Entradas

china usa

40 años de relaciones entre China y Estados Unidos. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El año de 1979 marca un antes y un después en las relaciones bilaterales entre Beijing y Washington. La visita del presidente Richard Nixon a Mao Tse-Tung, a principios de los setenta, abrió un nuevo camino a estas relaciones, y disipó tensiones de décadas anteriores. Aunque no fue hasta 1979 que el presidente Jimmy Carter concedió reconocimiento diplomático total a China.

A finales de la semana pasada la embajada china en Washington aprovechó la fecha del nuevo año chino para celebrar estas cuatro décadas de relaciones bilaterales con Estados Unidos, en un encuentro en el que se resaltó el rol clave que ha tenido China en la estabilidad regional de Asia en cooperación con los Estados Unidos.

El encuentro se centró en la importancia de potenciar las relaciones entre ambas naciones en todos los ámbitos. “El intercambio diario comercial entre ambos países supera los 1.5 mil millones de dólares, y más de 14.000 personas vuelan diariamente entre las dos naciones”, resaltó el embajador Cui Tianki, apuntando que las relaciones bilaterales para ambas partes son extraordinariamente beneficiosas, y que los ciudadanos en ambos lados del Pacífico han sido testigos de esas ventajas.

El Estado chino hace alrededor de setenta años que fue creado, pero tan sólo cuarenta de haberse reformado y abierto. La apertura económica ha dado resultados espectaculares, sobre todo en los últimos 20 años, en los que se ha visto como la economía china ha crecido exponencialmente, convirtiéndose en la segunda del mundo, por detrás de Estados Unidos. No cabe duda de que la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en el año 2001 fue el gran impulso a su integración global en el mercado.

La innovación es la brújula que guía a Beijing, de acuerdo con documentos oficiales. Sin embargo, en conversaciones informales que 4Asia pudo sostener durante el evento, percibimos que lejos de estar preocupados por la tensa situación con la Administración Trump, el Partido Comunista Chino entiende que Estados Unidos presione para que se juegue a través de las reglas del comercio internacional. Son conscientes de la importancia de los derechos de la propiedad intelectual para mantener intercambios justos, aunque preferirían no tener que aceptarlo, obviamente. Mientras, seguirán intentando negociar mejores tarifas.

La guerra comercial que ha declarado la Administración Trump a Beijing en una primera etapa desconcertó a China. Y como es de esperar su respuesta fue altas tarifas e intentar nuevas negociaciones. Pues para el arte de la diplomacia los chinos parecen ser mucho más acertados que los estadounidenses. Sin embargo, con la política hostil que ha mantenido la Casa Blanca desde la llegado de los republicanos, el gobierno chino parece haber tenido el tiempo de prepararse a afrontar las nuevas demandas.

Xi Jinping tiene como prioridad que su economía continúe creciendo. A pesar de que todo parece indicar que sufrirán un estancamiento en ese crecimiento este año. Seguir creciendo como hasta ahora, según los expertos no es sostenible, pues la economía china aún no está anclada sobre pilares tan sólidos. Lo que es bastante posible, es que tal y como nos dijo un oficial chino durante la celebración del año nuevo, de cada crisis China aprende y sale fortalecida.

En el fondo el pensamiento de Confucio sigue formando parte intrínseca de la sociedad y cultura china, resumido en una de sus frases: “Nuestra mayor gloria no está en no caer jamás, sino en levantarnos cada vez que caigamos”. (Foto: Vlasta Juricek)

alarma

Alerta en Filipinas

El atentado yihadista en Sulu, Filipinas, contra un templo católico parece algo más que una matanza islamista de las que con frecuencia, lamentablemente, se producen en Siria e Irak. El suceso tiene lugar días después del plebiscito para la creación de una región autónoma musulmana en el sur del país, bautizada Bangsamoro y planteada como solución pacífica a cinco décadas de conflicto separatista en la zona musulmana de la isla de Mindanao, que se ha cobrado la vida de unas 150.000 personas.

Esa opción, ratificada en las urnas por un 87% de los votos, es parte del acuerdo de paz firmado en 2014 con el Frente Moro de Liberación Islámica (FMLI), el mayor grupo rebelde musulmán de Filipinas que renunció a sus aspiraciones independentistas y a la lucha armada a cambio de gobernar esa nueva región. Sulu votó precisamente en contra, pero como forma parte de la región consultada, sus votos computan en bloque y pasarán a pertenecer a esa nueva entidad.

Sulu forma parte de una zona en la que los musulmanes son mayoría y en la que han proliferado los grupos terroristas que se reclaman del islamismo, varios de ellos financiados inicialmente y asociados más tarde con ellos, por Al Qaeda y el ISIS. Se trata de varios grupos yihadistas vinculados al Estado Islámico, como Maute o los Luchadores por la Liberación Islámica del Bangsamoro, responsables de sangrientos atentados en la región y que son la principal amenaza del recién ratificado acuerdo de paz de 2014.

Pero el más mortífero, asociado al ISIS, es el grupo de Abu Sayyaf. Es probable que este grupo esté detrás del atentado. Abu Sayyaf, ahora en la esfera del Estado Islámico nació en los años noventa gracias a la financiación de la red Al Qaeda y Osama Bin Laden. El sur de Filipinas es precisamente el principal foco de sus atentados.

