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THE ASIAN DOOR: Shenzhen, el principio del todo. Águeda Parra

El milagro económico de China tiene un origen y una decisión primordial que lo sustenta. El origen es Shenzhen, ciudad al sureste de China que ha pasado de ser un pueblo de pescadores en el delta del río de la Perla a finales de la década de 1970 a convertirse en una gran metrópoli. La decisión, por su parte, acaba de cumplir 40 años, y fue la de incorporar a Shenzhen en la iniciativa de generar una Zona Económica Especial (ZEE).

El impulso de la ZEE ha convertido a la ciudad en el centro de la innovación tecnológica. Compitiendo al nivel de Silicon Valley, Shenzhen marca el origen desde donde el gigante asiático se ha posicionado como principal rival de Estados Unidos en la carrera por el liderazgo en las nuevas tecnologías. No es por menos que la empresa china Tencent, el segundo inversor más exitoso del mundo en unicornios, tras la empresa de capital riesgo americana Sequoia, y propietario de WeChat, la aplicación omnipresente en China, tenga la sede en la ciudad que se ha denominado la Silicon Valley del hardware. También tienen sus oficinas centrales en esta ciudad otras empresas chinas de vanguardia como Huawei, ZTE y la empresa de drones DJI. El poder del ecosistema.

La categoría de ZEE ofreció a Shenzhen, que dista unos 20 kilómetros de Hong Kong, la capacidad de explorar la nueva vía de impulsar el desarrollo comercial y la industrialización como parte de la nueva era de reforma económica y apertura al exterior iniciada por Deng Xiaoping. Shenzhen ha sido testigo de la historia de éxito en la estrategia de China de puertas abiertas. De hecho, la ciudad ha experimentado crecimientos medios anuales del PIB de doble dígito de hasta el 21,6% entre 1979 y 2019, registrando, asimismo, un crecimiento del PIB per cápita que supera todos los registros, pasando de unos 600 yuanes a más de 200.000. De ahí que el discurso de Xi Jinping durante la celebración de este aniversario haya sido reafirmar el compromiso de Pekín con el modelo de apertura y reforma, pero también con el de innovación y desarrollo.

El poder tecnológico de Shenzhen se aprecia en iniciativas como la reciente prueba piloto de la nueva moneda digital de China (DCEP) donde el gobierno chino ha regalado 10 millones de yuanes a 50.000 ciudadanos afortunados por un sistema de lotería. Este evento se hizo coincidir con la visita de Xi Jinping para la celebración del 40 aniversario de la ZEE de Shenzhen el 12 de octubre, y las múltiples referencias a “innovación local” y a “autosuficiencia” en el discurso del presidente chino dan indicación de cómo se estructurará el XIV Plan Quinquenal (2021-2025) que se presentará el próximo 26 de octubre y cuya hoja de ruta tendrá la vista puesta en 2035.

Las referencias en el discurso de Xi a la creación de una “innovación industrial de alto nivel con influencia mundial” y al hecho de que se tengan que abordar “muchos desafíos sin precedentes” refleja la actual situación de rivalidad tecnológica con Estados Unidos. Centro de la conocida como Greater Bay Area, en el que también se encuentran Hong Kong y Macao, Shenzhen está impulsando el potencial de la región para conseguir rivalizar con la industrializada Bahía de Tokio y la tecnológica Silicon Valley.

El simbolismo de la visita de Xi está estrechamente ligado a la gira que realizó Deng Xiaoping en 1992 para reforzar el compromiso con las políticas de reforma después de que el país hubiera pasado por el aislamiento internacional tras los acontecimientos de Tiananmen en 1989. Después de 40 años el fondo del discurso se mantiene, aunque en esta ocasión sea la impronta del pensamiento de Xi Jinping el que ha quedado remarcado por la referencia del presidente chino a hacer de Shenzhen una “ciudad modelo para un gran país socialista moderno” en los próximos cinco años. Si esta transformación de Shenzhen, y de la región, se ha producido en cuatro décadas, quizá lo mejor esté todavía por llegar.

A la espera de la hoja de ruta europea en materia de ciberseguridad. Isabel Gacho Carmona

En octubre de 2019 los Estados miembros de la UE presentaron un informe sobre la evaluación coordinada de riesgos acerca de la ciberseguridad de las redes de quinta generación (5G). Se realizó en un contexto de debate -alentado por EEUU- en torno a los posibles riesgos a la seguridad que las empresas chinas (es decir, Huawei) presentan como proveedores de la infraestructura necesaria para el desarrollo de estas redes. La Comisión había pedido a los Estados miembro tratar de arrojar luz sobre la materia para ser capaces de tomar decisiones con la mayor objetividad posible.

Y, es que, las redes 5G de origen chino no son el gas ruso, del que, aunque sea en teoría, podemos tener claros los riesgos a la seguridad que pueden derivar de su dependencia. La infraestructura que ofrece Huawei no se puede despegar de un debate fanganoso que aúna mucha economía y más seguridad, pero, sobre todo geopolítica.

Y es que si bien la porosidad de los debates económicos, de seguridad y geopolíticos ha existido siempre, con el ascenso de China y la nueva realidad de competición de potencias se ha acentuado exponencialmente. Si a esta ecuación le añadimos el hecho de que hablamos de tecnología –asset estratégico de primer orden- nos queda un entramado precioso. Se acabó el “fin de la historia” y el “imperio liberal” donde el win-win explicaba prácticamente todas las decisiones de carácter económico. Ahora las decisiones económicas van a tener cada vez menos que ver con la eficiencia y más con el poder.

Es en este contexto en el que la UE quiso dar un paso al frente y poder tener su propia voz en el debate en torno a la seguridad -la geopolítica la comentamos otro día-. Y lo hizo. Sin mencionar a Huawei, concluyó que, en el contexto de aumento de la exposición a los ataques facilitados por los proveedores, el perfil de riesgo de cada proveedor será especialmente importante. Que una gran dependencia respecto a un único proveedor aumenta la exposición a una posible interrupción del suministro. Y que las amenazas a la disponibilidad e integridad de las redes se convertirán en graves preocupaciones en materia de seguridad.

Lo que también concluyeron en octubre fue crear una hoja de ruta con medidas concretas para mitigar riesgos. 2020 es el año del inicio del despliegue de estas redes y ya está aquí. Mientras decidimos si somos pelota o jugador en el nuevo ¿G2?, no está mal por lo menos tener claras nuestras propias medidas en materia de ciberseguridad.

