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INTERREGNUM: La amenaza norcoreana. Fernando Delage

La situación de seguridad en la península coreana ha empeorado a gran velocidad durante los últimos meses. Cada una de las dos Coreas ha descrito a la otra como su “principal enemigo”, en una escalada retórica que ha ido acompañada de acciones poco tranquilizadoras. Mientras Pyongyang continúa desarrollando sus capacidades nucleares y de misiles, Kim Jong-un se refirió el pasado 30 de diciembre a la posibilidad de una guerra “como una realidad, no como un concepto abstracto”. Seúl ha respondido por su parte mediante el reforzamiento de sus medios militares y aumentando la intensidad y frecuencia de los ejercicios militares que realiza con Estados Unidos.

En este contexto, dos conocidos expertos en Corea del Norte afirmaron recientemente en 38 North, una fuente de referencia sobre asuntos coreanos, que Kim habría tomado la decisión estratégica de ir a la guerra; una opinión con la que no coinciden todos los analistas, no por ello menos preocupados por la creciente amenaza norcoreana. Haya o no un plan bélico inminente, lo cierto es que el programa militar de Pyongyang le permite ampliar las opciones de un ataque limitado a Corea del Sur (la última incorporación a su arsenal son drones submarinos), por no mencionar los riesgos de un choque accidental. Su alineamiento con China y Rusia amplifica asimismo el peligro: ambos gobiernos protegen a Pyongyang de las sanciones de la ONU, mientras que Moscú le proporciona materiales y tecnologías avanzadas (y pone a prueba en Ucrania la eficacia de los misiles norcoreanos).

En último término, este conjunto de circunstancias revela un cambio estructural en el entorno estratégico. Desde el armisticio de 1953, Corea del Norte mantuvo la esperanza de la reunificación de la península bajo su liderazgo, ya fuera por medios políticos o mediante el recurso a la fuerza. Al describir a su vecino—que posee el doble de población y una economía 50 veces mayor—como adversario permanente y abandonar dicho objetivo (lo que hizo ante la Asamblea Popular el 15 de enero), Kim no hace más que asumir la realidad: la supervivencia de su régimen exige aislar a su país de la influencia política y cultural de los surcoreanos. La misma lógica habría llevado al líder norcoreano a abandonar la idea—mantenida por su padre y abuelo—de que un cambio en las relaciones con Estados Unidos era posible.

La renuncia a hacerse con el Sur (acompañada de la abolición de los mecanismos intercoreanos de gestión de conflictos), y la imposibilidad de un entendimiento con Washington son motivos que, según diversos observadores, justificarían una provocación militar que serviría a Corea del Norte para demostrar sus capacidades, y erosionar al mismo tiempo la confianza de los surcoreanos en la alianza con Estados Unidos como elemento de disuasión de Pyongyang. El riesgo de una escalada es por tanto real, como lo es igualmente la posibilidad de que un conflicto entre Washington y Pekín—sobre Taiwán o las islas del mar de China Meridional—se extienda a la península. Corea del Norte no es sólo por tanto una amenaza limitada, sino elemento potencial de una ecuación mayor.

Con todo, aun desconociendo las intenciones de Kim, tampoco sería conveniente prescindir de cierta perspectiva histórica. En distintas etapas de su trayectoria, Pyongyang ha recurrido a una retórica beligerante como reflejo de su debilidad interna más que de sus ambiciones internacionales. Sus provocaciones coincidían normalmente con aquellas ocasiones en que el régimen afrontaba dificultades económicas o políticas, y servían para fortalecer la legitimidad del sistema. Sin que puedan negarse los evidentes factores de inestabilidad regional, la amenaza de guerra podría ser también por tanto una estrategia de Kim para asegurar su absoluta prioridad, que no es otra que su control personal del poder.

INTERREGNUM: Los taiwaneses desafían a Pekín. Fernando Delage

La reunificación de Taiwán es una “inevitabilidad histórica”, dijo en su mensaje de año nuevo, y en vísperas de las elecciones del 13 de enero en la isla, el presidente chino, Xi Jinping. La impaciencia de Xi, para quien la reunificación es un elemento central de su legado futuro, no es la única circunstancia que pone a prueba el sostenimiento del statu quo en el estrecho. Una identidad taiwanesa cada vez más consolidada (vinculada a los valores democráticos), y las dudas sobre la eficacia de  la política de ambigüedad estratégica mantenida por Estados Unidos durante décadas, son otras dos variables que han transformado el contexto del problema. Pekín ve cómo se aleja la posibilidad de una reunificación pacífica, mientras su estrategia de intimidación produce el resultado opuesto del que desea.

