Biden y Corea del Norte. Nieves C. Pérez Rodríguez

Uno de los grandes retos de la Administración Biden se concentra en la región de Asia Pacífico. No cabe duda de que el mayor desafío lo presenta China y sus grandes aspiraciones, aunque Corea del Norte por su parte ha sido el gran dolor de cabeza de los estadounidenses durante décadas. Éste último ha sido el problema al que Washington no ha podido hallar salida posible; por el contrario, con el aumento de la capacidad nuclear de Pyongyang la situación se ha hecho cada vez más hostil y más compleja de manejar.

Trump, en su intento por resolver esta intrincada relación bilateral y con la ostentosa aspiración a quedar en la historia como quién resolvió el conflicto, firmó la declaración de Singapur que como Scott Snyder explica en un artículo publicado en el Council on Foreing relation -un prestigioso centro de pensamento en Nueva York- que Biden debe decidir ahora si esta declaración la quiere aplicar como hoja de ruta de las relaciones con Corea del Norte.

La declaración de Singapur fue firmada en el marco del histórico encuentro que tuvo lugar en aquella ciudad en junio del 2018 entre el presidente Trump y el líder norcoreano Kim Jong-un, y se resume en cuatro puntos: 1. Establecer relaciones bilaterales entre ambas naciones basadas en la paz y la prosperidad de sus ciudadanos. 2. Estados Unidos y Corea del Norte se comprometen a construir una relación que permita la paz en la península coreana. 3. Trabajar en conjunto en pro de la desnuclearización. Y 4. la repatriación de los restos de los estadounidenses caídos en la guerra coreana, que de acuerdo a las fuerzas armadas estadounidenses estiman en unos 5.300 soldados que están aún en territorio norcoreano.

El presidente surcoreano Moon Jae in visitó Washington a finales del mes de mayo y dejó ver cómo la alianza entre ambas naciones es estratégica y cómo Seúl aspira a un acercamiento con la nueva Administración después de los últimos cuatro años en los que Trump llevó la batuta de las relaciones. Moon vino a asegurarse de que la nueva administración priorice las relaciones con Corea del Sur como aliados históricos que son y que se reactive el diálogo intercoreano con la Administración Biden mientras fungen de árbitro de las mismas.

Para Moon es muy importante presionar en su último año como líder de la nación surcoreana y dejar abonado un camino hacia la pacificación de la península coreana.

Sin Embargo, los expertos en relaciones coreano-americanas en Washington no ven tan claro que Biden esté dispuesto a tomar una posición firme con respecto a Pyongyang o con Kim Jong un. A pesar de que la visita fue positiva y el resultado de la rueda de prensa fue políticamente correcto y diplomáticamente congruente con la alianza entre Washington y Seúl.

Pero los analistas, por el contrario, consideran que la Administración Biden está tomando la misma postura con las regiones o países críticos para los Estados Unidos como Rusia, Israel, Afganistán o Corea del Norte que no es más que dejar la situación en una especie de calma aparente en la que Washington no trastorna la dinámica actual pero tampoco presiona en defensa de los valores occidentales.

Esta postura que cada día se ve más clara en Washington, incluso a través de las acciones y respuestas que da el propio Secretario de Estado Blinken cuando es interpelado por la prensa puede erosionar aún más el liderazgo internacional estadounidense y de hecho facilitarle a Beijing a aumentar su influencia -cada día más marcada-  así como a Putin en el mundo y para prueba un botón, ambos lo están haciendo con la exportación de la vacuna para el covid-19 mientras exportan  con las dosis ideología y sus antivalores.

INTERREGNUM: El desafío norcoreano de Biden. Fernando Delage

El 10 de febrero, mismo día que el presidente de Estados Unidos mantuvo su primera conversación telefónica con su homólogo chino, Xi Jinping, tras su toma de posesión, Biden también anunció su primera medida en relación con la política a formular hacia la República Popular: la constitución de una “task force” en el Pentágono que, en un plazo de cuatro meses, revisará los conceptos e instrumentos de la estrategia norteamericana en el Indo-Pacífico.  Resulta llamativo que sea en el departamento de Defensa, y no en la Casa Blanca o en el departamento de Estado donde comiencen los esfuerzos de reajuste. El desafío chino de Estados Unidos es económico, tecnológico y diplomático antes que militar. Por otra parte, distintos factores confirman a China como un reto que va mucho más allá de las relaciones bilaterales entre ambas potencias. Si el golpe de Estado en Birmania ha sido uno de esos hechos a los que no se puede responder sin incluir a Pekín en la ecuación, otro no menor es Corea del Norte.

Biden no mencionó a Corea del Norte en su primer discurso sobre política exterior, el 4 de febrero, pero unos días más tarde el portavoz del departamento de Estado reiteró el compromiso de Estados Unidos con la desnuclearización de la península. Se indicó asimismo que, en coordinación con los aliados, éste era otro asunto sujeto a revisión. Trump mantuvo hasta tres encuentros con el líder norcoreano, Kim Jong-un, sin que este último cediera lo más mínimo en sus ambiciones nucleares. Es más, a mediados de enero, coincidiendo con el cambio en la Casa Blanca, Corea del Norte celebró el 8º Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea (el segundo celebrado en las últimas cuatro décadas); ocasión en la que el líder supremo anunció la rápida modernización tecnológica de sus capacidades nucleares, con el fin—dijo—de afrontar la creciente hostilidad norteamericana. Todo parece indicar que Pyongyang toma posición de cara a una posible negociación con Washington, lo que puede incluir la reanudación de las pruebas de misiles como en 2016 y 2017. Evitar una nueva crisis en la península es en consecuencia una cuestión urgente que Biden debe atender, y de la que no puede dejar a China al margen.

