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Turquía, Rusia y Estados Unidos

El repunte en la interminable guerra siria, la maldición de los conflictos mal resueltos, amenaza con desestabilizar la Unión Europea siempre tensa y siempre divida ante la cuestión migratoria, y, además, profundizar la crisis de identidad de la OTAN donde uno de sus miembros, Turquía (no precisamente un  modelo de lealtad hacia los aliados en sus relaciones con Rusia) ha sido atacado precisamente por el gran aliado de la región en la zona: Siria. Turquía pide apoyo de la alianza militar occidental mientras presiona con inmigrantes a otro aliado, Grecia, y la crisis está servida.

Pero, sobre el terreno sirio, el enfrentamiento militar tiene claves estratégicas. El teatro de operaciones, la esquina noroccidental de Siria, donde quedan restos de resistencia contra el gobierno de Bashar al Assad, contiene elementos claves fundamentales. Hay sobre el terreno unidades militares de dos fracciones enemigas entre sí y, a la vez, enemigas del Gobierno: restos del Daesh y grupos de población turcomana siria (pero aliada de Turquía); la zona esta recorrida por dos carreteras que unen la costa siria (donde están las instalaciones rusas de Tartus y Latakia) con Líbano y Turquía y, desde sur de Alepo parte la  principal ruta de abastecimiento de Irán, aliado del gobierno sirio, a los terroristas libaneses de Hizbullah vigilada y bombardeada con frecuencia por Israel. Este escenario revela la importancia para Europa y para toda la región de quién lo controle. Ni que decir tiene que la ausencia de Estados Unidos de esta nueva situación añade incertidumbres.

Claro que esta ausencia no es del todo inocente. Turquía ha venido estrechando lazos con Rusia adquiriendo tecnología militar rusa y poniendo en peligro secretos militares de la OTAN, a la que Turquía pertenece. La fisura entre Ankara y Moscú, tras la muerte de varias decenas de soldados turcos, puede volver el péndulo turco hacia occidente, es decir, hacia Estados Unidos.

Movimientos en Irán

Tras el decorado que forman los medios de comunicación que dictan los titulares de la actualidad internacional, marcada principalmente por los vaivenes del enfrentamiento comercial chino-estadunidense y las movilizaciones, cada vez más violentas, en Hong Kong, las protestan en Irán contra el régimen teocrático están pasando desapercibidas.

No es un asunto nuevo. Los últimos años existe un creciente malestar y una demanda de más libertades que ha dado en movilizaciones juveniles y urbanas, aplastadas cada vez por la policía iraní pero que no han dejado de influir en los enfrentamientos internos entre los duros que gobiernan y los más duros, apoyados en un sector de la jerarquía religiosa. La vuelta de las sanciones por las trampas en el acuerdo nuclear y la ruptura del mismo por Estados Unidos ha roto la esperanza de Teherán de mejorar la difícil situación económica.

Irán está poniendo sus esperanzas en el acercamiento a China propiciando por el enfriamiento de las relaciones de Pekín con Pakistán, como analiza esta semana Fernando Delage, y una importante inversión prometida por las autoridades chinas, aunque no parece que esto sea más que un parche, aunque no hay que desestimarlo.

Además, el régimen iraní está cada vez más comprometido en gastos militares en Siria y en Líbano a través de Hizbullah, además de los apoyos a la Yihad Islámica en Gaza, con éxitos relativos hasta el momento.

Este panorama es un test para Teherán cuya influencia den Yemen parece contenida y cada vez más dependiente de los apoyos y los intereses rusas en la región, que sueltan o recogen la cuerda de la presión sobre Teherán según las circunstancias.

Siria: gana Putin y Turquía y pierden los kurdos

La operación militar turca en el noroeste de Siria ha sido políticamente un éxito para Erdogan, que ha logrado aplastar a las milicias kurdas radicales ligadas al PKK y conseguido la ansiada zona de seguridad en su frontera; gana el gobierno sirio que ha logrado establecer tropas en la frontera con Irán y, sobre todo, gana Putin que ha logrado visualizarse como facilitador de un acuerdo entre sirios y turcos, refuerza sus posiciones en la zona y aparece como interlocutor de todos los bandos. Pierden los kurdos, incluso los moderados que han visto deshacerse otra vez, como en los años veinte del pasado siglo, la posibilidad de constituir un Estado propio al calor del caos de Oriente Próximo,

Estados Unidos, a pesar de presentar como un gran éxito militar y con gran aparato propagandístico la muerte del líder del derruido Estado Islámico Al Bagdhadi, ha quedado, al menos de momento, fuera de juego sin aparentes ganas de ejercer más liderazgo en la zona.

