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INTERREGNUM: Taiwán: choque de trenes. Fernando Delage

Mes y medio después de su visita a Taipei, la crisis abierta en el estrecho de Taiwán por el viaje de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, parece no tener fin. Pekín ha mantenido su presión militar, mientras que Washington anunció a principios de septiembre la venta de un nuevo paquete de armamentos a la isla por valor de 1.100 millones de dólares. Estados Unidos ha calificado las acciones chinas como desproporcionadas y dirigidas a establecer un “nuevo statu quo”, mientras que, para la República Popular, es la administración Biden la que ha violado el principio de “una sola China”.

Lo que viene a ilustrar este “choque de narrativas” es la desaparición del contexto en el que se definió el problema durante décadas. El aumento de capacidades chinas ofrece a Pekín un margen de maniobra del que carecía con anterioridad; la política de ambigüedad estratégica norteamericana puede resultar insuficiente como instrumento de disuasión; y la consolidación de una identidad taiwanesa cada vez más separada del continente acelera la urgencia de los dirigentes chinos por completar un proceso de reunificación que forma parte esencial de la agenda de rejuvenecimiento nacional perseguida por Xi Jinping (el conocido como “sueño chino”). Taipei ha anunciado por su parte un impulso adicional a la modernización de sus Fuerzas Armadas, pero son sobre todo los dos grandes los que tienen en sus manos la gestión de esta espiral de enfrentamiento, en la que por ahora han optado por dar protagonismo a la dimensión militar.

Es ésta una crisis que cabía esperar tarde o temprano, pero Pelosi—guiada por motivaciones de política interna norteamericana—ha provocado un estallido que, ante todo, no ha hecho sino perjudicar la seguridad de Taiwán, es decir, la que debía ser la primera obligación de Washington. Las supuestas meteduras de pata del presidente Biden, quien hasta tres veces ha dicho que Estados Unidos intervendría militarmente en el caso de una invasión, han sido otra señal para Pekín—no importa que el Departamento de Estado las haya corregido posteriormente—de que las cosas están cambiando. Pero igualmente tiene razón la Casa Blanca al percibir que la inquietud china por resolver la cuestión se precipita. Ambas partes, como también el gobierno de la isla, han dejado en consecuencia de compartir el marco de referencia que proporcionó un entorno de relativa estabilidad hasta al menos 2016, año en el que, tras la victoria electoral del Partido Democrático Progresista—revalidada en 2020—, la presidenta Tsai Ing-wen evitó adherirse formalmente al “consenso de 1992” sobre las diferentes interpretaciones mantenidas por Pekín y Taipei sobre el concepto de “una sola China”.

A la ruptura del statu quo apuntan igualmente la continuidad de las acciones coercitivas chinas en torno al espacio marítimo y aéreo taiwanés, así como el lenguaje empleado en el tercer Libro Blanco de la República Popular sobre Taiwán (el primero desde que Xi llegó al poder), hecho público por Pekín tras la visita de Pelosi: “no permitiremos que este problema pase de una generación a la siguiente”. Por su parte, de manera simultánea al nuevo suministro de armamento, el Congreso de Estados Unidos discute estos días una propuesta legislativa (la “Taiwan Policy Act”), cuyos proponentes—un senador demócrata y otro republicano—pretenden que sustituya a la ley de 1979 que hasta la fecha guiaba las relaciones con la isla, y sirva para reforzar el compromiso de seguridad norteamericano.

Como las tres crisis anteriores en el estrecho (1954-1955, 1958, 1995-96), la de 2022 marca un nuevo punto de inflexión en las relaciones entre China y Estados Unidos. Pero la principal diferencia es que esta vez existe un equilibrio de poder muy diferente entre ambos, a la vez que los respectivos imperativos internos de cada parte complican los esfuerzos a favor de un acercamiento que permita prevenir un choque mayor. Es posible que el XX Congreso del Partido Comunista establezca el próximo mes unas nuevas líneas rojas sobre Taiwán (Xi debe demostrar que el problema se orienta en la dirección querida por Pekín), mientras que el calendario electoral de Estados Unidos—como ya ha demostrado Pelosi—tampoco facilitará que la Casa Blanca se incline por avanzar hacia un escenario de distensión.

THE ASIAN DOOR: Coches autónomos en China, con permiso de los chips de Taiwán. Águeda Parra

China avanza en el desarrollo de nuevos modelos de movilidad y, junto al amplio despliegue de marcas de vehículos eléctricos, los coches autónomos se reivindican como la siguiente fase en la dinamización de un mercado del automóvil que ya es el más grande del mundo. La proyección es que el 60% de los viajes en vehículo compartido se realicen en los conocidos como robotaxis en 2030, una década por delante que va a marcar cambios importantes en la industria automotriz a nivel mundial.

