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INTERREGNUM: ¿Una OTAN global? Fernando Delage

Desde 2019, los miembros de la OTAN han estado discutiendo sobre cómo dar forma a una posición común con respecto a China. Fue aquel año cuando el país apareció por primera vez en una declaración de la Alianza, al indicarse que la República Popular “presenta oportunidades y desafíos”. Tras un proceso de reflexión interna, el comunicado final de la cumbre de 2021 recogió una nueva descripción: China, se decía, plantea “desafíos sistémicos al orden internacional basado en reglas y a áreas relevantes para la seguridad de la Alianza”. Tras el encuentro de la semana pasada en Madrid, es en el concepto estratégico de la organización—el documento que define las grandes orientaciones para la próxima década—donde se refleja el consenso de los aliados acerca del gigante asiático, a la luz de sus acciones de los últimos años y de su apoyo a Putin tras la invasión de Ucrania.

Partiendo de la misma descripción de China como “reto sistémico”, el texto señala que sus “declaradas ambiciones y políticas coercitivas desafían nuestros intereses, seguridad y valores”. La República Popular, añade, “utiliza una gran variedad de herramientas políticas, económicas y militares para aumentar su presencia global y proyectar poder, mientras mantiene ocultas su estrategia, sus intenciones y su desarrollo militar”. Además de hacer referencia al uso de instrumentos híbridos y cibernéticos, al aumento de su arsenal nuclear, y a la vulneración de los derechos humanos, se hace hincapié en los intentos de control de infraestructuras críticas y cadenas de valor, al utilizar “sus capacidades económicas para crear dependencias estratégicas”. El documento toma nota asimismo de “la profundización de la asociación estratégica entre China y la Federación Rusa” y sus esfuerzos conjuntos dirigidos a erosionar las bases del orden internacional.

En un hecho sin precedente, la OTAN ha calificado por tanto a China como adversario en un documento formal; y lo ha hecho, además, desde una perspectiva global (al definir a la República Popular como un desafío para la seguridad internacional y no sólo para la región del Indo-Pacífico), y sin dejar fuera ninguna de las dimensiones en las que su ascenso afecta a Occidente. En un gesto lleno de simbolismo que refleja igualmente la interconexión entre la seguridad europea y la asiática, la Alianza invitó a la cumbre de Madrid a los líderes de Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

La respuesta de Pekín no se hizo esperar. Además de acusar a la organización de difamarla maliciosamente, indicó asimismo que “busca crear enemigos y fomentar la confrontación de bloques”. Aunque la OTAN en ningún caso va a involucrarse militarmente en el Pacífico, Pekín tiene claro que estos movimientos son reflejo de la intención de la administración Biden de fortalecer su red de alianzas frente a China. Denuncias aparte, a partir de ahora tendrá que incorporar a la OTAN como nuevo rival en su planificación estratégica.

Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, los hechos parecen pues apuntar al comienzo de una nueva guerra fría, aunque con líneas de división mucho más complejas. No pocas cosas separan a Rusia y China, mientras que los países emergentes persiguen objetivos políticos no siempre coherentes con sus prioridades económicas. Dos grandes incógnitas—la naturaleza de la Rusia post-Putin, y el sucesor de Biden en Estados Unidos—determinarán en gran medida la evolución de los acontecimientos; también para una China que quiere más poder, pero necesita ante todo estabilidad exterior. La creciente coordinación de varios de sus Estados vecinos con la OTAN es otro motivo de alarma que tendrá que agradecer a su socio moscovita.

Crisis en Uzbekistán, Rusia a la expectativa

La república centro asiática (ex soviética) de Uzbekistán está viviendo una situación de crisis sin precedentes desde que proclamó su independencia. El proyecto del presidente Shavkat Mirziyoyev de cambiar el estatus de la región de Karakalpakistán anulando la consideración de región soberana y con derecho a la autodeterminación que se recoge en la Constitución uzbeka, ha encendido los ánimos y encendido una ola de disturbios que han causado ya una veintena de muertos.

Karakalpakistán es una extensa región que ocupa cerca del 40 por ciento del país, sus habitantes hablan un idioma propio y son muy celosos de su identidad, muy próxima a la del cercano Kazajistán sociedad con la que tienen lazos familiares.

Rusia, país que ha mantenido una importante influencia en el país, cuyo papel en el cercano Afganistán es discreto pero importante, observa con atención la evolución de la crisis aunque su situación en la guerra de Ucrania no le permite de momento ir más allá de manifestar preocupación.

