INTERREGNUM: El “pivot” económico de Biden. Fernando Delage

El pasado mes de febrero, la Casa Blanca hizo pública su estrategia hacia el Indo-Pacífico, un documento que se anunció como separado de otros dos sobre la cooperación económica con la región y sobre China. Ambos se darán a conocer en los próximos días, en vísperas de la cumbre Estados Unidos-ASEAN que se celebrará en Washington el 12-13 de mayo, y del encuentro a nivel de jefes de Estado y de gobierno del QUAD en Tokio, el 24 de mayo. El pilar económico de la estrategia norteamericana, denominado oficialmente como “Indo-Pacific Economic Framework” (IPEF), trata de solventar el mayor déficit con que cuenta Washington en la región desde que la administración Trump abandonara, en enero de 2017, el acuerdo Transpacífico (TPP), uno de los principales elementos a través de los cuales el presidente Obama trató de prevenir que China terminara dictando por sí sola las reglas del juego de la economía asiática. Desde entonces, en parte gracias a su participación en el otro gran mega-acuerdo comercial (la Asociación Económica Regional Integral, RCEP), Pekín no ha hecho sino consolidar su posición en el centro del Indo-Pacífico.

Cinco años más tarde, Estados Unidos intenta reincorporarse a este terreno sin poder sumarse de manera directa al TPP (hoy CPTPP), un objetivo que sí ha declarado China tener. Una opinión pública y un Congreso contrarios a los acuerdos de libre comercio condicionan el margen de maniobra de una administración que sabe, no obstante, que su ausencia de la dinámica económica regional daña enormemente su credibilidad. Puesto que tampoco la OMC ofrece los medios suficientes para responder a las prácticas comerciales y a la presión coercitiva china, el desafío consistía en sustituir el recurso tradicional a un tratado multilateral de comercio por un nuevo enfoque de colaboración con los Estados de la región.

La respuesta del IPEF consiste en transformar el entorno económico creando un marco flexible de actuación en cuatro áreas distintas. La primera de ellas incluiría un conjunto de reglas comerciales, de carácter vinculante, en materia laboral, medioambiental, economía digital, agricultura y transparencia, sin entrar en exigencias sobre apertura de mercados ni desarme arancelario. La segunda busca cómo fortalecer las cadenas de valor, la tercera está relacionada con infraestructuras y tecnologías sostenibles, y la cuarta con fiscalidad y lucha contra la corrupción. Nada hay decidido de antemano sobre cómo incorporarse al IPEF, y ni siquiera resulta necesario participar en las cuatro categorías (bastaría con hacerlo en una de ellas). De momento Estados Unidos ha mantenido conversaciones con Japón, Corea del Sur, India, Singapur, Malasia, Vietnam y Australia. Se espera que la iniciativa esté en marcha cuando se celebre la cumbre de APEC que corresponde presidir a Estados Unidos, en noviembre de 2023.

La iniciativa supone un reconocimiento por parte de la Casa Blanca de que, frente a China, Estados Unidos necesitaba lanzar un mensaje muy claro sobre su liderazgo económico. Pero, al mismo tiempo, los países de la región mantienen cierto escepticismo sobre una estrategia que pretende aislar a la República Popular. Aun compartiendo el objetivo de reforzar sus defensas frente las prácticas coercitivas chinas, lo que necesitan en realidad es un modus vivendi con la República Popular. Muchos de los socios de Washington tienen un alto nivel de integración con la economía china y, a través del CPTPP y del RCEP, ya cuentan con un extenso tejido de normas de interacción. Es Estados Unidos el que se encuentra fuera de ese juego. Comprometerse con unas nuevas normas que no se van a traducir en ventajas comerciales les plantea dudas adicionales, además del temor de que el presidente norteamericano elegido en 2024 pueda abandonar el IPEF como hizo Trump con el TPP. Biden aún tiene trabajo que hacer.

 

Más Covid y fuga de capitales en China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Ya no solo es Shanghai, ahora el miedo se traslada a Beijing donde los centros de prueba de Covid inundan la capital china en consonancia con la “política de cero casos” impuesta por el Partido Comunista chino desde el comienzo de la pandemia y que, como consecuencia, paraliza la vida de los ciudadanos quienes son forzados a cuarentenas estrictas, que además están haciendo estragos en la economía china y en la economía global.

Un par de semanas atrás publicábamos en esta columna que el precio del confinamiento en Shanghái se estimaba en unos 49 mil millones de dólares a finales de marzo y que ha afectado unos 200 millones de chinos. Y eso sin evaluar los costos internacionales que conlleva un confinamiento en el hub financiero chino donde también se encuentra el puerto más grande del mundo y que mueve la mayor carga del planeta.

La consecuencia de la imposición de estas extremas medidas empieza a pasarle factura a China. A los inversionistas extranjeros no les hace ninguna gracia que sus inversiones se vean impactadas por restricciones domésticas por lo que han comenzado a sacar inversiones del gigante asiático. Tan sólo el mes pasado dejó cifras históricas de fuga de capital extranjero en China, de acuerdo con datos del Instituto Internacional de Finanzas marzo se cerró con cifras históricas de salida, unos 17.500 millones de dólares huían en busca de un mercado más estable.

La Reserva Federal de los Estados Unidos está aumentado las tasas de interés por primera vez desde 2018 para controlar la inflación, mientras que el Banco Popular de China ha entrado en un ciclo de relajación para impulsar su economía, afirma Laura He, periodista de CNN. Lo que significa que China es menos atractiva para los inversores en comparación con Estados Unidos. A principio de este mes, los rendimientos de los bonos del gobierno chino cayeron por debajo de los rendimientos del Tesoro estadounidense por primera vez en 12 años y el yuan tocó mínimos de seis meses frente al dólar.