Ni el aumento sin precedente de incursiones navales y áreas en la proximidad de la isla, ni las medidas de coerción económica, ni las tácticas de desinformación—ya utilizadas igualmente en las elecciones de 2020 y en las municipales de 2018—han conducido a la victoria del candidato del Kuomintang, el preferido por Xi al defender la restauración del diálogo con el continente. El ganador, con el 40 por cien de los votos, ha sido William Lai, del Partido Democrático Progresista (PDP) y considerado como archienemigo por Pekín. El PDP ha obtenido así un tercer mandato consecutivo, primera vez que ocurre desde el establecimiento de elecciones presidenciales directas en 1996.

El apoyo a Lai, aunque inferior al logrado por la presidenta saliente Tsai Ing-wen en su segunda victoria en 2020 (y que, en parte, fue una respuesta a la intervención china en Hong Kong), confirma la resistencia de la sociedad taiwanesa a las presiones y su nulo interés por convertirse en parte de China. Lai, a quien Pekín no dejará de denunciar como secesionista, ha prometido continuidad con la política de su antecesora (Tsai evitó toda provocación hacia Pekín a la vez que reforzó las relaciones con Washington), y ha declarado que no proclamará la independencia: su posición es que no es necesario hacerlo al considerar la autonomía de Taiwán como “un hecho”. La República Popular debe ser consciente, por otra parte, de que un triunfo del Kuomintang tampoco hubiera supuesto un giro radical. De manera significativa, cuando el expresidente Ma Ying-jeou (2008-2016) dijo que “había que confiar en Xi”, su propia organización lo mantuvo alejado de la campaña electoral: el Partido Nacionalista no puede oponerse a lo que piensa la mayoría de la opinión pública taiwanesa.

Tampoco la irrupción de una nueva fuerza política, el Partido Popular de Taiwán (PPT), ha servido a los intentos chinos de diluir las posibilidades del PDP dividiendo el voto. El PPT ha contado con el veinte por cien de los electores, atrayendo en particular a los más jóvenes y a los desencantados con el tradicional sistema bipartidista. La reunificación tampoco ha sido defendida por su candidato. Los tres partidos coinciden en gran medida pues en la dirección general de la política exterior, en la necesidad de continuar modernizando las capacidades militares como instrumento de disuasión, sin oponerse  ninguno a los contactos con Pekín para reducir las tensiones. Las decisiones del gobierno se verán condicionadas, sin embargo, por los posibles acuerdos entre Kuomintang y PPT, al no haber obtenido el PDP la mayoría en el Parlamento (el Yuan Legislativo).

Este resultado puede ser una relativa ventaja para China, cuya reacción es la gran preocupación de los gobiernos y lo que atrae la atención de los analistas. La victoria de Lai podría traducirse en unos movimientos aún más agresivos por parte de Pekín, aunque éste también afronta sus propios obstáculos, incluyendo la desaceleración de la economía y el imperativo de reducir la tensión con Estados Unidos. Mientras no se produzcan incidentes inesperados, cabe pensar que el gobierno chino, sin abandonar por supuesto las amenazas militares y las medidas de presión, optará de momento por una relativa calma. Después de todo, Lai no tomará posesión como nuevo presidente hasta el 20 de mayo y, hasta noviembre, no se conocerá quién será el próximo ocupante de la Casa Blanca.

INTERREGNUM: Rusia pierde fuelle en Asia. Fernando Delage

Aunque Rusia aspira a la consolidación de un bloque no occidental contra el liderazgo norteamericano del orden internacional, uno de los pilares de su estrategia—la diversificación de su influencia en Asia—ha resultado en un claro fracaso. El impacto de la guerra de Ucrania se ha traducido en unas sanciones comerciales y financieras sin precedente, en un notable aislamiento político internacional, y en una huida de capital y talento, que han dañado extraordinariamente una economía, la rusa, cuyas limitaciones ya complicaban la posibilidad de tener un papel de peso en el continente. La ruptura con Japón y Corea del Sur, su apoyo a Corea del Norte y, sobre todo, su creciente subordinación a China, son otros elementos de esa derrota diplomática, visible de manera destacada en la relación con India, uno de sus socios tradicionales.

