Entradas

rex butler

En qué se parecen Trump y la prostituta de ‘Lo que el viento se llevó’. Miguel Ors Villarejo

El verano pasado, una profesora de Hangzhou le planteó a Hollis Robbins si le apetecía colaborar en un ensayo en el que se comparaba a la Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó con la protagonista de Sueño en el pabellón rojo, un clásico de la literatura china del siglo XVIII. “La idea”, explica Robbins, “era escoger un personaje americano fuerte […] y otro chino durante un periodo […] de convulsión […] y observar sus estrategias de supervivencia”.

“Seguro”, repuso Robbins, aunque no estaba nada segura. No había terminado de leer Sueño en el pabellón rojo, pero conocía bien la obra de Margaret Mitchell y sentía curiosidad por ver qué opinaban de ella unos académicos libres de los prejuicios que dominan las universidades estadounidenses.

El resultado del experimento es curioso, no tanto por lo que los chinos dicen de la novela, como por lo que la novela dice de los chinos (y de rebote, de los americanos). Sucede a menudo que los comentarios de texto iluminan menos el texto comentado que al comentarista del texto. Ian MacEwan relataba hace poco al Telegraph que a su hijo le encargaron en clase un ensayo sobre su libro Amor perdurable. “Reconozco que le di un tutorial de qué debía tener en cuenta”, recuerda. “No leí el trabajo, pero su profesor no estuvo en absoluto de acuerdo. Creo que le puso una C+ [equivalente a un seis]”.

¿Y qué dicen los chinos de Lo que el viento se llevó? Li, la colega de Robbins, sostiene que Scarlett es una heroína valiente, que se adapta a la triunfante revolución industrial “y levanta una nueva vida sobre las viejas ruinas”. Ha entendido el “potencial que encierra el comercio con el Norte, aprovecha la oportunidad de hacer negocio con los yanquis y se enriquece”.

No es una lectura disparatada. Li no es la primera en advertir que la implacable frialdad con que Scarlett gestiona su aserradero encaja en el arquetipo del “impetuoso y rapaz CEO americano”. Lo que a Robbins le extraña es que Li no tenga más palabras de reproche para el tono nostálgico con que se retrata la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión, Ku Klux Klan incluido. En Estados Unidos siempre se ha considerado deplorable, pero a Li le parece que tampoco es para tanto porque, al final, la historia acaba poniendo a cada uno en su sitio. ¿Quién sale adelante? Scarlett, que no pierde el tiempo en lamentaciones y mira al futuro.

Todo su entorno, por el contrario, se hunde lentamente, arrastrado por el empeño en revivir los buenos viejos tiempos. Recuperar la grandeza pasada se convierte en la única prioridad y a ella se supedita todo lo demás. Mitchell simboliza esta subversión de valores en la pleitesía que la aristocrática Melanie rinde a una próspera prostituta, con la que jamás se le hubiera ocurrido relacionarse en tiempos de paz, pero que ha donado 50 dólares de oro a la causa de la Confederación y, tras su derrota, está sufragando la erección de estatuas. Melanie “ha decidido que la política importa más que la moral”, dice Robbins, y por eso no duda en montarse al carruaje de aquella mujer “vulgar y chabacana”.

“Se me ocurre”, observa Robbins, “que mientras los expertos se rascan la cabeza tratando de desentrañar por qué tantos votantes de buen corazón de la Iglesia Evangélica han apoyado a un hombre con una ejecutoria tan descarada y sórdida como la del actual presidente, nuestra propia ficción nos cuenta todo lo que necesitamos saber”.

Al centrarse en el racismo de Lo que el viento se llevó, se ignora su enseñanza más provechosa: que los viejos tiempos no van a volver y que hay que dejarse de erigir estatuas y de reescribir el pasado y, como Scarlett, dedicarse a escribir lo único que está en blanco: el futuro.

Eso es al menos lo que opina la profesora de Hangzhou.

Entrevista Sue

Entrevista a Sue Mi Terry: Trump es la razón de que Corea del Norte esté negociando. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Mientras muchos seguíamos cautivados las imágenes del gran encuentro entre los líderes de las dos Coreas, en Washington Trump visitaba por primera el Departamento de Estado desde que tomara posesión de la presidencia para acompañar a Mike Pompeo a asumir formalmente el rol de Secretario de Estado. Pompeo, en su primera alocución después de haber jurado su cargo afirmó “haremos uso de una diplomacia dura”, lo que ha despertado temor entre los analistas de que su concepción de diplomacia sea más bien de uso de la de fuerza en contra de una herramienta más sofisticada para ganar espacios, confianza y credibilidad. También aludió al intrincado conflicto con Corea del Norte y enfatizó que esta Administración, “a diferencias de otras”, buscará resolverlo.