Leland Miller, CEO de China Beige Book, la firma de análisis de data económica china más grande del mundo, decía en una entrevista en Bloomberg que “la prioridad para China ha sido siempre el crecimiento de su economía, pero en este momento el foco no está en el crecimiento sino evitar una crisis sanitaria masiva, así como una caída de su economía”. Así mismo Miller afirmó que no hay signos de políticas de estímulos para aumentar los créditos que se encuentran también en caída en China, lo que es un cambio radical del manual del PC chino.

El confinamiento está despertando los fantasmas de la economía planificada, afirmó Zhiwu Chen, economista de la Universidad de Hong Kong en una entrevista concedida al New York Times, en la que insistía que “esta situación no solo está haciendo imposible la supervivencia de empresas privadas, sino que también está acelerando la desconfianza en la gente sobre el futuro de su país. Y cuando eso sucede es extremadamente difícil que la economía se recupere”.

Si se le suma el descontento social que se ha despertado a razón de las extremas medidas de control del Covid, tenemos como resultado un caldo de cultivo perfecto para cualquier insurrección si estuviéramos hablando de una nación con libertades. Incluso en la China controlada milimétricamente por el PC chino se ha filtrado a la prensa cantidad de imágenes de ciudadanos insatisfechos y enfadados con las medidas que ponen en riesgo su libertad y se atreven a protestar enfrente de las autoridades su rechazo a tanto confinamiento, dificultad para adquirir alimentos y en resumen poder vivir una vida relativamente normal.

Al principio del 2020, cuando no se vislumbraba el futuro que nos depararía la pandemia que se desencadenó en China y que las autoridades deliberadamente decidieron no comunicar al mundo hasta que era tarde y el Covid-19 se había extendido por el planeta, el PC chino construía en tiempo récord hospitales en Wuhan para poder atender los miles de pacientes que se infectaron y decidieron no exportar el material médico de protección basado en razones de seguridad nacional. Hoy su situación sigue siendo parecida, los niveles de infección que padecen parecen incluso ser peor que los del comienzo de 2020, a razón de unas vacunas ineficientes y el mundo sigue sin tener acceso a la información de variantes, números reales de infecciones y defunciones.

Ante tanta incertidumbre tener inversiones en China hoy o tener fábricas de producción masiva de bienes, aun cuando el costo sea considerablemente más bajo, es un problema para los inversionistas de capitales extranjeros porque no cuentan con la seguridad de que podrán, en efecto, producir sus mercancías o exportarlas. Muchos inversionistas están mirando a volver a casa, como es el caso de los estadounidenses que, gracias a incentivos y basados en la seguridad de un Estado que juega bajo las normas establecidas, están considerando establecer los centros de producción en América, o en algún otro país asiático y de centro América.

El PC chino tiene que ver muy preocupante la situación sanitaria en China para que sea capaz de llevar a la economía al límite, aún cuando la economía ha sido siempre su obsesión y su razón…

Marco Rubio: “Rusia es un problema a cinco años, pero China a cien”. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El resurgimiento de Rusia como la gran amenaza para el mundo ha cambiado no solo la estabilidad y la realidad europea, sino que ha generado un despertar en la mayoría de las naciones democráticas del planeta quienes han entendido, a través de las cruentas imágenes de Ucrania, que Putin es capaz de todo por conseguir sus objetivos, así como del riesgo que corren los sistemas democráticos y soberanos frente a los autoritarios.

Si se analizan las contundentes respuestas de los Estados Unidos, así como de la Unión Europea junto con otras grandes economías del mundo vemos un cambio de dirección. La UE, por su parte, ha respondido como un bloque indivisible y bajo el genuino temor y riesgo de tener un vecino invadido por Rusia.

Estados Unidos ha respondido con la mayor severidad liderando con sanciones económicas que no tienen precedentes y que han sido apoyadas por el resto de las grandes economías. Washington ha mantenido en los últimos veinte años una política exterior cuyo centro fue la lucha contra el terrorismo, pero en los años más recientes China se ha convertido en el dolor de cabeza y la necesidad neutralizar los abusos de Beijing en el mundo. Asimismo, el sureste asiático ha estado entre las prioridades para el mantenimiento de su seguridad nacional.

El senador por el Estado de Florida Marco Rubio le decía a Joshua Goodman periodista de AP: “Rusia es un problema agudo y es un desafío actual. Pero es un problema a cinco o 10 años. China, en cambio, es un problema de 100 años, tanto en la región como a nivel internacional”. Mientras, instaba a la Administración Biden a prestar más atención a la creciente influencia china en América Latina y el Caribe, en tanto que Rusia recuerda su poder en la región en medio de las crecientes tensiones geopolíticas sobre Ucrania.

Para descifrar las claves de un posible cambio de rumbo de la política exterior estadounidense consultamos la opinión del senador Rubio, quien es miembro del Comité de Relaciones Exteriores y de Inteligencia del Senado. Sostiene en que la invasión rusa a Ucrania ha cambiado la situación internacional y ha expuesto la vulnerabilidad de Europa frente a un tirano como Putin. ¿Van por tanto los Estados Unidos a equilibrar sus prioridades en política exterior?

