INTERREGNUM: AUKUS y el dilema asiático de Rusia. Fernando Delage

AUKUS, el pacto de defensa anunciado por Australia, Reino Unido y Estados Unidos el pasado 15 de septiembre, es una indicación de que el modelo de alianzas del siglo XX no es quizá el más adecuado para los desafíos de seguridad de nuestro tiempo. Estructuras como la OTAN—cuyo papel en la estrategia norteamericana cabe prever se reducirá—serán sustituidas (o acompañadas) por alternativas más flexibles, como la formada por los países de la angloesfera. Es una fórmula que permitirá que otras naciones puedan sumarse más adelante al grupo, como Canadá, Nueva Zelanda, Corea del Sur o—por qué no—Vietnam, además naturalmente de la estrecha vinculación que ya se mantiene con los otros dos miembros del Quad, Japón e India. Es una perspectiva que complica el margen de maniobra de China, de cuyas acciones dependerá en gran medida a su vez la evolución futura de la iniciativa, pero tampoco tranquiliza a Rusia.

Aunque la primera reacción de Moscú fue la de expresar su preocupación por una nueva carrera de armamentos en la región y por la posible erosión del tratado de No Proliferación Nuclear, lo cierto es que expertos rusos no han dudado en ver en AUKUS un precedente que debería permitirles promover su propia tecnología de submarinos nucleares. La preocupación mayor, sin embargo, es que, en un par de décadas, la capacidad de los nuevos submarinos australianos les permitiría operar en el Pacífico noroccidental, o incluso atravesar el estrecho de Bering hasta el océano Ártico. Sus misiles y sistemas de armamento podrían alcanzar por tanto Siberia y partes de las provincias del Extremo Oriente ruso.

No es una perspectiva muy plausible de momento, pues esas aguas septentrionales no resultan prioritarias para Australia. No obstante, si llegara a ver en AUKUS una amenaza militar directa a sus intereses, Rusia se vería obligada a dar un salto cualitativo en el desarrollo de sus propias capacidades (ya cuenta con una decena de submarinos nucleares); podría extender las operaciones de su flota al mar de China Meridional y al Índico; y, de ser necesario, coordinaría sus actividades navales con las de China, consolidando dos bloques opuestos en la región. No es un escenario de preferencia para un país de proyección básicamente continental, que ni desea encontrarse en el centro de la rivalidad marítima entre Washington y Pekín, ni depender en exceso de la República Popular. AUKUS plantea así el tipo de dilema con que Rusia se ha encontrado tradicionalmente con respecto a su presencia en Asia.

De manera recurrente a lo largo de la historia, Rusia ha oscilado entre sus dos polos de atracción, Europa y Asia. Repentinos impulsos de optimismo hacia este último continente solían terminar disipados por obstáculos logísticos, desacuerdos internos o derrotas militares. Como escribe Chris Miller en su excelente historia sobre esta relación (We Shall Be Masters: Russian Pivots to East Asia from Peter the Great to Putin, Harvard University Press, 2021), las ambiciones rusas han estado siempre por encima de sus capacidades. Con el núcleo de la nación concentrado cerca de la frontera con Europa, los pioneros de la aventura asiática recordados por Miller nunca consiguieron mantener vivo por mucho tiempo el interés de la opinión pública y de las elites políticas. En uno de esos nuevos impulsos en dirección oriental, el Kremlin hace hoy hincapié en la importancia de la “asociación estratégica” con China, un acercamiento que Biden no va a poder erosionar. No obstante, la reconfiguración del escenario estratégico del Indo-Pacífico que anticipa AUKUS sí puede condicionar de manera no prevista el renovado sueño asiático de Moscú.

El triunfante regreso de la ejecutiva de Huawei. Nieves C. Pérez Rodríguez

El arresto de Meng Wanzhou, la directora financiera de Huawei, en junio del 2018, marcaba un giro sin precedentes en las relaciones entre Washington y Beijing y ponía a Ottawa en el medio esta particular situación, que, en efecto, le hicieron pagar un alto precio a Canadá con la suspensión de exportaciones cuyo destino era China y una alta presión diplomática debido a la privación de libertad de dos ejecutivos de negocios canadienses en territorio chino, caso que se hizo conocido como el nombre “los Michaels”.

Durante la Administración Trump y en medio de la llamada guerra comercial entre Estados Unidos y China el interés por mirar con lupa las actividades de Huawei se intensificó considerablemente. El desarrollo de la plataforma 5G fue la piedra angular que mantuvo el debate abierto, mientras que La Casa Blanca trabajó arduamente en tratar de convencer a las naciones aliadas del peligro de usar esta tecnología china. Sobre todo entre aquellos países estratégicos que comparten información confidencial con Estados Unidos y viceversa. Los países de la alianza del “five eyes” concretamente fueron la mayor preocupación del Pentágono y del equipo de seguridad nacional de la Casa Blanca.

Huawei es la empresa de telecomunicaciones más grande del mundo y la segunda en vender teléfonos móviles y equipos de comunicación de última generación. Una poderosa compañía que a finales de los años 90 intentaba sin éxito desarrollar la red del 3G por lo que perdieron enormes sumas de dinero. Pero que remontaba diez años más tarde para desarrollar la plataforma del 5G, gracias a una enorme inyección de capital proveniente del Estado chino, lo que de entrada se considera como una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuyo éxito y supervivencia son producto de la calidad del servicio que ofrecen.

La disímil relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista chino, así como la legislación china que contempla la colaboración de estas compañías para facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda a occidente. Y eso deja abierta la posibilidad de que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo con su conveniencia.

En ese marco, la Administración Trump impuso sanciones a la gigante china mientras consiguió que Reino Unido, Australia y Japón prohibieran el uso de la tecnología de Huawei en sus territorios. Y en agosto del 2018 un tribunal de New York emitía una orden de arresto para que Meng fuera juzgada en los Estados Unidos como una alta ejecutiva de Huawei bajo los cargos de violaciones de sanciones estadounidenses en contra de Irán y conspiración para robar secretos comerciales.