El atentado en pleno desarrollo de un plan de paz se produce en un momento en que toda la zona está en un grado alto de incertidumbre geoestratégica por las operaciones marítimas de China, la guerra comercial con Estados Unidos y la situación en Corea del Norte. Si el desafío a la estabilidad interna en Filipinas sube en intensidad, EEUU se vería obligado a replantarse sus opciones en la zona. Precisamente ante algunas dudas provocadas por los últimos movimientos de Donald Trump en relación con sus aliados históricos en la zona, el presidente filipino Rodrigo Dutarte ha iniciado un acercamiento a China que está siendo observado por los analistas estadounidenses.

Conscientemente o no, el terrorismo islamista filipino puede haber puesto en marcha un proceso que puede llegar a ser un punto de inflexión en las opciones estratégicas que se están barajando para Asia Pacífico. (Foto: MAxim Mogilevskiy, flickr)

rewind

Estados Unidos: otro paso atrás

La decisión de Donald Trump de retirar tropas de Siria y Afganistán ha provocado un terremoto en la escena política norteamericana por la oposición de parte de la cúpula política y militar, asesores presidenciales de la Casa Blanca, analistas y expertos y la dimisión de Jim Mattis, un general que ya había sido apartado por Obama por su oposición a la renuncia presidencial a tener un papel más activo en Siria, que fue repescado por Trump, que tiene fama de duro pero que estaba tendiendo puentes en Europa y Oriente Medio ante los vaivenes de Trump. Es la crisis más grave de la Administración Trump, no sólo por la profundización de la quiebra de confianza de su entorno sino por el mensaje que EEUU da a Rusia, Irán y China.

En Siria, la política de Trump ha seguido la de Obama, aunque con más aspavientos. EEUU nunca logró aliados significativos sobre el terreno ni tuvo un plan estratégico claro y tras pretender derrocar a Bashar al-Ásad sin poner sobre el terreno ni aliados ni fuerzas suficientes, acabó por desarrollar planes tácticos de controlar zonas estratégicas con apoyo de sus aliados kurdos al norte y algunos grupos árabes al sur y al este. Así dejaron toda la iniciativa global a los rusos que con apoyo de Irán y del gobierno de al-Ásad revirtieron la situación, consolidaron al régimen y dieron un amplio respaldo a la presencia de fuerzas iraníes y de milicia libanesa aliada de Teherán, Hizbullah, a poca distancia de las fronteras de Israel y dibujando un nuevo marco estratégico en la región. La retirada de las tropas deja a los escasos aliados de EEUU a su suerte y da luz verde a la victoria de Rusia e Irán.

La extensión de la retirada de tropas también de Afganistán, tras años de vacilación entre la guerra y las presiones al Gobierno de Kabul para que negocie con la fracción “moderada” de los talibanes, es un paso mas en la confusión. En territorio afgano hoy está más fuerte el movimiento talibán, ha reaparecido Al Qaeda y ha comenzado a actuar el Estado Islámico.

Lo más grave: el mensaje. El proteccionismo y el aislacionismo de Trump no es sólo económico, sino también militar. Los aliados de EEUU en cada región comienzan a dudar y la confianza se resquebraja lo que, probablemente les llevará a medidas unilaterales para reforzar sus posiciones o a variar sus alianzas, Y para los adversarios, Rusia y China, Trump les está diciendo que en la medida en que aumenten su presión disminuyen los riesgos de sus avances estratégicos si no atacan directamente a Estados Unidos. (Foto: Chris Marquardt, flickr.com)

Trump 4

Trump en el laberinto del NAFTA. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Casa Blanca anunciaba la semana pasada que después de una larga confrontación con México había alcanzado un acuerdo bilateral. Dejando claro que no es NAFTA, pues según Trump el Tratado de libre comercio de América del Norte (NAFTA) es el peor convenio jamás firmado por los Estados Unidos. Sin tomar en consideración que está en vigor parcialmente desde 1994 y que ha sobrevivido múltiples administraciones tanto republicanas como demócratas, y que además implica a una población de 390 millones de ciudadanos, y un PIB de 7 trillones de dólares. Como si eso ya no fuera suficiente, que es el acuerdo económico que ha integrado más la economía de Canadá, Estados Unidos y México, pues de acuerdo a los economistas ha conseguido que la producción de diferentes sectores como el automotriz, manufacture sus partes entre las tres naciones, y que sea ésta la razón por la que el producto final tiene un costo más competitivo en el mercado y permite su acceso a más ciudadanos.

Mientras Trump precisaba que el acuerdo era únicamente con México, desde la distancia el mismo presidente Peña Nieto, vía telefónica, insistía en que Canadá debía formar parte, aunque horas más tarde el canciller mexicano anunció que aceptaba la propuesta de la Casa Blanca. La economía mexicana ha estado en caída desde noviembre del 2016, momento en que fue elegido Trump como presidente. Desde entonces, cada amenaza de Trump ha impactado los indicadores económicos, el primero de ellos fue una bajada drástica del peso mexicano a tan sólo horas de haberse conocido el resultado electoral, mientras el dólar subía considerablemente. Pues México depende sustancialmente de las compras de su vecino del norte, y de un acuerdo sin aranceles que mantenga las reglas del juego como hasta ahora. Desde que Washington hizo púbico el acuerdo la economía mexicana se ha mostrado al alza durante toda la semana.