“La invasión de Ucrania ha expuesto las mayores vulnerabilidades de Europa que consiste en la gran dependencia que tienen del petróleo y gas natural de Rusia, junto con que no han gastado lo suficiente en su propia defensa. Prepararse para contrarrestar la agresión de Putin resultará costoso para muchos aliados europeos, pero no es nada comparado con el costo que todos pagaríamos si el Partido Comunista Chino recurriera a medidas militares para afirmar su dominio.

La invasión de Ucrania es una dolorosa y trágica lección de la que el mundo debe aprender: la dependencia y la debilidad invitan a los regímenes hostiles a impulsar sus ridículas demandas”.

¿Va usted o su partido a introducir y/o apoyar legislación o iniciativas para intentar responder al desafío ruso?

“El 2 de marzo presenté un proyecto de ley de asignaciones suplementarias de emergencias para brindar seguridad, asistencia humanitaria y económica a Ucrania junto con los aliados de la OTAN que están ayudando a Ucrania. Es un proyecto urgente de 6.4 mil millones de dólares en fondos para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos y el Departamento de Estado para responder a la crisis.

La desafortunada guerra de Ucrania ha generado una cosa positiva y que, después de muchos años, la mayoría de los países del mundo han cerrado filas en pro de las libertades democráticas”.

¿Ve usted y/o el partido republicano la necesidad de que Los Estados Unidos aprovechen el momento para ganar o retomar protagonismo internacional y asumir un rol más activo, como el que tuvo Washington después de la II Guerra Mundial y durante la Guerra Fría? ¿Europa vuelve a convertirse en estratégica para la seguridad nacional de los Estados Unidos?

“Nuestros aliados europeos tienen un papel esencial que desempeñar en la defensa contra el autoritarismo en el siglo XXI. Primero, asumiendo un papel de liderazgo para contrarrestar la agresión de Putin y también manteniéndose firmes contra Beijing en los años venideros. Para hacer esto deberán tomarse muy en serio la confrontación de las propuestas económicas de Beijing y condenar sus flagrantes violaciones de derechos humanos, tal y como lo hicimos en los Estados Unido cuando el presidente promulgó la ley de prevención de trabajo forzoso de los uigures por citar un ejemplo. Frente a un Partido Comunista chino cada vez más hostil, Estados Unidos debe continuar empoderando a nuestros aliados para garantizar su seguridad nacional y la seguridad del mundo.

La invasión de Ucrania ha abierto heridas que parecían haberse curado pero que claramente siguen estado presente, como fue en su momento la amenaza soviética. Sin embargo, los Estados Unidos entienden que la amenaza a los sistemas libres es mucho más global. Y que en efecto la mayor amenaza la representa China por su fuerza y poderío. Razón por la que el presidente Biden ha sido claro desde el comienzo de la crisis con Beijing y en la cumbre hace una semana entre Xi y Biden le recordó enfáticamente las duras consecuencias a que conduciría si China apoyaba a Putin en la demencial guerra”.

¿Y las sanciones, qué? Nieves C. Pérez Rodríguez

A dos semanas de la invasión rusa de Ucrania el mundo ha sido testigo de las bárbaras prácticas del ejército ruso, la destrucción de infraestructuras, colegios, universidades e incluso ataques a plantas nucleares. Todo ello acompañado del destierro de millones de ciudadanos quienes en un acto desesperado por mantener su vida y su dignidad buscan salir de su país que está siendo acabado por órdenes de Putin.

Mientras los rusos elegían la agresión conseguían que el mundo en su mayoría se uniera en su contra en un clamor por la paz. Y en busca de esa paz se ha intentado usar los mecanismos existentes para hacerle llegar armamento, equipos y municiones a los valientes ucranianos que se mantienen en el campo de batalla peleando por defender su derecho soberano de mantener el control de la nación, y en el fondo, tal y como lo decía el presidente Zelensky, “La lucha de Ucrania es la lucha por nuestras libertades pero también por las libertades europeas y occidentales”.

De igual forma y tomando las palabras del propio secretario de Estado estadounidense, “la invasión brutal ha sido respondida por occidente con durísimas sanciones económicas” que ahora también plantean una gran incógnita acerca de cómo afectarán al futuro de Rusia, y a la vez también al resto del mundo sobre todo en el actual momento en el que la inflación mundial sigue subiendo como efecto de la pandemia.

A pesar de que la economía rusa no es de las primeras del mundo, es una economía muy interconectada a través del suministro a otras economías como las europeas, la china, la india e incluso otras mucho más pequeñas como la turca.

Rusia produce el 10% del petróleo mundial, es el tercer exportador de carbón, el quinto exportador de madera y suministra el 40% del gas de Europa. Además, es el mayor exportador de cereales y fertilizantes del mundo. Por lo que su aporte a los intercambios internacionales no es tampoco insignificante, aunque podría ser sustituido (lo que tomaría tiempo).

En cuanto a la relación económica entre Rusia y China, hoy en día China depende de las importaciones de gas y petróleo ruso, pues es el segundo proveedor después de Arabia Saudita. Estas relaciones se intensificaron en 2014, momento en que se impusieron sanciones a Rusia por la toma de Crimea, y desde entonces no han hecho más que crecer y fortalecerse. En efecto, han tenido un aumento del 50% de esos intercambios.

De allí precisamente que la “Teoría de la Desdolarización” toma más fuerza entre algunas analistas que afirman que ante la situación de crisis actual, Beijing buscará sacar el máximo provecho de su cercanía con el Kremlin y afianzar su posición de liderazgo internacional.