A este respecto 4Asia conversó con la Dr. Sue Mi Terry, considerada la experta número uno en asuntos coreanos. Nacida en Seúl, educada en Estados Unidos, sirvió en la CIA como analista de asuntos coreanos durante más de 7 años, evaluando y produciendo documentos de inteligencia presentados con frecuencia al presidente en sus informes diarios. Formó parte del Consejo de Seguridad Nacional tanto para Bush como Obama y ahora mantiene una actividad académica intensa y publica en los medios más respetados de los Estados Unidos.

¿Cómo se pudo estar al borde de una guerra y ahora en medio de encuentros amistosos colmados de sonrisas y galanterías y que si esto se debía al carácter impredecible de Trump?  Según la experta, “se trata de una combinación de factores; las sanciones que ha reforzado la Administración Trump han jugado un rol importante, ciertamente, así como la dureza y presión máxima que les ha impuesto Trump”. Pero, en su opinión, “Kim Jon-un ha terminado su programa nuclear, que está entre un 90 y un 95% terminado”. Los últimos ensayos, dice, lo han demostrado. “Los 3 misiles intercontinentales lo han probado; y el último de noviembre del pasado año, además, han demostrado que tienen capacidad de llegar a territorio estadounidense. Por lo tanto, Kim Jon-un sabe que este es un buen momento para sentarse a negociar con Trump”.

Asimismo, explica que el hecho de que el presidente de Corea del Sur invitara a Corea del Norte a participar en los Juegos Olímpicos ayudó a cambiar el rumbo de las cosas, pero, insiste, “Kim Jon-un calculó su tiempo; entre la fuerte presión internacional y las duras sanciones que asfixian su rudimentaria economía, él sabía que era el momento de sentarse a negociar. Por su parte el presidente Moon cree profundamente en que la vía de solución al conflicto pasa por la negociación. Ha trabajado mucho y muchos años por esa idea”. Con una larga trayectoria política, señala, activista de derechos humanos, Jefe de Gabinete del expresidente surcoreano Roh Moo-hyun (2003-2008), el presidente ha sido siempre un profundo convencido que las relaciones entre ambas Coreas tienen que normalizarse “y para ello hay que generar un diálogo respetuoso”, explica Terry.

Hemos pasado de no haber visto nunca salir fuera de territorio de Corea del Norte a Kim Jon-un, desde que tomó control del país en 2011, a una visita oficial a China, y luego recibir a Pompeo (cuando aún no había sido oficialmente ratificado) y el encuentro entre las dos Coreas, mientras se habla del encuentro entre Trump y Kim.

¿Cómo es posible que todo esto esté sucediendo tan rápido, sabiendo que en diplomacia todo necesita tiempo, meses de planificación para poder llegar a algún acuerdo?. “Todo se debe a Trump” señala Terry enfáticamente. “Tenemos un presidente muy diferente a lo que estamos acostumbrados en Estados Unidos. Si hubiéramos tenido cualquier otro presidente, republicano o demócrata, no se hubieran sentado a negociar con Kim Jon-un después de un año cargado de tantas provocaciones. A George Bush le fue solicitado varias veces reunirse con Kim Jong-il (el padre de Kim) y no lo hizo.  Pero Trump es un hombre del mundo del espectáculo y los reality shows, le gusta figurar y la cobertura mediática y esta historia le dará exactamente todo eso”. Desde el punto de vista de Corea del Sur, su incentivo es “salir de la situación de amenaza de ataque preventivo” (planteada por Trump).

Explica que los surcoreanos estaban especialmente preocupados de que Estados Unidos realizara un ataque preventivo al Norte del que se estuvo hablando entre noviembre del 2017 y enero de este año, razón por la que estaban dispuestos a acelerar el proceso, y con él, los encuentros.

“Ciertamente, Donald Trump, como candidato y como presidente ha sido diferente. Ha roto hasta con el conservadurismo de familia modelo. No acumula trayectoria política, ni méritos puntuales más allá del de su propio apellido y creación de su fortuna. Acostumbrado a mandar en sus negocios, pone en práctica el mismo modelo de gestión en la Administración pública y en la diplomacia, si es que se puede seguir usando ese mismo concepto”

Pero en esta ocasión, dice, hay que reconocer que esa extravagante forma podría llevarnos por un largo camino que acabe donde mismo hemos pasado ya muchas décadas, con falsas expectativas alimentadas desde Pyongyang mientras gana tiempo y consigue un programa nuclear casi terminado. “La relación ya no es de inferioridad, por el contrario, se pasaría a negociar entre iguales, lo que sube el status de Corea del Norte considerablemente; en pocas palabras, Corea del Norte saldría legitimada”.

Mind the gap

Irán: ¿continuismo y revisión?

Continuar o no con el acuerdo con Irán sobre la contención de su programa nuclear firmado por la Administración Obama es una de las decisiones que debe tomar Trump en medio de una gran presión internacional para que lo mantenga y una única invitación a revisarlo por parte de Israel.

Ya el mismo Obama había admitido las limitaciones de ese acuerdo que fue presentado como un mal menor que frenaría el desarrollo del programa iraní durante diez años, pero que no incluye garantías de revisión de las instalaciones ni afecta al programa de misiles cuyas pruebas demuestran que los cohetes podrían llegar a Europa y que están siendo desplegados en sus versiones cortas en Siria con protección rusa.

