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INTERREGNUM: ¿Burbuja asiática? Fernando Delage

El ascenso de Asia, con China al frente, es la gran historia económica y geopolítica de nuestro tiempo. Multitud de trabajos han estudiado las causas e implicaciones de una transformación que está alterando la distribución de poder en el planeta, y cuya continuidad también parece asegurada según informes de referencia. El Banco Asiático de Desarrollo, por ejemplo, estimaba hace unos años que, hacia 2050, Asia representaría el 52 por cien del PIB global y recuperaría así la posición central que ocupó hace 300 años, antes de la Revolución Industrial.

¿Podría estar ocurriendo, sin embargo, que esa fase de crecimiento esté llegando a su fin? La práctica totalidad de los gobiernos de la región afrontan unos desafíos de considerable magnitud: pronunciados desequilibrios demográficos; sistemas políticos que no han evolucionado al mismo ritmo que la economía; expectativas sociales a las que las autoridades no han podido responder; una desigualdad en aumento; un modelo económico orientado al exterior que se ha visto afectado por los cambios estructurales en la globalización y la rivalidad China-Estados Unidos; la destrucción medioambiental; o el impacto de la automatización y la revolución tecnológica. Y a todos ellos se suma la destrucción ocasionada por la pandemia, de un alcance aún incierto pero demoledora para los países más vulnerables.

El examen de estas variables es el objeto de un reciente libro de Vasuki Shastry, un periodista de origen indio con una larga experiencia profesional en el FMI y en el sector financiero privado.  Has Asia lost it? Dynamic past, turbulent future (World Scientific, 2021) es un retrato del continente que se aleja de las más frecuentes perspectivas macro para contar desde el terreno la percepción de aquella parte de la población que no parece haberse beneficiado del “milagro asiático”. Es la tesis de Shastry que el crecimiento de Asia se debió a la conjunción de unos factores económicos y políticos que se mantuvieron durante cinco décadas, pero difícilmente se prolongarán en el tiempo. Y su mayor preocupación es que las ganancias de ese crecimiento, especialmente a lo largo de los últimos años, se han concentrado en las elites políticas y empresariales, privando a los más jóvenes de oportunidades para su movilidad social.

El desarrollo de Asia carece de precedente en el mundo posterior a 1945. Más de 1.500 millones de personas han abandonado la pobreza en una generación. La tarea permanece sin embargo incompleta, como revela el índice de Desarrollo Humano de la ONU: en la edición de 2019, India ocupaba el puesto 129, Filipinas el 106, Vietnam el 118, Indonesia el 111, y Bangladesh, Pakistán y Myanmar aún por detrás. Es un índice que, al contrario de aquellos otros que se limitan a medir el aumento del PIB, refleja el verdadero estado de salud de una nación. Y lo cierto es que mientras Asia sigue siendo objeto de admiración por su crecimiento económico, se presta escasa atención al limitado desarrollo institucional de sus Estados y a los insuficientes mecanismos de protección social.

En un libro que combina el rigor de un estudio académico con la inmediatez del reportaje, el autor pasa revista a ese conjunto de retos que afrontan las naciones asiáticas en desarrollo y que les impiden alcanzar a sus vecinos más ricos (Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur). La trampa de los ingresos medios no es sólo una advertencia de los economistas, es también una barrera social que puede neutralizar las proyecciones estimadas para la región. Shastray ha escrito un saludable correctivo al hiperoptimismo sobre Asia, que constituye al mismo tiempo una detallada radiografía de los problemas a corregir. (Foto: Flickr, thetaxhaven)

INTERREGNUM: Tras las elecciones en Taiwán. Fernando Delage

En 1996, ante las primeras elecciones presidenciales directas en Taiwán, las presiones belicistas de China condujeron al resultado que Pekín pretendía evitar: la victoria de Lee Teng-hui, candidato del Kuomintang, quien se convirtió en el primer líder de Taiwán nacido en la isla. Casi 25 años más tarde, la historia se repitió: la presión de la República Popular se ha traducido en la reelección el 11 de enero—por una rotunda mayoría—de Tsai Ing-wen, del proindependentista Partido Democrático Progresista, pese a los sostenidos esfuerzos por debilitarla desde 2016. La derrota es esta vez mayor para Pekín, pues no se ha limitado a lanzar advertencias de carácter militar. Los incentivos económicos y las campañas de desinformación en las que se ha volcado tampoco han servido para que los taiwaneses se sitúen a su favor.

Los acontecimientos en Hong Kong han sido otro factor decisivo durante la campaña electoral, al poner de relieve lo que significa la fórmula “un país, dos sistemas” propuesta por Pekín. Con todo, la verdadera cuestión de fondo es que tres décadas de democratización han alejado cada vez más a Taipei de la República Popular. Los jóvenes taiwaneses no han conocido otro sistema, y no están dispuestos a renunciar a sus libertades. Las elecciones del sábado pasado, convertidas en un referéndum sobre la identidad política de la isla, confirmaron de este modo la insuperable división entre ambos lados del estrecho.