En un esfuerzo por reducir la dependencia que existe del dólar, Beijing y Moscú se plantearon el proyecto de desdolarizar sus economías en el 2010 dando comienzo a un sistema “incipiente de mercado” en el que se valoraban los intercambios bien en yuanes si eran productos chinos o en rublos si los productos eran de origen ruso. Y aunque en los primeros años esos intercambios solo representaron el 3% del total entre ambos, a raíz de las sanciones del 2014 estos intercambios tomaron más importancia y tan solo en los primeros seis meses de 2021 llegaron a representar el 28% de los intercambios bilaterales.

Desde 2020 la moneda que ahora están utilizando es el yuan, año en el que el acuerdo se renovó por otros tres años más por unos 150.000 millones de yuanes.

En una situación como la actual, momento en que se están estudiando todas las opciones para poder evadir las sanciones, es más que probable que se recurra a este sistema para mantener activos los intercambios entre Beijing y Moscú. Y como consecuencia, entonces las sanciones podrían ser las incitadoras de la aceleración a mayor escala de este sistema. Aunque, ciertamente, China corre un gran riesgo en quedar atrapado en medio de alguna de las sanciones debido a que será complicado mantener un sistema de segregación de transacciones escrupuloso.

Objetivamente, hay que aceptar que mientras el dólar siga siendo una moneda fuerte y estable, los países seguirán manteniendo sus reservas en dólares para poder comprar o vender bienes internacionales. Así como las bolsas internacionales seguirán haciendo sus cálculos basados en la principal moneda y las transacciones internacionales continuarán efectuándose en dólares. Pero no es descabellado plantear que, con el peso de China en la economía mundial, junto con su deseo de continuar su crecimiento y expansión y de su plan maestro de continuar conectando al mundo a través del BRI o la antiguamente llamada Ruta de la Seda, tener un sistema financiero alternativo en el que su propia moneda sea el medidor del valor de la transacción y, eventualmente, incluso los bancos chinos sean las plataformas utilizadas para los pagos, podría ser una opción a medio plazo.

Beijing podría estar viendo más beneficios que problemas en esta terrible crisis. Aunque China ha sido frontal desde el comienzo de la guerra y aunque ha llamado al dialogo, no ha condenado la invasión, pero si ha insistido en que las sanciones son ilegales. Paralelo a esto, el ministro de exteriores chino, Wang Yi, manifestaba el lunes de esta semana  “la disposición de China de ser un país mediador o asumir un papel en la crisis”.

Consecuentemente, podría estar intentado jugar su carta de mediador y por tanto líder internacional. Si los chinos consiguieran parar la guerra de alguna forma, se apuntarían un éxito como actor internacional y su reputación también mejoraría considerablemente. Y a pesar del inestable panorama, Beijing acaba de anunciar que prevé que su economía crezca el 5,5% en 2022, a pesar de los efectos de la pandemia y del impacto indirecto de estas sanciones.

A medida que las tensiones geopolíticas aumentan y Estados Unidos sigue recurriendo a las sanciones como forma de castigo aumenta las ganas y la necesidad de buscar sistemas paralelos, sobre todo en los países no alineados a los valores de occidente.  Y esta podría ser una desgraciada situación que los chinos conviertan en favorable para ellos.

INTERREGNUM: China y el error de Putin. Fernando Delage  

La invasión rusa de Ucrania deja definitivamente atrás la postguerra fría, para abrir una nueva etapa, incierta y llena de peligros, con ramificaciones que dejarán sentirse durante años, si no décadas. Europa vuelve al centro de la dinámica internacional, aunque—al contrario  que en el siglo XX—esta vez China es una variable central en cualquiera de los escenarios que puedan surgir del error criminal de Putin.

A principios de febrero, el presidente ruso y su homólogo chino, Xi Jinping, adoptaron un comunicado en el que declaraban su cooperación “sin límites”. Aunque se desconoce si Putin informó a Xi de sus intenciones, le ha creado en cualquier caso un desafío difícil de gestionar. Por una parte, la agresión de Moscú viola principios fundamentales para China como son el respeto a la soberanía y la integridad territorial. Sería impensable para la República Popular que potencias nucleares reconocieran la independencia de Tibet o Xinjiang. Por otro lado, el impacto geopolítico que va a provocar la guerra trastoca en gran medida los objetivos de Pekín. Su abstención en el Consejo de Seguridad es reveladora de sus reticencias, aunque mantenga una retórica de apoyo a Moscú y la prensa oficial continúe culpando a Washington de los acontecimientos.

De manera que no había calculado, Putin ha resucitado el liderazgo de Estados Unidos, reforzado las relaciones transatlánticas y la OTAN, y propiciado una cohesión sin precedente de la Unión Europea, dándole además el motivo que necesitaba para avanzar en su transformación en actor geopolítico. También ha perdido a Ucrania para siempre. Son consecuencias que pueden torcerse si una escalada aún mayor por parte del presidente ruso conduce a derroteros inimaginables. Pero Occidente ha entendido que no puede permitirse más titubeos: no hay alternativa a la derrota completa e inequívoca de Putin. Demostrada la unidad y voluntad de las democracias—el aumento del presupuesto de defensa alemán es uno de los datos más significativos—, China se encuentra ante un dilema imposible: cómo equilibrar su interés compartido con Moscú por debilitar a Estados Unidos con el imperativo de su integración en la economía global, un requisito para su ascenso internacional y para la estabilidad interna que necesita el Partido Comunista.

