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China, Taiwán y las enseñanzas ucranianas

Como ya hemos señalado varias veces, desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania China estudia con suma atención cada acción militar de rusos y ucranianos, cada paso político de Kiev y Moscú, cada reacción de Bruselas y de la Unión Europea y cada iniciativa de Estados Unidos. Para Pekín  y sus ambiciones de someter a la autoridad del gobierno y del Partido Comunista chino la isla de Taiwán, es muy útil analizar tácticas militares, el uso y la eficacia de armas nuevas y de las contramedidas, la gestión de la ciberguerra y las reacciones de la OTAN, su solidez interna y su capacidad de burlar la vigilancia rusa y dotar a los ucranianos de recursos para resistir a las fuerzas de la teórica segunda potencia militar del planeta.

Y lo que China ha venido observando es muy decepcionante. El ejército ruso se ha visto, en cuatro semanas, empantanado frente a un ejército de Ucrania que, aunque muy reforzado desde 2014, es sumamente inferior al ruso. Rusia ha revelado una doctrina militar y un uso de sus fuerzas que no parece haber evolucionado desde la última guerra mundial; con prepotencia, sin capacidad logística suficiente, una centralización de órdenes tan burocrática que ha  impedido reoperar sobre el terreno ante la versatilidad ucraniana y la acción de unidades de infantería menores pero más ágiles, con iniciativa y gran potencia de fuego y, sobre todo un fracaso general en sus  intentos de cegar las comunicaciones ucranianas, sus radares, sus enlaces con las fuerzas en combate y su propaganda en el exterior. Y China sabe que repitiendo esos errores ante la maquinaria militar y económica occidental, aunque el escenario sea diferente, una acción en Taiwán estaría condenada al fracaso.

Por eso, China lleva meses provocando, con incursiones aéreas y marítimas, las aguas y los cielos de Taiwán, porque necesita, además de adiestrar a las fuerzas propias, medir la capacidad de detección de los radares taiwaneses y aliados en el escenario teórico de un conflicto que la Inteligencia de Estados Unidos sitúa antes de 2027, analizar la rapidez y capacidad de reacción y medir la solidez de las alianzas regionales en el caso de una conflagración regional.

Esto es esencial para China, además de ocupar el espacio político y económico que inevitablemente va a dejar una debilitada Rusia en su fracaso ucraniano, en el oriente que fue parte o esfera de influencia de la Rusia soviética.

Y aquí está el gran reto occidental y más concretamente de Estados Unidos, que además de demostrar superioridad aparente de sus sistemas frente a las capacidades rusas, tiene que analizar también y así se está haciendo, el escenario del Indo Pacífico y el protagonismo chino a la luz de los acontecimientos en Ucrania y Europa.

INTERREGNUM: Ucrania y las relaciones UE-China. Fernando Delage  

La guerra de Ucrania ha colocado a China ante una difícil situación en distintos frentes. Uno de ellos, no menor, es el de sus relaciones con la Unión Europea. La agresión rusa ha incrementado el valor estratégico del Viejo Continente, a la vez que ha impulsado su conversión en actor geopolítico. Ante la transformación europea de las últimas semanas—la de Alemania en particular—, Pekín se encuentra frente a una dinámica muy distinta de la que existía antes del 24 de febrero.

Tanto la sólida unidad occidental como las sanciones sin precedente impuestas a Moscú han sorprendido a China, obligada a valorar si está dispuesta a arriesgar su relación con la UE—principal mercado para sus exportaciones—por ayudar a Putin. Sólo los intercambios con Alemania duplican el comercio chino con Rusia. Las implicaciones económicas del conflicto van, sin embargo, mucho más allá. Por una parte, el alcance y rápida ejecución del proceso de sanciones ha hecho evidente a China (además de a Rusia, claro está) los extraordinarios instrumentos de poder económico de que disponen las democracias occidentales; unas capacidades que—de extenderse a la República Popular—condicionarían en gran medida el margen de maniobra de Pekín.

Por otro lado, convencidos de la necesidad de corregir su dependencia estratégica del exterior—comenzando por el gas ruso—, los Estados miembros de la UE han extendido su reflexión con respecto a sus vulnerabilidades en relación con China. Ucrania puede convertirse así en el factor que acelere el desarrollo de una estrategia europea de diversificación, orientada al mismo tiempo a minimizar los riesgos de coerción económica por parte de Pekín.

Como ha señalado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la invasión rusa de Ucrania “no es sólo un momento de definición para nuestro continente; lo es también sobre nuestra relación con el resto del mundo”. Y, en efecto, aunque las prioridades chinas sean económicas, Pekín observa también cómo Europa ha despertado de su inocencia geopolítica para dar una mayor prioridad a la cuestiones de defensa, revitalizando la OTAN de manera simultánea al fortalecimiento de las alianzas de Estados Unidos en el Indo-Pacífico; otro resultado en nada beneficioso para los intereses chinos.

