendo su exposición en el mercado chino. Aunque en junio el gobierno declaró el fin de la pobreza absoluta en China, no hay evidencias de que se esté corrigiendo la creciente desigualdad en los ingresos; una cuestión que no debe empañar, sin embargo, el XX Congreso ni los tiempos con que juega Xi. La campaña que ha emprendido es una señal de sus prioridades hasta 2027, fecha en la que—con 73 años—puede querer aspirar a un cuarto mandato.

Cada vez resulta más evidente, con todo, que Xi afronta una oposición a sus planes en el seno del propio Partido:  aun sin manifestarse públicamente, hay altos dirigentes preocupados por los efectos que pueda tener para la economía el obligar a las grandes empresas a compartir sus beneficios. Se ha sabido, por otra parte, que durante los últimos meses se ha producido una oleada de destituciones en las fuerzas de seguridad, en la fiscalía y en los tribunales, de funcionarios acusados de deslealtad a la organización.

De ahí la especial relevancia del principal encuentro previo al XX Congreso: el Pleno del Comité Central que se celebrará en noviembre. Las ambiciones de Xi exigen que esta sesión plenaria transmita un mensaje de clara unidad. En esta etapa no sólo no puede haber disensiones internas, sino que tiene que hacerse ver que todo está bajo control y que el Partido está cumpliendo sus promesas, pese a los sobresaltos provocados por la pandemia.

Xi también aspira a reforzar su legitimidad mediante el documento que aprobará el Comité Central sobre los logros del Partido a lo largo de los 100 años transcurridos desde su fundación en 1921. Dando continuidad a los textos adoptados por Mao en 1945 y por Deng en 1981 con similar objetivo, el del próximo Pleno destacará el “pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas en la nueva era”. Si todo transcurre conforme a lo previsto, el Partido que desde los años ochenta había intentado evitar el regreso a un régimen personalista como el de Mao, encumbrará a Xi en una posición no muy diferente.

INTERREGNUM: Japón continúa su revolución diplomática. Fernando Delage

Al ser elegido como nuevo presidente del Partido Liberal Democrático el pasado 4 de octubre, Fumio Kishida se convirtió en el nuevo primer ministro de Japón. Su antecesor, Yoshihide Suga, anunció a principios de septiembre—cuando cumplía un año en el cargo—que no se presentaría a la reelección en el liderazgo del PLD como consecuencia del hundimiento de su popularidad por la gestión de la pandemia.

La elección de Kishida, quien perdió frente a Suga en la votación para suceder a Shinzo Abe en 2020, y esta vez sólo se impuso en segunda vuelta en una reñida competición entre cuatro candidatos, es interpretada como una derrota para quienes esperaban un cambio generacional. Kishida, que fue ministro de Asuntos Exteriores y de Defensa en los gobiernos de Abe, representa ante todo la continuidad, por lo que no fue recibido con entusiasmo ni por la bolsa de Tokio ni por los grandes inversores. Nada permite asegurar a priori que su mandato vaya a extenderse por un largo periodo. Para reforzarlo, una de sus primeras decisiones consistió por ello en convocar elecciones a la Cámara Baja el 31 de octubre. (La coalición de gobierno—el PLD y el centrista Komeito—han disfrutado en la última legislatura de una amplia mayoría, con 304 de los 465 escaños).

La frecuente rotación de primeros ministros en Japón (Abe fue una de las escasas excepciones desde la segunda postguerra mundial) no implica, sin embargo, ni inestabilidad política, ni un cambio significativo en las líneas generales de gobierno. Kishida mantendrá, al menos a corto plazo, una política de estímulo monetario y fiscal, así como la estrecha alianza con Estados Unidos y el desarrollo de las capacidades económicas, diplomáticas y de defensa que se requieren para hacer frente al desafío que representa China para sus intereses. Con respecto a la primera, el nuevo primer ministro prometió durante la campaña un giro desde la prioridad por la liberalización y desregulación de sus antecesores (“Abenomics”) hacia una “nueva forma de capitalismo” que haga hincapié en una mayor redistribución de la renta. Mientras las consecuencias de la pandemia condicionan no obstante su margen de maniobra en política económica, en el terreno diplomático Kishida ha hecho hincapié en su intención de mantener la visión de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” y en su firme apoyo al QUAD.

La decisión de mantener a los ministros de Asuntos Exteriores y Defensa—los únicos que no han cambiado en el nuevo gabinete—es un reflejo del cambio estructural que se registra en la política exterior japonesa desde hace una década frente a un entorno de seguridad cada vez más complejo. Además del aumento de las tensiones en torno a Taiwán y del reciente lanzamiento de misiles por Corea del Norte, Japón se prepara para una creciente competición estratégica en la región. De ahí la relevancia de otro gesto: la creación de un nuevo cargo, el de ministro de seguridad económica, para el que ha sido nombrado el exviceministro de Defensa  Takayuki Kobayashi.

