Sri Lanka empeora. Nieves C. Pérez Rodríguez

Sri Lanka está pasando la peor crisis económica de su historia reciente con prolongados cortes de luz y escasez de gas y medicamentos, así como otros artículos de primera necesidad. Todo como consecuencia de una serie de políticas económicas equivocadas que han ocasionado un desplome de las reservas de la nación del 70%.

El presidente Gotabaya Rajapaksa ha intentado diferentes salidas para aminorar la crisis, pero sin mucho tino ni éxito. Tal fue el caso de los recortes fiscales que propuso en el marco de la elección parlamentaria bajando impuestos como el IVA del 15% al 8% mientras eliminaron otros gravámenes. Como resultado, la llamada Ceilán se quedó sin liquidez viéndose obligados a recurrir a sus reservas para poder cumplir con sus compromisos internacionales. Lo que como consecuencia produjo un desplome de éstas de 8.864 millones en junio del 2019 a 2.361 a enero del 2022 de acuerdo con Reuters.

Otra razón fundamental de la crisis es el hundimiento del sector turístico como consecuencias de los ataques terroristas del Domingo de Resurrección del 2019 en tres hoteles de lujo, un hostal, un complejo residencial y tres iglesias que en total causaron la muerte de unas 207 personas, entre ellos extranjeros, y dejaron además centenas de heridos, lo que desmotivó la visita de extranjeros y con ello el naufragio de muchas fuentes de empleo.

El sector turístico se vio aún más impactado por la pandemia del Covid-19 que comenzó en 2020 y con ello los ingresos de este gremio han prácticamente desaparecido. Así mismo el valor de la moneda ceilandesa, la rupia, perdió su valor en un 45% tan sólo en el mes de marzo. Todo ello ha desencadenado protestas en las calles que llevan semanas y que esta semana se saldaban con un muerto y 11 heridos de manos de la policía en el poblado de Rambukkana ubicado a unos 100 kilómetros de la capital.

Las protestas, que comenzaron a brotar de manera espontánea por toda la isla a razón de los cada vez más largos apagones eléctricos y la falta de gas y combustible, hasta ahora habían sido increíblemente pacíficas de acuerdo con los medios locales, hasta que el martes de esta semana se vieron obligados a disuadir la concentración de manifestantes que bloqueaban las vías del tren por más de ocho horas, según la versión de la policía.

La desesperada situación provocó que el gobierno de Sri Lanka anunciara hace unos días que dejarían de pagar temporalmente 35.500 millones de dólares en deuda externa, justificando el incumpliendo en la pandemia y la guerra de Ucrania que han hecho imposible pagar a sus acreedores.

Asimismo, oficiales ceilandeses encabezados por su ministro de finanzas (Ali Sabry) se encuentran esta semana en Washington para intentar buscar algún mecanismo de crédito expedito ante el Fondo Monetario Internacional. Sri Lanka tiene que pagar unos 400 millones de deuda este año, con un bono de 1000 millones de dólares que expira en julio, por lo que el tiempo es un factor apremiante.

En efecto, esta misma semana comenzaba con el vencimiento de unos bonos internacionales por un valor de 78 millones de dólares que, de no cumplirse con el compromiso dentro del periodo de gracias de 30 días, entonces incumplirían por primera vez con el pago de su deuda externa desde su independencia del Reino Unido de 1948, afirmaba la BBC.

Dos agencias de calificación crediticias internacional advertían ya hace unos días atrás que Sri Lanka estaba a punto de incumplir sus deudas. Fitch Ratings y S&P global ratings anunciaban que la nación sureña había comenzado su proceso de incumplimiento soberano. De acuerdo con Bloomberg la nación necesitará entre 3 a 4 mil millones de dólares para poder remontar la crisis.

Pero también hay economistas que consideran que están atrapados en la “diplomacia de créditos chinos” y que no es el primer caso en el que literalmente una nación queda en manos de su acreedor por haber aceptado condiciones crediticias excesivas e injustas. Para Beijing Sri Lanka tiene un gran atractivo por su ubicación y conectividad marítima y complementa perfectamente la parte marítima de la nueva Ruta de la Seda en desarrollo o el BRI que es el nombre actual.

La situación de La lágrima de la India, como también se le conoce por su forma geográfica y ubicación, no es nada alentadora, pues vienen de apenas superar fuertes restricciones debido a la gran cantidad de casos de infecciones de Covid que han padecido durante el 2021, lo que de por sí ha ralentizado la economía que ya venía fuertemente golpeado por las fracasadas decisiones del gobierno, que además de ser impopular en este momento, ha sido acusado también de nepotismo, pues el presidente ha puesto en cargos claves a familiares directos.

