From Made in Asia to Designed in Asia. Alejandro Hita

Durante décadas, Asia fue identificada como la fábrica del mundo. Cada vez más, también es el lugar donde se conciben los productos, las tecnologías, las marcas y, en algunos sectores, los gustos que después se exportan al resto del planeta.

Durante años, unas pocas palabras asociadas al iPhone parecían resumir una época entera de la globalización: “Designed by Apple in California. Assembled in China.” La frase decía mucho más que dónde se había fabricado un teléfono. Describía una determinada división del mundo: el concepto, el diseño, la propiedad intelectual y la marca estaban en California, mientras la producción se apoyaba en una extraordinaria cadena de proveedores asiáticos y culminaba en las grandes fábricas chinas desde las que el producto salía hacia los mercados internacionales. El iPhone acabó convirtiéndose en uno de los ejemplos clásicos utilizados por los economistas para explicar por qué saber dónde se ensambla un producto dice relativamente poco sobre dónde se genera realmente su valor. Un estudio del Asian Development Bank Institute mostró ya en 2010 hasta qué punto las estadísticas comerciales exageraban el valor atribuido a China cuando buena parte de los componentes y del valor económico del dispositivo procedían de otros países.

Ese mundo no ha desaparecido. Asia sigue siendo el gran centro manufacturero del planeta y las cadenas de producción continúan repartiendo componentes, tecnología y trabajo entre numerosos países. Pero la vieja descripción empieza a quedarse corta. Cada vez más empresas asiáticas no quieren limitarse a fabricar productos concebidos, comercializados y convertidos en marcas en otros lugares. Quieren controlar también la tecnología, el diseño, la propiedad intelectual, el software, la distribución y, sobre todo, la relación con el consumidor. El cambio, por tanto, no consiste simplemente en pasar de Made in Asia a Designed in Asia. Consiste en capturar una parte mayor de todo el valor que existe entre una fábrica y la decisión de alguien de comprar lo que sale de ella.

Conviene introducir aquí una precisión importante: Asia no acaba de descubrir el diseño. Japón desmontó esa idea hace décadas. Toyota, Sony, Nintendo, Canon y muchas otras compañías demostraron mucho antes de la actual transformación china que una empresa asiática podía crear tecnología, producto y marca para competir en todo el mundo. Corea del Sur siguió una trayectoria propia con Samsung, Hyundai o LG y, más tarde, con una industria cultural capaz de extender su influencia mucho más allá de la electrónica y el automóvil. Lo nuevo no es que Asia diseñe, sino la escala y la geografía del fenómeno. China es probablemente el caso más evidente. Su evolución desde gran plataforma de producción para empresas extranjeras hasta convertirse en origen de tecnologías y productos propios puede observarse hoy en vehículos eléctricos, baterías, drones, teléfonos inteligentes, electrodomésticos, plataformas digitales o inteligencia artificial.

Aunque ninguna estadística de patentes puede medir por sí sola la calidad de la innovación, las cifras ayudan a entender la magnitud del desplazamiento. En 2024, las oficinas de propiedad intelectual asiáticas recibieron aproximadamente 2,6 millones de solicitudes de patentes, el 70,1 % del total mundial. Diez años antes representaban el 60 %. China explica una parte enorme de ese crecimiento, por lo que sería un error utilizar el dato como sinónimo de una innovación uniformemente distribuida por Asia. Pero también resulta difícil seguir describiendo a la región únicamente como el lugar que ejecuta ideas creadas fuera. En paralelo, Asia concentró ese mismo año el 68,3 % de los diseños incluidos en solicitudes de registro industrial de todo el mundo. China representó por sí sola más de la mitad de la actividad global, mientras Europa se situó en el 23,3 % y Norteamérica en el 5 %. Un diseño registrado no garantiza que exista detrás un gran producto, del mismo modo que una patente no garantiza una innovación revolucionaria, pero la imagen que dibujan ambas estadísticas es difícil de reconciliar con la vieja idea de una Asia fundamentalmente manufacturera.

También ha cambiado el mapa de los lugares donde esa innovación se concentra. La última clasificación de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, publicada en septiembre de 2026, sitúa a Shenzhen-Hong Kong-Guangzhou como el principal polo de innovación del mundo, seguido por Tokio-Yokohama. San José-San Francisco ocupa la tercera posición, Seúl la cuarta y Pekín la quinta. China cuenta ya con 25 de los 100 mayores polos identificados por la OMPI; Estados Unidos, con 20. Shenzhen es especialmente interesante porque obliga a revisar una de las ideas que acompañaron durante años a la globalización: que fabricar y diseñar pertenecían necesariamente a extremos distintos de la cadena de valor. Su densidad industrial creó algo más que capacidad para producir barato. La concentración de proveedores, componentes, ingenieros, especialistas, logística y fábricas permitió acortar extraordinariamente la distancia entre una idea, un prototipo y un producto fabricado a gran escala. En determinadas industrias, la fábrica no fue el contrario de la innovación, sino una de las condiciones que permitieron acelerarla.