Como siempre, Europa está instalada en el posibilismo y en la vieja filosofía de que es mejor un acuerdo limitado que un no acuerdo. Y esto alimenta la propaganda iraní llena de amenazas en caso de ruptura y la sugerencia rusa de que no hay uno mejor que sea posible. Desde Israel, que vive con angustia existencial el rearme de Hizbullah (con misiles iraníes) en su frontera norte, se ve de otra manera convencido de que Teherán sigue con sus investigaciones de manera encubierta.

En realidad, la Administración Trump parece querer una revisión para incorporar un mayor control y una cláusula de control del programa de misiles, en lo que en parte estaría de acuerdo Francia y Alemania, pero Teherán no admite ni siquiera la discusión sobre estos puntos. Plantee lo que plantee, Trump tiene garantizada la oposición de gran parte de la opinión pública europea, pero tal vez los riesgos que aparecen por el horizonte no pueden depender de estas opiniones.

Social Network

La salsa secreta era más kétchup. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales”, cuenta Sue Halpern en The New York Review of Books, “un artículo de la revista suiza Das Magazine […] empezó a circular por internet. Mientras los expertos diseccionaban el colapso de la campaña de Hillary Clinton, los redactores de Das Magazine […] apuntaban una explicación totalmente distinta: el trabajo de Cambridge Analytica”. Esta compañía elaboraba perfiles con la información captada en Facebook y bombardeaba luego a cada votante con “mensajes políticos diseñados para apelar a sus emociones”. Por ejemplo, para defender la libertad de poseer y portar armas, a alguien “caracterizado como neurótico” no se le hablaba de la segunda enmienda, sino que se le enviaba un vídeo “en el que aparecían unos ladrones allanando un piso”. Y la gente proclive a los ataques de ansiedad recibía “anuncios alertando sobre los peligros que planteaba el Estado Islámico”.

Christopher Wylie, un antiguo empleado de Cambridge Analytica arrepentido de sus pecados, corroboraba en marzo las sospechas de la revista suiza ante un grupo de periodistas europeos. “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”, titulaba El País tras aquel encuentro. “Los datos son nuestra nueva electricidad”, razonaba Wylie. “No puedes encontrar trabajo si no tienes Linkedin. No puedes licenciarte si no usas Google. No puedes avanzar en la vida sin ellas”. En principio, estas plataformas son gratis y maravillosas, pero nuestros correos, nuestro historial de navegación, nuestros me gusta quedan minuciosamente registrados en sus servidores y suponen un formidable botín. Dylan Curran esbozó hace poco en The Guardian una aproximación de su auténtica magnitud. “Tienen cada imagen que he consultado y guardado, cada lugar en el que he clicado, cada artículo que he leído y cada búsqueda que he realizado desde 2009”, escribía. Y facilitaba la URL desde la que cualquiera puede descargarse esa información. En su caso, ocupa 5,5 gigas, el equivalente a unos 17.000 libros, según calculan en esta web.

De entrada, resulta artificial afectar sorpresa. Rasgarse las vestiduras recuerda la reacción del capitán Renault cuando Rick le pregunta en Casablanca por qué le cierra el café. “¡Estoy escandalizado”, responde, “acabo de enterarme de que en este local se juega!” Acto seguido, uno de los camareros le vuelca en la mano un puñado de fichas: “Sus ganancias, señor”.

También ahora los diarios que condenan la intolerable falta de consideración de Facebook por la intimidad de sus usuarios comercian con ella con el mismo entusiasmo con que Renault apostaba en la ruleta. Detrás de la columna del New York Times que denunciaba “la máquina de vigilancia de Facebook”, el software antipublicidad del bloguero Doc Searls bloqueó 13 rastreadores de información. “Sus ganancias, señor”.

Es cierto que “esta vez es diferente”, porque, como observan Nicholas Thomson y Fred Vogelstein en Wired, “los datos no han servido para que Unilever venda mayonesa”, sino para que un desaprensivo llegue a la Casa Blanca y Reino Unido salga de la UE.

¿O tampoco ha sido para tanto?

William Davies distingue en la London Review of Books dos aspectos en este escándalo. Por un lado, el trasiego no autorizado de información personal, que tiene que investigarse y castigarse, y por otro, la idea improbable (en el sentido literal de que no puede probarse) de que Cambridge Analytica cambió el curso de las presidenciales y el referéndum sobre el brexit gracias a “la salsa secreta” de sus algoritmos. La principal evidencia que tenemos al respecto son unas imágenes captadas con cámara oculta para Channel 4 en las que Alexander Nix, su ya cesado CEO, presume ante un posible cliente de haberse encontrado “varias veces” con Trump y de haberlo dirigido “como si fuera una marioneta”.