Ante el cambio de ciclo en el escenario internacional, europeos y norteamericanos tienen que volver a la pizarra para dar forma, en una primera fase, a la estrategia que va a exigir un periodo prolongado de enfrentamiento diplomático y de guerra económica con Moscú. Pero no deben hacerlo sin considerar, a la vez, qué tipo de estructura deberá integrar a medio y largo plazo la relación con una Rusia post-Putin. El triunfalismo posterior a la caída del Muro de Berlín fue uno de los factores que nos han traído a esta situación. La nueva arquitectura de seguridad a construir será una u otra según el grado de acercamiento de China a Rusia, pues sus bases requieren una visión global: la interacción entre el escenario estratégico europeo y el asiático es innegable.

También Pekín se verá obligado a reajustar su posición. La guerra en Europa daña su ambición de situarse en el centro de una Eurasia integrada económicamente, a la vez que el nuevo despertar político de Occidente y el efecto indirecto de las sanciones a Rusia condicionan su margen de maniobra, rompiendo sus previsiones. Putin arrastra a China a un coste que ésta no puede permitirse. Sin que pueda pensarse en nada parecido a un alineamiento contra Moscú como el formulado por Nixon y Mao hace justamente 50 años—China permanece como principal rival geopolítico de Estados Unidos—, lo cierto es que se abre una ventana de oportunidad para explorar a qué pueden conducir unas circunstancias que no existían antes del 24 de febrero. Si la implosión de la Unión Soviética ha guiado la acción de los dirigentes chinos sobre lo que no se debe hacer internamente, la acción de Putin muestra a Pekín los límites de una política exterior revisionista.

 

INTERREGNUM: Triángulo invertido. Fernando Delage

En febrero de 1972, la visita a China del presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, puso en marcha un acercamiento entre ambos países contra la Unión Soviética que transformó el equilibrio de poder global y abrió una nueva etapa en la dinámica de la Guerra Fría. Cuando se cumplen cincuenta años de “la semana que cambió el mundo”, ha sido el presidente ruso, Vladimir Putin, quien ha viajado a Pekín para anunciar con su homólogo chino, Xi Jinping, una nueva era en el orden internacional. China y Rusia, enemigos hace medio siglo, se alinean hoy con la pretensión de certificar el fin del “siglo americano”.

El triángulo estratégico diseñado por Nixon y Kissinger para quebrar el bloque comunista y buscar una salida a la guerra de Vietnam, se ha invertido cinco décadas después mediante la formación de un eje autoritario que aspira a reconfigurar el statu quo resultante del fin de la Guerra Fría. En un texto redactado en inglés que hicieron público el 4 de febrero, Xi y Putin describieron “la tendencia hacia la redistribución de poder en el mundo” que puede observarse en la actualidad, y declararon que la amistad entre sus dos naciones “carece de límites, y no hay áreas que queden al margen de su cooperación”.

El documento ha sido interpretado por numerosos analistas como un punto de inflexión, la señal de una nueva división del sistema internacional en dos bloques rivales. Pekín y Moscú han profundizado en su relación estratégica en unas circunstancias de debilidad de las democracias liberales y de polarización política en Estados Unidos. Tras un proceso sostenido de acumulación de capacidades militares (en el caso de Rusia), económicas y militares (en el de China), los dos países—potencias nucleares en sus respectivas regiones, Europa y Asia—, cuentan con un margen de maniobra impensable hace veinte años.

Sería un error, no obstante, pensar que han desaparecido los límites a su colaboración. Aun ofreciendo a Putin cierto apoyo—en el rechazo a la ampliación de la OTAN, por ejemplo—, Xi no tiene ningún interés alguno en empeorar sus ya tensas relaciones con Europa, ni en hacer que ésta refuerce su relación con Washington, especialmente en un contexto de desaceleración económica y de presiones políticas para corregir la dependencia de las cadenas de valor chinas. Las exportaciones de China a la UE multiplican por diez las dirigidas a Rusia, y Pekín no quiere ser objeto de sanciones en el caso de sumarse a las pretensiones rupturistas de Moscú (no es casualidad que Ucrania no apareciera nombrada en la declaración conjunta). Es China quien lleva hoy la iniciativa: Moscú—con diferencia el más débil de los tres—, es ante todo un peón útil para desviar la atención norteamericana del Indo-Pacífico. Los dirigentes chinos no van a poner sus intereses económicos en riesgo por Rusia.

La principal característica de la relación entre China y Rusia es la enorme asimetría de poder entre ambas naciones. La economía rusa es apenas la mitad de la de California, mientras China tendrá el mayor PIB del planeta antes de 2030. Pekín no puede mantenerse al margen de la economía global y necesita un escenario de estabilidad internacional, mientras que Moscú sólo cuenta con la provocación militar para conseguir sus objetivos. Aun compartiendo una misma ambición (mayor influencia internacional) y un mismo obstáculo (Estados Unidos), Xi no se dejará arrastrar por Putin a un conflicto contrario a sus intereses. Ambos líderes, eso sí, saben aprovechar cuantas oportunidades encuentran para inquietar a un Occidente todavía rehén de un mundo que dejó de existir.

Biden, ni un buen líder ni un buen gestor. Nieves C. Pérez Rodríguez

Biden cumple su primer año como presidente y contra los pronósticos iniciales la situación es desfavorecedora para su administración. Su popularidad se encuentra en el 44 % cuando el primer año de Trump se encontraba en el 37% y la de Obama en el 50%. Ciertamente, ningún otro presidente en la era moderna había tenido que lidiar con una pandemia y estos números son en parte reflejo de esta situación. En efecto, el 64% de los encuestados creen que Biden no ha manejado bien la pandemia, aun cuando los ciudadanos estadounidenses han tenido acceso a vacunas desde principios del 2021.

