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Vuelven discursos del pasado

En la última etapa de la campaña electoral para la presidencia de los Estados Unidos las referencias a la política exterior, y en concreto en relación con China, comienzan a converger en una crítica al régimen de Pekín. Ya sea por conveniencia puramente electoralista, ya sea por que se asumen como incontrovertible la creciente agresividad de la autocracia china, el candidato demócrata Joe Biden ha endurecido su discurso contra China y ha calificado al presidente chino, Xi Jinping, como matón, a pesar de que, o quizá precisamente por esto, el gobierno chino ha expresado su preferencia por la derrota de Donald Trump y su equipo.

Pero el giro demócrata no se reduce a poner más énfasis en el peligro de la extensión del modelo chino y en la estrategia de expansión comercial política y militar de China por todas aquellas zonas del planeta que considera de su interés. Es más preocupante la adopción de parte del discurso nacionalista y proteccionista de Trump por lo que consideran, en sintonía con las bases sociales en que se apoya Trump, que  la desindustrialización que afecta a la clase media y trabajadora estadounidense es consecuencia de factores exteriores y necesita instrumentos e incentivos que limiten el libre comercio. Estos planteamientos, que también están creciendo en Europa a caballo de los populismos, tanto de izquierdas como de derechas, reclaman más intervenciones estatales, más regulaciones de los mercados, más limitaciones a las iniciativas y a las libertades individuales y, por consiguiente, más presión fiscal apara garantizar el aumento del gasto público, es decir, imitar en parte al modelo chino.

El Covid-19 se instala en la Casa Blanca. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Covid-19 ha sido el gran dolor de cabeza de los políticos durante este año, en busca de encontrar una fórmula para evitar un colapso económico mientras se intenta contener el contagio masivo.  Estados Unidos no ha manejado bien esta crisis y tampoco ha liderado internacionalmente el manejo de ésta frente al titubeo de la OMS al comienzo de este caos. Trump decidió quitarle los fondos a la organización y salirse de la misma. Una vez más, el presidente de la mayor economía del mundo dejaba ver su temperamento y diplomacia atropellada que, a pesar de los cuatro años en el poder, sigue sorprendiendo.

Todos los meses de la pandemia han pasado con un mundo medio paralizado, una economía mundial que deja ver los efectos de la cuarentena y unos Estados Unidos que se han resistido a imponer normas para evitar más contagios, como el uso obligatorio de mascarillas, la distancia social de grupos y regulaciones en cuanto al número de visitantes a restaurantes y bares. Lo cierto es que en la cultura anglosajona imponer normas que coarten la libertad se convierte en un gran dilema, porque el Estado como institución no puede obligar a sus ciudadanos a seguir estos protocolos sanitarios basado en que atentan contra la libertad individual. Y sin justificar el comportamiento de Trump frente a la crisis, es cierto que no es habitual que desde la Casa Blanca se regule el comportamiento ciudadano o el manejo de una situación puntual -como el covid-19- a los 50 estados que conforman la nación.

Sin embargo, desde principio de año Trump se resistió a dar importancia a la magnitud de la crisis. Se resistió también a presionar para que se tomaran medidas más drásticas, por temor al efecto negativo en la economía, que ha sido siempre su obsesión. Se resistió también a abogar por el uso de la mascarilla como mecanismo de prevención de contagio. Y para colmo contradijo en público en múltiples ocasiones a las autoridades sanitarias más capacitadas del país, para intentar disminuir la gravedad del asunto.

Y exactamente a un mes de elecciones presidenciales en Estados Unidos, y en el momento más álgido de la campaña, Trump informa desde su cuenta de Twitter que la primera dama y él han contraído Covid-19. Como un castigo divino a tanta negación y resistencia al virus, o simplemente por el hecho de no haber sido más precavido, el presidente y parte de su equipo y algunos senadores republicanos ahora han contraído el virus.

En plena campaña electoral el contagio puede ser mucho más alto, porque los eventos electorales y las reuniones con los asesores de la campaña estaban haciéndose a diario. Paralelamente, Trump intentaba conseguir logros políticos, como la nominación de la juez Amy Coney Barret a la Corte Suprema, por lo que hicieron un evento el pasado sábado 27, en los jardines de la Casa Blanca, en el que participaron un gran número de autoridades y miembros del gabinete y ninguno de ellos portó una mascarilla. De acuerdo con fuentes internas, hubo también reuniones a puerta cerrada con algunas de estas figuras. Además, Trump estaba preparándose para el primer debate presidencial con el candidato John Biden, por lo que estuvo reunido en privado con grupos diferentes previo al diagnóstico.

