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Afganistán: o ceguera o faltan datos

La política exterior y de seguridad de los EEUU de Donald Trump, o es errática o responde a claves desconocidas pero se parece bastante a un troceamiento de los problemas para darle soluciones distintas en cada caso, sin tener en cuenta intereses globales y considerando que resolver el corto y medio plazo es lo mejor para los intereses nacionales de Washington sin importar las consecuencias a un plazo más largo. Si esto es así y no tiene una lógica secreta, es justo todo eso lo que parecía la política de Obama, por ejemplo respecto a la contención de Irán y su programa nuclear y de lo que fue acusada por Trump.

Afganistán es un buen ejemplo de esto. La Administración Trump ha heredado un viejo plan de Obama de buscar al sector “moderado” del movimiento talibán y tratar de llegar con él a un acuerdo posibilista y de estabilidad al que pudieran sumarse al menos algunos de los señores de la guerra sobre los que se sustenta el frágil Gobierno de Kabul. La Administración Obama apenas pudo avanzar en esta dirección porque varias matanzas a manos de los propios talibanes lo hicieron imposible, al margen de que, a la vez, irrumpieron en la escena afgana el Daesh y se registró algún atentado autónomo de Al Qaeda. Esta es la situación en estos momentos. Precisamente sobre esta base, los asesores de Trump quieren ofrecer a un sector de los talibanes un acuerdo de alto el fuego, autonomía en algunas zonas y participación en la gestión del país a cambio de combatir al islamismo del Daesh y Al Qaeda.
La situación es compleja y hay parámetros que no parecen tener en cuenta los estadounidenses. En primer lugar, no se puede deslindar la situación afgana de la de Pakistán, otra vez en estado de tensión con India, en crisis interna y con una parte importante de su población de etnia pastún, que se extiende a uno y otro lado de la frontera con Afganistán y que constituyen una parte importante de la base social de los taliban. Y a eso se podría añadir el separatismo de Beluchistán, el protagonismo de China en el país y en la región y el siempre existente interés ruso, sin olvidar que Irán es el vecino occidental de Afganistán. Y a todo eso opone Trump un acuerdo con concesiones a los talibán que permita replegar a gran parte de las tropas norteamericanas que está hoy sobre el terreno. Lo dicho, o faltan datos o sobra ceguera. (Foto: Beth Bowman)
Narendra Modi

INTERREGNUM: India: la fiesta de la democracia. Fernando Delage

La pasada semana comenzaron las mayores elecciones de la Historia. Por su alcance y diversidad, ninguna democracia es comparable a India: 1.400 millones de habitantes—tres veces la población de Europa, más de cuatro veces la de Estados Unidos—; 15 lenguas oficiales, ninguna de las cuales es hablada por más del 15 por cien de la población; y múltiples culturas, religiones y subdivisiones sociales. La logística es abrumadora: 900 millones de votantes (84 millones de los cuales lo hacen por primera vez), 800.000 colegios electorales, 1,72 millones de máquinas electrónicas para el voto y 11 millones de funcionarios encargados de supervisar el proceso. Las elecciones se realizarán en siete días distintos en un período de seis semanas, y los resultados no se conocerán hasta el 23 de mayo.

En la tercera mayor economía del planeta, la democracia se reafirma como elemento unificador de la extraordinaria heterogeneidad india, en contraste con su vecino chino, caracterizado por su cohesión étnica y cultural—y por un sistema político de partido único.

Las elecciones son en parte un referéndum sobre Narendra Modi, quien, en 2014, como líder del Bharatiya Janata Party (BJP), logró 282 de los 545 escaños de la Cámara Baja; la primera mayoría parlamentaria obtenida por un partido desde 1984. Al frente del principal grupo de oposición, el Partido del Congreso, se encuentra Rahul Gandhi, heredero de la dinastía que ya dio tres primeros ministros a India, y quien intenta movilizar a los descontentos con la corrupción y con unas reformas económicas que, pese a un crecimiento sostenido, no han creado empleo—las cifras de paro son las más altas en 45 años—ni beneficiado a los agricultores (más del 66 por cien de la población). En las elecciones celebradas en diciembre en tres Estados de población mayoritariamente rural, fue el Congreso quien consiguió la victoria.

