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INTERREGNUM: Three summits, three questions. Fernando Delage

In less than a week, three different meetings have shown the end of an era in Asia (and in Europe). The G-7 meeting in Canada, the summit between the president of the United States and the North Korean leader in Singapore, and the annual forum of the Shanghai Cooperation Organization (SCO) in Qingdao (China), reveal the accelerated transition towards a new regional and global order.

In Charlevoix, by refusing to sign the joint statement with its G-7 partners, Trump explicitly rejected the basic pillars of the post-war international order. Moreover, he has not hesitated to challenge his partners by imposing new trade tariffs. The question was imposed: can we continue talking about a Western political community?

The contrast with the treatment given by Trump to Kim Jong-un only two days later could not be greater. “We have an extraordinary relationship ahead of us”, American president said about Kim, with whom he hopes to establish formal diplomatic relations soon. His avowed intention to abandon the US military presence in South Korea ended up aggravating the concern of his Asian allies, already surprised by what happened in Canada.

Trump’s words mark the effective end of a war that began just 68 years ago – on June 25, 1950, when North Korea invaded the South – and that has been the determining factor of Asia’s strategic balance. It is important to keep in mind that the Korean War was the decisive turning point in beginning of the Cold War, and -through the famous document NSC68- the start of the implementation of the policy of American containment. The support of Beijing and Moscow to Pyongyang made the conflict a central front against communism. The implosion of the Soviet Union several decades later solved the ideological competition, but the Western structures designed to compete with the rival powers did not disappear: NATO, far from dissolving, expanded, as the West also increased its economic relations with China, facilitating its ascent.

A second question is therefore inevitable: what will happen with the order of the Cold War in Asia when its last vestige -the Korean War- definitely passes into History? When the president of the United States seems to feel more comfortable with the North Korean dictator than with his European allies, can his Asian partners continue believing in the guarantee of security that Washington has offered them since the end of the Second World War?

China and Russia attend with undisguised satisfaction to this rapid disintegration of the liberal order. While the West loses strength as a bloc, Eurasia consolidates as a strategic space. This has been highlighted by the first summit of the SCO in which India and Pakistan have participated as new partners, and to which Iran was invited as the next candidate for accession. The cohesion of the group should not be overestimated, but the contrast is significant, especially when China replaces the United States as the main defender of a multilateral system. Self-absorbed in their unilateralist preferences, Washington does not propose an alternative order to the dismantling of the post-war order, but what about Europe? This is the third question incited by the events of the week: what will the European Union do when the transatlantic relationship loses steam and its interests are directly affected by the geopolitical reconfiguration of Eurasia? (Traducción: Isabel Gacho Carmona)

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INTERREGNUM: Kim vuelve a China. Fernando Delage

La semana pasada, sólo días después de su encuentro con el presidente de Estados Unidos en Singapur, Kim Jong-un realizó una nueva visita a China: la tercera en menos de tres meses. Mientras medio planeta se pregunta por el sustancia de su reunión con Trump, Pekín vuelve a confirmar su influencia en este complejo juego diplomático a varias bandas.

La sombra de China es inevitable por razones históricas e ideológicas, que están detrás de su alianza con Corea del Norte, su único aliado formal. Pero también por su “protección” política y económica de un Estado con el que comparte frontera. Como principal socio económico suyo, de Pekín depende en gran medida el grado exacto de presión a ejercer sobre Pyongyang a través de las sanciones que se acuerden en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero más allá de estos factores estructurales, el contexto se ha movido en los últimos días.

Tras oír a Kim en persona, los líderes chinos habrán sacado sus propias conclusiones sobre lo ocurrido en Singapur, y sobre el margen de maniobra que Trump cree tener sobre la cuestión. Al mismo tiempo, la imposición de aranceles por valor de 200.000 millones de dólares a la importación de productos chinos decidida por Estados Unidos esta misma semana se ha traducido en una poderosa arma para Pekín. ¿Tras esta declaración de guerra comercial, de verdad espera Trump que su homólogo chino, Xi Jinping, le ayude en sus objetivos en la península coreana?

El afectuoso trato que ha recibido Kim en su última visita constituye un significativo mensaje para Washington: China es una variable que Trump necesita, pero que escapa a su control. Si la Casa Blanca mantiene su escalada proteccionista, no tardará en perder la cooperación de Pekín. Por su parte, en su “repentino” acercamiento a la República Popular, Kim Jong-un ve reforzada—sin mayores esfuerzos—su posición negociadora. Singapur ha facilitado el pretexto para que se relajen las sanciones impuestas a Corea del Norte, mientras que Pyongyang puede alargar en el tiempo el diálogo sobre desnuclearización.