Convendrán conmigo en que la solidez de lo que un CEO afirma durante una entrevista comercial con un posible cliente es cuestionable. ¿Qué otras pruebas hay de que Cambridge Analytica haya desarrollado un software capaz de manipularnos como títeres? No digo que no sea posible, pero mi impresión es que esta tecnología se halla en una fase bastante rudimentaria. Mi mujer recibió durante una temporada correos que la invitaban a alargarse el pene. Recuerdo que una vez íbamos en el coche. “A este paso, los robots no van a dominar el mundo”, comentó con hartazgo.

Estoy de acuerdo. Para empezar, ¿existe capacidad para procesar la barbaridad de terabytes que cada día volcamos en el ciberespacio? Ya hemos visto que los 5,5 gigas que Google tiene de un humilde redactor de The Guardian equivalen a 17.000 libros. Incluso un voraz lector como Bill Gates, que se liquida cuatro o cinco al mes, tardaría 250 años en digerir semejante barbaridad.

“¡Pero eso no lo hacen personas!”, me objetarán. “¡Lo hacen algoritmos!”

Sin duda, pero, una vez más, ¿qué evidencia tenemos? Matthew Hindman, un profesor de la Universidad George Washington que estudia aprendizaje de máquinas, cuenta en su blog que envió un correo a Aleksandr Kogan, el científico responsable del modelo que Cambridge Analytica usaba para elaborar los perfiles de los votantes, para interesarse por su funcionamiento. “En una notable muestra de cortesía académica”, escribe, “Kogan respondió”. Y aunque por desgracia no fue demasiado explícito, sí que permitió a Hindman alcanzar un par de conclusiones.

La primera es que “su método trabajaba de forma muy parecida al que Netflix emplea para hacer sus recomendaciones”. Muy simplificadamente, consiste en crear una serie de categorías (comedia, terror, acción, etcétera), organizar las películas en función de esas categorías (de más cómicas a menos cómicas, de más terroríficas a menos terroríficas) y cruzarlas a continuación con las calificaciones de los usuarios.

El resultado es manifiestamente mejorable, como sabe cualquier suscriptor del servicio de streaming, y esta es la segunda conclusión de Hindman: “El modelo de Cambridge Analytica dista mucho de ser la bola de cristal que algunos afirman”.

Christopher Wylie asegura en su entrevista que “si miras los últimos cinco años de investigación científica […] no hay duda de que puedes perfilar a la gente [usando datos de las redes sociales]”, pero la realidad es algo menos estimulante. El artículo de referencia en este terreno, “Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior”, de Michal Kosinski, David Stillwell y Thore Graepe, usa los me gusta de Facebook para deducir determinadas características. Por ejemplo, adivina con bastante precisión (más del 88%) si alguien es blanco o negro, hombre o mujer, gay o heterosexual. Incluso acierta en una proporción del 60% si los padres están divorciados, porque estos individuos presentan “una mayor propensión a que les gusten manifestaciones de preocupación por la relación, como ‘Si estoy contigo, estoy contigo y no quiero a nadie más”.

Pero cuando se trata de conjeturar aspectos de la personalidad como inteligencia, extroversión, estabilidad emocional o amabilidad, el grado de precisión cae muy por debajo del 50%, lo que significa que sería más efectivo lanzar una moneda al aire o dejar que un chimpancé sacase bolas blancas o negras de una urna.

Como la matemática Cathy O’Neil declaró a Bloomberg, la “salsa secreta” de la que Nix presume es “más kétchup”. Personalizar la publicidad electoral para asustar a los ciudadanos neuróticos o ansiosos con imágenes de ladrones y terroristas no es un invento de Cambridge Analytica. Quizás sorprenda a unos periodistas suizos, pero los partidos estadounidenses llevan décadas haciéndolo. “No hay duda de que Trump […] se basó ampliamente en el manual […] de Barack Obama de 2012”, escribe Halpern. A partir de fuentes públicas y de sondeos propios, los demócratas ordenaron a los votantes en tres grandes categorías: quiénes los apoyaban, quiénes no y quiénes eran susceptibles de ser persuadidos. Luego elaboraban subcategorías (por ejemplo, mileniales agobiados por deudas de estudios o madres preocupadas por la violencia) y, finalmente, redactaban mensajes a la medida de cada grupo.

La única novedad es que esta técnica se ha enriquecido ahora con datos sacados de Facebook, “de forma perfectamente legal”, según Halpern. El director de la campaña digital republicana, Brad Parscale, “volcó a todos los partidarios conocidos [de Trump] en la plataforma de anuncios de Facebook” y, con las herramientas que la propia firma facilita, “los ordenó por raza, género, localización y otras afinidades” para cocinar “eslóganes basados en esos rasgos”.