El ataque terrorista perpetrado en Cachemira el pasado 26 febrero, por militantes apoyados por Pakistán, han permitido no obstante a Modi restaurar su popularidad y hacer de las cuestiones de seguridad un tema central en la campaña. La mayoría de los analistas pronostican la reelección del primer ministro, aunque es probable que tenga que formar una coalición para gobernar, con lo que se volvería así a lo que ha sido la norma en la política india desde 1984, tras la creciente irrupción de partidos regionales y locales. Ese menor apoyo complicará asimismo las intenciones del BJP de dar al país una identidad hinduista, en contra de las bases laicas de la Constitución de 1949. Mientras India sea una democracia, la agenda nacionalista de un partido será insuficiente—por grande que sea su representación parlamentaria—para imponer sus esquemas en una sociedad tan diversa.

Y ésta es una poderosa lección no sólo para sus vecinos. Cuando Rusia y China se declaran enemigos de la democracia y de los valores políticos liberales, hostilidad a la que se suman distintos movimientos dentro de Occidente, India—con todas las imperfecciones propias de su subdesarrollo—es una de las principales razones que nos permiten ser optimistas con respecto al futuro de la libertad en el mundo. (Foto: Gulan Husain)

space

China gana espacio

China está mediando entre Pakistán e India para aliviar la tensión de los últimos meses en Cachemira y aspira a un nuevo tratado que releve el tenso estatus quo de los últimos setenta años y el que Pekín sea el árbitro de referencia.

El último incidente fronterizo, uno de los más graves desde la última guerra indo-pakistaní que dio origen a la independencia de lo que era Pakistán Oriental con el nombre de Bangladesh, alertó a China, que puede verse atrapada en una guerra entre potencias nucleares en una región en la que tiene fuerzas militares y un conflicto propio, de límites fronterizos, con India. Pero, a la vez, ha visto una oportunidad de figurar como padrino y fortalecer su posición en la región.

No hay que olvidar que, además, en julio de 2017, por ejemplo, hubo un incidente territorial entre soldados chinos e indios en Doklam, cerca de las fronteras de la India, China y Bután. Las dos potencias casi llegaron a un enfrentamiento debido a las acusaciones de que el gobierno chino estaba construyendo una carretera dentro del territorio del aliado indio, Bután. Cerca de allí, China también realizó simulacros de fuego real con tropas de combate.

Pero una cumbre entre el presidente de China, Xi Jinping, y el primer ministro de la India, Narendra Modi, en abril de 2018, ayudó a que las relaciones volvieran a ser positivas.

Pero no se trata solo de que China comparta frontera con la región disputada de Cachemira; China tiene estrechos vínculos económicos, diplomáticos y militares con Pakistán, por lo que es uno de los aliados más cercanos de la nación en la región.

De fondo está el conflicto con los uigures que China, a pesar de la creciente represión, no logra estabilizar. Los uigures son musulmanes sunníes en su mayoría y, por lo tanto, con lazos espirituales con Pakistán y las repúblicas centro asiáticas y China tiembla ante la perspectiva de un gran conflicto con elementos religiosos.

En su tradición pragmática y de oportunismo, China trata de hacer de la necesidad virtud y de una crisis una oportunidad. Y en ese escenario están actuando para ganar espacio político. (Foto: Tal Bright)

kachemira

INTERREGNUM. La espiral indo-paquistaní. Fernando Delage

Poco cabía esperar del segundo encuentro del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un. Al calificar Trump a este último como “un gran líder” que puede proporcionar a su nación “un tremendo futuro”, hay que preguntarse si Washington no ha venido a reconocer de manera tácita el estatus nuclear de Corea del Norte. Las conversaciones han contribuido al menos a rebajar de manera notable la tensión en la península, con la imprevista paradoja de que la Línea de Control que separa, en Cachemira, a dos Estados nucleares—India y Pakistán—ha sustituido a la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas como la frontera más peligrosa de Asia.