La dificultad de esta situación es que políticamente podría complicarse el panorama para la Administración si más senadores republicanos siguen dando positivo, porque eso podría ocasionar que no lleguen a tener la mayoría en el Senado para la votación de la juez a la corte suprema, o alguna legislación que requiera ser votada en los próximos días previo a las elecciones. Porque tal y como establece la ley, los senadores tienen que estar presente en el hemiciclo para ejercer su voto. Pero también pone al país en una situación vulnerable si otros miembros de la Administración dan positivo. De momento el vicepresidente Pence ha dado negativo y planifica continuar con el liderazgo de la campaña electoral, pero su rol ahora mismo debería ser el quedarse en la Casa Blanca y estar listo para liderar la nación frente a una situación en la que el mismo Trump quede imposibilitado por unos días.

El sábado pasado Trump twitteaba un video en el que aparecía dando un corto mensaje a la nación agradeciendo los buenos deseos mientras daba una imagen de control a pesar de estar afectado por el virus, y en el que admitía que por su edad estaba más afectado que Melania quien es 24 años más joven que él.

Las próximas horas serán clave para determinar el rumbo político de Estados Unidos, y la salud de Trump. Pero de momento el partido de oposición ha suspendido toda la propaganda negativa en contra de Trump y los mensajes públicos de los demócratas han suavizado el tono como un gesto solidario a la salud del presidente.

Es prematuro pronosticar los resultados electorales, pero lo que sí es claro es que el electorado de Trump es fiel y no cambia de opinión frente a comentarios o circunstancias. Y el electorado de Biden reúne a todo lo anti Trump y a los que culpan a la Administración de la mala gestión de la pandemia. Con un presidente convaleciente, la Bolsa también ha sentido el impacto, además de una economía golpeada por los efectos del Covid-19. Como todo 2020 ha sido impredecible e incierto, las siguientes cuatro semanas lo serán porque dependerán de la evolución médica del presidente.

Otra estacada para China. Nieves C. Pérez Rodríguez

En cuenta atrás para las elecciones, en un panorama político muy áspero, con una división social que parece agudizarse cada día y en medio de la peor pandemia que hemos conocido, la Administración Trump sigue su campaña por mantenerse en el poder mientras continúa su lucha con Beijing.

Los anuncios al final de la semana pasada venían de manos de la Secretaria de Comercio, que en esta ocasión ponía plazos para prohibir el uso de las plataformas Wechat y Tiktok. A pesar de que ya se había advertido sobre posibles bloqueos o prohibiciones, no deja de ser una estacada más a las ya complejas relaciones entre Washington y Beijing.

El pasado 6 de agosto Trump firmaba una orden ejecutiva que prevenía a los ciudadanos y empresas estadounidenses de la prohibición del uso de estas aplicaciones en un plazo de 45 días. En desarrollo de esa orden se oficializa la prohibición y tal y como decía el comunicado del Departamento de Comercio se explicaba que “se han tomado acciones significativas para combatir la recopilación maliciosa de datos personales de los ciudadanos estadounidenses por parte de China, al tiempo que promovemos valores nacionales conforme con las normas democráticas basados en la aplicación agresiva de la ley estadounidense”.

El debate en Washington se ha centrado en el peligro que representan estas plataformas para la seguridad nacional, la política exterior y la economía de los Estados Unidos. Por lo que la medida imponía un bloqueo a las tiendas de Apple y Google para que no puedan ser descargadas -a través de ellas- ninguna de las dos aplicaciones.

Wechat es una plataforma de mensajería multipropósito, pues funciona parecida a WhatsApp -mensajes de textos, de voz, envío de videos, llamadas- pero con más opciones y más usuarios en el mundo, pues desde el 2018 tiene 2 mil millones de usuarios activos. Es también una aplicación de videojuegos y de pago o envío de dinero, por lo que la prohibición afectará a entidades bancarias, negocios e individuos que la utilizaban para hacer transacciones diarias. La llaman el “super app” porque reúne las funciones de Twitter, Facebook, Google Play, WhatsApp y Slack.