Al contrario que Trump, Biden y sus asesores no creen que Corea del Norte vaya a renunciar a su armamento nuclear. La cuestión es si un enfoque de mayor flexibilidad sobre las sanciones económicas puede conducir al Norte a restringir su programa militar. El nombramiento de Wendy Sherman, la responsable del acercamiento a Pyongyang durante la última etapa de la administración Clinton, como número dos del departamento de Estado, permite apuntar a ese intento de pragmatismo que coincide, por otra parte, con las preferencias de Pekín. China querría cooperar con Estados Unidos sobre el problema nuclear norcoreano, pero espera, no obstante, que se produzcan los primeros movimientos de Biden. La dificultad para Washington es cómo encontrar el equilibrio adecuado entre presión e incentivos, sin que transmita una percepción de debilidad por el simple hecho de hablar con Pyongyang. Hacerlo en un contexto de confrontación con la República Popular agrava el dilema. Mientras toma cuerpo la política norcoreana de la Casa Blanca, China continuará consolidando su influencia sobre los asuntos de la península.

Corea del Norte y la pandemia

Corea del Norte es el lugar más enigmático del planeta. La información que de allí sale es minuciosamente filtrada por el régimen de Pyongyang, pero, de manera extraoficial, casi toda lo que se conoce ha sido reportado por los desertores norcoreanos que, en un intento desesperado de sobrevivir a pobreza, hambrunas y persecuciones, arriesgan su vida y traspasan los rigurosamente vigilados pasos fronterizos en condiciones extremas como fríos invernales, ríos congelados y temperaturas por debajo de los cero grados.

El ministerio de reunificación de Corea del Sur anunció que el número de refugiados provenientes del norte había caído drásticamente en el 2020, ya que sólo unos 229 norcoreanos solicitaron entrada frente a los 1.047 llegados en el 2019 o los 1137 que fueron reportados en 2018.

Robert R. King publicaba el 27 de enero un informe sobre la caída de los desertores norcoreano en CSIS, en el que hace una comparación detallada de las deserciones por años, y en el que se puede observar cómo el número anual de refugiados en las últimas dos décadas superaba los mil norcoreanos por año a Corea del Sur.

En cuanto se dio a conocer el brote de Wuhan, Pyongyang reaccionó abruptamente con el cierre total de los pasos fronterizos hacia el sur y hacia China, prohibiendo el tránsito de turistas e incluso la repatriación de nacionales que habían cruzado ilegalmente y que los chinos rutinariamente devolvían a las autoridades de Corea del Norte.

King explica en su informe que el cierre de Corea del Norte ha sido tan hermético desde enero del 2020 que, hasta los intercambios comerciales con China se han visto drásticamente afectados. En los dos primeros meses del 2020 las importaciones de China declinaron el 71.9%. Pero para mayo 2020 las importaciones habían sufrido una caída del 91%. Y para octubre de acuerdo con data oficial china la caída de las exportaciones llegó al 99%, por lo que Beijing solo exportó a Corea del Note un total de 250.000 dólares.

China ha sido el mayor exportador y proveedor de alimentos, combustible y materias primas de Corea del Norte en las últimas décadas. Lo que significa que ante la ausencia de esas exportaciones la situación en Corea del Norte tiene que ser extremadamente difícil para su población.

La razón del abrupto cierre de las fronteras se atribuye al temor del régimen norcoreano de importar el virus a su territorio y luego no ser capaz de controlar la infección, pues su sistema sanitario es paupérrimo y la salubridad pública -con sus niveles de pobreza tan elevados y carencias- es muy cuestionable, en un país en donde hasta el agua corriente es un lujo para sus ciudadanos, pues no hay un sistema de distribución de esta en condiciones.

Kim Jong-un pudo ser astuto al entender desde el principio de la pandemia la gravedad de la situación y haber reaccionado cerrando todo para evitar un brote a pesar del precio que debe estar pagando la población y la economía norcoreana. O más bien la razón para un cierre tan salvaje es que el virus haya llegado a Corea del Norte al principio del año pasado y padecieron un brote y por tanto pudieron entender la amenaza del mismo. En efecto, a principio del año pasado hubo rumores no confirmados de que habían incinerado a un grupo de enfermos que habían fallecido, y eso levantó sospechas pues la cremación no es una práctica común en Corea del Norte.

La frontera entre Corea del Norte y China es de 1400 kilómetros y hasta el momento del cierre eran muy transitadas en ambas direcciones. Además de ser el principal socio comercial de Kim, China ha sido su protector, su proveedor durante las peores sanciones internacionales impuestas y hasta su empleador de mano de obra, pues muchas fabricas chinas usan mano de obra norcoreana por lo barata que es.

En el medio de este hermetismo y la crisis, Kim decidió llevar a cabo el Octavo Congreso del Partido de Trabajadores de Corea del Norte, un evento con un gran simbolismo doméstico y que no se celebra con frecuencia, en efecto desde que los Kims se hicieron con el poder del país sólo se han hecho siete previamente, aunque el anterior fue en el 2016.

Es posible que Kim decidiera hacer su gran parada militar y su espectáculo mediático para subir el orgullo nacionalista a sus ciudadanos y mandar un mensaje internacional unos días antes de la toma de poder de Biden. Además de mostrar su equipo y armamento militar, sus tropas rendían honores al gran líder, como suele ser costumbre. Aprovechó la ocasión para decir que su país continuará aumentando su capacidad militar para contener la amenaza estadounidense y lograr la paz y prosperidad en la península coreana. Así como afirmó la necesidad de continuar desarrollando tecnología nuclear a un nivel más exacto para mejorar la precisión de misiles de largo alcance hasta 15.000 km., lo que es más la distancia entre Washington y Pyongyang.