La captura de esta ejecutiva china abrió un nuevo horizonte diplomático nunca antes visto. Se mantuvo en arresto domiciliario en Canadá en una de sus propias viviendas con pulsera electrónica en su tobillo a la ejecutiva de Huawei que tuvo que permanecer en Canadá más de dos años presentándose a la justicia canadiense. Mientras, Beijing encontraba una forma de presión a cada movimiento jurídico. Por ejemplo, en mayo del año pasado la Corte Suprema de Vancouver dictaminó que los cargos contra ella cumplían con el estándar legal de doble criminalidad, lo que dejaba abierta la opción de crímenes en Canadá y en Estados Unidos. Beijing no tardó en contestar con la sentencia a los dos hombres de negocios que fueron privados de su libertad desde el comienzo de esta saga.

Desde finales del 2020 se estaba intentando negociar un “procedimiento diferido” entre los fiscales estadounidenses y los abogados de Meng que consistía en que admitiera culpabilidad por algunas de las acusaciones que se le imputan y con ello se le permitiera retornar a China. Tal y como fue publicado en esta misma columna en diciembre del año pasado en el que se afirmaba que ese tipo de acuerdos es más común que sea concedido entre empresas y en muy raras ocasiones a individuos.

Meng admitía en un documento de cuatro páginas de largo que había incurrido en irregularidades en el 2013 con una empresa iraní en los que engañaba al HSBC sobre la verdadera naturaleza de la relación de Huawei con Skycom.

A esta admisión negociada el Departamento de Justicia estadounidense respondía retirando la petición de extradición que comenzó todo este proceso en primer lugar. Y ahora afirman que procederán con preparativos para el juicio en contra de la empresa como entidad jurídica pero no de un individuo afiliado a la empresa. Por lo que la ejecutiva fue liberada la semana pasada.

Meng regresaba a China en medio de una magnífica llegada a Shenzhen, precisamente la ciudad donde se encuentra la sede principal de Huawei. Aterrizaba en un avión con la bandera china, ataviada de un traje rojo triunfante, color tradicional de la cultura china que representa además éxito, vitalidad y buena suerte, recibida con alfombra roja, flores, espectadores con banderitas chinas y pódium listo para dar declaraciones en vivo frente a audiencia televisada, que se calcula rondó los 10 millones de espectadores. Decía que habían sido días difíciles pero que estaba feliz de estar en casa, como si se tratara de un error de la justicia de occidente.

Los encabezados de los medios oficiales chinos titulaban “Arrestada por el auge de China y gracias a eso también fue liberada”. El Partido Comunista chino aprovechó la oportunidad para alimentar su propaganda y afianzar su credibilidad y fuerza domestica que se ha visto afectada por los problemas económicos en el marco de la pandemia y escándalos como el de Evergrande, la gigantesca inmobiliaria china.

Los Michaels fueron liberados por la justicia china a tan sólo pocas horas de que Meng llegara a China y, como afirmaba Rüdiger Frank, profesor de la Universidad de Viena en una serie de tweets, la liberación de estos canadienses justo a pocas horas de haber llegado Meng confirma la conexión directa entre ambos casos. O sea, que China los había capturado como respuesta a la orden de captura a la ejecutiva de Huawei.

Con la detención de estos dos canadienses como respuesta a la detención de Meng y la sentencia a muerte de Robert Lloyd Shellenberg en 2019, quien había sido imputado por narcotráfico de estupefacientes en el 2014, Beijing daba clara muestras de lo que es capaz de hacer. De que está preparada para responder enérgicamente si sus intereses son tocados.

Este peligroso juego de presión que la Administración Trump comenzó fue respondido más reciamente por Beijing dejando ver que no están dispuestos a dejarse presionar por fuerzas exteriores por muy poderosas que estas sean. Claramente la Administración Biden está intentando otro camino para contener las arbitrariedades chinas. Un camino que parece que pasará por vías más regulares y menos escabrosas pero que a su vez convierta a China en un actor de igual peso.

INTERREGNUM: Cumbre en Washington. Fernando Delage

La primera reunión presencial de los líderes del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD) en Washington el pasado viernes, sólo una semana después de anunciarse el pacto de defensa entre Estados Unidos, Reino Unido y Australia (AUKUS), fue una nueva prueba de la urgencia con la que la Casa Blanca y sus principales socios asiáticos tratan de evitar que China altere el equilibrio de poder en el Indo-Pacífico. En contra de los cálculos de Pekín, el QUAD ha llegado para quedarse, abriendo una nueva fase en el esfuerzo colectivo dirigido a contrarrestar su creciente poder, de manera particular en la esfera naval.

Buena parte de los especialistas chinos continúan subrayando las contradicciones y debilidades del grupo, como recogía por ejemplo el oficialista Global Times: “la apresurada salida de Estados Unidos de Afganistán causó un enorme daño a India; Australia rechaza comprometerse sobre la minería del carbón para hacer frente al cambio climático; Japón se enfrenta a una situación de desorden político interno, a la vez que provoca erróneamente a China al pronunciarse sobre la cuestión de Taiwán”. Y, sí, estos analistas perciben la hostilidad en aumento hacia China, pero nunca mencionan que son las acciones de Pekín durante los últimos años las que han provocado esa reacción.

Son también sus movimientos los que explican que tanto la cumbre del QUAD como AUKUS hayan sido recibidos positivamente entre los aliados y socios de Estados Unidos en Asia (al contrario de lo ocurrido en el Viejo Continente). Esa satisfacción general no oculta, sin embargo, que, para no pocas de estas naciones, se agrava el dilema de tener que elegir entre Washington o Pekín. A la ASEAN le inquieta en particular que el QUAD pueda quitarle el protagonismo que ha tenido tradicionalmente en la arquitectura de seguridad asiática. En todos los casos se es consciente, por lo demás, de que se avecina una nueva carrera de armamentos en la región.