Su función será la de seguir reforzando los instrumentos a través de los cuales Japón se ha convertido en uno de los principales arquitectos del orden económico regional. Al liderar la definición en las reglas multilaterales en comercio e inversión, supervisar el control de tecnologías sensibles (como semiconductores), coordinar la defensa de las cadenas de valor con sus socios del QUAD, o la ampliación de la agenda del grupo a cuestiones como los recursos estratégicos y la ciberseguridad, Tokio ha actuado de manera proactiva pero relativamente discreta para contrarrestar la estrategia económica de Pekín.

Aunque el país atraviesa una nueva transición política interna, lo decisivo es que la combinación de una China más asertiva y unos Estados Unidos más inciertos en cuanto a su evolución política futura han propiciado una revolución diplomática en Japón. Sucesivos gobiernos han rechazado una posición subordinada a los dos gigantes y optado—al mismo tiempo que se busca una posición más equilibrada en la relación con Washington—por dotarse de los medios para adquirir una mayor independencia estratégica.

INTERREGNUM: Cumbre en Washington. Fernando Delage

La primera reunión presencial de los líderes del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) en Washington el pasado viernes, sólo una semana después de anunciarse el pacto de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS), fue una nueva prueba de la urgencia con la que la Casa Blanca y sus principales socios asiáticos tratan de evitar que China altere el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico. En contra de los cálculos de Pekín, el QUAD ha llegado para quedarse, abriendo una nueva fase en el esfuerzo colectivo dirigido a contrarrestar su creciente poder, de manera particular en la esfera naval.

Buena parte de los especialistas chinos continúan subrayando las contradicciones y debilidades del grupo, como recogía por ejemplo el oficialista Global Times: “la apresurada salida de Estados Unidos de Afganistán causó un enorme daño a India; Australia rechaza comprometerse sobre la minería del carbón para hacer frente al cambio climático; Japón se enfrenta a una situación de desorden político interno, a la vez que provoca erróneamente a China al pronunciarse sobre la cuestión de Taiwán”. Y, sí, estos analistas perciben la hostilidad en aumento hacia China, pero nunca mencionan que son las acciones de Pekín durante los últimos años las que han provocado esa reacción.

Son también sus movimientos los que explican que tanto la cumbre del QUAD como AUKUS hayan sido recibidos positivamente entre los aliados y socios de Estados Unidos en Asia (al contrario de lo ocurrido en el Viejo Continente). Esa satisfacción general no oculta, sin embargo, que, para no pocas de estas naciones, se agrava el dilema de tener que elegir entre Washington o Pekín. A la ASEAN le inquieta en particular que el QUAD pueda quitarle el protagonismo que ha tenido tradicionalmente en la arquitectura de seguridad asiática. En todos los casos se es consciente, por lo demás, de que se avecina una nueva carrera de armamentos en la región.

No sólo Australia va a recibir nuevos submarinos: el pacto implica una profunda integración de la industria de defensa de los países participantes, y su cooperación en nuevas áreas de innovación tecnológica, como la inteligencia artificial o el control del “dominio submarino”, concepto que incluye tanto los cables bajo el mar que canalizan la transmisión de datos por todo el planeta, como la detección de submarinos. La colaboración se extiende a misiles subsónicos como los Tomahawks, cuyos secretos Estados Unidos nunca ha compartido hasta la fecha, e, inevitablemente, a la tecnología nuclear. Aunque Washington se reserve el know-how de las unidades que suministrará a Canberra, y tendrá que ocuparse por tanto también de su mantenimiento—poniendo en cuestión la propia soberanía australiana, como ha señalado el exprimer ministro Kevin Rudd—, la gradual integración de capacidades de defensa que va a producirse puede acabar alterando el statu quo nuclear en Asia.

Otro elemento a valorar es cómo este reajuste geopolítico puede afectar a la relación de las potencias asiáticas con la UE. Los gobiernos de la región habían dado la bienvenida al objetivo europeo de reforzar su presencia en el Indo-Pacífico, ambición que cristalizó en la adopción de su estrategia hacia la zona, presentada sólo horas después de anunciarse AUKUS. Japón cerró un doble acuerdo económico y estratégico con Bruselas, en vigor desde 2019, y ha negociado pactos bilaterales de cooperación en seguridad con distintos Estados miembros. Con India y Australia se negocian sendos acuerdos de libre comercio. Los gobiernos del sureste asiático, donde la UE es el primer inversor exterior, veían en Bruselas un socio que les permitía diluir los efectos de la rivalidad Washington-Pekín.

