INTERREGNUM: Berlín-Pekín. Fernando Delage  

Después de la cumbre de mayo del G7 en Japón, el Consejo Europeo de finales de junio y la cumbre de la OTAN en Vilna pocos días después eran los dos encuentros multilaterales de las democracias occidentales en los que tratar, además de la evolución de la guerra de Ucrania y la situación interna rusa, los dilemas económicos y geopolíticos planteados por las acciones y el aumento de poder de China. Siguiendo el hilo del G7, el Consejo Europeo tomó nota de la propuesta de la Comisión para reducir la dependencia de la República Popular y dar forma a una estrategia de seguridad económica, pero las conclusiones buscaron una vez más un equilibrio entre las diferentes posiciones de los Estados miembros, sin apartarse tampoco del todo de la actitud preferida por Estados Unidos. El mismo patrón se repetiría en Lituania, como se mencionó en una columna anterior. Sólo tras esta sucesión de encuentros (de hecho, un día después de concluir la cumbre de la OTAN), anunció Alemania, mayor economía de la UE y principal socio europeo de China, la estrategia hacia el gigante asiático que se había comprometido a adoptar el gobierno de coalición tras su toma de posesión.

“China ha cambiado, y por tanto nuestra política hacia China debe cambiar”, indicó la ministra de Asuntos Exteriores, Annalena Baerbock, al hacer pública la estrategia. Una China crecientemente autoritaria en el interior y agresiva en el exterior obligaba a asumir una nueva posición que sustituyera a la aproximación conciliadora mantenida durante los largos años en el poder de Angela Merkel. Pero las diferencias en el seno de la coalición de gobierno entre Baerbock, líder de los Verdes, y el canciller Olaf Sholtz, líder de los socialdemócratas, han retrasado el documento. Las referencias que se hacían en un borrador filtrado en noviembre a “violaciones masivas de derechos humanos” o a la posible exigencia de determinadas pruebas a las empresas sobre su grado de dependencia del mercado chino han desaparecido de la versión final, lo que no significa sin embargo que el texto no marque una nueva etapa en la política china de Berlín.

Pese a las diferencias internas de opinión, Alemania no quiere ver perjudicados sus intereses económicos (los intercambios comerciales bilaterales ascendieron a 300.000 millones de euros en 2022), lo que implica mitigar su potencial vulnerabilidad sin renunciar a las oportunidades que ofrece China. Sobre el primer aspecto, Berlín se encontró a principios de julio con el anuncio por parte de Pekín del control de la exportación de galio y germanio, materias primas indispensables para la fabricación de semiconductores. La estrategia hace hincapié en ese sentido en el imperativo de reducir la dependencia en recursos estratégicos (incluyendo tierras raras, productos médicos y farmacéuticos, baterías de litio para coches eléctricos, etc), a la vez que se supervisarán de manera más estricta las inversiones chinas en Alemania. En cuanto a la segunda dimensión, y aunque se aumentarán los incentivos para la diversificación hacia otros mercados asiáticos, serán las propias empresas las que deberán valorar los riesgos de su presencia en China, advirtiéndose que la administración no asumirá el coste financiero de sus decisiones en el caso de un escenario negativo.

Alemania ha querido lanzar el mensaje, dijo la ministra de Asuntos Exteriores, de que se acabó la ingenuidad en las relaciones con China, para construir una relación económica de cooperación “que sea más justa, sostenible y recíproca”. La estrategia apenas desarrolla, sin embargo, cómo se perseguirá su implementación. Permanece la duda, por otra parte, de si realmente contribuirá a la consolidación de una política unificada en el marco de la UE, como irónicamente se preguntaba el propio jefe de la diplomacia china, Wang Yi.

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