El problema es que, sin Taiwán, el proyecto nacionalista del Partido Comunista Chino permanece incompleto. Y para el actual secretario general, Xi Jinping, prevenir la independencia—en otras palabras, mantener el statu quo—no es suficiente. Hace ahora un año, Xi advirtió que la separación “no puede mantenerse generación tras generación”. El presidente chino ha exigido pasos concretos hacia la reunificación, vinculando de este modo su propia legitimidad como gobernante a la consecución de avances en dicha dirección. Puesto que la reelección de Tsai confirma tanto lo inviable de una reunificación pacífica como el fracaso de la estrategia seguida hasta ahora por Pekín, las opciones se complican sobremanera para Xi.

Las decisiones de Pekín crearán en cualquier caso un dilema a Washington, que no dudó en apoyar la candidatura de Tsai, haciendo de la política interna taiwanesa otro elemento de tensión en las relaciones China-Estados Unidos.  Una intervención militar de Pekín no parece plausible por sus consecuencias, pero sí cabe prever que las autoridades chinas redoblen la presión, recurriendo a todo tipo de instrumentos contra el gobierno de Tsai. Lo que significa que la Casa Blanca se verá obligada a responder de manera más directa a las acciones chinas si se quiere mantener el statu quo. Taiwán se convertirá así en una prueba de la capacidad norteamericana de desarrollar los recursos económicos, diplomáticos y políticos necesarios para contrarrestar la creciente influencia china en la región del Indo-Pacífico. En un contexto de enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la evolución del problema de Taiwán será una clave decisiva.

Taiwán grita Sí a la democracia, No a China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Taiwán, una vez más, da  ejemplo de valores congruentes con la democracia y la libertad. La masiva confluencia a los centros electorales es la prueba de que la mayoría del pueblo taiwanés quiere mantener su estatus democrático, así como el apoyo al Partido Progresista (DPP por sus siglas en inglés) muestra que la mayoría de los taiwaneses poseen una identidad propia y que no quieren formar parte de China.

Tsai Ing-wen fue reelegida presidente de la isla después de haberla liderado por cuatro años. Y pese a los problemas que enfrentó durante su legislatura, cuando su popularidad cayó considerablemente, consiguió hacerse con la presidencia nuevamente. Su contrincante, Han Kou-yu, el candidato del partido conservador Kuomintang (KMT por sus siglas en inglés),  se inclinaba por la reunificación de Taiwán con China.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China les ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha sus favores económicos a otras naciones para pedir el no reconocimiento de Taipéi como ente internacional.

Xi Jinping, hace tan sólo un año, afirmó en un discurso que la reunificación de Taiwán con China es inminente. Pero cuanto más ha amenazado Beijing, más dura y consistente ha sido Tsai con sus promesas. Y su determinación se ha visto compensada con más de 8.1 millones de votos representando así más del 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente.

Tsai ha capitalizado cada amenaza china en su beneficio, como el uso de la fuerza militar de ser necesario, para la “imperativa necesidad” de la reunificación de Taiwán a la península. Esta líder ha solidificado los valores identitarios de los ciudadanos como taiwaneses, y no chinos. Ha enfatizado el carácter democrático de Taiwán. Ha despertado un sentir en los jóvenes taiwaneses, quienes no se sienten chinos, y quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad.

4Asia fue invitada por la representación diplomática de Taipéi en Washington al recuento de los resultados electorales y a la discusión de un panel de expertos que analizaron las elecciones presidenciales legislativas de la isla. El Dr. Richard Bush -un respetado experto en China, con una larga lista de trabajos y libros publicados, y miembro del Brookings Institute, afirmó que “La reelecta presidente tiene un gran reto por delante. Un panorama muy complicado. Lo que viene no es fácil. No es casual que en su discurso de victoria dijera lo importante que es reunificar a la sociedad taiwanesa para poder seguir adelante”.

Mientras que Bonnie Glasser -otra experta en China, directora para del Proyecto sobre el poder de China en CSIS, uno de los think tank más influyentes en Washington- se centró en Beijing y lo poco exitoso que han sido en intimidar a Taiwán. “Es muy interesante ver la falta de influencia que Beijing ha tenido. Los esfuerzos de Beijing han fracasado en acabar con Taiwán”.

Así mismo Glasser insistía en lo importante del KMT -partido de oposición- para los Estados Unidos, la oposición es necesaria en democracia, a pesar de ser aliados de Beijing. Y así China no puede alegar que no tiene con quien hablar en Taiwán.

INTERREGNUM: Hong Kong, seis meses después. Fernando Delage

Seis meses después del comienzo de las protestas en Hong Kong, la administración norteamericana ha optado por involucrarse de manera directa. Pese a las dudas iniciales sobre si Trump daría el paso adelante—la tregua en la guerra comercial parecía prioritaria—, el presidente firmó la semana pasada la ley que ha aprobado el Congreso en apoyo a la democracia y los derechos humanos en el territorio. De conformidad con la misma, Estados Unidos puede revocar el estatus de su relación especial con Hong Kong—hasta ahora exento de los aranceles y sanciones económicas impuestas a la República Popular—si las autoridades chinas no respetan el ordenamiento jurídico y el sistema de libertades civiles de esta provincia semiautónoma.