Tiktok, por su parte, es una plataforma que permite crear, editar y compartir videos, mientras da la opción a los usuarios de interactuar entre sí comentando sus videos, compartiéndolos y además cuenta con una opción de mensajería directa. Inicialmente las cuentas eran públicas de forma predeterminada, lo que dejaba la biografía del perfil abierta, el nombre y la imagen del usuario, por lo que los usuarios sin importar su edad podían ser vistos y estaban accesibles a otros usuarios, lo que fue una de las primeras confrontaciones en los Estados Unidos.

Tiktok se concibió para permitir el envío de mensajes directos entre usuarios, lo que ocasionó que adultos interactuaran con niños. Esto abrió una primera batalla en la que el ente de protección al consumidor estadounidense (Federal Trade Commission, FTC por sus siglas en inglés) basándose en la ley de protección de la privacidad de niños (Children´s Online Privacy Protection) llevó el caso al Departamento de Justicia y la operadora de videos china acordó a pagar 5.7 millones de dólares. Lo que es la pena civil más alta por haber violado la privacidad de menores hasta el momento.

Además del pago millonario acordado en febrero del 2019, TikTok fue obligada a respetar la ley de protección de la privacidad de niños y, por lo tanto, tuvo que retirar videos de menores de 13 años para poder seguir operando en territorio estadounidense el año pasado.

Para ambas aplicaciones la prohibición de descargarlas entraba en vigor el lunes. Pero en el caso de Titktok se había concedido seguir una extensión hasta el 12 noviembre, con la idea de dar ocho semanas de gracia en las que se propiciara un acuerdo con la firma tecnológica estadounidense Oracle.

Para sorpresa de todos, a tan sólo 24 horas de que la prohibición entrara en rigor, el mismo Trump anunciaba que el acuerdo se había concretado e indirectamente se atribuía el éxito de este. Aunque no se conocen detalles, se ha hecho público que Oracle y Walmart tendrán el 20% de participación en lo que ahora será TikTok Global.

Para eliminar las dudas sobre brechas de seguridad de la plataforma, Tiktok se separará de ByteDance, que es la empresa china que la creo en sus comienzos, y Oracle le proveerá de una nueva nube -cloud- con el propósito de acabar con las dudas sobre el malicioso uso, manejo y almacenamiento de la data.

Tiktok prometió también pagar 5 mil millones de dólares al Departamento del Tesoro estadounidense para crear una iniciativa educativa, que es parte de lo que ha venido promoviendo Trump, de que detrás de un buen negocio siempre el Estado recibir algún beneficio.

Trump es un profundo convencido de su gran capacidad para hacer acuerdos, sus famosos “deals” que no siempre son en efecto un buen negocio. Pero lo que se puede ver con la nueva prohibición de Wechat y el acelerado acuerdo de Tiktok es el famoso juego de presión, que tanto le gusto a Trump y que a priori a dado resultado.

A tan solo 6 semanas de la contienda electoral que puede reelegirlo o por el contrario, derrotarlo, Trump va a usar el acuerdo como un éxito más de su gestión. Sin embargo, con tan pocos datos es apresurado afirmar que es en efecto, un buen negocio, o por lo menos la duda del riesgo para la seguridad nacional sigue estando muy presente, pues el 80% de la partición de TikTok seguirá estando en manos chinas, aunque la propuesta tenga contemplado agregar más ejecutivos estadounidenses.

INTERREGNUM: Alianza en peligro. Fernando Delage

La semana pasada el gobierno de Rodrigo Duterte notificó a Washington su intención de dar por concluido el acuerdo de 1998 sobre cooperación militar (“Visiting Forces Agreement”, VFA) que ha permitido desde entonces la presencia de tropas norteamericanas en Filipinas, con el fin de adiestrar a las fuerzas locales en la lucha antiterrorista y contra el tráfico de drogas. El acuerdo, negociado después de que la Constitución filipina prohibiera el establecimiento de bases militares extranjeras—Estados Unidos tuvo que abandonar las dos que poseía en el archipiélago—, ha sido uno de los elementos básicos de la alianza entre ambos países junto al tratado de defensa mutua de 1951, y el instrumento que actualizó y amplió este último en 2014.

