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INTERREGNUM: Caos bajo el cielo. Fernando Delage

“Caos bajo el cielo: la situación es excelente”. El supuesto comentario de Mao Tse-tung, aplicado—según unos—al desorden que él mismo quiso crear durante la Revolución Cultural para afianzar su poder, y—para otros—una referencia a los disturbios de finales de los años sesenta en París y California, transmite la idea de que los dirigentes chinos se sienten cómodos ante la anarquía; que, ante sus sutiles lecturas de los cambios en la correlación de fuerzas, saben situarse con ventaja ante los cambios de ciclo históricos. El elemento disruptivo más reciente con que han tenido que encontrarse ha sido Trump: por su victoria inesperada en las elecciones de 2016, por el grado de hostilidad que mantuvo hacia Pekín, y por la ausencia de todo proceso previsible en su administración.

La Casa Blanca de Trump, en efecto, ha sido un paradigma de caos, y muy especialmente en relación con la formulación de la política a seguir hacia China, como describe con todo lujo de detalles el periodista del Washington Post, Josh Rogin, en su reciente libro Chaos Under Heaven: Trump, Xi, and the Battle for the 21st Century (Houghton Mifflin Harcourt, 2021). Uno de los argumentos centrales de Rogin es que Trump supo identificar el desafío planteado por China, pero fue incapaz de formular una estrategia coherente y de mantenerla en el tiempo.

Siguiendo un enfoque cronológico, el libro va narrando las sucesivas batallas internas en la administración. Desde un surrealista primer encuentro del jefe de la diplomacia china, Yang Jiechi, con el yerno de Trump y su asesor Steve Bannon, semanas después de las elecciones, hasta el estallido de la pandemia en 2020, el lector encontrará una prolija descripción de las maniobras de unos miembros del equipo del presidente contra otros, de los múltiples conflictos de intereses en juego, y—como contraste—el heroísmo de unos pocos altos cargos por intentar mantener la sensatez entre uno y otro tweet de Trump.

Pese al título de su libro, Rogin se concentra en la dimensión comercial y tecnológica de la rivalidad con Pekín, lo que puede en parte justificarse porque el propio Trump mostró un limitado interés por las cuestiones estratégicas y geopolíticas. Pero también en esta dimensión existe el peligro de un caos que pueda conducir, sin embargo, a una situación en absoluto excelente. Con el fin de llamar la atención sobre a qué puede conducir una escalada entre los dos gigantes, el antiguo oficial de Marines Elliot Ackerman y el almirante James Stavridis, antiguo jefe militar de la OTAN, han escrito una novela con una trama a un mismo tiempo fascinante y terrorífica.  Con el ritmo de un buen thriller, este trabajo de ficción (2034: A Novel of the Next World War, Penguin 2021) es sobre cómo China y Estados Unidos van a la guerra en 2034 tras una batalla naval en aguas cercanas a Taiwán, y con una China que actúa de manera aliada con Irán y con Rusia.

La ventaja tecnológica china desconcierta a Washington que, en respuesta a un ataque al territorio de Estados Unidos y a la detención por los iraníes de un piloto norteamericano, decide recurrir al armamento nuclear, medida que será respondida por Pekín con los mismos medios. Entre tanta destrucción, será India quien emerja como principal potencia mundial.

El escenario es apocalíptico, pero los autores han sabido describir muchas de las fuerzas que impulsan la actual incertidumbre política global: las capacidades derivadas de la inteligencia artificial, los mecanismos de poder en China y las crecientes ambiciones de sus líderes, las motivaciones nacionalistas rusas e iraníes, o la convicción norteamericana de superioridad. Lectura de entretenimiento, pero con aviso sobre lo fácil que puede ser perder el control de los acontecimientos.

Alianza trasatlántica sí, pero…

La conferencia anual sobre política de seguridad internacional de Munich, este año con protagonismo del nuevo presidente de EEUU, Joseph Biden, ha sentado las bases del reforzamiento de los lazos trasatlánticos tras los roces entre Donald Trump y la UE. A la cabeza del discurso de reforzamiento de estos lazos, desde el lado europeo, han estado Francia y Alemania, la principal potencia militar y la principal potencia económica de la Unión tras la salida de Gran Bretaña.