THE ASIAN DOOR: La innovación como leitmotiv. Águeda Parra

China ha hecho de la innovación su leitmotiv para consolidar el desarrollo económico que le ha llevado a situarse en segunda posición entre las economías mundiales más importantes en apenas 40 años. El crecimiento de China no tiene precedentes en la historia, y si las reformas económicas y la apertura al exterior han sido la clave que han marcado la transición del gigante asiático hacia una economía avanzada en estas últimas cuatro décadas, China cuenta con la inversión en innovación como la palanca que va a caracterizar el desarrollo futuro del gigante asiático en las próximas décadas.

Los planes de China pasan por convertirse en una “nación de innovación” en 2020, como así se refleja en el XIII Plan Quinquenal (2016-2020), con el objetivo de posicionarse como “líder de la innovación internacional” en 2030 y ser una “potencia mundial de innovación científica y tecnológica” en 2050. La inversión en investigación y desarrollo ha sido una prioridad en estos últimos años, duplicando el gasto en I+D desde el 0,9 que registraba en el año 2000, a alcanzar el 2,1 en 2017, sobrepasando desde 2013 la inversión que realiza la Unión Europea. En relación con Estados Unidos, la inversión china en I+D ya supone el 88% de la norteamericana en paridad de poder adquisitivo, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OECD) de 2017. Aunque el gasto en porcentaje del PIB de China se sitúa por debajo de la media de los países OECD, que se sitúa en el 2,37%, la determinación de China por convertirse en potencia innovadora hará que en los próximos años estas cifras sean similares, o incluso superiores a la de otros países más desarrollados.

Hoy China genera más graduados en las disciplinas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics) donde el enfoque científico de las carreras de Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas está generando un capital humano de talento tecnológico protagonista en la creación del ecosistema que está propiciando la revolución tecnológica que vive el país. El Índice Global de Innovación (GII, Global Innovation Index) en su edición de 2019 sitúa a China en la posición 14 (Hong Kong aparece incluso mejor posicionada en la posición 13), por delante de Japón (15), Francia (16) y a gran distancia de España (29), en una lista de 129 países. Como clusters de innovación mundial, el informe destaca dos ciudades de China en el Top 50, Shenzhen-Hong Kong en la posición 2, por detrás de Tokio-Yokohama, y Beijing en la posición 4, por detrás de Seúl.

En la carrera por convertirse en país de innovación, China cuenta con dos palancas que están resultando determinantes en la capacidad del gigante asiático de modernizarse a través de la generación de innovación tecnológica. Una de ellas es la capacidad de China de generar unicornios, aquellas empresas valoradas en más de 1.000 millones de dólares, convirtiéndose en uno de los verdaderos artífices del potencial de innovación del gigante asiático, consiguiendo generar más unicornios que Estados Unidos por primera vez en la historia, 206 por parte de China frente a 203 del lado norteamericano. Asimismo, la iniciativa Made in China 2025 es la segunda palanca de innovación con la que el país aspira a producir contenido nacional de componentes y materiales básicos que le permita ser cada vez más independiente de la tecnología extranjera. La previsión es que alcance el 40% en 2020 para pasar al 70% de producción nacional cuando se complete la iniciativa en 2025.

El potencial tecnológico que está generando este nuevo ecosistema de innovación ha propiciado la transformación de muchas ciudades chinas que basan su desarrollo económico en convertirse en hubs de innovación capaces de rivalizar con Silicon Valley. Este nuevo entorno de creación tecnológica que confluye en el delta del río Perla, en la provincia de Cantón, reúne a ciudades como Shenzhen, más conocida por ser la ciudad del software, Macao y Hong Kong, un núcleo de innovación que China pretende consolidar con la creación de la iniciativa conocida como Greater Bay Area.

Se trata de una región en la que viven 68 millones de personas con un PIB conjunto que alcanza los 1,5 billones de dólares, equivalente a las economías de Australia o Corea del Sur. Se trata de aunar el potencial de once ciudades de la región, que van desde Guangzhou, Shenzhen, Zhuhai, así como Hong Kong y Macao, para dar forma al gran proyecto de China de construir un centro de innovación tecnológico global. Esta megaciudad, la más grande del mundo con el doble del tamaño de Tokio, reunirá a centros de desarrollo tecnológico e instituciones financieras que rivalizarán a la vez con Silicon Valley y Wall Street. La presión de la guerra comercial con Estados Unidos ha supuesto un retraso en las ambiciones de China de construir el Greater Bay Area, lo que ha motivado que haya decidido priorizar los objetivos establecidos en la iniciativa Made in China 2025.

 

“La única forma que tiene Europa de competir con China en materia de IA es ser muy buenos en cosas muy concretas”. Entrevista con hAItta.

Isabel Gacho.- El desarrollo de inteligencia artificial (IA) está jugando un papel clave en la contienda por la supremacía tecnológica entre EEUU y China. Pero desde Europa también surgen empresas e innovación. Hablamos con hAItta, una empresa del sector establecida en Suiza y con nombre japonés, pero de fundadores español y argentino y alcance global. Charlamos con Domingo Senise, co-fundador de la firma, y con Hugo Mérida, socio y miembro de la junta ejecutiva, sobre el mismo concepto de IA, sus aplicaciones, los dilemas que presenta y el papel de China en el sector, en una conversación Madrid-Frankfurt-Ginebra que ilustra el carácter internacional de la empresa.

¿Cómo definís vosotros la inteligencia artificial?

Domingo Senise: es una buena pregunta. No soy gallego, soy del sur de España, pero te devuelvo otra pregunta ¿tú crees que de verdad existe inteligencia artificial?

Primero te doy la definición y luego paso a apostillar la pregunta que te he hecho. La IA, a día de hoy, se definiría como la capacidad que tienen las máquinas para realizar ciertas tareas a través de codificación, métodos matemáticos o estadísticos parecidas a las que pueda hacer un humano. ¿Se podría llamar a eso inteligencia? Yo creo que algunas veces usamos muy gratuitamente el término inteligencia. Todavía a día de hoy, la inteligencia es una capacidad humana muy relacionada con la sabiduría -que sería el último estadio, el procesamiento de la propia inteligencia- y que tiene que ver con componentes genéticos, culturales… que hemos ido heredando a lo largo de miles de años de evolución. Aunque esto no quita que lo que estamos haciendo a día de hoy con los modelos de IA son cosas espectaculares, muchas veces por encima del rendimiento humano. Por ejemplo, hemos hecho proyectos de detección de fraude financiero y lo que no eran capaces de hacer 50 analistas de riesgo lo han hecho nuestros modelos, costando menos y de manera más precisa y más rápida. En entornos acotados, perfectamente definidos, sí, la máquina es superior al ser humano. ¿Es la máquina más inteligente que el ser humano en temas de lenguaje? A día de hoy, no. Uno de nuestros campos de trabajo es el procesamiento del lenguaje natural y te das cuenta de que la escurridiza ambigüedad del lenguaje hace que no sea fácil para la máquina procesarlo, pero se están dando pasos. Desde luego es un periodo tremendamente interesante y se están haciendo cosas que seguramente en los años 50, cuando surgió la IA –llamada en aquel momento inteligencia mecánica-, eran impensables.