Kim también aprovechó bien la ocasión para celebrar su relación con Beijing y explicó como recién se había abierto un nuevo capítulo en las relaciones de amistad entre ambos países teniendo el socialismo como núcleo. Así también mencionó a Rusia y como su Partido de trabajadores ha trabajado en desarrollar una relación amistosa y de cooperación con Moscú.

El dictador norcoreano también usó el momento para presentar un nuevo plan económico para los próximos cinco años. Y reconoció que el gobierno fracasó en llevar a con éxito el plan anterior. Lo que es un mensaje de esperanza a los ciudadanos que se encuentran en una situación muy precaria y de acuerdo con los expertos coreanos como Sue Mi Terry o Victor Cha creen que un nuevo plan económico es un intento por incorporar nuevos ajustes e incluso podría ser hasta la excusa para implementar una nueva moneda que deprecie la actual. Lo que no será bien recibido por los norcoreanos.

La pandemia le ha servido a Pyongyang para cerrarse aún más al mundo de lo que ya estaba, pero en esta ocasión teniendo razones que lo justifiquen. Y mientras tanto el resto del mundo sigue sin saber casi nada de lo que allí adentro ocurre.

INTERREGNUM: Baile de alianzas. Fernando Delage

En su encuentro en Mamallapuram, al sur de India, en octubre de 2019, el presidente chino, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, declararon su intención de elevar las relaciones mutuas a un nuevo nivel en 2020, año en que se conmemoran 70 años de establecimiento de relaciones diplomáticas. Lejos de reforzarse la cooperación entre ambos, las últimas semanas han puesto de relieve, por el contrario, una creciente rivalidad entre China e India. Las tensiones que se han producido en la frontera desde el mes de mayo condujeron al choque del 15 de junio en el valle de Galwan, en el que murieron al menos 20 soldados indios, junto a un número aún desconocido de militares chinos. Aunque cada uno culpa al otro de los hechos, lo relevante es que se acentúa la competición entre los dos Estados vecinos, con innegables implicaciones para la geopolítica regional.

Durante las dos últimas décadas, Pekín y Delhi se han esforzado por estrechar sus relaciones. Los intercambios económicos han crecido de manera notable (China es el segundo mayor socio comercial de India, país en el que ha invertido más de 26.000 millones de dólares), y los dos gobiernos han colaborado en la creación de instituciones multilaterales como los BRICS o el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Nada de ello ha servido, sin embargo, para minimizar las disputas fronterizas, el problema de Tíbet, o la percepción de vulnerabilidad de Delhi, que ha visto en los últimos años cómo Pekín ha profundizado en su relación con Pakistán y aumentado su presencia en otras naciones de Asia meridional. Por su parte, Pekín no ha logrado evitar un mayor acercamiento de India a Estados Unidos, así como a Japón, Australia y distintos países del sureste asiático, en lo que interpreta como una potencial alianza formada para equilibrar a la República Popular.

Los incidentes del 15 de junio pueden suponer por todo ello un punto de inflexión en la relación bilateral, al crear un consenso—tanto entre las autoridades como en la sociedad indias—a favor de una posición más firme con respecto a China. Si por un lado resulta previsible que Delhi opte por una mejora de sus capacidades militares y por el desarrollo de infraestructuras en su frontera septentrional, por otro se alineará con Estados Unidos en mayor grado a como lo ha hecho hasta ahora, y mostrará menos reservas a su participación en el Diálogo Cuatrilateral de Seguridad (Quad), con Tokio y Canberra, además de Washington. Por resumir, Estados Unidos logrará el objetivo perseguido desde la administración Bush en 2005 de hacer de India el socio continental de referencia en Asia frente al ascenso de China. Aunque no llegue a convertirse en una alianza formal, ni desaparezcan del todo las dudas en la comunidad estratégica india al respecto, Washington adquirirá una mayor proyección en una subregión asiática en la que tenía menor peso pero que ha adquirido creciente relevancia como consecuencia de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en juego en las líneas marítimas que cruzan el océano Índico.

La paradoja es que si China está causando un resultado contrario a sus objetivos—el fortalecimiento de la asociación estratégica entre Estados Unidos e India—en el subcontinente, en el noreste asiático está logrando—con la ayuda de Pyongyang—lo que persigue desde hace años: el debilitamiento de las alianzas de Washington. No está en riesgo la relación con Japón, pese a la incertidumbre de este último sobre la política de Trump, pero—según parece—sí los vínculos con Corea del Sur.

Es sabido que, en sus intentos de conseguir un acuerdo con el líder norcoreano, Kim Jong-un, Trump ha hecho un considerable daño a las relaciones con Seúl.  Mientras Corea del Norte no sólo no ha renunciado a su programa nuclear y de misiles, sino que lo continúa desarrollando, la alianza con el Sur—uno de los pilares de la estrategia norteamericana en Asia desde la década de los cincuenta—podría desaparecer si Trump ganara las elecciones presidenciales de noviembre. Así parece desprenderse de las revelaciones hechas por el ex asesor de seguridad nacional, John Bolton, en sus recién publicadas memorias sobre su etapa en la Casa Blanca. Según revela Bolton, Trump no cree en esta alianza aun cuando desconoce su historia y las razones de la presencia norteamericana en la península.