Este conjunto de circunstancias obligaba a rebajar las expectativas con respecto a la cumbre UE-China celebrada  el 1 de abril, casi dos años después de la anterior. En septiembre de 2020, la prioridad de los europeos fue la de cerrar un acuerdo de inversiones que permitiera abrir en mayor grado el mercado chino. Desde entonces, una suma de hechos—entre los que cabe destacar, además de la pandemia, las represalias por la violación de derechos humanos en Xinjiang y las sanciones chinas de respuesta a parlamentarios y académicos europeos, así como la presión sobre Lituania por su posición con respecto a Taiwán—hicieron descarrilar dicho acuerdo, además de endurecer la percepción europea de la República Popular. La posición china sobre la invasión rusa de Ucrania ha sido una nueva advertencia para Europa y marcó la cumbre de la semana pasada.

Lo que está en juego en torno a la guerra es, en último término, el equilibrio de poder global. Bruselas y los Estados miembros han entendido la naturaleza de la amenaza que representa el autoritarismo revisionista para sus intereses y valores. También Pekín es consciente del dilema, pero no puede romper con Rusia al carecer de otro socio estratégico equiparable. De este modo, la irresponsabilidad de Putin no sólo transformará la manera en que la UE y China ven el mundo exterior; afectará igualmente al futuro de sus relaciones bilaterales.

¿La nueva URSS? Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz

La Rus de Kiev fue un imperio que alcanzo una extensión desde el mar Báltico hasta el mar Negro, pero llegó a su fin en el S-XIII. Desde entonces, la región, incluyendo la actual Ucrania, ha estado gobernada por polacos, eslavos, austriacos u otomanos, pero no fue hasta la primera mitad del S-XX cuando el territorio de Ucrania fue anexionado a la recién nacida URSS. Durante el periodo de la URSS, el presidente Nikita Jrushchov decidió que el territorio de Crimea pasara a manos ucranianas, un territorio ruso desde el S-XVIII. La perestroika o el desastre de Chernóbil aceleraron el fin de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en 1991, dando lugar a diferentes repúblicas, entre ellas, la actual Ucrania.

Tras la independencia de Ucrania, el país quedó dividido entre los prorusos y los proucranianos, al este quedo Rusia y al oeste la Unión Europea.

En el año 2010 llegó Yanukovych al poder, una nueva etapa marcada por la corrupción y el encarcelamiento de opositores. Una época de crecimiento que permitió al país acordar su anexión a la Union Europea, un mercado único que daría un impulso a la economía de la exrepública, pero en 2013, el acuerdo llegó a su fin y Ucrania no pudo anexionarse a la UE, a pesar de los cambios electorales o constitucionales, Europa no podía permitir que un país fuera al mismo tiempo miembro de la Unión Europea y estar en una área de libre Comercio con Bielorrusia, Kazajistán y Rusia, la llamada “Unión Aduanera Euroasiática”, por lo que el acuerdo de anexión no llegó a su fin. El Kremlin no podía permitir que la exrepública, llena de gaseoductos procedentes de Oriente Medio o Rusia, estuviera en manos de Europa.

Debido a esto, multitud de personas salieron a las calles de Kiev para exigir la anexión a Europa, el Euromaidán, y el fin de Yanukovich. Las manifestaciones provocaron decenas de muertos y en enero de 2014, el presidente Yanukovich huyó del país. Las elecciones presidenciales las ganó el partido de centro-derecha, con Poroshenko a la cabeza, pero poco después se desató la guerra de Crimea; la región prorusa se alzó y, tras unas elecciones dudosas, el Kremlin se anexiono la península de Crimea con el rechazo de la comunidad internacional. Sebastopol junto con Kaliningrado son puertos clave para el dominio ruso de Europa del Este, por no hablar de las reservas que se estiman de petroleo y gas en el Mar Negro.

Las protestas se replicaron en la región del Donbás, en las ciudades de Donetsk y Lugansk entre otras. Ante estas protestas y alzamientos militares, el gobierno de Kiev no podía controlar la región y, se proclamó independiente, dando lugar así, a la guerra del Donbás y a las manifestaciones de Odesa, donde grupos prorusos, con la ayuda y financiación de Rusia, y proucranianos se enfrentaron dejando decenas de muertes. La financiación y ayuda de Rusia con material militar e inteligencia o apoyo logístico ha permitido que durante estos años la región haya conseguido mantenerse viva.

Europa, tanto en la crisis del 2014 como en la actual, no ha llegado a involucrase, simplemente ha sido un mero observador, y ha mostrado su debilidad política en el conflicto, un conflicto que repercute directamente a Europa y en suelo europeo, pero, ¿Qué ocurrirá si China invade Taiwán? ¿Saldrá, en este caso, Estados Unidos en defensa la isla? Una isla que, al igual que Ucrania, no pertenece a la OTAN.

Durante años, Alemania ha estado cerrando sus centrales nucleares para depender del gas de Rusia, un claro error, pero quizás sea esta la oportunidad del viejo continente para reforzar al máximo su inversión en energías renovables, descarbonizar su economía y no depender del exterior en el futuro.