Hugo Mérida: lo que subyace debajo de la IA no es inteligencia de por sí, sino capacidad de procesar información de manera tremendamente rápida y de aprender patrones de forma autónoma. Pero no es inteligencia. Si has entrenado a una máquina para hacer una cosa y la sacas de ese entorno, no va a funcionar. Se está trabajando en la capacidad de adaptarse a nuevos escenarios, pero todavía no es una realidad.

¿Qué me podéis contar sobre cómo funcionan las aplicaciones que le dais a la IA?

HM: Por ejemplo, como acaba de comentar Domingo, hemos hecho proyectos para empresas en materia de fraude. Las empresas tienen la sensación de que les están cometiendo fraude y ellos no consiguen detectar donde está el problema. Lo que hemos hecho es crear modelos de IA basados en aprendizaje automático por el cual la máquina es capaz de detectar patrones de comportamiento para predecir un comportamiento que empiece a ser similar a un patrón que ha habido en el pasado. Al dar la alerta, la empresa analiza con más detalle esas operaciones.

Primero se detectan los grupos de agentes con comportamiento sospechoso. Por otro lado, se detectan grupos de agentes que efectivamente estaban cometiendo fraude y por otro lado un tercer grupo de agentes que, aunque parecían sospechosos no estaban cometiendo fraude. La capacidad que tiene los modelos de IA es profundizar más en el detalle y usar patrones de comportamiento junto con el análisis de la información actual: actividad en redes sociales, tarjetas de crédito o dadas de alta de páginas webs. Esto al final te da un perfil muy perfecto de lo que hace la persona. Eso sí, uno de los temas con lo que tenemos que tener mucho cuidado es con la privacidad de los datos. Y ahora todavía más con la nueva regulación europea, en primer lugar, solo podemos trabajar con datos anónimos y segundo, hay que tener muchísimo cuidado con el consentimiento.

Ahora que sacas el tema de la privacidad, me gustaría oír vuestra vuestra opinión sobre el papel de las empresas chinas en el sector, teniendo en cuenta, además del tema de la privacidad, la gran inversión pública y privada que reciben las empresas, la importancia estratégica que se le ha dado desde el gobierno, la hiperdigitalización de la sociedad y el gran banco de datos que tiene. ¿Cómo se puede competir a nivel global contra empresas chinas? ¿Se puede?

DS: Ellos se fijan objetivos a largo plazo. El objetivo de China es muy claro, quiere ser la nueva potencia mundial a través de la tecnología. Hablaba el otro día con amigos de la Organización Mundial de la Propiedad intelectual (WIPO, por sus siglas en inglés) y decían que el volumen de patentes presentadas por China era mayor que la suma de EEUU y RU. China está apostando mucho para atraer talento, para experimentar cosas nuevas… Europa no se está enterando de la película y China lo está haciendo muy bien.

HM: China está mucho más avanzado que el resto. Llevan tiempo invirtiendo cantidades ingentes de dinero y talento. Durante los últimos 20 años han mandado a los cerebros más brillantes a formarse en EEUU y ahora los están recuperando. En el tema de la IA están muy avanzados. Decías “¿Podemos competir?”. Históricamente, con el empuje industrial chino de principios de siglo, la estrategia de occidente fue priorizar calidad a cantidad. En el caso de la IA, la única posibilidad que tiene Europa de competir con China es a través de nichos: ser muy buenos en algo muy específico, porque a nivel general China ya está más avanzada que el resto. Un ejemplo clarísimo es la aparte de retailers o el uso de la IA para el tema de e-shopping, la compra a través del móvil. La única forma que tenemos de competir es ser muy buenos en cosas muy concretas.

¿Existe actualmente algún nicho en este sentido en Europa?

HM: A nivel general, Europa y EEUU estamos más avanzados en temas de seguridad e inteligencia, por ejemplo. Históricamente se ha dedicado mucho dinero, precisamente por la amenaza china o rusa. También en otros sectores como la medicina. China sobre todo a destinado mucha inversión al tema de consumo. En este sentido están con creces mucho más avanzados que nosotros.

Dado que la inteligencia artificial se alimenta de datos ¿En qué se va a traducir la instalación de la infraestructura para el 5G? ¿Está justificado el miedo a las empresas chinas?

HM: Antes de nada, señalar que el 5G en Europa todavía no está instalado y que en China ya han comenzado el desarrollo del 6G.

DS: Aquí en Suiza está poniendo todo el mundo el grito en el cielo “todos nuestros datos van a pasar por servidores chinos…”. Pero esto es el libre comercio. En lugar de llorar ahora tanto ¿Por qué no lo has hecho tú?

HM: Respecto al tema del veto de Trump a Huawei, EEUU lleva tiempo empujando las alternativas europeas y americanas: Ericsson, Nokia y Qualcomm. Pero se han dado que cuenta que ni bombeando dinero han sido capaces de competir con Huawei.

Respecto a los datos, es verdad que siempre está la duda o el riesgo de que, si la infraestructura física está en manos de China, puede desviarlos o utilizarlos -lo mismo que hace Facebook o Google-. Ese riesgo siempre existe. Lo que está claro es que nosotros estamos evolucionando a un mundo de datos. Los datos, como dijo el COO de Equinor, va a ser el activo más valioso, muy por encima del petróleo. Nos movemos a un mundo de datos, y al final no te queda más remedio.

En cualquier caso, el movernos hacia una sociedad de datos significa que la IA se convierte en una herramienta fundamental, critica. A nivel de capacidad humana o de computación normal, no se pueden gestionar todos los datos. La única manera que tenemos para utilizarlos es a través de la IA.

Entre vuestros pilares se encuentran el aprendizaje automático y el procesamiento del lenguaje natural. ¿Qué me podéis contar al respecto?

DS: Para el desarrollo del aprendizaje automático “solo” hace falta programación y matemática y estadística, pero este no es el caso del procesamiento del lenguaje natural. Hasta ahora se ha hecho (el procesamiento de lenguaje natural) con un enfoque matemático-estadístico. Se intentaba enseñar a la máquina como hablamos usando matemática y estadística. Pero el ser humano no funciona así. Por ejemplo, el traductor de Google no es un traductor, es un transpositor de palabras. El valor añadido que da hAItta en materia de procesamiento del lenguaje natural es que tenemos gente de formación lingüista. La combinación de los enfoques matemático-estadístico y simbólico es lo que te permite alcanzar cuotas de precisión más altas en este sentido.