No sólo Australia va a recibir nuevos submarinos: el pacto implica una profunda integración de la industria de defensa de los países participantes, y su cooperación en nuevas áreas de innovación tecnológica, como la inteligencia artificial o el control del “dominio submarino”, concepto que incluye tanto los cables bajo el mar que canalizan la transmisión de datos por todo el planeta, como la detección de submarinos. La colaboración se extiende a misiles subsónicos como los Tomahawks, cuyos secretos Estados Unidos nunca ha compartido hasta la fecha, e, inevitablemente, a la tecnología nuclear. Aunque Washington se reserve el know-how de las unidades que suministrará a Canberra, y tendrá que ocuparse por tanto también de su mantenimiento—poniendo en cuestión la propia soberanía australiana, como ha señalado el exprimer ministro Kevin Rudd—, la gradual integración de capacidades de defensa que va a producirse puede acabar alterando el statu quo nuclear en Asia.

Otro elemento a valorar es cómo este reajuste geopolítico puede afectar a la relación de las potencias asiáticas con la UE. Los gobiernos de la región habían dado la bienvenida al objetivo europeo de reforzar su presencia en el Indo-Pacífico, ambición que cristalizó en la adopción de su estrategia hacia la zona, presentada sólo horas después de anunciarse AUKUS. Japón cerró un doble acuerdo económico y estratégico con Bruselas, en vigor desde 2019, y ha negociado pactos bilaterales de cooperación en seguridad con distintos Estados miembros. Con India y Australia se negocian sendos acuerdos de libre comercio. Los gobiernos del sureste asiático, donde la UE es el primer inversor exterior, veían en Bruselas un socio que les permitía diluir los efectos de la rivalidad Washington-Pekín.

La Unión tendrá que hacerse a la idea de que la absoluta prioridad de Estados Unidos es hoy China, y entender hasta qué punto Japón, India y Australia la comparten. Pendientes de que la Comisión actualice próximamente su estrategia hacia la República Popular, ha pasado inadvertido el informe adoptado por el Parlamento Europeo el 16 de septiembre, en el que se indica: “China está adquiriendo un papel global más fuerte como potencia económica y como actor de política exterior, lo que plantea graves desafíos políticos, económicos, de seguridad y tecnológicos para la UE,  que a su vez tienen consecuencias significativas y duraderas para el orden mundial, y representan graves amenazas al multilateralismo basado en reglas y a los valores democráticos fundamentales”. No parece sonar muy diferente del lenguaje empleado por Washington y sus aliados en el QUAD (aunque no hayan nombrado al gigante asiático en sus comunicados).

El Departamento de Estado desfallece. Nieves C. Pérez Rodríguez

La era Trump dejó un gran descontento en el Departamento de Estado. Los diplomáticos de carrera fueron el target indirecto de muchas de las ligerezas del anterior presidente. La Administración tuvo dos secretarios de Estado, el primero, Rex Tillerson, no estuvo mucho en el cargo pues, por sus diferencias con Trump, éste le despidió con un tweet durante una visita oficial al extranjero. El otro fue Mike Pompeo, que fue un secretario a la medida del presidente pero que contó con mucha resistencia de parte de los funcionarios de carrera.

El paso de Pompeo por el “State”, como se le dice a la institución en Washington, dejó muchas anécdotas como que la mujer de Pompeo le acompañaba en sus giras oficiales y solía ser la que retrasaba la salida del avión porque tenía por costumbre irse de compras antes de que el avión se dispusiera a partir. Y también sinsabores entre quienes durante mucho tiempo han trabajado en la institución y se encontraron en el centro de una rivalidad política cuando estaban optando a posiciones que en un porcentaje muy alto fueron otorgados a los cercanos al presidente o al equipo de la Casa Blanca.

Sumando a eso la situación de los diplomáticos en el exterior que era muy incómoda. Les tocó responder una y otra vez a las preguntas de cómo era posible que un personaje tan soez pudo convertirse en presidente de los Estados Unidos, y, más difícil aún, les tocó justificar inexplicables comentarios o posturas presidenciales en materia de política exterior. La situación llegó a ser tan tensa que muchos diplomáticos abandonaron el servicio exterior permanente mientras que otros empezaron a expresar su desacuerdo político en redes sociales como Facebook sin tapujos.

Las elecciones presidenciales del 2020 con un candidato con Joe Biden representaba para muchos la esperanza en el retorno a la diplomacia clásica, por su larga experiencia política.  El regreso a la tradición del Departamento de Estado y a la política exterior más predecible y en consonancia con los intereses de los aliados y las alianzas históricas.

Sin embargo, a nueve meses de la presidencia demócrata y con Antony Blinken como secretario de Estado, un hombre respetado en las esferas del Capitolio y querido en Washington, la decepción está más presente que nunca en la institución.

La mayor crítica se centra a que Blinken no es capaz de confrontar al presidente para oponerse a decisiones como fue la atropellada y muy desafortunada salida de Afganistán, a pesar del precio internacional que se pagará por la misma.

Otra gran decepción muy latente es que Biden ha mantenido el patrón que agudizó Trump de nombramientos políticos de embajadores, aun cuando el mismo partido demócrata criticó duramente esa tendencia en la Casa Blanca de Trump. El “State” hoy vive la misma situación de angustia y presión política que sufrió durante la Administración anterior, pero con el agravante de que se ha institucionalizado y por tanto normalizado la influencia partidista en una casa que por muchos años fue ejemplo de apartidismo e institucionalidad.

Tal y como me admitió una fuente anónima “duele mucho ver que el equipo del presidente Biden se comporta igual a como actuó el del presidente Trump. Esperamos más de Biden”.

INTERREGNUM: El “pivot” de Biden. Fernando Delage

Hay semanas que pasan a la historia, y la de mediados de septiembre será probablemente una de ellas. El miércoles 15, el presidente de Estados Unidos, junto a los primeros ministros de Reino Unido y Australia, anunció la formación de un pacto de defensa entre los tres países para suministrar 12 submarinos de propulsión nuclear a Canberra. Naturalmente, no se trata de un mero acuerdo de compraventa de armamento. Es el primero de los pasos de la doble estrategia seguida por parte de Washington para adaptar y reforzar su presencia militar global integrando sus capacidades con las de sus socios (en la jerga del Pentágono, “Integrated Deterrence”), a la vez que su política hacia China pasa claramente del contraequilibrio a la contención.