No debe sorprender que los surcoreanos se cuestionen el mantenimiento de este pacto, justamente cuando las relaciones con el Norte se acercan a una nueva crisis, después de que Pyongyang destruyera el mes pasado la sede de la oficina de asuntos intercoreanos en Kaesong.  Las provocaciones de Kim van en buena parte dirigidas a que Seúl rompa con Washington y conseguir de esa manera aliviar las sanciones. Aunque lo previsible es que la alianza se mantenga, la confianza se ha roto y, con ella, uno de los elementos tradicionales de la estabilidad asiática.

INTERREGNUM: Corea, 70 años después. Fernando Delage

El 16 de junio, cumpliendo órdenes directas de la hermana del líder norcoreano, Kim Yo-jong, en su capacidad como alto cargo del Comité Central del Partido de los Trabajadores, se demolió la oficina de asuntos intercoreanos en la zona especial de Kaesong. Pyongyang respondió así al lanzamiento de globos con propaganda contra Corea del Norte en localidades cercanas a la Zona Desmilitarizada (ZD). Es el tipo de provocación que suele acompañar a los procesos de sucesión en el régimen, por lo que no pocos observadores creen que puede tratarse de una maniobra para reforzar la credibilidad como líder de Kim Yo-jong en el caso de incapacidad o muerte de Kim Jong-un.

Pero las implicaciones, naturalmente, no son solo internas. Es un gesto con el que Pyongyang parece querer poner fin al acuerdo que firmó con Seúl en 2018, y restaurar una presencia militar en el complejo industrial de Kaesong y en la zona turística del monte Geumgang, donde se permitió el reencuentro de familias separadas por la frontera.  Corea del Norte no sólo privaría así al gobierno de Moon Jae-in de uno de sus principales logros para reducir la tensión entre ambos Estados, sino que está transmitiendo a su opinión pública el mensaje de que Corea del Sur sigue siendo un enemigo.

Casualidad o no, la acción de Pyongyang coincide con el 20 aniversario de la primera cumbre intercoreana (13-15 junio 2000), y se ha producido un año después de la visita del presidente norteamericano, Donald Trump, a la ZD (20 junio 2019). Lo que es más importante, se solapa con el 70 aniversario de la guerra de Corea, iniciada el 25 de junio de 1950 cuando tropas del Norte traspasaron el paralelo 38 y, en tres días, se hicieron con Seúl.

La apertura de los archivos ha conducido, durante los últimos años, a un aluvión de nuevos estudios académicos que han ofrecido un mejor conocimiento de los orígenes, desarrollo y consecuencias de este conflicto, olvidado por la inmensa mayoría de los norteamericanos—que ni siquiera recordarán MASH, la serie de televisión—pero siempre presente entre los coreanos, en particular los del Norte. Al contrario de lo que el abuelo del actual líder, Kim Il-sung, dijo en su día a su población—que Pyongyang se veía obligada a responder a una invasión del Sur—se trató de una ofensiva cuidadosamente planificada para coger por sorpresa a Seúl y reunificar la península por la fuerza. Fue también una mentira que sirvió de base al relato conforme al cual el Norte describió el conflicto durante las siete décadas siguientes. La “Guerra de Liberación de la Madre Patria” ha servido a sucesivos miembros de la dinastía dirigente para legitimarse en el poder como defensores de la nación frente a los enemigos externos. También Kim Jong-un, en efecto, ha mantenido esta versión revisionista de la historia para recordar a su pueblo el imperativo de la lealtad hacia su líder y la necesidad de un arsenal nuclear.

El conocimiento de la verdad por los norcoreanos supondría una amenaza existencial para el régimen. Pero que esta versión del pasado siga marcando el futuro no hace sino consolidar la división de la península, como confirman distintos estudios de opinión en el Sur. Según un sondeo de la Universidad Nacional de Seúl del pasado año, sólo el 53% de la población considera necesaria la unificación, por debajo del 64% de 2007. Los surcoreanos que mantienen la opinión contraria y los que apoyan el mantenimiento del statu quo suman el 40%, frente al 27% que representaban en 2007. Entre los motivos de quienes apoyan la reunificación, es revelador, por otra parte, que el argumento de que “somos una misma nación” ha caído del 58% de 2008 al 35%. Y, en un dato no menos significativo, otra consulta de 2018 reveló que el 77% de los surcoreanos elegirían la economía antes que la reunificación si tuvieron que optar entre una u otra. En Corea del Sur, décimo-segunda economía del mundo y una de las más sólidas democracias asiáticas, se abre camino por tanto una nueva percepción del Norte, lo que también afectará a su juego diplomático y, en consecuencia, a la estructura geopolítica del noreste asiático.

Globos versus explosivos. Nieves C. Pérez Rodríguez

El COVID-19 sigue generando estragos en el mundo y el número de infecciones sigue subiendo, incluso en medio de los tremendos esfuerzos que muchas naciones hacen para reabrir sus economías. Entretanto, todas las actividades escolares y académicas se reactivaron en Corea del Sur y desde guarderías hasta las universidades reabrían sus puertas la semana pasada, en medio de unas medidas extremas. Mientras, China admitía que tenía un nuevo brote del virus en Beijing y declaraba la ciudad en cuarentena.

Mientras tanto, la pandemia ha dejado a Corea del Norte más aislada que nunca debido a las propias medidas que Kim Jon-un impuso en los primeros días de haberse declarado el estado de alarma en la provincia de Wuhan.  El régimen cerró sus fronteras herméticamente, por lo que la carencia de productos no ha hecho más que incrementarse al extremo, junto con la larga lista de sanciones que pesan sobre el régimen, lo que en conjunto está estrangulando la ya precaria economía norcoreana.