A día de hoy el NAFTA sigue siendo un acuerdo vigente a tres bandas, por lo que terminarlo y establecer dos diferentes acuerdos bilaterales acarrearía consecuencias legales, políticas y económicas importantes. Trump ha insistido en que lo acabará en el futuro, seguramente para presionar al congreso a aprobar el nuevo pacto con México. Y a la vez presionar también a Canadá a aceptar sus términos, sostienen un grupo de experto de CSIS (Centro de estudios internacionales y estratégicos de Washington). Sea cual sea el nombre que finalmente decidan, la sostenida insistencia de Trump y su equipo económico en el daño que NAFTA hace a la economía estadounidense, los obliga a maquillar el nombre o a cambiarlo para justificar por qué están actualmente negociando.

Según New York Times, aunque Trump lo llame diferente no será más que “un NAFTA pero revisado”, con actualización de las disposiciones relacionadas con la economía digital, los automóviles, la agricultura y los sindicatos, es decir las disposiciones que permiten a compañías estadunidenses operar en México y Canadá sin tarifas. Mientras Reuters remarcaba que lo que Trump realmente quiere es poner un límite a las exportaciones a USA de 2.4 millones de dólares en vehículos y 90 mil millones en auto-partes. Por encima de eso, éste sector en concreto se enfrentaría un arancel de 25%. En esta nueva receta económica de la Casa Blanca, sale también perjudicado parte de las disposiciones del TPP (Tratado de Asociación del Transpacífico) porque eliminan la solución de controversias y protecciones adicionales para medicamentos de marcas, que ya Canadá rechazó en su momento durante las negociones del TPP, sostiene Edward Alden (experto del Council Foreing Relations).

A pesar del pesimismo que ha envuelto el futuro de NAFTA, son muchos los economistas que afirman que sigue habiendo una gran oportunidad para que se salve. Partiendo del hecho que el Congreso estadounidense tiene que aprobar un nuevo acuerdo o cualquier cambio o negociación entre México y Estados Unidos. Y en este escenario, que el congreso pida explicaciones de por qué Canadá no está incluida. Pues no puede perderse de vista, que a día de hoy el intercambio entre estos dos países asciende a 582.000,4 millones de dólares, ocupando Canadá el segundo lugar después de China (636.000 millones de dólares) y México (204.000.2 millones) el tercer puesto, según datos oficiales de la oficina de estadísticas exportaciones de los Estados Unidos.

A pesar del revuelo que ha causada la noticia, sobre todo en Canadá, no debería sorprender tanto que Trump prefiera la firma de acuerdos bilaterales. Es parte de su estrategia económica, imponer máxima presión para obtener los resultados que desea. Es siempre más sencillo negociar siendo el más fuerte, pero además contra una sola parte que contra dos. Desde luego es un recurso poco diplomático, pero también es conocida que la diplomacia no es precisamente lo que caracteriza al personaje. A pesar que el precio a pagar sea dejar orillado a un socio y aliado tan cercano como es Canadá de los Estados Unidos.

Lopez obrador

López Obrador, Trump, Xi. Un escenario nuevo. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Con la victoria de López Obrador en México el panorama internacional podría sufrir un cambio de dirección. Con un populista de izquierdas en México y uno de derechas en Washington, las áridas relaciones entre ambas naciones podrían salir del oscuro hueco en el que se encuentran. Aunque no hay que olvidar que Peña Nieto continuará en el poder hasta el 1 de diciembre, es poco probable que la Administración Trump intente negociar con el saliente gobierno, si bien el Departamento de Estado en su felicitación oficial al nuevo líder mexicano insistía en que seguirán trabajando con el actual gobierno, lo que puede ser interpretado como un gesto diplomático cotidiano, más que una demostración genuina de interés.

John Bolton, uno de los más controvertidos asesores de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, afirmaba que “Trump está ansioso por reunirse con López Obrador y que la relación entre ambos líderes puede dar resultados sorprendentes”.

El elemento nacionalista está vigorosamente presente tanto en Trump como en López Obrador, quienes se consideran asimismo como una especie de salvadores de sus naciones, según su propia versión de país y cómo explican la gestión que llevan o llevarán a cabo, elemento que podría ponerlos en un lugar de entendimiento mutuo. Ambos líderes han centrado sus esfuerzos en una necesaria transformación del modelo anterior -de acuerdo a su opinión-.

Sin embargo, ese mismo elemento llevado al extremo podría ser detonante de conflictos entre ambos. Vanda Felbab-Brown, experta del Brooking Institute, analiza los paralelismos entre ambos líderes y asegura que las formas son sorprendentemente parecidas entre su estilo político y de concepción del Estado. Con una retórica frecuentemente agresiva, ambos odian perder batallas políticas. Atacan a quienes los critican, realizan férreas críticas a los medios de comunicación, desprecian las ONGs y a la sociedad civil, y ambos han chocado con la corte suprema de sus países.