Y no se debe olvidar a Irán, cuyos aliados rusos y sirios han consolidado su posición y, aunque con condiciones, fortalecerán su presencia militar en Siria lo que supone, cuando menos, una amenaza directa para Israel.

Aunque los protagonistas principales parecen haber ganado todos algo, no se anuncia una estabilidad duradera. La consolidación de la influencia iraní mantiene en alerta a saudíes y egipcios, que mantienen una guerra indirecta con Teherán en Yemen y, a la vez, los lazos entre la teocracia iraní y grupos palestinos como Hamás y libaneses como Hizbullah obstaculizan cualquier avance hacia un posible acuerdo con Israel que apadrinan, precisamente, Arabia Saudí y Egipto.

Al final, también en este flanco del gran problema de Oriente Próximo, Putin se erige como gran vencedor y se estrechan los lazos entre Moscú y Jerusalén.

El test turco

La decisión de EEUU de retirar las tropas desplegadas en Siria, en un sector del norte de Siria a lo largo de la frontera de Turquía, abandonando a tropas de la coalición sirio-kurda aliada de Washington revela en toda su crudeza el laberinto de Oriente Medio y sus contradicciones. Turquía quiere ocupar esa zona y desarmar a las milicias kurdas que podrían amenazar su territorio y EEUU ha pactado con Ankara dejarle vía libre a cambio de concesiones militares.

La situación no es simple. Entre las unidades kurdas hay contradicciones y ha habido enfrentamientos militares, ya que algunas provienen del viejo PKK, la organización comunista kurda dirigida en el pasado por Okhalan y en tiempos aliada de Rusia. El PKK es responsable de atentados terroristas en Turquía y representa un riesgo, no sólo para este país sino para la zona y para las instituciones kurdas asentadas en Irak y en Siria. Principalmente contra estos grupos está pensada la operación ya preparado por Turquía y que Ankara anuncia como inminente. Estados Unidos ha filtrado que se ha asegurado con las autoridades turcas la limitación de la intervención militar a las milicias relacionadas con el PKK.

Turquía es un país de la OTAN y su unidad nacional y su supervivencia como aliado son consideradas estratégicas por Occidente desde hace décadas. Su control de las salidas y las costas del Mar Negro y de las cabeceras hidráulicas del Tigris y el Éufrates lo explican.

Pero, a la vez, Turquía ha girado y establecido acuerdos con Rusia para colaborar en Siria. Entre esos acuerdos está la instalación en territorio turco de sofisticados sistemas rusos que, para actuar, necesitarán coordinación técnica con Turquía que, por ser miembro de la OTAN, posee los códigos de identificación amigo-enemigo de los cazas occidentales, un tesoro para los rusos.

No se conoce el acuerdo turco-estadounidense para dejar manos libres a Turquía en el norte de Siria, pero seguro que el asunto de los misiles rusos habrá estado sobre la mesa y probablemente EEUU habrá obtenido alguna garantía. Pero habrá que verlo. El test turco es el de todo Oriente Medio.

Israel-Trump: cierta tensión con China al fondo

Hay tensión, de nivel bajo de momento, entre Jerusalén y Washington, aunque está pasando desapercibida. Y esta situación tiene que ver con el acercamiento entre Israel y China desde el pasado año. En octubre de 2018, Netanyahu y el vicepresidente de China, Wang Qishan, fueron los anfitriones de una conferencia de comercio e innovación de alto perfil en Jerusalén. Netanyahu anunció en ese momento que los dos países concluirían un acuerdo de libre comercio en 2019, y que China planea invertir fuertemente en infraestructura israelí, incluidos nuevos puertos y un tren ligero.