La denuncia del pacto se debe, según Manila, a “la falta de respeto a la soberanía filipina”. Pero el detonante parece haber sido la negativa de Washington a conceder un visado a uno de los más estrechos aliados de Duterte, el senador Ronald “Bato” de la Rosa, antiguo responsable de la policía nacional, a quien se acusa de violación de derechos humanos. Debe recordarse, no obstante, que—desde su elección en 2016—el presidente filipino ya puso en duda la continuidad de la alianza bilateral. Duterte imprimió un nuevo giro diplomático hacia China, abandonando de este modo la posición de su antecesor, Benigno “Noy” Aquino III, quien llegó a demandar a Pekín ante el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya por las acciones de la República Popular en el mar de China Meridional.

Sin el VFA, las capacidades militares filipinas se verán gravemente limitadas. Se ponen en riesgo los ejercicios conjuntos anuales, así como el elemento disuasorio frente a posibles acciones hostiles que representa la presencia naval norteamericana en el mar de China Meridional. Por no mencionar la aportación financiera de Estados Unidos: entre 2016 y 2019, Washington ha proporcionado a Manila más de 550 millones de dólares en ayuda a su defensa.

Duterte ha prohibido a los miembros de su gabinete viajar a Estados Unidos, y ha rechazado la invitación del presidente Trump a participar en la próxima cumbre Estados Unidos-ASEAN que se celebrará en marzo en Las Vegas. El Departamento de Estado norteamericano ya ha indicado que la decisión tendrá graves consecuencias para la relación bilateral, aunque Trump se ha limitado a manifestar su alegría por el “ahorro” que supondrá para las arcas norteamericanas.

La terminación de este acuerdo no implica por sí misma el fin de la alianza: el tratado de defensa mutua siga en pie. Pero las implicaciones de la decisión de Duterte van mucho más allá de sus relaciones con Washington. Si bien este último no ha señalado a China como una de las variables detrás de la renuncia, hay que presumir que lo es. Debilitar las alianzas bilaterales de Estados Unidos es uno de los objetivos estratégicos fundamentales de la República Popular, cuya influencia parece así cada vez mayor en la región. La incertidumbre sobre el futuro de la alianza con Filipinas supone por tanto un duro golpe para la credibilidad de la arquitectura de seguridad construida por Estados Unidos en Asia hace setenta años.

Es el momento para un acuerdo comercial entre USA y Taiwán. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Administración Trump ha sido clara en expresar su posición en contra de las irregulares prácticas chinas. La guerra comercial ha sido la médula del conflicto entre Beijing y Washington, en el intento desesperado de este último de equiparar o al menos reducir considerablemente el déficit comercial con China.

Esta pugna ha servido también para abrir nuevos espacios a terceros actores, como es el caso de Taiwán, que se encuentra en este momento en una situación privilegiada para negociar un acuerdo de libre comercio con Washington.

La Administración Trump ha sabido manejar su relación con Taiwán sin generar muchas provocaciones, mientras han propiciado más acercamientos. Las declaraciones del Departamento de Estado en relación con Taiwán han sido más fuertes y contundentes que nunca. Mientras que desde Taiwán se ha podido observar que los altos funcionarios han fijado como prioridad intentar un acuerdo comercial con Washington aprovechando la favorable coyuntura internacional.

No ha habido un momento tan oportuno para un acuerdo comercial de libre comercio entre Estados Unidos y Taiwán como el de ahora. Con la situación de Hong Kong aún en ebullición, el reciente informe sobre la situación de los derechos humanos en China emitido por el Congreso de los Estados Unidos y la sensibilidad que parece haberse despertado en los legisladores estadunidenses sobre las prácticas chinas en su territorio (eliminación de las creencias religiosas y culturales, exacerbación del nacionalismo chino) sería muy pertinente plantear un proyecto de ley en el Congreso estadounidense que abra una nueva fase de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Taiwán.  

4Asia asistió a un foro en el que se debatieron las perspectivas económicas en las relaciones bilaterales de ambos, en el Instituto Global taiwanés, la semana pasada, y en el que todos los expertos coincidieron en que es un momento ideal para impulsar las ya existentes relaciones y llevarlas a un plano más complejo.

Reiley Walters (experto en economías del noroeste asiático, con foco en inversiones extranjeras y ciberseguridad y analista de la the Heritage Foundation) insistió en que el acuerdo debió haberse materializado hace unos 30 años o incluso antes. Mientras que Beijing intenta apagar a Taiwán en el plano internacional un tratado de esta naturaleza podría ser un mecanismo para mantenerlo a flote. 