López Obrador, por su parte, ha apostado por no atacar a su homólogo estadounidense, ni siquiera en los momentos más álgidos de la campaña. Posiblemente porque sabe lo importante que son los Estados Unidos para la economía mexicana, por lo que ha expresado abiertamente que abogará por mantener en funcionamiento el NAFTA. Sin embargo, uno de los mayores retos a los que se enfrentará el recién elegido presidente será el Congreso mexicano, que actualmente está compuesto por una gran variedad de actores que representan ideologías y valores distintos. Y muy a pesar del deseo de llevar adelantes sus políticas de izquierda, en un Estado de derecho como el mexicano, tendrá que pasar por los filtros del Congreso cualquier decisión antes de ser llevada a cabo.

Mientras tanto, al otro lado del Pacífico, Xi Jinping no se ha querido quedar fuera de los protocolos y ha felicitado a López Obrador, afirmando que están en un momento adecuado para reforzar la cooperación entre los dos países. “China da gran importancia al desarrollo de los lazos entre los dos países y quiere trabajar junto a López Obrador para seguir fortaleciendo el consenso político, aumentando la cooperación de mutuo beneficio y enriqueciendo la asociación estratégica integral entre los dos países a fin de reportar nuevos beneficios a las dos sociedades y contribuir a la paz, la estabilidad y el desarrollo mundial”.

Trump debería aprovechar el nuevo momento político mexicano para suavizar las tensiones y en nombre del imperativo económico reestablecer unas relaciones donde prime el interés mutuo. Si la Administración Trump analizara las relaciones bilaterales a través del lente estratégico -como debería hacerlo, menos pasional y/o electoralmente- se encontraría con que no debería sacrificar su cercanía con su vecino, pues China está a la caza de cualquier mercado que Estados Unidos abandona, o en el que al menos reduce su presencia. A día de hoy, más de la mitad de las importaciones que llegan a México son de Estados Unidos o China. De haber una guerra comercial, México tendría que comprar productos manufactureros más caros provenientes de ambos países, según el Consejo Empresarial mexicano de Comercio Exterior (Comce), así como lo tendrían que hacer China y Estados Unidos. Por lo que Beijing podría aprovechar para activar una maniobra de intercambios bilateral con México.

Si Estados Unidos, por su parte, reduce la compra de productos provenientes de México, los chinos aprovecharían para comprar muchos de esos productos (entre ellos: maíz, trigo, carne de ternera y cerdo, y aves de corral) que a día de hoy le compran a su principal competidor, pero, por razón de los aranceles, sería más atractivo para China comprárselos directamente a México, sin tasas.

Washington, en su política obtusa de máxima presión, ya sea a través de impuestos o aranceles, puede conseguir el efecto contrario a su propósito. Pues el valor final de los productos en su territorio podría aumentar considerablemente para el consumidor, pero también podrían reducir la presencia estratégica bien sea comercial o política en su vecino del sur, dejándole el camino abierto a Beijing para instalarse cómodamente en territorios históricamente estadounidense. (Foto: Mario Delgado, Flickr)

roy2

INTERREGNUM: China y Estados Unidos: ¿nueva escalada? Fernando Delage

La guerra comercial entre Estados Unidos y China parece estar cada día más cerca. Pero altos funcionarios chinos han hecho saber que están preparados asimismo para un enfrentamiento financiero, diplomático e, incluso, militar—la escalada retórica parece inevitable—en respuesta a lo que interpretan como la voluntad norteamericana de actuar contra el corazón de su estrategia económica.

El alcance de la disputa entre las dos mayores economías del mundo, en efecto, va mucho más allá de un mero desequilibrio en la balanza comercial bilateral (pese a la enormidad de las cifras). Washington parece haber llegado a la conclusión de que el verdadero desafío a su estatus como principal superpotencia no es el tamaño de la economía china o la competencia de su industria. Tampoco sus capacidades militares. Es el salto cualitativo en alta tecnología dado por Pekín, en áreas como inteligencia artificial en particular, lo que ha desatado todas las alarmas. Aun cuando el diagnóstico sea correcto, la manera de afrontarlo puede no ser, sin embargo, la más eficaz.

En un informe hecho público el 19 de junio, Peter Navarro, el polémico asesor de la Casa Blanca, describe los avances chinos en este campo como una amenaza existencial para el liderazgo tecnológico y la propiedad intelectual de Estados Unidos. El lenguaje y los argumentos utilizados por la administración norteamericana llevan a Pekín a concluir que Washington no busca en realidad concesiones comerciales para corregir su déficit, sino obstaculizar la política de innovación de China; una política de la que ha hecho depender la sostenibilidad de su crecimiento, a su vez determinante de la legitimidad política del régimen.

En este contexto de aumento de las tensiones entre ambos, el 22 y 23 de junio los líderes chinos celebraron una conferencia interna del Partido Comunista sobre política exterior, la segunda desde que Xi Jinping llegara al poder a finales de 2012. (Su antecesor, Hu Jintao, sólo celebró una en diez años). Con la presencia de todos los miembros del Politburo, altos cargos de los ministerios y de las fuerzas armadas, así como la práctica totalidad de los embajadores chinos, Xi reiteró el completo control de la diplomacia nacional por el Comité Central, y confirmó el grado de ambición de su gobierno. China, indicó, debe “asegurar la protección de la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo del país, participar de manera proactiva en la reforma del sistema de gobernanza global, y crear una más completa red de asociaciones globales”. El bajo perfil recomendado en su día por Deng Xiaoping es definitivamente historia: la China de Xi Jinping no oculta su determinación de dictar las reglas del juego de la economía mundial.