La decisión de Trump complica aún más la ya tensa relación entre las dos mayores economías del planeta. El presidente Xi Jinping, que pese al tiempo transcurrido no ha logrado poner fin a los disturbios, tendrá también que responder a la iniciativa legislativa norteamericana, adoptada sólo días después de las elecciones locales en Hong Kong, celebradas el pasado 24 de noviembre. Los votantes se pronunciaron de forma masiva en contra de los candidatos pro-Pekín, confirmando que—pese la creciente violencia y desorden en las calles—las protestas cuentan con un notable apoyo popular. Los resultados no deben sorprender, en efecto, cuando los habitantes de la ciudad ven sus libertades en peligro ante la retórica neo-maoísta y la política de mano dura de las autoridades chinas.

El presidente Xi se encuentra así ante el más grave desafío a su gobierno desde su llegada al poder en 2012, y no solo por sus efectos sobre Hong Kong. Las implicaciones de la movilización popular para Taiwán, cuya reunificación con el continente es una urgente prioridad para Xi, inquietan de manera especial a los dirigentes chinos. La crisis de Hong Kong se ha traducido en un considerable aumento de popularidad de la presidenta proindependentista de la isla, Tsai Ing-wen, quien—si, como se espera, logra un segundo mandato en las elecciones de enero—abrirá otro delicado frente para Pekín.

La democratización de Taiwán en los años noventa ha conducido a la formación de una identidad cultural y política propia—separada de la “china”—, de la misma manera que sus valores políticos y Estado de Derecho también hacen que los hongkoneses perciban su sociedad como diferente de la del continente. El desarrollo de una identidad democrática en Taiwán y en Hong Kong constituye una doble amenaza para el Partido Comunista Chino. Por un lado, desafía el concepto de una única nación y cultura china mantenido por Pekín. Por otro, erosiona esa combinación de confucianismo, maoísmo y nacionalismo que justifica su monopolio del poder. Taiwán y Hong Kong ofrecen un modelo alternativo chino de modernidad.

También representan, en consecuencia, una presión añadida sobre el futuro de Tibet y Xinjiang, provincias cuya identidad cultural y religiosa está sujeta a la represión de los dirigentes de Pekín. Setenta años después de su fundación, la República Popular no ha terminado de construir por tanto la China a la que aspira. Lo que es más grave, los problemas en la periferia podrían algún día extenderse al centro. Una identidad construida sobre el discurso del rejuvenecimiento nacional y la recuperación de los territorios perdidos (el “Sueño Chino” de Xi), está llamada a chocar con otras basadas en valores políticos y culturales distintos. ¿Le bastará al Partido Comunista con el uso o amenaza del uso de la fuerza como medio principal para asegurar su legitimidad?

INTERREGNUM: Hong Kong: Choque de identidades. Fernando Delage

Después de 13 fines de semanas consecutivos de protestas en la calle, seguidas de una creciente respuesta policial, la jefa del ejecutivo de Hong Kong, Carrie Lam, ha retirado de manera definitiva—como demandaban los manifestantes—el proyecto de ley de extradición. No era esa su única petición: la movilización reclama asimismo una investigación de las acciones de la policía e, incluso, reformas democráticas. La modesta concesión de Lam, que naturalmente sólo ha podido ofrecer con el visto bueno de Pekín, reduce de momento el riesgo de una intervención militar. Pero ni va a acabar con la inestabilidad ni puede contribuir a la resolución de los problemas de fondo.

En un momento crítico, marcado por la guerra económica con Estados Unidos y la cercana conmemoración, el 1 de octubre, del 70 aniversario de la fundación de la República Popular, el presidente Xi Jinping afronta su mayor crisis política desde que ascendió al poder a finales de 2012. Aunque los dilemas que plantea Hong Kong al gobierno chino son de muy diversa naturaleza (las quejas sobre el estado de la educación, la sanidad o el precio de la vivienda, entre otros, no son menos relevantes que la tensión política), lo que tienen en común todos ellos es la difícil coexistencia de dos comunidades con valores contrapuestos.

Pese a su reducida población, algo más de siete millones de habitantes, Hong Kong es un activo del que China no puede prescindir: su ordenamiento jurídico, sus hábitos de transparencia, sus instituciones financieras—su estatus diferenciado, en suma—, son un activo económico y de intermediación con el mundo exterior decisivos para Pekín. Acabar, antes de 2047, con la fórmula establecida en 1997—“un país, dos sistemas”—dañaría gravemente los intereses chinos. El margen de maniobra de sus gobernantes es por ello reducido.