Walters se mostró convencido de que el 2020 será el año de los acuerdos económicos entre Taipéi y Washington. Este año deberían comenzarse las discusiones para que se pueda firmar el año próximo. Así mismo cree que estas relaciones bilaterales deberían diversificarse y es momento de hacerlas más complejas. Así como en el aspecto militar Trump está haciendo un gran trabajo en Taiwán, deberían reimpulsarse otros aspectos de estas cómo en el plano diplomático.

Por otra parte, Derek Scissors, (experto en economía y legislación comercial internacional, con especial foco en China e India) insistió en que Taiwán necesita diversificarse más y dejar la dependencia de China. Y pronostica que cuanto más se separe la economía de Estados Unidos de la China a Taiwán le tocará decidir entre una u otra.

4Asia le preguntó a Scissors su opinión acerca de ¿qué tan cerca nos encontramos de un acuerdo bilateral entre ambos?

 “No creo que estemos cerca de un acuerdo comercial entre Taiwán y los EE. UU. Porque Taiwán, una vez más, no está siendo agresivo para impulsar este acuerdo. Si Taiwán hiciera una oferta detallada a los Estados Unidos, podríamos avanzar muy rápidamente. Pero no lo han hecho, solo hablan de eso sin cesar”.

No cabe duda de que un acuerdo de libre comercio entre Washington y Taipéi podría generar beneficios económicos para Taiwán, pero para Estados Unidos podría ser una gran estrategia de reposicionamiento en la región asiática y en el Pacífico.

Si Washington aprovechara la coyuntura actual, su tensión económica con China y la cercanía con Taiwán, este posible acuerdo podría revivir la figura de Estados Unidos en la región, que podría canjearse por beneficios más allá de los económicos, como influencia, y de esta manera equilibrar el peso de Beijing en los países con economías más pequeñas, y por lo tanto en la región.

Del NAFTA al USMCA. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA por sus siglas en inglés) entró en vigor en enero de 1994, y desde entonces el intercambio comercial entre Canadá, México y Estados Unidos no hizo más que creer exponencialmente cada año. Fue un acuerdo que trajo mucha prosperidad a cada uno de los Estados firmantes y sus 450 millones de habitantes. Tan sólo en 2017 el intercambio de este bloque fue de 1.2 billones de dólares.

En mayo del 2017 el representante de intercambios comerciales de Donald Trump anunciaba que la nueva administración quería renegociar el acuerdo que tenía más de 20 años en vigor por lo que, en agosto de ese mismo año, las contrapartes comenzaron el proceso que como suele suceder dio lugar a muchos encuentros y conversaciones e incluso alguna amenaza por parte de Trump, en su tónica habitual.

Finalmente, después de muchos intentos y negociaciones, se materializó el nuevo acuerdo. El ahora llamado USMCA (Acuerdo de Estados Unidos, México y Canadá) contó con el visto bueno del congreso de los Estados Unidos justo antes de la Navidad. Ahora bien, ¿cuáles son las claves de esta negociación?

  1. El sector automotriz. En cuanto a este rubro manufacturero el nuevo acuerdo prevé que el 75% de las partes de los vehículos sea fabricado en alguno de los tres países miembros, mientras el NAFTA preveía 62.5% para poder estar exento de tarifas arancelarias. La gran novedad en esta área es que requiere que la hora de trabajo sea pagada a 16 dólares mínimo, lo que podría ser un golpe para México cuyo atractivo para esta industria fue exactamente el bajo coste de la mano de obra. Mientras que podría ser un reimpulso para la industria estadounidense, uno de los aspectos en los que más ha insistido Trump desde que lanzó su candidatura.
  2. La Propiedad intelectual.
    1. En este apartado se encuentra la industria farmacéutica y sus derechos de patentes por 10 años. Concluido ese periodo, se podrá empezar a producir medicamentos genéricos de esas fórmulas. Este punto fue controvertido, por un lado, por la fuerza que tiene esa industria y el gran lobby que la defiende, y, por otro, porque en los Estados Unidos esas patentes contaban con un periodo de tiempo de 12 años, mientras que para Canadá eran 8 años y en México 5 años.
    2. Los derechos de autoría estarán vigentes 50 años, contados partir de la muerte del autor.
    3. La industria láctea. Los productos lácteos constituyeron un punto crítico de la negociación, puesto que Canadá tenía una política restrictiva a las exportaciones de lácteos ultrafiltrados -que es un proceso ampliamente usado en los Estados Unidos, en el que se separa el suero y la proteína de la leche entre otros, para producir derivados. Tanto México como Canadá son grandes importadores de estos productos, y Trump necesitaba ganar esta batalla para poder congraciarse con los productores lácteos de tres estados: Wisconsin, estado clave para que se le reelija. Michigan, que, a pesar de ser más demócrata, hace cuatro años votó republicano. Y Texas, que es uno de los principales productores lácteos del país, y un estado cuyo voto suele ser más republicano.