Aunque el Kremlin critica la consolidación del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD), el foro informal que agrupa a las principales democracias del Indo-Pacífico (India incluida) frente a las potencias autoritarias revisionistas, por razones históricas y geopolíticas no puede enfrentarse a Delhi, ni tampoco inmiscuirse en la política india de Pekín. Es evidente, sin embargo, que las tensiones entre India y China son la razón fundamental de que Delhi se aleje cada vez más de Moscú para acercarse a Washington como socio más fiable. Sin sacrificar su autonomía, la presión estratégica china le conduce a coordinar su posición con la de los países de Occidente, especialmente con aquellos que más pueden contribuir a su defensa, desarrollo tecnológico y crecimiento económico.

Rusia, en efecto, ya no puede defender de manera eficaz los intereses indios con respecto a la República Popular, como tampoco puede hacerlo en Asia central, otro espacio que justificaba para Delhi los vínculos con Moscú. Es también hacia Pekín donde miran las repúblicas centroasiáticas, con las consiguientes consecuencias para el deterioro de la credibilidad rusa así como para las ambiciones  indias. Sin India, Rusia no podrá por su parte equilibrar a los dos gigantes asiáticos como esperaba para construir una estructura de seguridad regional alternativa a la red de alianzas de Estados Unidos. Su dependencia de China hace de Moscú un socio que ya no puede responder a las necesidades de Delhi.

Rusia no parece reconocer las implicaciones que su enfrentamiento con Occidente, con la guerra de Ucrania como primera causa, están teniendo para su proyección en Asia. Su “pivot” hacia este continente lo es en realidad hacia China, lo que a su vez le creará nuevos dilemas: mientras la política exterior rusa está cada vez más sujeta a Pekín, éste no dudará en subordinar los intereses de Moscú a los suyos cada vez que lo considere necesario. La coincidencia en el objetivo global de erosionar el orden internacional liberal choca con sus respectivas prioridades regionales: Rusia quiere una Asia multipolar; China, un orden sinocéntrico. Las preferencias chinas reducirán, si es que no pondrán fin, a las esperanzas del Kremlin de desempeñar una función significativa. Aislada de Occidente y sin un papel mayor en Asia, ¿dónde quedará el estatus de Rusia como gran potencia?

En medio del caos internacional Xi busca protagonismo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Mientras las guerras se convierten en las protagonistas de esta década, dejando a su paso todo tipo de tragedias humanas y desoladoras imágenes en Europa y en el Medio Oriente, la inestabilidad internacional es cada vez mayor y la incertidumbre parece que empuja a los lideres a mantener sus cuotas de control.

Probablemente basado en ese principio, Xi Jinping decidió organizar un foro a gran escala en el que se conmemoraron los diez años del lanzamiento de la Ruta de la Seda (BRI por sus siglas en inglés Belt and Road Initiative) que es la iniciativa más ambiciosa lanzada por China y propuesta maestra del mismo Xi.

Curiosamente, este evento de gran envergadura que contó con la asistencia de mil doscientos participantes de ochenta países de acuerdo con datos oficiales, se mantuvo en discreto silencio hasta tan solo seis días antes de que tuviera lugar él mismo.

Este foro ha sido el primer encuentro multitudinario organizado por Beijing después de tres largos años de aislamiento debido a la pandemia en el que se cerraron herméticamente al mundo. Hoy, China se encuentra sumergida en una crisis económica profunda y un aislamiento que busca concluir y nada mejor que aprovechar una excusa como el aniversario del lanzamiento del BRI.

La Iniciativa de la Ruta de la Seda es un proyecto monumental que busca conectar todos los continentes a través de una red comercial y de infraestructura. Está concebido en dos partes: la primera sería la terrestre que incluye viajes por ferrocarril, carretera y enlaces de vías existentes, partiendo de China pasando por Asia Central y terminando en Europa, que corresponden con las antiguas rutas comerciales ya descritas por Marco Polo. La segunda parte la constituye las vías marítimas, zarpando de puertos chinos con destinos a puertos en el Mediterráneo y puertos en África.

El comercio entre China y los países a lo largo del BRI en el 2022 alcanzó intercambios por casi dos billones de dólares, de acuerdo con CGTN, medio oficial chino, quien además sostiene que “Beijing ha firmado acuerdos de cooperación con 152 países y 32 organizaciones internacionales, lo que representa un 60% de la población mundial”.