Después de que, el 14 de febrero, un terrorista asesinara a más de 40 militares indios en Cachemira, Delhi respondió doce días más tarde con la primera incursión aérea en territorio paquistaní desde la guerra de Bangladesh en 1971. Aunque definió la operación como una “acción preventiva no militar”—su objetivo fue el grupo terrorista Jaish-e-Mohammed—, Pakistán reaccionó de manera inmediata con el envío de sus propios aviones sobre el espacio aéreo indio. ¿Podrá evitarse una nueva escalada? Enemistados desde su independencia, los dos países afrontan la peor crisis en medio siglo, en una espiral que puede escapar con rapidez al control de ambas partes.

Las circunstancias del momento no ayudan a enfriar la hostilidad. India celebra semanas elecciones generales en pocas semanas, y aunque el primer ministro, Narendra Modi, se encuentra con una oportunidad para asegurarse la reelección mediante una línea de firmeza, puede verse asimismo involucrado en un conflicto de consecuencias inciertas. Su homólogo paquistaní, Imran Khan, carece por su parte del poder para determinar las decisiones de las fuerzas armadas. Precisamente por su incapacidad para competir con India con medios convencionales, Pakistán nunca renunció al primer uso de su armamento nuclear, de la misma manera que tampoco abandonará el recurso al terrorismo transfronterizo como “instrumento estratégico” para debilitar a su vecino.

Esta política paquistaní condujo al gobierno de Modi a suspender los canales oficiales de comunicación con Islamabad, y las autoridades de ambos países se encuentran ahora presionados por sus respectivas opiniones públicas para actuar contra el otro. Para complicar las cosas, el margen de actuación de Estados Unidos se ha reducido de manera notable. En choques anteriores—durante la guerra de Kargil en 1999, tras el atentado contra el Parlamento indio en 2001, o en Bombay en 2008, entre otras ocasiones—Washington intervino de manera directa para evitar un conflicto mayor. Estados Unidos reconoce la amenaza terrorista que afronta India desde Pakistán, pero su capacidad de presión sobre éste ha disminuido—en parte por su acercamiento geopolítico a Delhi—, al tiempo que necesita contar con Islamabad como elemento determinante del futuro de Afganistán.

Más eficaces pueden resultar las maniobras chinas.  Su inversión económica y estratégica en Pakistán hará que Pekín se esfuerce por evitar cualquier acción de fuerza contra el país, a la vez que puede dejar de bloquear—como ha hecho a petición de Islamabad—decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU contra los grupos terroristas que cobijan sus generales. China tiene un interés prioritario en evitar un conflicto armado y la desestabilización de Asia meridional. De todo ello discutieron la semana pasada en Yuequing los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia—Sergey Lavrov—, China—Wang Yi—e India—Sushma Swaraj—, en uno de sus habituales encuentros trilaterales. Aunque la reunión ha puesto en evidencia la rápida pérdida de influencia diplomática de Occidente en esta parte del mundo, tampoco servirá, sin embargo, para resolver ese problema estructural llamado Cachemira.

Bin salman

INTERREGNUM: La gira de MBS. Fernando Delage

Al definir el espacio geográfico ocupado por Eurasia, europeos y americanos suelen dejar normalmente fuera a India y a Oriente Próximo. La primera por el obstáculo físico que representa el Himalaya para la interacción con sus vecinos continentales, y la consecuente proyección exterior desde sus costas marítimas a lo largo de la Historia. El segundo, por una dinámica subregional basada en una serie de factores—de la cultura al islam, de las bases no industriales de la economía a la moderna creación de la mayor parte de sus Estados—que han proporcionado reducidas oportunidades de relación con los países de Asia central y oriental.

La geografía puede ser inmutable. Pero las ideas, los avances tecnológicos y los imperativos estratégicos pueden transformar el significado de los condicionantes geográficos. Una variable que lleva años acercando a los países asiáticos con los de Oriente Próximo es, por ejemplo, la energía: los primeros son los mayores importadores de gas y petróleo; los segundos, los mayores productores. Y ambos comparten la misma masa continental, como bien refleja la denominación utilizada por chinos e indios para referirse a lo que los occidentales llamamos Oriente Próximo (o Medio): Asia suroccidental.