Los nuevos avances legislativos anunciados por China en materia de coches autónomos sientan las bases para la puesta en marcha de flotas de taxis, autobuses y camiones autónomos por todo el país, aunque cada uno operando bajo distintas directrices. Mientras la circulación de los autobuses autónomos se realizará por rutas cerradas, el área de despliegue de los taxis autónomos se restringirá a carreteras con poco tráfico y de forma controlada. Las cuestiones de seguridad también están contempladas en la propuesta de ley, incorporando la obligación de disponer de seguro de responsabilidad civil que superará los 740.000 dólares, además del resto de seguros obligatorios requeridos para el automóvil.

Con el impulso de las nuevas formas de movilidad, comienza también la rivalidad entre las principales marcas del mercado de coches autónomos, que incluye a Baidu, con su flota Apollo Go, que acaba de presentar la sexta generación de este tipo de vehículos, pero que también incorpora a otras grandes de la industria como Pony.ai, Xpeng, la startup china AutoX financiada por Alibaba, los grandes referentes de coches eléctricos como Nio y BYD, además del recién llegado al mercado de coches, Xiaomi.

El fabricante chino de teléfonos inteligentes ya revolucionó la industria cuando a finales del año pasado anunciaba su incursión en el competitivo sector de los coches eléctricos, desafiando al resto de competidores más afianzados con una propuesta innovadora. La disrupción que impulsa Xiaomi continúa con el desarrollo de tecnología de conducción autónoma, una iniciativa a la que destinará unos 490 millones de dólares y que contará con 500 empleados dedicados de forma exclusiva.

Mientras los avances tecnológicos se suceden en la industria automotriz, proporcionando nuevas modalidades de movilidad, el mercado afronta uno de sus mayores desafíos, la escasez de chips. A los problemas de disrupción en las cadenas de suministro producidos por los efectos de la pandemia, se suma ahora la tensión generada en torno a la geopolítica de la tecnología donde Taiwán se sitúa en el eje estratégico de toda la industria de los semiconductores.

La visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, a Taiwán ha elevado la tensión en el estrecho, siendo las maniobras militares iniciadas por Pekín la parte más visible de un conflicto, que no se limita a la ambición de Pekín de reunificación de la isla con el continente, sino que también aplica al rol mundial de la isla en la industria de los semiconductores. El liderazgo de Taiwán en la fabricación de chips, produce más del 90% de los chips más avanzados, también forma parte de la ecuación en la carrera por la supremacía tecnológica entre Estados Unidos y China, y la nueva ley impulsada por Biden, conocida como Chips and Science Act, podría poner en riesgo el despliegue de los coches autónomos en China y, en general, toda la industria automotriz.

La ley recientemente aprobada, que busca incentivar la producción local de semiconductores, contempla hasta 52.000 millones de dólares en subsidios durante los próximos 5 años para contrarrestar la competencia con China. Sin embargo, la prohibición de que los destinatarios de incentivos federales no puedan ampliar o construir nuevas fábricas de semiconductores de chips amenaza las aspiraciones de China.

En la fabricación de vehículos eléctricos se utilizan hasta 300 microprocesadores, y entre un 60-70% de los casos el suministrador a nivel mundial es la empresa taiwanesa TSMC. No se trata de chips de última generación, ya que se utilizan semiconductores de entre 16 y 40 nanómetros (nm) que podrían fabricarse con las capacidades actuales que posee China, sin embargo, la tecnología es taiwanesa.

Mientras TSMC podría encontrarse en la tesitura de tener que elegir la producción en Estados Unidos o seguir fabricando en China, sería la industria automotriz la que pasaría a convertirse en el principal efecto colateral de la elevada tensión sobre la isla si Taiwán decidiera sumarse finalmente a la nueva ley aprobada por Estados Unidos.

Para Beijing, la reunificación de Taiwán es incuestionable. Nieves C. Pérez Rodríguez

En medio del mayor número de maniobras militares realizadas por el Ejército Popular de Liberación de China en los alrededores de Taiwán como una contundente muestra de rechazo a la visita de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, Beijing publicó el nuevo Libro Blanco sobre Taiwán titulado “La cuestión de Taiwán y la reunificación de China en la nueva era”.

El documento se hacía público justo cuando se cumplía una semana de la visita de Pelosi a la isla como otra muestra de su rechazo y a su vez por la necesidad de ratificar que Taiwán es territorio chino. El preámbulo reza:

… “Resolver la cuestión de Taiwán y realizar la reunificación completa de China es una aspiración compartida por todos los hijos e hijas de la nación china. Es indispensable para la realización del rejuvenecimiento de China. También es una misión histórica del PC chino”.

En esos tres puntos se resume la importancia política de la reunificación como ellos la llaman. Es una aspiración de los ciudadanos porque estos han sido ideologizados bajo el esquema de una China con dos modelos o lo que es lo mismo un país dos modelos, pero siempre enfatizando la idea de que es una solo nación.  Xi Jinping recuperó varios términos desde que se hizo con el poder, como es el sueño chino o el rejuvenecimiento de China, que a diferencia del sueño americano donde un individuo con su trabajo puede conseguir lo que se proponga, el chino es la subordinación de los sueños individuales en pro del sueño colectivo. Y definitivamente, el PC chino lo ha promocionado desde que tomó el poder una misión histórica porque desde su creación han insistido en que Taiwán es parte del territorio de China.