La acción del régimen norcoreano el 16 de junio de destruir la oficina de enlace conjunto de las Coreas, es una respuesta a la desesperación en la que se encuentran. En otras palabras, volar por los aires el edificio de 4 pisos de hormigón y acero, construido íntegramente por Corea del Sur para Corea del Norte, es una muestra de la frustración de Kim con el presidente Moon, por no haber conseguido ningún avance en los últimos años.

El edificio, -ubicado muy cerca del paralelo 58, en la ciudad de Kaesong- representaba un gran símbolo para la paz en la península, así como lo era para el presidente Moon, quien ha hecho esfuerzos tremendos por acercarse al régimen norcoreano, y quien cree en una integración eventual de ambos países.

Construido en el 2018, el inmueble fue levantado como resultado de las históricas conversaciones intercoreanas. La fecha escogida para la extinción del mismo también tiene simbolismo, pues la semana pasada se celebró el vigésimo aniversario de las primeras conversaciones en las que se asumió el compromiso de cooperación y diálogo entre ambas coreas.

La acción fue anunciada por Kim Yo-jong, la hermana del líder, quién ha ido asumiendo un rol cada día más visible e importante en Pyongyang. Y en el comunicado -publicado por la agencia oficial norcoreana- exigía que el gobierno de Seúl castigara los desertores, a quien además llamó traidores, escoria humana e indeseables por atreverse a dañar el prestigio de su líder. Refiriéndose a los líderes de las ONGs que enviaron alimentos, panfletos, biblias, etc., por globos y unas botellas.

Esta acción, que es la primera de un grupo de acciones que sólo buscan el comienzo de una escalada de tensiones, es una excusa para provocar y comenzar una pelea y con ello ganar la atención de nuevo.

Muy oportunamente, el controvertido libro de John Bolton, el ex asesor de seguridad nacional de Trump, cuenta detalles sobre cómo desde Washington se manejó todo lo que tiene que ver con las relaciones coreanas. Y en sus propias palabras “todo el fandango diplomático fue creado por Corea del Sur, y su propio presidente y su idea de reunificación”. Moon según Bolton, generó expectativas tanto en Trump, lo que lo llevaba a organizar las cumbres para encontrarse con Kim Jong-un, como en Kim, quien accedía a los encuentros. Mientras, afirma también la necesidad de Trump de aprovechar el encuentro para hacer un show, y la prueba son las infinitas preguntas que hacía el presidente estadounidense sobre el número de asistentes y medios a las cumbres.

Este momento es realmente complicado para Pyongyang, pues Trump está a tan sólo 3 meses de elecciones presidenciales, con una situación doméstica muy enardecida entre el covid-19 y las protestas en contra del racismo. Sabe que podría sacar poco, y de perder Trump las elecciones, cualquier avance podría ser retroceso en unos meses.

Y a nivel doméstico, el escenario también es complicado para Kim, pues se sospecha que la situación norcoreana debe haberse agravado mucho desde el principio de año. Y, como si fuera poco, sus escasas apariciones, tan solo tres veces desde el 11 de abril, dejan muchas interrogantes en el aire.

Cómo Kim Jong-un llegó a ser el líder que es hoy. Nieves C. Pérez Rodríguez

Jung H. Pak, ex asesora de la CIA en asuntos coreanos, acaba de publicar a finales de abril su último libro sobre Kim Jong-un y cómo fue que se llegó a convertir en el líder que conocemos hoy. Su título en inglés “Becoming Kim Jong-un” publicado por Ballantine Books, hace un recorrido por la historia de la península coreana desde el momento de la ascensión al poder de Kim Il-sung, primer líder de la dinastía hasta hoy, mientras mantiene el foco central en el dictador actual. 

Pak analiza las circunstancias que hicieron posible la transferencia de poder de Kim Il-sung en el momento de su muerte en 1994 a su hijo Kim Jong-il y como éste mantuvo control y poder de Corea del Norte, gracias en parte a la consolidación del poder autocrático, y la impresionante veneración que su padre creó en sí mismo.  

La muerte de Kim Jong-il se produjo antes de lo esperado. Sin embargo, ya éste había señalado a Kim Jong-un como su sucesor en un par de ocasiones públicas, aunque era posible que para muchos altos rangos militares y políticos eso podía no estar tan claro, basado en la juventud de Kim y su corta experiencias.

El funeral de Kim Jong-il, describe la autora, fue el comienzo de su reinado. Ese día helado de invierno, en el que la nieve cubría de blanco las calles y contrastaba con el negro que vestían los participantes en señal de luto. A la cabeza de la procesión se encontraba Kim Jong-un, su corpulenta figura, curioso corte de pelo y su cara de niño, revelaba su juventud, en una sociedad donde la sabiduría está atada a la experiencia y a los años. 

Mientras las participantes dejaban ver su tristeza y melancolía, el nuevo Kim se presentaba como la reencarnación de su abuelo, el que ha sido mitificado por la propaganda del régimen norcoreano. Mientras, los análisis auguraban un reinado corto si las élites norcoreanas no aprobaban al líder y el régimen caería en las siguientes semanas o meses.

A pesar de que todo apuntaba a un colapso del régimen, Kim Jong-un ha hecho uso de mecanismos autoritarios de control, represión y miedo, cohibición y vigilancia de la elite, y el control de las fuerzas militares y de seguridad para consolidarse en el poder. Pero lo ha hecho más allá que su abuelo o su padre, ha centralizado el poder en sus manos mientras ha reducido el poder del gabinete y las fuerzas militares.