No son pequeños logros. Aun más cuando, sin obtener nada a cambio, Trump ha decidido suspender las maniobras militares con Corea del Sur previstas para el mes de agosto. Kim amplía de este modo sus opciones estratégicas, a la vez que pone en evidencia las declaraciones del presidente norteamericano de que ha “resuelto” el problema. Al fondo, entre bambalinas, Pekín obtiene el escenario más favorable para sus intereses. (Foto: Alex, Flickr)

la duda

Una duda razonable

Ahora que se remansan las aguas de la aceleración mediática en torno al encuentro entre Kim y Trump y sus resultados (los medios siempre más atentos a los detalles llamativos que a los trascendentes) es tal vez el momento de llegar a algunas conclusiones, tal vez apresuradas, aunque esta semana encontrarán un buen análisis de nuestra colaboradora en Washington, Nieves C. Pérez.

En primer lugar, la cumbre y sus anuncios de acuerdo han creado una dinámica irreversible hacia otro escenario en el que Corea del Norte será ya un actor imprescindible. Incluso si Kim, en uno de sus giros chantajistas, quisiera volver a elevar la tensión por razones coyunturales, tendría menos apoyos que antes.

En segundo lugar, el proceso de desnuclearización en la península coreana solo tiene un ganador a medio y largo plazo, y es China. Pekín no quería el derrumbamiento de Corea del Norte que habría situado tropas de EEUU en su frontera. Con el acuerdo en desarrollo, China ha neutralizado ese riesgo y si el proceso de desnuclearización avanza alegará que ya no hay razones para que haya tropas de EEUU tampoco en Corea del Sur, que ya no correría riesgos. Mientras, China sigue avanzando sus fronteras marítimas manu militari.

Tercero, los aliados de EEUU en la zona, cuya seguridad depende de esta alianza desde la II Guerra Mundial, están en un escenario de incertidumbre en el que ven el fortalecimiento de la presencia china y un debilitamiento de la de EEUU.

Todo va a cambiar y habrá que acostumbrarse a un escenario geopolítico nuevo. Estados Unidos ha sido el baluarte de la libertad en la zona y debe seguir siéndolo. La duda está en si, a pesar de algunos de sus éxitos, es Donald Trump el líder que esta nación necesita. (Foto: Tzvetan Chaliavski, Flickr)

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¿Cuál es la situación post-Cumbre de Singapur? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Uno de los momentos más surrealistas de la historia contemporánea se vivió en Singapur. Esa imagen en la que el tirano de Corea del Norte se convertía en un líder legitimado internacionalmente de manos de su más temido enemigo. Podría asumirse que se está redefiniendo la diplomacia y reevaluando los protocolos tradicionales que han envuelto la dinámica internacional. O que quizá la irreverencia de Trump ha abierto un camino que se daba por inexistente. Lo cierto es que, producto de ese gran encuentro, surgió la opción de desnuclearización de Corea del Norte junto con la petición de la desnuclearización del resto de la península, que involucra a Corea del Sur, por lo que se plantea la gran pregunta: ¿Qué papel jugará Estados Unidos en la región?

Si desmenuzamos la declaración conjunta de la cumbre, que cabe decir es realmente corta, fundamentalmente se abordan 4 puntos, de los cuales los dos primeros rezan prácticamente lo mismo: un compromiso mutuo de reestablecer relaciones entre ambas naciones en un marco de paz y prosperidad y la sostenibilidad de esa paz en la península de Corea. El tercer punto es un compromiso para la completa desnuclearización de la península coreana. Y en el último se aboga por recuperar los prisioneros de guerra y desaparecidos en combate junto con la repatriación de los mismo. Por lo tanto, el punto crítico de este documento oficial se centra en la total desnuclearización de las dos Coreas que encierra un significado mucho más amplio y complejo, puesto que con ello desaparecería Estados Unidos del Sur y su presencia estratégica mermaría en la zona.

Ahora bien, la idea de desnuclearización de la península de Corea, fue planteado en la Declaración de Panmunjom, el pasado 27 de abril, producto del encuentro entre Kim Jong-un y Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur. Esta declaración, mucho más amplia y detallada, comienza exponiendo que se ha emprendido una nueva era de paz para las dos naciones y sus relaciones bilaterales, dejando atrás la guerra y, con miras en la búsqueda de la reconciliación, el acercamiento y prosperidad de las dos Coreas. Para conseguirlo precisan que harán un esfuerzo común por aliviar la aguda tensión militar. Así, tienen previsto que la zona desmilitarizada se transforme en una zona de paz, y ese proceso se supone comenzó el pasado 2 de mayo. Asimismo, expone con muchos detalles los pasos a través de los cuales se conseguirán estos objetivos. Y el más importante de todos, “la desnuclearización total de la península”.