Ojalá que Sri Lanka no se convierta en otro caso más en los que occidente mira hacia el otro lado, por lo que se ven obligados a recurrir a Beijing por más ayudas y créditos que acaban no solo arruinando al país sino dejándolos en una situación de dependencia de China…

 

INTERREGNUM: Ucrania y las relaciones UE-China. Fernando Delage  

La guerra de Ucrania ha colocado a China ante una difícil situación en distintos frentes. Uno de ellos, no menor, es el de sus relaciones con la Unión Europea. La agresión rusa ha incrementado el valor estratégico del Viejo Continente, a la vez que ha impulsado su conversión en actor geopolítico. Ante la transformación europea de las últimas semanas—la de Alemania en particular—, Pekín se encuentra frente a una dinámica muy distinta de la que existía antes del 24 de febrero.

Tanto la sólida unidad occidental como las sanciones sin precedente impuestas a Moscú han sorprendido a China, obligada a valorar si está dispuesta a arriesgar su relación con la UE—principal mercado para sus exportaciones—por ayudar a Putin. Sólo los intercambios con Alemania duplican el comercio chino con Rusia. Las implicaciones económicas del conflicto van, sin embargo, mucho más allá. Por una parte, el alcance y rápida ejecución del proceso de sanciones ha hecho evidente a China (además de a Rusia, claro está) los extraordinarios instrumentos de poder económico de que disponen las democracias occidentales; unas capacidades que—de extenderse a la República Popular—condicionarían en gran medida el margen de maniobra de Pekín.

Por otro lado, convencidos de la necesidad de corregir su dependencia estratégica del exterior—comenzando por el gas ruso—, los Estados miembros de la UE han extendido su reflexión con respecto a sus vulnerabilidades en relación con China. Ucrania puede convertirse así en el factor que acelere el desarrollo de una estrategia europea de diversificación, orientada al mismo tiempo a minimizar los riesgos de coerción económica por parte de Pekín.

Como ha señalado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la invasión rusa de Ucrania “no es sólo un momento de definición para nuestro continente; lo es también sobre nuestra relación con el resto del mundo”. Y, en efecto, aunque las prioridades chinas sean económicas, Pekín observa también cómo Europa ha despertado de su inocencia geopolítica para dar una mayor prioridad a la cuestiones de defensa, revitalizando la OTAN de manera simultánea al fortalecimiento de las alianzas de Estados Unidos en el Indo-Pacífico; otro resultado en nada beneficioso para los intereses chinos.

Este conjunto de circunstancias obligaba a rebajar las expectativas con respecto a la cumbre UE-China celebrada  el 1 de abril, casi dos años después de la anterior. En septiembre de 2020, la prioridad de los europeos fue la de cerrar un acuerdo de inversiones que permitiera abrir en mayor grado el mercado chino. Desde entonces, una suma de hechos—entre los que cabe destacar, además de la pandemia, las represalias por la violación de derechos humanos en Xinjiang y las sanciones chinas de respuesta a parlamentarios y académicos europeos, así como la presión sobre Lituania por su posición con respecto a Taiwán—hicieron descarrilar dicho acuerdo, además de endurecer la percepción europea de la República Popular. La posición china sobre la invasión rusa de Ucrania ha sido una nueva advertencia para Europa y marcó la cumbre de la semana pasada.

Lo que está en juego en torno a la guerra es, en último término, el equilibrio de poder global. Bruselas y los Estados miembros han entendido la naturaleza de la amenaza que representa el autoritarismo revisionista para sus intereses y valores. También Pekín es consciente del dilema, pero no puede romper con Rusia al carecer de otro socio estratégico equiparable. De este modo, la irresponsabilidad de Putin no sólo transformará la manera en que la UE y China ven el mundo exterior; afectará igualmente al futuro de sus relaciones bilaterales.

INTERREGNUM: Japón y Rusia: paso atrás. Fernando Delage

Siempre atento a no perder la oportunidad de hacer ruido en un momento de tensión internacional, Kim Jong-un ensayó hace unos días un nuevo misil, y advirtió que sus fuerzas nucleares “están plenamente dispuestas para afrontar y contener cualquier intento militar por parte de los imperialistas norteamericanos”. Según algunos analistas, la invasión de Ucrania—que Pyongyang ha apoyado—habría reforzado la determinación del líder norcoreano de desarrollar su arsenal nuclear. De hecho, ningún misil anterior había alcanzado la altitud del de la semana pasada (más de 6.000 kilómetros): un proyectil de alcance intercontinental, aunque cayó en la zona económica exclusiva de Japón, a menos de 200 kilómetros de la prefectura de Aomori, al norte del archipiélago.

El primer ministro, Fumio Kishida, calificó el lanzamiento como “un acto de violencia inaceptable”, y una nueva amenaza para la seguridad de Japón, de la región y de la comunidad internacional. Pero no ha sido la única sorpresa con que se ha encontrado el gobierno japonés durante los últimos días. El pasado lunes, en respuesta a las sanciones impuestas por Tokio a Rusia por la guerra de Ucrania, Moscú anunció la suspensión de las negociaciones con vistas a la firma de un tratado de paz (pendiente desde el fin de la segunda guerra mundial). En el comunicado hecho público, el ministerio ruso de Asuntos Exteriores indicó que es imposible “discutir sobre asuntos de esta importancia con un país que ha adoptado una actitud tan claramente inamistosa”. La responsabilidad, añadía, “recae únicamente sobre Japón, por su posición antirrusa”.

