China: el gran debate

¿Supone China una amenaza existencial o solamente un reto comercial (económico y tecnológico) para las formas de vida, el bienestar y la manera de gestionar de las sociedades occidentales y aquellas que apuestan por un modelo clásico de democracia? Ese es, en el fondo, el debate presente entre expertos, analistas, asesores y consejeros de los gobiernos.

Para una parte de la Administración de Estados Unidos la amenaza es existencial, ya que estiman que de ganar China, quieran o no y es dudoso que no quieran, se produciría un cambio en el que el intervencionismo estatal, el refuerzo de las concepciones colectivistas por encima de los individuos y el autoritarismo más o menos paternalista serían las columnas vertebrales. No hay que perder de vista que la pandemia, la incertidumbre que crea, la debilitación de referencias sociales y el crecimiento de las supersticiones están fortaleciendo la exigencia de decisiones autoritarias que eximan a los individuos de compromisos y responsabilidades personales. China representa un modelo autoritario y despótico con supuesto éxito económico en las últimas décadas y eso resulta atractivo para quienes, como en el fútbol, defienden que lo importante es el resultado.

En el otro lado están quienes piensan que China supone un reto económico-tecnológico manejable y con ellos la mayoría de los gobiernos y la opinión pública europea, instalada en el relativismo moral y político y, probablemente aterrada (y con culpa) del pasado criminal del continente ha convertido en dogma de que es preferible ceder algo a un enfrentamiento. En la base de este pensamiento hay factores psicológicos determinados por la historia, falta de principios claros y un autocomplacencia vecina de la soberbia. Da la sensación de que China está más cómoda en este segundo escenario porque gana tiempo, avanza posiciones y se instala en el discurso tramposo de que los agresivos son los otros.

La cuestión es importante porque de la respuesta que se plantee dependen qué recursos, qué instrumentos, qué alianzas  y qué compromisos se ponen en marcha. Y, a la vez, la respuesta es complicada porque en cualquiera de los casos un error puede llevar a una catástrofe sin precedentes

INTERREGNUM: Emulando a Kennan. Fernando Delage

Con la salida de Trump de la Casa Blanca, Estados Unidos tendrá la oportunidad de corregir el rumbo de su política exterior. Parte del desafío consistirá en reparar los daños causados por el presidente saliente a las alianzas, a los tratados multilaterales y a la imagen del país. Pero Biden también tendrá que adaptar objetivos y estrategias a un mundo transformado, entre otros factores, por el ascenso económico y político de China. La interacción entre la variable china y la reconfiguración del sistema internacional será uno de los elementos centrales de la agenda de su equipo, ya inundado por informes sobre el tema. Dos de ellos, publicados en los últimos días, destacan por lo completo de su contenido, y por representar—pese a sus numerosos puntos coincidentes—dos definiciones opuestas del desafío chino.

El primero procede del Departamento de Estado; más concretamente de la oficina de planificación, la misma unidad que el diplomático George Kennan dirigió en su día. Se trata de un estudio que, desde su título (“The Elements of the China Challenge”) hasta su elaborada estructura, se inspira—y así se reconoce—en el análisis realizado por Kennan en 1946-1947 sobre “las fuentes del comportamiento soviético”. Si las conclusiones de este último sirvieron de base a la política de contención de Estados Unidos durante la guerra fría, este nuevo documento aspira a establecer los pilares de una estrategia a largo plazo sobre China, que pueda situarse por encima de la rivalidad entre agencias de la administración norteamericana y a salvo de los vaivenes electorales.

Es poco frecuente que un departamento ministerial elabore un texto de estas características, mucho más propio—por su lenguaje y enfoque académico—de un centro de investigación. En sus más de 70 páginas—veinte de ellas de referencias bibliográficas—, se analizan las fuentes ideológicas de la política exterior china, las vulnerabilidades que afronta como Estado, y la posible respuesta de Estados Unidos. “Asegurar la libertad” es definido como el principal objetivo de este último, que debe esforzarse, entre otras propuestas, por mantener el ejército más poderoso del mundo, crear nuevas organizaciones para promover la democracia y los derechos humanos, y formar una nueva generación de funcionarios en el conocimiento de China.  

Siendo impecable en la descripción del problema, el informe apenas presta atención a los asuntos económicos y tecnológicos, en la actualidad en el centro de la competición entre ambos gigantes. Por otra parte, sus premisas parecen enfocadas en exceso hacia una interpretación basada en diferencias ideológicas. Cuestiones éstas corregidas por el segundo informe, elaborado por la Brookings Institution (“The future of US policy toward China: Recommendations for the Biden administration”), con la participación de hasta 16 especialistas, cada uno de los cuales examina un aspecto concreto de los retos planteados por China en todas las esferas. Su punto de partida también es diferente al del documento anterior: “aunque la competición estratégica con China constituirá el marco de referencia en el futuro inmediato, se señala, sería contrario a los intereses norteamericanos tratar a China como un enemigo”.

