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La última frontera. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

La carrera espacial, por dominar el espacio exterior, se ha convertido, desde el fin de la II Guerra Mundial, en uno de los objetivos más ambiciosos de todas las potencias.

Después de la II Guerra Mundial, durante la Guerra Fría, la URSS consiguió tomar ventaja frente a EEUU, poniendo el primer objeto en el espacio, con el Sputnik-1. También llevaron al espacio al primer ser vivo terrestre, la perra Laika, con el Sputnik-2, y, posteriormente, al primer ser humano, Yuri Gagarin, en 1961. Pero en 1969, EEUU dio un golpe sobre la mesa, llevando, con el Apolo XI, a los primeros hombres sobre el suelo lunar. La Guerra Fría termino en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y el capitalismo se estableció en prácticamente el mundo entero frente al comunismo.

El rápido crecimiento de China en las últimas décadas, ha llevado al gigante asiático a ocupar ese espacio dejado por la desaparecida URSS desde la caída de muro.

La República Popular China llegó tarde a la carrera espacial, en 1970 logró enviar el primer satélite artificial al espacio, el “Dong  Fang Hong 1”, pero no fue hasta más de 30 años después, en 2003, cuando consiguieron enviar al primer taikonauta al espacio a bordo de la nave “Shenzhou-V”. Este día, 15 de octubre de 2003, China se convirtió en el tercer país en enviar un hombre al espacio, tras EE.UU y Rusia. Diez años después, el 14 de diciembre de 2013, “Chang‘e – 3” consiguió aterrizar suavemente sobre suelo lunar, convirtiendo a China en un rival a tener en cuenta en la carrera espacial por parte de la Casa Blanca y el Kremlin.

Hoy en día, China es el segundo país con más satélites en el espacio, más de 300, por detrás de Estados Unidos.

A pesar de su tardía entrada en la carrera espacial y, de no haber formado parte de la Estación Espacial Internacional (ISS), China tiene, con su programa “Tiāngōng”, el objetivo de colocar una estación espacial completa y permanente para finales del año 2022; una base, habitable, que podría servir de catapulta para futuras expediciones a nuestro satélite, a Marte, o exploraciones del Sistema Solar. El gigante asiático, además, ha sido el único país que ha logrado aterrizar una nave en la cara oculta de la Luna, el 3 de Enero de 2019 y, tienen como objetivo, enviar una misión tripulada para el año 2024 y establecer una base lunar para el año 2030.

Pero con su programa espacial, los objetivos de China también son terrenales; con el fin de estrechar lazos políticos y económicos, en los años 2007 y 2008, China lanzó con éxito los primeros satélites de comunicaciones para Nigeria y Venezuela, una transferencia de tecnología e inversión de décadas a países en vías de desarrollo, así como cooperaciones y otras ayudas a gran parte de países de América Latina o con la SNSB sueca. Así mismo, el programa espacial chino no quiere depender de otros países y, ya están listos para poner en marcha su propio sistema de localización, Beidou, un sistema independiente al GPS americano o al sistema Galileo de Europa.

En junio de este año, China logró pulverizar el record de comunicación cuántica desde el espacio, un mensaje cifrado que es imposible de hackear y que tiene implicación geoestratégicas y de ciberseguridad. Otro gran avance independiente chino, ha sido el de su radiotelescopio FAST, uno de los más grandes del mundo que tiene como objetivo el descubrimiento de púlsares, el origen del Universo y avances en la Teoría General de la Relatividad. Pero no hace falta irse al espacio, la aerolínea china COMAC, tiene el objetivo de competir directamente con la americana Boeing y la europea Airbus.

El lanzamiento, el pasado 30 de mayo, del SpaceX, puso de manifiesto que, a pesar de los avances de China en las últimas décadas, EE.UU no va a quedarse atrás, de hecho, con su proyecto “Artemisa” tiene el objetivo de volver a la Luna para el año 2024 y, con el proyecto “Insight”, el objetivo de explorar el suelo de Marte para un futuro viaje. Su proyecto homólogo chino, la misión “Tianwen-1” tiene, también, como objetivo llevar al planeta rojo un rover y un orbitador; una nave que llegará a principios del año 2021.

China está empeñada en demostrar los avances de su tecnología convirtiéndose en el segundo país en pisar la Luna, y ser el primero en llegar al resto de planetas del Sistema Solar, pero China también tiene proyectos más allá de los confines de nuestro Sistema Solar; para el año 2049, cuando se cumplan los 100 años del nacimiento de la RPCh, esperan haber lanzado una sonda parecida a las “Voyager” que hayan llegado a los 100 UA (100 veces la distancia media entre el Sol y la Tierra), es decir, más allá de nuestro Sistema Solar.

La Luna está llena de minerales como el Hierro, Magnesio o Aluminio, el planeta rojo tiene sales, minerales y posiblemente agua, vital para la vida. El Universo está lleno de Nitrógeno, Carbono, Hidrógeno y, sobretodo, fuentes de energía inagotables como la posibilidad de que haya materia oscura, o la energía de las estrellas, no solo el Sol.