“AUKUS”, como es denominado el acuerdo que comenzó a fraguarse en la última cumbre del G7, viene a formalizar la atención puesta por Washington en el Indo-Pacífico cuando se cumplen justamente 10 años de la presentación por la administración Obama de su “pivot” hacia esta parte del mundo (rebautizado como “rebalance” un año después), cuya ejecución quedó sin embargo incompleta. El anuncio se ha producido, por otra parte, dos días antes de la celebración en Dushanbe de la cumbre anual de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), dedicada esta vez casi monográficamente a Afganistán. El juego euroasiático queda en manos de China y Rusia, que han tomado nota de la preferencia de Estados Unidos por sus intereses marítimos en el Pacífico occidental.

Tampoco es casualidad, y resulta aún más revelador de los cambios por venir, que el pacto se diera a conocer apenas horas después de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pronunciara su discurso anual sobre el estado de la UE—en el que no dejó de mencionar a China—, y unas horas antes de que el Alto Representante, Josep Borrell, hiciera pública la esperada estrategia Indo-Pacífico de la UE. No es sólo Francia quien ha sido “apuñalada en la espalda” (expresión utilizada por su ministro de Asuntos Exteriores, Jean-Yves Le Drian, tras abandonar Australia el contrato firmado con París en 2019 para la construcción de nuevos submarinos, y ni siquiera informar Estados Unidos con antelación sobre el pacto); no: Biden, un presidente que había hecho hincapié en su interés por unos aliados desatendidos por Trump, ha dejado claro que no cuenta con los europeos—con la excepción de los británicos, ya fuera de la UE—en su política hacia el Indo-Pacífico.

Tras la retirada de Afganistán, AUKUS es un segundo golpe en un mes a la inocencia geopolítica europea. La relación transatlántica no volverá a ser la que fue, lo que afecta al futuro de la OTAN y agudiza el imperativo de la autonomía estratégica de la Unión. El 24 de septiembre—razón adicional del anuncio del nuevo pacto—Biden es anfitrión en Washington de la primera cumbre en persona de los líderes del QUAD (se reunieron virtualmente en marzo): además del primer ministro de Australia, asisten sus homólogos  de Japón (primer país candidato en su día para suministrar los submarinos australianos), e India (una de las naciones con submarinos nucleares de la tecnología más avanzada). AUKUS es una prueba tangible de la creciente institucionalizacion del grupo, al que poco pueden aportar los europeos por su déficit de capacidades estratégicas. La cuestión, cuando empiezan a dar forma a una estrategia más ambiciosa en Asia, es si no se verán obligados a concentrar sus esfuerzos en el Viejo Continente si ya no van a contar con los norteamericanos como antes con respecto a Rusia.

Una atmósfera de guerra fría parece estar formándose, aunque el tiempo dirá si este hincapié en la dimensión militar (acompañada de la ideológica), no termina siendo un error. China ha recibido el mensaje: es innegable que AUKUS mitiga sensiblemente el diferencial de poder militar—naval, en particular—que la República Popular estaba ganando frente a Estados Unidos y sus aliados. Pero Pekín también sabe que el principal juego regional es geoeconómico. Y también la semana pasada—de hecho, al día siguiente de anunciarse la nueva alianza—, declaró su intención de incorporarse al CPTPP, es decir al Acuerdo Transpacífico (TPP) que formaba parte central de la estrategia de Obama, que Trump abandonó, y que se reconfiguró bajo el liderazgo de Japón con el resto de participantes. La reincorporación de Estados Unidos debería ser una de las prioridades de Biden, condicionada no obstante por la oposición del Congreso y de la opinión pública a los acuerdos de libre comercio. No será fácil que se materialice a corto plazo la adhesión de China, pero la señal está lanzada. Biden, por su parte, ha dado el pistoletazo de salida a su propio pivot, pero aún requiere de otras piezas. La reacción de la Unión Europea, por último, no debería hacerse esperar.

INTERREGNUM: Bloques euroasiáticos. Fernando Delage

La asistencia de representantes de seis países —Pakistán, China, Rusia, Qatar, Turquía e Irán— a la formación del gobierno talibán en Kabul es quizá la más clara ilustración de los cambios que se están produciendo en la dinámica geopolítica euroasiática, así como de sus implicaciones globales. Si el fin de la presencia occidental en Afganistán tiene especial trascendencia es por producirse en un contexto de redistribución de poder, marcado por el aumento de la influencia china y por la creciente coordinación entre Pekín y Moscú de sus acciones en este espacio continental.

Una de las primeras respuestas de China y Rusia a la inminente caída del gobierno de Ashraf Ghani —anunciaron la decisión el 12 de agosto— fue la de dar a Irán el estatus de miembro de pleno derecho en la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), institución en la que era observador desde 2005. Las reservas de las repúblicas centroasiáticas, que ya se opusieron a su adhesión en 2006 y 2015, no han bastado para impedir esta vez su incorporación: la cumbre que la organización celebra en Dushanbe esta semana —a la que acudirá el presidente iraní, Ebrahim Raisi, en su primer viaje al exterior— pondrá formalmente en marcha el proceso de adhesión.

Tras firmar sucesivos acuerdos bilterales con China y Rusia, las autoridades iraníes parecen haber optado por reforzar su orientación estratégica eurosiática, en la que también hay que incluir su interés por India. Mediante su participación activa en las instituciones económicas y de seguridad de la región, Teherán confía en mitigar la presión de las sanciones occidentales, contar con nuevos incentivos para el desarrollo de su economía, y ampliar el alcance de un bloque cuya principal seña de identidad es precisamente su oposición a Occidente.