Este hecho ya llamó la atención de las autoridades estadounidenses que ven con preocupación el establecimiento de puertos directamente chinos o gestionados por empresas chinas a lo largo de la ruta de acceso del transporte occidental entre el Pacífico y el Atlántico. Puertos chinos en Pakistán; una base militar en Yibuti a las puertas del Mar Rojo; el proyecto de un nuevo puerto construido por China en Haifa, en la costa norte de Israel; la gestión del puerto de Nápoles, y las conversaciones para que empresas chinas entren en la administración de los puertos de Barcelona y Valencia son jalones en una estrategia que EEUU observa con precaución.
El mes pasado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, advirtió al primer ministro Benjamin Netanyahu que, si Israel no frena sus vínculos con China, su relación de seguridad con Estados Unidos podría sufrir. Se informó que mensajes similares han sido retransmitidos en los últimos meses por altos funcionarios de la administración de Trump, incluidos el Asesor de Seguridad Nacional John Bolton y el Secretario de Estado Mike Pompeo.
Porque además del puerto de Haifa hay una pretensión china de entrar en las telecomunicaciones en Israel, de momento frenada tras un informe del servicio interior de inteligencia, el Shin Bet, por temor a la penetración de inteligencia china a través de su tecnología. Hay que recordar que en Israel hay instalaciones conjuntas de EEUU e Israel para control del espacio radioeléctrico, entre otras cosas. Donald Trump reestableció una relación con Netanyahu, que se había deteriorado en tiempos de Obama. El primer ministro israelí y el anterior presidente discrepaban en numerosos asuntos, aunque entre las dos administraciones los lazos siempre han sido sólidos.
Pero la situación es nueva. China quiere estar en todos los países que pueda y llega con dinero y proyectos generosos, esa es su forma de entrar. Pero en Israel, como en Europa, las tecnologías informáticas chinas han encendido alarmas y planteado la duda sobre la bondad de algunos contratos y alianzas. Además, en aquella región, con presión terrorista sobre Israel y Rusia fortaleciendo posiciones a pocos metros de la frontera israelí con Siria e Irán como aliados, cualquier movimiento de este tipo puede ser un tsunami. China sigue ganando protagonismo con su estrategia pragmática y cada vez es menos prescindible en cualquier zona del planeta. Ese es el dato. (Foto: Zsolt Varga)

Moscú, Jerusalén y más.

El acercamiento, cauteloso y con desconfianza pero acercamiento al fin y al cabo, entre Rusia e Israel reflejan con toda claridad el error estratégico de Estados Unidos con su renuncia a encabezar el protagonismo occidental en Oriente Medio iniciada por Obama y continuada por Trump. Este pasado fin de semana, Netanyahu y Putin han pactado que Israel no pondrá ningún reparo a la ocupación de hecho de Siria por parte de Rusia y la contención, por parte de Moscú de Irán, aunque Putin aceptará, también de hecho, ataques israelíes a fuerzas iraníes si éstas traspasan los límites que Rusia tratará de imponer.

“Dejé bien en claro que no permitiremos un atrincheramiento militar iraní y que continuaremos actuando militarmente contra él”, dijo el primer ministro israelí tras la reunión. “La idea es crear un organismo de trabajo que maneje la normalización final después de que los últimos focos de terrorismo sean sometidos, involucrando a todos los interesados: el liderazgo de la República Árabe Siria, tal vez la oposición, otros países de la región y todas las partes involucradas en este conflicto”, precisó. Y añadió, confirmando la aceptación del proyecto ruso de arbitrar la situación manteniéndose firme en la zona: “Entre otras cosas, se trataría de la plena restauración del Estado sirio, con su integridad territorial intacta”, de lo cual “hemos hablado durante mucho tiempo y es totalmente consistente con la posición rusa”.

Así pues, Rusia será la protagonista del realineamiento estratégico en el que Israel tratará de encontrar un doble escudo: conseguir cierta protección de Moscú y, a la vez, reforzar su capacidad de disuasión con su fuerza militar frente al bloque chíi de Irán y Hizbullah.

Pero no hay que olvidar que hay otro campo, el sunní, aglutinado bajo el liderazgo saudí por la amenaza iraní que mira hacia Estados Unidos y con quienes Israel mantiene relaciones cada vez más públicas.

Esas son las piezas que Estados Unidos parece no saber encajar en un solo tablero. (Foto: Edgardo W. Olivera)

INTERREGNUM: Trump, Kim y los aliados. Fernando Delage

A finales de este mes, posiblemente en Vietnam, el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, celebrarán un segundo encuentro. Una nueva reunión a este nivel puede servir, como la reunión de junio en Singapur, para crear una aparente dinámica de estabilidad entre ambas naciones, y por tanto en la región. Sin embargo, ni resolverá el problema de fondo—Kim no va a renunciar a sus capacidades nucleares—ni tranquilizará a los aliados de Estados Unidos, con cuyos intereses Washington no parece contar.