Una carrera espacial entre las grandes potencias del mundo por descubrir los secretos y misterios del Universo, una carrera por los posibles recursos y oportunidades que brinda el espacio exterior. Dominar y descubrir el espacio exterior será el último y más absoluto territorio que domine la humanidad.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

Compás de espera

Poco a poco. La Unión Europea va endureciendo sus posiciones frente a China pero procurando marcar distancias, al menos formales, con Estados Unidos, como parece exigir la tradición de unas élites políticas siempre tan necesitadas de los apoyos norteamericanos como de disimular esa dependencia con resentimiento ideológico.

Pero Bruselas no puede desconocer la realidad del gran proyecto chino, autoritario y liberticida, de exportar su modelo, instalarse como potencia mundial y despreciar casi cualquier norma internacional que choque son los intereses de su gobierno.

Pero, de momento se vive un compás de espera en el que se dan pequeños pasos y con mucha cautela. Las elecciones de otoño en Estados Unidos que determinarán si se mantiene el errático factor Trump durante cuatro años más aconsejan esperar y, a la vez, dar tiempo a comprobar qué mundo económico y geopolítico va dibujándose en la post pandemia, cuando esta llegue.

Mientras tanto, la situación política en Estados Unidos se degrada a caballo de los problemas raciales y del clima preelectoral, el coronavirus sigue incorporando factores de incertidumbre que dificultan los planes chinos a pesar de su propaganda y en Rusia, con grandes dificultades, Putin aprovecha cada hueco para tratar de consolidar su poder personal, recordar que Rusia sigue siendo una potencia imprescindible, sobre todo en Europa y Oriente Medio, y exigir sentarse en todas las mesas posibles. En fin, lo mismo de antes con factores nuevos y nuevos riesgos.

El petróleo de Arabia y Rusia. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

Durante los últimos meses, el precio del petróleo se ha desplomado, llegando a caer, desde principios de año, más de un 50%. El impacto del COVID-19 en la economía y la sociedad actual se nota en el mundo entero: aislamiento social y cuarentena, paralización del transporte aéreo, la menor demanda de viajes, tanto aéreo, terrestre como marítimo, el cierre de restaurantes y bares, e incluso caídas en las bolsas de todo el mundo y, caídas en los precios del petróleo provocados por la menor demanda a escala mundial.

Ante esta caída en los precios del petróleo a principios de año, provocada por la paralización de la economía mundial, a menos de 25$ por barril en pocos meses, los países miembros de la OPEP (Organización de los Países Exportadores de Petróleo) y otros exportadores de crudo, como Rusia, se reunieron a principios del mes de marzo, en la sede de la OPEP en Viena, para frenar este descenso en los precios mediante la reducción de la producción mundial y poder así compensar la oferta con la demanda del momento.

Arabia Saudí produce casi un tercio del petróleo de la OPEP y es el líder “oficial” de la organización y, su petrolera Aramco, la mayor empresa del mundo, tiene una capacidad instalada para producir más de 12 millones de barriles diarios (mbd) y, antes de la reunión en Viena, su producción no llegaba a los 10 millones de barriles diarios. Riad, aún tenía margen para aumentar su producción de crudo en algo más de 2 mbd.

El conflicto entre ambos países surgió cuando Rusia rechazó la propuesta de Arabia Saudí de reducir la producción de petróleo en 1,5 mbd durante todo el año 2020 para estabilizar la caída de precios por el brote del Covid-19. Después de esta reunión y, tras no llegar a un acuerdo, Riad elevo la producción de petróleo un 25%, hundiendo el mercado y haciendo que el precio del crudo se desplomara a poco más de $34 por barril. Una caída de más de un 30%. Además de este aumento en la producción, Arabia Saudí atacó a Rusia ofreciendo descuentos en sus barriles a Europa, Oriente Medio o Estados Unidos.

Esta guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia, sumado a la menor demanda mundial de petróleo, por el Coronavirus, han desplomado los precios del crudo en lo que llevamos de 2020, pero esta caída de precios también afecta a otros países dependientes de las exportaciones del oro negro; países como Irán o Venezuela, economías ya de por sí muy debilitadas por las sanciones de EE.UU, o países africanos como Sudan del Sur, Nigeria o Angola son totalmente dependientes de estas exportaciones y, si esta situación se alarga en el tiempo, podría tener consecuencias negativas sobre sus frágiles economías. Incluso empresas como la petrolera Pemex, de Méjico, con pérdidas en 2019 de más de 18.000 millones de dólares, podrían arrastrar al abismo la economía del país.

Pero, ¿por qué Rusia se ha negado a un pacto en la producción de petróleo para la estabilización de los precios?

Rusia es el segundo productor mundial de petróleo, seguido por Arabia Saudí, una reducción de su producción podría suponer el riesgo de ceder cuota de mercado a Estados Unidos, que es el primer productor mundial y abastece los mercados con petróleo de esquisto. Si Rusia reduce su producción de petróleo podría perder esa cuota de mercado que tiene, y sobre todo perder clientes del este de Europa como Bielorrusia o Polonia y también perderlos en Asia, como es China, Japón o Corea del Sur.