“Donald Trump es nuestro primer presidente de Facebook”, dice Halpern, pero no le debe nada a una misteriosa y tóxica salsa, como sospecha Das Magazine, sino a la habilidad con que su equipo ha sabido explotar las enormes posibilidades de marketing que brindan las redes sociales. “Este es claramente el futuro de las campañas”, concluye, “tanto republicanas como demócratas”.

win

¿Xi Jinping Vuelve a ganarle a Trump? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El encuentro que tuvo lugar en Beijing entre Xi Jinping y Kim Jong-un ha dejado muchas fotografías para la historia, pero también la prueba de que ambos líderes no están distanciados, como se había especulado. Y llama la atención aún más la discreción con la que China manejó la reunión, mientras que desplegó todos los honores que le rinden a un Jefe de Estado de primer mundo, con primeras damas incluidas y toda la comitiva presidencial.

La primera salida del dirigente norcoreano desde que tomó posesión en el 2011 tiene un gran simbolismo y viene a romper con años de aislacionismo y hermetismo. Sin embargo, cabría otra lectura que podría ser que la visita sea la demostración de que Corea del Norte necesita ayuda y/o apoyo de occidente, como parte del efecto de las múltiples sanciones impuestas al régimen. Kim Jong-un es un estratega, sus movimientos están bien calculados y un cambio de dirección de esta naturaleza tiene una razón de ser, que trasciende sus fuertes lazos con China.

El primer movimiento de apertura de Corea del Norte fue su participación en los juegos olímpicos de invierno, que propició Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur, quién no ha escatimado esfuerzos diplomáticos en intentar calmar el ambiente, con el propósito de retornar a una relativa calma. Y que además ha servido de catalizador a los enfrentamientos verbales entre Trump y Kim. Moon también manifestó su disposición de visitar Corea del Norte y su propuesta fue acogida con agrado por el régimen de Pyongyang y, al mismo tiempo, consiguió que Trump aceptara reunirse con Kim Jong-un.

Si miramos atrás, tan sólo a principios del año se temía que misiles norcoreanos impactaran la costa oeste de los Estados Unidos, y hoy estamos hablando de encuentros diplomáticos, lo que es muy positivo, aunque no necesariamente una prueba de que se neutralizará este conflicto, de larga data.

Los análisis que se hacen están basados en la información proporcionada por los medios oficiales; tanto de China, Xinhua, como de Corea del Norte, KCNA, por lo que siempre van a estar con la línea de ambos regímenes y en el hipotético caso de algún desacuerdo entre los líderes, la posibilidad de que esa información se filtre es nula. Partiendo de esta realidad, se debe decir que el mero hecho de que Kim Jong-un saliera de su madriguera, y que lo hiciera de la misma manera como lo hizo su abuelo y su padre, en un tren blindado, con los colores militares que representan al régimen, y que además se hospedaran en el mismo lugar que sus antecesores no es casual. Por un lado, da una imagen de continuismo y de relativa austeridad, aunque al ver a su mujer, que asistió con indumentaria perfectamente en línea con las tendencias actuales de las grandes firmas, la austeridad se difumina para dar paso a la opuesta realidad en que viven los favorecidos del régimen versus la población civil norcoreana.

El despliegue de medios puesto en escena por China son la clara muestra que a Xi Jinping le interesa mantener a Corea del Norte como la oveja negra de Asia que tiene en vilo al mundo. Eso fortalece a Xi y le da más protagonismo en la escena internacional, sin mencionar que se adelantó a los líderes democráticos en encontrarse con Kim (Moon y Trump) y no sólo reunirse, sino hacerlo ir a su territorio, lo que es otra muestra de que Xi es quién marca el son al que baila esta relación bilateral. Como si todo esto fuera poco, durante el banquete formal ofrecido en honor a la pareja de Pyongyang, que valga decir parecía una boda real europea en cuanto al lujo y el número de asistentes, China proyectó videos con imágenes de las relaciones entre ambas naciones desde la división de Corea, dejando una vez más por sentado, que estos vínculos son antiguos y de mutuo interés.

Estos aliados históricos se necesitan mutuamente. China necesita que Corea del Norte sea un enemigo de Estados Unidos para mantener el balance en la región de Asia Pacífico, pero tampoco hay que olvidar que Beijing y Pyongyang son aliados económicos, y la razón de la supervivencia del régimen de Corea del Norte con el envío de mercancías, incluido petróleo, que le ha permitido seguir desarrollando su capacidad nuclear. Por su parte Kim Jong-un está suavizando su imagen de dictador intransigente a mediador. Mientras todo esto tuvo lugar, Trump ignorante del encuentro, fue puesto al tanto por Xi una vez que los visitantes partieron a casa, pero con la buena nueva que Kim está dispuesto a negociar sus avances nucleares.

De lo dicho a lo hecho hay un gran trecho… y nunca una frase es tan oportuna. Pyongyang jamás negociará o retrocederá en su capacidad nuclear, pues esa es precisamente la razón por el régimen sigue vivo y se encuentre a día de hoy negociando. (Foto: Even Lundefaret, Flickr)

Trampa2

INTERREGNUM: Trump-Kim: ¿Cumbre Trampa? Fernando Delage

La aceptación por parte del presidente Trump de la propuesta del líder norcoreano, Kim Jong-un, transmitida por un emisario de Seúl, de un encuentro personal entre ambos ha sido recibida con gran expectación, pero también con considerable escepticismo. Sin descartar que la cumbre no llegue a celebrarse, las dudas tienen que ver con el formato y con los términos de la negociación, sin olvidar las consecuencias que tendrá para uno y otro líder no llegar a ningún acuerdo.

