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Por qué debería alegrarnos que los saudíes pongan a la venta su petrolera

La salida a bolsa de Aramco, la petrolera saudí, tiene alborotados a los tiburones de Wall Street. No es de extrañar. Los asesores de este tipo de operaciones funcionan a comisión y la oferta pública de venta (OPV) de Aramco va a ser sustanciosa. Se trata de una compañía descomunal: los expertos la valoran en dos billones de dólares, muy por delante de Apple (617.000 millones), Alphabet/Google (531.000) o Microsoft (483.000). La idea del Gobierno saudí es colocar en el mercado el 5% del capital, pero esa modesta participación le suministrará 100.000 millones y constituirá, de lejos, la mayor OPV de la historia. El ranking lo lideraba hasta la fecha Ali Baba, el gigante chino del comercio electrónico, que recaudó 25.000 millones en septiembre de 2014.

¿Y qué harán los saudíes con ese dinero? “La recaudación íntegra se destinará a actividades no relacionadas con el petróleo”, explica Financial Times. Los países productores están locos por diversificar. Saben que el barril no volverá ya a los 140 dólares que marcó en junio de 2008, en vísperas de la crisis. “En Estados Unidos”, me contaba hace unos meses el profesor del IESE Pedro Videla, “el coste de extracción ha caído a 40 dólares, lo que constituye un lastre para cualquier alza. Los saudíes se han dado cuenta de que el crudo que aún les queda no va a venderse para quemarse como combustible, sino para hacer plástico, y están comprando petroquímicas como locos”.

También los Emiratos y Omán llevan tiempo potenciando sus sectores financiero y turístico, y este afán por huir del petróleo contrasta con la paranoia occidental sobre su inminente agotamiento. Nos aterra la posibilidad de quedarnos sin recursos, aunque la humanidad ha mostrado a lo largo de la historia un enorme ingenio para sortear su escasez. “Se calcula que, para sobrevivir, nuestros antepasados cazadores-recolectores necesitaban unos seis kilómetros cuadrados de terreno”, escribe el catedrático de la Universidad de Columbia Xavier Sala i Martín en Economía en colores. Las regiones no sumergidas del planeta suman 150 millones de kilómetros cuadrados, pero casi dos tercios son desierto o montaña, lo que reduce la superficie cultivable a 63 millones. “A seis kilómetros cuadrados por cabeza, la Tierra podría mantener entre 10 y 11 millones de personas”. ¿Y cómo hemos llegado a las 7.400 millones actuales? La respuesta es muy sencilla: tecnología. La acumulación de adelantos (selección de semillas, rotación de cultivos, regadío, fertilizantes, pesticidas, mecanización) ha hecho posible que hoy se requieran “0,00059 kilómetros cuadrados para alimentar a cada persona”. Con cuatro millones de kilómetros cuadrados nos basta para los 7.400 millones. “El resto, hasta los 63 millones, lo ocupamos en forma de bosques, carreteras, casas, estadios de fútbol, parques, pueblos o ciudades”.

“El crecimiento y el progreso”, concluye Sala i Martín, “no necesariamente implican una utilización cada vez mayor de recursos”. Y la prueba es que quienes viven de vendérnoslos, como los árabes, están pensando en cambiar de ocupación.