En los primeros dos años en el poder, el joven líder marginó y/o ejecutó a cinco de los siete altos miembros del Partido del Trabajo norcoreano, concentrando en su persona más poder. Mientras, continuaba su desarrollo nuclear y misilístico que es la razón de supervivencia del régimen, de acuerdo a las creencias del propio Kim Jong-un.

La educación internacional que recibió Kim le ha servido para comprender mejor las formas de pensar de las sociedades occidentales, así como el acceso a todo tipo de tecnología -video juegos, ordenadores, juguetes tecnológicos, etc- que modelaron una forma de pensamiento estratégico más sofisticado que el de sus predecesores. Al final, Kim nació siendo el nieto de una especie de Dios, y el hijo de una especie de rey. Con todo a su alcance en un país en el que el hambre mataba a la población mientras el crecía en medio de los privilegios que sólo gozan los hijos de altas élites en las sociedades más avanzadas.

El aislamiento al que fue sometido -descrito por el chef japonés que sirvió a los Kim durante años y citado por Pak- describe un niño solitario carente de amigos para jugar. Y al que hasta los generales que frecuentaban a su padre para darle informes del país rendían pleitesía por ser el hijo de su líder.  Acciones como esa alimentaron su ego y su convicción de superioridad que bien le han servido para dirigir el país más cerrado del planeta y contra todo pronóstico continuar la monarquía política e incluso asesinar a su medio hermano -Kim Jong-nam- ante los ojos del mundo, en el aeropuerto de Kuala Lumpur en Malasia, para eliminar cualquier posible competencia al cargo. Mientras, su hermana Kim Yo-jong sube su rango político y se mantiene estratégicamente al lado de su hermano en la mayoría de las apariciones del líder.

En cuanto al rol de Kim Jong-un en la escena internacional, también se ha destacado por continuar lo que comenzaron sus predecesores, un desarrollo nuclear que el mundo desconoce hasta donde puede haber avanzado, y el lanzamiento de misiles que a su vez demuestran una gran evolución y que provocan a su gran enemigo, Estados Unidos.

Kim también ha comprendido que para jugar en las grandes ligas hay que participar en los ciber ataques. Así se lo hicieron saber a Sony Pictures entertainment cuando estaban a punto de lanzar una película en la que Kim Jong-un era asesinado por los Estados Unidos y mostraba la auténtica personalidad de Kim como un aficionado a la buena vida, el alcohol y la fiesta.

En noviembre de 2014 Sony sufrió un ataque en el que robaron información confidencial de la empresa y fue publicada online. Los hackers amenazaron con mensajes digitales a empleados de Sony, junto a otros mensajes que aseguraban que no tendrían piedad si la película que dañaba la imagen de su líder era lanzada, y que ese lanzamiento era un acto de terrorismo y que no sería tolerado. Aseguraban también que Washington estaba usando una empresa de entretenimiento para dañar el liderazgo del líder norcoreano.

El dictador ha comprendido la necesidad de desarrollar su capacidad más allá de lo nuclear y misiles balísticos, desarrollar la capacidad cibernética de Corea del Norte en el escenario internacional. Establecerse como un luchador moderno cuyas herramientas cibernéticas pueden manipular el sistema a pesar del orden geográfico y la geopolítica, deja ver su pensamiento estratégico y desacredita  a los que lo subestimaron al principio de su reinado. 

A pesar de todas esas acciones, Kim ha conseguido reunirse con el presidente de los Estados Unidos en tres ocasiones sin haber dado nada a cambio, más que haber fortalecido su liderazgo e imagen de líder tanto en Corea como en el exterior.

Todas las acciones tomadas por Kim Jong-un muestran a un líder racional cuyo objetivo principal es continuar con su carrera nuclear que le ayuda a mantener un status quo internacional y asegurarse la supervivencia del régimen mientras ha burla sanciones de una u otra manera, lo que le ha permitido mantener oxigenado la economía doméstica.

Si algo ha comprendido Kim es que una guerra es lo opuesto a lo que quieren Japón, Corea del Sur, ó Estados Unidos. Es más, Kim ha entendido que el precio político por una guerra es tan alto para Washington que evitarán a toda costa llegar a ello, por lo que Kim seguirán lanzando provocaciones, continuará su desarrollo nuclear y cibernético, porque entiende que esa es la supervivencia de su régimen y su persona.

INTERREGNUM: Kim reaparece. Fernando Delage

Después de tres semanas de ausencia pública, durante las que se extendieron los rumores sobre su posible muerte, el líder norcoreano, Kim Jong Un, reapareció el pasado 1 de mayo.  Las razones de su “desaparición” no son tan relevantes como la incertidumbre que sobre su sucesión se ha puesto de manifiesto. Una lucha por el poder como consecuencia de la muerte de Kim incluiría la disputa por el control del armamento nuclear del país, con el consiguiente riesgo de una intervención militar de China, de Estados Unidos o de Corea del Sur.  La implosión del régimen podría provocar asimismo el choque entre distintas facciones y un flujo masivo de refugiados, poniendo a prueba la estabilidad de la región.

Sin que pueda descartarse, en efecto, un escenario de pugna por el poder, no pocos medios han fijado su atención en la hermana de Kim, Kim Yo Jong, como posible sucesora (quizá como “regente” hasta que un hijo de Kim cumpla la edad suficiente para sustituirle). Es, aparentemente, su asesora más cercana, le ha acompañado en sus viajes al exterior, y ha adquirido un mayor perfil en el partido gobernante. Entre los demás miembros de la familia, el hermano mayor del actual líder, Kim Jong Chol, no fue elegido en su momento para sustituir a su padre, Kim Jong-il, y no parece que esté en la lista de potenciales candidatos.