El gobierno japonés declaró la decisión como “completamente inaceptable”, pero naturalmente no se trata de un mero parón diplomático: supone el fracaso de la estrategia de acercamiento a Rusia mantenida durante una década. Entre 2012 y 2020, en efecto, el primer ministro Shinzo Abe trató de romper el bloqueo diplomático con Moscú mediante el establecimiento de una relación personal con Vladimir Putin—con quien se reunió en innumerables ocasiones—, y la promesa de inversiones en las despobladas provincias del Extremo Oriente ruso. Dichos esfuerzos resultaron infructuosos: en julio de 2020, Rusia modificó incluso su Constitución para prohibir toda concesión territorial (la demanda japonesa de recuperar las islas Kuriles es la cuestión en el centro del contencioso bilateral).  Pero, al mismo tiempo, Japón debe abandonar igualmente la idea de que una asociación con Moscú podría servir de elemento de contraequilibrio frente a China.

Aunque a miles de kilómetros de distancia del frente bélico, la guerra de Ucrania puede marcar así un nuevo punto de inflexión en la política rusa de Japón, confirmando una vez más la estrecha interacción entre el escenario estratégico europeo y el asiático. Japón tiene ahora que hacer frente a Rusia y China simultáneamente. Mantener sus duras sanciones contra Moscú es una exigencia por tanto para presionar también—indirectamente—a Pekín como aviso por si se le ocurriera emprender una agresión similar contra Taiwán.

Las lecciones van incluso más allá. Al igual que los líderes europeos, los dirigentes japoneses son conscientes de que su seguridad en la nueva etapa internacional que se abre pasa por reforzar sus capacidades militares y la alianza con Estados Unidos. Las relaciones Japón-Rusia serán una de las más tensas en el noreste asiático en el futuro previsible, sin que—al contrario de lo que pueda pensarse—sea un resultado favorable para China. Estados Unidos tendrá que prestar al Viejo Continente una atención con la que no contaba, pero—lejos de distraerle del Indo-Pacífico como querría China—, cuenta hoy con una firme coalición de democracias europeas y asiáticas, unidas contra el revisionismo de las potencias autoritarias. Pekín se ha equivocado en la elección de sus socios.

INTERREGNUM: Dilemas chinos. Fernando Delage

Cuando va a cumplirse un mes de la invasión rusa de Ucrania, la brutalidad desatada por Putin no sólo está agravando una crisis humanitaria sin precedente. La resistencia ucraniana y la firme respuesta de Occidente han acabado con las ambiciones geopolíticas que pudiera tener Moscú en esta guerra en la que se juega el futuro de Europa. Si una prioridad central de Putin ha consistido en erosionar la Unión Europa y las relaciones transatlánticas, ha conseguido exactamente todo lo contrario. Si quería rehacer la estructura de seguridad del Viejo Continente, lo que ha logrado es aislar a su país: nunca podrá negociarse con él un nuevo orden (cuestión distinta será con su sucesor). Pero igualmente le ha complicado las cosas a su único socio de envergadura, China, a la que ha solicitado ayuda militar, económica y financiera.

Desde la anexión de Crimea en 2014, Moscú se ha apoyado en Pekín con el fin de contrarrestar las consecuencias de las sanciones económicas y el aislamiento diplomático impuestos por americanos y europeos. Mediante la formación de un eje de potencias revisionistas, a China se le abrió una oportunidad para debilitar la influencia de Estados Unidos y de Occidente. Pero la guerra de Ucrania ha exacerbado un escenario de inestabilidad económica global y de reajustes geopolíticos que obliga a Pekín a reconsiderar los límites de su relación con Rusia.

Hasta la fecha, China ha tratado de mantener una posición que, sin condenar explícitamente a Moscú, no perjudicara su capacidad de maniobra. El desarrollo de la guerra le está haciendo ver, sin embargo, que no puede permanecer neutral ante un conflicto que provocará el mayor realineamiento estratégico desde 1945. La naturaleza del próximo orden global—y de la identidad de China como potencia—será muy diferente según Pekín opte por consolidar una alianza con una Rusia perdedora (que le daría, eso sí, el claro liderazgo de un bloque autoritario), o bien decida apostar a favor de la estabilidad de un sistema internacional integrado y basado en reglas. Como señalan estos días algunos respetados especialistas chinos, cuenta con un estrecho margen temporal para elegir.