Una primera reserva tiene que ver, en efecto, con el visto bueno a una reunión al más alto nivel, cuando la práctica diplomática dicta la conveniencia de un encuentro de este tipo cuando se trata de formalizar un pacto negociado entre sus respectivas administraciones con carácter previo. La manera impulsiva en que Trump aceptó la propuesta puede volverse contra él si—de celebrarse la cumbre—vuelve de ella con las manos vacías, enquistando el conflicto. A quien beneficia el efecto propagandístico es de momento a Kim, como promotor de la iniciativa.

Lo relevante, con todo, es el contenido de la discusión. ¿Realmente está Corea del Norte dispuesta a renunciar a su armamento nuclear? Si lo está, ¿qué quiere a cambio? ¿Puede Washington dárselo? Una declaración de no agresión parece factible, pero ¿lo considerará Pyongyang suficiente como precio de la desnuclearización? Si Corea del Norte exigiera a cambio la retirada militar norteamericana de Corea del Sur, ¿podría Estados Unidos ceder? Plantear preguntas como éstas en la actual Casa Blanca tiene un coste, como bien prueba la destitución de Rex Tillerson como secretario de Estado.

No debe olvidarse, por lo demás, el contexto regional. Todo apunta a que el gobierno surcoreano ha desempeñado un importante papel en la gestión del encuentro, que parece confirmar a priori la apuesta del primer ministro Moon Jae-in por reanudar el acercamiento diplomático a Pyongyang interrumpido por la administración anterior. Los movimientos chinos son, por otra parte, la variable quizá más interesante—y desconocida hasta la fecha—de este desenlace. La sorpresa de Japón por la aceptación de Trump puede acrecentarse aún más en las próximas semanas. El presidente norteamericano, que se define ante todo como un “deal-maker”, quiere resolver un problema. Pero quizá no sea del todo consciente de que no todas las claves de la solución se encuentran en Pyongyang. Tampoco de que Corea del Norte no constituye el centro de los intereses de Estados Unidos en una Asia que, casi a espaldas de Washington, está construyendo un nuevo orden. (Foto: Travis Vadon, Flickr)

riesgo

Munich visualiza los riesgos


La política centro asiática de los aliados occidentales y de Rusia está en plena reconsideración sobre el terreno y los actores regionales buscan resituarse. La evolución del conflicto sirio con sus repercusiones en Líbano, Israel y los territorios palestinos; la evolución de la situación en Irak y las fronteras turcas; Afganistán y sus ecos en Pakistán, constituyen el gran escenario en el que, otra vez, Rusia y Estados Unidos, con sus respectivos aliados, están haciendo el gran juego de estos tiempos, con la novedad de la creciente intervención iraní, las progresiva presencia china y los conflictos internos, políticos y religiosos de los musulmanes de la región.
El último episodio de esta delicada situación se ha vivido en la cumbre sobre seguridad de Munich, en la que no ha faltado de fondo el conflicto coreano, y la han protagonizado los representantes de Israel e Irán. Irán está cada vez más presente en Siria, con sus fuerzas desplegadas en ese país ocupando posiciones cercanas a las fronteras de Israel y del Líbano donde su brazo armado, Hizbullah, cada vez es más fuerte, está echando un pulso  y Jerusalén ha reaccionado destruyendo una base iraní en Siria y alertando a Occidente. No se puede volver a los tiempos del apaciguamiento que con Hitler condujo a la catástrofe, ha advertido el gobierno israelí. Y Teherán, presente militarmente en Yemen, Irak, Siria, y, a través de sus aliados en Líbano, ha afirmado que todo es un intento del presidente Netanyahu de eludir sus problemas con la justicia por corrupción, que ciertamente los tiene.
Parece más de lo mismo de siempre pero no lo es. El bloque sunní y el chiita están en plena guerra; Rusia va ganando espacios haciendo equilibrios para no alertar más de lo debido a Occidente y Estados Unidos grita en twitter a través de Donald Trump, pero no parece decidido a aumentar su protagonismo en la región. Estos elementos hacen la situación más alarmante. Y China, con calma pero si pausa, va adelantando peones (militares, económicos, políticos y diplomáticos) en varios lugares estratégicos.
go