Consecuentemente, si los principales actores del conflicto coreano parten de un acuerdo que, a priori, ambos han firmado y expresado su voluntad de cumplir, es muy probable que el presidente Moon haya transmitido y coordinado con Trump parte de estas maniobras. Se sabe que los ejercicios militares, que se llevan a cabo cada primavera y otoño, entre Estados Unidos y Corea del Sur, fueran pospuestos por acuerdo mutuo. Es conocido que el líder surcoreano ha sido un interlocutor entre Trump y Kim. Así como que el importante avance que han experimentado las negociaciones se debe a la apertura y disposición al diálogo propiciado desde Seúl.

El mejor ejemplo de ello es la invitación que extendió el mismo Moon a Pyongyang a participar en los juegos olímpicos de invierno.

Ante este cambio de escenario, oportunamente el Secretario de Estado, Mike Pompeo, salió de Singapur directo al “Gran salón del pueblo” en Beijing donde fue recibido por Xi Jinping y por su Ministro de Exteriores Wang Yi, a quienes seguramente le dio el parte de lo que había sucedido en la inédita Cumbre tan sólo unas horas antes. Respetando escrupulosamente el orden de importancia, su primera parada la hizo a China. De allí fue a Seúl, donde se llevó a cabo un encuentro trilateral de ministros entre Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.  Y cerró la visita con un encuentro privado con Moon.

Mientras que la Administración Trump se cubre las espaldas con su emisario estrella llevando el mensaje personalmente, el Japan times publicaba un artículo al final de la semana pasada en el que decía que Tokio está listo para organizar un encuentro entre Kim Jong-un y el primer ministro japonés Abe, que tendrá lugar en Rusia en septiembre de éste mismo año. Otro ejemplo de la rápido que se han acelerado las cosas en estos últimos días y de la aceptación internacional de Kim Jong-un como un Jefe de Estado más.

No es cuestionable que se han producido cambios estructurales. Los aliados de Washington están asumiendo una actitud mucho más proactiva frente a Pyongyang. Puede deberse a la singular manera que tiene Trump de entender el juego de poder. Sea como sea, el líder estadounidense parece estar muy satisfecho con los resultados (al menos hasta ahora), pues en su propia manera de entender las relaciones internaciones, más como un negocio que estratégicamente, la fuerte presencia estadounidense en Asia Pacífico está costándole mucho dinero a los Estados Unidos, por lo que económicamente es más rentable salirse y dejarle el problema a los afectados directos de la zona. Sin valorar el coste diplomático que esto llevaría consigo, esta ausencia coronaría a China como el gran rey al que todos los países medianos y pequeños en la región se verían obligados a plegarse. Incluso en el peor escenario, hasta el mismo Japón.

Pero podría ser también que Japón, en una necesidad imperante de supervivencia, se alíe con Australia y, a partir de ahí, comiencen un nuevo bloque que trate de hacer cara a China en el Pacífico. (Foto: Jeremy Sneller, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump y Kim en Singapur: ¿algo más que una foto? Fernando Delage

En la era de la imagen y el espectáculo, parece como si una foto pudiera por sí sola resolver un conflicto de 70 años. Asombra que tantos medios hablen de un “acuerdo” para la desnuclearización de Corea del Norte y la firma de un tratado de paz, cuando nada de ello aparece definido en el breve documento firmado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jung-un, durante su breve encuentro en Singapur.

Conviene recordar que, para Pyongyang, “desnuclearización” implica a la península en su conjunto, lo que significa que también Estados Unidos debe dejar de proteger con su paraguas nuclear a Corea del Sur y a Japón. Si Trump diera tal paso, habrá dado a China el mayor de los regalos (y ya le ha hecho varios). Pese a lo impredecible del personaje, no resulta muy plausible que pueda llegar—por sus consecuencias para el orden regional—a una decisión de ese tipo. Por otra parte, después de lo ocurrido con Libia, primero, y—más recientemente—con la retirada norteamericana del acuerdo con Irán, es igualmente difícil de imaginar que Corea del Norte vaya a renunciar sin más a su capacidad nuclear. Los dilemas que afrontan ambos líderes explican la vaguedad de los términos empleados en el documento: un mero “compromiso” para trabajar hacia la desnuclearización—muchos periodistas han preferido ignorar la preposición—y  para ofrecer una garantía de seguridad a Pyongyang (que queda sin determinar).

La premeditada brevedad del encuentro es una conveniente justificación para decir que no se ha podido entrar en los detalles. Pero no puede negarse que la cumbre es histórica, y ha quebrado la espiral de tensión que amenazaba con conducir a un conflicto violento en el centro de gravedad de la economía mundial. Y quizá, como empresario que es, Trump haya seducido a Kim con las oportunidades económicas que pueden surgir para su país, si opta por un camino de integración internacional. No obstante, el único acuerdo al que de verdad se ha llegado es a seguir dialogando. Comienza ahora un proceso en el que ambas administraciones intentarán hacer realidad sus intenciones.