Además, un petróleo más barato dificultaría las inversiones en energías limpias y la llegada del coche eléctrico, un hecho que no busca ningún país de la OPEP, ni Rusia, y sobre todo, un petróleo tan barato pondría las cosas muy difíciles a aquellos países donde es más caro producir por el uso de técnicas como el fracking, por ejemplo Estados Unidos cuyo petróleo tiene un coste de extracción de aproximadamente $40, mientras que Arabia Saudí y Rusia lo producen, aproximadamente, a menos de $9 y 20$ respectivamente, por lo que podría ser una estrategia para ganar terreno al petróleo de esquisto de la Casa Blanca. Ante esta situación, no es de extrañar, que Donald Trump, comprara 77 millones de barriles para la Reserva Estratégica de Petróleo, una reserva para casos de emergencia que ya contaba con más de 635 mdb.

Quizás esta estrategia sea un contraataque del Kremlin para hacer frente a las sanciones impuestas por la Casa Blanca tras la anexión de Crimea en el año 2014 o por las ayudas ofrecidas a Bashar Al-Asad en Siria.

A pesar de que un petróleo barato podría afectar negativamente a Rusia, las pérdidas producidas por esta caída serían mucho mayores en Riad, donde una caída hasta los $20 supondría pérdidas de $148 mil millones, mientras que en el lado soviético serian de $108:


[Fuente: https://www.rystadenergy.com/ ]

Un escenario poco halagüeño para estas dos potencias.

A finales de marzo el precio del petróleo cayó hasta casi los $20 por la crisis del Coronavirus y por la guerra de precios entre Arabia Saudí y Rusia, lo que llevó al presidente americano, Donald Trump, a proponer a escala global un esfuerzo y reducir la producción para recuperar los precios, pero el Ministro de Energía ruso, Alexander Novak, explicó en un comunicado que los países están exentos de compromisos a partir del 1 de abril, fecha en la que los países productores tiene la oportunidad de determinar de forma independiente su producción de crudo, tras no llegarse a un acuerdo en la reunión en Viena.

A mediados del mes de abril, la OPEP+, decidió reducir su producción más de un 20% con la condición de la participación de México, que en un principio se negó a reducir su producción para intentar estabilizar los precios del petróleo, pero que finalmente también aceptó el acuerdo.  Durante este mes, debido al exceso de producción y a la nula demanda por el confinamiento, se temió que las reservas de EE.UU alcanzaran su máximo y que hubiera dificultades para el almacenamiento, lo que llevó al hundiendo el precio del petróleo WTI  llevándolo a precios negativos.

Una partida de ajedrez entre Rusia, Arabia Saudí y Estados Unidos de fondo, entre la OPEP y la OPEP+, una situación no deseada para el cartel, reducir la producción, pero muy beneficiosa para los importadores de petróleo y para China, que es el segundo  mayor consumidor de petróleo del mundo. Esta partida de ajedrez y los recortes en la producción afectarán negativamente a ambos países, el príncipe Mohamed bin Salmán, verá como su majestuoso plan “Visión 2030” de modernizar el país tendrá que ser retrasado o sufrirá recortes. Rusia dejará de ingresar más de 100.000 millones de dólares por el petróleo, y ha visto la devaluación de su moneda, el Rublo, caer hasta los 80 rublos por dólar y, por si fuera poco, debido a esto su PIB este año se contraerá más de un 5%. En cuanto a China, es un posible ganador de esta guerra, en el 2019 demandó más de 13 millones de barriles por día, el impacto del Covid-19 ha reducido esta demanda hasta los 10,27 mbd, provocado por la menor demanda de gasolina para transporte terrestre y aéreo por la menor venta de vehículos y menor número de viajes. China no volverá a alcanzar la demanda del 2019 hasta el cuarto trimestre del 2020, cuando se espera que alcance los más de 13.30 millones de barriles por día. Este menor precio del crudo podría seguir cayendo mientras dure el confinamiento, pero facilitará la reactivación de la economía china tras la crisis humanitaria provocada por el Covid-19.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madridd y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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Asia en COP25. Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz

El pasado mes de diciembre se celebró en Madrid, España, la Conferencia de las Naciones Unidas Sobre el cambio climático, COP25. La COP es el foro político anual más importante para hacer frente a los problemas climáticos y está formado por los países firmantes del Convenio Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

El cambio climático es un hecho que nadie puede negar: el deshielo y el aumento del nivel de mar, que cambiaría las corrientes oceánicas y haría desaparecer a ciudades como Venecia o Ámsterdam, el calentamiento global de tierras y océanos, que acabaría con la diversidad marina y provocaría la extinción de especies, huracanes más violentos o sequias extremas son solo algunos de sus efectos. El calentamiento global, acelerado por el comportamiento humano, ha provocado que la temperatura media de la tierra aumente 1ºC respecto a los niveles pre-industriales, En el acuerdo de Paris de 2015, COP21, los países firmantes acordaron mantener ese aumento muy por debajo de los 2ºC y hacer esfuerzos para limitarlo a 1,5ºC con respecto a los niveles pre-industriales. A día de hoy, y con los niveles de contaminación actuales, alcanzaremos los 1,5ºC en tan solo 20 años.