Por último, ¿qué opináis de los retos que presenta la IA en materia de calidad democrática o de empleo, por ejemplo?

DS: Mira, te podemos responder con el propio nombre y logo de hAItta. hAItta es el pasado del verbo japonés hairu (入る), que significa entrar. Al fundar la empresa lo que queríamos transmitir es que la IA ya ha entrado en nuestras vidas y nada iba a volver a ser lo mismo.

El logo de la empresa es el kanji japonés de hito (人), persona, al que le añadimos un trazo central y otro superior que forman una A y una I. La idea es transmitir que del ser humano surge la IA porque es un producto nuestro. La IA, como dice nuestra misión, está al servicio de la sabiduría humana, no viene a sustituirla. No viene a sustituir al trader o al analista, viene a servir de ayuda. La combinación de la inteligencia artificial y la inteligencia humana es lo que genera, como lo llamamos nosotros, centauros. Ambos juntos somos imbatibles.

HM: A mí me gusta mucho una frase de Domingo que decía “Esa idea de que las máquinas un día se revelarán contra los seres humanos tiene muy poco de ciencia y mucho de ficción”.

En todo avance de la historia vienen los miedos. En 1900 con la aparición del coche se decía “el cuerpo humano no puede ir a 100 km/h porque se desintegra”, bueno, se ha visto que no pasa eso. Pensar que las máquinas nos van a superar es, desde nuestro punto de vista, una falacia. Pensar que se pueden desarrollar máquinas que puedan superar al cerebro humano cuando todavía solo comprendemos un 10-15% de este es un poco, yo diría, que irónico. Y en materia de empleo, con la IA, como con todos los avances tecnológicos, desaparecen unos empleos, pero se crean otros.

Respecto a la influencia en la democracia, está claro que, por un lado, las grandes tecnológicas cada vez tienen más poder, y por otro la tecnología cada vez tiene más presencia y los datos son cada vez son más importantes, se ha visto con el tema del Brexit o de Trump. Eso es una realidad, y el hecho de que haya mal uso o aprovechamiento de la información y la tecnología está ahí y seguro que va a existir. Pero lo que estamos viendo es un cambio de estructura social, política y económica que no lo provoca la IA, sino que esta es solo una herramienta.

Por qué Israel innova y España no (y 4). El mito del miedo al fracaso. Miguel Ors Villarejo

Además de los aspectos más técnicos que vimos en las tres entradas anteriores, en su libro Startup Nation, Dan Singer y Saul Senor atribuyen la transformación israelí a varios rasgos que formarían parte de lo que llamamos el macizo de la raza y que quizás otros pueblos, como el español, no somos capaces de emular.

Voy a referirme a dos.

El primero es la falta de reverencia. Los israelíes pasan bastante del conducto reglamentario. La responsable de un fondo de inversión de Jerusalén me decía que los directivos estadounidenses están habituados a que sus instrucciones se cumplan sin rechistar, pero en Israel se encontraban con que les respondían: “Muy bien, pero creo que no es el mejor modo de hacerlo”.

Esta actitud complica la gestión de equipos, porque ralentiza las reuniones. Hay que discutirlo y justificarlo todo. Pero también multiplica la creatividad, porque la empresa ya no depende de la genialidad del jefe. Intel desarrolló el microprocesador Centrino muy a su pesar, solo porque en la delegación de Israel se pusieron francamente pesados. Y el tiempo les dio la razón.

En materia de irreverencia no me da la impresión, de todos modos, de que los israelíes aventajen a los españoles. El respeto a la autoridad no ha sido nunca uno de nuestros fuertes. Creo que era Salvador de Madariaga el que decía que un país con tantas vírgenes solo podía ser un país de anarquistas.

El segundo rasgo al que voy a referirme es la aversión al riesgo. En Israel no importa que fracases, casi se fomenta. Se considera que alguien que sigue intentándolo, a pesar de haber sufrido un revés, tiene carácter y perseverancia.

Un buen ejemplo de ello es Itzik Goldwaser. Este hombre es el vicepresidente de Yissum, la segunda oficina de transferencia tecnológica de Israel. Lo entrevisté hace un tiempo en Madrid para Actualidad Económica. Yissum comercializa las innovaciones que genera la Universidad Hebrea de Jerusalén. De ella han salido medicamentos contra el cáncer y el alzhéimer, sistemas de visión para coches autónomos o los tomates cherry: todas las semillas que se plantan en el mundo hay que comprárselas a ellos. Yissum tiene una cartera de 9.300 patentes, que facturan más de 2.000 millones de dólares al año.

Lo sorprendente de Goldwaser es su ejecutoria. Desde que se licenció en 1994 hasta que lo fichó Yissum, montó varias biotech, pero ni una salió adelante. Ni una. Por una u otra razón (el 11S, un paciente muerto en la fase de ensayo), siempre se había visto obligado a tirar la toalla, y no tenía el menor rubor en reconocerlo.

La pertinacia en el fracaso parecería a primera vista clara limitación, pero si uno se para a pensarlo, tiene sus aspectos positivos. “Estar equivocado”, escribe la periodista Kathryn Shulz, “no es un signo de inferioridad intelectual, sino una fase esencial del aprendizaje”. Hay un famoso experimento que ilustra esta idea. Un profesor de cerámica  dividió a sus alumnos en dos equipos e informó a los miembros del primero que los evaluaría en función de la cantidad. Debían traerle tantas piezas como pudieran. Al final del curso él las pesaría y a quienes superasen los 20 kilos les pondría sobresaliente, a quienes se quedaran entre 18 y 20 kilos notable, y así sucesivamente. A los del segundo equipo les pidió que le presentaran un único trabajo, el más perfecto que hubieran cocido.

El resultado fue revelador: las obras más hermosas salieron del primer grupo. Mientras sus integrantes se afanaban en sacar un montón de trabajo (y aprendían de sus errores), los del segundo se habían sentado a elucubrar sobre la excelencia y lo único que tenían que ofrecer eran teorías grandiosas y una pila de arcilla inerte.

Como dijo Thomas Watson, el segundo presidente de IBM, “si quieres aumentar la tasa de aciertos, tienes que equivocarte el doble de deprisa”.

Tampoco se trata de fracasar por fracasar, entiéndanme bien. Se trata sobre todo de perderle el respeto para explorar nuevos horizontes. En Celebrating Failure, el publicista Ralph Heath escribe que “uno de los secretos del éxito radica en moverte fuera de tu zona de confort, pero sin salirte de tu zona de fortaleza”. Se trata de asumir riesgos controlados: hacer algo que nadie había intentado (la bombilla, el aspirador ciclónico, una vacuna), pero sin lanzarse al vacío.