Sin embargo, debajo de los discursos formales han una realidad que a veces queda oscurecida. Biden ha planteado las tres principales exigencias de EEUU: forjar una alianza contra el desafío de China, ser más exigente frente al creciente autoritarismo de Rusia y sus desafíos estratégicos en Europa y aumentar el gasto militar y de defensa europeo, hasta ahora apoyado en el presupuesto de los Estados Unidos; y estas tres exigencias son las mismas que planteaba Trump, aunque éste con malos modos y con menos énfasis en el factor ruso. Tanto Francia como Alemania han aceptado este marco y el aumento de gasto, pero este es un compromiso ya expresado en el pasado sin que se haya hecho realidad y esto crea cierta desconfianza en Estados Unidos. Hay que resaltar que coincidiendo con esta cita, buques de la Armada Francesa han hecho presencia en zonas marítimas del Pacífico en las que China exige exclusividad desafiando los tratados internacionales y la libre circulación.

Parece evidente que la nueva Administración estadounidense, por cultura, por tradición y por evidentes razones históricas y de interés común quiere alejar cualquier duda sobre los lazos estratégicos con la Europa democrática pero este concepto no es compartido homogéneamente por los socios europeos entre los que algunos preferirían ser una tercera vía entre EEUU y China o Rusia.

Y no hay que perder de vista las advertencias de Biden sobre el riesgo de deterioro de las instituciones democráticas que suponen los movimientos populistas a uno y a otro lado del Atlántico y detrás de algunos de los cuáles parece estar Moscú.

Además, EEUU quiere reforzar alianzas con sus aliados tradicionales en Asia, en lo que va a ganar protagonismo India, como analiza nuestro colaborador Fernando Delage, y Europa está ausente de aquella zona a pesar de la reciente exhibición de pabellón por parte de París que, por otra parte, está desarrollado una activa política diplomática y militar en otra zona tensa como es el mediterráneo oriental. A Europa se le acaba la coartada Trump y asumir sus compromisos.

INTERREGNUM: China: de Trump a Biden. Fernando Delage

Con la llegada de un nuevo presidente de Estados Unidos, no se harán esperar los ajustes en la relación con China. Durante la campaña electoral, Biden evitó entrar en detalle en la cuestión: básicamente se limitó a indicar que la República Popular es un competidor más que una amenaza, y que representa un desafío que Estados Unidos puede afrontar y ganar. Las profundas diferencias entre los votantes del Partido Demócrata sobre cómo responder al problema de China pueden explicar la indefinición de Biden como candidato. Instalado en la Casa Blanca, ya no puede permitirse ese distanciamiento.

Los primeros indicios de lo que piensa su equipo han empezado a conocerse. En su comparecencia en el Senado la semana pasada para su confirmación como próximo secretario de Estado, Antony Blinken dijo coincidir con las premisas de la política china de la administración Trump, pero no con sus métodos. Esto significa, en otras palabras, que resulta necesaria una estrategia industrial y tecnológica que permita reforzar la competitividad norteamericana; una política económica más sofisticada que no dependa tan sólo de tarifas y sanciones; y la reconstrucción de alianzas para contar con una coalición más amplia que condicione los movimientos chinos. Pero ¿qué ocurre si esas premisas no son del todo correctas, y el cambio de métodos encuentra sus propios obstáculos?

En el terreno económico, el nivel de interdependencia entre los dos actores y la virtual imposibilidad de un “decoupling” imponen a Biden la necesidad de un acercamiento a Pekín. Pese a las medidas de Trump, el déficit comercial de Estados Unidos con China al terminar su administración era el mismo que en 2016 (345.000 millones de dólares), bajo el mandato de Obama. Y quienes más se han visto perjudicados han sido los trabajadores (300.000 empleos menos) y exportadores norteamericanos (que han visto caer en picado sus ventas al mercado chino). Mientras Estados Unidos lidia con las consecuencias de la pandemia, la economía china está creciendo a un ritmo superior que antes del contagio. Y las sanciones de Trump han acelerado por lo demás los esfuerzos chinos dirigidos a corregir su dependencia de Estados Unidos y dar un salto cualitativo en el liderazgo de nuevas tecnologías, a la vez que ha cerrado acuerdos comerciales de gran alcance con sus vecinos asiáticos (el RCEP) y con la Unión Europea (el CAI).