De los 5 países más contaminantes del mundo, 4 están en Asia: China (30%), India (7%), Rusia (5%) y Japón (4%), solo estos 4 países expulsan a la atmosfera casi la mitad del CO2 mundial, por lo que esta región juega un papel muy importante para la sostenibilidad del planeta.

Japón ha sido uno de los países más criticados por su dependencia del carbón y, tras el accidente de la central nuclear de Fukushima en 2011, el uso del  petróleo y carbón se han convertido en la fuente primaria de energía del país. Ante las críticas recibidas, el gobierno nipón se comprometió a reducir el uso del carbón hasta el 25% en esta década y, aumentar el uso de energía limpia del 15% al 24%. Además, el país del sol naciente, también se ha comprometido a tener ciudades de 0,00 emisiones para el año 2050, entre ellas están Tokio o Kioto. Japón depende de la compra de petróleo y gas del exterior y, la fabricación de centrales nucleares –ahora más seguras y resistentes- hará que no dependan tanto del petróleo árabe, por lo que, cumplir con sus objetivos, no solo beneficiara al medio ambiente y a la sociedad nipona, sino, también, a la economía del país.

La India podría ser uno de los países más afectados por el cambio climático, cuenta con más de 1.300 millones de habitantes, lo que supone alrededor del 20% de la población mundial y, solamente, tiene un 4% de las reservas mundiales de agua. Según un informe del Banco Mundial en 2016, la extracción de agua para uso agrícola se había multiplicado por 7 en los últimos 50 años, lo que ha provocado que muchos acuíferos se sequen. La India, como país en vías de desarrollo, cuenta con muchos derechos de emisión y critica a las regiones desarrolladas de no haber cumplido con el protocolo de Kioto. India es un país donde casi 300 millones de personas no tienen acceso a la electricidad, pero cuenta con uno de los proyectos de iluminación más grandes del mundo: invertir medio millón de euros en actualizar el alumbrado público a LED. Con este proyecto se espera que la demanda de electricidad en la India se reduzca 20.000 megavatios y reducirá las emisiones de CO2 en 80 toneladas anuales, o lo que es lo mismo, ahorrará 6.200 millones de euros al año. Además, la empresa EDF renovables ha desarrollado proyectos solares en el país, 4 plantas solares de 207 MW de capacidad instalada en los estados de Rajasthan, Uttarakhand y Madhya Pradesh.     En el año 2018, India invirtió más de 15 mil millones de dólares en energías renovables, menos del 1% de su PIB, pero se espera que para el año 2032, el 40% de la energía provenga de combustibles no fósiles.

Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de Rusia han aumentado un 1% anual en los últimos 5 años. El país más grande del mundo ha emitido 0,46 toneladas de CO2 a la atmosfera por persona en el 2018, una cifra  que duplica a la de Alemania a pesar de que su PIB es la mitad. Recientemente, Rusia ratificó el acuerdo de Paris, comprometiéndose, así, con el cambio climático y a mantener el calentamiento global por debajo de los 2ºC. Rusia es uno de los países que más electricidad consume del mundo, a partir del carbón y petróleo, pero dispone de una vasta extensión de terreno perfecta para la energía solar y eólica. Rusia quiere instalar en la región de Murmansk un parque eólico que suministrará 750 GW/h al año, un proyecto que ahorrara  600.000 toneladas de CO2 en la atmosfera y será el más grande de Rusia. Desde que se dio comienzo al “Programa de apoyo a las energías renovables” en el año 2013, el país ha conseguido atraer 9.200 millones de euros que se han destinado a energía solar, eólica o proyectos de generación de energía mediante la quema de residuos y se espera que el coste de producir energía limpia se equipare a la energía convencional en esta década. Por último, el país espera construir de aquí al año 2024, 210 complejos para el tratamiento de residuos, con lo que se espera organizar el 60% de los residuos que genera todo el país y tendrá un coste de 78.000 millones de Rublos.

China es el país más contamínate del mundo, emite, aproximadamente, el 30% de todo el CO2 mundial a la atmosfera. El pasado mes de noviembre Xi Jinping y Emmanuel Macron calificaron de “Proceso irreversible” el acuerdo de Paris sobre el cambio climático y, exigieron a los países desarrollados a invertir 100.000 millones de dólares anuales de aquí a 2025 para financiar estas acciones. En el año 2017 el 58% de la energía en China provenía del carbón pero, se espera que para el año 2040, esta cifra baje al 32%.