China ha manifestado su neutralidad ante el conflicto, pero en la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para condenar la ofensiva militar en Ucrania, se abstuvo, junto con India o EUA; Rusia, obviamente, veto la condena, y el resto de países votaron a favor. Ante las sanciones impuestas por la comunidad internacional, Rusia tendrá que exportar sus recursos, para financiarse, al gigante asiático, convirtiéndose así en un aliado más junto con Bielorrusia, que cedió el paso de tropas del Kremlin para llegar a Chenobil y a Kiev. Países como Kazajistán, Kirguistán o Tayikistán, son aliados históricos de Rusia y zona de paso de unos de los proyectos más ambiciosos de China, la Ruta de la Seda, por lo que su enemistad en el conflicto con el Kremlin podría frenar el ambicioso proyecto de Pekín.

La OTAN, un tratado de defensa colectiva entre los países miembros y financiada en un 70% por Estados Unidos y, que se creó durante la guerra fría por las potencias occidentales para hacer frente a la URSS y a China, se ha desplazado cada vez más hacia el este desde su inauguración en 1949, incluyendo algunas exrepúblicas socialistas como Polonia o Los Países Bálticos. Putin teme esa expansión y proximidad del capitalismo hacia sus fronteras, unas nuevas fronteras donde podrían establecerse bases militares para amenazar a Rusia, pero, ¿No es Kaliningrado un enclave ruso en suelo europeo? No hay que olvidar que Rusia tiene bases militares en el Ártico y el Estrecho de Bering, que podría conectar Rusia y Estados Unidos, un claro ejemplo de que la Guerra Fría, 30 años después, aún no se ha olvidado.

La invasión de Rusia ha colapsado las bolsas europeas, y los precios de la energía o alimentos se han disparado. Por eso se han establecido sanciones para intentar ahogar la economía rusa. En primer lugar sacar a la banca rusa del sistema SWIFT y en segundo lugar congelar las reservas exteriores del banco de Rusia.

Eliminar a Rusia del sistema SWIFT, un sistema que establece un lenguaje común para todas las transacciones entre los bancos, un procesamiento de datos que permite la comunicación fiable y segura a la hora de hacer pagos o transacciones por parte de todos los bancos del mundo. Excluir a Rusia de este sistema impide a los bancos rusos comunicarse con otros bancos, lo que impide que se lleven a cabo las transferencias. Pero para este ataque de occidente, Rusia cuenta con el sistema CIPS de China, un sistema que podría alcanzar suficiente importancia como para eludir el sistema occidental.

La congelación de los activos externos del Banco Central de Rusia como el oro, dólares, yuanes o euros, provenientes de la venta de petroleo y gas, unos activos que Rusia no podrá utilizar, lo que ha provocado que el rublo haya caído casi un 30%, lo que hace mas difícil las importaciones rusas y generará inflación en el país.

Vladimir Putin, que se ha perpetuado en el poder tras la reforma constitucional del año 2020 y exmiembro de la KGB, ha declarado que dejar la URSS por parte de las repúblicas fue un error, y que esa disolución solo trajo miseria para el país. ¿Estará intentando reunificar la URSS a la vista de las estatuas de Vladimir Lenin que aún se mantienen erguidas en las calles de Moscú? Países como Ucrania, Finlandia, Suecia, Bosnia Herzegovina o Serbia no están en la OTAN, lo que da carta blanca al Kremlin para la invasión de estos países. Por el contrario, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania o Bulgaria si están en la OTAN, y un atraque a estos países podría desencadenar la tercera guerra mundial, de nuevo, en suelo europeo.

 

Ángel Enríquez de Salamanca Ortíz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

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@angelenriquezs

 

INTERREGNUM: ¿Qué quiere China? Fernando Delage

Durante cerca de tres décadas, el mundo se ha estado preguntando acerca de las implicaciones del ascenso de China. Al irrumpir el debate a mediados de los años noventa, la atención se centraba en su rápido crecimiento económico y en su integración en las estructuras multilaterales. La adhesión a la OMC en 2001 marcó un antes y un después, poniendo en marcha el proceso que—acelerado por el diferencial de crecimiento entre Occidente y la República Popular durante la crisis financiera global—, terminaría haciendo de China el gigante económico que es hoy. En contra de lo esperado por Estados Unidos, su modernización económica no ha conducido a la liberalización de su sistema político. Pero tampoco se ha contentado con ser una mera potencia comercial e industrial. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en 2012, China ha manifestado su intención de ser asimismo una potencia militar, y proyectar sus normas y valores frente a los principios liberales que sirvieron de base al orden internacional construido tras la segunda guerra mundial.