La Unión tendrá que hacerse a la idea de que la absoluta prioridad de Estados Unidos es hoy China, y entender hasta qué punto Japón, India y Australia la comparten. Pendientes de que la Comisión actualice próximamente su estrategia hacia la República Popular, ha pasado inadvertido el informe adoptado por el Parlamento Europeo el 16 de septiembre, en el que se indica: “China está adquiriendo un papel global más fuerte como potencia económica y como actor de política exterior, lo que plantea graves desafíos políticos, económicos, de seguridad y tecnológicos para la UE,  que a su vez tienen consecuencias significativas y duraderas para el orden mundial, y representan graves amenazas al multilateralismo basado en reglas y a los valores democráticos fundamentales”. No parece sonar muy diferente del lenguaje empleado por Washington y sus aliados en el QUAD (aunque no hayan nombrado al gigante asiático en sus comunicados).

INTERREGNUM: El “pivot” de Biden. Fernando Delage

Hay semanas que pasan a la historia, y la de mediados de septiembre será probablemente una de ellas. El miércoles 15, el presidente de Estados Unidos, junto a los primeros ministros de Reino Unido y Australia, anunció la formación de un pacto de defensa entre los tres países para suministrar 12 submarinos de propulsión nuclear a Canberra. Naturalmente, no se trata de un mero acuerdo de compraventa de armamento. Es el primero de los pasos de la doble estrategia seguida por parte de Washington para adaptar y reforzar su presencia militar global integrando sus capacidades con las de sus socios (en la jerga del Pentágono, “Integrated Deterrence”), a la vez que su política hacia China pasa claramente del contraequilibrio a la contención.

“AUKUS”, como es denominado el acuerdo que comenzó a fraguarse en la última cumbre del G7, viene a formalizar la atención puesta por Washington en el Indo-Pacífico cuando se cumplen justamente 10 años de la presentación por la administración Obama de su “pivot” hacia esta parte del mundo (rebautizado como “rebalance” un año después), cuya ejecución quedó sin embargo incompleta. El anuncio se ha producido, por otra parte, dos días antes de la celebración en Dushanbe de la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), dedicada esta vez casi monográficamente a Afganistán. El juego euroasiático queda en manos de China y Rusia, que han tomado nota de la preferencia de Estados Unidos por sus intereses marítimos en el Pacífico occidental.

Tampoco es casualidad, y resulta aún más revelador de los cambios por venir, que el pacto se diera a conocer apenas horas después de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunciara su discurso anual sobre el estado de la UE—en el que no dejó de mencionar a China—, y unas horas antes de que el Alto Representante, Josep Borrell, hiciera pública la esperada estrategia Indo-Pacífico de la UE. No es sólo Francia quien ha sido “apuñalada en la espalda” (expresión utilizada por su ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian, tras abandonar Australia el contrato firmado con París en 2019 para la construcción de nuevos submarinos, y ni siquiera informar Estados Unidos con antelación sobre el pacto); no: Biden, un presidente que había hecho hincapié en su interés por unos aliados desatendidos por Trump, ha dejado claro que no cuenta con los europeos—con la excepción de los británicos, ya fuera de la UE—en su política hacia el Indo-Pacífico.

Tras la retirada de Afganistán, AUKUS es un segundo golpe en un mes a la inocencia geopolítica europea. La relación transatlántica no volverá a ser la que fue, lo que afecta al futuro de la OTAN y agudiza el imperativo de la autonomía estratégica de la Unión. El 24 de septiembre—razón adicional del anuncio del nuevo pacto—Biden es anfitrión en Washington de la primera cumbre en persona de los líderes del QUAD (se reunieron virtualmente en marzo): además del primer ministro de Australia, asisten sus homólogos  de Japón (primer país candidato en su día para suministrar los submarinos australianos), e India (una de las naciones con submarinos nucleares de la tecnología más avanzada). AUKUS es una prueba tangible de la creciente institucionalizacion del grupo, al que poco pueden aportar los europeos por su déficit de capacidades estratégicas. La cuestión, cuando empiezan a dar forma a una estrategia más ambiciosa en Asia, es si no se verán obligados a concentrar sus esfuerzos en el Viejo Continente si ya no van a contar con los norteamericanos como antes con respecto a Rusia.

Una atmósfera de guerra fría parece estar formándose, aunque el tiempo dirá si este hincapié en la dimensión militar (acompañada de la ideológica), no termina siendo un error. China ha recibido el mensaje: es innegable que AUKUS mitiga sensiblemente el diferencial de poder militar—naval, en particular—que la República Popular estaba ganando frente a Estados Unidos y sus aliados. Pero Pekín también sabe que el principal juego regional es geoeconómico. Y también la semana pasada—de hecho, al día siguiente de anunciarse la nueva alianza—, declaró su intención de incorporarse al CPTPP, es decir al Acuerdo Transpacífico (TPP) que formaba parte central de la estrategia de Obama, que Trump abandonó, y que se reconfiguró bajo el liderazgo de Japón con el resto de participantes. La reincorporación de Estados Unidos debería ser una de las prioridades de Biden, condicionada no obstante por la oposición del Congreso y de la opinión pública a los acuerdos de libre comercio. No será fácil que se materialice a corto plazo la adhesión de China, pero la señal está lanzada. Biden, por su parte, ha dado el pistoletazo de salida a su propio pivot, pero aún requiere de otras piezas. La reacción de la Unión Europea, por último, no debería hacerse esperar.