Este sector es tan importante para Trump para conseguir votos, que ya los lácteos fueron discutidos en el marco del TPP  (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica) antes de que el mismo Trump sacara a Estados Unidos de dichas negociaciones.

  1. La era digital. En la época del NAFTA no existía preocupación por los datos. Pero hoy el big data lo es todo, por lo que el acuerdo prohíbe tanto a Canadá como a México a que obliguen a compañías estadounidenses a guardar sus datos en servidores de esos países.

Tanto la portavoz demócrata del Congreso de los Estados unidos -Nancy Pelosy- como el mismo Trump coinciden en que el nuevo acuerdo es mucho mejor que el NAFTA, y ambos se encuentran en posiciones radicalmente opuestas la mayoría de las veces.

En un tweet, el presidente, en el momento en que se anunció el acuerdo, dijo “El USMCA es el mejor acuerdo que ha tenido Estados Unidos nunca”, en su estilo habitual pero también queriendo poner el foco en este acuerdo y desviarlo del fallido acuerdo comercial con China que, ha sido un gran dolor de cabeza con el que aparentemente la estrategia de estira y encoje no le ha funcionado tan bien, mientras Beijing empieza a dar señales de haber perdido la paciencia con mensajes mucho más subidos de tono de lo que nos tiene acostumbrado.

No cabe duda de que Trump hará uso político y electoral del USMCA durante este año. Pues objetivamente es uno de los pocos logros en política exterior que ha conseguido su Administración, y en el que hay que reconocerle, que ha buscado proteger la industria estadounidense tal y como ha afirmado en múltiples ocasiones.

INTERREGNUM: No es sólo Irán. Fernando Delage

En 2016, Donald Trump se presentó como candidato a la presidencia de Estados Unidos prometiendo que sacaría al país de las guerras de Oriente Próximo. Instalado en la Casa Blanca, no tardó en abandonar el acuerdo nuclear con Irán, e imponer a este último duras sanciones económicas. Trump intentó reducir la presencia norteamericana en la región haciendo de Israel y de Arabia Saudí—coincidentes ambos en su hostilidad hacia Teherán—los instrumentos centrales de defensa de sus intereses. Lo inviable de dicha política acaba de ponerse de manifiesto: con el asesinato del general Qassem Suleimani en Bagdad la semana pasada, Washington abre un nuevo escenario de conflicto, cuyas implicaciones no se limitan sin embargo a esta parte del mundo.

Los analistas especulan sobre las posibles represalias del régimen iraní. Pero quizá tenga mayor interés examinar el margen de maniobra con que cuenta Estados Unidos para responder, a su vez, a las reacciones de Teherán. Irán actuará de manera gradual, asimétrica y con un claro objetivo a largo plazo: la completa expulsión de Washington de Siria e Irak. La influencia adquirida por Teherán en la zona—una de las consecuencias de la invasión norteamericana de Irak en 2003—permite a sus autoridades dictar el ritmo, alcance y localización de toda escalada de manera precisa. Irán puede navegar los vericuetos de Oriente Próximo con una considerable libertad de acción, mientras que Estados Unidos parece haber perdido la que tuvo durante décadas. Pues no se trata de capacidades militares—terreno en el que nadie puede competir con Washington—sino de un juego que se desarrolla en un tablero más amplio, y en el que participan otras grandes potencias.