A pesar de sus altos niveles de contaminación, China se ha convertido en el mayor inversor del mundo en eficiencia energética:

[Fuente: IEA World Energy Investment 2019]

China se ha convertido en un importante mercado para la energía fotovoltaica, en el desierto del Gobi y, se espera, que para el año 2030 aumente su consumo de energía no fósil en un 20%. Por último, se espera que para este año 2020 la energía hidroeléctrica instalada alcance los 340GW y la eólica y solar los 230GW y 250GW respectivamente y, se estima que seguirá creciendo en los próximos años debido al compromiso del país con los GEI. Queda añadir que, China, tiene el mercado más grande de coches eléctricos del mundo, en el año 2018 se vendieron más de 1.100.000 vehículos eléctricos, cifra similar a las ventas totales de coches en Mexico y, superando con holgura, las ventas totales en todo el continente africano. Las emisiones de China per cápita en el 2018 fueron de 0,5 toneladas, una cifra muy próxima a la de Rusia a pesar de que su población y PIB es muy superior. Cabe destacar que, China es el país más contaminante del mundo, pero es el país analizado que más ha disminuido sus emisiones de CO2 per cápita en la última década:

[Tabla 1. Emisiones de CO2 totales y per cápita en el año 2018 Vs 2008. Fuente: Datosmacro.com]

A pesar del incidente en la central de Fukushima en 2011, solo Japón ha conseguido, tras el COP21 en París, reducir sus emisiones totales de CO2, siendo estas, en 2008, de 1.213.496 Kts.

La transición de los combustibles fósiles a la energía limpia o verde no es fácil, requiere tiempo, investigación y dinero. Esta transición podría hacerse más rápidamente en las economías avanzadas, pero, las economías en desarrollo aun necesitan de estos combustibles para su desarrollo. Los países hacen esfuerzos para esta transición, pero no será rápida, ni fácil, el principal problema radica en saber si la tierra podrá aguantar hasta que llegue esta transición y dejemos de depender de ellos.

Los próximos años serán cruciales para controlar los gases de efecto invernadero, que alcanzaron el record en el año 2018 y cada año matan a 8,3 millones de personas en todo el mundo, sobre todo en India y China.

Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

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@angelenriquezs

INTERREGNUM: No es sólo Irán. Fernando Delage

En 2016, Donald Trump se presentó como candidato a la presidencia de Estados Unidos prometiendo que sacaría al país de las guerras de Oriente Próximo. Instalado en la Casa Blanca, no tardó en abandonar el acuerdo nuclear con Irán, e imponer a este último duras sanciones económicas. Trump intentó reducir la presencia norteamericana en la región haciendo de Israel y de Arabia Saudí—coincidentes ambos en su hostilidad hacia Teherán—los instrumentos centrales de defensa de sus intereses. Lo inviable de dicha política acaba de ponerse de manifiesto: con el asesinato del general Qassem Suleimani en Bagdad la semana pasada, Washington abre un nuevo escenario de conflicto, cuyas implicaciones no se limitan sin embargo a esta parte del mundo.

Los analistas especulan sobre las posibles represalias del régimen iraní. Pero quizá tenga mayor interés examinar el margen de maniobra con que cuenta Estados Unidos para responder, a su vez, a las reacciones de Teherán. Irán actuará de manera gradual, asimétrica y con un claro objetivo a largo plazo: la completa expulsión de Washington de Siria e Irak. La influencia adquirida por Teherán en la zona—una de las consecuencias de la invasión norteamericana de Irak en 2003—permite a sus autoridades dictar el ritmo, alcance y localización de toda escalada de manera precisa. Irán puede navegar los vericuetos de Oriente Próximo con una considerable libertad de acción, mientras que Estados Unidos parece haber perdido la que tuvo durante décadas. Pues no se trata de capacidades militares—terreno en el que nadie puede competir con Washington—sino de un juego que se desarrolla en un tablero más amplio, y en el que participan otras grandes potencias.

Mientras Trump ha abierto el camino que puede conducir a una nueva guerra en Oriente Próximo, Kim Jong-un puede reanudar sus ensayos nucleares y continuar ampliando su arsenal. China y Rusia, por su parte, observan con satisfacción este intento de demostración por Washington de su poder como lo que es en realidad: una prueba de desorientación estratégica que continúa minando su posición geopolítica. Motivado por la prioridad de su reelección, Trump intenta crear las circunstancias que le sirvan de apoyo en el caso de una confrontación directa con Irán. Pero 2019 terminó con la realización en el golfo de Omán, del 27 al 31 de diciembre, de los primeros ejercicios navales conjuntos en la historia de Irán, Rusia y China; una iniciativa que lanza a Washington el claro mensaje de que Teherán no está solo y cuenta con poderosos socios. Irán se afirma como potencia regional, Rusia confirma su regreso como actor relevante en Oriente Próximo, y China revela las capacidades navales que sustentan la ampliación de sus intereses geoeconómicos.