Pocos días más tarde, mientras recibía en Pekín al secretario de Defensa de Estados Unidos, Jim Mattis—la primera de un jefe del Pentágono en cuatro años—, Xi declaró por otra parte que China “no cederá ni una pulgada de sus territorios históricos”. Estos incluyen oficialmente, como se sabe, todas las islas del mar de China Meridional. Hace menos de un mes, Mattis acusó públicamente a la República Popular de “intimidación y coacción” al desplegar misiles tierra-aire y otras capacidades militares en varias de dichas islas. Mattis visitó China apenas dos semanas después de que lo hiciera el secretario de Estado, Mike Pompeo. Pese a la innegable relevancia de las relaciones diplomáticas y militares, parece que es en la Casa Blanca, y por parte de nada moderados asesores, donde se está articulando una política china desprovista de matices y de contextualización estratégica. El tiempo dirá si éste es el camino para conseguir mejores resultados, pero es una táctica de presión que, a priori, lejos de modificar las prioridades chinas, puede conducir a una confrontación mayor.

rex butler

En qué se parecen Trump y la prostituta de ‘Lo que el viento se llevó’. Miguel Ors Villarejo

El verano pasado, una profesora de Hangzhou le planteó a Hollis Robbins si le apetecía colaborar en un ensayo en el que se comparaba a la Scarlett O’Hara de Lo que el viento se llevó con la protagonista de Sueño en el pabellón rojo, un clásico de la literatura china del siglo XVIII. “La idea”, explica Robbins, “era escoger un personaje americano fuerte […] y otro chino durante un periodo […] de convulsión […] y observar sus estrategias de supervivencia”.

“Seguro”, repuso Robbins, aunque no estaba nada segura. No había terminado de leer Sueño en el pabellón rojo, pero conocía bien la obra de Margaret Mitchell y sentía curiosidad por ver qué opinaban de ella unos académicos libres de los prejuicios que dominan las universidades estadounidenses.

El resultado del experimento es curioso, no tanto por lo que los chinos dicen de la novela, como por lo que la novela dice de los chinos (y de rebote, de los americanos). Sucede a menudo que los comentarios de texto iluminan menos el texto comentado que al comentarista del texto. Ian MacEwan relataba hace poco al Telegraph que a su hijo le encargaron en clase un ensayo sobre su libro Amor perdurable. “Reconozco que le di un tutorial de qué debía tener en cuenta”, recuerda. “No leí el trabajo, pero su profesor no estuvo en absoluto de acuerdo. Creo que le puso una C+ [equivalente a un seis]”.

¿Y qué dicen los chinos de Lo que el viento se llevó? Li, la colega de Robbins, sostiene que Scarlett es una heroína valiente, que se adapta a la triunfante revolución industrial “y levanta una nueva vida sobre las viejas ruinas”. Ha entendido el “potencial que encierra el comercio con el Norte, aprovecha la oportunidad de hacer negocio con los yanquis y se enriquece”.

No es una lectura disparatada. Li no es la primera en advertir que la implacable frialdad con que Scarlett gestiona su aserradero encaja en el arquetipo del “impetuoso y rapaz CEO americano”. Lo que a Robbins le extraña es que Li no tenga más palabras de reproche para el tono nostálgico con que se retrata la sociedad sureña anterior a la Guerra de Secesión, Ku Klux Klan incluido. En Estados Unidos siempre se ha considerado deplorable, pero a Li le parece que tampoco es para tanto porque, al final, la historia acaba poniendo a cada uno en su sitio. ¿Quién sale adelante? Scarlett, que no pierde el tiempo en lamentaciones y mira al futuro.

Todo su entorno, por el contrario, se hunde lentamente, arrastrado por el empeño en revivir los buenos viejos tiempos. Recuperar la grandeza pasada se convierte en la única prioridad y a ella se supedita todo lo demás. Mitchell simboliza esta subversión de valores en la pleitesía que la aristocrática Melanie rinde a una próspera prostituta, con la que jamás se le hubiera ocurrido relacionarse en tiempos de paz, pero que ha donado 50 dólares de oro a la causa de la Confederación y, tras su derrota, está sufragando la erección de estatuas. Melanie “ha decidido que la política importa más que la moral”, dice Robbins, y por eso no duda en montarse al carruaje de aquella mujer “vulgar y chabacana”.

“Se me ocurre”, observa Robbins, “que mientras los expertos se rascan la cabeza tratando de desentrañar por qué tantos votantes de buen corazón de la Iglesia Evangélica han apoyado a un hombre con una ejecutoria tan descarada y sórdida como la del actual presidente, nuestra propia ficción nos cuenta todo lo que necesitamos saber”.

Al centrarse en el racismo de Lo que el viento se llevó, se ignora su enseñanza más provechosa: que los viejos tiempos no van a volver y que hay que dejarse de erigir estatuas y de reescribir el pasado y, como Scarlett, dedicarse a escribir lo único que está en blanco: el futuro.

Eso es al menos lo que opina la profesora de Hangzhou.