Ante la crisis, la Unión Europea ha señalado al gobierno uzbeko que debe afrontar la situación conteniendo la fuerza y respetando los derechos humanos mientras, por su parte, el Kremlin ha ignorado las motivaciones políticas que se puedan esconder tras las protestas al norte del país, y ha dejado claro este lunes que los disturbios mortales que han estallado en la región de Karakalpakistán de Uzbekistán son un “asunto interno”. En declaraciones a los periodistas, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, ha asegurado que Rusia considera a Uzbekistán un «país amigo» y no tiene dudas de que su liderazgo trabajará para resolver el problema. De hecho, el presidente uzbeko ha congelado el proyecto y prometido diálogo para bajar la tensión.

Para Rusia, mantener la influencia en Uzbekistán, una región en la que progresivamente avanza China y en la que Moscú mantiene fuerzs militares es fundamental y por eso tutela los servicios de seguridad de la mayoría de los países de la región pero esta crisis ha aparecido en un mal momento para Rusia.

Rusia, agresora; China, la amenaza global

La cumbre del G-7, los países más desarrollados del planeta, celebrada en Alemania bajo la sombra de la guerra en Ucrania, ha tenido sin embargo la mira puesta en China y en cómo está aprovechando el nuevo escenario provocado por la invasión rusa de Ucrania para vender el modelo chino de seguridad internacional, renovar alianzas con los países emergentes y ocupar con serenidad y determinación los espacios vacío que va dejando la actual debilidad rusa y las ausencias occidentales.

Así, al finalizar la reunión EEUU, Francia y Alemania han anunciado que los países integrantes del grupo aportarán 600.000 millones de dólares a un plan de infraestructuras en países de ingresos medios y bajos para contrarrestar el avance de China. De esa cantidad, Washington movilizará 200.000 millones de dólares a través de fondos públicos y privados, a lo largo de los próximos cinco años.

La ofensiva de China tiene varios ejes, entre ellos el reforzamiento de su alianza con el grupo de los BRICS (siglas formadas por los países emergentes Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) en cuya reciente cumbre China ha aparecido como el líder alternativo a Estados Unidos. Esta parte de la estrategia China es analizada en esta edición por el profesor Fernando Delage. Además Pekín desarrolla una ofensiva política y comercial en todo el continente africano vendiendo un concepto de seguridad global que pasa por las acusaciones a Occidente y la justificación con leves críticas a la agresión rusa en Ucrania.

Pero, demás, China sigue dando pasos en el Pacífico para estrechar lazos, además de con sus aliados tradicionales, con las mini naciones insulares sobre las que intenta montar una red de apoyos estratégicos que contrapesen en lo que puedan la alianza entre EEUU, Reino Unido y Australia.

Expertos australianas que llevan tiempo estudiando este proceso, explican que no es algo nuevo y que China lleva cultivando sus relaciones diplomáticas con los Estados insulares del Pacífico durante décadas. Con algunas de ellas, como los Estados Federados de Micronesia, los lazos se remontan a más de 30 años. Unas negociaciones diplomáticas que se han intensificado desde que algunos Estados insulares, como las Islas Salomón, dieran en 2019 un giro radical alineándose con China.

El cambio en su política exterior se materializó el pasado abril con un pacto de seguridad entre ambas naciones. El controvertido borrador del acuerdo, que salió a la luz a través de una filtración, ha incomodado a Occidente con puntos como la autorización para que China pueda desplegar sus unidades policiales o soldados en el paradisíaco territorio. Ahora, con el tour de Wang Yi por el Pacífico, China avanza un paso más para consolidar su posición en este territorio. Aunque no han trascendido muchos detalles de las reuniones, el ministro ha insistido en el objetivo comercial y de cooperación al desarrollo de sus visitas. “Nos enfocamos en el desarrollo económico y nos preocupamos por la mejora del nivel de vida de las personas”, declaró en un artículo publicado por el periódico estatal chino ‘Global Times’.

China se ha visto hasta cierto punto sorprendida porque considera que Estados Unidos pasa por una situación de creciente debilidad y calculaba que esto iba a aumentar con la crisis europea y no esperaba que Occidente ratificara y se mantuviera firme en sus denuncias de China como creciente amenaza global y reforzaran sus posiciones militares y diplomáticas en el Indo Pacífico. Y de ahí su apoyo ambiguo a Rusia y su ofensiva en todo el planeta.