De momento Kim ha logrado algunas de las suyas. Ha aparecido como un igual del presidente de Estados Unidos y, al tener la iniciativa, ha sido éste quien ha tenido que responder a su oferta. Ha logrado, además, que Trump renuncie a realizar las próximas maniobras militares previstas en la zona—tradicional objetivo de Corea del Norte (y de China)—, sin que el presidente norteamericano haya recibido nada a cambio. Por su parte, de cara a sus votantes, Trump refuerza su imagen de estadista innovador. Quizá le sirva en las elecciones al Congreso de noviembre; no tanto para tranquilizar a sus aliados asiáticos.

El problema norcoreano no es cosa de dos. Trump podrá intentar resolver su preocupación de seguridad más inmediata—los misiles intercontinentales norcoreanos—mientras se embarca en un proceso de negociación sobre la desnuclearización que puede durar años. Mientras Kim Jong-un consolida su legitimidad interna, crea la apariencia de una negociación que—es posible—, no habrá acabado cuando Trump deje la Casa Blanca. Entre tanto, la desconfianza de Japón, Corea del Sur, Australia, India incluso, puede terminar creando una dinámica geopolítica que acabará de manera completa, verificable e irreversible no con el armamento nuclear de Corea del Norte, sino con el liderazgo de Estados Unidos en Asia.

Es momento de concederle el beneficio de la duda a un presidente que quiere demostrar lo acertado de su intuición, frente a la falta de resultados de sus antecesores. Cuando 48 horas después de insultar al primer ministro de Canadá, elogia al líder de Corea del Norte—una avanzada democracia, como es sabido—, es difícil abandonar el escepticismo. Pero quizá Trump esté inventado un nuevo método diplomático.

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Una cumbre, dos egos y un camino por recorrer. Nieves C. Pérez Rodríguez

El 12 de junio del 2018 pasará a la historia como el gran momento en que un presidente estadounidense se encontró con un líder norcoreano. Un éxito diplomático que, a priori, ha sido posible por el carácter irreverente e impredecible de Trump, así como por el hecho de que Pyongyang ha desarrollado su programa nuclear en un 95%, lo que le ha permitido sentarse a hablar prácticamente de tú a tú con la nación que a lo largo de estos tensos 70 años de aislamiento los ha tenido presionados.

Se ha pasado de una hostilidad nunca antes vista a una mesa de negociación que terminó con la firma de un acuerdo de desnuclearización. La Administración Trump ha concentrado todos sus esfuerzos en hacer historia como la única que realmente ha querido poner fin a este intrincado conflicto. El Secretario de Estado, Mike Pompeo, ha dedicado casi cada minuto de su tiempo a este esfuerzo y, lo prueban los viajes que ha hecho a Pyongyang y lo rápido que se produjo el encuentro.

Pompeo conoce en profundidad la situación norcoreana, como director de la CIA tuvo acceso a todo tipo de datos y el mismo ha dicho públicamente en varias ocasiones que Trump ha sido informado de cada detalle casi diariamente, desde que aquel tomó posesión del Departamento de Estado.

La imagen de Corea del Norte ha cambiado radicalmente. Hemos visto un líder paseando por Singapur, haciéndose selfies con el primer ministro de este país y visitando los sitios icónicos de esta ciudad Estado. Se ha humanizado su imagen, se ha convertido en un líder del mundo, en vez de ser el férreo dictador que lleva las riendas de una prisión abierta, tal y como ha sido denominada por las ONGs, por el nivel de represión al que se somete a la población.

La televisión pública norcoreana ha transmitido imágenes en tiempo real del gran apretón de manos de ambos líderes, conversando y firmando el documento, cosa que para occidente es parte fundamental del rol de los medios de comunicación, pero inédito en una sociedad tan hermética como la norcoreana. Es una gran excentricidad que el régimen esté usando todo esto como campaña de reafirmación de su liderazgo y fortalecimiento de su imagen.

Una gran curiosidad de la cumbre fue el vídeo que la Casa Blanca preparó para Kim Jong-un. Comenzando por el nombre de lo que se supone es la productora que lo hizo “Producciones imágenes del destino” (ó Destiny Pictures Production, titulaba en inglés) y que tuvo una duración de 4 minutos en las que se mostraban imágenes acompañadas por una voz que relataba el número de personas en el planeta y el pequeñísimo porcentaje de esa población que dejará un impacto en la tierra, y aquellos que tomarán decisiones que renovarán su nación. Todo ello mientras se explicaba que la Historia tiene la tendencia a repetirse, con imágenes de fondo desoladoras de los límites de Corea del Norte custodiados por militares y de los momentos de mayor tensión que se han vivido. Mostraban la imagen de Kim y de Trump como quienes podrían cambiar esta historia y hacer de Corea del Norte un lugar económicamente floreciente, donde llegue el desarrollo y la modernidad. Después de la oscuridad llega la luz, una historia de oportunidades, un nuevo comienzo, dos líderes y un nuevo destino. Al puro estilo hollywoodiense terminaba diciendo “la Historia espera para ser escrita”.