Aunque internamente se discuten los beneficios de formar parte de una organización que incluye —tras la incorporación de India y Pakistán en 2017— a cuatro potencias nucleares con agendas y objetivos de seguridad diferentes de los de Teherán (cuyo escenario estratégico prioritario es Oriente Próximo), sus motivaciones de prestigio diplomático proporcionan en cualquier caso nuevas ventajas a Moscú y Pekín. Irán, en efecto, entra a formar parte de la arquitectura que estas dos potencias quieren construir en Eurasia, apoyándose en su interés común por contener a los grupos islamistas radicales y debilitar a Occidente. Los estrategas que, en Washington, piensan cómo erosionar la relación entre Pekín y Moscú —como hizo Nixon en 1972— lo tienen por tanto muy difícil.

Afganistán ha puesto de nuevo de manifiesto que el orden surgido tras la implosión de la Unión Soviética hace tres décadas ha llegado a su fin. Mientras la OTAN ha sufrido un notable fracaso, chinos y rusos—en compañía de Irán y Pakistán, entre otros— reconfiguran un espacio ignorado durante mucho tiempo por Occidente. Estados Unidos ha decidido concentrar sus cartas en la rivalidad (básicamente marítima) con China, pero ¿y los europeos? Mientras Pekín y Moscú acercan sus respectivos proyectos geopolíticos —la Ruta de la Seda, y la Unión Económica Euroasiática, respectivamente— con el fin de proteger sus esferas de influencia en un orden multipolar, los europeos no pueden limitarse a seguir a los norteamericanos. Bruselas anuncia esta semana su estrategia hacia el Indo-Pacífico, pero necesita igualmente una aproximación geopolítica hacia Eurasia que vaya más allá de las redes de infraestructuras y de los principios normativos. La competición entre las grandes potencias marítimas y continentales será uno de los elementos determinantes del sistema internacional en transición.

 

 

 

China: Promoción cultural o manipulación. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Partido Comunista Chino creó el Instituto Confucio en 2004 como un proyecto piloto que comenzó en Uzbekistán a mediados de ese año, de la mano de Liu Yandong, ex vicepresidente chino y miembro del politburó durante su tiempo a cargo del Departamento chino del Frente Unido del Trabajo. Un veterano del Partido Comunista Chino que en pocos meses conseguía abrir el primer centro oficial en Seúl y que después de ello empezó a proliferar por todas por todos los continentes.

Los institutos desde sus comienzos fueron promocionados como centros de intercambio cultural, como lo son la Alianza francesa o los institutos Cervantes que promueven la historia, el arte o la lengua. En efecto, la oficina internacional del idioma y el Ministerio de Educación chinos están detrás de dichos centros desde su creación.

Hoy existen más de 500 institutos a lo largo y ancho del planeta y cuentan con un presupuesto anual de unos 10 mil millones de dólares aproximadamente. Parte del gran éxito de estos centros es que se han establecido dentro de campus universitarios a través de un modelo curioso y que en muchos casos es demasiado atractivo para ser rechazado.

De acuerdo con Rachelle Peterson, quien desarrolló un minucioso estudio en 2017 con grupo de centros Confucio en Nueva York y New Jersey determinó que los representantes chinos inicialmente negociaban contratos con las universidades anfitrionas por un periodo de cinco años, en los cuales les pagaban sustanciosas sumas de dinero a cambio del espacio. Aunque los contratos se mantienen secretos, se cree que las condiciones pueden variar en cada caso.  La atractiva cantidad ofrecida por Beijing facilitaba la operación en una primera etapa. A lo largo del tiempo surgían dificultades cuando los institutos interferían en las conferencias o discusiones de la casa de estudio, si los temas a debatir incluían Tibet, Taiwán o Tiananmen.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esos institutos han sido centro de mucha polémica. En el caso específico de los Estados Unidos las sospechas y el escrutinio llevó en 2019 al director del F.B.I., Christopher Wray, a testificar ante el Congreso para aclarar dudas sobre los mismos. “Los institutos Confucio ofrecen una plataforma para difundir la propaganda del gobierno chino, fomentar la censura y restringir libertades académicas”, fueron algunas de las afirmaciones de Wray.

Los institutos han sido utilizados por el Partido Comunista Chino como una estrategia global de expansión y presencia. A través de los mismos se ha conseguido insertar cientos de docentes chinos en tierras extranjeras bajo la justificación de poder impartir mandarín. Pero también han penetrado los más prestigiosos centros de educación e investigación del mundo desde donde han podido substraer información valiosa para el partido chino.

“El instituto Confucio es una marca atractiva para extender nuestra cultura al exterior. Han hecho una contribución importante para mejorar nuestro “poder blando” (soft power). La marca Confucio tiene un atractivo natural. Con la excusa de enseñar chino, todo parece razonable y lógico”. Fueron las palabras de Li Changchun en un discurso pronunciado en el 2011, que en ese momento era miembro del Comité permanente del Politburó, máximo órgano del PC chino.

En los años recientes, sobre todo durante la Administración Trump y su postura en contra de los abusos chinos, se denunciaron más abiertamente irregularidades perpetradas por Beijing. Sobre la base del robo de propiedad intelectual, de tecnología y de datos se tomaron medidas más drásticas. Además de denuncias hechas por ciudadanos chinos en territorio estadounidense, como han sido el caso de estudiantes que estuvieron en Estados Unidos como parte de un programa de intercambio y que se resistieron a ponerse bajo la autoridad del Partido Comunista y les tocó pagar con cárcel a su regreso a China.

También han sido investigadas denuncias de actividades irregulares de grupos de estudiantes chinos en campus universitarios estadounidenses vinculados con consulados chinos tratando de reclutar talento chino y otros esfuerzos de influencia sospechosos, tal y como afirma Jamie Horsley en un artículo publicado por el Brookings Institute.

La desconfianza de las instituciones estadounidenses ha llegado al punto que se ha investigado e incluso aprobado leyes para poner freno a las arbitrariedades antes mencionadas. Tal es el caso de la ley de la autorización de la defensa de 2019 (NDEE por sus siglas en inglés) que prohíbe al Pentágono a financiar programas de mandarín en Universidades anfitrionas.