La principal dificultad de Biden es la divergencia en las opciones de cada uno de los dos gigantes. Mientras China aparece como defensora del libre comercio, y continúa avanzando en la consolidación de una posición central en la economía global, Biden tiene un reducido margen de maniobra para evitar un mayor aislamiento de Estados Unidos. La hostilidad del Congreso y de la opinión pública norteamericana hacia estas cuestiones—como hacia la globalización en general—, condiciona prioridades estratégicas como el regreso al TPP. El dilema se agrava porque no es sólo un problema en las relaciones bilaterales: afecta asimismo a los vínculos de Washington con sus aliados. Tanto en Asia como en el Viejo Continente, Pekín es visto como un socio indispensable a largo plazo. Un estudio del European Council on Foreign Relations que se acaba de publicar revela que, para la mayor parte de los europeos (el 79 por cien, en el caso de los españoles), la economía china será más importante que la norteamericana en diez años. El compromiso de Biden de trabajar con los aliados puede verse obstaculizado, por tanto, al no existir siempre una coincidencia de intereses.

Algo similar ocurre en la esfera de defensa. La rápida modernización militar china ha reducido la superioridad de Estados Unidos en el Pacífico occidental, y aumentado el desequilibrio entre las capacidades chinas y las de sus vecinos. El escenario fiscal norteamericano, en un contexto en el que hay que atender prioridades internas—de las infraestructuras a la sanidad, de la educación a la desigualdad—será prácticamente imposible un aumento de los gastos de defensa. Pero tampoco un objetivo de liderazgo militar respondería al actual terreno de juego, de naturaleza fundamentalmente geoeconómica. Ni puede dar Washington por descontado que sus socios vayan a alinearse abiertamente contra Pekín. La consecuencia de esta dinámica es un gradual deterioro de la credibilidad de las alianzas de Estados Unidos, y una percepción de inevitabilidad de la centralidad china.

Son dilemas todos ellos bien conocidos por Kurt Campbell, quien fue responsable de la política del “pivot” de Obama como secretario adjunto para Asia en el departamento de Estado, y acaba de ser nombrado para un cargo de nueva creación, el de coordinador para el Indo-Pacífico, en la Casa Blanca. No le va a faltar trabajo, pues la transición de una a otra administración no puede suponer un mero cálculo de más o menos “decoupling” de China. Se trata de reconceptualizar de manera integral la relación con Pekín; un desafío en nada comparable a otros retos anteriores experimentados por Estados Unidos desde su irrupción como gran potencia a finales del siglo XIX.

Año nuevo, problemas viejos

2021 ha comenzado trepidante.  Los estrambóticos, además de bochornosos, sucesos de Washington contienen en sí mismos muchos mensajes sobre la situación de inestabilidad de los sistemas democráticos más sólidos, situación que está siendo aprovechada, sin el menor sonrojo, por los sistemas autoritarios que no dudan en explicar cómo sus formas de gestionar que no dependen de controles judiciales independientes, ni de elecciones ni de sociedad civil efectiva son más eficaces para hacer frente a pandemias, crisis políticas y catástrofes. Así en el caso de China que tiene la desfachatez de comparar las movilizaciones por la democracia en Hong Kong con el asalto al Capitolio en Washington. Pero no es el único caso. Se oyen mensajes parecidos en Moscú, La Habana,  Piongyang y Teherán.

El certificado de debilidad institucional que ha supuesto el asalto de los partidarios de Trump a una de las instituciones más sagrada del constitucionalismo deja en manos de Biden la obligación de reparar y consolidar el edificio democrático estadounidense y, además, demostrar en el exterior la solidez, la capacidad y la voluntad de EEUU de seguir al lado del bando de las libertades, el orden y la estabilidad internacional de la que tanto Trump como Obama se replegaron con cierta imprudencia. Aunque hay que subrayar, precisamente en momentos en que su figura está siendo demolida sin matices por su irresponsabilidad y resistencia antidemocrática a abandonar el poder, que en los últimos momentos de su mandato, el presidente  Donald Trump ha impulsado unos cambios sin precedentes  en Oriente Próximo, la región más potencialmente explosiva del planeta desde el fin de la II Guerra Mundial,  al acercar a a Israel y los países árabes de mayoría sunni, los principales aliados occidentales en aquella región. Además del factor de contención de Corea del Norte que significó Trump.

Eso no debe ocultar la faceta nacionalista, antiliberal, populista y por lo tanto de desprecio a las reglas democráticas básicas, que ha significado el presidente Trump y algunos de sus seguidores por todo el  mundo. Al final, la distancia moral, ética y estética entre Nicolás Maduro y Donald Trump es casi inexistente, aunque los estadounidenses están protegidos por una fortaleza institucional, un edificio constitucional y unas tradiciones  envidiables que, de momento, están muy por encima de cualquier presidente por más irresponsable, zafio y prepotente que sea.