Ni el presidente chino ni el primer ministro indio, en efecto, excluyen esta parte del mundo de sus respectivas visiones estratégicas de Eurasia. Lo mismo ocurre desde la otra dirección, como bien pone de relieve la gira asiática que acaba de emprender el heredero de la corona saudí, Mohamed bin Salman, más conocido como MBS. Acompañado por una delegación de más de 1.000 personas, el viaje incluía cinco naciones: Pakistán, China, Malasia, Indonesia e India. Horas antes de su salida se anunció la cancelación de la visita a Indonesia y Malasia, pospuesta a una fecha posterior. Aunque el viaje incluye una motivación personal—MBS busca restaurar su imagen tras el asesinato del periodista Jamal Khashoggi el pasado mes de octubre—, es evidente que Arabia Saudí se reorienta hacia el centro del dinamismo económico y geopolítico mundial.

El primer ministro de Pakistán, Imran Khan, no se sumó al boicot de otros países a MSB tras el asesinato de Khashoggi, y logró de Riad un préstamo de 6.000 millones de dólares para hacer frente a una creciente deuda nacional.  Las relaciones no son fáciles, sin embargo: el Parlamento paquistaní rechazó la petición por parte de MSB de un contingente militar para la guerra de Yemen. Con todo, y aunque el atentado terrorista de la semana pasada en Cachemira ha obligado a reducir la duración de su estancia en Islamabad, se espera la firma de inversiones por valor de 15.000 millones de dólares, incluyendo varios proyectos en el puerto de Gwadar, en el océano Índico, una gigantesca infraestructura que construyen y gestionan empresas chinas.

La República Popular es, por supuesto, uno de los mayores compradores de petróleo saudí. También una de las principales fuentes de inversión en el país, y principal alternativa a unas naciones occidentales cada vez más críticas con Riad. Las relaciones en el terreno de la seguridad son también importantes y debe recordarse que MBS, además de heredero al trono, es ministro de Defensa. China—se sospecha que de manera conjunta con Pakistán—participa en la construcción de una fábrica de misiles de alcance medio.

La visita a India se produce, por otra parte, en plena campaña del primer ministro Modi para su reelección. Arabia Saudí es el cuarto socio comercial de India, con unos intercambios que superaron los 28.000 millones de dólares el pasado año, y unas inversiones en aumento en sectores como las tecnologías de la información, infraestructuras y energía. Casi la mitad de los siete millones de indios residentes en el Golfo viven en Arabia Saudí, un número que se estima aumentará con creces en el marco de los planes de reforma de la economía (“Vision 2030”). La dimensión de seguridad tampoco es menor. MSB intentará establecer una relación de cooperación que acerque a Modi a Riad y le aleje de Teherán, en un contexto de creciente presión norteamericana sobre Irán, mientras que Delhi se esforzará porque Arabia Saudí utilice su influencia sobre Islamabad en contra del terrorismo transfronterizo contra India.

En último término, el viaje es un reflejo de la rápida consolidación de un eje económico y estratégico Oriente Próximo-Asia, revelador a su vez de la rápida pérdida de influencia de Estados Unidos en el mundo arabo-islámico, del vacío de seguridad que está dejando, y del simultáneo incremento de la presencia de China e India para asegurar su estabilidad. Otra nueva variable, por tanto, que deben tener en cuenta los europeos en un momento de necesaria reflexión sobre su papel en el mundo del futuro.

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THE ASIAN DOOR: China contrataca con la Ruta de la Seda digital. Águeda Parra

Aquellos extraordinarios ritmos de crecimiento de doble dígito de la economía china que caracterizaron durante décadas el ascenso del primer exportador mundial ya son parte de la historia reciente del gigante asiático. La crisis financiera de 2008 generó en China los primeros signos de desaceleración de la economía, con tasas de crecimiento que comenzaron a tener un solo dígito, con pequeñas excepciones como en 2010. Un estándar en los ritmos de crecimiento del PIB de China que se ha mantenido desde entonces.