Claramente, el rejuvenecimiento del que tanto habla Xi es una necesidad y una oferta política de carácter nacionalista que, en el fondo, busca el impulso económico de China y a su vez la consolidación y liderazgo internacional chino en el mundo. Y en el plano doméstico se traduce como el retorno o vuelta de los territorios desperdigados, cuya lista hasta hace poco incluía a Macao y Hong Kong, pero que en el documento afirma que una vez que han regresaron se restauró el orden y la prosperidad en esos territorios.  Aun cuando reconocen que en Hong Kong hubo un periodo de agitación que fue superado gracias a la represión de las fuerzas de seguridad china.

En el libro Blanco de Taiwán se recrea la historia que ha vinculado a China y a Taiwán desde la antigüedad, basado en descubrimientos arqueológicos en ambos lados del estrecho, pasando por distintas dinastías, documentos y hechos históricos. Todo para justificar que son parte de China porque así lo han sido desde tiempos remotos. Y de hecho literalmente dice: “Después de un siglo de sufrimiento y privación, la nación ha superado humillación, emergió del atraso y abrazó oportunidades ilimitadas de desarrollo. Ahora China se dirige hacia el rejuvenecimiento”.  Dejando por sentado que a pesar del tiempo que Taiwán ha sido independiente, que es más de un siglo, están cada vez más cerca de la reunificación.

Sin embargo, el sentimiento ciudadano en Taiwán es otro. Hoy en día sólo el 2% de los taiwaneses se identifican exclusivamente como chinos lo que se traduce en una caída del 25% en las últimas tres décadas, según la Universidad Nacional de Chengchi, que es uno de los centros de estudios más prestigiosos de Taiwán. Curiosamente Beijing, a pesar de su crecimiento indiscutible en los últimos años, ha conseguido más distanciamiento de esos territorios y rechazo social de esos ciudadanos.

El documento asevera en múltiples ocasiones que la reunificación es un proceso que no puede ser detenido porque es crítico para el rejuvenecimiento de la nación, así como que el progreso de China es la prueba que marcará el bienestar en ambos lados del estrecho, “desarrollo que se ha alcanzado gracias al socialismo con características chinas y al alto precio del mismo.  Cualquier intento de fuerzas separatistas para prevenir la reunificación está destinado al fracaso”. Y por último sostienen que si fuerzas externas obstruyen la reunificación de China serán vencidas.

Aunque asegura el texto que trabajarán para una reunificación pacífica, afirman que no renunciarán al uso de la fuerza, así como se reservan la opción de tomar las medidas necesarias para cumplir el objetivo. Si bien a lo largo del documento invitan a los taiwaneses a trabajar de la mano como “patriotas”, el desacato es considerado como un crimen que será penado.

Aunque este es el tercer Libro Blanco sobre Taiwán (el primero fue en 1993 y el segundo en 2000) el momento en que ha sido publicado es sin duda decisivo para Beijing, que aprovecha otro medio para manifestar su posición en medio de la crisis. En las primeras versiones se dejaba abierta la opción de que Taiwán mantuviera su sistema de semi autonomía, político, judicial y financiero, pero está última versión sólo describe que puedan mantener su sistema social y manera de vivir, que la misma ambigüedad genera inquietud e incógnitas.

El PC chino ha montado toda su estrategia basada en el control social y la manipulación individual, donde el ciudadano tiene que plegarse a lo que desde el partido / Estado se dicta. No existe una diferencia entre ambos, el partido usa la figura del Estado para imponer sus lineamientos, como lo hemos visto repetidamente en el Tibet, en Xinjiang, o en políticas como la de un solo hijo, que se impone sin importar la crueldad o el daño psicológico se coacciona a su cumplimiento.

THE ASIAN DOOR: Taiwán en el eje del epicentro de la geopolítica. Águeda Parra

Ante la invasión de Ucrania, China no se ha salido de su propio guión. China ha seguido su máxima de no injerencia en los asuntos internos de otros países, y no ha buscado ni influir ni mediar en el conflicto, pero tampoco está prestando apoyo militar a Rusia.

No obstante, ni los retos militares ni económicos que tenga que afrontar Rusia en su invasión de Ucrania van a influir en sus intenciones futuras respecto a Taiwán.  Un conflicto que, de producirse, plantea un escenario de guerra asimétrica por la diferencia de poderío militar entre ambos países. En este sentido, las lecciones aprendidas que está aportando la invasión de Ucrania están permitiendo remodelar la estrategia de las fuerzas defensivas de Taiwán.

