Apenas había Trump abandonado Pekín cuando se anunció la visita del presidente ruso a la capital china unos días más tarde. Fue una señal dirigida a la Casa Blanca, pero también un mensaje sobre la habilidad de China para situarse como punto de referencia de potencias rivales, imponiendo sus propios términos: Xi Jinping ofreció a Donald Trump y a Vladimir Putin el tratamiento que cada uno esperaba, pero sin concederles nada de sustancia.
Xi recibió a Trump como un igual y puso a prueba el papel que quiere desempeñar la República Popular como elemento de estabilidad en un mundo desordenado. De regreso en Washington, Trump presumió de haber restaurado el diálogo con China tras años de tensiones, pero sin poder demostrar resultados concretos. El resto del mundo pudo observar entretanto el contraste entre la improvisación de la administración norteamericana y la metódica estrategia de Pekín. Entre múltiples muestras simbólicas del poder chino, el encuentro concluyó sin ningún avance sobre las cuestiones estructurales que separan a las dos principales potencias. La confianza china en sus capacidades de liderazgo diplomático quedó reflejada en su propuesta de una “relación constructiva de estabilidad estratégica” como nuevo paradigma de la relación con Estados Unidos.
La reunión de Putin con Xi, en el vigésimo quinto viaje del primero a China, tampoco cumplió del todo con las expectativas de Moscú, aunque se transmitiera la percepción de que el Kremlin cuenta con un poderoso socio con el que minimizar el aislamiento de que es objeto por parte de Occidente. La afinidad entre ambos líderes es innegable y, en el comunicado final del encuentro, reiteraron el compromiso conjunto de construir un mundo multipolar y un “nuevo tipo” de relaciones internacionales. Las dos partes firmaron más de una veintena de acuerdos, pero no lograron ponerse de acuerdo sobre el gasoducto Rusia-China (conocido como “Power of Siberia 2” y proyectado desde hace años), que permitiría a Moscú contrarrestar su pérdida de exportaciones al Viejo Continente. Pekín presiona para obtener un mejor precio —querría uno similar al del mercado ruso, notablemente subsidiado—, a la vez que quiere denegarle a Putin un eventual instrumento de presión (que ya sufrieron los europeos). Es discutible, por tanto, que la asociación estratégica sino-rusa no tenga límites, como declararon los dos líderes en 2022 poco antes de la agresión contra Kyiv.
Las dos cumbres consecutivas han revelado, en definitiva, el éxito de la proyección global de la diplomacia china y la realidad de un mundo en transición. Mientras Trump se encuentra atrapado en Irán y Putin en Ucrania, China actúa como el interlocutor indispensable para ambos, explotando las debilidades de cada uno de ellos para sus propios fines. No tiene que elegir entre uno u otro: le basta con equilibrarlos para continuar acumulando capital político a su favor. Por un lado, a la vez que adquiere el estatus de única potencia igual de Estados Unidos, gana tiempo para avanzar en su independencia económica y tecnológica frente a un potencial enfentamiento con Washington. Por otra parte, en la relación con Moscú, y sin perjuicio de su posición común contra el “hegemonismo occidental”, resulta cada vez más evidente que es Pekín quien dicta los términos y las áreas de cooperación entre los dos países, creando una situación de dependencia que ya ha comenzado a despertar la inquietud de algunos círculos rusos.