Según esta encuesta realizada por la CBS y dada a conocer el 16 de enero, la mitad de la población estadounidense se define como frustrada con el presidente, el 49% decepcionados y otro 40% nerviosos con el desenvolvimiento de Biden e insatisfechos con la manera como ha manejado la economía pues el año 2021 se cerró con el 7% de inflación.

La credibilidad de la que hicieron alarde los demócratas durante la era de Trump parece haber sucumbido, lo que demuestra una vez más la crisis política que está atravesando la nación estadounidense, pues tanto republicanos como demócratas parecen haber caído en desgracia.

La esperanza en el escenario internacional con el regreso de los demócratas se centraba en la recuperación de las formas políticas tradicionales y diplomáticas y también el retorno del liderazgo de América, por lo que se anticipó que el presidente Biden asumiría un liderazgo internacional claro y de esa forma los valores occidentales en el mundo recuperarían su fuerza y posición.

Pero nada de esto ha sucedido, El equipo de Biden que maneja la política exterior están compuesto por intelectuales que han salido de universidades de élite estadounidenses que suelen preferir citar autores y libros en sus discursos o comentarios, mientras sostienen la importancia de la igualdad y el respecto individual de cada nación a tomar sus decisiones, aun cuando algunos países estén promoviendo valores antidemocráticos y que en algunos casos pueden llegar a comprometer la seguridad nacional estadounidense.

Biden lleva en sus hombros una larga carrera política y de servicio público por lo que ha sido respetado y reconocido, pero al menos de momento ha fracasado en su intento por recuperar esa “América líder y prospera que ha sido un gran referente internacional”. Y aunque lidiar con una pandemia no ha sido cosa fácil en ninguna nación del planeta, la Administración Biden ha tenido mucho a su favor, como la aprobación de créditos millonarios desde el Congreso para ayudar al ciudadano e impulsar la economía y acceso a las vacunas antes que ningún otro país desarrollado, aunque también ha fracasado en la vacunación, pues no ha conseguido los altos porcentajes de vacunación que ha conseguido España.

Los demócratas criticaron enérgicamente a Trump por no haber sido un líder internacional recio y por su poco interés en nombrar hasta a sus embajadores. Biden, a un año después de haber entrado en la Casa Blanca, tiene posiciones de embajadores vacantes en países tan claves como Reino Unido, Alemania, Italia y Portugal, por nombrar alguno de los aliados de la UE, especialmente en un momento como el actual en el que se está considerando la posibilidad de que Rusia invada Ucrania. Pero tampoco hay nombramientos para Rumanía, Hungría, Croacia o la misma Ucrania.

En otras regiones estratégicas para los intereses estadounidenses tampoco se han nombrado embajadores: Arabia Saudita, Emiratos Árabes, Qatar, Marruecos, así como tampoco en Surafrica. En América Latina, ni Cuba cuenta con candidato ni tampoco Brasil, a pesar de ser la economía más grande de la región y el país en el que los chinos han conseguido hasta influenciar la política domestica brasileña.

En Asia, ni Filipinas, ni Tailandia ni Corea del Sur cuentan con candidatos en las listas de embajadores, pero tampoco han dado a conocer el nombre del representante en la ASEAN.

El Secretario de Estado, Antony Blinken, que como ya hemos dicho en esta columna era un hombre con carisma y respetado en las esferas del Congreso y el mismo Departamento de Estado, ha defraudado a muchos que anticiparon que sería un Secretario de Estado ambicioso y capaz de dar grandes resultados.

Es cierto que desde el comienzo la Administración Biden ha expresado su preocupación hacía el comportamiento de China y ve en la región de Asia Pacifico una de sus prioridades. Sin embargo, parece no comprender qué es lo que está haciendo Beijing con su Nueva Ruta de la Seda o el BRI (por sus siglas en inglés por el Belt Road Initiative) que va mucho más allá del desarrollo de una red de transporte para movilizar mercancías, pues busca además hacer crecer su influencia internacional, su poder político y con ello hacer crecer su “economía de alta tecnología” tal y como la definen.

Y eso a pesar de que G7, en junio del año pasado, lanzó una alternativa al BRI con el “Build Back Better World” y que busca financiar préstamos para carreteras, puentes, aeropuertos, centrales eléctricas, etc y, en efecto, ya estimaron que necesitarán unos 40 billones de dólares para estas inversiones en los países en desarrollo, la velocidad y astucia china no tiene rival. Y respecto a los países cuyas economías son las más grandes del planeta, China ya ha previsto y desarrollado gran parte de su plan y una vez más lleva la delantera.

Tristemente para las libertades, parece que Biden será un presidente más en la historia del país que, a pesar de seguir siendo grande, cada día disminuye su influencia y poder. Resulta curioso y muy doloroso que todo esto parezca que se está haciéndose deliberadamente…

 

INTERREGNUM: China y la relación transatlántica en 2022. Fernando Delage

Las tensiones entre Estados Unidos y China no desaparecerán en 2022. Si en algo coinciden demócratas y republicanos, aún más en un año de elecciones parciales al Congreso, es en que sólo cabe mantener una posición de firmeza frente a la República Popular. En Pekín, el presidente Xi Jinping se prepara para consolidar su poder en el Congreso del Partido Comunista en otoño, con el apoyo del resto de dirigentes y de la sociedad china a su política nacionalista. La dinámica interna en ambos casos complica la posibilidad de un entendimiento, pero también permitirá prevenir un choque mayor. La rivalidad entre las dos potencias seguirá influyendo por otra parte en la estrategia china de la Unión Europea: si en 2021 se ha dado un giro cualitativo a este respecto, en los próximos meses podría perfilarse un enfoque más elaborado, incluyendo una más estrecha coordinación con Washington.