Las ambiciones globales declaradas por Pekín, el lenguaje más agresivo de su diplomacia durante la pandemia, y sus acciones de coerción y presión sobre quienes se oponen a sus puntos de vista, parecen haber resuelto muchas de las dudas mantenidas por los observadores sobre sus objetivos. Quizá no acierten del todo quienes afirman que su pretensión es la de sustituir a Estados Unidos como principal potencia, pero los indicios son cada vez más claros de que China quiere rehacer el mapa geopolítico, situarse en el centro de un nuevo esquema de globalización, liderar las nuevas fronteras tecnológicas, y promover su modelo autoritario en el mundo emergente como alternativa a la democracia.

Son preferencias todas ellas consideradas como indispensables por los dirigentes chinos para asegurar su prioridad absoluta, que no es otra que el mantenimiento del Partido Comunista en el poder y completar la tarea del rejuvenecimiento nacional (fuxing). China necesita para ello seguir creciendo, y ese es un imperativo que requiere, por un lado, la reorientación de su economía hacia los servicios y la innovación y, por otro, invertir la relación con el mundo exterior. Para reforzar su autonomía, China debe disminuir su dependencia tecnológica y de recursos de otras naciones, pero hacer al mismo tiempo que los demás pasemos a depender en mayor grado de la República Popular.

Teorizar sobre el poder y las intenciones chinas es una obligación de gobiernos y analistas, que siempre llevará a conclusiones contrapuestas. De ahí la especial utilidad de aquellos trabajos que se acercan más al terreno para examinar y acumular datos sobre la realidad de las capacidades chinas, así como sus acciones concretas en distintos países y regiones del planeta. La reacción local es también un interesante indicador de las dificultades con que se va a encontrar Xi si quiere realizar su “sueño chino”.

Éste es el enfoque seguido por dos libros excelentes de reciente publicación. The World According to China (Polity Press, 2022), de Elizabeth Economy, estudia de forma sistemática el giro producido en la política exterior china en los últimos años. La autora, responsable de China en el Council of Foreign Relations durante muchos años, y en la actualidad en la Hoover Institution en Stanford, identifica las principales claves que guían la acción de Xi, como concluir la reintegración nacional (es decir, la reunificación de Taiwán), la Ruta de la Seda como instrumento multidimensional, la expansión estratégica en su periferia marítima, los esfuerzos por acelerar el control de la industria mundial de semiconductores, o la “colocación” de nacionales chinos en organizaciones multilaterales estratégicas. Economy afirma sin dudar que el propósito de Xi no es otro que el de reordenar en su integridad el sistema internacional.

Una aproximación diferente es la seguida por la periodista canadiense nacida en Hong Kong Joanna Chiu. En China Unbound: A New World Disorder (Anansi Press, 2021), Chiu no abruma por la exhaustividad de los datos; ofrece más bien, en forma de extensos reportajes de investigación, una descripción de los movimientos chinos en distintas naciones, prestando especial atención a las operaciones de influencia en los círculos políticos y empresariales de dichos países. Canadá y Australia son dos casos reveladores, como lo son también su examen de Grecia o de la comunidad uigur en Turquía. Maravillosamente escrito, entre la inmensa literatura sobre el ascenso de China pocos libros como éste permiten hacerse una idea más completa del modo en que Pekín está actuando más allá de la competición con las grandes potencias.

¿Competencia estratégica o peligrosa rivalidad? Nieves C. Pérez Rodríguez

La semana pasada un portavoz del Pentágono usaba la expresión “Competencia estratégica con China” como parte de la nueva narrativa de la Administración Biden. De esta forma entraba formalmente en uso el término acuñado por la Casa Blanca en la “orientación de su estrategia de seguridad nacional” un documento hecho público en marzo de este año, que cuenta con más de veinte páginas que enumera cada una de las prioridades para la nueva administración e identifica los mayores retos a los que se enfrentan.

Como era de esperarse la pandemia, el riesgo de un colapso económico, el cambio climático o la ciberseguridad son parte fundamental de los principales desafíos expuestos en el documento que como comienza diciendo “Nos enfrentamos a un mundo de nacionalismo creciente, democracia en retroceso, creciente revalidad con China, Rusia y otros estados autoritarios y una revolución tecnológica que está remodelando todos los aspectos de la vida”.

La Administración ha venido afirmando desde el principio que entiende la importancia de los aliados para los Estados Unidos. Por lo tanto, aseguran que revitalizarán y modernizarán las relaciones y sus alianzas y asociaciones en todo el mundo. En cuanto a la Alianza Atlántica aseguran que será vigorizada con una agenda con los miembros de la UE y Reino Unido para redefinir las prioridades de este momento. Planifican reforzar y modernizar a la OTAN. Mientras afirman que las alianzas individuales tendrán un peso importante, con países como Australia, Japón y Corea del Sur, así como reconocen los intereses claves que tienen en el Indo-pacifico por lo que se proponen profundizar relaciones con India mientras trabajan paralelamente con Nueva Zelanda, Singapur, Vietnam y otras organizaciones como la ASEAN.