En el terreno que Kim quiere

La afirmación de Mike Pence de que Estados Unidos está dispuesto a negociar con Corea del Norte revela la falsedad de algunas afirmaciones que se hacen sobre la crisis y también cómo Kim Jong-un ha jugado hábilmente con los elementos sobre el terreno, es decir, sus propias amenazas, los temores de los aliados de Estados Unidos, el cálculo de China de hasta dónde debe llegar su intermediación y la opinión pública mundial que desconfía a veces más de Trump que de Corea del Norte, para colocar el balón donde quiere y jugar el partido en su terreno y con ventaja.
Corea del Norte lleva años utilizando su capacidad nuclear, o sus planes para desarrollarla, como instrumento de chantaje. Hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, los episodios de crisis cuidadosamente creados por Pyongyang se traducían en concesiones de EEUU y medio mundo en forma de ayudas financieras, paliativos a las amenazas o facilidades para que no se derrumbara un sistema ruinoso que aplasta a sus ciudadanos.
Ha sido precisamente la negativa de Trump a seguir en ese juego lo que ha llevado la tensión más lejos, porque Kim conoce la debilidad internacional y cómo el miedo contamina las posibles soluciones. Trump, en su proverbial torpeza y prepotencia no ha entendido que la gente prefiere un mal acuerdo a sus pesadillas y, como ha demostrado la historia con frecuencia, los malos acuerdos han llevado a que las pesadillas se hagan realidad.
Pero así están las cosas. China sólo puede presionar hasta un punto que no haga caer el régimen; Japón juega al apaciguamiento mientras busca caminos para mejorar sus capacidades militares y Corea del Sur, el país más amenazado directamente, tiene ahora un gobierno que quiere buscar acuerdos. Es decir, que Donald Trump se ha quedado solo en su plan de llevar la presión hasta un punto de casi no retorno para que las negociaciones le fueran favorables. Ahora, aparentemente, va a tener que sentarse a hablar, cosa en principio positiva pero que hay que ver paso a paso, en un clima en el que cualquier desplante o presión añadida hará aparecer a EE.UU. como el malo de la película una vez más. (Foto: Michael Dusenne, Flickr)
BAnksy

Un año de Donald Trump. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Ante los representantes de ambas cámaras legislativas, en presencia de jueces y magistrados del poder judicial y con el gabinete en pleno, Donald Trump dedicó ochenta minutos al discurso del “Estado de la Unión”, a valorar el año transcurrido y exponer sus prioridades para el 2018.

En este tradicional evento, en el que los que los redactores de la alocución del presidente invierten muchas horas de meticuloso trabajo, estos intentaron no dejar fuera ningún elogio a la gestión presidencial y hacer uso convenientemente de patriotismo con marcados visos de conservadurismo y gran dosis de proteccionismo para así delinear el camino que continuará su gobierno.

Ha sido el discurso más presidencial que ha hecho Trump. Lo ha hecho en el momento preciso en que necesitaba proyectar serenidad, autodisciplina y sobriedad. Estas fueran las palabras de New York Times para definirlo, mientras que el Washington Post aseguró que parte de la moderación y la razón por la que la prensa no lo ha calificado de negativo se debía al hecho que el día antes del discurso, el día del discurso y el día posterior a éste Trump tuiteó sólo 6 veces, y que los tweets carecían de contenido incendiario, lo que hizo que la prensa se pudiera concentrar estrictamente en el contenido del mismo.

Trump dedico un 70 por ciento de su tiempo a las políticas domésticas y los problemas que tiene el país, y en cada oportunidad estableció una relación entre alguno de ellos y los inmigrantes, intentando justificar su postura anti-inmigración. De todos los problemas a los que hizo mención, la reforma migratoria fue a la que más tiempo dedicó, y explicó que tiene un plan basado en cuatro pilares, dejando ver cómo ese punto lo tienen rigurosamente planificado. Está claro que la oposición seguirá luchando por los “Dreamers”, a pesar que les cueste otro cierre del gobierno. Y, por otra parte, los indicadores económicos fueron también extensamente mencionados, los más halagados y básicamente la razón de su estrategia.

En la parte internacional, atacó duramente a Corea del Norte, lo que no aporta nada nuevo excepto que usó el riesgo que representa Pyongyang para justificar la necesidad de la modernización nuclear estadounidense.

Así lo explicó Kathleen Hicks (directora internacional del Centro de Estudios y Estrategias Internacionales, CSIS por sus siglas en inglés) en el marco de un foro en el que se analizó el discurso del Estado de la Nación y al que 4Asia tuvo acceso. Y en ese punto, Sue Mi Terry, (considerada la mayor experta en asuntos coreanos en este momento, y quien trabajó en la CIA) explicó que hablar de modernización nuclear puede incomodar a los aliados, y poner a EEUU en un terreno más peligroso, pues no se sabe cuál será la reacción de Kim Jong-un. Sue cree que los juegos olímpicos no mejorarán la tensión; más bien será positivo para el régimen norcoreano participar, ya que les permite refrescar su imagen internacional, y es probable que después todo vuelva a como estábamos a principios de año.