INTERREGNUM: Bloques euroasiáticos. Fernando Delage

La asistencia de representantes de seis países —Pakistán, China, Rusia, Qatar, Turquía e Irán— a la formación del gobierno talibán en Kabul es quizá la más clara ilustración de los cambios que se están produciendo en la dinámica geopolítica euroasiática, así como de sus implicaciones globales. Si el fin de la presencia occidental en Afganistán tiene especial trascendencia es por producirse en un contexto de redistribución de poder, marcado por el aumento de la influencia china y por la creciente coordinación entre Pekín y Moscú de sus acciones en este espacio continental.

Una de las primeras respuestas de China y Rusia a la inminente caída del gobierno de Ashraf Ghani —anunciaron la decisión el 12 de agosto— fue la de dar a Irán el estatus de miembro de pleno derecho en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), institución en la que era observador desde 2005. Las reservas de las repúblicas centroasiáticas, que ya se opusieron a su adhesión en 2006 y 2015, no han bastado para impedir esta vez su incorporación: la cumbre que la organización celebra en Dushanbe esta semana —a la que acudirá el presidente iraní, Ebrahim Raisi, en su primer viaje al exterior— pondrá formalmente en marcha el proceso de adhesión.

Tras firmar sucesivos acuerdos bilterales con China y Rusia, las autoridades iraníes parecen haber optado por reforzar su orientación estratégica eurosiática, en la que también hay que incluir su interés por India. Mediante su participación activa en las instituciones económicas y de seguridad de la región, Teherán confía en mitigar la presión de las sanciones occidentales, contar con nuevos incentivos para el desarrollo de su economía, y ampliar el alcance de un bloque cuya principal seña de identidad es precisamente su oposición a Occidente.

Aunque internamente se discuten los beneficios de formar parte de una organización que incluye —tras la incorporación de India y Pakistán en 2017— a cuatro potencias nucleares con agendas y objetivos de seguridad diferentes de los de Teherán (cuyo escenario estratégico prioritario es Oriente Próximo), sus motivaciones de prestigio diplomático proporcionan en cualquier caso nuevas ventajas a Moscú y Pekín. Irán, en efecto, entra a formar parte de la arquitectura que estas dos potencias quieren construir en Eurasia, apoyándose en su interés común por contener a los grupos islamistas radicales y debilitar a Occidente. Los estrategas que, en Washington, piensan cómo erosionar la relación entre Pekín y Moscú —como hizo Nixon en 1972— lo tienen por tanto muy difícil.

Afganistán ha puesto de nuevo de manifiesto que el orden surgido tras la implosión de la Unión Soviética hace tres décadas ha llegado a su fin. Mientras la OTAN ha sufrido un notable fracaso, chinos y rusos—en compañía de Irán y Pakistán, entre otros— reconfiguran un espacio ignorado durante mucho tiempo por Occidente. Estados Unidos ha decidido concentrar sus cartas en la rivalidad (básicamente marítima) con China, pero ¿y los europeos? Mientras Pekín y Moscú acercan sus respectivos proyectos geopolíticos —la Ruta de la Seda, y la Unión Económica Euroasiática, respectivamente— con el fin de proteger sus esferas de influencia en un orden multipolar, los europeos no pueden limitarse a seguir a los norteamericanos. Bruselas anuncia esta semana su estrategia hacia el Indo-Pacífico, pero necesita igualmente una aproximación geopolítica hacia Eurasia que vaya más allá de las redes de infraestructuras y de los principios normativos. La competición entre las grandes potencias marítimas y continentales será uno de los elementos determinantes del sistema internacional en transición.

 

 

 

INTERREGNUM: India y Europa: ¿vidas paralelas? Fernando Delage

Tras la retirada norteamericana de Kabul, para China resulta prioritario integrar a Afganistán en el orden euroasiático que aspira a crear. Siendo consciente de que el país puede convertirse en una ratonera estratégica, es improbable que recurra a sus capacidades militares: sus instrumentos de preferencia serán económicos. El hecho de que los Estados vecinos compartan el mismo interés de Pekín por la estabilidad de Asia central supone una ventaja añadida para China, que no puede permitirse un Afganistán aislado si quiere hacer de su primacía en Eurasia una de las claves de su desafío al poder global de Estados Unidos.