En este contexto, las tácticas militares están muy ligadas al tipo de tecnología militar disponible en cada momento, y la modernización de las capacidades de China están incorporando un uso intensivo de la inteligencia artificial (IA), además de desarrollar su propia capacidad de defensa de antimisiles. De hecho, la aplicación de la IA que utiliza China en sus capacidades militares marcaría una diferencia importante respecto al escenario militar que se está desarrollando en Ucrania.

De ahí, que la invasión de Ucrania esté aflorando la necesidad de disponer de armamento más moderno. El asesoramiento de Estados Unidos en este sentido estaría dirigido a que Taiwán realizara compra de equipamiento militar que le permita reforzar los sistemas de defensa de la isla. La venta de armas por parte de Estados Unidos hacia la isla ya se incrementó en tiempo de la administración Trump, y se ha seguido reforzando durante la presidencia de Biden. De hecho, el ritmo de compra de armamento que Taiwán ha venido realizando a Estados Unidos se ha intensificado en la última década, alcanzando los 23.000 millones de dólares desde 2010, de los que 5.000 millones de dólares corresponderían sólo a 2020, según un informe del Pentágono.

Respecto a las capacidades de China, el gigante asiático se encuentra actualmente inmerso en un proceso intensivo de modernización de su poderío militar y de una mayor capacitación del su ejército, un proceso de reforma que comenzó en 2015, poco tiempo después de que Xi Jinping asumiera el cargo en 2013. Con esta modernización, China aspira a garantizar que sus capacidades militares sean las necesarias para disponer de una ventaja decisiva en todos los escenarios que se puedan plantear en un conflicto con Taiwán donde también intervenga Estados Unidos. Asimismo, el objetivo es poder “luchar y ganar” guerras modernas e “informatizadas”, según figura en las fuentes oficiales, es decir, aquéllas que hagan un amplio uso de las nuevas tecnologías.

El plan de modernización planteado hace más de un lustro estaba previsto que culminara para 2035, pero China recientemente ha adelantado esa fecha a 2027. Con este adelanto del proceso de modernización militar, el gigante asiático acelera su agenda asertiva respecto a sus objetivos de reunificación de la isla en un entorno de creciente tensión por la coyuntura internacional que ha planteado la guerra de Ucrania.

Al permanente estado de alerta en el que se mantiene el estrecho por las continuas incursiones en la zona de defensa área de Taiwán por parte de aviones chinos, se ha sumado recientemente la tensión generada por la visita de un senador estadounidense a la isla, provocando el malestar propio que este tipo de visitas suele producir en China. No obstante, el anuncio de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, de su intención de visitar la isla, intensificaría más de lo esperado la tensión, ya de por sí muy elevada. De hecho, sería la primera vez en 25 años que un presidente de la Cámara visita la isla.

Pulso en el Pacífico: vivir con más tensión

La visita de Nancy Pelosi a Taiwán, considerada por sectores del Partido Demócrata norteamericano y por el presidente Biden como inoportuna y señalada por muchos como provocación, ha creado una situación a partir de la cual van a cambiar muchas cosas y China ya ha decidido aumentar la presión sobre la isla disidente y mantener ese nivel hasta que una coyuntura más favorable le permita “reunificar” su nación, es decir, ocupar militar y brutalmente la isla, destruir su sistema democrático, apropiarse de su extraordinaria producción industrial y cumplir la gran obsesión del Partido Comunista Chino desde la guerra civil en que consolidó su tiranía aunque no pudo extenderla a la isla rebelde.

Pero en el fondo, la reacción china, que sólo era cuestión de tiempo, es básicamente, en este momento, un ejercicio de exhibición de poder bélico para ocultar su frustración y su impotencia al no poder impedir el viaje de la presidenta del Congreso de Estados Unidos a la isla. La propaganda china (como la rusa por otra parte) viene insistiendo desde hace años sobre el declive de Estados Unidos y su incapacidad progresiva para liderar Occidente y, aunque exista  una evolución en este sentido que merecería un debate reposado y honrado, China y Rusia parecen haber confundido los tiempos y creer que ese proceso de declive está ya avanzado y han acelerado. Y Rusia ha demostrado su inferioridad militar en Ucrania y China no es capaz, todavía, de suscitar un desequilibrio político y militar a su favor en el Indo Pacífico.

Y, por otra parte, Occidente no puede abandonar gratis a Taiwán, y no sólo por los intereses de los taiwaneses, porque dejar que China vaya imponiendo soluciones autoritarias progresivamente es una amenaza global a los sistemas democráticos, a la libertad comercial y al progreso.

Detrás de la decisión de Pelosi hay un montón de factores relacionas con la situación política interna de Estados Unidos, la crisis de liderazgo en los dos grandes partidos, las elecciones parciales próximas y la pérdida de popularidad de la Administración Biden pero estas razones no deben ser la coartada para hablar de provocación, justificar en el fondo la amenaza china y, como hace la izquierda y sus compañeros de viaje, señalar a Estados Unidos como el origen de todos  los conflictos. Porque detrás de todo ese discurso se esconde una negación a aceptar retos que exijan sacrificios y de ahí nace una creciente, y peligrosa si no se medita, presión a Ucrania para que vaya pensando en ceder y a no “provocar” a China. Es una vieja enfermedad europea que ha precedido a las dos grandes guerras mundiales y se sienten sus síntomas.