El mensaje no pudo ser más directo. Washington le dijo a Pyongyang si te subes a nuestro barco te lo damos todo: prosperidad, dinero, salud, desarrollo y, lo más importante, le garantizó la seguridad a Kim y su país.

Cada momento de la cumbre fue impactante. Las largas alfombras rojas por las que cada líder camino desde direcciones opuestas hasta llegar al centro, cuyo fondo lo decoraban las banderas estadounidenses y las norcoreanas. El punto exacto del encuentro fue el mismo centro para darse la mano cordialmente, mientras Trump ponía su mano izquierda en el brazo derecho de su homólogo, como un gesto de cercanía. Kim lo miró con una medio sonrisa y correspondiendo a las palabras de Trump, pero al momento de girar a las cámaras para la foto asume una seriedad arrogante, mientras que el estadounidense se dejaba ver cómodo y confiado de que era su gran momento y que conseguiría lo que había ido a buscar.

Las palabras del inquilino de la Casa Blanca fueron, tal y como se había pronosticado en ésta misma página, una clave para leer entre líneas junto con su lenguaje corporal. Dijo que fue un gran encuentro y Kim está dispuesto a desnuclearizar a Corea del Norte. Admitió que no es un proceso corto, ni fácil, pero que la disposición abre una nueva etapa.

No cabe duda que hay mucho por hacer, esto es sólo un primer paso, pero en diplomacia un primer paso es un gran paso. La situación en la que se ha estado durante más de 70 años no ha enderezado las cosas; por el contrario, ha hecho que Pyongyang cuente hoy con la capacidad de enviar misiles hasta el otro lado del planeta. Por lo que intentar otro camino podría ser positivo para la estabilidad mundial.

Corea del Norte podría repetir lo que ha hecho en otra ocasión, sin duda, pero al menos este intento podría servir para ayudar a muchos de los ciudadanos de a pie que luchan por sobrevivir en un país que apenas tiene alimentos y cuya economía está devastada.

Son muchas los puntos en la agenda que están pendientes. El más importante, los derechos humanos de los norcoreanos. Pero tal y como lo interpreta la Administración Trump, una vez conseguida esta primera etapa, que es la base en la que construirán la relación, podrán empezar a exigir o poner condiciones.

De momento, en EEUU se sienten complacidos porque saben que pasarán a la historia como la única Administración que fue capaz de arriesgarse y sentarse a conversar con un enemigo histórico a cambio de poder acabar con la gran amenaza nuclear que ha tenido al planeta en vilo.

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Un nuevo escenario

Ocurra lo que ocurra en el encuentro entre Trump y Kim Jong-un, tras su finalización se abrirá un nuevo escenario en Asia Pacífico y en el panorama internacional general. Como apunta desde Washington nuestra colaboradora Nieves C. Pérez, cada palabra y cada imagen entrañarán un mensaje que deberá ser analizado para tratar de vislumbrar no sólo la realidad de lo que se diga, sino tratar de adivinar lo que no se cuenta y también se haya tratado. Ya habrá tiempo de hacerlo y lo haremos.

Pero la realidad es que Trump y Kim van a inaugurar una etapa nueva para sus respectivos pueblos y para sus respectivos intereses. Como hemos señalado en otras ocasiones, nunca un presidente de los Estados Unidos se sentó con el dirigente del país nacido en la ilegalidad tras la guerra coreana y nunca el dictador norcoreano había alcanzado tanto protagonismo mediático, diplomático y político.

Y eso no va a cambiar tras la cumbre. Si Trump no comete ninguno de los errores de comunicación y oportunidad a los que parece ser tan aficionado y se alcanza algún acuerdo operativo, aunque sea de mínimos, al presidente norteamericano se le perdonarán muchas de las meteduras de pata anteriores, aunque no aparcarán los frentes que su nacionalismo económico y su zafiedad han abierto.

Y Kim, por su parte, pasará de ser un personaje de cómic, un dictador aparcado a la espera de derrumbe, a constituirse en un personaje del panorama mundial. Japón ya ha anunciado su disposición a estudiar un reconocimiento oficial, con Corea del Sur se abrirá una etapa inédita y la influencia y el liderazgo de China subirá como la espuma.

Esos son los nuevos componentes de una escena de la que, repitámoslo una vez más, la Unión Europea está ausente, sin estrategia, sin propuestas y sin iniciativas, sólo pendiente de futuras oportunidades de nuevos negocios lo que dibuja la urgente necesidad de algo más.