China ha tenido éxito en contener hasta el momento una mayor desaceleración de su economía. Sin embargo, el efecto de la guerra comercial con Estados Unidos, la sobrecapacidad industrial en determinados sectores y el envejecimiento de su población serán unas de las barreras más importantes que tendrá que superar para poder mantener ritmos de crecimiento de magnitud similar en los próximos años. La prioridad para Xi Jinping radica en buscar nuevos motores que impulsen la economía del país, y consoliden el estatus de China como una economía avanzada, de ahí la apuesta por las nuevas tecnologías como el impulso para conseguir la modernización del país.

La necesidad del cambio es tal que el XIII Plan Quinquenal (2016-2020) incorpora un apartado específico dedicado a mejorar Internet y las telecomunicaciones con el resto de países a través de cables terrestres y submarinos, en lo que se ha venido a denominar la Ruta de la Seda digital. En el ámbito de acceso a Internet, China pretende conseguir una conectividad ubicua a alta velocidad en 2020, con una penetración de la banda ancha móvil a nivel nacional que alcance el 85%. En este contexto es donde se enmarcan las iniciativas Internet Plus y Made in China 2025, que harán posible la modernización de todos los sectores económicos, tanto en el ámbito privado como estatal, lo que supondrá un gran impulso para la internacionalización de los estándares chinos, más factible con el despliegue de la red 5G.

Una versión de OBOR 2.0 que ha aprovechado el despliegue de la red de infraestructuras previstas en la iniciativa para impulsar también la conectividad con los países por los que pasa la ruta y que han convertido a China en el país que más activamente invierte y construye cables submarinos del mundo. El cambio de estrategia supone que China pase de tener una participación del 7% en los proyectos de despliegue mundial entre 2012 y 2015, cubriendo exclusivamente la conexión entre China continental con Taiwán y Hong Kong, a participar en el 20% del despliegue de cables submarinos entre 2016 y 2019, donde más de la mitad quedan fuera del área de Mar del Sur de China. Los proyectos más carismáticos de la nueva Ruta de la Seda también destacan por albergar este tipo de proyectos. En el corredor China-Pakistán, el buque insignia de OBOR, se inauguró en julio de 2018 un cable subterráneo de 820 kilómetros que atraviesa el país y que se conecta con la parte china con fibra óptica. Una nueva ruta digital que le permite a China evitar el cuello de botella de tráfico que confluye en la zona del estrecho de Malaca, y que le permite a su vez proteger sus comunicaciones de agencias de inteligencia extranjeras.

Un nuevo orden digital que también alcanza el espacio exterior, con la previsión de que para 2020 China cuente con 35 satélites en órbita que le permitan dejar de depender de la tecnología GPS norteamericana. Adelantos tecnológicos que también abarcarán mejoras en el ámbito militar y que permitirán a China reducir distancias con otras potencias tecnológicamente más avanzadas en el este ámbito.

China cuenta hoy además con grandes “campeonas nacionales” en tecnología que están protagonizando un nuevo proceso de expansión internacional “Go Global 2.0”. Guiadas por la red de infraestructuras que se está desarrollando en los países por los que discurre la nueva Ruta de la Seda, los BAT (Baidu, Alibaba y Tencent) han alcanzado América Latina. La ventaja para las empresas chinas está siendo la alta adopción del Smartphone en la zona, lo que hace que el entorno del e-commerce sea más similar al mercado chino que al norteamericano, lo que conlleva a que las tendencias en los ecosistemas digitales de China se implanten pasados unos años en las plataformas tecnológicas en América Latina.

La inversión es esencial en estos casos, y China ha dedicado cerca de 90.000 millones de dólares en la región desde 2005 y 2016, llegando a representar la financiación de las empresas chinas en 2017 en la región el 42% del volumen total, según la CEPAL. Resulta significativo que el interés de China esté pasando paulatinamente de las industrias extractoras a las nuevas tecnologías, de ahí que parte de esta inversión esté promoviendo el despegue tecnológico que está experimentando América Latina. Una forma más para Beijing de ampliar su ámbito de influencia en la región.

Sri Lanka

INTERREGNUM: China en el subcontinente indio. Fernando Delage

Mientras  la administración Trump continúa revelando gradualmente los elementos de una estrategia de contención de China, y se multiplican por otra parte las críticas en medio mundo a la “trampa de la deuda” que puede suponer la Nueva Ruta de la Seda para los países participantes, Pekín no echa el freno en su proactivismo diplomático. Pakistán y Sri Lanka son los dos ejemplos más recientes de la rapidez con que está cambiando la geopolítica regional.