Entrevista Sue

Entrevista a Sue Mi Terry: Trump es la razón de que Corea del Norte esté negociando. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Mientras muchos seguíamos cautivados las imágenes del gran encuentro entre los líderes de las dos Coreas, en Washington Trump visitaba por primera el Departamento de Estado desde que tomara posesión de la presidencia para acompañar a Mike Pompeo a asumir formalmente el rol de Secretario de Estado. Pompeo, en su primera alocución después de haber jurado su cargo afirmó “haremos uso de una diplomacia dura”, lo que ha despertado temor entre los analistas de que su concepción de diplomacia sea más bien de uso de la de fuerza en contra de una herramienta más sofisticada para ganar espacios, confianza y credibilidad. También aludió al intrincado conflicto con Corea del Norte y enfatizó que esta Administración, “a diferencias de otras”, buscará resolverlo.

A este respecto 4Asia conversó con la Dr. Sue Mi Terry, considerada la experta número uno en asuntos coreanos. Nacida en Seúl, educada en Estados Unidos, sirvió en la CIA como analista de asuntos coreanos durante más de 7 años, evaluando y produciendo documentos de inteligencia presentados con frecuencia al presidente en sus informes diarios. Formó parte del Consejo de Seguridad Nacional tanto para Bush como Obama y ahora mantiene una actividad académica intensa y publica en los medios más respetados de los Estados Unidos.

¿Cómo se pudo estar al borde de una guerra y ahora en medio de encuentros amistosos colmados de sonrisas y galanterías y que si esto se debía al carácter impredecible de Trump?  Según la experta, “se trata de una combinación de factores; las sanciones que ha reforzado la Administración Trump han jugado un rol importante, ciertamente, así como la dureza y presión máxima que les ha impuesto Trump”. Pero, en su opinión, “Kim Jon-un ha terminado su programa nuclear, que está entre un 90 y un 95% terminado”. Los últimos ensayos, dice, lo han demostrado. “Los 3 misiles intercontinentales lo han probado; y el último de noviembre del pasado año, además, han demostrado que tienen capacidad de llegar a territorio estadounidense. Por lo tanto, Kim Jon-un sabe que este es un buen momento para sentarse a negociar con Trump”.

Asimismo, explica que el hecho de que el presidente de Corea del Sur invitara a Corea del Norte a participar en los Juegos Olímpicos ayudó a cambiar el rumbo de las cosas, pero, insiste, “Kim Jon-un calculó su tiempo; entre la fuerte presión internacional y las duras sanciones que asfixian su rudimentaria economía, él sabía que era el momento de sentarse a negociar. Por su parte el presidente Moon cree profundamente en que la vía de solución al conflicto pasa por la negociación. Ha trabajado mucho y muchos años por esa idea”. Con una larga trayectoria política, señala, activista de derechos humanos, Jefe de Gabinete del expresidente surcoreano Roh Moo-hyun (2003-2008), el presidente ha sido siempre un profundo convencido que las relaciones entre ambas Coreas tienen que normalizarse “y para ello hay que generar un diálogo respetuoso”, explica Terry.

Hemos pasado de no haber visto nunca salir fuera de territorio de Corea del Norte a Kim Jon-un, desde que tomó control del país en 2011, a una visita oficial a China, y luego recibir a Pompeo (cuando aún no había sido oficialmente ratificado) y el encuentro entre las dos Coreas, mientras se habla del encuentro entre Trump y Kim.

¿Cómo es posible que todo esto esté sucediendo tan rápido, sabiendo que en diplomacia todo necesita tiempo, meses de planificación para poder llegar a algún acuerdo?. “Todo se debe a Trump” señala Terry enfáticamente. “Tenemos un presidente muy diferente a lo que estamos acostumbrados en Estados Unidos. Si hubiéramos tenido cualquier otro presidente, republicano o demócrata, no se hubieran sentado a negociar con Kim Jon-un después de un año cargado de tantas provocaciones. A George Bush le fue solicitado varias veces reunirse con Kim Jong-il (el padre de Kim) y no lo hizo.  Pero Trump es un hombre del mundo del espectáculo y los reality shows, le gusta figurar y la cobertura mediática y esta historia le dará exactamente todo eso”. Desde el punto de vista de Corea del Sur, su incentivo es “salir de la situación de amenaza de ataque preventivo” (planteada por Trump).

Explica que los surcoreanos estaban especialmente preocupados de que Estados Unidos realizara un ataque preventivo al Norte del que se estuvo hablando entre noviembre del 2017 y enero de este año, razón por la que estaban dispuestos a acelerar el proceso, y con él, los encuentros.

“Ciertamente, Donald Trump, como candidato y como presidente ha sido diferente. Ha roto hasta con el conservadurismo de familia modelo. No acumula trayectoria política, ni méritos puntuales más allá del de su propio apellido y creación de su fortuna. Acostumbrado a mandar en sus negocios, pone en práctica el mismo modelo de gestión en la Administración pública y en la diplomacia, si es que se puede seguir usando ese mismo concepto”

Pero en esta ocasión, dice, hay que reconocer que esa extravagante forma podría llevarnos por un largo camino que acabe donde mismo hemos pasado ya muchas décadas, con falsas expectativas alimentadas desde Pyongyang mientras gana tiempo y consigue un programa nuclear casi terminado. “La relación ya no es de inferioridad, por el contrario, se pasaría a negociar entre iguales, lo que sube el status de Corea del Norte considerablemente; en pocas palabras, Corea del Norte saldría legitimada”.