¿Por qué no somos los españoles capaces de encontrar ese punto de equilibrio?

El problema no es la cultura. El problema es que en España la zona de confort de que habla Heath no termina en una agradable pendiente, sino en un barranco. Y cruzarlo da vértigo porque no hay un enjambre de business angels aleteando para recogerte si pierdes el pie. Los negocios se costean con préstamos garantizados y, cuando se hunden, te arrastran con todo el equipo.

En Israel disponen de otras opciones. “Lo primero que haces”, me contaba Goldwaser, “es dirigirte a una oficina como Yissum, elegir una patente y firmar un contrato que te concede su explotación durante 12 ó 18 meses. Una vez que tienes la tecnología, debes recaudar el dinero. Yo no tenía ni un centavo, pero existen fondos de capital riesgo y programas públicos que sufragan proyectos en fase temprana. También puedes recurrir a incubadoras. La mayoría son privadas. Les expones tu idea y, si les convences, van al científico jefe del Ministerio de Economía, que aporta el 85% de los recursos iniciales. No pierdes nada por emprender”.

Esta arquitectura financiera asigna el riesgo a los actores que están en mejor disposición para soportarlo: especuladores y multinacionales que se pueden permitir el lujo de fallar nueve jugadas seguidas, porque saben que a la décima se repondrán con creces.

Granjearse su confianza no es sencillo, pero un argumento persuasivo son unas aparatosas heridas de combate. Para estos inversores un historial de fracasos no es un estigma. Al contrario. Son cicatrices, méritos contraídos en acto de servicio, la prueba de que has estado sometido a fuego real. Eres como esos sargentos veteranos que todos los capitanes quieren tener en su compañía, porque han aprendido de sus errores y no van a repetirlos.

Ese ecosistema es el que ha hecho de Tel Aviv uno de los centros más dinámicos del planeta. En España, por el contrario, no damos facilidades para fracasar. Un empresario catalán afincado en California explicaba en La Vanguardia que “a veces tienes que pegártela para […] hacerlo mejor”, y es verdad, pero también hay que considerar la intensidad de la galleta. Si te quitan la casa y el coche y tienes que cambiar a los niños de colegio, es complicado que repitas, por enriquecedora que la experiencia haya sido.

Ese es, por desgracia, un destino habitual del emprendedor español. El entorno financiero impide los experimentos. Hay que manejarse con avales bancarios y acertar a la primera. De lo contrario, nadie te ofrecerá una segunda oportunidad. Al revés. Igual te inhabilitan como administrador y te incluyen en una lista de morosos.

Fracasar así no es divertido ni razonable. No es cuestión de carácter. No hay tanta diferencia entre un español y un israelí. Estoy seguro de que si trasladaran a muchos de nuestros científicos a Tel Aviv generarían tanta riqueza como los soviéticos. Tengo un amigo que incluso me dice que si en Tel Aviv te limitas a mirar sin escuchar, tienes la sensación de estar en Valencia. Es todo muy mediterráneo: mucha vida al aire libre, terrazas llenas de gente, ciclistas por las aceras…

Nos falta realizar esa apuesta por la libertad económica que Israel realizó a principios de este siglo y que lo convirtió en un prodigio de pragmatismo. Los españoles somos un pueblo de principios en todos los sentidos de la palabra: tenemos convicciones firmes y no acabamos nada de lo que empezamos. Nos vendría bien traicionar esos grandes ideales y la lógica intachable de Unamuno…

Pero, bueno, aquí estoy otra vez como la madre de Woody Allen y Pedro Laín Entralgo y creo que es mejor que lo deje. Imagen: Flickr, Raphael Pérez

Comercio, seguridad y 5G sobre la mesa

4Asia reúne el 10 de junio a colaboradores y expertos en un nuevo encuentro de debate, esta vez para analizar e intentar dar respuesta a dudas e incertidumbres ante la política proteccionista de Estados Unidos, la disputa comercial y tecnológica con China y los riesgos para la estabilidad internacional.

 Además, trataremos de poner luz en el nivel de amenaza que puede suponer el hecho de que uno de los factores de la ecuación internacional, China, sea un Estado con un importante y creciente desarrollo tecnológico, un sistema autoritario que no responde a otro control que al del propio sistema y a su partido único, el Partico Comunista, y un respeto arbitrario y según su concepto de sus intereses nacionales de las normas de derecho internacional.

Esta serie de hechos son los argumentos que exhibe un Trump atolondrado que a veces parece, él mismo ha llegado a decirlo, que añora reinar para siempre con un sistema como el chino. Esta política, incluso con alguna razón, es no sólo errónea sino peligrosa y sitúa a una Europa en crisis de identidad y desorienta ante un reto que no parece fácil de afrontar.

Así, repasaremos el desarrollo y la evolución tecnológica de la sociedad china; las previsibles consecuencias, buscadas o no, de la guerra comercial; los peligros para la seguridad cibernética y el orden y la libre competencia en los mercados, y también algo tan esencial y a veces tan poco valorado como los peligros tecnológicos para la seguridad nacional, la defensa de los intereses nacionales y estratégicos de España y la necesidad de proteger las instituciones y la estabilidad democrática. Esperamos debatir todos estos asuntos con quienes quieran asistir.

Por qué Israel innova y España no (3). Bedel de día, matemático de noche. Miguel Ors Villarejo

En Israel, el modelo de crecimiento basado en la movilización de recursos que vimos en la entrega anterior empezó a agotarse en los años 70. A partir de ese momento, la innovación debería haber tomado el relevo, pero muchos sectores (telefonía, distribución, automóvil) funcionaban en régimen de monopolio y, sin la disciplina del mercado, ¿para qué vas a molestarte en urdir artículos nuevos o mejorar y abaratar los existentes?

En consecuencia, como sucedió a los rusos en la fase terminal del comunismo, el nivel de vida de los israelíes se fue deteriorando y el estallido de las crisis del petróleo los acabó de empobrecer. El Gobierno intentó preservar la renta real de sus ciudadanos limitando los precios y subiendo los salarios, pero lo único que logró fue embalsar una inflación que se desbordaría aparatosamente en 1984, cuando el IPC alcanzó el 445%.

La década de los 80 se cerró con un rescate tutelado por el FMI. Por si esto no bastara, el país se disponía a afrontar la avalancha de inmigrantes judíos (unos 800.000) que estaban aprovechando la caída del Muro de Berlín para regresar a Palestina.