La crisis apunta, con todo, a un fenómeno de creciente divergencia de identidades. Mientras la República Popular refuerza su sistema autoritario mediante un discurso de legitimidad histórica que hace inviable cualquier relato alternativo al construido por el Partido Comunista, los jóvenes de Hong Kong se sienten “hongkoneses” más que “chinos”. Educados en un entorno de libertades civiles, ven amenazados sus valores sociales, culturales y políticos por un sistema autoritario que interfiere cada vez en mayor grado en sus vidas. La interferencia en los medios de comunicación y redes sociales, la “educación patriótica” y otros instrumentos de propaganda en los que se ha volcado Pekín con gran empeño, han agravado, más que resuelto a favor de República Popular, la batalla por la definición de la nación china.

Al intentar evitar el uso de la violencia, cuyo coste político y económico le resultaría prohibitivo, es posible que China opte por una doble estrategia de hacerse con todos los órganos de decisión políticos y policiales del territorio, y—de manera más atrevida—intentar modificar la estructura demográfica fomentando la emigración a Hong Kong de residentes en otras zonas del país y así diluir la población “liberal”. No está claro, sin embargo, que esa política pueda dar sus frutos. No sólo porque el reconocimiento de unos derechos individuales son una ambición universal—por mucho que Pekín lo niegue—, sino porque la misma situación es que la que se da entre los jóvenes de otro cercano lugar: Taiwán. Las elecciones de enero en la isla—uno de los probables motivos de la “cesión” de Lam en Hong Kong—ilustrarán de nuevo que la legitimidad del Partido Comunista ya no depende del control de los territorios recuperados de las potencias imperialistas, sino del control de una única identidad china.

Entrevista a Yao-Yuan Yeh: ¿Corre Taiwán el mismo riesgo de Hong Kong? (1). Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Taiwán juega un papel clave en el escenario asiático, a pesar de su diminuto tamaño. Taipéi es un actor que influye significativamente en la seguridad y la evolución de las alianzas en la región de Asia Pacífico. Estados Unidos ha entendido bien ese rol desde el principio, razón por la que Washington ha seguido apoyando el estatus especial de Taiwán. Pero dado que China se ha vuelto cada vez más poderosa, el riesgo para los actores más pequeños ha aumentado también considerablemente.

Para profundizar en este asunto 4sia.es tuvo la oportunidad de entrevistar a Yao-Yuan Yeh, experto en asuntos asiáticos con especial énfasis en su país de origen, Taiwán, y quién comenzó por explicarnos que la visión que tiene el Departamento de Estado de China es de un solo país, de una única entidad. Saben que Taiwán es parte de China, por lo que frente a cualquier contencioso que surja entre Taiwán y Beijing, Washington entiende que debe ser solucionado por ellos, sin su intervención.

Sin embargo, agregó que el Departamento de Estado entiende el estatus especial que tiene Taiwán, y en efecto es muy importante para ellos que se siga manteniendo el mismo. “Estados Unidos no quiere generar presión que propicie un cambio la postura china con respecto a Taiwán, porque acabará siendo un problema para la región”.

Insistió en que Washington “continuará con una fluida y fuerte cooperación con Taiwán sin llegar a establecer una base militar o sistema defensivo de misiles, para evitar provocaciones innecesarias”.

China lleva años tratando de aislar a Taiwán en la escena internacional usando presión diplomática o cantidades enormes de dinero. Ha sido el caso en una gran cantidad de países africanos y latinoamericanos. Le preguntamos al Profesor Yeh que si Taipei tiene alguna estrategia para recuperar su protagonismo internacional.

“El problema de negociar con China es que nunca se sabe cuáles son sus intenciones reales cuando están negociando. Un buen ejemplo es el puerto de Sri Lanka que prácticamente fue vendido a Beijing”. “En nuestro caso -agrega el Profesor Yeh- “nunca hemos tenido la intención de hacernos con territorio ajeno, respetamos la legislación internacional, nuestras relaciones bilaterales están basadas en normas y leyes internacionales, mientras que China siempre pondrá sus intereses por encima de las normas. Sus intereses económicos dirigen sus relaciones y el país con quien están haciendo negocio nunca conocerá las intenciones reales de Beijing. Mientras que Taiwán entiende las relaciones a un largo plazo y buscamos hacer amigos, cuantos más amigos mejor, queremos pertenecer a organizaciones internacionales, convertirnos en un actor con presencia y voto”.

¿Cree usted que la confirmación del 19 de agosto de que el presidente Trump aprobaba la venta de Jets F-16V a Taiwán refleja un cambio de dirección en las relaciones bilaterales?

“Yo no creo que sea un cambio de dirección -afirma Yeh-; es una señal de nuestra relación de amistad de tantos años. Incluso durante la Administración Obama los lazos entre ambas naciones fueron muy cercanos”.

Según Yeh, Trump hace uso de una “diplomacia sexy” lo que significa que si alguien está en línea o consonancia con los intereses americanos Trump hará negocios con ellos.

“Taiwán necesita más armas, necesitamos dotarnos de más armamento para poder reducir el desequilibrio con China. Washington quiere que Taiwán pueda ser capaz de defenderse solo, que tenga más capacidad militar y defensiva frente a una posible agresión china. Por lo tanto, estamos en línea con los intereses estadounidenses”.