Aunque también se debe hay subrayar que, con la desaceleración del crecimiento económico chino, el número de proyectos y el dinero destinado al BRI ha disminuido en los últimos años debido a las tremendas deudas que los países receptores deben a China como es el caso de Zambia, que se encuentra actualmente reestructurando su deuda y en donde muchos de los proyectos o han tenido problemas o han sido un fiasco.

Xi hizo el lanzamiento del BRI en el 2013 con bombos y platillos, como la propuesta geopolítica más ambiciosa y, a la lo largo de esta década lo ha venido promocionando como una ventaja para cada país involucrado, pero lo cierto es que desde hace unos años la iniciativa ha estado rodeada de grandes controversias que la describen como “préstamos trampa o predatorios” que en algunos casos han producido tal caos como el de Sri Lanka o proyectos que han dejado daños ambientales irreparables en Latinoamérica.

El mismo presidente Biden definió los compromisos del BRI como “acuerdos de deuda y soga de ahorcamiento que China establece con otros países”, y en muchos casos ha sido literalmente de esa forma, los créditos han sido tan altos, los intereses tan elevados y el proyecto tan ambicioso o tan mal ejecutado que no ha representado sino grandes problemas para el país receptor.

Beijing ha querido aprovechar este momento para reforzar su liderazgo internacional en medio del caos global.  Han recibido lideres como Vladimir Putin, a pesar de que Rusia no está dentro del mapa trazado del BRI. Por su parte Putin aprovechó también él escenario para presentarte como otro líder importante, a pesar de que ahora no puede asistir a casi ningún otro evento internacional. Mientras tanto China sigue sin condenar la invasión rusa a Ucrania.

En esta la tercera vez que se lleva a cabo el foro asistieron una veintena de jefes de Estado y de gobierno en su mayoría de países en desarrollo del sur de Asia, Medio Oriente, África y América Latina.

China se presentó como el mayor interesado en promover y defender la agenda de desarrollo económico global a través de las infraestructuras y la industrialización, retoma su protagonismo y hace que los medios hablen de China y de Xi como los anfitriones de un evento que impulsa los intercambios mientras los lideres occidentales hablan de Israel y Hamás, se reúnen con los lideres del Medio Oriente intentando conseguir apoyos en la nueva guerra abierta que tenemos…

 

 

 

 

EEUU-China: un juego con cartas marcadas

Estados Unidos quiere que China ejerza su influencia  en Oriente Próximo (apoyo financiero a Irán, inversiones en Arabia e Israel, proyectos en Jordania, acuerdos comerciales con Turquía) para que evite nuevos ataques terroristas contra Israel y aliente una disposición de Israel a aliviar la presión sobre Gaza.

Biden, bajo en popularidad en su propio país, en medio de un momento de extrema tensión internacional con muchos frentes abiertos, trata de ejercer liderazgo en un escenario en el que pocos más los pueden ejercer. EEUU tiene autoridad moral e histórica, capacidades militares, económicas y tecnológicas suficientes y muchos aliados, pero aún así necesita apoyos entre quienes si sitúan al otro lado y tienden a comprender los crímenes terroristas cuando se ejecutan contra Occidente y sus valores y debilitan al adversario preferido: EEUU.

Biden calcula que la incertidumbre internacional, el frenazo de Rusia en Ucrania y la propia crisis interna china pueden mover a Pekín y a su tradicional pragmatismo a actuar tratando de calmar las aguas.

El dilema chino ante la crisis entre Israel y el islamismo terrorista no es fácil de resolver; son demasiados los factores en juego y unas claves emocionales, políticas, religiosas e históricas alejadas de los conceptos chinos de gestionar las crisis. Pekín está en un mundo ideológico que le une al discurso de la izquierda radical y a la obsesión anti EEUU también compartida por parte de la extrema derecha. Y, a la vez, necesita un mundo más tranquilo donde la lucha contra los valores occidentales se hagan por cauces más suaves, minando las instituciones y, sobre todo, que permita seguir haciendo negocios y acumular capitales a costa de las sociedades abiertas y democráticas.

China se ve desplazada en estos momentos en las grandes crisis internacionales y necesita ejercer de segunda potencia mundial y aparecer en la foto de algún tipo de acuerdo en Oriente Próximo busca un espacio que ocupar que sea compatible con sus intereses actuales.

Y, además, tiene que aparecer como que Estados Unidos necesita a Pekín como aliando coyuntural sin dejar de ser el enemigo a batir y el causante de todos los males del mundo, un juego en el que ambas potencias juegan con sus propias cartas y, además, las llevan marcadas por si acaso.