La advertencia de que una guerra con Irán implicaría a China y Rusia—haciendo de la muerte de Suleimani un nuevo Sarajevo—puede resultar un tanto exagerada. Pero no lo es el hecho de que, sumando a su enfrentamiento con Pekín y Moscú, un choque con Teherán, Washington está propiciando la formación de la Eurasia menos conveniente para sus intereses. En el contexto de vulnerabilidad política propio de un año electoral, una “alianza” China-Rusia-Irán no sólo puede hacer inviable una política norteamericana de embargo de recursos energéticos, sino acelerar la construcción de un espacio euroasiático integrado en el que Estados Unidos puede quedarse fuera de juego.

China, petróleo y Venezuela. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- China ha invertido enormes cantidades de dinero en Venezuela. De acuerdo con el Atlantic Council esta cantidad asciende a cerca de unos 67 mil millones de dólares en distintos fondos y proyectos. Indudablemente Beijing ha visto potencial en la nación con las mayores reservas de petróleo del mundo, pero también hay que reconocer que fue el mismo Hugo Chávez quien viajó en varias ocasiones a China, en la primera década del siglo, para reunirse con su homólogo y explorar mayores y más profundas relaciones entre ambos países.

4Asia asistió la semana pasada a la discusión sobre China, petróleo y Venezuela organizada por el Atlantic Council, y tuvo oportunidad de conversar directamente con algunos de los expertos invitados. Tal fue el caso de la profesora Ann Lee -reconocida internacionalmente como una autoridad en las relaciones económicas china, egresada de la escuela de negocios de Harvard.

Lee afirma que “Las relaciones entre Venezuela y China antes de la llegada al poder de Chávez eran casi inexistentes. En efecto, los intercambios económicos suponían alrededor de 500 millones de dólares. Pero a partir de 1999 y hasta el 2013 esas relaciones crecieron exponencialmente. Fue el mismo Chávez quién viajó en múltiples ocasiones a China para cortejar a los chinos y establecer relaciones económicas y diplomáticas, e incluso en busca de ayuda militar para poder librarse de los estadounidenses”.

Chávez muere, pero en ese momento ya los chinos tenían interés y negocios en Venezuela y habían invertido en diferentes áreas: construyeron una fábrica de teléfonos móviles, ayudaron a Venezuela a lanzar un satélite y en diferentes proyectos de viviendas, así como proyectos mineros. Los chinos no imponen su modelo en ningún país, sostiene Lee, por eso hacen negocios con dictadores africanos o líderes democráticos. Para ellos la ideología no tiene que ver hacer nada con los negocios.

Lee afirma que la prioridad de Beijing es asegurarse su crecimiento, pues todavía tienen unos 500 millones de personas en situación de pobreza, y para poder sacarlos de esta tienen que seguir creciendo económicamente. Visualizan como ideal un escenario de paz y estabilidad internacional como el más favorecedor para sus intereses. Es lo que está haciendo Beijing a través de la Ruta de la Seda; mientras ellos crecen, ayudan a crecer al resto de las naciones. Las ambiciones políticas chinas están atadas a sus ambiciones económicas, enfatiza Lee.

 China no quiere intervención extranjera en sus asuntos internos. Un buen ejemplo es Taiwán o Hong Kong, razón por la cual apoyan a Maduro. Beijing percibe a Washington como violador de la soberanía venezolana al meterse en los asuntos internos de ese país, afirma Lee.

El 60% del total de los créditos que China ha otorgado en Latinoamérica y el Caribe han ido a Venezuela de acuerdo con el Atlantic Council. Sin embargo, casi todos los créditos fueron dirigidos a entidades gubernamentales, no fueron a la industria petrolera venezolana, lo que es parte del problema hoy, que se abandonaron los trabajos de mantenimiento de los equipos según Francisco Monaldi, experto en energía y petróleo y profesor de la Universidad Rice en Texas.

En cuanto al sector petrolero, hoy día en Venezuela los actores internacionales presentes en ese campo son tres: Rusia con unas 254 firmas y empresas en el área; China con 294 consultoras y empresas operando en terreno, y Estados Unidos, con menos presencia cada día. Un país en el que su principal industria registrará perdidas por orden de 1.900 millones de dólares por la venta o descuentos que ha tenido que hacer para eludir las sanciones estadounidenses, según Monaldi, lo que se traduce en una contracción de la economía venezolana en 39,9% en el 2019 respecto al 2018, y una disminución del PIB del sector petrolero del 18,7% según Ecoanalítica.

La profesora Lee es contundente en cuanto a la razón por la que Beijing tolera la ignorancia y la incompetencia de Maduro: es porque ellos fueron también incompetentes y pudieron cambiar. A Maduro lo están ayudado con ayuda humanitaria sin pedir pagos a cambio. Así mismo, afirma que el hecho de que Washington siga siendo el proveedor de equipos militares de Taiwán motiva a Beijing a quedarse cercano a Maduro, debido a que Venezuela es el patio trasero de los Estados Unidos, como una estrategia geopolítica.

China no apoyará a un tercer candidato cuándo Maduro ha sido elegido libremente, afirma Lee. Los chinos considerarían eso como intervención en asuntos venezolanos. Si el gobierno de Maduro -apunta- invitara a China a una mediación, Beijing lo haría si (y solo si) contara con el acuerdo de Washington, pues saben que si Estados Unidos no está de acuerdo, no se materializará.