EEUU, China y las caricaturas

Mientras en Estados Unidos comienza una etapa política nueva que debe afrontar y resolver el deterioro institucional sin dañar las iniciativas internacionales y nacionales que han sido positivas, China sigue a lo suyo, fortaleciendo sus avances, reaccionando con soberbia y propaganda a las críticas y avanzando posiciones. Este parece ser parte del escenario inmediato al que debe enfrentarse la Administración Biden a partir de enero y, con ella, las sociedades occidentales democráticas.

En EEUU, la victoria demócrata, pírrica pero victoria, ha desconcertado el egocentrismo de Trump que en su reacción ha contribuido no poco a la crispación y al deterioro institucional y de la confianza hacia el sistema de aquel país. Y en la escena internacional se ha celebrado la victoria de Joe Biden como si fuera propia, por unos y por otros, incluso por aquellos que en pocos meses estarán otra vez en el discurso anti EEUU y anti occidental ante la frustración sobre las expectativas alimentadas irracionalmente por la propaganda y las caricaturas.

Donald Trump ha sido, para casi todo el mundo, una caricatura dibujada en los ambientes “progres” y alimentada de prejuicios, falsedades y medias verdades, sin dejar de añadir que el pintoresco político ha aportado lo suyo con su falta de tacto, de educación, de contención, de conocimiento de tantas cosas y de chulería. Pero si apartamos la hojarasca, encontramos una Administración que por primera vez en décadas no ha iniciado ni agravado ningún conflicto en el exterior, contra las profecías de la izquierda y su empeño por afirmar lo contrario (antes al contrario, ha logrado avances espectaculares y sin precedentes en Oriente Próximo y los Balcanes) ; ha mejorado la economía interna aunque con medidas proteccionistas nocivas a medio plazo (medidas que la izquierda ha venido defendiendo para sus países) y ha planteado una decidida contención de la expansión china que Biden no va a cambiar profundamente. Pero a Trump lo ha acabado devorando su propio personaje dificultando hacer un balance riguroso de su gestión.

Media Europa está celebrando la victoria de Biden. La otra parte, la que estuvo bajo influencia de Rusia durante cuatro décadas, mira con incertidumbre los nuevos tiempos ya que había encontrado en Trump un presidente comprensivo para sus políticas de cerrazón y desconfianza frente a Bruselas. Pero Biden no va a contentar a los primeros tanto como sueñan ni va a marginar a los segundos tanto como temen. Los intereses nacionales de EEUU, como los de cualquier país, tienen unos parámetros permanentes que Biden no va a cambiar. Se mantendrán barreras proteccionistas (como las tiene la UE), se tratará de frenar las intimidaciones rusas, se mejorará la relación trasatlántica pero se seguirá exigiendo a Europa más inversión propia en Defensa y acuerdos para abrir más los mercados y se seguirá chocando, tal vez con mejores formas, por la vía de concesiones que Bruselas viene defendiendo respecto a Cuba y Venezuela.

La desinformación es la verdadera ganadora de la contienda electoral. Nieves C. Pérez Rodríguez

En un ambiente mucho menos festivo que en previas elecciones y cargado más bien de ansiedad por conocerse el resultado final, pero también por el temor a protestas ante al anuncio del candidato ganado, se ha celebrado el día electoral en EEUU. Mientras, en las principales ciudades del país se prepararon con barreras antidisturbios e incluso la misma Casa Blanca puso barricadas a sus alrededores para protegerse frente a la posible violencia que puede llegar a desatarse, producto de una polarización social muy profunda que se ha acentuado en los últimos años.

La campaña ha sido dura, con fuertes acusaciones de ambos lados. A los demócratas se les acusa de tener una agenda socialista radical y, en efecto, es lo que ha hecho que el Estado de Florida lo ganaran los republicanos. Mientras que a Trump se le acusa de dividir fuertemente el país, aupar a los supremacistas blancos y de un terrible manejo de la pandemia que de momento supera los 9 millones de ciudadanos contagiados.

Sin embargo, la economía estadounidense aún en plena pandemia repuntó bruscamente durante los 3 últimos meses de campaña, creciendo a un ritmo trimestral récord de 7,4% de acuerdo con las cifras oficiales. Aunque el daño de la paralización de la pandemia está presente según los analistas. Pero lo cierto es que a pesar del parón producido por el confinamiento ha quedado demostrada la entereza de la primera economía del mundo.