Taiwán, una vez más en el ojo del huracán. Nieves C. Pérez Rodríguez

La advertencia que ha venido haciendo reiteradamente Taiwán durante años y de la que en los últimos tiempos se han hecho eco muchos analistas y expertos, por desgracia parece estar llegando al punto de convertirse en un peligro inminente. El Partido Comunista chino ha expresado abiertamente sus ambiciones y en la medida en que han crecido y fortalecido su economía y poderío militar se sienten con el derecho de exigir y hablar más abiertamente y sin filtros.

Taiwán es una provincia china histórica de acuerdo con el PC chino, por lo que se oponen a cualquier iniciativa que pueda dar más legitimidad internacional a las autoridades taiwanesas y contacto oficial entre autoridades de Taiwán con otros países. Como suele suceder cada vez que se le da trato preferencial de Estado a un funcionario taiwanés, China se queja enérgicamente. Lo mismo ha sucedido cuando un país permite que abran una oficina pseudo diplomática taiwanesa en su territorio. Incluso Beijing ha ido más allá. En los países en los que existen o existían oficinas de intereses comerciales taiwaneses, a través de presión diplomática, económica y política, Beijing ha ido presionando a los Estados receptores hasta el punto de que muchas oficinas han desaparecido.

Desde que se diera a conocer que la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU quiere visitar Taiwán en medio de una gira que tiene pautada a Asia en agosto, la tensión entre China y Estados Unidos ha vuelta a subir, lo que rememora la era Trump y la guerra comercial en la que los días transcurrían intentando determinar hasta donde podría llegar la tensión e incluso especulándose sobre cómo esa lucha tarifaria podría comprometer las economías.

Para el PC chino Taiwán es parte de su territorio soberano, por lo que cualquier asunto que aborde o incluso roce la legalidad de la isla o su estatus hace a Beijing reaccionar bruscamente. Sin embargo, las visitas de oficiales estadounidenses se suceden con frecuencia y aunque Beijing las sigue muy de cerca toca admitir que la reacción esta vez ha sido mucho más extrema.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, advertía de que China tomará medidas firmes y decididas si Pelosi continuaba con los planes de su visita. Incluso el Ministro de Defensa chino llegó a sugerir que podría haber una respuesta militar.  Lo que claramente demuestra el nivel de irritación del gobierno chino.

Pelosi es una figura muy prominente en la política de los Estados Unidos, tiene 35 años de servicio en el Congreso, ha sido muy crítica de las violaciones de derechos humanos en China y además es una mujer muy respetada internacionalmente por su larga trayectoria y, como si todo eso fuera poco, es además la segunda en la línea de sucesión a la presidencia de los Estados Unidos de pasarle algo a Biden. Lo que todavía la eleva a un rango más alto internacionalmente.

Todas estas razones han abierto un gran debate en Washington mientras que del otro lado del Pacífico ha causado conmoción. El General Mark Milley, jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, declaró que “si Pelosi solicitase apoyo militar para el viaje, yo mismo haré lo necesario para garantizar que transcurra con seguridad”. Mientras que cuando un periodista preguntó al mismo presidente Biden sobre el posible viaje dijo: “que el ejército no cree que sea una buena idea en este momento”, cosa que no sorprende porque Biden tiene una fuerte propensión de responder lo que le viene en el momento y no seguir el guion de la Casa Blanca. Es bien conocida esta tendencia entre quienes han trabajado cerca de él desde su paso por el Congreso, durante su etapa como vicepresidente o incluso los que trabajan hoy para su Administración.

Una respuesta que, aunque sea razonablemente acertada, muestra desmembración o división en el Partido Demócrata y, sin duda, debilidad frente a China. Pelosi conocida también por su astucia política e ironía respondía a los periodistas que ella creía que “el presidente había dicho era que tal vez los militares tenían miedo de que mi avión fuera derribado o algo así…”, saliendo mejor parada que el mismo Biden del altercado.

Es muy probable que la razón por la que China ha reaccionado tan fuerte es porque esta visita se ha filtrado. Desde que el Financial Times lo publicó no se ha parado de hablar del viaje en cuestión. No obstante, en abril de este año se llevó a cabo una visita “no anunciada” de un grupo de representantes a la que justamente Pelosi tenía previsto unirse, pero debido a que se contagió de Covid-19 no pudo asistir con sus colegas.

Hace veinticinco años que Taipéi no recibe la visita de un presidente de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. En 1997 el republicano Newt Gingrich visitó Taiwán junto con otros once miembros de su cámara en una visita oficial que tuvo una duración de tres días.