China e India, gestos de mediación y negocios con  Rusia

China e India han hecho  gestos de querer bajar la tensión e incluso de postularse como mediadores para un proceso de negociaciones para un alto el fuego mientras, a nivel interno, justifican la agresión rusa y hacen buenos negocios con Moscú que están permitiendo aliviar el impacto de las sanciones occidentales y ofreciendo a Rusia cierto margen para financiar una guerra que cada vez es más cara para Moscú y puede comenzar a crearle problemas graves.

Aunque China no puede reemplazar a Europa en su adquisición de gas y recursos energéticos rusos, Pekín ha ido sustituyendo en los últimos meses a Qatar y Arabia Saudí como suministradores de gas para comprar gas ruso y dar salida a los recortes europeos. Según expertos en el mercado de la energía, el Kremlin ofreció descuentos a Pekín en sus precios por petróleo y gas, lo que le permitió encontrar un mercado para los suministros que no podía vender a raíz de las sanciones económicas por la guerra iniciada por Moscú.

Los mismos expertos subrayan que Rusia también acudió a India con el resultado de que antes de la invasión, un 1% de las exportaciones rusas de petróleo estaban destinadas al gigante asiático, mientras que en mayo, estas ya habían aumentado un 18%.

Así, India y China están suponiendo en la práctica el alargamiento del conflicto y la atenuación de los fracasos militares rusos y con ello, la merma de incentivos para unas conversaciones de paz en las que chinos e indios quieren ser mediadores, aunque no sean tan neutrales como pretenden.

INTERREGNUM:  India: ¿intereses o principios? Fernando Delage  

Como mayor democracia del planeta y como país que sufrió de manera directa la experiencia del imperialismo, la posición de India con respecto a la guerra de Ucrania sigue llamando la atención. Las razones de su neutralidad (que indirectamente viene a traducirse en una posición a favor de Moscú) son conocidas, y entre ellas destaca la dependencia de los suministros militares rusos para la modernización de las fuerzas armadas indias. Pero se trata de una aproximación arriesgada, pues Delhi parece querer ignorar el peligroso precedente que supone la violación por Rusia de todas las normas existentes. En último término, su actitud no ha hecho sino exponer su vulnerabilidad geopolítica.

Preguntado la semana pasada en un foro en Bratislava por qué Delhi rechaza condenar la invasión de Ucrania, el ministro de Asuntos Exteriores, Subrahmanyam Jaishankar, criticó la premisa europea de que otros países deban compartir su opinión sobre el conflicto. “Europa, dijo, debe abandonar esa mentalidad conforme a la cual los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”. India, añadió el ministro, hará exactamente lo que hacen los países occidentales: evaluar una situación a la luz de sus propios intereses. Y son esos intereses los que justificarían la posición de su gobierno sobre la guerra.

Al no aceptar que India tenga que alinearse con una de las partes, Jaishankar quiso reafirmar la autonomía estratégica de su país en un contexto de creciente multipolaridad. Dada su lejanía geográfica, Rusia—es cierto—, no representa una amenaza directa a la seguridad nacional india, mientras que el aislamiento diplomático de Moscú puede producir consecuencias que no desea, como una más estrecha alianza de China con Rusia. La República Popular es el verdadero desafío que afronta Delhi, y es un problema para el que India necesita contar tanto con Washington como con Moscú.

Ahora bien, ¿cómo puede gestionarse el hecho de que India mantenga diferentes percepciones de las de sus socios de Occidente con respecto a Ucrania, pero similares o idénticas sobre los riesgos a la inestabilidad en el Indo-Pacífico? ¿Por qué India no quiere ver la estrecha interacción que existe entre ambos escenarios? ¿Puede confiar en la ayuda de las democracias occidentales si un día tiene dificultades en Asia, manteniéndose al margen de lo que ocurre en Europa?

Es un dilema que enturbia la relación entre intereses y valores, pero que debería hacer evidente a los estrategas indios la extraordinaria transformación que se ha producido en el terreno de juego. Tradicionalmente han defendido un orden multipolar, convencidos de que es así como India contaría con un mayor margen de maniobra. La nueva estructura multipolar parece crear, sin embargo, nuevos condicionantes a su independencia estratégica, y no todos ellos relacionados con el equilibrio de intereses en política exterior.