La “ausencia” de Kim Jong Un se produjo tras un periodo de notable actividad por parte norcoreana. En marzo hubo hasta nueve lanzamientos de misiles, seguidos por otros dos en abril, en vísperas de las elecciones legislativas en Corea del Sur y del cumpleaños del fundador de la república Kim Il Sung (conmemoración a la que su nieto no asistió, desencadenando los rumores sobre su estado de salud). Dada la opacidad del país, resulta difícil conocer las causas de estas nuevas provocaciones mientras el resto del planeta afronta los efectos de la crisis del coronavirus (del que oficialmente no ha habido ni un solo caso en Corea del Norte). Parece evidente en cualquier caso que, pese a las sanciones impuestas y el cierre de fronteras, Pyongyang continúa desarrollando sus capacidades nucleares.

Tampoco ha servido la pandemia para reanudar el diálogo diplomático. Tanto en el supuesto de una lucha por el poder como en el de un colapso interno, el episodio ha hecho evidente la necesidad de la coordinación internacional para hacer frente a una potencial crisis humanitaria, asegurar el control del arsenal nuclear norcoreano, o evitar las circunstancias que puedan conducir a un conflicto armado en la península. Esa colaboración no parece primar, sin embargo, sobre la búsqueda de ventajas geopolíticas individuales. La administración Trump insiste en mantener, o incluso reforzar, las sanciones a Pyongyang, mientras urge a adoptar medidas de protección frente a posibles amenazas de ciberataques desde Corea del Norte. China y Rusia defienden, por el contrario, una relajación de las sanciones. La cooperación de Estados Unidos con Corea del Sur se ha complicado por otra parte tras fracasar, a principios de abril, las negociaciones sobre el reparto de cargas financieras relacionadas con la presencia militar norteamericana en el país. Esta falta de coordinación entre Washington, Pekín y Seúl no hace sino aumentar la incertidumbre sobre las posibles consecuencias de la mala salud de Kim Jong Un.

Es previsible que, durante los próximos meses, Corea del Norte mantenga sus provocaciones, especialmente de cara a la celebración, en octubre, del 75 aniversario de la fundación de la república. Cabe dudar asimismo de que Kim quiera retomar las negociaciones con Washington antes de las elecciones norteamericanas de noviembre. Es más, la estabilidad que necesita Trump para su reelección ofrece al líder norcoreano la ocasión para exigirle concesiones.

Corea del Norte en medio de la crisis del COVID-19. Nieves C. Pérez Rodríguez

Mientras la mayoría del planeta se centra en combatir el coronavirus que ya lleva más de 100.000 infectados y supera los 3.000 decesos a nivel global, surge la incógnita. ¿Y Corea del Norte? Es un país que comparte fronteras con China, país de origen del COVID-19 y con el mayor número de infectados del mundo, y Corea del Sur, el vecino que ha respondido más agresivamente a la crisis con laboratorios temporales en las calles y que ha podido hacer casi 160.000 pruebas a día de hoy.

Corea del Norte, enclavado en medio del brote de la epidemia, no ha reportado ningún caso aún, lo que es curioso, partiendo de que su principal socio es China y cuyos intercambios, tanto de mercancías como de personas, son constantes. Aunque Pyongyang fue rápido y astuto y se cerró herméticamente. La primera medida fue cerrar las fronteras, así como todos los lugares públicos de visitas masivas; cerraron los colegios por un mes, suspendieron actividades turísticas y pusieron en cuarentena a extranjeros y nacionales que habían estado en el exterior. Probablemente las medidas son sensatas frente a un brote como el que hemos visto, pero que para un régimen como el norcoreano son fáciles de ejecutar debido al nivel de control que tienen de todos los sectores de la sociedad.

“Corea del Norte no está preparada para una emergencia médica como la del COVID-19. Con un sistema de salud tan precario, que carece de inversión pública, lo hace más vulnerable a un brote de este tipo que ningún otro país del mundo”, afirma Sue Mi Terri (experta en asuntos coreanos y miembro de Centro para los estudios internacionales y estratégicos en Washington D.C.).

Mi Terri explica cómo las condiciones del país, en el que el 43% de la población, unos 11 millones de habitantes, están malnutridos, lo hacen más vulnerables a contraer infecciones y cualquier tipo de enfermedades. Como si eso no fuera suficiente, Corea del Norte es el país que invierte menos en infraestructuras sanitarias en el mundo, menos de 1 dólar por habitante por año. Asimismo sostiene que más de la mitad de los hospitales en la nación no cuentan con acceso a agua corriente, ni condiciones sanitarias mínimas y las redes eléctricas del país han decaído tremendamente, por lo que la electricidad es intermitente hasta en los hospitales.

Por su parte, los medios de comunicación estatales norcoreanos han reportado extensamente sobre el brote de COVID-19, así como han intentado educar a la población para prevenir la infección. El aparato de propaganda del régimen es muy astuto, sabe como llegarle a la población, conoce profundamente sus debilidades y sabe cuales es la situación doméstica sanitaria y el pavoroso escenario en el que se encontraría si hubiera un brote del virus allí.

Mientras tanto, Pyongyang ha aprovechado los canales diplomáticos para pedir apoyo. Así lo hizo con la Cruz Roja Internacional, Médicos sin fronteras, Organización Mundial de la Salud, y otras organizaciones de esta naturaleza.