Esta polémica sucede la misma semana que estaba pautada la quinta cumbre virtual entre Biden y Xi Jinping en la que éste último afirmó que “aquellos que juegan con fuego acaban quemándose” además de que recordó que “hay una firme voluntad de 1400 millones de chinos de salvaguardar firmemente la soberanía integral territorial de China”.

Biden por su parte respondía que “EE. UU. no ha cambiado su posición frente a Taiwán y se opone enérgicamente a los esfuerzos unilaterales para cambiar su status quo”, durante las más de dos horas que duró el encuentro.

Coincidiendo con el mismo día de la cumbre virtual entre Biden y Xi, un portaaviones estadounidense y su grupo de ataque regresaron al Mar de China meridional después de una escala de descanso en Singapur, lo que para algunos observadores se traduce en una estrategia de despliegue en la región en medio del aumento de tensiones entre Washington y Beijing.

Nunca es un buen momento para subir tensiones entre dos potencias pero objetivamente ahora mismo la situación geopolítica internacional está especialmente complicada con la Guerra rusa en Ucrania y las consecuencias de ésta en los precios y distribución de los combustibles, los cereales y el impacto en la ya golpeada economía internacional debido a la pandemia.

A Estados Unidos le preocupa que, en el mismo marco de la invasión de Ucrania, Beijing vea un buen momento para invadir Taiwán basados en sus reclamaciones históricas. Aun cuando Washington ha aceptado la ambigüedad de estas reclamaciones, entiende que se basan en una nación dos modelos, y reconocen también que la agresividad que han venido manifestado en sus peticiones es cada vez más fuerte, tal es el caso de las aguas internacionales alrededor de Taiwán que ahora Beijing insiste en que son suyas.

Zack Copper, ex asesor del Pentágono y profesor de Georgetown y Princeton, y Bonnie Glasser, directora del programa de Asia de la Fundación German Marshall, en un artículo conjunto publicado por el New York Times explicaban que “una sola chispa podría encender esta situación combustible en una crisis que escale a un conflicto militar. Pelosi y sus asesores pueden pensar que esto tendría un efecto estabilizador, así como muchos en Washington creen que las fuertes demostraciones del compromiso de Estados Unidos con Taiwán disuadirán a China de una aventura militar. Pero en este momento la visita de Pelosi a Taiwán podría provocar una respuesta china contundente.

Cooper y Glasser afirman que sí a Xi se le acorrala en una esquina éste se verá presionado a reaccionar. Además, hay que tener en cuenta la cercanía con el congreso del Partido Comunista que puede servir de una mayor presión para que Xi tome una decisión inminente. Una escalada de tensiones por una visita oficial sería entendida por los aliados estadounidenses como ocasionada por Washington.

 

Washington avanza en robustecer la seguridad de Taiwán. Nieves C. Pérez Rodríguez

En el Senado de los Estados Unidos se acaba de presentar un proyecto de ley sobre el fortalecimiento de asistencia y apoyo en materia de seguridad a Taiwán con el propósito de revisar la legislación actual existente en los Estados Unidos hacia Taiwán y ampliar la colaboración que se estableció en 1979 y que se ha mantenido hasta el momento.

El proyecto de ley, promovido por el senador demócrata Bob Menéndez y presentado con Lindsey Graham (senador republicano), se introduce en un momento de gran tensión en las relaciones entre Estados Unidos y China. Tan sólo una semana atrás el ministro de defensa chino Wei Fenghe hizo unas fuertes declaraciones en las que afirmó “China no dudará en comenzar una guerra y aplastar en pedazos a Taiwán”.

En tal sentido, el senador Menéndez afirmó que “este proyecto de ley enviará un mensaje claro a China: China no deberían cometer el mismo error de Rusia al invadir a Ucrania”. La ley en cuestión busca ampliar los esfuerzos estadounidenses para promover la seguridad de Taiwán, garantizar la estabilidad regional, así como intenta disuadir a China de agredir a Taiwán. Para ello contempla un presupuesto de 4.5 mil millones de dólares en asistencia en seguridad en los próximos cuatro años.

La ambiciosa ley buscaría también servir de puente entre Taiwán y organizaciones internacionales en la arquitectura comercial multilateral. Asimismo, define a Taiwán como un importante aliado “no miembro” de la OTAN (de acuerdo con la ley estadounidense, supone la designación de estatus de “aliado principal no-OTAN”) un poderoso estatus que brinda a los socios un beneficio adicional en áreas de comercio de defensa y cooperación en seguridad.

 

En el contexto actual, ese estatus tiene un efecto más enérgico e incluso debería ser disuasorio frente a las pretensiones del PC chino. Y, a su vez, fortalece la imagen de Taiwán con el posible apoyo de instituciones multilaterales tanto económicas como de defensa.