 

INTERREGNUM: Kim en Rusia. Fernando Delage

El 17 de septiembre Kim Jong-un regresó a Pyongyang tras una intensa semana en Rusia; una visita durante la cual trasladó a Vladimir Putin su apoyo personal en “la sagrada lucha contra las fuerzas hegemónicas”. Con una cuidada coreografía en el encuentro que mantuvieron en Vladivostok, ambos líderes quisieron lanzar un mensaje sobre la importancia de su acercamiento que sirvió más bien para mostrar su respectiva debilidad.

Las circunstancias obligan ciertamente a Corea del Norte y a Rusia a ocultar antiguas diferencias, para subrayar lo que les une. El presidente ruso, menos efusivo en su retórica que Kim, hizo hincapié no obstante en la larga amistad de Moscú con Pyongyang. La Unión Soviética fue el primer país en reconocer a Corea del Norte como Estado y, décadas más tarde, ha sido esta última una de las cinco naciones que votaron en la ONU en contra de la resolución contra la invasión de Ucrania, y una de las tres que reconocieron la independencia de Donetsk y Luhansk tras la ocupación rusa. Ha sido la guerra de Ucrania la que ha reactivado la relación bilateral dada la falta de opciones con que cuentan los dos déspotas, sujetos ambos al oprobio de la comunidad internacional.

Corea del Norte suministrará a Moscú artillería y munición para proseguir en su campaña bélica, a cambio de los recursos financieros y los suministros (alimentos, medicinas, fueloil, etc) que necesita de manera acuciante tras tres años de confinamiento por la pandemia. Pero se cree que la cooperación entre los dos gobiernos irá más lejos: los rusos contribuirán al desarrollo de las capacidades militares norcoreanas al facilitar la adquisición de misiles intercontinentales (que pueden alcanzar territorio norteamericano), satélites militares (dos lanzamientos norcoreanos fracasaron este año) y, quizá también, submarinos. Aunque esa ayuda implicaría una violación de las sanciones impuestas a Corea del Norte, nada le puede preocupar menos a Rusia. Si ésta es un socio útil para Pyongyang, lo es también por su capacidad para obstaculizar los trabajos del Consejo de Seguridad de la ONU, incluyendo el seguimiento de la aplicación de las sanciones (con la ayuda de China, Rusia forzó recientemente la destitución del responsable de dicha tarea). La sintonía de Putin con Kim pone pues de manifiesto el nulo interés de Moscú por minimizar su aislamiento internacional.

El intento de complicar las cosas, a un mismo tiempo, en Ucrania (con el suministro de armamento norcoreano a Rusia) y en el noreste asiático (al contribuir Moscú al desarrollo militar de Pongyang), puede tener, sin embargo, un recorrido limitado. Aun haciendo de Corea del Norte una amenaza mayor a la estabilidad en la península (una mejora en su tecnología de misiles puede esquivar los sistemas defensivos de Corea del Sur, y unos submarinos silenciosos reforzar su arsenal nuclear), Estados Unidos, Corea del Sur y Japón ya articularon en Camp David, en agosto, nuevos compromisos trilaterales que ampliarán sus capacidades disuasorias. Las acciones de los dos actores se verán condicionados, por lo demás, por la variable china.

Kim y Putin han querido demostrar su libertad de maniobra con respecto a Pekín, aunque en realidad le han creado un nuevo dilema. ¿Realmente quiere Xi Jinping que los norcoreanos contribuyan a escalar la guerra en Europa? ¿Y que Rusia facilite las capacidades estratégicas de Pyongyang? Entorpecer el escenario de seguridad en ambos continentes a Estados Unidos es un interés compartido por los tres, pero es dudoso que China permita que socios “menores” determinen la evolución de los acontecimientos en su vecindad.

Rusia-Corea del Norte: cita para el terror

Putin y Kim van a reunirse, probablemente en Vladivostok, cercana a la frontera ruso coreana, para explorar una mayor colaboración entre ambos sistemas agresivos y en dificultades. Kim necesita recursos energéticos, infraestructuras nuevas, apoyo político y probablemente toda clase de suministros para la vida cotidiana de los norcoreanos. Putin, por su parte, necesita material militar que pueda proporcionarle Corea del Norte.

