INTERREGNUM: Tensiones en la península. Fernando Delage

El pasado 2 de noviembre, Corea del Norte disparó 25 misiles—el mayor número registrado en un solo día hasta la fecha—, uno de los cuales cayó muy cerca de las aguas territoriales de Corea del Sur. Los lanzamientos continuaron durante los días siguientes, incluyendo el de un misil intercontinental (que, según parece, resultó fallido). En respuesta a las provocaciones norcoreanas, Seúl desplegó sus propios misiles, a la vez que su ejército realizaba maniobras con Estados Unidos (que incluyeron los mayores ejercicios aéreos realizados en la historia de la alianza). Se sospecha asimismo que Pyongyang podría realizar a corto plazo su séptimo ensayo nuclear. Las tensiones en la península coreana se han elevado así a un peligroso nivel, agravando el riesgo de enfrentamiento militar en unas circunstancias en las que toda posibilidad de un acuerdo parece cada vez más remota.

Dos factores han transformado el equilibrio estratégico en la península coreana. El desarrollo de sus capacidades militares hace irreversible, por una parte, el estatus de Corea del Norte como potencia nuclear. Por otro lado, en un contexto geopolítico definido por la guerra de Ucrania y por el incremento de la rivalidad entre Washington y Pekín, China y Rusia encuentran motivos para reforzar su “protección” del régimen de Kim Jong-un, haciendo virtualmente inviable una resolución diplomática del conflicto.

A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional para prevenir su adquisición de armamento nuclear, Pyongyang, en efecto, ha continuado construyendo su arsenal sin interrupción. Tras su último ensayo nuclear en 2017, intensificó de hecho los esfuerzos dirigidos a ampliar y diversificar sus sistemas de misiles. Este mismo año, además de realizar un número sin precedente de lanzamientos, anunció el fin de la suspensión de los ensayos de misiles de largo alcance al que se comprometió con la administración Trump en 2018. El país está invirtiendo además en la producción de nuevos misiles—con cabezas múltiples, hipersónicos, lanzados desde submarinos, etc—, y en tecnologías que los hacen más fáciles de transportar y lanzar, y más difíciles de detectar.

Con la atención del mundo puesta en Ucrania, Corea del Norte ha encontrado una gran oportunidad para continuar con su escalada, así como con un mayor margen de maniobra al convertirse en un instrumento útil para Pekín y para Moscú. Si, para China, su aliado norcoreano ha sido siempre un elemento de presión en su competición con Estados Unidos, con respecto a Rusia la relación ha conocido un acercamiento sin precedente. Pyongyang fue uno de los cinco gobiernos que, en marzo, votaron en la Asamblea General de la ONU en contra de la condena de la invasión rusa de Ucrania. En julio, reconoció oficialmente a Donetsk y Luhansk como Estados independientes. En septiembre se hizo público que estaba vendiendo armamento a Moscú. No debe sorprender pues que el Kremlin haya calificado a Corea del Norte como “un muy importante socio estratégico”.

Kim Jong-un carece en consecuencia de todo incentivo para negociar. Pero, simultáneamente, la capacidad de la comunidad internacional para contener el problema se vuelve cada vez más limitada. Todos los intentos de desnuclearización de la península realizados durante años han fracasado: ni las sanciones económicas ni la presión diplomática han permitido poner fin al programa nuclear norcoreano. Pyongyang ha consolidado un cambio unilateral del statu quo, reduciendo las opciones de las naciones vecinas y de unos Estados Unidos volcados en su competición con China. No ha dejado de ser, sin embargo, una grave amenaza para la estabilidad internacional.

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