Estas circunstancias en principio favorables no eliminan, sin embargo, los obstáculos con que puede encontrarse la República Popular. El ataque del que fueron objeto nacionales chinos en Gwadar—punto de destino del Corredor Económico China-Pakistán—por parte de unidades del Ejército de Liberación de Baluchistán el pasado 20 de agosto (cuarto atentado contra intereses chinos en Pakistán en lo que va de año), es un ejemplo del tipo de conflictos en los que puede verse atrapada. Por otra parte, si el abandono norteamericano tiene como motivación reforzar su estrategia marítima en el Pacífico occidental y hacer realidad el “pivot” de Obama que nunca se materializó del todo, China tiene nuevas razones para preocuparse.

Con todo, entre las múltiples ramificaciones de los sucesos en Afganistán, dos actores especialmente expuestos son India y Europa. Al contrario que Estados Unidos, la cercanía geográfica de ambos les hará sufrir en mayor grado el problema de refugiados que se avecina, así como el riesgo del terrorismo. Pero aunque compartan unos mismos problemas, los efectos pueden ser diferentes: quizá Delhi opte por acercarse aún más a Washington, mientras que los europeos no podrán dilatar por mucho más tiempo el imperativo de su autonomía estratégica.

Para India, el contexto de seguridad se ha complicado enormemente. Pakistán es el gran protector de los talibán, como lo es también de los grupos separatistas que en Cachemira luchan contra India. A la interacción estructural entre las dos disputas se suma el hecho de que China tendrá ahora que profundizar en sus contactos con la inteligencia paquistaní para estar al tanto de la situación en Afganistán. Pekín se encuentra así con una oportunidad para incrementar la presión sobre India, agravando el temor del gobierno de Narendra Modi a verse “rodeado” en sus fronteras terrestres.

Para Europa se exacerban, por su parte, los dilemas derivados de la erosión del orden internacional liberal. El desastre afgano ha puesto de relieve su déficit de capacidades si no puede contar con Estados Unidos, mientras se acerca en los próximos meses una probable ola de refugiados que, de manera inevitable, provocará nuevas tensiones con Turquía e Irán, a la vez que obligará a Bruselas a algún tipo de acercamiento a Islamabad.

La necesidad de aprender a pensar estratégicamente obliga por lo demás a la reconfiguración del proyecto europeo, pero los ciclos electorales internos, el temor a la opinion pública y las presiones presupuestarias se imponen sobre las prioridades geopolíticas. Aunque la Comisión Europea parece tenerlo claro, la voluntad de buena parte de los gobiernos de los Estados miembros sigue ausente, como se puso de manifiesto en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa la semana pasada. Los líderes nacionales pueden, con excepciones, seguir metiendo la cabeza en la arena, pero el orden que surgió tras la implosión de la Unión Soviética ha muerto definitivamente. Y, en el que se avecina, India tiene un considerable potencial como socio europeo.

INTERREGNUM: EE UU, China y el sureste asiático. Fernando Delage

Durante las últimas semanas, la administración Biden ha continuado reforzando sus contactos con los aliados y socios asiáticos. Si Japón y Corea del Sur fueron especial objeto de atención durante los primeros meses del año, el sureste asiático ha sido la pieza siguiente. Son elementos todos ellos de la estrategia en formación frente al desafío que representa una China en ascenso, país a donde también viajó en julio la vicesecretaria de Estado.

La primera visita de un alto cargo de la actual administración norteamericana al sureste asiático fue la realizada a finales de julio por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, a Singapur, Filipinas y Vietnam. Ha sido una visita relevante no sólo porque Washington tiene que contrarrestar la creciente presencia económica y diplomática de Pekín en la subregión, sino también corregir el desinterés mostrado por el presidente Trump hacia los Estados miembros de la ASEAN. Tampoco ha sido tampoco un mero gesto, sino la ocasión para subrayar el renovado compromiso de Estados Unidos con sus socios locales.

El 27 de julio, en un foro organizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Singapur, Austin indicó que las acciones chinas en el Indo-Pacífico no sólo son contrarias al Derecho internacional, sino que amenazan la soberanía de las naciones de la región. El secretario de Defensa añadió que la intransigencia de Pekín se extiende más allá del mar de China Meridional, mencionando expresamente la presión que ejerce contra India, Taiwán y la población musulmana de Xinjiang. Insistió, no obstante, en que Washington no busca la confrontación (aunque no cederá cuando sus intereses se vean amenazados), ni pide a los países del sureste asiático que elijan entre Estados Unidos y la República Popular.