La presión económica se está dejando sentir. Los dirigentes chinos confiaban en lograr este año un crecimiento del 5,5 por cien del PIB, aunque el FMI y otras instituciones estimaban que no llegaría al cinco por cien. La guerra de Ucrania puede reducir esas cifras aún más, lo que conduciría al peor escenario económico de las dos últimas décadas. Además de su impacto político en un año crucial para el presidente Xi (que en otoño obtendrá su tercer mandato en el XX Congreso del Partido Comunista), el aumento de los precios de los recursos energéticos (China importa el 70 por cien del petróleo y el 40 por cien del gas que necesita) y de materias básicas como los cereales (de los que depende en gran medida la seguridad alimenticia china), y la disrupción en las cadenas globales de producción (en cuyo centro se encuentra la República Popular) pueden agravar los problemas estructurales de la economía china.

Aún más si Washington (y Bruselas) decidieran imponer sanciones a Pekín por prestarle a Moscú la ayuda pedida, como le dio a entender el presidente Biden a Xi en su conversación del pasado viernes. Cabe pensar que China no querrá perder unos mercados como los de Estados Unidos y la UE (sus exportaciones a ambos sumaron más de un billón de dólares en 2021, frente a los 70.000 millones de dólares de sus ventas a Rusia), ni que sus bancos queden fuera del sistema financiero internacional. También preferiría evitar el coste diplomático a su reputación, por no hablar de la estrecha coordinación entre norteamericanos y europeos que siempre ha querido evitar.

En los últimos días no han faltado indicaciones de la incomodidad china. Sus empresas de aviación han rechazado el envío de repuestos a Rusia, y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, con sede en Pekín, ha suspendido sus créditos a Moscú. Su embajador en Washington, ha escrito que, “de haber sabido [lo que iba a hacer Putin], China hubiera tratado de prevenirlo por todos los medios”, mientras que el embajador en Kiev ha provocado la furia de Moscú al alabar la resistencia de los ucranianos y manifestar el compromiso chino con la reconstrucción del país. Pese a la censura en los medios, han tenido por otra parte una notable difusión los comentarios de varios académicos chinos, aconsejando una revaluación de la asociación con Putin y la intervención de Pekín para intentar poner fin al conflicto.

La presión es innegable, como lo es también el cambio de percepción chino sobre su amigo moscovita. Si conducirán o no a un giro político es aún discutible, pues la decisión (es parte fundamental del problema) está en manos de una única persona, Xi, cuyas obsesiones ideológicas pueden alejarle del pragmatismo aconsejable en esta encrucijada.

China, Ucrania, Putin y EEUU, un panorama cada vez más complejo. Nieves C. Pérez Rodriguez

El pasar de los días muestra un panorama cada vez más desolador y cruento en Ucrania, una nación que hace menos de un mes era una país productivo y vibrante. Putin sigue dando pasos feroces y sanguinarios en su absurdo deseo de incorporar a Rusia una nación soberana desde 1991.

Ucrania, un país con 43 millones de ciudadanos y el segundo con más extensión territorial de Europa, después de Rusia, se ha convertido de la noche a la mañana en una nación en ruinas y con más de 2.5 millones de refugiados -según Naciones Unidas-, número que no hará más que aumentar con el paso de las horas, debido a los brutales ataques a centros urbanos, edificios de viviendas, hospitales, colegios, etc.

Para muchos, Putin ha perdido la cordura, para otros se ha quitado la careta. Sea cual sea el caso, lo que sí está claro es que la imagen de Putin cambió. Ese retrato de hombre poderoso capaz de posar al lado de un oso gigante o montar a caballo en invierno, medio desnudo, o de asistir a un evento internacional y posar al lado de los presidentes más importantes del planeta, se ha desvanecido. Ahora el Putin que el mundo ve es el de un líder autoritario y cruel, capaz de todo por obtener su objetivo, matar en masa, atacar una maternidad, o un hospital, incluso los corredores humanitarios. Un criminal que hasta hace poco era reconocido por ser un maestro del arte de la estrategia y que era respetado hasta por aquellos que no comulgaban con sus ideas.

El medio inglés “The Times” ha publicado que Putin ha puesto en arresto domiciliario a dos altos cargos de los servicios secretos rusos encargados precisamente de recopilar información de Ucrania. Explica el artículo que, aunque el FSB es oficialmente una agencia de inteligencia doméstica, el Quinto Servicio o Departamento del FSB fue establecido en los años noventa cuando Putin era el director y encargado de las operaciones en los países que fueron parte de la URSS. Y la razón detrás de la represalia es que aparentemente Putin fue informado de que Ucrania no tendría la capacidad de resistir a una invasión.

Putin, aunque siga decidido en continuar, está enfadado por la cantidad de días que le està costando hacerse con el control de Ucrania. Rusia lleva tres semanas de invasión y, aunque se han hecho con algunos territorios a la fuerza, sigue sin controlar el país y sin haber tomado la capital que era el plan inicial. Por lo que la detención de los altos cargos de inteligencia puede ser una manera de señalar culpables del caos.

Entretanto, el coraje del presidente Zelensky y su gabinete junto con congresistas y políticos de todas las líneas ideológicas de la nación eslava han dado un estoico ejemplo de lo que deberían ser los gobiernos y el servicio público, aun bajo las más aterradoras circunstancias. Ese ejemplo ha servido para mantener a un pueblo con la moral alta para seguir luchando en el frente de batalla o incorporarse a él, aun cuando la destrucción y la muerte se han convertido en parte de la cotidianidad desde que Putin decidió invadir Ucrania.