El nuevo primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó China del 2 al 5 de noviembre. En Pekín mantuvo su primer encuentro con el presidente Xi Jinping, y en Shanghai fue el invitado de honor de la primera “China International Import Expo”, a la que asistió acompañado por docenas de empresarios. Las importaciones paquistaníes de la República Popular ascienden a 14.500 millones de dólares, mientras que sus exportaciones a China apenas alcanzan los 2.000 millones de dólares. Pero aunque el desequilibro comercial sea gigantesco, no es en este terreno donde se encuentran las claves de la relación bilateral.

Tras conseguir una importante ayuda financiera de Arabia Saudí, país que ha visitado dos veces en cinco semanas, Khan ha optado por no denunciar el “affaire Khashoggi”, lo que supone alinearse con Riad frente a su rival iraní. No es sin embargo apoyo suficiente dadas las dificultades crónicas de la economía paquistaní y el creciente volumen de su deuda externa. La República Popular es una apuesta mayor, especialmente cuando en 2018 vencen préstamos chinos que Islamabad tiene que devolver por importe de 2.700 millones de dólares. La estabilidad de Pakistán es fundamental para el éxito de la Ruta de la Seda china—el Corredor Económico China-Pakistán es uno de sus ejes centrales—, de ahí que las necesidades de Khan maximicen las oportunidades de Pekín para reforzar su influencia estratégica en Asia meridional (cuando Trump busca por su parte un mayor acercamiento a India).

La competencia entre las grandes potencias puede observarse asimismo en la crisis constitucional que atraviesa Sri Lanka. El 26 de octubre, el presidente Maithripala Sirisena suspendió el Parlamento y destituyó al primer ministro, Ranil Wickremesinghe, para sustituirlo por Mahindra Rajapaksa, quien fue presidente del país de 2005 a 2015. La inclinación prochina de este último fue considerada como una de las razones del cambio de gobierno hace tres años. Sólo puede especularse de momento sobre si Pekín ha recuperado su margen de maniobra, pero  el gobierno chino envió con rapidez un enviado especial del primer ministro Li Keqiang para felicitar a Rajapaksa.

Fue Rajapaksa quien, en 2007, firmó un contrato con un consorcio de empresas china para construir—por 1.000 millones de dólares—un nuevo puerto Hambantota. Con posterioridad su gobierno ofreció a China una zona exclusiva de inversión colindante con el mayor puerto del país en Colombo, una de cuyas terminales sería adjudicada a firmas chinas en 2010. El proyecto se extendería en 2013, formando así parte de la Ruta de la Seda marítima, y año en que empresas chinas se hicieron asimismo con el contrato de la primera línea ferroviaria en construirse en la isla en un siglo. La deuda asumida por las autoridades obligó a estas últimas a ceder el puerto a China por 99 años.

Esta presencia de Pekín inquieta a India dados sus estrechos vínculos políticos, económicos, militares y culturales con Sri Lanka. La irrupción de un submarino chino en el puerto de Colombo en 2014 fue una señal de alarma sobre la proyección china en lo que Delhi considera como su esfera natural de influencia. Pakistán es el factor de mayor peso en su rivalidad estratégica, pero los dos gigantes compiten igualmente por sus relaciones con otros países del subcontinente, como Bangladesh, Nepal o las Maldivas, donde—en contra de lo esperado—el presidente Abdulla Yameen, considerado como favorable a China, perdió las elecciones celebradas el pasado mes de septiembre. (Foto: Brett Davies, Flickr.com)

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China: nuevos planes, nuevos retos