Es evidente que, pese a la marcha de Trump, las relaciones entre Washington y Pekín no han mejorado. Mientras Austin se encontraba en Singapur—y  el secretario de Estado, Antony Blinken, llegaba a Delhi—, la número dos de este último, Wendy Sherman, se encontró en Tianjin con una nueva condena por parte de sus homólogos chinos a la “hipocresía” y la “irresponsabilidad” de Estados Unidos. Con un lenguaje y tono similares al que ya empleó en la reunión de Alaska en marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, reiteró tres líneas rojas: “Estados Unidos no debe desafiar ni tratar de subvertir el modelo chino de gobierno; no debe interferir en el desarrollo de China; y no debe violar la soberanía china ni dañar su integridad territorial”.

Empeñada en no quedar fuera de juego en este rápido movimiento de fichas, Rusia también mandó a su ministro de Asuntos Exteriores a la región. Sergei Lavrov visitó Indonesia y Laos en julio, con el fin de demostrar su estatus global, dar credibilidad a su interés por la ASEAN, y ofrecerse como opción más allá de Estados Unidos y China. Moscú parece temer cada vez más que se le vea como un mero socio subordinado a Pekín en Asia. Pero no puede ofrecer lo mismo que los dos grandes ni económica ni militarmente, salvo con respecto a la venta de armamento. Y una nueva indicación de cómo los gobiernos de la zona valoran el actual estado de la cuestión ha sido la decisión de Filipinas, anunciada durante la visita de Austin a Manila, de dar marcha atrás en su declarada intención de no renovar el pacto de defensa con Washington. Duterte no ha conseguido las inversiones que esperaba de Pekín, mientras—en un contexto de elecciones el próximo año—es consciente de la percepción negativa que mantiene la sociedad filipina sobre las acciones chinas en su periferia marítima.

Austin no llegó a anunciar, como se esperaba, la nueva “US Pacific Defense Initiative (UPDI)”, destinada a mejorar el despliegue de los activos estratégicos, de logística e inteligencia del Pentágono frente al creciente poderío naval chino. Y tampoco se han confirmado los rumores de que la administración estaría dando forma a una iniciativa sobre comercio digital para Asia que excluiría a la República Popular. Sin perjuicio de las posibles declaraciones que pueda realizar la vicepresidenta Kamala Harris durante su viaje a Singapur y Vietnam a finales de agosto—una nueva indicación de las prioridades de Washington—, ambas propuestas se encuentran aún en estado de elaboración, aunque, sin duda, formarán parte de la primera Estrategia de Seguridad Nacional de Biden, esperada para el año próximo.

INTERREGNUM: El ‘pivot’ de Putin no funciona. Fernando Delage

La sucesión de recientes reuniones en las que China ha sido uno de los principales protagonistas (G7, OTAN y cumbre Estados Unidos-Unión Europea), y el posterior encuentro de Biden y Putin en Ginebra, han desviado la atención de las dificultades rusas en el Indo-Pacífico. Cuando se acerca el décimo aniversario del anuncio informal por Vladimir Putin de su “giro” hacia Asia, los resultados conseguidos distan mucho de lo esperado. Al mismo tiempo, Rusia se inquieta por unos movimientos diplomáticos hacia esta parte del mundo que pueden acrecentar su aislamiento.

Después de que Biden convocara, a mediados de marzo, la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD, Moscú no tardó en reaccionar, enviando al ministro de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, a China, Corea del Sur, India y Pakistán. En enero, Lavrov ya había descalificado la estrategia norteamericana del Indo-Pacífico por su “potencial destructivo”. “Su objetivo, indicó, es el de dividir a los Estados de la región en ‘grupos de intereses’, debilitando de este modo el sistema regional con el fin de afirmar su preeminencia”. Durante su visita a Delhi, Labrov hizo especial hincapié en las críticas al QUAD, que definió como un intento por parte de Washington de involucrar a India en “juegos anti-chinos” y erosionar las relaciones indo-rusas.

El QUAD es lógicamente percibido por Moscú como un instrumento que afecta a su posición en Asia, un continente al que se vio obligada a prestar mayor atención como consecuencia del conflicto de Ucrania y su alejamiento de europeos y norteamericanos. La absoluta prioridad rusa es China, pero pese a la retórica de complicidad entre ambos—la coincidencia de no pocos de sus intereses es innegable—, la asimetría de poder entre las dos potencias se traduce en una relación pragmática y de conveniencia, en la que Moscú ocupa la posición subordinada.

Los hechos confirman, por otra parte, que la reorientación hacia China no está cumpliendo las expectativas económicas previstas. Lejos de aumentar su presencia, los inversores chinos se están retirando del país. Sólo entre el primer y tercer trimestre del año, la inversión directa china cayó casi un 52 por cien (de 3.700 millones de dólares a 1.800 millones de dólares), aunque es una tendencia observable durante los últimos seis años. Tampoco en los grandes proyectos de infraestructuras, cuya modernización es determinante para el futuro de la economía rusa, se ha producido la esperada entrada de capital chino. Moscú teme incluso una significativa caída de las importaciones chinas de petróleo (en abril se redujeron en un 15,3 por cien), ante el notable aumento de las inversiones chinas en Irán e Irak.