Casi simultáneamente Beijing anunciaba el lanzamiento de su portaaviones más largo, que analistas expertos en la materia consideran que es un rival de los portaaviones más grandes estadounidenses, en dimensiones, y que fue bautizado con el nombre de Fujian que es el nombre de la provincia china que bordea el frente de Taiwán. La provincia de Fujian geográficamente se encuentra justo enfrente del estrecho de Taiwán en el mar de meridional de China, que valga recordar que Beijing ha venido insistiendo en que las aguas de ese estrecho no son aguas internacionales sino chinas, y en efecto los chinos desarrollan constantemente maniobras militares en la zona que se han venido incrementando en frecuencia en los últimos años.

En la presentación del texto, el senador Graham afirmó que el proyecto de ley es la mayor expansión de la relación militar y económica entre ambos países en décadas. Además, dijo, “cuando se trata de Taiwán nuestra respuesta debería ser que estamos a favor de la democracia y en contra de las agresiones comunistas. Vivimos tiempos peligrosos. China está evaluando a Estados Unidos y nuestro compromiso es Taiwán. El peligro solo empeorará si mostramos debilidad frente a las amenazas y las agresiones chinas hacia Taiwán”.

Las palabras pronunciadas por ambos senadores en el momento de la presentación del proyecto de ley tienen una gran validez hoy y deberían ser puestas en práctica por muchas naciones libres, en un momento en que Occidente parece sentir miedo por la soberanía y las posibles agresiones contra los valores democráticos después de la invasión de Ucrania, al igual que el manejo de la pandemia en China desde el mismo comienzo de esta, desde el secretismo inicial hasta los severos confinamientos que hemos visto hasta hace solo días atrás.

Vivimos tiempos peligros y hay que enviar un mensaje contundente a China: Occidente no va a tolerar que Beijing decida acabar con una democracia y hacerse con Taiwán, eso sería mucho más que hacerse con el control de una isla con profundos valores democráticos; eso significaría hacerse con el control de mares internacionales junto con la anulación de la libertad de navegación en los mismos, el control regional y poco a poco la dominación, imposición y normalización de sus valores en el mundo.

 

INTERREGNUM: China en África. Fernando Delage

Ninguna gran potencia presta a África la atención que China le dedica desde hace años. La República Popular es el primer socio comercial del continente, su principal acreedor y el primer inversor en el desarrollo de sus infraestructuras, tanto físicas como digitales. China se ha convertido en una variable decisiva del futuro de África, a la vez que ésta ilustra las ambiciones globales de Xi Jinping.

Así lo pone de relieve el extraordinario cambio producido en las relaciones China-África en los últimos veinte años. La lógica de su presencia respondía desde finales de los años noventa a las necesidades de desarrollo de la República Popular, es decir, el acceso a recursos y materias primas y la adquisición de mercados para la exportación de sus productos manufacturados. Los resultados hablan por sí solos: el comercio en ambas direcciones aumentó de apenas 10.000 millones de dólares en el año 2000 a 254.000 millones de dólares en 2021, una cifra más de cuatro veces mayor que los intercambios entre Estados Unidos y África. Para China, África representa sólo el cuatro por cien de su comercio exterior (menos que Alemania), pero de ser el primer socio comercial de sólo cuatro países africanos hace dos décadas, hoy lo es de los 54 Estados del continente.

En la primera década del siglo XXI, China aumentó asimismo su participación en la financiación de infraestructuras, y no—como lo han hecho los países occidentales—a través de su política de ayuda al desarrollo, sino en forma de préstamos. Entre el año 2000 y 2020, la banca pública china ha concedido créditos por valor de 160.000 millones de dólares a los gobiernos africanos. No es cierto, sin embargo, como se mantiene con frecuencia, que la República Popular sea la principal causa de la deuda de estos países. En 2020—último año con datos disponibles—los créditos chinos equivalían al 17 por cien de la deuda pública del África subsahariana, menos que el Banco Mundial (19 por cien) o la banca comercial internacional (30 por cien). Es significativo asimismo que los préstamos chinos se hayan reducido notablemente desde 2016: en 2020 sumaron 1.900 millones de dólares, la cifra más baja desde 2004.

Pese a su indudable relevancia, los intereses económicos de Pekín van acompañados de objetivos políticos cada vez más evidentes. Desde el establecimiento de la República Popular en 1949, un hecho que coincidió con el comienzo del proceso de descolonización, Pekín hizo de África un espacio para la proyección del maoísmo—hasta los años setenta—y para la consecución de apoyo en los foros multilaterales a sus grandes prioridades diplomáticas (Taiwán en particular). Hoy, una China camino de convertirse en la primera economía del planeta, recurre al continente en su estrategia de proyección global y de contraequilibrio de la influencia occidental.

África, en efecto, forma parte junto a América Latina y Oriente Próximo—y el mundo islámico en general—de ese Sur Global cuyo liderazgo Pekín asume de manera no oficial. El enfrentamiento con Estados Unidos y con la Unión Europea de nuestros días redobla la importancia de este espacio para intentar reconfigurar las bases del orden internacional de manera favorable a los intereses y valores chinos. Es una estrategia no sólo orientada a influir en la política exterior de los países africanos: Pekín promueve igualmente de manera activa su modelo económico y político como alternativa al libre mercado y la democracia liberal.