Cruz Roja y Media Luna Roja recibieron una exención de las sanciones de Naciones Unidas, impuestas a Corea del Norte por la Resolución 1718 (2006) del Consejo de Seguridad lo que permite la provisión de apoyo vital para proteger a las personas de la propagación del COVID-19, de acuerdo con la página oficial de la Cruz Roja publicado el 24 de febrero.

El pasado 20 de febrero Radio Free Asia reportó que en un hospital de la ciudad de Chongjin, al norte del país, se había incinerado 12 cuerpos de pacientes que habían fallecido de enfermedades respiratorias. El caso llamó la atención puesto que no es costumbre en Corea del Norte cremar los cuerpos. Sin embargo, esta información no ha sido posible verificarla.

Con casos o sin casos de contagios del COVID-19 en Corea del Norte, lo que sí se puede predecir es el impacto económico que tendrá en la economía norcoreana. Con las duras sanciones impuestas tanto por Naciones Unidas como por los Estados Unidos, la importación de casi todos los productos está prohibida.  China y Rusia habían sido los aliados que les habían ayudado a burlar un poco las sanciones, pero durante el cierre total de fronteras estas prácticas no han podido llevarse a cabo, lo que dificultará más aún la adquisición de alimentos y productos de primera necesidad.

En medio de esta tremenda crisis, Kim Jon-un decidió lanzar dos misiles el pasado 2 de marzo, que de acuerdo con los análisis de expertos fueron lanzados tan sólo con 20 segundos de diferencia entre uno y otro y con un alcance de 240 km. Su destino fue el mar de Japón. Es muy significativo que el lanzamiento se ejecute a tan sólo días de que Washington y Seúl hayan cancelado sus maniobras militares anuales y después que Corea del Sur informara de más de 20 casos de contagios en sus filas militares.

La lógica de Kim nunca ha sido congruente con la lógica de Occidente. Pero el mensaje de estos misiles es muy difuso. En un momento de tal dificultad interna, regional y global, busca hacerse sentir a través del miedo que infunda en la comunidad internacional, mientras pide ayuda a las ONGs sanitarias, lo que lleva consigo levantamiento temporal de sanciones. No cabe duda de que los dictadores saben bien como usar el terror para conseguir sus objetivos.

INTERREGNUM: Punto muerto en la península coreana. Fernando Delage

El presidente Trump acaba de cumplir tres años en la Casa Blanca sin que su intención de lograr la desnuclearización de Corea del Norte haya registrado avance alguno. En un discurso ante la Asamblea Popular norcoreana el pasado mes de abril, Kim Jong-un dio a Estados Unidos un plazo hasta finales de año para adoptar una “decisión valiente” sobre su relación con Pyongyang. Transcurridos esos meses sin que Washington levantara las sanciones impuestas, el 31 de diciembre, ante el Pleno del Comité Central del Partido de los Trabajadores, Kim anunció la conclusión de la moratoria de ensayos nucleares y lanzamiento de misiles de largo alcance respetada desde 2017. Kim señaló que Corea del Norte emprendería una “nueva senda” que proporcionará al país “armamento estratégico” más avanzado, pero también una “larga confrontación” con Estados Unidos. En el año que comienza, las perspectivas de una solución al problema vuelven así a alejarse.

La determinación de Pyongyang de convertirse en un Estado nuclear dejaba escaso margen de maniobra a Trump, como tampoco lo tuvieron sus antecesores. Mientras que lo que quiere Washington es el abandono por Corea del Norte de su programa nuclear, para esta última “desnuclearización” tiene un significado distinto: la conclusión de la alianza de Estados Unidos con Corea del Sur—incluyendo la presencia de sus tropas en este país—y la retirada del paraguas nuclear norteamericano en el noreste asiático. Estos objetivos opuestos hacen que un acuerdo resulte virtualmente imposible. Pero, al mismo tiempo, el bloqueo del dossier permite a Pyongyang continuar desarrollando sus capacidades nucleares—podría tener ya 60 bombas—y de misiles, ampliando por tanto el alcance de la amenaza que representa este régimen totalitario para la estabilidad regional e internacional.

La Casa Blanca, aun más en año electoral, no cuenta con muchas opciones. Además de por sus consecuencias directas, el recurso a la fuerza no es viable por el claro riesgo de expansión del conflicto, incluyendo una probable intervención de China. Perseguir la “congelación” del programa nuclear norcoreano y, sobre esas bases, su gradual eliminación es lo que ya intentaron presidentes anteriores de Estados Unidos, cuando Corea del Norte tenía un arsenal muy inferior y por tanto más razones para negociar. Redoblar la presión externa en todos los frentes para poner en riesgo la supervivencia del régimen sería la alternativa más eficaz. El problema es que, para articularla, Washington necesita construir alianzas, es decir, todo lo contrario de lo que ha hecho este presidente al enfrentarse a Pekín y declarar su hostilidad hacia todo proceso multilateral.

En este contexto, la agenda diplomática y de seguridad parece depender de los movimientos de Pyongyang. Mientras éste mantiene a China de su lado, sitúa a Washington ante un escenario en el que sólo puede reaccionar a las acciones de otros. Estas circunstancias, además del compromiso del actual gobierno surcoreano con una relación de cooperación con el Norte y el interés prioritario de Kim Jong-un por volcarse en dinamizar la economía, permiten concluir que las posibilidades de un choque militar no son elevadas. No obstante, como ya ocurrió con el Acuerdo Marco de 1994 o con las Conversaciones a Seis Bandas (20032009), la ruptura de las negociaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte representa una nueva oportunidad perdida para la paz. Treinta años después del fin de la Guerra Fría, y cerca de cumplirse 70 años del armisticio que puso fin a la guerra de Corea (1953), la península sigue en punto muerto.