Aunque la administración Biden aún no ha hecho pública su estrategia hacia China, algunos de sus elementos han comenzado a tomar cuerpo, y entre ellos destaca la prioridad otorgada a las cuestiones económicas. Lo que coincide, como es lógico, con la necesidad de convencer a sus socios y aliados en la región de que cuenta con un plan económico en su política hacia el Indo-Pacífico. Ante los obstáculos internos que le impiden sumarse a un acuerdo de libre comercio como el CPTPP, la Casa Blanca tendrá que demostrar el nuevo año su compromiso con el que ha denominado “Indo-Pacific economic framework” (IPEF), un instrumento a través del cual quiere hacer hincapié en asuntos como la gobernanza digital, el fortalecimiento de las cadenas de valor o las energías limpias. Los planes norteamericanos no pueden hacerse esperar, sobre todo si China presiona en su objetivo de incorporarse al CPTPP.

El IPEF no puede separarse por lo demás del recientemente establecido Consejo Estados Unidos-Unión Europea en Comercio y Tecnología, una iniciativa orientada a reforzar la coordinación entre Washington y Bruselas, e ilustración de los cambios producidos en la política china de la UE a lo largo de los dos últimos años. Pese a la tardía respuesta comunitaria a los movimientos del gigante asiático, Bruselas ha ido adoptando medidas concretas en coherencia con la definición que hizo de la República Popular en 2019: un socio con el que cooperar sobre los asuntos globales, un competidor económico, y un rival sistémico.

El instrumento anti-coerción puesto anunciado hace unas semanas es otro ejemplo del endurecimiento de la posición europea, aunque mayor relevancia puede tener a largo plazo el plan de desarrollo de infraestructuras. En septiembre de 2018, la Comisión publicó su estrategia de interconectividad Europa-Asia, una respuesta a la Ruta de la Seda china que se marcaba ambiciosos objetivos pero carecía de aportación presupuestaria. De ahí la especial relevancia de la nueva estrategia “Global Gateway”, una propuesta global de inversiones en infraestructuras de calidad que movilizará un total de 340.000 millones de euros entre 2021 y 2027.

El trabajo no ha terminado, pero la presidencia francesa de la UE y el nuevo gobierno alemán avanzarán durante 2022 en la formulación de una posición más sistemática al reto que representa China, en el marco a su vez de una actualizada estrategia hacia Asia, cuyos principios también se dieron a conocer el pasado año. La opción por los instrumentos geoecónomicos no debe ocultar las implicaciones geopolíticas del esfuerzo, que pone en valor los principales recursos con que cuenta la UE, al tiempo que facilita la reanudación de la coordinación transatlántica.

 

INTERREGNUM: Democracia y estrategia china. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha caracterizado la rivalidad entre Estados Unidos y China como una batalla entre democracia y autoritarismo. Aunque se trata, sin duda, de uno de los elementos que definen la confrontación entre ambas potencias, la realidad es sin embargo mucho más compleja. No sólo se parece poco esta competición ideológica a la que enfrentó a Washington y Moscú durante la guerra fría, sino que elevar la retórica de hostilidad a este terreno obstaculiza las posibilidades de cooperación frente a los grandes problemas globales, como el cambio climático o las pandemias. Lo que es más grave, complica la propia estrategia china de la Casa Blanca. La razón es que la erosión de la democracia y el ascenso de China no son dos asuntos que vayan siempre por vías paralelas.

La ambición de Biden de promover el fortalecimiento de las democracias no sólo es admirable, sino necesaria. Pero el mayor desafío a los regímenes liberales no proviene de China (o de Rusia), sino que tiene un origen interno: las amenazas a la separación de poderes, las violaciones del Estado de Derecho, los populismos identitarios y el abandono de la deliberación racional, así como la polarización política que alimentan los medios digitales. El reto, como el propio Biden ha señalado, consiste en corregir las fuerzas autocráticas demostrando la eficacia de las democracias a la hora de hacer frente a los problemas que han causado la creciente desconfianza popular en instituciones y partidos políticos tradicionales.

La injerencia externa y las estrategias de desinformación de actores internacionales es un peligro contra el que las democracias deben actuar de manera conjunta. Esa cooperación debe consistir, no obstante, en dar forma a instrumentos e iniciativas concretas que mitiguen esos riesgos, más que en un discurso genérico de denuncia de un fenómeno, el autoritarismo, que quizá no sea la clave fundamental de lo que está en juego. En el caso de China, la competición es ante todo geopolítica, económica y tecnológica, y no desaparecería si la República Popular se convirtiera en una democracia. El aumento de su poder y el nacionalismo son, en este caso, factores más decisivos que la naturaleza de su régimen político.

Al contrario que la Unión Soviética, China no pretende ni derrotar a Estados Unidos ni exportar su ideología por el planeta. No hay, tampoco, un choque de sistemas incompatibles entre sí; por el contrario, se trata de una competición entre diferentes modelos económicos en un mismo sistema capitalista global. El autoritarismo chino requiere por supuesto la debida vigilancia con respecto a su proyección exterior, pero sería un error pensar que el apoyo de Pekín a Estados iliberales refleja la intención de construir una coalición contra el mundo democrático. No son valores políticos, sino intereses estratégicos los que llevan a China a acercarse a Rusia y a otros actores.