Así se puso de manifiesto poco después de las críticas de Jaishankar a los europeos. Apenas habían sido reproducidas sus palabras con grandes elogios en los medios del mundo no occidental, cuando las declaraciones de dos antiguos portavoces del actual partido gobernante (el hinduista Janata Party) insultando a Mahoma han provocado una grave crisis en las relaciones con los países islámicos. No es necesario recordar la importancia del Golfo Pérsico en particular para los intereses indios: de los recursos energéticos que recibe, a las remesas de los ocho millones de indios residentes. La polarización de la dinámica política interna se ha convertido pues en otra nueva variable que afecta a la proyección exterior del gigante asiático.

Una cultura estratégica no se cambia de un día para otro; menos aún una milenaria como la india. Pero frente a la segunda Guerra Fría que parece estar empezando, la pregunta (que no la respuesta) es sencilla: ¿qué promoverá en mayor grado la autonomía india? ¿Defender un orden basado en reglas, o formar parte del bloque de quienes—explícita o tácitamente—no denuncian a una Rusia agresora? ¿Los principios son realmente antitéticos a los intereses?

¿Negociaciones indirectas?

La invasión rusa se estanca en Ucrania. Tras los fracasos rusos en Kiev, Jarkov y Odessa en su intento de acabar rápidamente con el gobierno ucraniano y obtener una rendición fulminante,  Moscú ha decidido hacer un replanteamiento estratégico consolidando sus posiciones, ya preexistentes políticamente, y desde ahí avanzar posición a posición hasta conseguir dominar toda la zona de la cuenca del Donetsk, conectarla con Crimea y, si no tomarla, sí mantenerse en una situación susceptible de bloquear la ciudad de Odessa y su puerto.

En ese escenario, los aliados occidentales están presionando, discreta pero firmemente, a todos los países que puedan ejercer influencia en Moscú para propiciar un auténtico proceso de negociaciones que permita a Rusia salir airosa de su derrota estratégica con pocas concesiones, a Ucrania reducir sus daños con algún pacto sobre las regiones prorrusas y a la economía mundial obtener un respiro. Y los principales países para presionar en esa dirección son Turquía en Occidente y China e India en el Indo Pacífico.

Ni China ni India han condenado directamente la agresión rusa aunque sí han marcado cierta distancia exigiendo un “alto el fuego inmediato”, obviamente sin ningún resultado. Pero las crecientes dificultades rusas tanto en Ucrania como en la propia Rusia (a pesar de los avances militares de los últimos días) pueden estar creando una situación más propicia a algún tipo de acuerdo porque cada vez parece más evidente que ni Rusia ni Ucrania van a lograr a corto plazo una victoria clara sobre el terreno y  Ucrania, para mantener su resistencia va a necesitar cada vez más ayuda, costosa ayuda, occidental.

Para China, con más dificultades económicas de lo que su propaganda reconoce, es vital lograr una normalidad y estabilidad que le permita profundizar sus negocios con una Europa que puede verse abogada a una crisis económica de grades proporciones. Para India puede significar su mediación un salto en su protagonismo regional, en el que mira de reojo y con recelo a China, y una potenciación de su influencia en en países que no acaban de fiarse de China.

Ucrania: ¿brecha entre Rusia y China?

En la desesperación de las familias de los resistentes ucranianos rodeados en Azovstal, en Mariupol, sus integrantes, apoyados en el gobierno ucraniano, han hecho un llamamiento a Pekín para que medie ante Moscú y permitan la evacuación de los soldados de la acería cercana al puerto de la ciudad.

Pero, aunque estos soldados están siendo evacuados muy lentamente, no parece que China esté teniendo influencia alguna sobre Moscú y las tropas que han invadido Ucrania y que rodean el reducto donde aún resisten soldados ucranianos.

La calculada ambigüedad china puede darle a Pekín ventajas a medio plazo, pero los intentos del gobierno chino de presentarse como intermediario de un acuerdo de paz sin romper sus mensajes de comprensión a la política agresiva de Vladimir Putin no han aportado nada hasta el momento a pesar de la ilusión que despiertan en algunos ambientes políticos y financieros.