La estrategia de seguridad nacional de Biden concibe la diplomacia como el mecanismo más asertivo para mantener los valores democráticos, esos valores que llevan setenta y cinco años en pie desde la fundación de Naciones Unidas y han sido capaces de mantener un sistema de cooperación global efectivo en vez del establecimiento de una agenda autoritaria.

… “Cuando el comportamiento del gobierno chino amenace directamente nuestros intereses y valores, responderemos al desafío de Beijing. Enfrentaremos prácticas comerciales injustas e ilegales, robo cibernético y prácticas económicas coercitivas que perjudican a los trabajadores estadounidenses, socavan nuestras tecnologías avanzadas y emergentes y buscan erosionar nuestras ventajas estratégicas y competitividad nacional. Nos aseguraremos de que nuestras cadenas de suministros críticas para la seguridad nacional y suministros sean seguras. Continuaremos defendiendo el acceso a los bienes comunes mundiales, incluida la libertad de navegación y los derechos de sobrevuelo, de conformidad con el derecho internacional. Nos posicionaremos para defender a nuestros aliados. Apoyaremos a Taiwán, una democracia líder y un socio económico y de seguridad fundamental.  Nos aseguraremos de que las empresas estadounidenses no sacrifiquen sus valores al hacer negocios en China. Y defenderemos la democracia, los derechos humanos y la dignidad humana, incluso en Hong Kong, Xinjiang y el Tíbet.”…

John Kerry, comisionado especial de Biden para el Clima visitó China el mes pasado, en una visita que no logró en realidad su objetivo, pues a su partida el Ministro de Exteriores de China -Wang Yi- dejaba claro que la cooperación climática “no puede separarse de la situación general entre China y Estados Unidos”.

Así mimo, la semana pasada en Suiza se reunió el asesor de seguridad nacional de Biden -Jake Sullivan- con Yang Jiechi chio, un alto miembro del politburó y diplomático chino. De acuerdo con el comunicado oficial de la Casa Blanca, Sullivan enfatizó a Yang la necesidad de mantener líneas abiertas de comunicación, al tiempo que expresó su preocupación por las recientes provocaciones militares de China contra Taiwán, los abusos de los derechos contra las minorías étnicas y los esfuerzos de Beijing para aplastar a los defensores de la democracia en Hong Kong.  Aunque este encuentro fue cordial y respetuoso, comparado con el primer encuentro del pasado marzo en Alaska donde las acusaciones y duros comentarios anticipaban unas relaciones bilaterales complejas. En esta reunión se acordó el primer encuentro entre Biden y Xi para el final de este año.

China por su parte ha seguido adelante con su agenda y no hace esfuerzo alguno en disimular su postura. Un buen ejemplo lo vimos el primer fin de semana de octubre que, haciendo coincidir con el día nacional de China enviaron un total de 38 aviones militares a sobrevolar la zona de defensa aérea de Taiwán y otros 56 aviones más volvieron a incursionas en el espacio de Taiwán el lunes 4. A lo que el ministro de defensa taiwanés Chiu Kuo-Cheng advertía sobre la posibilidad cada vez más real de que China invada Taiwán en unos cuatro años.

La diplomacia será la vía que seguirá intentando Washington y buscarán dialogar sobre el futuro de Taiwán y el mar del sur de China. Sin embargo, los mismos expertos del Pentágono cuando han sido preguntados sobre la posibilidad real de que se suscite un enfrentamiento con China, ninguno se atreve a desestimar la opción. En efecto, la estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca explica que estamos en un momento de inflexión acerca del futuro de nuestro mundo mientras afirma que explícitamente que Estados Unidos nunca dudará en usar la fuerza cuando sea necesario para defender nuestros intereses nacionales. “Nos aseguraremos de que nuestras fuerzas armadas estén equipadas para disuadir a nuestros adversarios, defender a nuestra gente, intereses y aliados, y derrotar amenazas que emergen”.

 

China, en plena escalada militar

Que el AUKUS era una necesidad estratégica plantea pocas dudas si se asume que China es una amenaza en la medida en que se trata de un Estado totalitario con ambición expansiva que potencia y controla su crecimiento económico y su desarrollo militar en la búsqueda de objetivos hegemónicos. Otra cosa es que se considere que China  (como sostienen algunos países y expertos europeos) es, en todo caso, una amenaza regional y que sólo representa un reto comercial por sus prácticas ventajistas derivadas de su sistema intervencionista y carente de garantías jurídicas. En este caso cabría defender respuestas suaves y gestión más relajada del conflicto.

El debate es oportuno y necesario. Pero urgente. Si la percepción de que la amenaza no es alta o ni siquiera es amenaza, habrá menos tensión. Pero esto tiene antecedentes históricos en Europa que hiela la sangre. Esa fue la perspectiva (ejemplo que ya es un tópico) que el primer ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, tenía de la exigencia de Hitler de ocupar los Sudetes en Checoslovaquia. Chamberlaín convenció al jefe del gobierno francés, Edouard Daladier, de que cediendo a la exigencia nazi se evitaba la guerra en Europa. No hace falta recordar cuál fue el resultado.