Carrie Filipetti, asistente a la secretaría de Asuntos Occidentales del Departamento de Estado, precisó que China usa repetidamente la palabra neutralidad para referirse a los asuntos internacionales. Sin embargo, apuntó que no es neutralidad mantener silencio ante las atrocidades de Maduro, eso se llama complicidad. Particularmente, hay complicidad cuando el régimen es ayudado con sistemas de monitoreo vendidos por China, explicó. Y también hay complicidad cuando se usan los sistemas multilaterales para su sobrevivencia.

¿Hacia un tratado nuclear a tres?

El presidente Donald Trump ha insistido en las últimas horas en la necesidad de un acuerdo nuclear a tres (con Rusia y China) que, en su opinión, daría estabilidad y sentaría las bases para un reordenamiento de los grandes conflictos actuales.

Rusia hace tiempo que acepta sentarse a hablar de esta posibilidad, aunque ha puesto condiciones relacionadas con Ucrania y Oriente Medio y China ha admitido que este asunto fue abordado en los últimos encuentros para buscar un acuerdo comercial con Estados Unidos. Un acuerdo como este significaría la consagración de China como potencia y socio mundial de las dos grandes potencias nucleares, aunque a falta de esa consagración, el gobierno de Pekín hace tiempo que viene ejerciendo como tal.

Sin embargo, Washington y Moscú tienen que despejar antes una incógnita al respecto de los viejos acuerdos para la contención nuclear. El Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START III), que Moscú y Washington suscribieron en 2010 y que vence el 5 de febrero de 2021, es el único tratado de limitación de las armas estratégicas ofensivas que queda vigente entre Rusia y Estados Unidos y, aunque Rusia ha mostrado su disposición a renovarlo, la Administración estadounidense todavía no ha anunciado si planea prorrogarlo. El pasado 31 de julio, el entonces asesor de Seguridad Nacional del presidente de EEUU, John Bolton, declaró que es poco probable que el START III se prorrogue porque tiene “defectos”.

En cualquier caso, un acuerdo así necesitaría acuerdos sobre esferas de influencias (de ahí que Moscú ponga Ucrania sobre la mesa) y ahí entraran, además, el Báltico, el Mar Negro, y Oriente Próximo, pero también Corea y Asia Pacífico.

El test turco

La decisión de EEUU de retirar las tropas desplegadas en Siria, en un sector del norte de Siria a lo largo de la frontera de Turquía, abandonando a tropas de la coalición sirio-kurda aliada de Washington revela en toda su crudeza el laberinto de Oriente Medio y sus contradicciones. Turquía quiere ocupar esa zona y desarmar a las milicias kurdas que podrían amenazar su territorio y EEUU ha pactado con Ankara dejarle vía libre a cambio de concesiones militares.

La situación no es simple. Entre las unidades kurdas hay contradicciones y ha habido enfrentamientos militares, ya que algunas provienen del viejo PKK, la organización comunista kurda dirigida en el pasado por Okhalan y en tiempos aliada de Rusia. El PKK es responsable de atentados terroristas en Turquía y representa un riesgo, no sólo para este país sino para la zona y para las instituciones kurdas asentadas en Irak y en Siria. Principalmente contra estos grupos está pensada la operación ya preparado por Turquía y que Ankara anuncia como inminente. Estados Unidos ha filtrado que se ha asegurado con las autoridades turcas la limitación de la intervención militar a las milicias relacionadas con el PKK.

Turquía es un país de la OTAN y su unidad nacional y su supervivencia como aliado son consideradas estratégicas por Occidente desde hace décadas. Su control de las salidas y las costas del Mar Negro y de las cabeceras hidráulicas del Tigris y el Éufrates lo explican.

Pero, a la vez, Turquía ha girado y establecido acuerdos con Rusia para colaborar en Siria. Entre esos acuerdos está la instalación en territorio turco de sofisticados sistemas rusos que, para actuar, necesitarán coordinación técnica con Turquía que, por ser miembro de la OTAN, posee los códigos de identificación amigo-enemigo de los cazas occidentales, un tesoro para los rusos.

No se conoce el acuerdo turco-estadounidense para dejar manos libres a Turquía en el norte de Siria, pero seguro que el asunto de los misiles rusos habrá estado sobre la mesa y probablemente EEUU habrá obtenido alguna garantía. Pero habrá que verlo. El test turco es el de todo Oriente Medio.

Trump quiere otro acuerdo, con China incluida

La salida de EEUU del acuerdo INF sobre misiles con Rusia va más allá de una ruptura que podría significar una vuelta a la guerra fría. Este último, por otra parte, es un concepto simplista, tópico y sin mucho significado. Hoy el mundo es distinto, hay más protagonistas en la escena internacional y los de antes tienen distintas capacidades y retos completamente diferentes.