Mind the gap

Irán: ¿continuismo y revisión?

Continuar o no con el acuerdo con Irán sobre la contención de su programa nuclear firmado por la Administración Obama es una de las decisiones que debe tomar Trump en medio de una gran presión internacional para que lo mantenga y una única invitación a revisarlo por parte de Israel.

Ya el mismo Obama había admitido las limitaciones de ese acuerdo que fue presentado como un mal menor que frenaría el desarrollo del programa iraní durante diez años, pero que no incluye garantías de revisión de las instalaciones ni afecta al programa de misiles cuyas pruebas demuestran que los cohetes podrían llegar a Europa y que están siendo desplegados en sus versiones cortas en Siria con protección rusa.

Como siempre, Europa está instalada en el posibilismo y en la vieja filosofía de que es mejor un acuerdo limitado que un no acuerdo. Y esto alimenta la propaganda iraní llena de amenazas en caso de ruptura y la sugerencia rusa de que no hay uno mejor que sea posible. Desde Israel, que vive con angustia existencial el rearme de Hizbullah (con misiles iraníes) en su frontera norte, se ve de otra manera convencido de que Teherán sigue con sus investigaciones de manera encubierta.

En realidad, la Administración Trump parece querer una revisión para incorporar un mayor control y una cláusula de control del programa de misiles, en lo que en parte estaría de acuerdo Francia y Alemania, pero Teherán no admite ni siquiera la discusión sobre estos puntos. Plantee lo que plantee, Trump tiene garantizada la oposición de gran parte de la opinión pública europea, pero tal vez los riesgos que aparecen por el horizonte no pueden depender de estas opiniones.

Social Network

La salsa secreta era más kétchup. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales”, cuenta Sue Halpern en The New York Review of Books, “un artículo de la revista suiza Das Magazine […] empezó a circular por internet. Mientras los expertos diseccionaban el colapso de la campaña de Hillary Clinton, los redactores de Das Magazine […] apuntaban una explicación totalmente distinta: el trabajo de Cambridge Analytica”. Esta compañía elaboraba perfiles con la información captada en Facebook y bombardeaba luego a cada votante con “mensajes políticos diseñados para apelar a sus emociones”. Por ejemplo, para defender la libertad de poseer y portar armas, a alguien “caracterizado como neurótico” no se le hablaba de la segunda enmienda, sino que se le enviaba un vídeo “en el que aparecían unos ladrones allanando un piso”. Y la gente proclive a los ataques de ansiedad recibía “anuncios alertando sobre los peligros que planteaba el Estado Islámico”.

Christopher Wylie, un antiguo empleado de Cambridge Analytica arrepentido de sus pecados, corroboraba en marzo las sospechas de la revista suiza ante un grupo de periodistas europeos. “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”, titulaba El País tras aquel encuentro. “Los datos son nuestra nueva electricidad”, razonaba Wylie. “No puedes encontrar trabajo si no tienes Linkedin. No puedes licenciarte si no usas Google. No puedes avanzar en la vida sin ellas”. En principio, estas plataformas son gratis y maravillosas, pero nuestros correos, nuestro historial de navegación, nuestros me gusta quedan minuciosamente registrados en sus servidores y suponen un formidable botín. Dylan Curran esbozó hace poco en The Guardian una aproximación de su auténtica magnitud. “Tienen cada imagen que he consultado y guardado, cada lugar en el que he clicado, cada artículo que he leído y cada búsqueda que he realizado desde 2009”, escribía. Y facilitaba la URL desde la que cualquiera puede descargarse esa información. En su caso, ocupa 5,5 gigas, el equivalente a unos 17.000 libros, según calculan en esta web.

De entrada, resulta artificial afectar sorpresa. Rasgarse las vestiduras recuerda la reacción del capitán Renault cuando Rick le pregunta en Casablanca por qué le cierra el café. “¡Estoy escandalizado”, responde, “acabo de enterarme de que en este local se juega!” Acto seguido, uno de los camareros le vuelca en la mano un puñado de fichas: “Sus ganancias, señor”.

También ahora los diarios que condenan la intolerable falta de consideración de Facebook por la intimidad de sus usuarios comercian con ella con el mismo entusiasmo con que Renault apostaba en la ruleta. Detrás de la columna del New York Times que denunciaba “la máquina de vigilancia de Facebook”, el software antipublicidad del bloguero Doc Searls bloqueó 13 rastreadores de información. “Sus ganancias, señor”.

Es cierto que “esta vez es diferente”, porque, como observan Nicholas Thomson y Fred Vogelstein en Wired, “los datos no han servido para que Unilever venda mayonesa”, sino para que un desaprensivo llegue a la Casa Blanca y Reino Unido salga de la UE.

¿O tampoco ha sido para tanto?

William Davies distingue en la London Review of Books dos aspectos en este escándalo. Por un lado, el trasiego no autorizado de información personal, que tiene que investigarse y castigarse, y por otro, la idea improbable (en el sentido literal de que no puede probarse) de que Cambridge Analytica cambió el curso de las presidenciales y el referéndum sobre el brexit gracias a “la salsa secreta” de sus algoritmos. La principal evidencia que tenemos al respecto son unas imágenes captadas con cámara oculta para Channel 4 en las que Alexander Nix, su ya cesado CEO, presume ante un posible cliente de haberse encontrado “varias veces” con Trump y de haberlo dirigido “como si fuera una marioneta”.