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Las claves detrás de la Cumbre de Singapur. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Nos acercamos al gran día, al día del encuentro que ninguno de los protagonistas daba por posible tan sólo unos meses atrás, dada la tensa situación histórica que ha caracterizado las relaciones bilaterales entre Corea del Norte y Estados Unidos. Aún más, agravadas por las ofensas y amenazas de Trump y los lanzamientos de misiles de Kim Jong-un. Pero, contra todo pronóstico, el gran encuentro tendrá lugar en Singapur bajo la mirada expectante de todo el planeta.

El Secretario de Estado Mike Pompeo explicaba en rueda de prensa, que el presidente Trump está yendo al encuentro con esperanza, pero también cauto, y no aceptará un acuerdo que no sea beneficioso para los Estados Unidos. La desnuclearización total de la península coreana es el objetivo final. Así mismo, afirmaba que durante meses el líder estadounidense ha recibido diariamente briefing de expertos sobre la situación norcoreana, sus antecedentes históricos y su capacidad militar, por lo que confía que el encuentro irá bien, pues Trump está preparado para ello. El mismo Trump afirmó en el marco de la visita del primer ministro japonés a Washington, que su Administración hará lo que ninguna anterior hizo en este respecto, mientras que le dejaba saber a Kim que estaría invitado a la Casa Blanca de portarse bien con él.

Mientras tanto, Abe enfatizaba que Japón está dispuesto a establecer relaciones con Corea del Norte en alineamiento total con Estados Unidos, como quien intenta salvar su vulnerabilidad y posible soledad en la región.

Ahora bien, ¿cuáles son los posibles escenarios de esta cumbre? Lo más importante, a priori, la foto. La actitud corporal de ambos líderes en la foto será clave para leer entre líneas hacia donde iremos. Si solo hay un apretón de manos protocolar con caras serias, significará que la reunión no fue tan bien como Trump esperaba, y en cuyo caso la posibilidad de llegar a un acuerdo es casi nula. La segunda posible foto, en la que se intercambie algún gesto amistoso, como un abrazo, indicará un potencial acuerdo, o al menos que hay disposición en ambos líderes de llegar a un arreglo que acabe en una hoja de ruta a la salida. Y la tercera pose sería entre risas, que demostraría la empatía entre ambos líderes y el deseo de encontrar una solución a la crisis coreana.

Las palabras de Trump post-meeting. Otra lectura esencial de la cumbre. Si Trump aparece circunspecto y con un vocabulario más formal, el gran ganador del encuentro habría sido Kim, quien habría conseguido sentarse con un presidente estadounidense a conversar y su liderazgo habrá cambiado por completo, mientras que Trump sería el perdedor, el que puso todo en el asador a cambio de nada. No obstante, él le daría la vuelta y lo vendería como que fue él el primer presidente que realmente ha tenido el deseo de resolver el conflicto. Si, en cambio, las palabras de Trump son más bien cordiales, indicando que Kim amablemente está dispuesto a negociar el desarme nuclear, estaremos algunos encaminados a trabajar por algo. Pero si sus palabras son más bien de un maravilloso encuentro, o gran encuentro, muy en su tónica, la lectura es que entre ambos líderes hubo gran empatía, que conociendo la trayectoria de los personajes, sería muy positivo para poder alcanzar alguna especie de fórmula de no agresión y congelamiento del arsenal nuclear y misilístico norcoreano.

En cualquier escenario, el gran ganador de la cumbre antes de llevarse a cabo es  Kim Jong-un. Su status político ha cambiado radicalmente y ahora son muchos los líderes internacionales que quieren encontrarse con él. Asimismo, el deseo político de imponer sanciones a Pyongyang está prácticamente desaparecido por ahora. China, por ejemplo, no está imponiendo ahora mismo las sanciones; de hecho, hay indicadores de que marisco norcoreano está llegando a puertos chinos y que buques chinos están despachando combustible a Corea del Norte. Desde Washington, los ejercicios militares que estaban pautados han sido retrasados para complacer a Kim. El mismo Trump ha reconocido que no están imponiendo la presión máxima a Pyongyang como gesto diplomático previo al encuentro. Y Washington ha dejado claro que no tiene interés en el modelo de Libia. Kim ha ganado aceptación internacional y legitimado su liderazgo. Es muy posible que después del encuentro Kim Jong-un sea invitado a la Asamblea General de Naciones Unidas en otoño. Así como es muy probable que, de ir bien, Trump le invite a la Casa Blanca.