Fue una campaña electoral atípica.  Debido a la pandemia se estimuló el voto temprano para evitar grupos masivos de electores, así como el voto por correo. Todo en medio de un ambiente agitado que ha acabado por deteriorar más las instituciones estadounidenses. Y eso, en gran parte, se debe a Trump, quien en el uso de su tono soez no mide palabras o descréditos para ganar adeptos.

El deterioro de la credibilidad de las instituciones es un punto de inflexión en los Estados Unidos y la mayor preocupación de los analistas. Y el ganador de esta reñida contienda tendrá la gran responsabilidad de restablecer esa credibilidad o al menos contener su deterioro. 

Los republicanos pueden estar tranquilos en cuanto a la Corte Suprema, pues su mayoría es conservadora, y, a pesar de que la silla presidencial la ocupe un demócrata, las decisiones que por allí pasen serán más de corte conservador. En cuanto al Congreso, de momento todo apunta a que se quedará como estaba. Es decir, la Cámara de Representantes en manos de los demócratas y el Senado tendrá mayoría republicana, lo que garantiza que sus prioridades continuaran parecidas. Y habrá un equilibrio sano para el sistema.

Con un Senado de mayoría republicana se seguirá luchando y aprobando leyes que pongan un freno a las arbitrariedades chinas, bien sea en cuanto al robo de propiedad intelectual, o de posible espionaje a través de la red 5G o Huawai, la defensa por la las libertades religiosas de los individuos chinos (incluyendo a las minorías musulmanas, los budistas y cristianos en China), seguirán hablando sobre la importancia de devolver la autonomía a Hong Kong pero sobre todo se hará mucha énfasis en Taiwán y la imperiosa necesidad de que ese enclave permanezca fuera de los tentáculos del PC chino.

Si continuara Trump en la Casa Blanca su política exterior hacia Asia andaría por la misma línea. Pero si Biden tomara el poder, en este punto no podría retornar a la situación de hace 4 años atrás, por lo tanto, aunque es probable que se suavice un poco el tono, no se cambiará sustancialmente la postura.

La Administración Trump se ha centrado mucho en los problemas domésticos, dejando un vacío en el liderazgo internacional que bien ha intentado llenar Beijing. Es posible que Biden tomará una posición más activa internacional, aunque poco probable que Washington recupere el liderazgo internacional al que nos tenía acostumbrado.

Todo apunta a que los resultados de las elecciones se harán esperar, y la razón de ello es la inmensa división que ha experimentado esta nación. Estados Unidos es hoy un país dividido ideológicamente en dos partes casi iguales. Pero la grandeza de la democracia y la fortaleza de su economía lo hará salir adelante, y tal y como dice su juramento a la bandera seguirá siendo “una nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”.

Incertidumbre en Washington, incertidumbre mundial

Las elecciones presidenciales de EEUU llegan con un alto índice de incertidumbre y, por una vez, no solo acerca del quien ocupará la Casa Blanca los próximos cuatro años sino sobre la estabilidad institucional del país.

Varios expertos consideran que la polarización de la sociedad estadounidense, agravada los últimos años, representa un riesgo de confrontaciones sociales que podrían conducir a una parálisis institucional con repercusiones nacionales e internacionales.

La situación se agrava con la coyuntura electoral. Los mensajes de Trump poniendo en duda la limpieza del proceso electoral en lo que hace referencia al voto por correo, el hecho de que, por la pandemia, ya se haya producido gran parte de este voto que los analistas estiman que es mayoritariamente por Biden, y la posibilidad de que Trump gana en el voto en urna, dibuja un escenario preocupante con una alta movilización callejera.

A esto hay que añadir la existencia de milicias civiles armadas. Las milicias existen desde la fundación misma de los Estados Unidos y responde al modelo de construcción del Estado (desde lo local lo nacional) y a la  concepción de que la sociedad civil tiene derecho a armarse frente eventuales deficiencias o excesiva intervención de los poderes estatales, Así viene recogido en la famosa enmienda constitucional.

Las milicias, contra lo que se suele difundir en Europa sin apenas matices, no son todas de extrema derecha ni de paletos armados. Hay milicias de extrema derecha, de derecha, de fundamentalistas religiosos, de ideología confusa y de extrema izquierda. Las primeras son rurales, de estructura abierta, exhibicionista y prepotente. Pero, aunque menos numerosas, las de extrema izquierda son de ámbito urbano, se presentan como de “autodefensa”, “antifascistas” o resistentes, han adoptado una estructura clandestina y en células, como el terrorismo clásico europeo y latinoamericano y han aumentado su presencia a raíz del último choque racial.