En realidad, Kim no puede (no tiene) armas ni tecnología que puedan desequilibrar la guerra en Ucrania a favor de los invasores rusos pues sus fuerzas armadas son dependientes de Rusia y China  y su tecnología nuclear es la que tienen, más sofisticada, Moscú y Pekín. Pero Corea sí puede proporcionar a Rusia municiones, armas para su infantería, quizá baterías de artillería y drones (esta es una de las claves) ya que la producción rusa de éstos artefactos y los suministros iraníes ya no son suficientes ante la mejoría de las defensas ucranianas y los avances en el frente sur de las tropas de Kiev.

Pero para ambos países es fundamental el mensaje de cercanía, de amenaza global y de estar dispuestos a desencadenar una amenaza de confrontación con Occidente que abra grietas entre los aliados y cree turbulencias económicas mayores de las ya existentes. En la trastienda, China observa y aplaude un encuentro cuyas consecuencias globales es Pekín quien mejor las va a aprovechar.

Rusia está moviendo todas las piezas que pueden inquietar a Occidente en un esfuerzo desesperado por, como sugería Lenin, “agudizar las contradicciones del enemigo”. Así, apoya o aplaude golpes de Estado como los de Mali, Burkina Faso o Niger; organiza el encuentro con Kim Jon un o alienta indirectamente a los partidarios de Donald Trump. Putín, como n la buena tradición comunista, matando en casa, invadiendo fuera y alentando un terrorismo al que llama revolución. Pero, eso sí, todo en nombre de la paz, la justicia social y los derechos humanos, gloria a Dios en las alturas….

INTERREGNUM: China-Rusia: una complicada historia. Fernando Delage

La estrecha relación que mantienen Rusia y China ha sido uno de los temas discutidos en la reciente cumbre de la OTAN en Lituania. La guerra de Ucrania ha sido un momento decisivo en la asociación entre ambos países, y Pekín ha demostrado que está dispuesto a asumir el coste diplomático que supone apoyar a Moscú en su política de agresión. El presidente Xi Jinping puede haberse arrepentido de tanta cercanía a Vladimir Putin, al tener que afrontar dificultades que no existían antes del 24 de febrero del pasado año. Pero Rusia es demasiado importante para China como para arriesgarse a perderla. La estabilidad en la frontera continental, sus recursos energéticos y su asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU son ventajas a las que la República Popular no puede renunciar.

Es cierto, sin embargo, que el ritmo de los acontecimientos no lo marcan sólo Putin y Xi, como demostró el motín en junio de Yevgeny Prigozhin, el líder del grupo Wagner. Por otro lado, pese a la aparente sintonía entre ambos gobiernos, tampoco puede decirse que la transparencia sea una característica que impregne su relación. Comparten intereses, desde luego, y ninguno tan importante como la ambición de erosionar el peso global de Estados Unidos y de Occidente. Pero sus perspectivas sobre la economía mundial no pueden ser más diferentes, como tampoco coinciden en las bases de un orden internacional alternativo. La concepción jerárquica de las cosas propia de la cultura china, y la disparidad de poder entre las dos potencias, permiten dudar de que Pekín vaya a tratar a Moscú como un igual.

Una mirada a la historia revela cómo los hoy socios han pasado por largas etapas de enfrentamiento y división que han dejado un legado de mutua desconfianza. Los interesados pueden encontrar un detallado examen de esa evolución en un reciente libro de Philip Snow (China and Russia: Four Centuries of Conflict and Concord, Yale University Press, 2023), en el que el conocido historiador británico resume varias décadas de estudio sobre la cuestión.

El análisis de Snow comienza con el tratado de Nerchinsky, el primero firmado por Pekín con una potencia extranjera, que en 1689 estableció un acuerdo de no agresión entre las partes, aunque las grandes regiones fronterizas (Xinjiang, Mongolia y Manchuria) no dejaron de ser fuente permanente de tensión. Ese equilibrio se rompió a mediados del siglo XIX cuando, tras la derrota en la guerra de Crimea, Rusia optó por su expansion territorial hacia Oriente y adquirió una superioridad militar, política y económica sobre China que se mantendría durante siglo y medio. En 1900, mientras la dinastía Qing hacía frente a la rebelión de los boxer, Rusia invadió y ocupó Manchuria, pero sus pretensiones anexionistas fueron neutralizadas al perder la guerra con Japón en 1905-1905. Esta nueva derrota no puso fin, sin embargo, a una política expansionista, que se dirigió entonces hacia Mongolia Exterior: aprovechando la debilidad del gobierno chino tras la caída de la monarquía, en 1915 impuso un tratado por el que se reconocía la autonomía del territorio (aunque bajo la nominal soberanía de Pekín), lo que ocasionó un profundo sentimiento antirruso entre los nacionalistas chinos.