Para nadie es un secreto que Rusia está redimensionando sus fuerzas armadas, reforzando sus capacidades convencionales y explorando avances en nuevas tecnologías y entre ellas nuevos misiles de mayor alcance y mayores capacidades de evasión de radares y sistemas contramisiles.

Pero es importante subrayar que Donald Trump no se ha limitado a denunciar el nuevo tratado por incumplimiento de Rusia, sino que, a la vez, propone un nuevo acuerdo con términos más acordes con la situación geoestratégica actual y al que se incorpore China. Este elemento es clave.

Trump quiere enviar una señal de que la disputa comercial va por un lado y las preocupaciones por la seguridad deben ir por otro. Por otra parte, EEUU quiere explorar las contradicciones entre Rusia y China, a pesar de sus gestos de acercamiento, y no perder iniciativa. Y, en tercer lugar, el acuerdo roto con Rusia ya apanes tenía virtualidad con la tecnología actual, la aparición de nuevos focos de inestabilidad y recalentamiento de viejos conflictos y la emergencia de China en pleno programa de imponer mayor presencia en su entorno y en erigirse en potencia regional única con intereses globales.

Interregnum: El supercontinente euroasiático. Fernando Delage

Gobiernos y expertos del mundo entero continúan inquietos—y fascinados a un mismo tiempo—por la iniciativa de la Ruta de la Seda china (BRI); un plan con el potencial de acabar con el eje euroatlántico como pilar central de la economía global, y con el liderazgo marítimo de Estados Unidos en Asia oriental. Pero las estrategias de este alcance suelen tener antecedentes: más que responder a un proyecto previamente elaborado, son la suma de una serie de variables que, en un momento determinado, dan coherencia a objetivos dispares. Y aunque es cierto que este proyecto aspira a situar a China en el centro de una Eurasia integrada, la República Popular no es la única causa.

La creciente interdependencia de la mayor masa continental del planeta era, en efecto, un proceso ya en marcha antes de que, en septiembre de 2013, Xi Jinping pronunciara en Kazajstán su ya famoso discurso sobre la revitalización de la Ruta de la Seda. Si las reformas económicas chinas supusieron un primer giro en la transformación de la dinámica euroasiática, la implosión de la Unión Soviética y la ampliación en dirección oriental de la Unión Europea contribuyeron igualmente a superar las barreras políticas que habían obstaculizado las interconexiones en un espacio carente de obstáculos geográficos. La crisis financiera global y el cambio en la relación de Rusia con Occidente tras el conflicto de Ucrania aceleraron ese proceso, que BRI no hace sino maximizar en beneficio de China, por su situación geográfica y por sus imperativos de crecimiento y de seguridad.

Aun así, los elementos geoeconómicos y geopolíticos no sirven para explicar en su totalidad este fenómeno de la reconexión euroasiática. Como analiza en profundidad Kent Calder, profesor de la Johns Hopkins University en Washington, en un libro de reciente publicación (Supercontinent: The logic of Eurasian integration, Stanford University Press, 2019), hay otros tres relevantes factores que también explican este resultado. El primero de ellos es la energía: la cercanía entre grandes productores (Rusia, Asia central y Golfo Pérsico) y grandes consumidores asiáticos (China, India, Corea y Japón) ha desatado una red de relaciones sin precedente. El segundo es la revolución logística: la aplicación de la tecnología digital al transporte y distribución en la era del comercio electrónico ha simplificado de manera extraordinaria los procedimientos, y reducido de manera exponencial los costes, acelerando igualmente las interconexiones. La existencia de nuevas fuentes de capital—a través de instrumentos creados para superar el déficit de infraestructuras, como los bancos multilaterales creados por China—hacen de las finanzas el tercer factor creador de esta Eurasia en formación.

La dinámica de los mercados, y las estrategias de las empresas multinacionales—de China y Europa en especial, cada vez más cerca al moverse en cada una de ellas el centro de gravedad de las cadenas de producción y distribución: en la República Popular hacia sus provincias occidentales, y en Alemania hacia Europa del Este—se solapan así con las prioridades de crecimiento de los gobiernos. Es una dinámica que, a su vez, amplifica los intereses y ambiciones políticas de las potencias emergentes, alterando así el tablero global.

Éste es el gran desafío histórico que afronta Occidente. Estados Unidos, que no está físicamente en Eurasia, rechazó bajo la administración Trump la mejor arma de la que disponía para influir en esta reconfiguración de los equilibrios euroasiáticos: el Trans-Pacific Partnership, o TPP. Intenta ahora inútilmente—porque provocará lo contrario—frenar la autosuficiencia comercial y tecnológica china. El refuerzo de sus capacidades militares en el Pacífico Occidental y en el océano Índico tampoco servirá para contrarrestar su pérdida de liderazgo, pues no es en ese terreno donde se juega la redistribución de poder en curso. Europa, gigante industrial junto a China en Eurasia, se sitúa para aprovecharse de las oportunidades económicas, pero no parece preocupada por su marginalidad estratégica. (Foto: Akshay Upadhayay)