Para Pekín, el principal obstáculo para sus gestiones es el empecinamiento de Putin en no reconocer que sus tropas estás atascadas en Ucrania y que corren riesgos de sufrir una derrota histórica. A este respecto, William Burns, director de la CIA, una agencia que ha demostrado estar muy bien informada de los planes y la evolución interna del gobierno ruso, ha explicado que el conflicto ucraniano ha abierto una brecha entre Pekín y Moscú que puede tener importancia a medio plazo. Burns subraya que Pekín sostiene que el conflicto desatado por Putin daña la reputación internacional de China y, a la vez, introduce el factor que China considera más peligroso para sus intereses estratégicos y que es la incertidumbre y la inestabilidad que arrastra.

La guerra de Ucrania provoca tensiones en todo el planeta y algunas de sus ondas pueden profundizar la transformación de las relaciones estratégicas mas allá de lo previsible.

China-Ucrania, sigue el dilema interno

China se debate, ante la progresiva complicación de la guerra de Putin en Ucrania, entre hasta donde mantener la ambigüedad oficial y el apoyo a Rusia en sus mensajes a la sociedad china o hacer algún gesto, siquiera leve, que sugiera a Moscú que es hora de levantar el pie de su maquinaria militar y aliviar la tensión mundial y propiciando conversaciones de acuerdo verdaderas.

China sabe que de la guerra actual, sea cual sea el resultado final, Rusia sale dañada en su prestigio, en su economía y en la imagen pretendida de su capacidad militar, y Putin queda especialmente golpeado en su propósito de eternizar su poder que, por otra parte, ha durado ya demasiado. Del desenlace de la guerra se va a derivar una menor capacidad económica rusa, una pérdida de prestigio e influencia en las repúblicas centroasiáticas donde China aspira a aumentar su presencia con consolidación de la recuperada Ruta de la Seda hasta Europa y una reducción de la capacidad de suministro de ayuda militar a muchos países-

China tiene una estrategia de consolidación de su economía, su poder y su influencia distinta a la rusa. La dictadura china, al menos por el momento, es más estable a pesar de algunos datos socioeconómicos crecientemente preocupantes, el control del descontento es casi total y con paciencia va fortaleciendo sus capacidades militares sin abordar ninguna aventura de riesgo por el momento sin dejar de recordar su propósito histórico de incorporar Taiwán a la autoridad de Pekín.

China quiere mantener su alianza estratégica con Rusia, pero la inestabilidad provocada por la agresión rusa en Ucrania choca con muchos planes de Pekín. Hay que recordar que la Unión Europea es uno de los principales socios económicos y la incertidumbre económica creada por la guerra no favorece los negocios. Cómo gestionar a la vez todos estos elementos es el dilema de China.

Ucrania: un test para todos

La invasión rusa de Ucrania y la incertidumbre sobre cómo y cuándo se va a alcanzar un alto el fuego marcan, directa o indirectamente la realidad internacional. La guerra ha sorprendido a Europa en su relajada confianza ante la política exterior rusa (como lo está con respecto a China), aunque la guerra ha obligado a reaccionar y a comenzar una nueva etapa con una mentalidad nueva y ahí, por más que le pese a algunos, seguirá jugando un papel fundamental Estados Unidos, también cogido por sorpresa, y obligado a confirmar su liderazgo aunque tampoco esto entusiasme a algunos en aquel país.

En todo caso, la agresión de Putin ha demostrado que la política de defensa en Europa no ha sido suficientemente disuasoria, que una vez iniciada la agresión la acción ha tenido que limitarse a confiar en la única resistencia ucraniana con apoyo europeo aunque no demasiado para evitar una reacción rusa más extensa y que debe abandonarse  la ingenuidad hacia países cuya historia demuestra que nunca han dudado en asumir cualquier acción que exijan sus intereses nacionales.

Y esto también afecta a Estados Unidos, instalada desde hace décadas en la creencia de que el frente europeo estaba suficiente estabilizado y sin riesgos a medio plazo, lo que daba una oportunidad de volcarse en el Indo Pacífico y enfrentar el crecimiento de China en expansionismo, influencia y defensa y exportación de su modelo autoritario.

Ahora, sin rebajar un milímetro su estrategia asiática, Estados Unidos va a tener que volver a darle importancia a Europa, reforzar su presencia militar y política y aprovechar el susto y la alarma europea para reforzar alianzas y, sobre todo, impulsar la arquitectura estratégica y militar que tengan más capacidad de disuasión para nuevas aventuras de agresión de una Rusia resentida, necesitada de protagonismo y desconcertada ante las evidentes debilidades demostradas por su ejército en la campaña ucraniana.