La caída de los zares y el hundimiento del poder ruso en Extremo Oriente permitió a China reorientar la relación a su favor, mientras el nuevo régimen soviético se ofreció para hacer un frente común contra las potencias imperialistas. Más tarde, Stalin decidió apoyar a las fuerzas del Kuomintang de Chiang Kai-shek contra Japón, origen de la difícil relación que mantendría con Mao Tse-tung tras la victoria comunista en 1949. Tampoco Nikita Khrushchev se ganó el respeto del Gran Timonel. A partir de finales de los años cincuenta, Pekín se esforzó por marcar su independencia de Moscú y, en 1969, ambos se enfrentaron militarmente en la frontera. El entonces líder soviético, Leónidas Brezhnev, estableció una política de contención de China, mientras Pekín puso en marcha su acercamiento diplomático a Estados Unidos. La rivalidad sólo concluyó a finales de la década de los ochenta, cuando un nuevo líder soviético, Mijail Gorbachev, aceptó las condiciones exigidas por Deng Xiaoping (el sucesor de Mao) para la normalización: el fin del apoyo de Moscú a la ocupación vietnamita de Camboya; la conclusión de su presencia militar en Afganistán; y la desmilitarización de la frontera.

La implosión de la URSS condujo a una nueva etapa, primero bajo Yeltsin y posteriormente bajo Putin, caracterizada por la estabilidad política, pero también por una gradual redistribución de capacidades: el PIB de China es hoy diez veces mayor que el de Rusia; es Moscú la interesada en comprar armamento chino, y no al revés como ocurría a principios de siglo; y es Pekín quien se ha convertido en el primer socio económico de las repúblicas centroasiáticas.

El pasado de la relación no determina cómo será en el futuro. Pero como indica Snow, ofrece algunas lecciones de interés. La primera es que, cuanto mayor ha sido el diferencial de poder entre los dos países, mayor ha sido la tensión entre ambos. La segunda es que contar con un enemigo común—Japón en el pasado, Estados Unidos en la actualidad—ha sido un poderoso elemento de unión. Por último, la necesidad de compartir el continente euroasiático les obliga al entendimiento pese a las profundas diferencias entre sus sociedades y culturas.

China y Rusia chocan en Níger

El golpe de Estado de Níger y las reacciones, a favor y en contra, de los países de la región han añadido una nota de alarma más en el complicado escenario internacional. Además, Níger es un país estratégico en la ruta de la inmigración ilegal hacia Europa y es productor de uranio, oro, petróleo con una estructura económica necesitada de infraestructuras y modernización y hasta ahora ligada estrechamente a Francia que ha mantenido fuerzas militares en el país para defender intereses franceses y para frenar la creciente influencia del terrorismo islamista. Esto hace que su estabilidad y su crecimiento sean clave para Europa. Esto había orientado a dirigentes del país a iniciar un proceso de institucionalización democrática que quedó abruptamente cortada con el golpe de Estado.

Pero hay más elementos. Los golpistas han buscado desde el primer momento el apoyo de Rusia, que ya inspiró los golpes militares de Mali y Burkina Faso y han solicitado la presencia de mercenarios de Wagner en su apoyo. A la vez, China lleva años realizando inversiones en la región y, desde 2011, la compañía Petrochina viene explotando el yacimiento de Agadem en un consorcio en el que China ha invertido 4.000 millones de euros en infraestructura y en la construcción de la refinería Soraz, en la frontera con Nigeria. Y China, embarcada en una estrategia de desplazamiento progresivo de Francia y de los intereses europeos, no ha visto con buenos ojos el golpe militar ni la mano rusa que ha traído sanciones y amenazas de intervención militar de países vecinos para restaurar el orden democrático derrocado.

Aparentemente, porque la claridad y la transparencia no son precisamente valores de ninguno de los dos países, Pekín habría acusado a Rusia de “dejar hacer” a los golpistas y de favorecer la inestabilidad regional. Es más, Pekín ha sugerido la posibilidad de suspender sus proyectos en Níger si la situación se agrava.