Algunos expertos consideran que este escenario puede facilitar choques sin precedentes en EEUU y llevar a una parálisis interna muy grave.

En el plano internacional, como señala nuestra colaboradora en Washington Nieves C. Pérez en su entrega de esta semana, un posible bloqueo internacional tendría importantes consecuencias en el plano internacional y especialmente en Asia Pacífico. Si a la voluntad (tanto de Trump como lo fue de Obama) de desligarse de algunos compromisos para volcarse en plano interno se suma una incapacidad institucional para actuar, aunque fuera temporal, en un escenario donde China aumenta cada día su influencia y su agresividad, la desconfianza de los aliados tradicionales de Occidente va a crecer. De hecho, Australia lleva años diseñando estrategia propias, aunque sin dejar de contar con EEUU; Filipinas ha aumentado sus intercambios con China, Japón expresa dudas y reclama más protagonismo y Corea del Sur ha aumentado sus iniciativas autónomas. Aunque Estados Unidos ha aumentado sus mensajes de apoyo, Taiwán corre más riesgo cada día.

Ese es el clima con que se espera noviembre y los resultados electorales, sin olvidar que ese mismo panorama envuelve a Europa, donde una ausencia de Estados Unidos y algunas veleidades europeas pueden animar a Putin a aumentar sus ya notables audacias desestabilizadoras.

Vuelven discursos del pasado

En la última etapa de la campaña electoral para la presidencia de los Estados Unidos las referencias a la política exterior, y en concreto en relación con China, comienzan a converger en una crítica al régimen de Pekín. Ya sea por conveniencia puramente electoralista, ya sea por que se asumen como incontrovertible la creciente agresividad de la autocracia china, el candidato demócrata Joe Biden ha endurecido su discurso contra China y ha calificado al presidente chino, Xi Jinping, como matón, a pesar de que, o quizá precisamente por esto, el gobierno chino ha expresado su preferencia por la derrota de Donald Trump y su equipo.

Pero el giro demócrata no se reduce a poner más énfasis en el peligro de la extensión del modelo chino y en la estrategia de expansión comercial política y militar de China por todas aquellas zonas del planeta que considera de su interés. Es más preocupante la adopción de parte del discurso nacionalista y proteccionista de Trump por lo que consideran, en sintonía con las bases sociales en que se apoya Trump, que  la desindustrialización que afecta a la clase media y trabajadora estadounidense es consecuencia de factores exteriores y necesita instrumentos e incentivos que limiten el libre comercio. Estos planteamientos, que también están creciendo en Europa a caballo de los populismos, tanto de izquierdas como de derechas, reclaman más intervenciones estatales, más regulaciones de los mercados, más limitaciones a las iniciativas y a las libertades individuales y, por consiguiente, más presión fiscal apara garantizar el aumento del gasto público, es decir, imitar en parte al modelo chino.

El Covid-19 se instala en la Casa Blanca. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Covid-19 ha sido el gran dolor de cabeza de los políticos durante este año, en busca de encontrar una fórmula para evitar un colapso económico mientras se intenta contener el contagio masivo.  Estados Unidos no ha manejado bien esta crisis y tampoco ha liderado internacionalmente el manejo de ésta frente al titubeo de la OMS al comienzo de este caos. Trump decidió quitarle los fondos a la organización y salirse de la misma. Una vez más, el presidente de la mayor economía del mundo dejaba ver su temperamento y diplomacia atropellada que, a pesar de los cuatro años en el poder, sigue sorprendiendo.

Todos los meses de la pandemia han pasado con un mundo medio paralizado, una economía mundial que deja ver los efectos de la cuarentena y unos Estados Unidos que se han resistido a imponer normas para evitar más contagios, como el uso obligatorio de mascarillas, la distancia social de grupos y regulaciones en cuanto al número de visitantes a restaurantes y bares. Lo cierto es que en la cultura anglosajona imponer normas que coarten la libertad se convierte en un gran dilema, porque el Estado como institución no puede obligar a sus ciudadanos a seguir estos protocolos sanitarios basado en que atentan contra la libertad individual. Y sin justificar el comportamiento de Trump frente a la crisis, es cierto que no es habitual que desde la Casa Blanca se regule el comportamiento ciudadano o el manejo de una situación puntual -como el covid-19- a los 50 estados que conforman la nación.