INTERREGNUM: Ucrania divide Asia. Fernando Delage

Pese a la presión de Occidente sobre distintos países para condenar a Rusia y sumarse a las sanciones contra Putin y su régimen, buena parte de Asia ha preferido mantenerse al margen. La razón fundamental, una vez más, es el contexto de rivalidad entre Estados Unidos y China.

Sólo seis naciones (Japón, Corea del Sur, Australia, Nueva Zelanda, Singapur y Taiwán) se han alineado con europeos y norteamericanos en la política de sanciones. Las cuatro primeras participaron, además, en la última reunión de ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN; una novedad que no sólo indicaba al Kremlin la estrecha solidaridad entre las democracias occidentales y las asiáticas: mostraba asimismo a Pekín cómo se está consolidando la percepción de un desafío común por parte de Rusia y China. Eurasia asoma como un escenario geopolítico único, y China aparecerá por primera vez en el concepto estratégico de la Alianza Atlántica, tras su actualización prevista en junio.

El resto de la región ha preferido abstenerse de momento. La posición de China y de India no es ningún secreto, pero ¿qué explica el comportamiento de los demás? Para muchos, adherirse a las sanciones de Occidente no compensa los posibles beneficios del distanciamiento. Vietnam es tan dependiente como India del armamento ruso para la modernización de sus fuerzas armadas. Indonesia puede hoy adquirir petróleo ruso a un precio mucho más bajo, y—como anfitrión de la próxima cumbre del G20—ha rechazado la presión para no invitar a Putin. Pero incluso aliados norteamericanos del sureste asiático como Filipinas y Tailandia han preferido no condenar a Moscú. Tampoco en Asia meridional ha apoyado ningún Estado las sanciones.

Al margen de posibles intereses bilaterales, para la mayor parte de estos países el enfrentamiento entre Occidente y Rusia puede contribuir a exacerbar la competición entre China y Estados Unidos en el Indo-Pacífico. El temor a las posibles represalias de Rusia pero también de China en el caso de una posición activa ante el conflicto explica su “neutralidad”. No deja de ser el tradicional mecanismo de supervivencia de las pequeñas y medianas naciones frente a las grandes potencias; una actitud que sólo cambiará de extenderse la guerra. Pero quedan claros, para Occidente, los límites que encontrará en Asia en su estrategia contra Moscú.

La gran cuestión de fondo es, no obstante, si podría estar formándose una nueva política de bloques. Japón y Corea del Sur no sólo han impuesto duras sanciones a Moscú y reconsideran su dependencia energética de Rusia, sino que contemplan un reforzamiento de sus capacidades militares y de su alianza con Washington ante una nueva era de incertidumbre geopolítica. El exprimer ministro japonés, Shinzo Abe, ha sugerido incluso la posibilidad de aceptar armamento nuclear norteamericano en su territorio. Por su parte, el nuevo presidente surcoreano, Yoon Suk-yeol, ha manifestado su preferencia por una política de línea dura hacia China, sin que pueda descartarse su incorporación a un QUAD ampliado.

Mediante su dura respuesta a la agresión rusa, también Singapur ha apostado por un firme alineamiento con Estados Unidos.

China no se ha quedado cruzada de brazos durante las últimas semanas. El presidente Xi Jinping ha buscado el apoyo de los presidentes de Camboya y de Indonesia (de este último para intentar que Ucrania no esté en la agenda de la cumbre del G20), mientras que el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, ha estado en contacto directo con sus homólogos de Asuntos Exteriores de Tailandia, Filipinas, Myanmar e Indonesia. Wang viajó también a India, en la primera visita de un alto cargo chino desde el choque fronterizo de hace dos años. La resistencia de Delhi a condenar la acción rusa ha conducido a Estados Unidos a ofrecerse para diversificar sus necesidades energéticas así como de armamento, esfuerzo que China intenta contrarrestar mediante el mensaje de que las diferencias territoriales con su vecino no deberían afectar al conjunto de sus relaciones.

India es una de las principales dudas en la ecuación. El ascenso de China acercó a Delhi a Occidente, mientras que el revisionismo de Rusia está provocando el efecto opuesto; una circunstancia que si, por un lado, obliga a reconsiderar el futuro de la pertenencia india al QUAD, por otro confirma cómo las diferentes respuestas a la guerra de Ucrania tiene notables ramificaciones para la dinámica geopolítica asiática.