China es más pragmática que Rusia y planea a medio y largo plazo, y Rusia, además, está urgida por trasladar a Occidente toda la inestabilidad posible y no puede jugar, como los chinos, con inversiones para las que no tiene capacidad financiera. China tiene en Africa proyectos estratégicos globales y Rusia actúa a corto plazo y con más riesgo y Pekín está molesto y más en un momento en que afronta algunas dificultades financieras.

THE ASIAN DOOR: El yuan y las alianzas energéticas en el nuevo equilibrio de poder. Águeda Parra

El derisking energético de Europa ha propiciado un giro geopolítico de Rusia hacia Oriente, confluyendo en el Indo-Pacífico, como estrategia para diversificar el destino de sus exportaciones de gas y petróleo, redirigiendo así el excedente que ya ha dejado de suministrar a Europa. China y, principalmente, India, se sitúan en esta nueva configuración entre los nuevos socios energéticos de Rusia, propiciándose tras la invasión de Ucrania una redefinición de la geometría de las alianzas geopolíticas globales.

El nuevo equilibrio de poder emergente que está dirigiendo a Rusia hacia Oriente está promoviendo, asimismo, que evolucione la relación de Rusia con los países del Indo-Pacífico. Si, en el caso de India, Rusia ha pasado de ser su principal suministrador de armas a ser además uno de los principales destinos de sus exportaciones energéticas, en el caso de China el fortalecimiento de los vínculos va más allá de la seguridad energética. En esta geopolítica en transición bajo una coyuntura internacional compleja, China ha afianzado sus relaciones económicas y geopolíticas, atrayendo a Rusia hacia su esfera de influencia utilizando uno de los elementos que está emergiendo como clave en la redefinición de las alianzas geopolíticas de China con otros países, es decir, la utilización del yuan en las transacciones bilaterales.

Esta vinculación financiera a través del yuan le permite a Rusia evitar posibles sanciones internacionales, a la vez que reduce su dependencia del dólar, promoviendo un inesperado impulso en la internacionalización del renminbi. De esta forma, el yuan ha pasado de tener una escasa representación del 1% en los volúmenes de negociación del mercado ruso, a situarse en el 40-45%. Una tendencia que también se observa en el sentido inverso, ya que la acelerada reducción de la dependencia del dólar está promoviendo que pase de representar el 80% de los volúmenes de negocio a caer al 40%, según fuentes oficiales de la Bolsa de Moscú.

Además de la redefinición de las alianzas energéticas globales, la invasión de Ucrania ha acelerado, asimismo, el ritmo de inversión en transición energética a escala mundial, no solamente en Europa. La vulnerabilidad a la que se ha visto sometida la seguridad energética europea tras el inicio de la guerra ha puesto de manifiesto la necesidad de apostar por la autosuficiencia energética, propiciando un aumento en la inversión en renovables a pesar de la compleja situación económica y geopolítica global.

El auge que están experimentando las renovables ha sido sustancial, pasando la inversión en tecnologías verdes de los 755.000 millones de dólares alcanzados en 2021, a superar el billón de dólares en 2022, principalmente por el impulso de China, cuya inversión supuso más de la mitad de la inversión global con 546.000 millones de dólares. En el caso de Estados Unidos, que figura en segundo lugar, los 141.000 millones de dólares de inversión récord en transición energética, principalmente destinada a los coches eléctricos, corresponden en parte al impulso dado por la Ley de Reducción de la Inflación (Inflaction Reduction Act, IRA), según se conoce en inglés, aprobada por la administración Biden y con la que Washington está impulsando su estrategia de asegurar la autosuficiencia energética.

En cuanto a la Unión Europea, el efecto Ucrania no sólo ha promovido la diversificación energética, sino que ha acelerado además los procesos de concesión de autorizaciones para proyectos de energías renovables. En este sentido, la propuesta presentada a finales del año pasado pretende impulsar los proyectos en renovables como de interés público superior. Un nuevo entorno con mecanismos renovados para poder afrontar en mejores condiciones el nuevo objetivo planteado por la Unión Europea de duplicar la producción de energías renovables para finales de esta década, situándose el consumo energético verde en el 42,5% en 2030, respecto del 21,8% que representaba en 2021 en la UE, según Eurostat.

Mientras la redefinición de alianzas energéticas termina de consolidarse, el auge en las renovables puede considerarse como el efecto más positivo de una geopolítica en transición que está redefiniendo los equilibrios de poder tanto en la dimensión digital, energética, comercial como de defensa.