Así ocurre con Corea del Sur estos últimos días. El 31 de diciembre venció el acuerdo entre ambos socios sobre la financiación de la alianza; unas condiciones que se han actualizado cada cinco años desde 1991. Según diversas fuentes, la Casa Blanca exige a Seúl un aumento de su contribución del orden del 50 por cien, una demanda que ningún gobierno surcoreano—menos aún uno de izquierdas como el actual—podría aceptar. A medida que pasen las semanas sin un entendimiento, aumentan las posibilidades—se temen numerosos analistas—de que Trump pueda ofrecer a Kim alguna concesión con respecto a la alianza. Quizá no fue casualidad que la dimisión de James Mattis como secretario de Defensa se anunciara tras concluir la última ronda de conversaciones con Corea del Sur, como tampoco lo es que Trump haya vuelto al ataque en Twitter sobre cómo la seguridad de sus prósperos aliados está subvencionada por los contribuyentes norteamericanos. La retirada de Siria y Afganistán indica que la hostilidad del presidente hacia las alianzas no es mera retórica.

Dividir a Estados Unidos y Corea del Sur es por supuesto un elemento central de la estrategia de Pyongyang. Y es un objetivo detrás del precio que Kim puede pedir—en forma de retirada de los soldados norteamericanos del Sur de la península—para ofrecer a la Casa Blanca no el abandono de sus instalaciones nucleares, pero sí el fin del desarrollo de misiles intercontinentales, la prioridad más inmediata para la administración Trump. Las recientes declaraciones del secretario de Estado, Mike Pompeo, a Fox News, en el sentido de que lo primero es la seguridad del territorio de Estados Unidos han sido por ello un jarro de agua fría para Seúl, y un motivo de satisfacción para Corea del Norte.

Es mucho en consecuencia lo que está en juego en este segundo encuentro. Trump busca el mayor triunfo en política exterior de su presidencia, para poder utilizarlo de cara a su reelección. Pero puede poner también en marcha un desastre estratégico a largo plazo para la seguridad de Corea del Sur, para la de otros aliados—como Japón—y en realidad para los propios Estados Unidos. Si Washington pierde Seúl, perderá la península y el noreste asiático en su conjunto. Kim habrá ganado una partida, pero no final: quizá Corea del Sur tendrá que plantearse su nuclearización, aunque el juego quedará en buena medida en manos de China, que observa con deleite cómo esta Casa Blanca deshace sistemáticamente los pilares del poder norteamericano en Asia. (Foto: Matt Brown)

United States: Another Step Back.

(Traducción: Isabel Gacho Carmona) Donald Trump’s decision to withdraw troops from Syria and Afghanistan has caused an earthquake in the American political scene. It was due to the opposition from the political and military leadership, the White House presidential advisers, analysts and experts and the resignation of Jim Mattis, a general who had already been set aside by Obama for his opposition to the presidential renounce to take a more active role in Syria. Mattis, who was re-fished by Trump, is reputed to be tough but was building bridges with Europe and the Middle East in the face of the swings of Trump. This is the most serious crisis of the Trump Administration, not only because of the deepening of the loss of confidence within its environment, but also because of the message that the US gives to Russia, Iran and China.

In Syria, Trump’s policy has followed Obama’s, but with more fuss. The US never got significant allies on the ground or had a clear strategic plan. After attempting to overthrow Bashar al-Assad without putting sufficient forces or allies on the ground, US eventually developed tactical plans to control strategic zones with the support of its Kurdish allies to the north and some Arab groups to the south and east. Thus, they left the whole global initiative to the Russians who, with the support of Iran and the al-Assad government, reversed the situation, consolidated the regime and gave widespread support to the presence of Iranian forces and Lebanese allied militia of Tehran, Hizbullah, drawing a new strategic framework in the region. The withdrawal of the troops leaves the few US allies to their fate and gives green light to the victory of Russia and Iran.

The withdrawal of troops also from Afghanistan, after years of vacillation between the war and pressures on the Government of Kabul to negotiate with the “moderate” fraction of the Taliban, is another step in the confusion. In Afghanistan today, the Taliban movement is stronger, Al-Qaeda has reappeared, and the Islamic State has begun to act.

The most important thing here is the message. The protectionism and isolationism of Trump is not only economic, but also military. The US allies in each region begin to doubt and confidence is cracked, which will probably lead them to unilateral measures to strengthen their positions or vary their alliances. Regarding the opponents, Russia and China, Trump is telling them that to the extent they increase their pressure, the risks of their strategic advances decrease, as long as they do not directly attack the United States.