Las diferencias ideológicas entre ambos exacerban su rivalidad, dice el texto, pero “la mayor parte de los problemas son inherentes a la competición entre grandes potencias, y deben afrontarse sin necesidad de demonizar a China por las diferencias entre sus sistemas políticos”. Las recomendaciones de este informe se resumen en la tarea de mantener la ventaja en innovación tecnológica, constituir una coalición multilateral que controle la violación por China de las reglas del orden internacional, y reconstruir su estabilidad política, económica y social interna para que Estados Unidos pueda mantener su liderazgo internacional.

Polémica sobre el 5G en Brasil con China al fondo. Nieves C. Pérez Rodríguez

La embajada china en Brasil ha tenido otro choque con el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente. No es el primer incidente, En esta misma página informábamos de lo ocurrido a principios de la pandemia, cuando la embajada respondía a un tweet de marzo del diputado en el que acusaba a China de haber silenciado el Covid y en el que comparaba al Partido Comunista Chino con las autoridades soviéticas en la actuación del desastre nuclear de Chernóbil de 1986, al que ya en su momento la embajada china respondía duramente:

“Sus palabras son extremamente irresponsables y nos suenan familiares. No dejan de ser una imitación de sus queridos amigos. Al regresar de Miami contrajiste, lamentablemente, el virus mental, que está infectando a los amigos de nuestros pueblos”, replicaba la Embajada de China en su perfil de Twitter, en aquel momento.

El diputado Bolsonaro, que es también jefe de la Comisión de Política Exterior de la cámara, acompañó a la comitiva presidencial brasileña en un viaje oficial a Estados Unidos a principios de marzo, por lo que la embajada china se refería a la infección de la enfermedad por parte de Trump y su gabinete.

La última polémica se suscitó a raíz de otra serie de tweets del mismo diputado que publicó después de mantener una reunión con el ministro de comunicaciones y los consejeros de la Agencia de telecomunicaciones de Brasil en el que se discutieron las licitaciones para la internet de quinta generación en 2021.

“Brasil apoya la iniciativa estadounidense Clean network para el 5G para frenar el avance de Huawei” y “sin espionaje de China”. Está última parte fue borrada después del encendido comunicado de protesta de la Embajada de china en Brasil en reacción a esos tweets.

La embajada china advirtió que “la declaración del diputado y otras personalidades afecta a las relaciones entre ambos países. El primer socio comercial de Brasil considera que las declaraciones infundadas se prestan a dictámenes de Estados Unidos que, entre otras cosas, busca calumniar a su país y perjudicar a empresas chinas como Huawei, que aspira a entrar en el mercado brasilero del 5G”.

“Tales declaraciones infundadas no son dignas del cargo del presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Se prestan a seguir con la información de los Estados Unidos en el uso abusivo del concepto de seguridad nacional para calumniar a China y censurar las actividades de empresas chinas. Esto es totalmente inaceptable para el lado chino por lo que manifestamos una fuerte insatisfacción y vehemente repudio a ese comportamiento”. Y paralelamente formalizaron la gestión de protesta por los canales regulares diplomáticos.

La iniciativa del Clean network cuenta con 30 países, entre ellos muchos europeos, y el pasado mes de agosto el secretario de Estado Mike Pompeo relanzó la iniciativa ampliándola a libertad en las fronteras, libertad en la nube, libertad en las tiendas virtuales, libertad en las aplicaciones y la libertad del cable. Y tal y como reza el documento oficial del departamento de Estado “el programa Clean network es el enfoque integral de la Administración Trump para salvaguardar los activos de la nación, incluida la privacidad de los ciudadanos y la información más sensible de las empresas, de intrusiones agresivas de actores malignos, como el PC chino”.

La gigantesca empresa china Huawei opera en territorio brasileño desde 1999, y estaba contando con participar en las licitaciones públicas que tendrán lugar el próximo año sobre la red del 5G.

La incorporación de Brasil a la iniciativa de Clean network se traduce en que la construcción de la red de 5G de telefonía móvil excluye equipos de Huawei y ZTE.

Según Reuters, Washington le ha ofrecido a Brasilia financiación para que compren tecnología occidental de Nokia y Ericson en vez de Huawei. Aunque las cinco principales empresas telefónicas de Brasil ya están probando equipos de Huawei, adelantándose a la gran licitación del próximo año.

La embajada china en Brasilia aprovechaba el comunicado de protesta para recordar que las relaciones diplomáticas entre ambos países cuentan con 46 años de antigüedad en los que los vínculos han crecido exponencialmente debido al esfuerzo de ambas partes. Y que tan sólo de enero a octubre de este año las exportaciones brasileras a China han superado los 58 millones de dólares.

Los Bolsonaro han sido polémicos por sus opiniones sobre China desde la campaña electoral presidencial, y este año a razón de la pandemia han surgido diversos comentarios hasta de boca del propio presidente quien rechaza una vacuna china para los brasileros, a pesar de que se esté desarrollando una con un instituto biotecnológico en Sao Pablo. Pero la respuesta de la embajada china en Brasil muestra el nivel de agresividad en el que se encuentran, porque no sólo arremeten contra Eduardo Bolsonaro por sus tweets sino contra los Estados Unidos por ser quienes están advirtiendo del peligro de un 5G en manos de China y la gravedad de la movilidad de toda esa información en manos del PC chino.

No cabe duda que 2020 ha sido un año diferente, incluso para la diplomacia menos diplomática china…