Para diversificar riesgos, Rusia ha tratado de complementar sus vínculos con China mediante el reforzamiento de sus relaciones con otros Estados asiáticos (India, Japón y los países de la ASEAN) y de su presencia en las instituciones regionales (como APEC y la Cumbre de Asia Oriental). Su acercamiento a Asia es también una de las motivaciones centrales del proyecto de la Gran Eurasia promovido por Putin, algunos de cuyos pilares son la Unión Económica Euroasiática (UEE) y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Moscú aspira a establecer una mayor colaboración entre la UEE y la ASEAN, y a que la primera de ellas obtenga estatus de observador en APEC. También confía en poder maximizar su posición geográfica como nodo de conectividad entre Asia y Europa.

Son objetivos todos ellos que pueden verse afectados por la consolidación del Indo-Pacífico como concepto estratégico. El QUAD complicará los intentos de estrechar su relación con otras potencias asiáticas, India en particular. De ampliarse el grupo a nuevos miembros, como Corea del Sur o Vietnam, no sólo se reducirá aún más su margen de maniobra, sino que se incrementará una dependencia de Pekín que quiere evitar. En último término pues, mientras que desde 2012 China ha conseguido todo lo que esperaba de Moscú, Rusia ve por el contrario cómo se agravan los dilemas de su estrategia asiática.

INTERREGNUM: Europa y el Indo-Pacífico. Fernando Delage

El reciente viaje a Yakarta del Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, ha sido la ocasión para reiterar el creciente interés europeo por el Indo-Pacífico como prioridad estratégica. Después de que Francia, Alemania y Países Bajos hayan adoptado sus respectivas estrategias nacionales sobre la región, y el Consejo de la UE las líneas directrices de la que adoptará la Unión como bloque en septiembre, Bruselas debe explicitar sus intenciones de manera directa ante sus socios asiáticos.

Pocos entre ellos son tan relevantes como la ASEAN, el interlocutor “natural” de la UE como institución multilateral, y bloque con el que no dejan de crecer los intercambios económicos. Las exportaciones europeas aumentaron de 54.000 millones de euros en 2010 a 85.000 millones en 2019, mientras que las compras procedentes de la subregión se han incrementado de 72.000 millones de euros a 125.000 milllones. La UE es ya el tercer socio comercial de este grupo de 10 Estados que suman 600 millones de personas y que, como área de libre comercio, se convertirá en la cuarta economía del planeta hacia mediados de siglo.

En una intervención ante el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de la capital indonesia, Borrell hizo especial hincapié, por otra parte, en el papel que pueden desempeñar los europeos en asuntos estratégicos, y especialmente con respecto a la seguridad marítima. Puesto que cerca del 40 por cien del comercio exterior de la UE circula por el mar de China Meridional, la libertad de navegación y la estabilidad de este espacio es una preocupación que exige una mayor presencia comunitaria. De ahí el principal mensaje que quiso transmitir: la intención de la Unión de “fortalecer su acercamiento a sus socios en la región del Indo-Pacífico a fin de responder a las dinámicas emergentes que afectan a la estabilidad regional”.

Es una declaración bienvenida por la opinión pública del sureste asiático, según revelan recientes sondeos sobre los más convenientes socios externos para la ASEAN, y que también coincide con la petición realizada hace unos días por el ministro de Defensa de Japón, Nobuo Kishi. En una inusual intervención ante el subcomité de seguridad y defensa del Parlamento Europeo, Kishi animó a la UE a comprometerse militarmente en la región, a profundizar la cooperación con Tokio en este terreno, y colaborar juntos en la batalla contra la expansión del autoritarismo.

El objetivo europeo, ha subrayado Borrell, no debe ser el de propiciar la irrupción de bloques rivales ni forzar a nadie a alinearse entre uno y otro. Pero la UE sí está determinada a defender los principios del Derecho internacional y fortalecer su relación con aquellos socios democráticos que comparten sus mismas ideas y valores, por considerarlos no como europeos u occidentales sino como universales.

El verdadero desafío puede consistir, sin embargo, en reconciliar los intereses y asegurar la coordinación entre los propios Estados miembros de la Unión; en encontrar el adecuado equilibrio entre los imperativos económicos que guían su presencia en Asia, y su ambición de apoyar la democracia y los derechos humanos. El reciente intento de Macron y Merkel de convocar una cumbre con Putin que permitiera restaurar la relación con Moscú, y que fue rechazado por los demás Estados miembros, ha vuelto a reflejar las dificultades de dar forma a una posición común en política exterior. Entretanto, Rusia seguirá colaborando con China en la integración de Eurasia—un esfuerzo al que se manera expresa se puede sumar Irán tras las recientes elecciones presidenciales—, y Pekín continuará transformando a su favor el equilibrio de poder en Asia oriental.