Parecía una catástrofe humanitaria, pero resultó un golpe de suerte. Los rusos no pudieron ser más oportunos. Cuando a mediados de los 90 empezaron a llegar a Israel, las compañías estaban ávidas de científicos que les ayudaran a sacar provecho de las novedades informáticas surgidas en Silicon Valley y aquella gente irradiaba erudición. En Startup Nation, Dan Singer y Saul Senor cuentan que a uno lo colocaron de bedel en un instituto de Tel Aviv. El hombre había sido catedrático de matemáticas en la URSS y, al ver el nivel lamentable de los alumnos, empezó a impartir clases nocturnas.

Hoy Google recluta allí a sus programadores.

Los mismos científicos que en la Unión Soviética se ganaban tan mal la vida que preferían ser bedeles de instituto en Tel Aviv son hoy los responsables del milagro israelí. Esa transformación ha sido obra del mercado, como explicaba Netanyahu en la Bolsa de Londres: “El elemento crítico para que la tecnología funcione [y genere prosperidad] es el mercado. Es crítico. Sin él, la tecnología no va muy lejos. Lo que hicimos en Israel hace unos 15 años fue liberalizar nuestros mercados, liberalizar nuestros capitales, liberalizar nuestra divisa. Esto es un cambio importante, y sigue siéndolo para nosotros […] porque permite que la innovación y la originalidad tengan su recompensa”.

Hasta aquí llevamos vistas tres claves que explican por qué Israel se ha convertido en una potencia tecnológica: innovación militar, abundancia de científicos y competencia inclemente. Todo esto es, en principio, perfectamente importable. Nada impide que los españoles invirtamos en I+D, formemos científicos o liberalicemos el mercado. Pero el caso es que no lo hacemos. ¿Por qué?

Lo veremos en la cuarta y última entrega de este apasionante serial.

El balón de Eolo. Miguel Ors Villarejo

Las sinergias entre defensa e innovación son la primera razón aducida por todos los expertos para explicar cómo ha llegado Israel a ser una potencia tecnológica. La necesidad aguza el ingenio. Como me dijo una autoridad municipal de Tel Aviv cuando visité hace unos años la ciudad: “Si no espabilamos, nos echan al mar”.

Pero se equivoca quien crea que basta con multiplicar la partida de I+D militar para que empiecen a proliferar las startups. “La tecnología y la ciencia por sí solas no garantizan el éxito”, decía Benjamin Netanyahu en un discurso que pronunció en la Bolsa de Londres en noviembre de 2017. “Si fuera así […] la Unión Soviética habría sido uno de los países más prósperos del planeta, porque disponía de científicos excepcionales en matemáticas, en física, en materiales, en cualquier campo imaginable”.

No basta con tener una gran comunidad científica para generar prosperidad. Piensen en los romanos. Conocían la máquina de vapor. En el siglo I de la era cristiana, el matemático Herón de Alejandría diseñó un artilugio que bautizó con el nombre de eolípila, que etimológicamente significa “balón de Eolo”, el dios del viento.

El mecanismo consistía en una esfera montada sobre un eje, para que pudiera dar vueltas como un mapamundi. Debajo se ponía un depósito de agua, que al calentarse y entrar en ebullición, expulsaba el vapor por unos tubos acodados situados en cada polo de la eolípila, imprimiéndole un movimiento giratorio.Es el mismo principio que impulsa las turbinas de las centrales eléctricas, pero para los romanos era una simple curiosidad, un juguete. ¿Por qué nunca lo aplicaron al transporte? Porque los romanos tenían esclavos y la mecanización del trabajo no les reportaba ninguna ventaja.

Lo mismo sucedía en la URSS. Ningún régimen ha destinado una proporción mayor del PIB a investigación y desarrollo y, sin embargo, su economía era un prodigio de ineficiencia. ¿Por qué? Porque no había propiedad privada ni libertad de empresa. La URSS figuraba en todas las estadísticas como el primer productor de tractores y de patatas, pero los tractores se oxidaban en las explanadas de las fábricas y las patatas se pudrían en el campo porque no había empresarios que dijeran: “Vamos a coger los tractores para cosechar las patatas y forrarnos”.

Para que la innovación se traduzca en riqueza hace falta un marco institucional adecuado. Allí donde se da, el ingenio germina imparable. “Si hubieran cogido a uno cualquiera de los científicos [soviéticos] y lo hubieran trasladado […] a Palo Alto”, señalaba Netanyahu en la Bolsa de Londres, “habría generado riqueza en dos semanas. Una riqueza ingente”.

Eso es lo que hizo Israel. Bueno, más o menos. No los trasladó a Palo Alto, sino a Tel Aviv. Y no lo hizo de forma deliberada, sino como consecuencia de una de esas carambolas que se dan a veces en la historia. Netanyahu va hoy por el mundo alardeando de economía liberal, pero en los años 90 Israel seguía preso de los peores prejuicios anticapitalistas. David Ben Gurion, uno de los padres fundadores de Israel, admiraba la Revolución rusa y organizó la agricultura en granjas colectivas (los kibutzim) que renegaban de la propiedad privada. Tampoco tuvo inconveniente en embarcar al Gobierno en todo tipo de aventuras empresariales, como la industria aeronáutica.

Este dirigismo funcionó bastante bien al principio. Dar tractores a los colonos o emplear a los parados en fábricas estatales impulsa la riqueza nacional, porque los hace más productivos. Esa movilización de recursos fue la razón por la que la URSS crecía a principios de los 50 a un ritmo frenético, hasta el punto de que muchos intelectuales se convencieron de que la planificación central era superior al mercado. La demostración definitiva fue la puesta en órbita en 1957 del primer satélite artificial. Kruschev vio en el Sputnik una prueba tan obvia de la superioridad de su sistema, que renunció a la beligerancia estalinista contra Occidente e inauguró una era de “coexistencia pacífica”, convencido de que el marxismo no necesitaba dar ni un tiro para ganar la Guerra Fría. El capitalismo caería como una fruta madura, arrastrado por su propia ineficiencia.

Era un espejismo, claro. Como Robert Solow expondría en un artículo publicado aquel mismo año de 1957, la movilización de recursos es una modalidad de desarrollo insostenible. Llega un momento en que ya no quedan colonos a los que dar tractores ni parados que emplear y, si quieres seguir creciendo, debes producir más con los mismos factores, es decir, debes aumentar tu productividad, lo que solo se logra incorporando tecnología. Y la tecnología se incorpora cuando se dan los incentivos para ello. Como me contaba una vez el experto en teoría de juegos Robert Myerson, durante la Guerra Fría “todos y cada uno de los avances militares se originaron en Estados Unidos. Tanto Washington como Moscú recibían cada día a legiones de expertos que les prometían armas maravillosas, y no había modo de saber si eran o no unos farsantes. Pero los estadounidenses tenían una razón de peso para ser sinceros: eran empresarios que se jugaban su dinero”.