El Departamento de Estado, por su parte, clasificó en agosto del 2020 a los Institutos Confucio como centros de misión exterior controlados y financiado por el gobierno chino. Y en marzo del presente año el Congreso aprobaba por unanimidad otra ley que busca restringir a las universidades que albergan los institutos de recibir fondos federales a menos que el acuerdo suscrito entre ambas entidades sea claro y proteja la libertad académica y otorgue a la universidad plena autoridad administrativa sobre el instituto.

“Los Institutos Confucio están bajo el control del PC chino. Son centro de propaganda que amenaza la libertad académica y la libertad de expresión sin vergüenza. En las universidades de los Estados Unidos, el gobierno chino está librando una guerra de influencia a través de estos Instituciones”. Fueron las palabras del Senador John Kennedy a razón de la aprobación la ley (Confucio Act to protect free speech at U.S. colleges).

Sólo en territorio estadounidense llegó a haber 110 institutos

Confucio de los que actualmente quedan 51 y 44 de ellos dentro de campus universitarios. Además, hay que sumar unas 500 aulas de clases en funcionamiento que se encuentran en distintos lugares a lo largo de la nación.

La Administración Biden continuará la postura de la anterior Administración y sin duda el número de institutos Confucio continuará reduciéndose, sobre todo en los campus universitarios debido a las restricciones que impone la ley recién aprobada.

La lucha no es sólo comercial. La lucha es de respeto a los valores propios. La lucha es en contra de los crímenes como el robo de tecnología o el uso inadecuado de una institución que debería tener como único fin el difundir la milenaria y rica cultura china en vez de ser usado como propaganda al servicio del Partido Comunista chino.

 

Pinta gris el futuro de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Siete meses han pasado desde el momento en que Joe Biden se investía como presidente de los Estados Unidos, en un clima doméstico enrarecido por el asalto del 6 de enero al Capitolio, corazón de los valores democráticos desde 1800, y por la pandemia que restringió muchas de las actividades y eventos celebratorios de bienvenida a un nuevo presidente.

El fin de la presidencia de Trump abría una esperanza para el retorno a una diplomacia más tradicional y a un manejo más asertivo de la política interior y exterior. Biden representaba experiencia y compostura, que eran la mayor debilidad de Trump. Y aunque su avanzada edad y tartamudeo debilitan tremendamente su imagen, Kamala Harris equilibraba instantáneamente esas debilidades por el hecho de ser una mujer, representar una minoría étnica y por su mediana edad. Esta realidad hizo que desde el comienzo se especulara sobre la posibilidad de que Harris podría ser quien continuara con la presidencia en el caso de que Biden no pudiera.

Una vez instalada la nueva administración parecía que la Casa Blanca había decidido que Biden se encargara de los asuntos y viajes domésticos mientras Harris se perfilaba como la que sería la representante internacional de la Administración. Harris se estrenaba con un viaje a Guatemala y México que acabó con fuertes críticas porque frente a las preguntas de los medios de si tenía previsto visitar la frontera con México sus respuestas se centraban en argumentar que ella estaba ahí para hablar del origen del problema migratorio, en vez de enfatizar el mensaje de la Casa Blanca. Es posible que se deba a su carrera como abogada y fiscal con entrenamiento en defensa y alegaciones, pero lo cierto es que su rol actual no es debatir con la prensa como vicepresidente, aunque Harris tiene esta tendencia, pues durante los debates de las primarias mostró la misma debilidad.

Su segundo viaje tuvo como destino Singapur y Vietnam y transcurrió en plena crisis de la catastrófica salida de los estadounidenses de Afganistán, por lo que era lógico que las preguntas de los medios se centraran en ese tópico. Y aunque el objetivo de la Casa Blanca con el viaje fue el de reafirmar su alianza y compromiso con la región quedó opacado por las respuestas de Harris carentes de profundidad que dejan en evidencia su escueta experiencia internacional. El viaje al sur este asiático pudo ser su puente al estrellato, pues en Washington hay consenso bipartidista en que esa región es “top one priority”. Al mismo tiempo Los lazos naturales de la vicepresidente con Asia (por el origen de su madre) podrían haberla catapultado como la encargada en estas relaciones y marcar una nueva etapa en su carrera.

Todo esto, al menos de momento, ha opacada el brillante futuro que se profetizaba que tendría Harris y en vez de entusiasmo se observa desilusión de quienes la apoyaron y vieron en ella una gran oportunidad.

En cuanto a Biden, quién ganó las elecciones con un poco más de 81 millones de votos (sólo 7 millones de diferencia con Trump), comenzó su legislatura con un apoyo promedio del 53% que se mantuvo más o menos constante hasta los meses de marzo y abril donde se observó un repunte debido al manejo del Covid-19 y el acceso a la vacuna. Pero la desastrosa salida de Afganistán ya está haciendo pagar un precio a la Administración y las encuestan indican que la mayaría de los adultos consultados desaprueban la manera como Biden manejó la salida; 94% republicanos, 71% independientes y 25% de demócratas han expresado abiertamente que desaprueban. Esto no incluye a los congresistas o figuras relevantes del partido demócrata, que muchos han expresado su desacuerdo públicamente.

Otra encuesta de hace un par de semanas de Associated Press-NORC mostraba una caída de 9 puntos porcentuales de la aprobación del presidente de 63% al 54%. De acuerdo con otra encuesta hecha por la radio pública NPR publicada el 2 de septiembre revela que Biden ha caído 6 puntos comparado con la consulta realizada en julio dejándolo en un 43% de aprobación, lo que es la marca más baja desde que asumió el cargo.

La caída tan estrepitosa en el último mes podría complicarle mucho la situación a la Administración en las próximas elecciones, pues el grupo que más desaprueba es precisamente los votantes independientes, quienes son claves para que los demócratas ganen elecciones, los llamados “swing” o grupo fluctuante.  En este grupo el derrumbe de la popularidad del presidente cayó 10%, es decir que tan sólo 36% de los independientes aprueban hoy la labor del presidente.