Variables del mismo tipo son las que explican que Biden haya invitado a unos países y no a otros a la cumbre de la semana pasada. Aun siendo la defensa del liberalismo un objetivo irrenunciable, ¿es realmente la democracia la que guía su estrategia asiática? Si la prioridad es la estrategia hacia China, no parece importar entonces contar con una India cada vez menos pluralista, con un sistema de partido único como Vietnam, o con determinadas juntas militares. Otros, como Indonesia, Singapur, Corea del Sur incluso, mantienen sus reservas sobre una iniciativa que puede provocar nuevas divisiones.

En último término, en lo que representa un debate de más largo alcance, China obliga a Occidente a realizar un ejercicio de introspección. Por primera vez en generaciones, las democracias se encuentran frente a rivales ideológicos, pero también capitalistas, que pueden demostrar eficacia de gestión, armonía social y visión estratégica a largo plazo. Para prevalecer sobre ellos, la democracia liberal debe renovarse. La cuestión es cómo hacerlo cuando en las sociedades occidentales prima la fragmentación y la defensa de las causas de las minorías sobre los intereses comunes y compartidos. Los países asiáticos en su conjunto—los democráticos y los que no—han sabido articular mejor la relación entre individuo y comunidad, una cuestión quizá más relevante que el tipo de sistema político para asegurar a largo plazo la estabilidad, la prosperidad, y también la libertad. Como escribe Jean-Marie Guéhenno en su último libro (Le premier XXIe siècle, Flammarion, 2021), para que haya una democracia primero tiene que haber una sociedad.

 

INTERREGNUM: Después de la cumbre Xi-Biden. Fernando Delage

La cumbre virtual mantenida por los presidentes de Estados Unidos y la República Popular China, Joe Biden y Xi Jinping, respectivamente, el 15 de noviembre puso de manifiesto la intención de ambas partes de cambiar el tono de la relación bilateral. Como señaló tras la reunión el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, una “competición intensa” requiere una “diplomacia intensa”. El deseo de ambos presidentes de evitar una nueva guerra fría y prevenir un conflicto debería conducir, en efecto, al establecimiento de unas reglas que estructuren la interacción entre ambas grandes potencias.

Este encuentro ha supuesto un importante paso en dicha dirección, y corrige en buena medida el áspero intercambio mantenido por los representantes diplomáticos de los dos países en su reunión de marzo en Alaska. La declaración conjunta de Washington y Pekín sobre cambio climático acordada poco antes de concluir la COP26 en Glasgow es otra indicación del reconocimiento de las posibilidades de cooperación con respecto a sus intereses compartidos. Es innegable, sin embargo, que ni China va a dar marcha atrás en sus ambiciones, ni Estados Unidos está dispuesto a perder terreno. Las respectivas necesidades políticas internas de Biden y Xi tampoco aparecen especialmente sincronizadas.

Sólo dos días después de que ambos líderes mantuvieran su primera conversación cara a cara, la Comisión encargada por el Congreso de Estados Unidos de realizar un seguimiento de las relaciones con China publicó su informe anual. Entre otros asuntos, el texto, de más de 500 páginas, coincide con las estimaciones del Pentágono de hace unas semanas sobre el rápido crecimiento del arsenal nuclear chino, y el temor de que Pekín haya decidido abandonar su posición minimalista en este terreno. El documento identifica por otra parte la creciente presencia china en América Latina como un nuevo punto de fricción, y subraya en particular la construcción de una estación de seguimiento especial en Argentina bajo la supervisión del Ejército de Liberación Popular, el apoyo al régimen de Maduro en Venezuela, y el uso de la vacuna contra el covid para persuadir a algunos Estados a que abandonen su reconocimiento diplomático de Taiwán.

La intimidación de Taipei también irá a más, indica el estudio, cuyas conclusiones apuntan a que el gobierno chino “mantendrá con toda probabilidad su enfoque combativo”, y “cada vez está menos interesado en el compromiso, e inclinado a asumir acciones agresivas que conducirán a la inestabilidad”. Por lo que se refiere a Taiwán, fue el propio Xi quien advirtió a Biden del riesgo de “jugar con fuego”. Como es sabido, en el Congreso norteamericano se extiende la idea de que Washington debería abandonar la tradicional política de “ambigüedad estratégica” con respecto a la isla, para ofrecer una garantía de seguridad clara y explícita.

Ninguno de los dos líderes puede permitirse una percepción de debilidad. Xi, para evitar mayores obstáculos de cara al XX Congreso del Partido Comunista, en el otoño del próximo año, cuando será ratificado para un tercer mandato. Biden, porque en un contexto de notable caída de su popularidad, afronta elecciones parciales al Congreso en 2022, y unas presidenciales en 2024, bajo la sombra de Trump. Medios republicanos no han dejado de acusar a Biden de “rendición” por el mero hecho de reunirse con el presidente chino. El escenario político norteamericano obliga por tanto a la Casa Blanca a una posición de firmeza frente a Pekín, a la que China—por razones similares—no podrá dejar de responder. Mantener una diplomacia productiva en estas circunstancias va a ser un desafío constante, pero si en los próximos dos años no se alcanza algún tipo de modus vivendi entre ambos gigantes, esa posibilidad puede desaparecer por completo en el caso de una victoria republicana.