Estados Unidos: otro paso atrás

La decisión de Donald Trump de retirar tropas de Siria y Afganistán ha provocado un terremoto en la escena política norteamericana por la oposición de parte de la cúpula política y militar, asesores presidenciales de la Casa Blanca, analistas y expertos y la dimisión de Jim Mattis, un general que ya había sido apartado por Obama por su oposición a la renuncia presidencial a tener un papel más activo en Siria, que fue repescado por Trump, que tiene fama de duro pero que estaba tendiendo puentes en Europa y Oriente Medio ante los vaivenes de Trump. Es la crisis más grave de la Administración Trump, no sólo por la profundización de la quiebra de confianza de su entorno sino por el mensaje que EEUU da a Rusia, Irán y China.

En Siria, la política de Trump ha seguido la de Obama, aunque con más aspavientos. EEUU nunca logró aliados significativos sobre el terreno ni tuvo un plan estratégico claro y tras pretender derrocar a Bashar al-Ásad sin poner sobre el terreno ni aliados ni fuerzas suficientes, acabó por desarrollar planes tácticos de controlar zonas estratégicas con apoyo de sus aliados kurdos al norte y algunos grupos árabes al sur y al este. Así dejaron toda la iniciativa global a los rusos que con apoyo de Irán y del gobierno de al-Ásad revirtieron la situación, consolidaron al régimen y dieron un amplio respaldo a la presencia de fuerzas iraníes y de milicia libanesa aliada de Teherán, Hizbullah, a poca distancia de las fronteras de Israel y dibujando un nuevo marco estratégico en la región. La retirada de las tropas deja a los escasos aliados de EEUU a su suerte y da luz verde a la victoria de Rusia e Irán.

La extensión de la retirada de tropas también de Afganistán, tras años de vacilación entre la guerra y las presiones al Gobierno de Kabul para que negocie con la fracción “moderada” de los talibanes, es un paso mas en la confusión. En territorio afgano hoy está más fuerte el movimiento talibán, ha reaparecido Al Qaeda y ha comenzado a actuar el Estado Islámico.

Lo más grave: el mensaje. El proteccionismo y el aislacionismo de Trump no es sólo económico, sino también militar. Los aliados de EEUU en cada región comienzan a dudar y la confianza se resquebraja lo que, probablemente les llevará a medidas unilaterales para reforzar sus posiciones o a variar sus alianzas, Y para los adversarios, Rusia y China, Trump les está diciendo que en la medida en que aumenten su presión disminuyen los riesgos de sus avances estratégicos si no atacan directamente a Estados Unidos. (Foto: Chris Marquardt, flickr.com)

Crimen y caos

El crimen del consulado de Estambul no sólo está suponiendo el revés más importante para la monarquía saudí en décadas, sino que puede acarrear un reajuste geoestratégico en la región con efectos negativos.

En primer lugar, que haya tenido lugar en Turquía y que este país se haya convertido, tal vez a su pesar, en el fiscal del caso plantea un problema y probablemente facilitará una salida no excesivamente traumática para Ryad. Turquía y Arabia Saudí son cautelosamente aliados. Les une su adscripción al sunismo islámico y su rechazo a una solución en Siria que pase por la supervivencia del régimen de Al Assad. Les separa la alianza de Ankara con Moscú que, a la vez, es un firme aliado del régimen sirio y de Irán, enemigo total, y bélico en Yemen, de los saudíes.

A la vez, la presión sobre los saudíes ha hecho reforzar sus lazos al eje sunní integrado básicamente por Bahrein, Jordania, Egipto y Arabia (Marruecos en segundo plano) que viven tratando de romper el crecimiento de la influencia y la presencia de Irán en toda la región. Debe añadirse que, aunque desde una discreción cada vez menor, nunca antes se había vivido un acercamiento como el actual entre Israel y el régimen saudí, amenazados ambos por Teherán.

Y, de fondo la presión de los medios de comunicación y la izquierda mundial que tratan de presentar a Arabia saudí como el gran Satán junto a su aliado EEUU. La satrapía saudí es hace tiempo el pretexto para encubrir los crímenes iraníes o justificar cierto terrorismo y es significativa la influencia de este clima de opinión en los gobiernos occidentales bienpensantes instalados en lo políticamente correcto en lo público y en la hipocresía y el realismo político en privado y en la práctica.