Convendrán conmigo en que la solidez de lo que un CEO afirma durante una entrevista comercial con un posible cliente es cuestionable. ¿Qué otras pruebas hay de que Cambridge Analytica haya desarrollado un software capaz de manipularnos como títeres? No digo que no sea posible, pero mi impresión es que esta tecnología se halla en una fase bastante rudimentaria. Mi mujer recibió durante una temporada correos que la invitaban a alargarse el pene. Recuerdo que una vez íbamos en el coche. “A este paso, los robots no van a dominar el mundo”, comentó con hartazgo.

Estoy de acuerdo. Para empezar, ¿existe capacidad para procesar la barbaridad de terabytes que cada día volcamos en el ciberespacio? Ya hemos visto que los 5,5 gigas que Google tiene de un humilde redactor de The Guardian equivalen a 17.000 libros. Incluso un voraz lector como Bill Gates, que se liquida cuatro o cinco al mes, tardaría 250 años en digerir semejante barbaridad.

“¡Pero eso no lo hacen personas!”, me objetarán. “¡Lo hacen algoritmos!”

Sin duda, pero, una vez más, ¿qué evidencia tenemos? Matthew Hindman, un profesor de la Universidad George Washington que estudia aprendizaje de máquinas, cuenta en su blog que envió un correo a Aleksandr Kogan, el científico responsable del modelo que Cambridge Analytica usaba para elaborar los perfiles de los votantes, para interesarse por su funcionamiento. “En una notable muestra de cortesía académica”, escribe, “Kogan respondió”. Y aunque por desgracia no fue demasiado explícito, sí que permitió a Hindman alcanzar un par de conclusiones.

La primera es que “su método trabajaba de forma muy parecida al que Netflix emplea para hacer sus recomendaciones”. Muy simplificadamente, consiste en crear una serie de categorías (comedia, terror, acción, etcétera), organizar las películas en función de esas categorías (de más cómicas a menos cómicas, de más terroríficas a menos terroríficas) y cruzarlas a continuación con las calificaciones de los usuarios.

El resultado es manifiestamente mejorable, como sabe cualquier suscriptor del servicio de streaming, y esta es la segunda conclusión de Hindman: “El modelo de Cambridge Analytica dista mucho de ser la bola de cristal que algunos afirman”.

Christopher Wylie asegura en su entrevista que “si miras los últimos cinco años de investigación científica […] no hay duda de que puedes perfilar a la gente [usando datos de las redes sociales]”, pero la realidad es algo menos estimulante. El artículo de referencia en este terreno, “Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior”, de Michal Kosinski, David Stillwell y Thore Graepe, usa los me gusta de Facebook para deducir determinadas características. Por ejemplo, adivina con bastante precisión (más del 88%) si alguien es blanco o negro, hombre o mujer, gay o heterosexual. Incluso acierta en una proporción del 60% si los padres están divorciados, porque estos individuos presentan “una mayor propensión a que les gusten manifestaciones de preocupación por la relación, como ‘Si estoy contigo, estoy contigo y no quiero a nadie más”.

Pero cuando se trata de conjeturar aspectos de la personalidad como inteligencia, extroversión, estabilidad emocional o amabilidad, el grado de precisión cae muy por debajo del 50%, lo que significa que sería más efectivo lanzar una moneda al aire o dejar que un chimpancé sacase bolas blancas o negras de una urna.

Como la matemática Cathy O’Neil declaró a Bloomberg, la “salsa secreta” de la que Nix presume es “más kétchup”. Personalizar la publicidad electoral para asustar a los ciudadanos neuróticos o ansiosos con imágenes de ladrones y terroristas no es un invento de Cambridge Analytica. Quizás sorprenda a unos periodistas suizos, pero los partidos estadounidenses llevan décadas haciéndolo. “No hay duda de que Trump […] se basó ampliamente en el manual […] de Barack Obama de 2012”, escribe Halpern. A partir de fuentes públicas y de sondeos propios, los demócratas ordenaron a los votantes en tres grandes categorías: quiénes los apoyaban, quiénes no y quiénes eran susceptibles de ser persuadidos. Luego elaboraban subcategorías (por ejemplo, mileniales agobiados por deudas de estudios o madres preocupadas por la violencia) y, finalmente, redactaban mensajes a la medida de cada grupo.

La única novedad es que esta técnica se ha enriquecido ahora con datos sacados de Facebook, “de forma perfectamente legal”, según Halpern. El director de la campaña digital republicana, Brad Parscale, “volcó a todos los partidarios conocidos [de Trump] en la plataforma de anuncios de Facebook” y, con las herramientas que la propia firma facilita, “los ordenó por raza, género, localización y otras afinidades” para cocinar “eslóganes basados en esos rasgos”.

“Donald Trump es nuestro primer presidente de Facebook”, dice Halpern, pero no le debe nada a una misteriosa y tóxica salsa, como sospecha Das Magazine, sino a la habilidad con que su equipo ha sabido explotar las enormes posibilidades de marketing que brindan las redes sociales. “Este es claramente el futuro de las campañas”, concluye, “tanto republicanas como demócratas”.