Insiste: “Yo diría que esta venta se traduce en una continuada relación de amistad, y que estamos moviéndonos a un mejor lugar, sin ser un nivel diferente”.

China está constantemente desplegando presencia militar en el Océano Pacífico, “incluso fuera de su jurisdicción, lo que es una potencial amenaza para Taiwán, así como para otros países ¿Cómo está abordando Taiwán este desafío militar?

“Taiwán tiene una capacidad militar muy fuerte, aunque obviamente no podemos compararla con la estadounidense o la china. En el ranking mundial estamos en el puesto 20, por lo que tenemos un poder militar nada despreciable. A pesar de eso, nosotros confiamos en nuestros acuerdos de seguridad con los Estados Unidos y esperamos que Washington mantengan su actual postura con China”.

Asimismo, agrega, “los Estados Unidos están intentando propiciar la adquisición de múltiples equipos y armamento a Taiwán, para que sigamos dotándonos defensivamente y tengamos como protegernos”.

El presidente Trump ha mostrado un gran apoyo a Taiwán desde el principio. El incidente diplomático que ocurrió antes de su toma de poder, cuando habló por teléfono con la presidente de Taiwán -Tsai Ing-wen- es un buen ejemplo. El “Acta de Viajes de Taiwán” (Taiwán Travel Act, su nombre en inglés), es una ley que permite las visitas de altos funcionarios estadounidense a Taiwán y viceversa, es otra ilustración del apoyo de la Administración a Taipei, a pesar de las quejas de Beijing.

Parece ser que la Administración Trump entiende que fortaleciendo a los pequeños indirectamente debilita a Beijing, y en plena guerra comercial lo más sensato es tener una estrategia que se ocupe de las debilidades geopolíticas y diplomáticas mientras China tiene la cabeza en parar la caída de su economía…

(Continua la próxima semana)

Entrevista a Bi-khim Hsiao, parlamentaria taiwanesa. Nieves C. Pérez Rodriguez

Washington.- En el marco del aniversario de los 40 años de relaciones diplomáticas entre Taipéi y Washington, la Casa Blanca invitó a Bi-khim Hsiao -parlamentaria por cuarta vez a la Asamblea legislativa de Taiwán- a la capital estadounidense. 4Asia tuvo la oportunidad de conversar con ella sobre la situación actual de Taiwán y su futuro.

La política expansionista china es un hecho, la construcción de islas artificiales lo prueban, así como las bases militares que empiezan a tener fuera de la península china. Con el agravante de que Taiwán es una isla especialmente vulnerable y Beijing la considera parte de su territorio.

¿Cómo se prepara Taipéi para contrarrestar la política expansionista de China en la región y proteger su soberanía?

China está expandiéndose en múltiples niveles. Por supuesto que su influencia económica ha crecido mucho, pero junto con ello la influencia militar. Están moviéndose de un poder continental a un poder global con intereses alrededor del mundo y con un poder marítimo en crecimiento.

El establecimiento de bases militares en Yibuti y en otros lugares, son la clara indicación de cuáles son las pretensiones reales chinas. Las bases militares en sí no son el problema, el problema es que China es un país autoritario que está usando muchos caminos para destruir las democracias, convirtiendo país en dependientes económicos de Beijing hasta el punto en que la soberanía de estas naciones estás siendo comprometidas.

Todas estas operaciones tienen un impacto y van dejando clara su influencia alrededor del mundo. En el nuestro caso Taiwán, vemos un problema que necesitamos trabajarlo junto con otras democracias. Taiwán no puede hacerlo sólo. Necesitamos el apoyo de otros países democráticos.

La economía taiwanesa depende casi totalmente de intercambios internacionales, y sabe que su principal socio comercial es China.

¿Tiene previsto el Gobierno taiwanés diversificar su economía como mecanismo de supervivencia?

Efectivamente la mayoría de nuestras inversiones van a China, por lo que necesitamos diversificarnos. Para hacerlo, debemos firmar más acuerdos de intercambios con otras grandes economías, como Estados Unidos, Japón, la UE, y otros países del sureste asiático. Estamos en conversaciones para conseguirlo.

En el caso de la UE. ¿Ha articulado Taiwán alguna campaña internacional dirigida a los países miembros de la UE para acercarlos económicamente o incluso estratégicamente?

Sí, hemos tenido muchas conversaciones con países de la Unión Europea. El problema con el que nos encontramos es el lobby chino. Esa presión que ejercen los chinos acaba siendo la razón por la que los países europeos se resistan a tomar un paso adelante con Taiwán.

Estados Unidos ha sido siempre la nación que más comprometida ha estado con Taiwán y ha sido la más abierta y directa pidiendo a la comunidad internacional que se conviertan en aliados de Taipéi. Como lo ha sido Japón, y otros países han venido siendo más abiertos en apoyarnos.

