Hay consenso entre analistas y expertos en inteligencia en la situación de Oriente Medio y su repercusión sobre los frágiles equilibrios político militares entre el Mediterráneo y la frontera china acerca del papel protagonista que ha adquirido Pakistán en la región. Este país, creado artificialmente por los británicos para darles un territorio a musulmanes del Indostán y tratar de resolver la crisis creada por la independencia de India (con un notable fracaso histórico que condujo a varias guerras y enormes matanzas) está logrando situarse como potencia regional apoyándose en una buena relación con China, relaciones con EUU que le han protegido en su conflicto con India sobre la soberanía de una parte de la región de Cachemira y sus armas nucleares.
Desde esta plataforma, Pakistán está siendo el intermediario imprescindible entre EEUU e Irán y a la vez, trata de aparecer como garante de la seguridad de sus aliados árabes al desplegar hace unos días cerca de 10.000 soldados y aviones de combate en Arabia Saudí, país atacado por Irán durante la guerra. Además, Islamabad ha ofrecido a Ryad colaboración técnica para un eventual desarrollo de armas nucleares saudíes si Trump no acaba con los proyectos de Teherán y elimina la posibilidad de que Irán se haga con armas nucleares en su arsenal.
Pero el crecimiento geoestratégico de Pakistán tiene otros efectos secundarios: la aceleración del rearme indio que lleva años en desarrollo, lazos crecientes entre India e Israel, realineamiento de las repúblicas centro asiáticas hasta ahora vinculadas a Rusia que lentamente comienzan mirar hacia Pekín y a acercarse tanto a Turquía como a Pakistán y un redibujo de todo el escenario estratégico. Y es este paisaje el telón de fondo en el que va a desarrollarse el conflicto regional en la próxima década,