Pero quizá la transformación más interesante aparece cuando salimos de la tecnología, porque diseñar mejores productos es una cosa y conseguir que otros quieran esos productos es otra. Corea del Sur ofrece uno de los ejemplos más claros. El éxito internacional de la cosmética coreana no puede explicarse simplemente por la eficiencia de sus fábricas. K-beauty ha exportado productos, pero también ingredientes, formatos, envases, rutinas, vocabulario y formas distintas de entender el cuidado de la piel. Ha ayudado a modificar la propia categoría en muchos mercados. En 2025, las exportaciones surcoreanas de cosméticos alcanzaron un récord de 11.400 millones de dólares, situando al país como segundo mayor exportador mundial del sector, únicamente por detrás de Francia. Estados Unidos fue ya su principal mercado exterior, por delante de China.

Aquí aparece una diferencia importante. Corea del Sur no está simplemente respondiendo a una demanda creada en otros lugares; en determinados segmentos está participando en la creación de esa demanda. Algo parecido ha ocurrido con la música, las series, el cine, la gastronomía o la moda. La cultura genera curiosidad por determinados productos, esos productos amplían la familiaridad con el país y esa familiaridad facilita a su vez que nuevas marcas encuentren consumidores fuera. Es un círculo bastante más sofisticado que el viejo modelo exportador basado únicamente en costes y capacidad industrial. Y no ocurre solo en Corea. Desde los vehículos eléctricos chinos hasta el anime y los videojuegos japoneses, desde la cosmética de Seúl hasta determinadas plataformas digitales creadas en China, cada vez encontramos más ejemplos de productos asiáticos que no se limitan a ocupar un hueco en mercados definidos por otros, sino que intentan definir su propio espacio.

Ese es probablemente el verdadero significado de Designed in Asia. No se trata únicamente de dónde se dibuja un producto. Diseñar significa decidir cómo funciona, qué tecnología incorpora, qué aspecto tiene, cuánto cuesta, cómo se presenta, qué experiencia ofrece y qué historia cuenta. Significa tener propiedad intelectual, pero también criterio de producto. Y significa, finalmente, construir una marca suficientemente fuerte como para que el consumidor quiera comprarla aunque exista una alternativa más barata. Fabricar proporciona una posición dentro de una cadena de suministro; diseñar permite capturar más valor. Pero conseguir que otros adopten tus productos, tus formatos o incluso tus preferencias significa algo más: participar en la definición de lo que se considera moderno, útil, atractivo o deseable. Esa capacidad es mucho más difícil de construir que una fábrica.

También sería un error sustituir el viejo cliché por uno nuevo. Asia no es una economía única avanzando en bloque desde la manufactura hacia la innovación. Japón no sigue la trayectoria de China; Corea del Sur no se parece a India; Singapur opera de forma radicalmente distinta a Vietnam o Indonesia. Muchas economías de la región siguen dependiendo profundamente de la producción para terceros, y hasta las empresas asiáticas tecnológicamente más avanzadas forman parte de cadenas globales en las que continúan existiendo importantes dependencias exteriores. Tampoco significa que Estados Unidos o Europa hayan dejado de ocupar las posiciones de mayor valor. Estados Unidos conserva ventajas extraordinarias en ámbitos como el software, la inteligencia artificial, los semiconductores avanzados, las plataformas o las marcas globales. Europa mantiene capacidades difíciles de replicar en lujo, moda, tecnologías industriales, automóvil o diseño.

El cambio es menos espectacular y, precisamente por eso, más interesante. Durante buena parte de la era de la globalización, el ascenso de Asia podía observarse preguntando cuánto de lo que consumía el mundo terminaba fabricándose allí. Quizá esa ya no sea la pregunta más reveladora. Ahora importa saber cuánta tecnología se origina allí, cuántos productos empiezan allí, cuántas empresas asiáticas pueden cobrar más no porque produzcan más barato, sino porque alguien quiere específicamente su marca, cuántos estándares tecnológicos empiezan a definirse en Shenzhen, Seúl o Tokio y cuántas veces un consumidor en Madrid, París, São Paulo o Nueva York comienza a querer algo porque antes fue concebido, utilizado o convertido en tendencia en alguna ciudad asiática.

Durante años, el iPhone ofreció una metáfora casi perfecta de una determinada organización de la economía mundial: diseño en un lugar, fabricación en otro. Esa separación sigue existiendo, pero cada vez explica menos. La siguiente fase del ascenso económico asiático quizá ya no se mida solamente por cuánto del mundo se fabrica allí, sino por cuánto del mundo empieza a ser diseñado allí.

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