De acuerdo con Heather Conley, vicepresidenta para asuntos europeos en este think tank, el discurso fue positivo, aunque no mencionó los países con los que Estados Unidos está en conflicto y calificó a los aliados como los grandes olvidados de la alocución de Trump. Los omitió por completo, mientras que Trump optó por dedicarle tiempo a los adversarios. Lo que fue complementado por William Reinsch (especialista en comercio internacional) que subrayó como positivo que, al menos, no insultó a ningún aliado y no atacó a China. Reinsch afirmó que la salida de Washington del TPP ha empujado a los pequeños países asiáticos a virar hacia China, lo que parece que empieza a ver esta Administración, razón por lo que pueden estar considerando la vuelta al acuerdo. Asimismo afirmó que en los acuerdos no se puede siempre ganar todo; algunas veces sacrificar unas tarifas asegura la presencia y liderazgo, dijo.

El año de gestión de Trump ha servido para disminuir el rol e influencia internacional de Estados Unidos en el mundo, pero sobre todo en Asia, sostuvo Heather Conley, que insistió en que Washington no tienen una agenda positiva en el exterior. La situación inédita de desolación del Departamento de Estado ha dejado un vacío en el mundo, y como consecuencia ha perdido liderazgo internacional por falta de presencia, afirmó. Insistió en que esta Administración ha centrado sus esfuerzos en políticas de defensa obviado las diplomáticas; la prueba es el número de embajadas sin embajadores.

Estados Unidos necesita una política exterior fuerte y con los diplomáticos al frente. Heather considera que los aliados europeos tienen sus reservas con la Administración Trump pero se decantan por esperar a ver qué pasará, mientras que Macron es el único líder que parece estar decidido a jugar otro rol, uno mucho más predominante.

Hay que subrayar una reflexión escuchada en este evento: “Pensar que los militares nos sacarán de los problemas es un fracaso. Hay que tener políticas fuertes que prevengan enviarlos al frente”.

pressure

INTERREGNUM. Corea: Trump redobla la presión. Fernando Delage

(Foto: Ben Chun) El pasado mes de octubre, diez meses después de su llegada a la Casa Blanca, el presidente Trump por fin formuló, con ocasión de la cumbre anual del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) celebrada en Vietnam, los primeros mimbres de su política asiática. Pero la administración norteamericana seguía sin cubrir los puestos de los responsables de esta parte del mundo en los departamentos de Estado y de Defensa, así como numerosas embajadas. Entre ellas, pese a las repetidas declaraciones de que Corea del Norte representa la amenaza más inmediata a los intereses de Estados Unidos, la representación en Seúl—un aliado crucial para afrontar el problema—ha estado vacante.

Pocos diplomáticos y expertos están dispuestos a trabajar para Trump, incluso entre las filas republicanas. Fue un gran alivio por tanto cuando se designó a Victor Cha como candidato a dicha embajada. Cha ocupó puestos de responsabilidad en el Consejo de Seguridad Nacional bajo la presidencia de George W. Bush, donde gestionó de manera directa la segunda crisis nuclear norcoreana desde 2002. Pero además de su experiencia como alto funcionario, Cha, profesor en la universidad de Georgetown, es considerado como uno de los primeros especialistas académicos en la península.

Ya contaba con el plácet del gobierno surcoreano y era cuestión de días la formalización de su nombramiento por el Senado. La administración le ha retirado sin embargo su apoyo, por razones que no se han ocultado: el desacuerdo de Cha con los aparentes planes de una acción militar limitada contra Pyongyang. De hecho, apenas media hora antes de que Trump pronunciara su discurso sobre el estado de la Unión el pasado martes—intervención en la que denunció la “naturaleza depravada” del régimen norcoreano, e indicó que Estados Unidos estaba volcado en una “campaña de máxima presión” para prevenir la amenaza de sus misiles—, el Washington Post publicaba en su página web una columna de Cha en la que éste indicaba que una intervención de esa naturaleza no sólo no acabaría con el arsenal estratégico de Pyongyang (“enterrado a gran profundidad en localizaciones desconocidas e impenetrables a las bombas”), sino que la reacción de Corea del Norte pondría en riesgo millones de vidas en Asia, incluyendo miles de civiles norteamericanos, y conduciría a una escalada que casi con toda seguridad escaparía al control de Washington.

Otras señales preocupantes acompañan este redoblamiento de la presión por parte de Trump. En varias ciudades japonesas se han realizado simulacros contra ataques de misiles, y el Times de Londres ha informado de una discreta visita de funcionarios británicos a Corea del Sur para investigar cómo evacuar a sus 8.000 ciudadanos en el país en caso de conflicto. (Cuestión similar planteada a Cha con respecto a nacionales norteamericanos puede haber sido otro factor en su retirada). La tensión aumenta, pues, en vísperas de la inauguración, el 9 de febrero, de los Juegos Olímpicos de invierno, a los que asistirán deportistas y representantes de Corea del Norte.

De manera simultánea, se ha sabido que el embajador norcoreano en Pekín, Ji Jae-ryong, asistió a la recepción ofrecida por el ministro chino de Asuntos Exteriores al cuerpo diplomático el 30 de enero. Al tratarse de la primera aparición pública de Ji en dos meses, se han desatado las especulaciones sobre la posibilidad de un próximo anuncio relevante.