Es muy probable que a partir de ahora la Administración centre sus esfuerzos en continuar trabajando a nivel doméstico en la aprobación de megaproyectos de infraestructura para la nación, que objetivamente requieren atención y grandes inversiones para su mantenimiento, preservación y/o modernización. Esto es parte fundamental de la agenda de Biden y que además cuenta con el apoyo de los republicanos.

La Administración tratará de enterrar el tema de Afganistán todo lo posible. Harán un esfuerzo para que el interés se vaya disminuyendo mientras pondrán el foco en prioridades domésticas y continuarán vigilantes con el comportamiento de China en la región del sureste asiático.  Y aunque China es y será un dolor de cabeza para Washington por muchos años, la dificultad la tendrá en el nivel de compromiso que los aliados estarán dispuestos a asumir después de lo sucedido en Kabul con las evacuaciones de los occidentales.

En el fondo el “American First” que tanto profesó Trump sigue llevando las riendas de la nación estadounidense, la forma de la salida de Afganistán así lo confirma y el abandono del liderazgo internacional de los Estados Unidos parece ser cada vez más claro.  Los desastres naturales que están ocurriendo en este país, como los incendios de la costa oeste, los huracanes en el sur y los coletazos que dejan destrozos e inundaciones a su paso junto con la crisis originada por la pandemia serán las prioridades de Biden.

El futuro político de Biden pinta gris y complicado, Harris no está ayudándolo como se esperaba, que valga decir fue uno de los éxitos de Trump con Mike Pence (vicepresidente) que equilibró sus torpezas y errores, sobre todo en el electorado más conversador.

Por su parte los republicanos usarán el abandono de estadounidenses y aliados en Afganistán como una carta en contra de Biden para desacreditar sus acciones, mientras siguen haciendo una revisión interna sobre quien debería liderar el partido y potencialmente convertirse en el contrincante de la Administración Biden-Harris como tanto ha insistido esta Casa Blanca en llamar.

 

 

 

China, las protestas cubanas y la demora de Biden. Nieves C. Pérez Rodríguez

Cuba parece haber despertado de un largo silencio al que ha sido sometido por el régimen castrista desde hace más de 6 décadas. Las protestas que de manera espontanea florecieron en 40 ciudades y poblados de la isla desconcertaron al mundo y claramente sorprendieron al régimen, precisamente por su carácter improvisado.

Cuba ha venido experimentando un progresivo deterioro económico como parte de una mala gestión de décadas que durante los primeros años de siglo XXI se vio aminorada debido a las generosas ayudas enviadas desde Venezuela con dinero petrolero. Chávez fue la chequera que llenó de liquidez a la isla en otro de sus duros momentos. Gracias a las generosas cifras, los programas de intercambios de ayudas, la exportación de combustible y de alimentos, entre muchas, la economía isleña pudo vivir una bonanza irreal que permitió por unos años a los ciudadanos a tener un poco de holgura.

Pero como todo lo fácil se acaba, la mala administración de los recursos petroleros de manos de Chávez acabó por ocasionar la caída de Venezuela en la mayor crisis de su historia, así como la mayor crisis migratoria que ha experimentado la región y por lo tanto para el régimen cubano el cierre de esos recursos fáciles que lo ayudaron a mantenerse a flote desde que perdieron las ayudas soviéticas.

La Administración Trump por su parte también impuso sanciones que habían sido relajadas o incluso eliminadas por la Administración Obama, quien equivocadamente intentó una estrategia de normalización de relaciones que claramente no hizo más que dar aire al régimen castrista. Trump quiso demostrar el error de la Administración previa y restableció muchas de las sanciones y al final de su legislatura impuso sanciones que acabó por afectar el envío de remesas desde los Estados Unidos a Cuba, lo que ocasionó que se agudizara la crisis de liquidez entre el ciudadano de a pie. De acuerdo con la Havana Consulting group, agencia que le hace el rastreo a las remesas cubanas, las remesas son la segunda fuente de ingreso de la isla y representan unos 3.700 millones de dólares al año.

A esa ya existente situación se le suma el Covid-19 que, a pesar de las estrictas medidas de control del régimen cubano, no ha podido controlarse como ha sucedido en casi todos los países del mundo. El aumento estrepitoso de casos, la falta de electricidad en los hospitales, de recursos y productos para mantener una higiene adecuada como jabones, detergentes, desinfectantes y un sistema sanitario, que a pesar de que siempre hicieron alarde de él mismo, no ha podido con la situación, han profundizado la crisis.

Un informe del 1 de febrero del 2021 del Instituto para la Guerra y la Paz señalaba el mal manejo de la pandemia en Cuba y la desinformación que rodeaba el virus. “El régimen promovió la homeopatía como protección ante el Covid-19 mientras promovían cifras falsas de víctimas fatales”. Todo esto propició las manifestaciones.

Como twitteó el reguetonero cubano Yamil “teníamos tanta hambre que nos comimos el miedo”, explicando que motivó la salida a la calle de la gente en un sistema tan controlado y reprimido como el cubano.

En medio de esta situación y ante el silencio de la Administración Trump en las primeras horas de las protestas, los aliados de la Habana se empezaban a manifestar.  Moscú aprovechó para decirle a Estados Unidos que ellos siguen firmes en su compromiso con la isla como en la época soviética. Así como Irán condenaba las sanciones americanas a Cuba, al igual que lo hacía Maduro desde Caracas mientras expresaba su ya conocido apoyo total al régimen cubano.

Por su parte, el portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Zhao Lijian, culpaba a USA del problema eléctrico y la falta de medicinas en Cuba por el embargo económico, además de afirmar que “China se opone firmemente a la injerencia extranjera en los asuntos internos de Cuba, apoya firmemente lo que Cuba ha hecho en la lucha contra el Covid-19, y apoya firmemente a Cuba en la exploración de un camino de desarrollo adecuado a sus condiciones nacionales”.