Nosotros esperamos que los europeos, que comparten nuestros propios valores democráticos, así como el respeto por las normas internacionales y el orden económico, nos apoyen para así garantizar la supervivencia de Taiwán.

Las empresas chinas, como Huawei, han despertado gran inquietud y polémica en naciones democráticas, especialmente en los aliados de Washington, lo que incluye a la UE. Parece que poco a poco se ha ido entendiendo el riesgo que Huawei podría representar para la seguridad nacional.

¿Cuál es su opinión al respecto?

La UE tiene que tener mucho cuidado con Huawei. La tecnología china y su infraestructura para el paso de información es el camino rápido de infiltración china para obtener información valiosa, como espionaje comercial, y la incursión en sus democracias. Por lo tanto, yo les hago una llamada urgente a los europeos a ser muy cuidadosos de no dejar a los chinos tomar control de sus infraestructuras de información.

¿Cómo se está preparando Taipéi para frenar la incursión tecnológica china en Taiwán y su enorme capacidad económica?

Nosotros estamos ahora mismo trabajando en leyes que garanticen nuestra seguridad nacional y en las que se contempla evitar que estas empresas chinas operen en Taiwán y se hagan con el dominio de nuestras infraestructuras de información. Lo que se traduce en que nos decantaremos por otras compañías digitales.

Vivimos luchando para combatir la propaganda china en Taiwán. Beijing cree que no tenemos derecho a ser independientes. Nos tienen infiltrados en la política, los medios de comunicación y los social media. Intentan manipular nuestro sistema, pero Taiwán es el sistema democrático más abierto en la región, queremos ser un modelo para el Indo-Pacífico, pero la verdad es que necesitamos más apoyos para continuar lográndolo.

La guerra por el Mar de China Meridional. Ángel Enríquez de Salamanca Ortiz.

La situación del Mar de China:

El Mar de China Meridional tiene una extensión aproximada de 3,5 millones de kilómetros cuadrados y más del cincuenta por ciento del tráfico mundial mercante navega por estas aguas, en él se encuentran las Islas Spratly, Paracel y otras muchas islas en disputa con los países colindantes, como Japón, Filipinas o Taiwán. En estas aguas está el estrecho de Malaca, que une el Océano Índico con el Pacífico, por este estrecho circula 6 veces más petróleo que por el Canal de Suez. Además, circulan dos tercios de las importaciones de crudo de Corea del Sur, el sesenta por ciento de Japón y de Taiwán y un ochenta por ciento de las de China. De ahí las disputas por estas aguas que bañan Brunei, China, Filipinas, Indonesia, Malasia, Taiwán y Vietnam.

Los recursos del Mar de China:

El Mar de China Meridional, además, cuenta con unas enormes reservas de petróleo, un petróleo necesario para los países en crecimiento que se disputan esta zona. Esta vasta extensión cuenta con 11 mil millones de barriles de petróleo y 190 trillones de metros cúbicos de gas natural:

Fig.1: Reservas petróleo Mar de China Meridional
[Fuente: Agencia Internacional de la Energía. (03/04/2013): http://www.eia.gov/todayinenergy/detail.php?id=10651]

La Puerta hacia el Mar de China:

La posición estratégica del mar también es clave para estos países. El Estrecho de Malaca es la puerta hacia el Mar de China y por aquí circulan más de 15 mil millones de barriles al día provenientes del Estrecho de Ormuz, ésta ruta es la más corta para llegar a abastecer a todos los países de la zona, como Japón, Corea o Filipinas.

Fig. 2: Transito diario de petróleo al día (miles de millones de barriles)
[Fuente: Agencia Internacional de la Energía.(01/12/2014) http://www.eia.gov/todayinenergy/detail.php?id=18991]

El comercio en la zona:

Más del 90% del petróleo que llega a estos países pasa por este estrecho ya que es la ruta más corta desde África o desde el Golfo Pérsico, lo que supone el 30% del transporte de crudo mundial. Tanto las importaciones por parte de los países de esta zona como las exportaciones hacia África o el Golfo Pérsico pasan por el mar de China. En la figura 3 observamos el comercio (%) de estos países y, China, Corea del Sur y Japón abarcan el 80% de las importaciones de petróleo que pasan por el Mar de China.

Fig. 3: Comercio de petróleo en el Mar de China
[https://www.eia.gov/todayinenergy/detail.php?id=36952]

Zonas de reclamo:

Dada su riqueza natural y su posición estratégica, es lógico que los países colindantes reclamen este territorio, tal y como puede verse en la figura a continuación:

Fig. 4: Zonas reclamadas, por país, en el Mar de China
[https://elpais.com/internacional/2016/07/11/actualidad/1468258154_789338.html]

Estos países han reclamado zonas dentro de las 200 millas marítimas y gran parte de estos territorios entran en conflicto.

Países en disputa:

China reclama la zona por razones históricas y ha comenzado a construir islas artificiales, a militarizar la zona y a instalar plataformas petrolíferas en zonas de disputa, lo que ha provocado que países como Filipinas, Malasia o Vietnam se sientan molestos con esta situación. Su influencia en esta zona podría mejorar su posición. China manifiesta que estas islas están diseñadas para sus necesidades civiles y de defensa.