Para EEUU, Gran Bretaña y Australia creen es el momento de frenar a China y neutralizar sus inversiones en fuerza aeronaval para controlar las rutas comerciales de la región y los territorios en disputa con Japón, Filipinas y Vietnam entre otros. Y eso implica traducir su alianza en acuerdos militares que refuercen la vigilancia y las posibilidades de una respuesta efectiva si fuera necesaria. Y en eso están.

China, durante la celebración de su Día Nacional hace una semana protagonizó la mayor provocación militar sobre Taiwán de las últimas décadas, con una violación masiva del espacio aéreo taiwanés en dos operaciones sucesivas. Dichas incursiones sucedieron en dos oleadas: la primera, con 13 aviones de combate, sucedió de día y la segunda, con 25, tras la caída del sol.La fuerza aérea de la isla respondió con el envío de una patrulla para realizar un seguimiento de los aviones y ahuyentarlos, y puso en alerta a su sistema de misiles antiaéreos. Según el Ministerio de Defensa de Taiwan, ambas oleadas de aviones procedente del continente incluían aviones H-6, que son capaces de transportar bombas nucleares.

Hay que recordar que Taiwán como sujeto político nace de haberse refugiado en la isla en 1949 el gobierno chino derrotado por los comunistas y ambos reclaman su legitimidad y su aspiración a una unidad nacional, o democrática o comunista, aunque en la isla crece la opinión de debería constituirse como país oficialmente independiente y olvidarse de sus ambiciones continentales. La operación sobre Taiwán es no solo una intimidación a la isla sino una advertencia a todos los vecinos.

China está lejos de Europa y una posible guerra sería en el Pacífico desde el punto de vista geográfico, pero el tsunami sería planetario. Disimular los riesgos no ayuda a evitarlos y Europa ha caído muchas veces en esa ensoñación. Tal vez ha llegado el momento de despejar incógnitas.

 

INTERREGNUM: ¿Burbuja asiática? Fernando Delage

El ascenso de Asia, con China al frente, es la gran historia económica y geopolítica de nuestro tiempo. Multitud de trabajos han estudiado las causas e implicaciones de una transformación que está alterando la distribución de poder en el planeta, y cuya continuidad también parece asegurada según informes de referencia. El Banco Asiático de Desarrollo, por ejemplo, estimaba hace unos años que, hacia 2050, Asia representaría el 52 por cien del PIB global y recuperaría así la posición central que ocupó hace 300 años, antes de la Revolución Industrial.

¿Podría estar ocurriendo, sin embargo, que esa fase de crecimiento esté llegando a su fin? La práctica totalidad de los gobiernos de la región afrontan unos desafíos de considerable magnitud: pronunciados desequilibrios demográficos; sistemas políticos que no han evolucionado al mismo ritmo que la economía; expectativas sociales a las que las autoridades no han podido responder; una desigualdad en aumento; un modelo económico orientado al exterior que se ha visto afectado por los cambios estructurales en la globalización y la rivalidad China-Estados Unidos; la destrucción medioambiental; o el impacto de la automatización y la revolución tecnológica. Y a todos ellos se suma la destrucción ocasionada por la pandemia, de un alcance aún incierto pero demoledora para los países más vulnerables.

El examen de estas variables es el objeto de un reciente libro de Vasuki Shastry, un periodista de origen indio con una larga experiencia profesional en el FMI y en el sector financiero privado.  Has Asia lost it? Dynamic past, turbulent future (World Scientific, 2021) es un retrato del continente que se aleja de las más frecuentes perspectivas macro para contar desde el terreno la percepción de aquella parte de la población que no parece haberse beneficiado del “milagro asiático”. Es la tesis de Shastry que el crecimiento de Asia se debió a la conjunción de unos factores económicos y políticos que se mantuvieron durante cinco décadas, pero difícilmente se prolongarán en el tiempo. Y su mayor preocupación es que las ganancias de ese crecimiento, especialmente a lo largo de los últimos años, se han concentrado en las elites políticas y empresariales, privando a los más jóvenes de oportunidades para su movilidad social.

El desarrollo de Asia carece de precedente en el mundo posterior a 1945. Más de 1.500 millones de personas han abandonado la pobreza en una generación. La tarea permanece sin embargo incompleta, como revela el índice de Desarrollo Humano de la ONU: en la edición de 2019, India ocupaba el puesto 129, Filipinas el 106, Vietnam el 118, Indonesia el 111, y Bangladesh, Pakistán y Myanmar aún por detrás. Es un índice que, al contrario de aquellos otros que se limitan a medir el aumento del PIB, refleja el verdadero estado de salud de una nación. Y lo cierto es que mientras Asia sigue siendo objeto de admiración por su crecimiento económico, se presta escasa atención al limitado desarrollo institucional de sus Estados y a los insuficientes mecanismos de protección social.

