Hace 25 años, el economista jefe de Goldman Sachs, Jim O’Neill, acuñó el acrónimo BRIC para reconocer el creciente peso en la economía global de cuatro países emergentes: Brasil, Rusia, India y China. Nunca pretendió dar un significado político al grupo, cuyos líderes se reunieron en una primera cumbre anual en Ekaterimburgo (Rusia) en 2009. Tampoco pudo imaginar que el número de miembros se ampliaría con los años. Suráfrica se sumó en 2011 (añadiendo la “S” final a las siglas) y, en 2024 (en un movimiento impulsado por Pekín pese a las reservas de Delhi y Brasilia), se incorporaron Egipto, Etiopía, Emiratos Árabes Unidos e Irán. Arabia Saudí, también invitada entonces, no ha formalizado aún su adhesión. En 2025 se les añadió Indonesia.
Representando casi la mitad de la población mundial y el 40 por cien del PIB global (en términos de paridad de poder adquisitivo), lo que une a miembros tan heterogéneos es la aspiración de rehacer el orden internacional, aunque no todos coincidan en el objetivo de hacer de los BRICS un frente antioccidental. Entre estos últimos se encuentra India, anfitrión de la cumbre de este año, celebrada el pasado fin de semana; un encuentro al que quiso dar un perfil más bien bajo –nada que ver con su presidencia del G20 en 2023–, y con una agenda en la que primaron las cuestiones relacionadas con el desarrollo (de la seguridad alimenticia y la salud a la digitalización) sobre las geopolíticas. Su evolución refleja, no obstante, la transformación del mapa estratégico global.
Un primer dato llamativo de la ampliación del foro es su creciente “asiatización”. Por un lado, la inclusión de naciones de Oriente Próximo es un motivo más para reconocer la realidad de “Asia occidental” como subregión, como se analizó en esta columna hace dos semanas. Sin perjuicio de las diferencias entre ellos, Irán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí se encuentran en el centro de un espacio en el que convergen recursos energéticos, rutas marítimas y desafíos de seguridad. La situación en el estrecho de Ormuz ha puesto de relieve por lo demás la interconexión existente entre las economías de Asia oriental y meridional importadoras de gas y petróleo (con China e India a la cabeza) y los países productores del Golfo Pérsico. Por otra parte, con la incorporación de Indonesia, el sureste asiático, con sus enormes recursos y mercados en crecimiento, se convierte en otra subregión que queda vinculada al grupo. En su conjunto, las seis naciones “asiáticas” mencionadas –China, India, Indonesia, Irán, Emiratos y Arabia Saudí– suman hasta el 83 por cien del PIB del grupo (de nuevo en paridad de poder adquisitivo).
La asimetría de capacidades entre los miembros es otro aspecto a destacar. Pues las dos mayores economías, China e India, representan por sí solas el 74 por cien del PIB de los BRICS y algo más del 70 por cien de su población. De hecho, es la presencia de ambas lo que da al bloque su proyección internacional, aunque también son las divergencias entre ellas las que obstaculizan su cohesión. Con la asistencia del presidente Xi Jinping a la cumbre, en la que ha sido su primera visita a India desde 2019, el primer ministro Narendra Modi confiaba en estabilizar la relaciones bilaterales después de años de tensiones en la frontera y de desequilibrios en la balanza comercial, aunque estos últimos tienen carácter estructural. También se enfrentaba al dilema cómo gestionar sus intercambios con actores revisionistas –con China, Rusia e Irán en particular– sin provocar una reacción hostil por parte de Estados Unidos y de las demás potencias occidentales. Eliminar de la agenda de la cumbre la discusión sobre la desdolarización de la economía mundial ha sido una de sus soluciones.
Dos semanas después de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai celebrada en Kirguistán, la de los BRICS ha vuelto a ilustrar la redistribución en curso del poder mundial, pero también ha mostrado cómo la rivalidad entre China e India condiciona el futuro del Sur Global como entidad coherente. Delhi quiere que los BRICS presten mayor atención a las demandas de las naciones en desarrollo y apoyen la reforma de las instituciones de la gobernanza global, pero no que Pekín se imponga como líder para convertirlo en una plataforma que desafíe a Occidente.