Mientras Trump ha abierto el camino que puede conducir a una nueva guerra en Oriente Próximo, Kim Jong-un puede reanudar sus ensayos nucleares y continuar ampliando su arsenal. China y Rusia, por su parte, observan con satisfacción este intento de demostración por Washington de su poder como lo que es en realidad: una prueba de desorientación estratégica que continúa minando su posición geopolítica. Motivado por la prioridad de su reelección, Trump intenta crear las circunstancias que le sirvan de apoyo en el caso de una confrontación directa con Irán. Pero 2019 terminó con la realización en el golfo de Omán, del 27 al 31 de diciembre, de los primeros ejercicios navales conjuntos en la historia de Irán, Rusia y China; una iniciativa que lanza a Washington el claro mensaje de que Teherán no está solo y cuenta con poderosos socios. Irán se afirma como potencia regional, Rusia confirma su regreso como actor relevante en Oriente Próximo, y China revela las capacidades navales que sustentan la ampliación de sus intereses geoeconómicos.

La advertencia de que una guerra con Irán implicaría a China y Rusia—haciendo de la muerte de Suleimani un nuevo Sarajevo—puede resultar un tanto exagerada. Pero no lo es el hecho de que, sumando a su enfrentamiento con Pekín y Moscú, un choque con Teherán, Washington está propiciando la formación de la Eurasia menos conveniente para sus intereses. En el contexto de vulnerabilidad política propio de un año electoral, una “alianza” China-Rusia-Irán no sólo puede hacer inviable una política norteamericana de embargo de recursos energéticos, sino acelerar la construcción de un espacio euroasiático integrado en el que Estados Unidos puede quedarse fuera de juego.

Año nuevo, tensiones al alza

El último año de la década comienza con los mismos puntos de tensión de los últimos años con un aumento de tensión en Oriente Medio. La guerra de baja intensidad que se lleva a cabo con más o menos publicidad en los últimos meses entre Estados Unidos e Irán ha saltado a primera plana con la eliminación en Bagdad del general iraní Qasem Soleimani y sus más directos colaboradores. Soleimani, además de ser la mano derecha de Ali Jamenei, máximo dirigente religioso de Irán, situado por encima del Gobierno y autoridad de la principal rama del chiismo en todo el mundo, encabezaba la división Al Quds (que no por casualidad es el nombre árabe de Jerusalén) desplegada en Irak, entrena en operaciones “irregulares”, es decir terroristas en algunas ocasiones. Soleimani, mito para los iraníes que apoyan al régimen teocrático, dirigía la colaboración con Hizbullah, las relaciones con grupos terroristas palestinos que, aunque suníes, viven de las finanzas de Teherán y las operaciones contra Arabia Saudí en Yemen y otras partes.

Este golpe al gobierno de Teherán puede tener consecuencias que van más allá del aumento de tensión militar y posibles enfrentamientos y atentados. Puede aumentar las contradicciones internas entre los poderes iraníes, contra lo que se pueda pensar ya que Soleimani respondía sólo ante Jamenei y no ante el gobierno y, a la vez, estrecha los lazos de EEUU con aliados como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, últimamente dudosos de las vacilaciones de Donald Trump y el aumento de la influencia rusa aliada de Teherán.

Pero el escenario de Irak, donde chocan EEUU en Irán, no está aislado en una amplia región donde confluyen los intereses de China en su trazado de la nueva Ruta de la Seda, la creciente influencia rusa, los choques entre corrientes islámicas y poderosos intereses europeos sin que la Unión Europea haga otra cosa que pedir calma. “Cuando aparece una amenaza grave, mientras EEUU lanza un misil, la Unión Europea emite un comunicado”, dijo una autoridad militar norteamericana hace unos años”.

Negociar con ventaja

En las negociaciones tienen especial importancia las respectivas posiciones de los negociadores. Esto, que es una evidente obviedad, se olvida a veces por parte de analistas, expertos y medios de comunicación.

Viene esto a cuenta del giro de las últimas horas por parte de Corea del Norte en sus relaciones con Estados Unidos al frenar de manera pública (en secreto nunca avanzó realmente) sus planes de desnuclearización pactados en las dos cumbres mantenidas con Estados Unidos con distinto nivel de éxito.

Donald Trump está en horas bajas. Sus torpezas, su zafiedad, sus desprecios por las formas políticas y la educación diplomática y su improvisación alimentada de caprichos, ignorancia y soberbia le han conducido a un proceso de juicio político por el Congreso de los Estados Unidos. Y tiene que enfrentarse a unas elecciones presidenciales para intentar conseguir un segundo, y constitucionalmente improrrogable, segundo mandato. En ese marco, el presidente de Estados Unidos tiene que mantener una imagen que fidelice el apoyo de sus votantes y, al mismo tiempo, no enredarse en un conflicto internacional en el que no tenga las garantías de obtener réditos electorales o, al menos, no verse penalizado por su opinión pública.