Las Islas Senkaku, controladas por Tokio, reclamadas por Taiwán, son unas islas que darían derechos de explotación y pesca en la zona. En repetidas ocasiones, China ha mandado buques de guerra para intimidar a Japón y reclamar así su soberanía. En esta zona, China también ha construido islas artificiales dentro de las 200 millas náuticas, provocando malestar en Tokio y en Taipéi.

Estados Unidos, con aliados en la zona, considera que estas islas artificiales pueden ser un peligro para su hegemonía ya que podrían ser destinadas a uso militar, algo que ha provocado que el gobierno americano envíe buques a la zona con el fin de “liberalizar la navegación”, y ha urgido a China a la desmilitarización de las aguas, lo que, obviamente, no ha sentado bien al gobierno de Pekín.

Filipinas, por su parte, también reclama zonas de este mar y ha mostrado su preocupación por la militarización por parte de China.

Filipinas, Malasia y Vietnam también han ocupado islas en el Mar de China y han establecido bases militares para afirmar su soberanía, pero la estrategia de China está siendo la más agresiva, llegando a reclamar más de 12.000 kilómetros cuadrados alrededor de las islas Spratly o Nansha.

El Tribunal de la Haya declaró en 2016 que China no tenía derechos históricos sobre estas aguas, pero Pekín hizo caso omiso a estas declaraciones. Filipinas y otros países han hecho poco para evitar esta expansión.

La Asociación de Naciones de Sudeste Asiático (ASEAN) declaró este año la importancia de desmilitarizar la zona, fomentar la confianza entre los países y aplicar un código de conducta para evitar males mayores en la región4.

Conclusión:

Dada su riqueza en recursos naturales y su situación geográfica, quien controle el Mar de China, no solo tendrá acceso al petróleo y gas, sino, también, tendrá la llave al comercio marítimo del que dependen todos los países de la zona.

Estados Unidos, como líder mundial, tiene un valioso aliado en la zona, Taiwán, no solo para luchar contra el comunismo, sino para poder tener presencia en la zona. El mismo caso ocurre en Oriente Medio con Israel, un aliado de EEUU, valioso para lograr tener presencia también en esta zona. El ascenso de China y su mayor peso en la economía mundial preocupa a EE.UU., que podría perder o incluso tener que compartir su liderazgo, no solo en la zona, sino en todo el mundo. Al igual que Estados Unidos, China quiere el control del Mar de China Meridional para reclamar así su liderazgo, asentarse como líder, y no solo un líder en el sureste asiático, sino a escala mundial.

Podríamos decir que lo que se vive en el Mar de China Meridional, no es únicamente una guerra por lo recursos, sino, una guerra por el liderazgo, por la hegemonía mundial, una especie de “Guerra Fría” pero que, en este caso, se disputa entre las dos principales potencias a día de hoy, China y EEUU, un ejemplo de la guerra por tener la soberanía mundial en el siglo XXI.

Angel Enríquez es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

China juega en América

El crecimiento del populismo de derechas en América Latina, y no sólo en Brasil donde gobernará Bolsonaro, tiene a China en alerta. No por cuestiones comerciales, ya que las empresas chinas hace tiempo han aprendido a moverse y aprovechar las oportunidades en un entorno liberal y de economías abiertas mientras sus empresas están sometidas al intervencionismo estatal. Lo que preocupa a Pekín es que los nuevos movimientos políticos  están permitiendo a Taiwán aliviar, aunque poco, la asfixiante presión china para ahogar su relaciones comerciales y diplomáticas con el exterior.

Así, China ha hecho advertencias a Brasil, ha pedido a Trump que se piense sus relaciones con Taiwán y dispersa por toda América Latina el mensaje de que no es prudente seguir manteniendo relaciones diplomáticas y comerciales con la isla.

Es obvio, y así lo venimos repitiendo desde esta página, que China está esforzándose en una estrategia de consolidar y ampliar su presencia militar naval, disputar este espacio a EEUU, conseguir negociar de potencia a potencia con una mejor relación de fuerzas a su favor y combinar esta fuerza y la advertencia que supone, cuando no amenaza, con la expansión comercial.

En ese escenario, Taiwán es un desafío, no sólo histórico, que ha servido como acicate a su nacionalismo, sino, además, se trata de una potencia económica en un área que China aún  no controla y un aliado sólido, hasta el momento, de Estados Unidos.

Pero hay más. China está observado como la política dubitativa de EE.UU. está provocando desconfianza e incertidumbre en los aliados tradicionales de Washington, y éstos han comenzado a aproximarse a China aunque con recelos. A ese respecto es interesante el artículo de Fernando Delage sobre las relaciones China-Japón que publicamos esta semana.

A la vez, otros países como India y Australia están explorando mecanismos de colaboración y seguridad para llevar un eventual vacío si Estados Unidos no renueva completamente sus compromisos o toma nuevas iniciativas. La política global de China está impulsando cambios globales que no deben pasar inadvertidos.