Sin embargo, desde principio de año Trump se resistió a dar importancia a la magnitud de la crisis. Se resistió también a presionar para que se tomaran medidas más drásticas, por temor al efecto negativo en la economía, que ha sido siempre su obsesión. Se resistió también a abogar por el uso de la mascarilla como mecanismo de prevención de contagio. Y para colmo contradijo en público en múltiples ocasiones a las autoridades sanitarias más capacitadas del país, para intentar disminuir la gravedad del asunto.

Y exactamente a un mes de elecciones presidenciales en Estados Unidos, y en el momento más álgido de la campaña, Trump informa desde su cuenta de Twitter que la primera dama y él han contraído Covid-19. Como un castigo divino a tanta negación y resistencia al virus, o simplemente por el hecho de no haber sido más precavido, el presidente y parte de su equipo y algunos senadores republicanos ahora han contraído el virus.

En plena campaña electoral el contagio puede ser mucho más alto, porque los eventos electorales y las reuniones con los asesores de la campaña estaban haciéndose a diario. Paralelamente, Trump intentaba conseguir logros políticos, como la nominación de la juez Amy Coney Barret a la Corte Suprema, por lo que hicieron un evento el pasado sábado 27, en los jardines de la Casa Blanca, en el que participaron un gran número de autoridades y miembros del gabinete y ninguno de ellos portó una mascarilla. De acuerdo con fuentes internas, hubo también reuniones a puerta cerrada con algunas de estas figuras. Además, Trump estaba preparándose para el primer debate presidencial con el candidato John Biden, por lo que estuvo reunido en privado con grupos diferentes previo al diagnóstico.

La dificultad de esta situación es que políticamente podría complicarse el panorama para la Administración si más senadores republicanos siguen dando positivo, porque eso podría ocasionar que no lleguen a tener la mayoría en el Senado para la votación de la juez a la corte suprema, o alguna legislación que requiera ser votada en los próximos días previo a las elecciones. Porque tal y como establece la ley, los senadores tienen que estar presente en el hemiciclo para ejercer su voto. Pero también pone al país en una situación vulnerable si otros miembros de la Administración dan positivo. De momento el vicepresidente Pence ha dado negativo y planifica continuar con el liderazgo de la campaña electoral, pero su rol ahora mismo debería ser el quedarse en la Casa Blanca y estar listo para liderar la nación frente a una situación en la que el mismo Trump quede imposibilitado por unos días.

El sábado pasado Trump twitteaba un video en el que aparecía dando un corto mensaje a la nación agradeciendo los buenos deseos mientras daba una imagen de control a pesar de estar afectado por el virus, y en el que admitía que por su edad estaba más afectado que Melania quien es 24 años más joven que él.

Las próximas horas serán clave para determinar el rumbo político de Estados Unidos, y la salud de Trump. Pero de momento el partido de oposición ha suspendido toda la propaganda negativa en contra de Trump y los mensajes públicos de los demócratas han suavizado el tono como un gesto solidario a la salud del presidente.

Es prematuro pronosticar los resultados electorales, pero lo que sí es claro es que el electorado de Trump es fiel y no cambia de opinión frente a comentarios o circunstancias. Y el electorado de Biden reúne a todo lo anti Trump y a los que culpan a la Administración de la mala gestión de la pandemia. Con un presidente convaleciente, la Bolsa también ha sentido el impacto, además de una economía golpeada por los efectos del Covid-19. Como todo 2020 ha sido impredecible e incierto, las siguientes cuatro semanas lo serán porque dependerán de la evolución médica del presidente.

Otra estacada para China. Nieves C. Pérez Rodríguez

En cuenta atrás para las elecciones, en un panorama político muy áspero, con una división social que parece agudizarse cada día y en medio de la peor pandemia que hemos conocido, la Administración Trump sigue su campaña por mantenerse en el poder mientras continúa su lucha con Beijing.

Los anuncios al final de la semana pasada venían de manos de la Secretaria de Comercio, que en esta ocasión ponía plazos para prohibir el uso de las plataformas Wechat y Tiktok. A pesar de que ya se había advertido sobre posibles bloqueos o prohibiciones, no deja de ser una estacada más a las ya complejas relaciones entre Washington y Beijing.

El pasado 6 de agosto Trump firmaba una orden ejecutiva que prevenía a los ciudadanos y empresas estadounidenses de la prohibición del uso de estas aplicaciones en un plazo de 45 días. En desarrollo de esa orden se oficializa la prohibición y tal y como decía el comunicado del Departamento de Comercio se explicaba que “se han tomado acciones significativas para combatir la recopilación maliciosa de datos personales de los ciudadanos estadounidenses por parte de China, al tiempo que promovemos valores nacionales conforme con las normas democráticas basados en la aplicación agresiva de la ley estadounidense”.

