INTERREGNUM: Los dilemas chinos de Bruselas. Fernando Delage

Es probable que la cumbre bilateral Unión Europa – China, retrasada por la crisis del coronavirus, se celebre mediante videoconferencia la primera semana de junio.  Será el primer encuentro diplomático de alto nivel para Pekín desde el estallido de la pandemia, y se producirá justo después de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional china, pospuesta dos meses por las circunstancias sanitarias. En un contexto marcado por las tensiones en la relación con Estados Unidos, China tiene especial interés en reforzar los vínculos con Bruselas. Una razón añadida es la pronunciada caída de las inversiones de la República Popular en el Viejo Continente desde 2016 (en 2019 la disminución fue del 33%: 12.000 millones de euros), como consecuencia de los criterios más restrictivos impuestos por las autoridades comunitarias.

Las circunstancias no son las más propicias, sin embargo, para atender los deseos chinos. La UE se ha sumado a la petición de una investigación por parte de la OMS sobre el origen del virus, mientras que la censura por parte de un medio oficial chino a un artículo firmado por el embajador de la Unión y sus colegas europeos en Pekín, y su aceptación por el primero de ellos (se solicitó eliminar la referencia a China como lugar donde arrancó el contagio), ha provocado nuevas diferencias internas en Bruselas.  El Alto Representante, Josep Borrell, ha declarado que la Unión nunca volverá a ceder a los intentos de censura por parte de Pekín.

Estas turbulencias podrían provocar la suspensión de la primera cumbre entre China y la UE con todos los jefes de Estado y de gobierno presentes—además de los presidentes de la Comisión y del Consejo—, prevista en Leipzig en septiembre como uno de los hitos de la presidencia semestral alemana. De momento no aparece en la agenda de prioridades anunciada por Berlín. Y, de celebrarse finalmente, es probable que sea también a través de videoconferencia.

Pese a las circunstancias, ambas partes insisten en que se ha avanzado de manera notable en las negociaciones sobre un acuerdo bilateral de inversiones, sujeto a discusión desde 2013. Si el pacto se concluye antes de finales de año, como cree probable la Comisión, implicará que Pekín acepta las exigencias de reciprocidad de la Unión, lo que facilitará el acceso de las empresas europeas al mercado chino, una de las claves para salir de la depresión provocada por la pandemia. 

Durante los próximos meses, Angela Merkel continuará esforzándose por articular una posición común europea que trate a China como socio y competidor al mismo tiempo, y permita afrontar las divergencias bilaterales con Pekín desde una perspectiva de cooperación. La canciller alemana quiere distanciarse de la estrategia de confrontación norteamericana con China, en su opinión contraria a los intereses europeos. Evita asimismo declaraciones como las del presidente francés, Emmanuel Macron, sobre las “intenciones hegemónicas” chinas. Alemania supone por sí sola la mitad de los intercambios entre la República Popular y la UE, y es reacia a todo enfrentamiento geopolítico. Al final de su carrera política, el desafío que representa China para el futuro de Europa se ha convertido en uno de sus mayores quebraderos de cabeza.

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