Mientras tanto, la propaganda sigue controlando la opinión pública en Rusia y en China como ha venido sucediendo desde el comienzo del ataque, intentando desinformar y confundir. Sin embargo, los gestos de protestas, a pesar de la represión, siguen viéndose; ayer mismo, en el canal oficial ruso, se veía en horario estelar nocturno la interrupción de una mujer en pleno noticiero con una pancarta que decía “No a la guerra, Paren la guerra. No crea en propaganda, la propaganda nos engaña”. Una mujer que seguro ya está pagando un altísimo precio por su valentía, así como lo están pagando los que comenzaron a protestar al comienzo de la guerra y que fueron neutralizados y amenazados por el régimen con abrirles un expediente criminal que los perseguiría de por vida si insistían en continuar protestando. La misma razón que hizo que los medios de comunicación occidentales salieran de Rusia por temor a retaliaciones a sus periodistas.

Esta semana comenzaba con un encuentro de siete horas de alto nivel entre China y Estados Unidos en la ciudad de Roma. El asesor de seguridad Nacional de la Casa Blanca – Jake Sullivan- advirtió a China en una entrevista televisada previa al encuentro de los peligros que acarrearía que apoyaran a Rusia. La reunión culminó y la discreción parece haber sido parte del acuerdo, pues ninguno de los países participantes ha dado claves de los acuerdos y si es que los hubo o no avances.

Los líderes chinos son astutos y saben que es un gran momento para convertirse en líderes mediadores, en referentes de la paz internacional.

Los roles de hoy están invertidos comparados con la época soviética. Ahora son los chinos los que controlan, los que tienen recursos y poder y son los rusos los que necesitan de su apoyo. Y no cabe duda de que Beijing está aprovechando las circunstancias, pero también tienen que ser extremadamente cautos para no incurrir en violación de las sanciones si deciden ayudar de alguna forma a Moscú. Mientras tanto, la inquietud por el creciente apoyo de la OTAN no hace más que afianzarse gracias precisamente a esta invasión, cosa que inquieta mucho a China.

El escenario es realmente complejo para todos y lógicamente para Ucrania es irreparable, ya que está pagando con vidas y viendo desmoronarse sus edificaciones y progresos con cada ataque y misil. Pero Para Rusia tampoco está fácil pues Putin ha conseguido el repudio del 75% de los países del planeta, la censura de occidente y el descalabro de su liderazgo hasta a nivel interno, que a pesar de la poca información que sale parece ir en picado entre los ciudadanos. Incluso algunos rusos están buscando escapar del país antes de que las sanciones empiecen a hacer efecto.

Hay fuentes que apuntan a que Moscú no contaba con una resistencia ciudadana de esta envergadura y mucho menos que el presidente Zelensky y otras figuras políticas ucranianas destacadas se encargaran de mantener la moral del pueblo alta día a día a pesar de ver cómo se va desangrando el país.

David Sanger, analista especializado en seguridad nacional, afirmaba en CNN en vivo que la situación se puede complicar para Zelensky si las fuerzas rusas toman control de más territorio durante las negociaciones, sobre todo si pudieran hacerse con el control de la capital porque en ese caso los ucranianos estarían bajo presión de aceptar que Crimea, así como otros territorios ocupados por Rusia -especialmente los del sur este- están controlados por Moscú y por tanto verse presionados a cederlos.

¡El ejemplo de resistencia que están dando los ucranianos pasará a la historia y su presidente servirá de inspiración durante décadas sino siglos, sea cual sea el desenlace de esta absurda guerra!

¿Y las sanciones, qué? Nieves C. Pérez Rodríguez

A dos semanas de la invasión rusa de Ucrania el mundo ha sido testigo de las bárbaras prácticas del ejército ruso, la destrucción de infraestructuras, colegios, universidades e incluso ataques a plantas nucleares. Todo ello acompañado del destierro de millones de ciudadanos quienes en un acto desesperado por mantener su vida y su dignidad buscan salir de su país que está siendo acabado por órdenes de Putin.

Mientras los rusos elegían la agresión conseguían que el mundo en su mayoría se uniera en su contra en un clamor por la paz. Y en busca de esa paz se ha intentado usar los mecanismos existentes para hacerle llegar armamento, equipos y municiones a los valientes ucranianos que se mantienen en el campo de batalla peleando por defender su derecho soberano de mantener el control de la nación, y en el fondo, tal y como lo decía el presidente Zelensky, “La lucha de Ucrania es la lucha por nuestras libertades pero también por las libertades europeas y occidentales”.

De igual forma y tomando las palabras del propio secretario de Estado estadounidense, “la invasión brutal ha sido respondida por occidente con durísimas sanciones económicas” que ahora también plantean una gran incógnita acerca de cómo afectarán al futuro de Rusia, y a la vez también al resto del mundo sobre todo en el actual momento en el que la inflación mundial sigue subiendo como efecto de la pandemia.