INTERREGNUM: China: el Partido cumple 100 años. Fernando Delage

En una China dividida por la anarquía política, sumida en la pobreza y marginada en el escenario internacional, 13 representantes de media docena de células marxistas se reunieron en Shanghai el 1 de julio de 1921. Por entonces toda una generación de intelectuales habían dedicado su vida a tratar de reformar y modernizar China, sin que la República establecida en 1912 hubiera servido para superar los problemas nacionales. Pese a sus diferencias, los participantes en aquel encuentro compartían un mismo diagnóstico sobre las causas estructurales de dichos problemas, así como la convicción de que sólo un Partido Comunista podía liderar una revolución popular contra el feudalismo y las fuerzas imperialistas.

Cien años más tarde, cuando la República Popular va camino de convertirse en la mayor economía del planeta y su ascenso geopolítico altera los cálculos estratégicos de las restantes potencias, el Partido Comunista—en el poder desde su victoria en la guerra civil en 1949—puede presumir de haber proporcionado la modernidad y prosperidad deseada por la sociedad china. Y mientras la evolución política de las democracias occidentales se ve marcada por la polarización política y el auge del populismo, los dirigentes chinos redoblan los esfuerzos orientados a proyectar la fortaleza de su régimen. Sus acciones no dejan de transmitir, sin embargo, cierta inseguridad política.

En parte puede deberse al hecho de que ninguna otra organización comunista ha permanecido tanto tiempo en el poder. Pese a la extraordinaria capacidad de adaptación del Partido Comunista Chino, la experiencia de la implosión de la Unión Soviética sigue condicionando el comportamiento de sus líderes. Por otro lado, el imperativo del crecimiento condujo a un modelo cuasicapitalista y a una de las mayores tasas de desigualdad del mundo, en abierta contradicción con los principios fundacionales del partido. Aunque la sociedad china apoya mayoritariamente a su gobierno, el Partido Comunista se ve obligado a mantener una batalla permanente en defensa de su legitimidad y contra la amenaza del pluralismo. Además de subrayar la estrecha vinculación del partido con la continuidad histórica china en clave nacionalista, la mejora del nivel de vida de su población y el control ideológico han sido los dos principales instrumentos que explican su durabilidad.

Mientras los ciudadanos chinos vean crecer sus ingresos y sigan teniendo oportunidades económicas y de movilidad social, la mayoría estará dispuesta a apoyar al partido pese a la corrupción y la desigualdad. El recuerdo del maoísmo, y de la Revolución Cultural en particular, permite entender por qué parecen más preocupados por su bienestar material que por los principios de igualdad o libertad.

Además de dirigir una transformación económica sin precedente en la Historia, elpartido se ha caracterizado por su control de la vida social y política. Desde el nacimiento de la República Popular hasta la muerte de Mao, la dependencia de la organización era absoluta: era el partido quien proporcionaba empleo, techo y alimentos, educación, etc, y eran esos bienes el objeto de las recompensas y castigos para quienes no respetaran su autoridad. El ejercicio de su poder se realiza hoy a través de su presencia en todas las esferas, de las empresas (públicas y privadas) a las universidades, de los ministerios a los medios de comunicación. Como declaró Xi en el último Congreso (noviembre de 2017): “Gobierno, ejército, sociedad y colegios—norte, sur, este, y oeste—el partido es el líder de todos”.

Al mismo tiempo, desde la llegada al poder del actual secretario general, la censura ha llegado a un nivel no visto en la era postmaoísta, ha desaparecido todo espacio para la sociedad civil, y—en el marco de la campaña contra la corrupción—han regresado las purgas, a las que no escapan las elites del partido. Las autoridades han perseguido asimismo a empresarios privados—el fundador de Alibaba, Jack Ma, es el más conocido de ellos—al ver en su creciente influencia una amenaza para la organización. Y, por lo demás, Xi ha alimentado un culto a su personalidad, reflejado diariamente en las portadas de los medios o, incluso, en la reciente Historia Abreviada del Partido Comunista Chino, publicada con ocasión del centenario, en la que sus ocho años de gobierno ocupan hasta la cuarta parte de sus páginas, de las que además se excluye toda referencia a la Revolución Cultural.

Es así como el partido ha mantenido su monopolio del poder, y puede conmemorar su centenario como primer objetivo del “Sueño Chino” de Xi. La segunda parte de su proyecto culmina en 2049, cuando se cumplan cien años de la República Popular, y se espera que China haya consolidado su posición en el centro del sistema internacional. Que lo consiga o no dependerá, en último término, de cómo evolucione el contrato social entre el partido y sus ciudadanos.