En un libro que combina el rigor de un estudio académico con la inmediatez del reportaje, el autor pasa revista a ese conjunto de retos que afrontan las naciones asiáticas en desarrollo y que les impiden alcanzar a sus vecinos más ricos (Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur). La trampa de los ingresos medios no es sólo una advertencia de los economistas, es también una barrera social que puede neutralizar las proyecciones estimadas para la región. Shastray ha escrito un saludable correctivo al hiperoptimismo sobre Asia, que constituye al mismo tiempo una detallada radiografía de los problemas a corregir. (Foto: Flickr, thetaxhaven)

INTERREGNUM: Tras las elecciones en Taiwán. Fernando Delage

En 1996, ante las primeras elecciones presidenciales directas en Taiwán, las presiones belicistas de China condujeron al resultado que Pekín pretendía evitar: la victoria de Lee Teng-hui, candidato del Kuomintang, quien se convirtió en el primer líder de Taiwán nacido en la isla. Casi 25 años más tarde, la historia se repitió: la presión de la República Popular se ha traducido en la reelección el 11 de enero—por una rotunda mayoría—de Tsai Ing-wen, del proindependentista Partido Democrático Progresista, pese a los sostenidos esfuerzos por debilitarla desde 2016. La derrota es esta vez mayor para Pekín, pues no se ha limitado a lanzar advertencias de carácter militar. Los incentivos económicos y las campañas de desinformación en las que se ha volcado tampoco han servido para que los taiwaneses se sitúen a su favor.

Los acontecimientos en Hong Kong han sido otro factor decisivo durante la campaña electoral, al poner de relieve lo que significa la fórmula “un país, dos sistemas” propuesta por Pekín. Con todo, la verdadera cuestión de fondo es que tres décadas de democratización han alejado cada vez más a Taipei de la República Popular. Los jóvenes taiwaneses no han conocido otro sistema, y no están dispuestos a renunciar a sus libertades. Las elecciones del sábado pasado, convertidas en un referéndum sobre la identidad política de la isla, confirmaron de este modo la insuperable división entre ambos lados del estrecho.

El problema es que, sin Taiwán, el proyecto nacionalista del Partido Comunista Chino permanece incompleto. Y para el actual secretario general, Xi Jinping, prevenir la independencia—en otras palabras, mantener el statu quo—no es suficiente. Hace ahora un año, Xi advirtió que la separación “no puede mantenerse generación tras generación”. El presidente chino ha exigido pasos concretos hacia la reunificación, vinculando de este modo su propia legitimidad como gobernante a la consecución de avances en dicha dirección. Puesto que la reelección de Tsai confirma tanto lo inviable de una reunificación pacífica como el fracaso de la estrategia seguida hasta ahora por Pekín, las opciones se complican sobremanera para Xi.

Las decisiones de Pekín crearán en cualquier caso un dilema a Washington, que no dudó en apoyar la candidatura de Tsai, haciendo de la política interna taiwanesa otro elemento de tensión en las relaciones China-Estados Unidos.  Una intervención militar de Pekín no parece plausible por sus consecuencias, pero sí cabe prever que las autoridades chinas redoblen la presión, recurriendo a todo tipo de instrumentos contra el gobierno de Tsai. Lo que significa que la Casa Blanca se verá obligada a responder de manera más directa a las acciones chinas si se quiere mantener el statu quo. Taiwán se convertirá así en una prueba de la capacidad norteamericana de desarrollar los recursos económicos, diplomáticos y políticos necesarios para contrarrestar la creciente influencia china en la región del Indo-Pacífico. En un contexto de enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la evolución del problema de Taiwán será una clave decisiva.

Taiwán grita Sí a la democracia, No a China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Taiwán, una vez más, da  ejemplo de valores congruentes con la democracia y la libertad. La masiva confluencia a los centros electorales es la prueba de que la mayoría del pueblo taiwanés quiere mantener su estatus democrático, así como el apoyo al Partido Progresista (DPP por sus siglas en inglés) muestra que la mayoría de los taiwaneses poseen una identidad propia y que no quieren formar parte de China.

Tsai Ing-wen fue reelegida presidente de la isla después de haberla liderado por cuatro años. Y pese a los problemas que enfrentó durante su legislatura, cuando su popularidad cayó considerablemente, consiguió hacerse con la presidencia nuevamente. Su contrincante, Han Kou-yu, el candidato del partido conservador Kuomintang (KMT por sus siglas en inglés),  se inclinaba por la reunificación de Taiwán con China.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China les ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha sus favores económicos a otras naciones para pedir el no reconocimiento de Taipéi como ente internacional.

Xi Jinping, hace tan sólo un año, afirmó en un discurso que la reunificación de Taiwán con China es inminente. Pero cuanto más ha amenazado Beijing, más dura y consistente ha sido Tsai con sus promesas. Y su determinación se ha visto compensada con más de 8.1 millones de votos representando así más del 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente.