A pesar de que la economía rusa no es de las primeras del mundo, es una economía muy interconectada a través del suministro a otras economías como las europeas, la china, la india e incluso otras mucho más pequeñas como la turca.

Rusia produce el 10% del petróleo mundial, es el tercer exportador de carbón, el quinto exportador de madera y suministra el 40% del gas de Europa. Además, es el mayor exportador de cereales y fertilizantes del mundo. Por lo que su aporte a los intercambios internacionales no es tampoco insignificante, aunque podría ser sustituido (lo que tomaría tiempo).

En cuanto a la relación económica entre Rusia y China, hoy en día China depende de las importaciones de gas y petróleo ruso, pues es el segundo proveedor después de Arabia Saudita. Estas relaciones se intensificaron en 2014, momento en que se impusieron sanciones a Rusia por la toma de Crimea, y desde entonces no han hecho más que crecer y fortalecerse. En efecto, han tenido un aumento del 50% de esos intercambios.

De allí precisamente que la “Teoría de la Desdolarización” toma más fuerza entre algunas analistas que afirman que ante la situación de crisis actual, Beijing buscará sacar el máximo provecho de su cercanía con el Kremlin y afianzar su posición de liderazgo internacional.

En un esfuerzo por reducir la dependencia que existe del dólar, Beijing y Moscú se plantearon el proyecto de desdolarizar sus economías en el 2010 dando comienzo a un sistema “incipiente de mercado” en el que se valoraban los intercambios bien en yuanes si eran productos chinos o en rublos si los productos eran de origen ruso. Y aunque en los primeros años esos intercambios solo representaron el 3% del total entre ambos, a raíz de las sanciones del 2014 estos intercambios tomaron más importancia y tan solo en los primeros seis meses de 2021 llegaron a representar el 28% de los intercambios bilaterales.

Desde 2020 la moneda que ahora están utilizando es el yuan, año en el que el acuerdo se renovó por otros tres años más por unos 150.000 millones de yuanes.

En una situación como la actual, momento en que se están estudiando todas las opciones para poder evadir las sanciones, es más que probable que se recurra a este sistema para mantener activos los intercambios entre Beijing y Moscú. Y como consecuencia, entonces las sanciones podrían ser las incitadoras de la aceleración a mayor escala de este sistema. Aunque, ciertamente, China corre un gran riesgo en quedar atrapado en medio de alguna de las sanciones debido a que será complicado mantener un sistema de segregación de transacciones escrupuloso.

Objetivamente, hay que aceptar que mientras el dólar siga siendo una moneda fuerte y estable, los países seguirán manteniendo sus reservas en dólares para poder comprar o vender bienes internacionales. Así como las bolsas internacionales seguirán haciendo sus cálculos basados en la principal moneda y las transacciones internacionales continuarán efectuándose en dólares. Pero no es descabellado plantear que, con el peso de China en la economía mundial, junto con su deseo de continuar su crecimiento y expansión y de su plan maestro de continuar conectando al mundo a través del BRI o la antiguamente llamada Ruta de la Seda, tener un sistema financiero alternativo en el que su propia moneda sea el medidor del valor de la transacción y, eventualmente, incluso los bancos chinos sean las plataformas utilizadas para los pagos, podría ser una opción a medio plazo.

Beijing podría estar viendo más beneficios que problemas en esta terrible crisis. Aunque China ha sido frontal desde el comienzo de la guerra y aunque ha llamado al dialogo, no ha condenado la invasión, pero si ha insistido en que las sanciones son ilegales. Paralelo a esto, el ministro de exteriores chino, Wang Yi, manifestaba el lunes de esta semana  “la disposición de China de ser un país mediador o asumir un papel en la crisis”.

Consecuentemente, podría estar intentado jugar su carta de mediador y por tanto líder internacional. Si los chinos consiguieran parar la guerra de alguna forma, se apuntarían un éxito como actor internacional y su reputación también mejoraría considerablemente. Y a pesar del inestable panorama, Beijing acaba de anunciar que prevé que su economía crezca el 5,5% en 2022, a pesar de los efectos de la pandemia y del impacto indirecto de estas sanciones.

A medida que las tensiones geopolíticas aumentan y Estados Unidos sigue recurriendo a las sanciones como forma de castigo aumenta las ganas y la necesidad de buscar sistemas paralelos, sobre todo en los países no alineados a los valores de occidente.  Y esta podría ser una desgraciada situación que los chinos conviertan en favorable para ellos.

China y la invasión de Ucrania. Nieves C. Pérez Rodríguez

La decisión de Putin de invadir Ucrania ha cambiado la historia del mundo. Lo inimaginable ha sucedido y Europa está en guerra, y esta guerra es la guerra entre el autoritarismo y la democracia. Y la prueba de la gravedad de la situación son las duras sanciones económicas que se han venido anunciados desde que los rusos entraron en territorio de soberanía ucraniana.