China tiene en Pakistán uno de sus aliados estratégicos y esta alianza es básica para proyectar comercio, economía y eventualmente fuerzas militares al Golfo Pérsico si los intereses chinos lo consideran necesario.
Las inversiones chinas en este país, al que Pekín ha garantizado cerca de 60.000 millones de dólares para centrales eléctricas, carreteras, vías férreas y puertos de alta capacidad a lo largo de un corredor constituyen una parte esencial para unir China a Euroasia.
Pero ese acercamiento provoca recelos en toda la región. En India porque este país mantiene un conflicto territorial y no exento de incidentes armados con Pakistán; en Irán porque el integrismo sunní pakistaní conspira contra los avances del chiismo iraní; en Rusia porque, a pesar del acercamiento a China reciente, temen una merma de la influencia rusa en la región, y en sectores de Afganistán porque gran parte del terrorismo talibán proviene de Pakistán.
Y China está moviéndose para impedir que su política represiva en la región china de Xinjiang, de mayoría musulmana, se aproveche por otros países para intentar crear una cuña entre los gobiernos chino y pakistaní. Pakistán, a la vez, juega un papel de disputa de la tecnología nuclear a Irán, con la colaboración de Arabia Saudí, el gran enemigo de Teherán.
Con el crecimiento de la influencia y los proyectos chinos en todo el planeta, surgen  los retos en una zona con un escenario complejo y endiablado en el que, tal vez, el famoso pragmatismo chino no sea suficiente.
Pekín va a tener que jugar sus bazas con extraordinaria sutileza y equilibrio para no quedar atrapada en medio de unas tensiones viejas y ajenas a la cultura del Asia lejana. (Foto: Allen Goldblatt, Flickr.com)
imran khan

INTERREGNUM: Elecciones en Pakistán. Fernando Delage

Tras un lento recuento de los votos, y con múltiples protestas sobre posible fraude electoral, los resultados de las legislativas celebradas en Pakistán el 25 de julio abren, aunque sólo en términos relativos, un nuevo escenario político. En la segunda sucesión estable de un gobierno civil por otro en 71 años de historia como Estado independiente, la victoria del PTI (Pakistan Tehreek-e-Insaf) pone fin a décadas de dominio por parte de dos familias: los Bhutto y los Sharif. El próximo primer ministro, el exjugador de cricket educado en Oxford, Imran Khan, se ha impuesto a Shehbaz Sharif—hermano del exprimer ministro Nawaz Sharif—, quien concurría como candidato de la Pakistan Muslim League-Nawaz (PML-N), y a Bilawal Bhutto—hijo de Benazir Buhtto y de Asif Ali Zardari, primera ministra y presidente, respectivamente, en su día—, y actual líder del Partido Popular de Pakistán (PPP).

La falta de experiencia política de Khan—que se inició en su candidatura en las elecciones anteriores, en las que quedó en tercer lugar—no ha sido obstáculo para que los votantes hayan optado por sus mensajes contra la corrupción, y por el atractivo que supone un partido no dinástico. Sería prematuro, sin embargo, considerar que Pakistán va a convertirse en una democracia más abierta y plural porque hayan comenzado a deshacerse ciertas lealtades tradicionales. La violencia de las últimas semanas—con más de 200 muertos—, la censura en los medios de comunicación, la detención de periodistas, o las amenazas a los candidatos del PML-N y del PPP, revelan algunos de los problemas estructurales de un frágil sistema político y una sociedad desigual.

Aún más cuando detrás de esas acciones, y de otras encaminadas a dirigir el voto hacia el PTI, están las fuerzas armadas. Era prioritario para el ejército evitar la victoria del PML-N: el partido de Nawaz Sharif—encarcelado a principios de julio, después de que fuera destituido como primer ministro el pasado año—pretendía ejercer el poder—de haber vuelto al gobierno—con genuina autonomía, y—quizá todavía más grave para los militares y los servicios de inteligencia—aspiraba a negociar un entendimiento con India y a frenar la constante intromisión en los asuntos de Afganistán.

Es cierto que se ha evitado el escenario más inestable, y que parecía más probable: un Parlamento sin una clara mayoría de ninguno de los tres principales partidos. Pero los generales han conseguido en cualquier caso su resultado preferido: un gobierno del PTI. La autoridad política última no descansará por tanto en el gabinete elegido por los votantes, lo que continuará haciendo una anomalía de Pakistán, un Estado nuclear situado en el centro de una conflictiva región.