Tsai ha capitalizado cada amenaza china en su beneficio, como el uso de la fuerza militar de ser necesario, para la “imperativa necesidad” de la reunificación de Taiwán a la península. Esta líder ha solidificado los valores identitarios de los ciudadanos como taiwaneses, y no chinos. Ha enfatizado el carácter democrático de Taiwán. Ha despertado un sentir en los jóvenes taiwaneses, quienes no se sienten chinos, y quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad.

4Asia fue invitada por la representación diplomática de Taipéi en Washington al recuento de los resultados electorales y a la discusión de un panel de expertos que analizaron las elecciones presidenciales legislativas de la isla. El Dr. Richard Bush -un respetado experto en China, con una larga lista de trabajos y libros publicados, y miembro del Brookings Institute, afirmó que “La reelecta presidente tiene un gran reto por delante. Un panorama muy complicado. Lo que viene no es fácil. No es casual que en su discurso de victoria dijera lo importante que es reunificar a la sociedad taiwanesa para poder seguir adelante”.

Mientras que Bonnie Glasser -otra experta en China, directora para del Proyecto sobre el poder de China en CSIS, uno de los think tank más influyentes en Washington- se centró en Beijing y lo poco exitoso que han sido en intimidar a Taiwán. “Es muy interesante ver la falta de influencia que Beijing ha tenido. Los esfuerzos de Beijing han fracasado en acabar con Taiwán”.

Así mismo Glasser insistía en lo importante del KMT -partido de oposición- para los Estados Unidos, la oposición es necesaria en democracia, a pesar de ser aliados de Beijing. Y así China no puede alegar que no tiene con quien hablar en Taiwán.

INTERREGNUM: Hong Kong, seis meses después. Fernando Delage

Seis meses después del comienzo de las protestas en Hong Kong, la administración norteamericana ha optado por involucrarse de manera directa. Pese a las dudas iniciales sobre si Trump daría el paso adelante—la tregua en la guerra comercial parecía prioritaria—, el presidente firmó la semana pasada la ley que ha aprobado el Congreso en apoyo a la democracia y los derechos humanos en el territorio. De conformidad con la misma, Estados Unidos puede revocar el estatus de su relación especial con Hong Kong—hasta ahora exento de los aranceles y sanciones económicas impuestas a la República Popular—si las autoridades chinas no respetan el ordenamiento jurídico y el sistema de libertades civiles de esta provincia semiautónoma.

La decisión de Trump complica aún más la ya tensa relación entre las dos mayores economías del planeta. El presidente Xi Jinping, que pese al tiempo transcurrido no ha logrado poner fin a los disturbios, tendrá también que responder a la iniciativa legislativa norteamericana, adoptada sólo días después de las elecciones locales en Hong Kong, celebradas el pasado 24 de noviembre. Los votantes se pronunciaron de forma masiva en contra de los candidatos pro-Pekín, confirmando que—pese la creciente violencia y desorden en las calles—las protestas cuentan con un notable apoyo popular. Los resultados no deben sorprender, en efecto, cuando los habitantes de la ciudad ven sus libertades en peligro ante la retórica neo-maoísta y la política de mano dura de las autoridades chinas.

El presidente Xi se encuentra así ante el más grave desafío a su gobierno desde su llegada al poder en 2012, y no solo por sus efectos sobre Hong Kong. Las implicaciones de la movilización popular para Taiwán, cuya reunificación con el continente es una urgente prioridad para Xi, inquietan de manera especial a los dirigentes chinos. La crisis de Hong Kong se ha traducido en un considerable aumento de popularidad de la presidenta proindependentista de la isla, Tsai Ing-wen, quien—si, como se espera, logra un segundo mandato en las elecciones de enero—abrirá otro delicado frente para Pekín.

La democratización de Taiwán en los años noventa ha conducido a la formación de una identidad cultural y política propia—separada de la “china”—, de la misma manera que sus valores políticos y Estado de Derecho también hacen que los hongkoneses perciban su sociedad como diferente de la del continente. El desarrollo de una identidad democrática en Taiwán y en Hong Kong constituye una doble amenaza para el Partido Comunista Chino. Por un lado, desafía el concepto de una única nación y cultura china mantenido por Pekín. Por otro, erosiona esa combinación de confucianismo, maoísmo y nacionalismo que justifica su monopolio del poder. Taiwán y Hong Kong ofrecen un modelo alternativo chino de modernidad.

También representan, en consecuencia, una presión añadida sobre el futuro de Tibet y Xinjiang, provincias cuya identidad cultural y religiosa está sujeta a la represión de los dirigentes de Pekín. Setenta años después de su fundación, la República Popular no ha terminado de construir por tanto la China a la que aspira. Lo que es más grave, los problemas en la periferia podrían algún día extenderse al centro. Una identidad construida sobre el discurso del rejuvenecimiento nacional y la recuperación de los territorios perdidos (el “Sueño Chino” de Xi), está llamada a chocar con otras basadas en valores políticos y culturales distintos. ¿Le bastará al Partido Comunista con el uso o amenaza del uso de la fuerza como medio principal para asegurar su legitimidad?