Putin, en contra de sus propios cálculos, ha conseguido unificar, en muy pocos días, al mundo libre, que condena sus criminales acciones que reviven momentos de la historia que creíamos pasados. Mientras tanto, China ha estado jugando al bajo perfil, aun cuando hasta la misma Suiza ha decidido que no se puede ser neutral en una catástrofe de este calibre que ha sido intencional y organizada por Moscú.

En las primeras horas China se abstenía de votar en el Consejo de Seguridad Nacional de Naciones Unidas, en un intento por mantenerse neutral pero también dejando ver que no apoyan del todo a Moscú,  muy probablemente también pensando en su futuro, en el caso de que decidieran seguir el mismo modelo en Taiwán.

Mientras tanto, en China, los medios oficiales han estado alimentando las mismas teorías de Putin y repitiendo que todo es culpa de occidente. Manteniendo un control exquisito del lenguaje, pues no han dejado usar los términos invasión o guerra durante los reportes. Lo mismo que ha sucedido en Rusia, donde los medios han sido amenazados con ser cerrados si usan algunos de esa terminología, por lo que se han visto obligados a recurrir a términos como “crisis” para evitar represalias.

Li Yuan, periodista del New York Times, publicaba una columna titulada ¿Por qué el internet chino está animando la invasión rusa? en la que explicaba cómo las plataformas chinas han sido el lugar donde millones de chinos buscan información y siguen minuto a minuto lo que está sucediendo.

Weibo ha sido un gran medidor de sentimientos chinos sobre la invasión rusa a Ucrania. Desde las primeras horas de la invasión, mientras el mundo occidental intentaba salir del asombro y se empezaba a condenar las bárbaras acciones rusas de pretender hacerse con un país soberano, el internet chino se llenaba de apoyos, hacia Rusia y Vladimir Putin quien ha sido descrito como “Putin el grande”, “el mejor legado de la antigua Unión soviética” y “el mayor estratega de este siglo”. Mientras tanto, los chinos incriminaban a los valientes manifestantes rusos que han protestado en las calles en contra de la guerra, diciendo que los Estados Unidos les han lavado el cerebro.

Los discursos de Putin han sido vistos 1.100 millones de veces en Weibo, que es la equivalente a Twitter en occidente. Así sucedió también con algunos catedráticos chinos que son “influencer” que cuentan con millones de seguidores en sus redes que afirmaron (previo al comienzo de la guerra) que la inteligencia estadounidense estaba equivocada anunciando la invasión, y que no tuvieron más remedio que retractarse admitiendo haberse equivocado, una vez que comenzó.

En contraposición, la comunidad china en Ucrania ha tomado las redes para explicar a sus conciudadanos quienes apoyan la invasión en que es una guerra ilógica. Simon McCarthy, corresponsal de CNN en Beijing, afirmaba que los ciudadanos chinos en Ucrania se encuentran en una dura situación desde el comienzo de los ataques rusos. De acuerdo con McCarthy, los chinos parecían no conocer los planes de Putin por lo que no tomaron medidas más drásticas como planificar la evacuación de sus ciudadanos en Ucrania. Los medios oficiales calculan que hay unos 6.000 chinos en territorio ucraniano y algunos de ellos han manifestado en redes sociales estar preocupados por su seguridad, mientras que un alto funcionario de la embajada china en Ucrania explicaba en un video el sábado por la noche a la comunidad china que los planes de evacuación se habían tenido que posponer debido a que no se puede tener un vuelo chárter saliendo de la capital mientras hay misiles volando y explosiones por todos lados y armas sobre el terreno.

Las relaciones chino rusas son profundas y complejas. Durante la era soviética, durante la etapa de Stalin, fueron muy cercanas por conveniencia mutua u luego se enfriaron y con la caída de la URSS sufrieron un mayor alejamiento. El Partido Comunista chino en su tónica pragmática entendió que debía abrirse para conseguir más de occidente, tal y como sucedió.

Más recientemente, las relaciones comerciales entre Rusia y China se profundizaron en 2014, momento en que se impusieron sanciones por la invasión de Crimea. Hoy, China es el país que compra más petróleo ruso. Por tanto, es el mayor socio comercial de los rusos tanto en exportaciones como importaciones, pues en 2020 no sólo compraron un tercio del total de crudo ruso, sino que China les vendió productos manufacturados, como teléfonos móviles, ordenadores, juguetes y prendas de vestir, según Reuters. Y aunque estos intercambios se hacen en parte con el yuan chino, que podría quedar excepto del sistema financiero internacional, al momento de hacer las transacciones los bancos chinos están conectados con el sistema global y es muy probable que la razón prevalezca y China decida seguir las vías ordinarias de pagos.

En el fondo, la inestabilidad que está provocando Rusia es un problema para China y sus planes económicos. En medio de una crisis económica producida por la pandemia, generar otra crisis incitada por pretensiones expansionistas rusas es un escenario nocivo para la economía mundial y perjudicial para los planes de crecimiento internacional chino.