No cabe esperar pues un deshielo en las relaciones con Delhi. Como tampoco con Washington: Khan ha sido muy crítico con la política antiterrorista y afgana de Estados Unidos. Surgen también nuevos interrogantes sobre el futuro de la relación con China. El Corredor Económico entre ambos países impulsado por Pekín en el marco de la Ruta de la Seda es un proyecto vital para el futuro paquistaní, pero puede verse afectado por un deteriorado contexto económico y financiero local: una crisis en la balanza de pagos parece estar a la vuelta de la esquina. El periodo de unificación nacional que debía abrirse tras estas elecciones tendrá que seguir esperando.

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INTERREGNUM: Pakistán como problema. Fernando Delage

Suele decirse que todos los Estados tienen fuerzas armadas, salvo Pakistán, donde es el ejército quien tiene un Estado. La vuelta, hace unos años, a la normalidad electoral e institucional no ha quebrado del todo este axioma. Los militares continúan al mando de la estrategia exterior: controlan el arsenal nuclear, mantienen viva la hostilidad hacia India, y—cuestión inseparable de la anterior—obstaculizan una solución en Afganistán.

“Nada cambiará al menos que lleguemos a un pacto con Pakistán—o paremos a Pakistán”. “Pakistán sabe lo que quiere. Nosotros no. No tenemos ni una estrategia hacia Pakistán, ni una estrategia de reconciliación [de los afganos]. Sólo tenemos palabras y burocracia”]. La primera frase, es del presidente Karzai; la segunda, de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Estas dos esclarecedoras reflexiones resumen, en su brevedad, qué ha fallado en Afganistán. Pero el lector encontrará una explicación más extensa y detallada en el libro que los cita: “Directorate S: The C.I.A. and America’s Secret Wars in Afghanistan and Pakistan” (Penguin Press, 2018). Su autor, Steve Coll, escritor del New Yorker, decano de la escuela de periodismo de la universidad de Columbia, y ganador del Pulitzer por otro trabajo anterior sobre el origen de Al Qaeda y el 11-S (“Ghost Wars”, 2004), ha dedicado 10 años y centenares de entrevistas para contar una historia que, más allá de un conflicto concreto, describe importantes claves de la actual inestabilidad internacional.

Afganistán ha demostrado, entre otras cosas, los límites del poder de Estados Unidos. Es una historia del desinterés de Washington por el desarrollo económico y la seguridad interna de Afganistán tras la derrota de los talibán: la atención y los recursos se concentraron en Irak, con los resultados bien conocidos. Es una historia de cómo la CIA, el Pentágono y la OTAN, y sus alianzas con los señores de la guerra en el país, están en el origen de buena parte de la corrupción afgana (así lo reconoce en el libro el exsecretario de Defensa Robert Gates). Es una historia de rivalidad entre distintas agencias de la administración norteamericana, cada una de las cuales ha perseguido su propia agenda, con la tolerancia de la Casa Blanca y la marginación del departamento de Estado, aun sabiéndose que no podía haber solución militar a un conflicto político.

Pero Afganistán es, sobre todo, la historia de un fracaso estratégico derivado de la misteriosa incapacidad de Estados Unidos para detener la interferencia de la inteligencia militar paquistaní, Inter-Services Intelligence (ISI). ¿Por qué dos administraciones dirigidas por presidentes de distintos partidos permitieron el apoyo de ISI a los talibán aunque de manera directa atentaban contra los intereses de Estados Unidos? Las maniobras de la agencia, en particular a través de su división de operaciones especiales (la Dirección S que da título al libro), quedan expuestas de manera tanto magistral como inquietante.

Coll retrata con especial perspicacia a decenas de personajes cruciales en el conflicto—líderes políticos, diplomáticos y militares—e identifica los elementos esenciales para entender la tortuosa relación entre Estados Unidos y Pakistán. Es también un demoledor análisis de la autoconfianza que produce contar con el mayor poder militar del planeta, y de la inercia burocrática. Trump quiere aumentar el primero y corregir la segunda; pero también pretende diezmar del todo los recursos diplomáticos. Este libro, sobre la guerra en que más tiempo ha estado involucrado Estados Unidos en toda su historia, explica como pocos lo erróneo de su planteamiento.