Lo mismo sucedía en el ámbito civil. El gerente de una fábrica soviética sabía que su vida no iba a cambiar sustancialmente hiciera lo que hiciera. Piensen en Mijaíl Kaláshnikov. Se calcula que del fusil de asalto que lleva su nombre se han vendido unos 100 millones de unidades, pero Kaláshnikov no gano mucho dinero. Todo lo que le dieron (y una vez disuelta la URSS) fue la medalla de Héroe de la Federación Rusa.

Si hubiera vivido en cualquier país occidental, habría podido comprarse un equipo de fútbol. El capitalismo es muy generoso con los aciertos. Esa es la principal razón por la que la gente innova: porque te haces rico. La segunda razón es porque el mercado es implacable con los errores o, simplemente, con los que se quedan rezagados. No te puedes dormir en los laureles.

Esta competencia implacable es la que explica por qué el capitalismo resulta tan eficiente en la asignación de recursos y, como muy bien vio Friedrich Hayek, “es ingenuo pretender que pueda haber plena competencia cuando los responsables de las decisiones no pagan por sus errores”. Stalin intentó suplir la irresponsabilidad económica de los gerentes soviéticos con severas penas por “sabotaje”, pero acabó devorado por su propia espiral del terror.

Por qué Israel innova y España no (1). La madre de Woody Allen. Miguel Ors Villarejo

Una broma recurrente en la obra de Woody Allen es cómo la madre lo atormenta continuamente poniéndole de ejemplo a algún sobrino dentista o vendedor de fondos.

—Ay, hijo, tu primo sí que tiene un trabajo bueno, y no veas qué casa se ha comprado en las afueras.

—Mamá —replica Woody Allen—, soy un director de cine famoso, he ganado cuatro Oscar, vivo en un piso de lujo en Manhattan con mayordomo y chef francés.

Pero está claro que, por muchos y grandes que sean tus logros del presente, una madre nunca les va a sacar tanto provecho como a tus errores del pasado. Puede estar años royéndolos imperturbable, sin el menor asomo de agotamiento.

Los españoles somos un poco así. Nos pasamos el día lamentándonos del ayer: la derrota de la Invencible, Trafalgar, el Dos de Mayo y, por supuesto, el Desastre del 98. Yo entiendo que entonces perdimos Cuba y Filipinas, pero habíamos perdido antes un subcontinente y siempre me he preguntado por qué el Desastre fue el del 98.

Pero así es la lógica de la madre de Woody Allen. Da igual la magnitud de la pérdida. Aunque solo hubiera sido el islote de Perejil: de lo que se trata es de quejarse, y 1898 puso en marcha una industria de la autoflagelación que iba a mantener décadas entretenidas a las mayores lumbreras del país preguntándose básicamente por qué lo hacemos todo tan mal. Yo vine al mundo en 1958, 60 años después de la batalla de Cavite, y Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz seguían sin ponerse de acuerdo sobre si la culpa era de los visigodos o había que remontarse hasta Altamira.

Y cuando en 1976 me aventuré efímeramente por Filología Hispánica, recuerdo que nos dieron a leer un ensayo de Pedro Laín Entralgo que atribuía el destino de España a la convexidad del paisaje castellano. Mientras un valle, razonaba Entralgo, es cóncavo, te envuelve en su regazo y te invita a recogerte, la meseta es el antivalle, una extensión convexa e inabarcable que te obliga a buscar sus límites y te arroja hacia el más allá en busca de no se sabe qué.

Ese no se sabe qué no era, por desgracia, la industria ni la tecnología. Cuando hace justo un año entrevisté a Jacobo Israel para Actualidad Económica, me explicó que a él le incomodaban las compañías grandes. Le encantaba crearlas y verlas crecer, pero cuando dejaba de conocer a los empleados por su nombre de pila y ya no le invitaban a sus bodas y sus bautizos, consideraba que había llegado el momento de ceder el testigo. “Yo ya no sirvo”, me decía, “así que vendo la empresa”.

Este proceso lo ha repetido varias veces y lo que me comentaba es que el que le compraba nunca era un español, siempre era un extranjero.

“¿Por qué?”, le preguntaba yo.

“Los españoles”, me decía, “tenemos propensión a meter el dinero en bienes raíces. No nos atraen ni la industria ni las manufacturas”.

Esta aversión a todo lo que huela a tecnología tuvo su gran mentor en Miguel de Unamuno. “La ciencia”, decía, “quita sabiduría a los hombres”. Y añadía: “El objeto de la ciencia es la vida y el objeto de la sabiduría es la muerte”.

Mientras sus coetáneos propugnaban europeizar de España, Unamuno defendía africanizarla. “Yo me voy sintiendo profundamente antieuropeo”, le escribió en cierta ocasión a Ortega y Gasset. “¿Que ellos inventan cosas? Invéntenlas”. Y unos meses después, en el artículo “El pórtico del templo”, volvía a la carga. “Inventen, pues, ellos”, ponía en boca de un personaje, “y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”.

La lógica es intachable. Una vez desarrollada, una idea puede ser imitada por cualquiera y el plan de Unamuno era dejar que los europeos se ocuparan de los aspectos prácticos de la vida (la bombilla, el tranvía), mientras nosotros nos consagrábamos a la mística. Al final, seríamos tan ricos como ellos, pero mucho más sabios.

La lógica es intachable, ya digo. El único inconveniente es que no funciona (como, por otra parte, sucede decepcionantemente tan a menudo con la lógica intachable). Basta echar un vistazo para darse cuenta de que los países más ricos son los que más innovan. Es verdad que, como dice Unamuno, tarde o temprano todo se copia, pero, entre tanto, el que lanza la innovación disfruta de un lucrativo monopolio temporal. Y da igual que el monopolio sea o no legal, es decir, que esté protegido por una patente. La ventaja que da golpear primero es considerable. Los economistas Michele Boldrin y David Levine explican en Against Intellectual Monopoly que “las sumas que los escritores británicos cobraban [en el siglo XIX en Estados Unidos] excedían a menudo los derechos de autor que percibían en el Reino Unido”. Los dos mercados tenían entonces un tamaño similar y, aunque en Estados Unidos no había propiedad intelectual, los editores sorteaban su ausencia realizando tiradas masivas que les reportaban fuertes ingresos en un plazo relativamente breve. Para cuando los editores piratas tenían sus copias listas, el grueso de las ventas ya se había consumado. Este patrón es el que rige el ciclo de vida de cualquier producto, no solo los libros: el beneficio se concentra al principio, porque luego surgen las imitaciones y los márgenes no vuelven a ser iguales.