Norteamericanos y europeos—el “Global Gateway” de la UE es la más reciente prueba—han reaccionado gradualmente a esta presencia china en África. No obstante, como indican varios estudios recientes, existe el riesgo de sobrevalorar la influencia china y no tener en cuenta los obstáculos que también afronta Pekín (de la corrupción a los daños al medio ambiente, de la complicidad con las elites políticas a las condiciones laborales de los trabajadores locales). La dinámica actual en el continente no es, por resumir, un simple juego de suma cero, pero sí un terreno complementario de la competición geopolítica entre las grandes potencias.

Biden: Una visita y un aviso

Con la visita del presidente Biden al oriente asiático, la Administración de EEUU ha emitido a China un aviso claro de que, aunque Rusia haya ratificado su carácter de mayor amenaza a la estabilidad internacional, no se ha bajado la alerta ante China, sus movimientos expansionistas económico militares y sus amenazas a la China democrática, es decir, Taiwán. De esto se ocupan esta semana nuestros colaboradores Fernando Delage y Nieves Pérez.

Como hemos venido diciendo, la invasión a Ucrania y las agresiones rusas han sacudido todos los escenarios estratégicos del planeta y eso está produciendo realineaciones y fortalecimiento de lazos antiguos producidos por la incertidumbre.

China está también descolocada con la aventura rusa, que ha trastocado sus planes, y está haciendo equilibrios imposibles para mostrar a la vez apoyo a Rusia y gestos de buscar un acuerdo de paz en Europa sin resultados aparentes. Además, China pasa por crecientes dificultades económicas por su política anti COVID y eso obliga a Pekín a extremar la prudencia en sus decisiones.

Y ahora aparece un elemento añadido que puede introducir cambios en el escenario regional: la victoria del centro izquierda en las elecciones australianas tras diez años de gobierno conservador. La que era oposición australiana hasta ahora venía defendiendo una actitud algo más blanda hacia China y su victoria pone interrogantes sobre el estrechamiento militar industrial entre Australia, EEUU y Reino Unido precisamente referido a la creciente amenaza china y a la necesidad de ser más firme ante sus amenazas.

China, Taiwán y las enseñanzas ucranianas

Como ya hemos señalado varias veces, desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania China estudia con suma atención cada acción militar de rusos y ucranianos, cada paso político de Kiev y Moscú, cada reacción de Bruselas y de la Unión Europea y cada iniciativa de Estados Unidos. Para Pekín  y sus ambiciones de someter a la autoridad del gobierno y del Partido Comunista chino la isla de Taiwán, es muy útil analizar tácticas militares, el uso y la eficacia de armas nuevas y de las contramedidas, la gestión de la ciberguerra y las reacciones de la OTAN, su solidez interna y su capacidad de burlar la vigilancia rusa y dotar a los ucranianos de recursos para resistir a las fuerzas de la teórica segunda potencia militar del planeta.

Y lo que China ha venido observando es muy decepcionante. El ejército ruso se ha visto, en cuatro semanas, empantanado frente a un ejército de Ucrania que, aunque muy reforzado desde 2014, es sumamente inferior al ruso. Rusia ha revelado una doctrina militar y un uso de sus fuerzas que no parece haber evolucionado desde la última guerra mundial; con prepotencia, sin capacidad logística suficiente, una centralización de órdenes tan burocrática que ha  impedido reoperar sobre el terreno ante la versatilidad ucraniana y la acción de unidades de infantería menores pero más ágiles, con iniciativa y gran potencia de fuego y, sobre todo un fracaso general en sus  intentos de cegar las comunicaciones ucranianas, sus radares, sus enlaces con las fuerzas en combate y su propaganda en el exterior. Y China sabe que repitiendo esos errores ante la maquinaria militar y económica occidental, aunque el escenario sea diferente, una acción en Taiwán estaría condenada al fracaso.

Por eso, China lleva meses provocando, con incursiones aéreas y marítimas, las aguas y los cielos de Taiwán, porque necesita, además de adiestrar a las fuerzas propias, medir la capacidad de detección de los radares taiwaneses y aliados en el escenario teórico de un conflicto que la Inteligencia de Estados Unidos sitúa antes de 2027, analizar la rapidez y capacidad de reacción y medir la solidez de las alianzas regionales en el caso de una conflagración regional.

Esto es esencial para China, además de ocupar el espacio político y económico que inevitablemente va a dejar una debilitada Rusia en su fracaso ucraniano, en el oriente que fue parte o esfera de influencia de la Rusia soviética.

Y aquí está el gran reto occidental y más concretamente de Estados Unidos, que además de demostrar superioridad aparente de sus sistemas frente a las capacidades rusas, tiene que analizar también y así se está haciendo, el escenario del Indo Pacífico y el protagonismo chino a la luz de los acontecimientos en Ucrania y Europa.