THE ASIAN DOOR: Qué esperar de la extensión de OBOR a América Latina. Águeda Parra.

Han pasado cinco años desde que Xi Jinping anunciara la gran iniciativa de la nueva Ruta de la Seda que contempla el desarrollo de infraestructuras para conectar China con el corazón de Europa a través de corredores terrestres y rutas marítimas. Tiempo en el que el foco de la inversión china ha estado dirigido, principalmente, a abordar el desarrollo de proyectos por Asia Central, Sudeste Asiático, Europa y África dentro del ámbito OBOR (One Belt, One Road por las siglas de la iniciativa en inglés), pasando América Latina a ocupar un lugar secundario en el radar de las inversiones de China en el exterior.

En este tiempo, América Latina ha quedado fuera de un proyecto donde los países miembros aglutinan el 33% del PIB mundial, agrupan al 66% de la población mundial y generan el 25% de los flujos de inversión extranjera global. El anuncio de OBOR coincidía con una etapa de declive en el crecimiento de las economías latinoamericanas, que pasaban de registrar incrementos medios anuales del 3,9% entre 2004-2013, la más importante desde 1970, a apenas superar el 0,5% desde 2014, según el Banco Mundial.

El elevado precio de las materias primas impulsó una década de bonanza en una región que posee la mitad de los depósitos de plata conocidos en el mundo, el 44% de las reservas de cobre, el 20% de las reservas de estaño y el 16% de las reservas de crudo mundial. Sin embargo, el cambio producido en la composición de la economía china, más orientada ahora a fomentar el consumo interior que a la exportación de manufactura que requiere grandes cantidades de materias primas para su producción, ha hecho que se reduzca el volumen de comercio bilateral, principalmente entre 2015 y 2016. Situación que no ha impactado en el hecho de que China sea el segundo destino de las exportaciones de América Latina, por detrás del comercio con Estados Unidos que está perdiendo importancia durante la administración Trump y su doctrina del “America First”.

Aunque OBOR centra el grueso de las inversiones en el exterior, América Latina no ha dejado nunca de ser una prioridad para China, de ahí que sea el tercer emisor de inversión hacia la región. De hecho, el Banco de Desarrollo de China (CDB, en sus siglas en inglés) y el China Exim Bank han proporcionado más de 141.000 millones de dólares en préstamos a las empresas de América Latina y el Caribe entre 2005-2017, período en el que solamente el Banco de Desarrollo de China ha proporcionado más dinero a la región que el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo juntos. De ahí que Xi Jinping anunciara en el Foro de China con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en enero de 2015 su objetivo de alcanzar un comercio bilateral de 500.000 millones de dólares con la región.

El cambio más significativo de este acuerdo se producía en el ámbito de la inversión, donde están previstos 250.000 millones de dólares en los próximos diez años pero cambiando la estrategia de invertir en la industria extractora por priorizar el sector servicios. China ha identificado 11 áreas prioritarias, entre las que destacan las infraestructuras, el sector aeroespacial, las finanzas, las energías alternativas y la innovación científica. Ésta última principalmente orientada a que los titanes tecnológicos chinos puedan expandir sus negocios entre los países que pertenecen a la nueva Ruta de la Seda, fundamentalmente el e-commerce, además de extender la revolución tecnológica que está impulsando China en campos como la inteligencia artificial, las Fintech y los coches autónomos.

Este cambio en la estrategia inversora de China en América Latina responde principalmente a dos prioridades. En primer lugar, la salida de la administración Trump del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP, por sus siglas en inglés) y la renegociación del NAFTA entre Estados Unidos, Canadá y México, ha permitido que China adopte una actitud más agresiva en la política exterior con la región ante la perspectiva proteccionista del presidente Trump. Como consecuencia, Xi Jinping ofrecía a los países miembros de América Latina y el Caribe durante la celebración del FORO de CELAC en enero de 2018 unirse a la iniciativa OBOR como parte de una extensión de la Ruta de la Seda Marítima. Entre los 100 proyectos que están en diseño o construcción, y que suponen una inversión de 60.000 millones de dólares, destacan el desarrollo de infraestructuras de energía y transporte que vienen a cubrir las grandes necesidades que tiene la región en esta materia.

Como segunda prioridad, China busca en la futura incorporación a OBOR de los 33 miembros que componen la CELAC reducir el apoyo que todavía recibe Taiwán de algunos de los países de la región. El primero en adherirse a la iniciativa fue Panamá, al que siguieron Bolivia, Antigua y Barbuda, Trinidad y Tobago, y Guyana. Destaca que la adhesión de Panamá se produjera justo después de que el país dejara de dar apoyo a Taiwán para reconocer a China, motivado por las inversiones previstas en OBOR. Una jugada maestra que permitirá que en los próximos meses China consiga ese mismo efecto entre los 11 países de América Latina que todavía siguen reconociendo a Taiwán.