Ir un paso por delante compensa siempre, pero hay un ámbito en el que esta ventaja es especialmente pronunciada: el militar. Disponer de un arma exclusiva te proporciona una superioridad que, convenientemente aprovechada, puede resultar definitiva. Hace poco leí una noticia en la que explicaban cómo las fuerzas armadas israelíes habían explotado durante décadas un lanzamisiles de diseño propio, el Pereh. La peculiaridad del Pereh es que su aspecto era el de un carro de combate, de modo que el enemigo que lo veía avanzar presumía que abriría fuego cuando se hallara a cuatro o cinco kilómetros, que es el rango de tiro de un tanque. Pero el Pereh lanza misiles. Su alcance es muy superior y, para cuando Hamás o Hezbolá querían reaccionar, ya habían sufrido un daño irreparable.

Las ventajas de la innovación se aprecian aún más con el contraejemplo de Arabia Saudí. El reino está abonado al unamuniano “que inventen ellos”. No innova nada, pero dispone de una billetera casi ilimitada y puede costearse el material más sofisticado que ofrece la industria. El problema es que sus enemigos no tienen más que mirar los catálogos de los fabricantes para saber exactamente a qué van a enfrentarse y montar una respuesta que, como se está viendo en Yemen, puede ser más que suficiente.

5G el debate más allá de lo tecnológico. Nieves C. Pérez Rodríguez

El desarrollo de la tecnología 5G y su necesaria aplicación despertó un gran debate en el que inicialmente se subestimó la capacidad de China de ir a la velocidad que impone la tecnología y se cuestionó el hecho de que pudiera jugar dentro de las reglas del juego del comercio internacional, así como la injerencia del Estado chino en sus empresas privadas.

Beijing aprendió del gran fracaso a finales de los 90 y principios del 2000, cuando intentaron sin éxito desarrollar la red 3G y perdieron enormes cantidades de dinero. Pero esos diez años los preparó para el momento en que tocó hacerlo la red 5G, de la mano de Huawei -la gigantesca empresa de telecomunicaciones china-.Y, en efecto, pudo conseguirlo gracias al enorme capital que el Estado chino dedicó a tal propósito. Lo que a su vez se traduce en una injusta competencia frente a otros proveedores internacionales de telecomunicaciones, cuya supervivencia es producto de la calidad del servicio que ofrezcan, así como de los beneficios económicos que consigan.

La relación del Estado chino con sus empresas y el Partido Comunista Chino, así como la legislación china que contempla la obligación de estas compañías de facilitar información al Estado de ser solicitada, incomoda mucho a occidente. Durante años, oficiales estadounidenses han insistido en que Huawei puede ser usada por Beijing para espiar o interrumpir comunicaciones, de acuerdo a su conveniencia, lo que es percibido como un grave riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Otra cosa que preocupa a Washington es la penetración y creciente mercado de objetos cotidianos conectados a internet (IoT devices, por su nombre en inglés), que cada día aumentan su demanda, cosas tan comunes como el timbre de casa que está conectado a internet y que al sonar activa la cámara y emite una señal al móvil del propietario de la vivienda en el que aparece un video en tiempo real de quién está en la puerta. O los hornos programables conectados a la red, o los refrigeradores, los sistemas de calefacción o aire acondicionado. La teoría que cuenta con apoyo del Senado estadounidense consiste en que China, como actor estatal, podría aprovechar el acceso a través de equipos, para estar investigando, rastreando todo tipo de actividades.

El gobierno estadounidense ha intentado advertir a sus aliados sobre esta posibilidad y ganar apoyos. De hecho, el grupo de “Five eyes” ha estudiado de cerca la preocupación, pues si algunos de ellos usaran la red 5G de Huawei existiría el riesgo de que la información militar que intercambien pueda ser vista por Beijing. Por lo que Australia se mantiene alineada con Washington. Aunque en las investigaciones hechas por Gran Bretaña, en sus primeras conclusiones preliminares, no encontraron rastro de que en efecto hayan dejado una brecha abierta, mientras  Alemania se mantiene alerta, aunque no cerrada. Y Canadá posiblemente se decante por seguir a Estados Unidos, mientras Nueva Zelanda ha expresado su preocupación de que Huawei y el Estado chino estén colaborando.

Esta inquietud no es exclusiva de la Administración Trump. El intentar encontrar mecanismos que permitan un blindaje contra el espionaje y los ciberataques no es algo que comenzó con la Administración Trump, pues ya Obama sancionó a empresas chinas en respuesta a esta inquietud.

Huawei a todo esto respondía la semana pasada con una demanda contra el gobierno de los Estados Unidos, basada en que los argumentos usados para bloquearlos socavan la competencia en el mercado y no se base en hechos reales. Son precisamente estos argumentos los que han intentado pelear corporaciones estadounidenses en tribunales chinos, en diversas ocasiones, sin ningún éxito. Hasta el punto de que han sido llevados hasta el Congreso estadounidense en busca de mediación, también sin ningún éxito.

Otro elemento que preocupa al gobierno de los Estados Unidos es que “China está en el negocio de exportar autoritarismo”. Pues para nadie es un secreto que la libertad es restringida para sus ciudadanos hasta para la navegación a Internet. Según el Think tank Freedom House, China es el país más agresor de la libertad de internet. Y su modelo empieza a ser exportado, según el reporte anual “Freedom of the net 2018” conducido por el mismo centro de pensamiento.  Tan sólo el año pasado China adiestró funcionarios de 36 países de África, América Latina, Europa del Este y Medio Oriente en tecnología autoritaria para sus respectivos gobiernos, exigiendo que las empresas internacionales acaten sus normas de contenido incluso fuera de China. Lo que se traduce en una nueva forma de propagación de su modelo, asegurándose la fidelidad de esos gobiernos replicando lo que el Partido Comunista Chino ha ido perfeccionando.

Por lo tanto, el negocio del 5G a través de Huawei y ZTE con sus equipos podría garantizar a Beijing el acceso a información de cualquier tipo, en cualquier parte donde estos proveedores tengan presencia. Mientras, el Partido Comunista Chino aprovecha sus relaciones políticas para vender su modelo autoritario a otros líderes que tengan la intención de perpetuarse en el poder, lo que termina siendo el negocio más fructífero para los chinos, ganar a través de la venta de equipos, proveer las redes y entrenar hasta a los políticos. ¿Quiénes  son los que están colonizando el mundo con una discreción exquisita? (Foto: RDGS, Flickr)