La Administración Biden tardó mucho en comentar la situación de protestas sin precedentes. Lo que ha sido un grave error político tanto doméstico como internacional. A nivel internacional se muestra débil de liderazgo, a pesar del compromiso moral que tiene Washington con Cuba. Además, el tiempo que tardaron le sirvió al régimen castrista para apresar ciudadanos, reprimir manifestantes, confiscar móviles para intentar conseguir videos de los protestantes e identificarlos. El bloqueo de internet ha sido parte de la estrategia castrista para prevenir que se informen dentro de la isla y que envíen reportes afuera de lo que está sucediendo.

La valentía de los ciudadanos que como bien describió el músico cubano los llevó a sobreponerse al miedo a un régimen que tiene controlado cada aspecto de sus vidas, que hace uso de todo tipo de inteligencia para saber cómo siente y piensa cada individuo. Y que no tiene ningún recato en neutralizar a aquellos que disienten, aunque sea porque no pueden tener aspiraciones ni sueños.

INTERREGNUM: Todos contra China. Fernando Delage

Seis meses después de su toma de posesión, el viaje a Europa del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, marca un momento decisivo en la construcción de su política exterior. Sus dos grandes ejes ya estaban definidos: el primero, responder al desafío que representan las potencias autoritarias para el futuro de la democracia en el mundo; el segundo, articular una estrategia multidimensional frente al ascenso de China. Las democracias, más allá de la defensa de los valores pluralistas, deben también demostrar que son eficaces a la hora de gestionar los problemas de sus sociedades. Con respecto a China, Washington debe encontrar un equilibrio entre confrontación y cooperación. Sentadas las bases de la “doctrina Biden”, el siguiente paso consiste en dar forma a una estructura diplomática que permita lograr tales objetivos, para lo que resulta indispensable la colaboración de sus socios.

Si Trump debilitó la cohesión de Occidente como comunidad política, Biden quiere demostrar su necesidad en el mundo del siglo XXI, adaptando las alianzas de Estados Unidos a los cambios que se han producido en el equilibrio global de poder. Biden empezó por Asia, convocando—en marzo—la primera reunión a nivel de jefes de Estado y de gobierno del Quad, y recibiendo posteriormente en Washington a los primeros ministros de Japón y de Corea del Sur. Mientras se avanza en la posible ampliación del grupo a un “Quad Plus”, la administración norteamericana ha avanzado simultáneamente en el frente interno. El pasado martes, el Senado aprobó la “U.S. Innovation and Competition Act”, que destinará más de 250.000 millones de dólares a la investigación en inteligencia artificial, computación cuántica y semiconductores, entre otras áreas, con el fin de mantener una ventaja competitiva sobre China. También la semana pasada, el Pentágono anunció el fin de los trabajos de la China Task Force que, en enero, recibió el encargo de proponer las líneas maestras de la estrategia a seguir hacia la República Popular, aunque sus conclusiones permanecen clasificadas.

La reuniones del G7 y de la OTAN y la cumbre Estados Unidos-Unión Europea tienen como objetivo avanzar en esa misma dirección. Al invitar a Cornualles a India, Australia, Corea del Sur y Suráfrica, el G7 ha lanzado un claro mensaje político por parte de un conjunto de democracias que representan a más de 2.200 millones de habitantes del planeta y más de la mitad del comercio global. Mientras los dirigentes chinos—al igual que Putin—alimentan un discurso sobre el declive de Occidente y la “obsolescencia” del liberalismo, los participantes en la cumbre acordaron la puesta en marcha de su propia alternativa a la Nueva Ruta de la Seda de Pekín. Y, por primera vez en un comunicado final del grupo, se hizo referencia a “la importancia de la paz y estabilidad en el estrecho de Taiwán”; se expresó la “grave preocupación por la situación en los mares de China Oriental y Meridional”; y se manifestó la “oposición a todo intento dirigido a cambiar unilateralmente el statu quo e incrementar las tensiones”. Se solicitó asimismo de China el respeto a los derechos humanos en Xinjiang, y a las normas que establecen la autonomía de Hong Kong.

China ha sido también tema central en la cumbre de la OTAN en Bruselas el 14 de junio, aún no concluida al redactarse estas líneas. Aunque la República Popular no apareció en ningún documento oficial de la organización hasta diciembre de 2019, su secretario general, el noruego Jens Stoltenberg, ya había anticipado que, en los trabajos para la elaboración de la próxima revisión estratégica (“NATO 2030”), no pocas de las propuestas están relacionadas con el gigante asiático, como la creación de un Consejo OTAN-Pacífico, el establecimiento de una relación formal con India, o una vinculación con el Quad. La dificultad estriba, no obstante, en que dichas iniciativas puedan contar con el consenso de todos los Estados miembros.

Algo similar ocurre en la Unión Europea. Aunque ésta propuso una nueva agenda transatlántica nada más ganar Biden las elecciones, y comparte con la Casa Blanca la urgencia de “la cuestión China”, las diferencias son innegables. Washington quiere contar con la UE en su estrategia hacia Pekín, pero Bruselas prefiere optar por un camino menos beligerante que no ponga en riesgo sus intereses económicos. En la cumbre del 15 de junio se espera lanzar un Consejo sobre Comercio y Tecnología que permitirá actuar de manera coordinada en asuntos como las exigencias de acceso al mercado chino o la promoción de estándares tecnológicos conjuntos. Es ésta una aproximación técnica y gradual que contribuirá a mitigar las divergencias políticas de fondo entre ambos socios.

Las discusiones de una intensa semana permiten pues concluir que se van consolidando los esfuerzos dirigidos a construir un enfoque compartido por el mundo democrático sobre China, y a reorientar el eje geográfico de sus preocupaciones estratégicas hacia el Indo-Pacífico. La evolución política de Occidente abre una nueva etapa al integrarse, bajo distintos formatos, en una misma coalición global con las democracias de Asia.