Putin, sin querer, ha conseguido unificar el modelo económico de cooperación más avanzado nunca antes conseguido en el mundo, la Unión Europea, pues todos los países se han alineado en este momento y han cerrado filas en contra de Rusia. De la misma forma ha conseguido revivir la razón que inspiró la creación de la OTAN, que vuelve a ganar importancia frente al miedo de una guerra que destruya a Europa, y muy probablemente también conseguirá que el financiamiento de la organización se replantee y que los países miembros asuman más responsablemente sus cuotas. Igualmente ha acercado a occidente más que nunca en los últimos años, frente a la posibilidad de perder sus libertades y se han unido en denunciar y apoyar todo tipo de sanciones. Defender a Ucrania es defender al sistema internacional que tanto bienestar ha dado y que cambió el mundo en 1945.

 

INTERREGNUM: China y el revisionismo ruso. Fernando Delage

Es más que probable que en torno a Ucrania se estén decidiendo las reglas del juego del próximo orden internacional. Salvo que se vea traicionado por su impaciencia y se implique militarmente (con consecuencias que pronto se volverían en su contra), la presión de Putin puede darle su principal objetivo: rehacer la arquitectura de seguridad del Viejo Continente establecida hace treinta años, mediante el reconocimiento—aunque sea de facto—de su esfera de influencia.

Es cierto: Moscú le está dando a la OTAN la justificación para seguir existiendo; pero este es un problema básicamente para los europeos, pues la Casa Blanca—como bien sabe Putin—no quiere distracciones en su competición con China (todavía menos en función del calendario electoral que se avecina en Estados Unidos). Seis meses después del abandono norteamericano de Afganistán, y cinco años después de que Angela Merkel advirtiera que Europa debía tomar las riendas de su destino, la UE sigue manteniendo un papel de mero espectador. De manera inevitable, tendrá que extraer nuevas lecciones acerca de la cada vez más clara interacción entre el escenario geopolítico europeo y el asiático. Pero también lo hará China, inquieta porque los afanes revisionistas del presidente ruso le compliquen sus planes estratégicos.

Los disturbios en Kazajstán ya han sido un serio aviso para Pekín. Aunque haya vuelto la calma al país, la crisis ha puesto de relieve las limitaciones de la diplomacia china en una región clave para sus intereses. Con una frontera compartida de casi 1.800 kilómetros de longitud, China no puede ignorar una situación de inestabilidad tan próxima a Xinjiang, provincia donde residen minorías de etnia kazaja. Además del temor a que radicales uigures puedan movilizarse como consecuencia de las manifestaciones en la república centroasiática, Kazajstán es el puente entre China y Europa: recuérdese que fue en Astana donde Xi anunció la Nueva Ruta de la Seda en 2013. Los objetivos chinos requieren la menor interferencia rusa posible, de ahí que la incursión militar de Moscú trastoque las intenciones de Pekín de consolidar su dominio del espacio euroasiático (una pretensión por otra parte nunca bienvenida por las autoridades rusas).

El mensaje transmitido por Putin en este sentido ha sido bien claro: con independencia de cuánto invierta la República Popular en Asia central (sus intercambios comerciales con Kazajstán duplican los de Moscú), la potencia dominante es Rusia. China se ve ahora obligada a rehacer su círculo de influencia (que lideraba el destituido jefe de la inteligencia kazaja, Karim Masimov, acusado de instigar un golpe), pero también a reconocer que su política de concentrarse en los asuntos económicos para dejar en manos de Rusia las cuestiones de seguridad quizá haya llegado al final de su recorrido. Las maniobras de Putin y su recurso a la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, marginando a la Organización de Cooperación de Shanghai (y por tanto a China), puede modificar la interacción entre ambas potencias.

Algunos observadores piensan, por el contrario, que la crisis de Ucrania puede conducir a formalizar una alianza entre Moscú y Pekín. Pero si, en Asia central, China quiere un espacio que Rusia le niega, sus perspectivas con respecto a Europa tampoco son del todo coincidentes. Putin y Xi comparten el objetivo de debilitar a Estados Unidos y, de estallar un conflicto, la República Popular podría contar con un mayor margen de maniobra en el Indo-Pacífico. No obstante, mientras el presidente ruso busca recuperar estatura internacional para Rusia alterando el statu quo, China prefiere la estabilidad al otro lado de la Ruta de la Seda, y no quiere una OTAN fortalecida que pueda extender sus misiones más allá de Europa. Por otro lado, la democracia liberal es una amenaza existencial para Putin, pero Pekín puede convivir con regímenes pluralistas, siempre que estos respeten sus preferencias.

El curso de los acontecimientos puede deshacer todo pronóstico, y—esperemos que no—causar una espiral incontrolable para la que no faltan antecedentes históricos. Lo único seguro es que la era de la post-Guerra Fría puede darse definitivamente por muerta.