El debate en Washington se ha centrado en el peligro que representan estas plataformas para la seguridad nacional, la política exterior y la economía de los Estados Unidos. Por lo que la medida imponía un bloqueo a las tiendas de Apple y Google para que no puedan ser descargadas -a través de ellas- ninguna de las dos aplicaciones.

Wechat es una plataforma de mensajería multipropósito, pues funciona parecida a WhatsApp -mensajes de textos, de voz, envío de videos, llamadas- pero con más opciones y más usuarios en el mundo, pues desde el 2018 tiene 2 mil millones de usuarios activos. Es también una aplicación de videojuegos y de pago o envío de dinero, por lo que la prohibición afectará a entidades bancarias, negocios e individuos que la utilizaban para hacer transacciones diarias. La llaman el “super app” porque reúne las funciones de Twitter, Facebook, Google Play, WhatsApp y Slack.

Tiktok, por su parte, es una plataforma que permite crear, editar y compartir videos, mientras da la opción a los usuarios de interactuar entre sí comentando sus videos, compartiéndolos y además cuenta con una opción de mensajería directa. Inicialmente las cuentas eran públicas de forma predeterminada, lo que dejaba la biografía del perfil abierta, el nombre y la imagen del usuario, por lo que los usuarios sin importar su edad podían ser vistos y estaban accesibles a otros usuarios, lo que fue una de las primeras confrontaciones en los Estados Unidos.

Tiktok se concibió para permitir el envío de mensajes directos entre usuarios, lo que ocasionó que adultos interactuaran con niños. Esto abrió una primera batalla en la que el ente de protección al consumidor estadounidense (Federal Trade Commission, FTC por sus siglas en inglés) basándose en la ley de protección de la privacidad de niños (Children´s Online Privacy Protection) llevó el caso al Departamento de Justicia y la operadora de videos china acordó a pagar 5.7 millones de dólares. Lo que es la pena civil más alta por haber violado la privacidad de menores hasta el momento.

Además del pago millonario acordado en febrero del 2019, TikTok fue obligada a respetar la ley de protección de la privacidad de niños y, por lo tanto, tuvo que retirar videos de menores de 13 años para poder seguir operando en territorio estadounidense el año pasado.

Para ambas aplicaciones la prohibición de descargarlas entraba en vigor el lunes. Pero en el caso de Titktok se había concedido seguir una extensión hasta el 12 noviembre, con la idea de dar ocho semanas de gracia en las que se propiciara un acuerdo con la firma tecnológica estadounidense Oracle.

Para sorpresa de todos, a tan sólo 24 horas de que la prohibición entrara en rigor, el mismo Trump anunciaba que el acuerdo se había concretado e indirectamente se atribuía el éxito de este. Aunque no se conocen detalles, se ha hecho público que Oracle y Walmart tendrán el 20% de participación en lo que ahora será TikTok Global.

Para eliminar las dudas sobre brechas de seguridad de la plataforma, Tiktok se separará de ByteDance, que es la empresa china que la creo en sus comienzos, y Oracle le proveerá de una nueva nube -cloud- con el propósito de acabar con las dudas sobre el malicioso uso, manejo y almacenamiento de la data.

Tiktok prometió también pagar 5 mil millones de dólares al Departamento del Tesoro estadounidense para crear una iniciativa educativa, que es parte de lo que ha venido promoviendo Trump, de que detrás de un buen negocio siempre el Estado recibir algún beneficio.

Trump es un profundo convencido de su gran capacidad para hacer acuerdos, sus famosos “deals” que no siempre son en efecto un buen negocio. Pero lo que se puede ver con la nueva prohibición de Wechat y el acelerado acuerdo de Tiktok es el famoso juego de presión, que tanto le gusto a Trump y que a priori a dado resultado.

A tan solo 6 semanas de la contienda electoral que puede reelegirlo o por el contrario, derrotarlo, Trump va a usar el acuerdo como un éxito más de su gestión. Sin embargo, con tan pocos datos es apresurado afirmar que es en efecto, un buen negocio, o por lo menos la duda del riesgo para la seguridad nacional sigue estando muy presente, pues el 80% de la partición de TikTok seguirá estando en manos chinas, aunque la propuesta tenga contemplado agregar más ejecutivos estadounidenses.