Trump no ha conseguido nada políticamente, su determinación de imponer aranceles a los aliados lo ha puesto en una posición un tanto solitaria en el mundo. Por lo que Corea del Norte es clave, su disposición de solucionar la gran amenaza del Pacífico le ha favorecido políticamente y le ha dado una especie de salvoconducto frente a occidente y sus aliados históricos, quienes se han sentido realmente golpeados por las duras acusaciones de Trump y la desolada manera de comprender el mundo. (Foto: Cooperholoweski, Flickr)

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INTERREGNUM: Efectos norcoreanos. Fernando Delage

Hoy es sí, mañana es no, al día siguiente es de nuevo sí, y un día más tarde “ya veremos”. La consistencia no parece ser un atributo de la política norcoreana del presidente de Estados Unidos. Es imposible adivinar, por tanto, si habrá finalmente un encuentro entre Trump y Kim Jong-un; y más difícil aún vaticinar su posible resultado. Pese a esas incertidumbres, las cosas han cambiado desde que, en marzo y sin preparación previa, Trump accediera a reunirse con Kim. La apertura diplomática de Pyongyang ha provocado ciertos cambios en el noreste asiático, algunos de los cuales pueden complicar el margen de maniobra de la administración norteamericana al reducir la presión externa sobre Corea del Norte.

Uno primero es el acercamiento sin precedente entre las dos Coreas. Pese a sus riesgos—es una política que ya fracasó en intentos anteriores—, el presidente Moon Jae-in ha optado por una estrategia de conciliación hacia Pyongyang que ha contribuido a mitigar en gran medida la inquietud de la opinión pública surcoreana sobre su Estado vecino. En apenas dos meses, los dos líderes coreanos se han reunido más veces que todos sus antecesores juntos desde la división de la península tras la guerra de 1950-53. Cuanto más se consolide esa relación, más difícil será mantener la solidez de la alianza entre Washington y Seúl.

Los vaivenes diplomáticos de Trump y su política comercial han dañado, por otra parte, la relación con otro de sus principales aliados, Japón. El primer ministro Shinzo Abe, marginado en los movimientos de Estados Unidos con respecto a la cuestión coreana, y frustrado por el unilateralismo proteccionista de la Casa Blanca, se ha visto obligado a reajustar su política hacia Pekín. Abe y el presidente chino, Xi Jinping, han hablado por primera vez por teléfono, y Li Keqiang acaba de realizar la primera visita de un primer ministro chino a Japón en nueve años.

Entre otros acuerdos, durante su visita se ha acordado el establecimiento de una línea de comunicación directa para evitar un choque accidental en relación con el problema de las islas Senkaku. El gobierno japonés también ha abandonado su anterior rechazo de la Ruta de la Seda, y Tokio podría plantearse, incluso—ha dicho Abe—, su adhesión al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Es posible que Xi Jinping visite oficialmente Japón en 2019, lo que confirmaría una nueva etapa de normalización entre ambos Estados.

Las circunstancias también han permitido la primera visita de Moon Jae-in a Tokio desde su nombramiento, y la reanudación del diálogo trilateral China-Japón-Corea del Sur, que había estado interrumpido desde 2015. Tras su encuentro de la semana pasada, resulta evidente el interés compartido de los tres gobiernos por evitar una acción militar norteamericana que pueda conducir a una guerra en la región, y por coordinar sus posiciones para prevenir el daño que pueda causar a sus economías las sanciones arancelarias de Trump. Éste se ha convertido pues en un poderoso incentivo para el acercamiento de los tres grandes del noreste asiático.

China es el gran beneficiario de esta suma de resultados. Seúl está más alineado que nunca con Pekín sobre cómo enfocar la cuestión norcoreana. Japón ha reducido su hostilidad hacia la República Popular. Y, después de años de incómoda coexistencia como aliados, Kim Jong-un ha viajado dos veces a una China que ha visto incrementarse las oportunidades para buscar una solución favorable a sus intereses económicos y estratégicos.

Probablemente nada de esto era lo que esperaba el presidente de Estados Unidos cuando presumía de que obtendría el premio Nobel de la Paz por su gestión del problema. Tampoco Kim Jong-un lo logrará. Pero, haya o no cumbre, ha jugado sus cartas con habilidad: si el proceso diplomático fracasa, él no aparecerá como el único o principal responsable. Desde un principio ha sabido lo que quería. No puede decirse lo mismo de Trump.

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La incierta cumbre entre Trump y Kim. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Trump no deja de sorprender ni al público en general ni a su propio equipo. Su impulsiva manera de actuar ha pillado hasta al mismo Kim Jon-un desconcertado. Todo empezó con insultos al hombre cohete y al gordito que terminó en una abierta invitación a un encuentro. Invitación que llega en un oportuno momento de aislamiento y acentuada crisis económica, producto de las duras sanciones que le ha impuesto Washington desde que Trump tomó posesión de la presidencia.

El presidente chino -Xi Jinping- no quiso quedarse fuera, por lo que invitó al líder coreano dos veces a su país, la primera visita muy protocolaria, trasmitida al mundo para enviar un mensaje claro de cercanía entre ambas naciones; y la segunda, mucho más discreta, de la que expertos afirman que se llevó a cabo con el propósito de que Kim sepa y entienda cuáles son las prioridades chinas y que las tenga en cuenta al momento del gran encuentro con Trump.