Por el contrario, los dirigentes de los países autoritarios y no sometidos a vaivenes electorales o a contrapesos de sus sociedades como China, Rusia en menor medida y, desde luego, Corea del Norte, tienen las manos libres en sus relaciones y pueden ceder, insultar y amenazar sin tener que dar explicaciones, para las que, en todo caso, tienen a su disposición inmensos aparatos de propaganda bajo control absoluto.

Corea del Norte ha puesto en escena un acto de propaganda, cuya realidad no se conoce en detalle, anunciando avances en un experimento militar que, afirman, mejora la relación de fuerzas a favor de su dictadura. No hay ninguna razón para pensar que la amenaza sea sensiblemente mayor que ahora. Sólo que Corea del Norte quiere recuperar una política de chantaje mundial que con Clinton y Obama convirtió en dinero y concesiones y aspira a más concesiones de Trump en sus momentos de debilidad. Pero eso mismo es un dato preocupante.

INTERREGNUM: India da un paso atrás. Fernando Delage

La semana pasada, en Bangkok, saltó la noticia: al anunciarse—después de siete largos años de negociaciones—el acuerdo de conclusión de la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés), India hizo pública su retirada. El abandono de Delhi no resta importancia al que será mayor bloque económico del planeta: los 15 Estados que firmarán el pacto en Vietnam en 2020—los 10 miembros de la ASEAN y cinco de sus principales socios económicos (China, Japón y Corea entre ellos)—suman el 45 por cien de la población mundial y un tercio del PIB global. ¿Por qué ha querido India apartarse de este espacio que se convertirá en un igual de la Unión Europea y de NAFTA?

Aunque es conocida la inclinación india hacia el proteccionismo—una filosofía que sigue guiando a sus autoridades desde la independencia—, el temor a que su participación en RCEP condujera a un rápido incremento de su ya notable déficit bilateral con China ha sido el principal argumento esgrimido por Delhi. Sin embargo, era el mismo gobierno indio el que hace solo unas semanas advertía del riesgo de aislamiento que supondría quedar fuera del acuerdo. Recurrir ahora, como se ha hecho, a la defensa de los intereses nacionales como justificación en contra de la adhesión sólo sirve para hacer evidente el peso político de la agricultura y otros sectores protegidos. El primer ministro, Narendra Modi, ha preferido mantener la popularidad de su liderazgo—en mayo revalidó su mayoría absoluta—, en vez de sumarse a un marco institucional y normativo que hubiera facilitado la realización de las reformas estructurales que India necesita.

Pese al comprensible temor al aluvión de importaciones chinas, India ha demostrado que no está preparada para firmar un acuerdo multilateral con otras grandes economías. Más graves son, con todo, las implicaciones de la decisión para el desarrollo económico y la proyección diplomática del país. Modi ganó sus primeras elecciones nacionales en 2014 con el compromiso de reactivar el crecimiento mediante el impulso de la industria, un imperativo clave para la creación de empleo para cientos de millones de jóvenes indios. En una era en la que las manufacturas no pueden prosperar al margen de las redes transnacionales de producción y distribución, redes que a partir de ahora estarán dominadas en Asia por el RCEP, no resulta claro cómo podrá India transformar la estructura de su economía.

Con su decisión, India ha renunciado a una gran oportunidad para convertirse en un mercado competitivo. En vez de involucrarse con sus Estados vecinos, sus políticos se han dejado secuestrar por intereses sectoriales locales. El mensaje de que no hay voluntad política para avanzar en las reformas no ayudará a la atracción de inversión extranjera. Por otra parte, también cabe dudar de las ambiciones indias de aumentar su influencia política en la región: la “Act East policy” de Modi parece haber quedado sepultada por su rechazo del RCEP. Asia ha dado un nuevo salto adelante en su integración, del que India se ha autoexcluido.

La ironía es que China vuelve a ganar, al quedar en solitario como economía central del nuevo bloque. La no participación de Delhi en el RCEP se suma al anterior abandono del TPP por Estados Unidos tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, facilitando la ocupación por Pekín de un espacio geoeconómico cada vez mayor. ¿Recapacitará Modi para no perder este tren? Sus socios le han dejado la puerta abierta.