Después de la ambigua carta que Trump publicó el 24 de mayo, en la que cancelaba el encuentro por temor a que fuera cancelado in situ, y con ello el ridículo de tal desplante, justo ahora todo indica que el acuerdo se llevará a cabo.  Pero, ¿cómo se está organizando? ¿Y que hay detrás de todo?

4Asia tuvo acceso a una tertulia en el Centro Estratégico y de Estudios Internaciones (CSIS por sus siglas en inglés) en el que se discutió a fondo la cumbre. El experto que lideró el grupo fue Victor Cha, profesor de Georgetown y director de asuntos asiáticos en el Consejo de Seguridad Nacional en la Casa Blanca entre 2004 y 2007, además de haber participado en las conversaciones del “Grupo de los Seis”, un grupo establecido para la negociación y resolución del desarrollo nuclear de Corea del Norte, compuesto por las dos Coreas, China, Japón, Rusia y Estados Unidos. Cha, que, valga acortar, se pensó que sería el nombrado por Trump embajador en Seúl, pero quien discrepaba profundamente con el presidente sobre “la política de la nariz sangrante”, que no es más que confrontación que pueda acabar en un conflicto bélico. Discrepancia que destruyó la posibilidad de que Cha fuera enviado a Corea del Sur.

Victor Cha hizo un interesante análisis de la situación general. Primero explicó que la carta con la que Trump cancelaba la cumbre es un excelente ejemplo de cómo se maneja la Administración. Primero le llama “Excelencia” a un dictador, mientras en una demostración de soberbia le deja claro que no quiera Dios que tenga que llegar a usar el gran arsenal estadounidense en su contra. Mientras, le plantea la posibilidad de un encuentro en el futuro. Todas esas ambigüedades expresan que la carta fue redactaba por el mismo Trump, y que no pasó ninguno de los filtros de los asesores del Consejo de Seguridad.

Otro ejemplo de lo inusual de la situación es que la preparación de estos encuentros se realiza durante muchos meses, en un proceso en el que se discuten detalles como los puntos a tratar, lo que es sensible y no se puede conversar, y todo el protocolo normal que encierran las visitas o cumbres de estado. Para este encuentro, sin tiempo suficiente para organizarse, no se han afinado detalles. Y la prueba son muchos de los tweets de Trump que nos informan de detalles que por lo general no se revelan al público. Incluso el lugar, Singapur y el día, 12 de junio fueron anunciados simultáneamente, incluso antes de las predicciones.

Un elemento que fue resaltado en la tertulia es que Trump ha intentado centrar la atención en Corea del Norte, aún más después de haberse salido del acuerdo con Irán; cambiando así la atención a esta Cumbre que de por sí es una excentricidad en sí misma.

 De acuerdo con Cha, el presidente Trump debería ir a la reunión con un par de peticiones claras, la más importante es que Pyongyang renuncie a sus mísiles balísticos que son la peor amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Pero realmente los altos funcionarios de la Administración Trump no se ponen de acuerdo en el momento de abordar el tema. Cada uno dice algo distinto. Cuando la prensa les pregunta, lo que repiten es que quieren la desnuclearización de la Península coreana, pero no saben ni cómo ni cuándo.

Mientras Corea del Norte ha esperado mucho por encontrarse con un presidente estadounidense, su status internacional ha cambiado completamente, pues con este encuentro se le está situando a un nivel de iguales, lo que les beneficia mucho. Les ayuda con su orgullo nacional, que es algo fundamental para este tipo de regímenes. Todo parece indicar que están buscando una salida a la hostilidad en la que han estado tantos años, y parece que este encuentro abre esa opción.

Trump tienen una extraordinaria confianza en su capacidad negociadora para conseguir lo que quiere; a ello está se está dedicando con este encuentro. Ha dicho claramente que Kim tendrá garantizada por completo su seguridad y espera que en una conversación directa con él puedan llegar a un acuerdo que nadie ha sido capaz de alcanzar en tantas décadas.

Pero la situación es realmente compleja, pues si se llegara a acordar una especie de paz, todo cambiaría. Por un lado, Estados Unidos tendría que cambiar el status de guerra en el que está con Corea del Norte. Pyongyang pediría la salida de militares estadounidenses de Corea del Sur y de Japón, lo que es realmente complejo, ya que hay bases militares funcionando y operando 24 horas al día cada día del año. El numero de empleados es astronómico. La cantidad de ciudadanos estadounidenses residentes permanentemente en esta parte del mundo es muy considerable.

Habría que parar los ejercicios militares que regularmente se llevan a cabo; y con ello Estados Unidos perdería casi toda su influencia en esta región. (Foto: Scott Eckert)