INTERREGNUM: Biden vuelve sobre Taiwán. Fernando Delage

El 18 de septiembre, en una entrevista en televisión, el presidente Joe Biden indicó que Estados Unidos intervendría en defensa de Taiwán si China lanzara un ataque no provocado sobre la isla. Sus palabras, las primeras sobre la cuestión después del viaje a Taipei de la presidenta del Congreso, Nancy Pelosi, a principios de agosto, no constituían sin embargo ninguna novedad. Por cuarta vez en poco más de un año, Biden se expresó en ese sentido sobre el compromiso norteamericano. Y, como en las ocasiones anteriores, su administración negó inmediatamente después que Estados Unidos haya cambiado de política. ¿Es creíble este desmentido? Sobre todo, ¿resulta convincente para Pekín?

La reiteración del mensaje obliga a pensar que no se trata de un simple error. En un contexto de creciente presión de la República Popular sobre Taiwán—y de hostilidad de Washington hacia Pekín—políticos y expertos norteamericanos consideran que ha llegado la hora de sustituir la “ambigüedad estratégica” mantenida desde 1979 sobre lo que se haría en caso de conflicto, por una posición de mayor claridad. Para algunos especialistas, esta última sería compatible con el continuidad del principio de “una sola China”, pero el propio Biden ha puesto de manifiesto la contradicción. En la entrevista con la CBS, en efecto, Biden no se limitó a transmitir una nueva “claridad”, sino que añadió: “es Taiwán quien hace sus propios juicios sobre su independencia (…); es su decisión”.  En otras palabras, el presidente dio a entender que son sólo los taiwaneses quienes deben pronunciarse, y que Estados Unidos apoyaría su decisión. Éste sí es un giro relevante.

Desde el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República Popular, sucesivas administraciones norteamericanas han rechazado de manera explícita la independencia de Taiwán. Así sigue apareciendo en la página web del departamento de Estado, y así lo reiteró su titular, Antony Blinken, en su discurso de la pasada primavera sobre la política hacia China. Siempre se consideró que se trataba de una exigencia ineludible para evitar que Taipei siguiera un camino que pudiera provocar un ataque por parte de Pekín. China ya dejó claro en la ley antisecesión de 2005 que el recurso a la fuerza sería la respuesta a todo intento de independencia.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, que se encontraba en Nueva York para asistir a la Asamblea General de las Naciones Unidas, fue el primero en advertir sobre las consecuencias de la violación de esta ley, sólo horas después de las palabras de Biden. Tanto en su visita  personal a Henry Kissinger el pasado lunes, como en su posterior encuentro formal con Blinken a finales de semana, Wang manifestó su preocupación por el impacto de estos movimientos sobre las relaciones entre China y Estados Unidos. Ocurre, además, que no han sido sólo Biden y Pelosi quienes parecen haber alterado el statu quo. El 14 de septiembre, el Comité de Relaciones Exteriores del Senado dió el visto bueno a la tramitación de la “Taiwan Policy Act” por una amplísima mayoría (17 frente a 5). Si el Congreso aprueba el borrador actual—que eleva de manera significativa el estatus diplomático de la isla y el apoyo militar y económico norteamericano—la nueva ley reconfigurará por completo la política de los últimos 40 años, vaciando de contenido la idea de “una sola China”.

La Casa Blanca se opone parcialmente a ese borrador, que ahora discutirá la Cámara de Representantes. Lo relevante, en cualquier caso, es que si China concluye que Washington apoya la independencia de Taiwán, su presión económica, política y militar sobre Taipei irá lógicamente en aumento. La proximidad de las elecciones parciales al Congreso pueden haber llevado a Biden a exponer un ajuste retórico con respecto a la posición tradicional de Estados Unidos, pensando quizá que podría contribuir de este modo a alejar a Xi de la tentación del uso de la fuerza.Pero lejos de reforzar las posibilidades de disuasión de Pekín, sus dirigentes han percibido por el contrario una nueva provocación que no hará sino agravar la inseguridad de la isla y la inestabilidad en el estrecho

INTERREGNUM: Taiwán: choque de trenes. Fernando Delage

Mes y medio después de su visita a Taipei, la crisis abierta en el estrecho de Taiwán por el viaje de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, parece no tener fin. Pekín ha mantenido su presión militar, mientras que Washington anunció a principios de septiembre la venta de un nuevo paquete de armamentos a la isla por valor de 1.100 millones de dólares. Estados Unidos ha calificado las acciones chinas como desproporcionadas y dirigidas a establecer un “nuevo statu quo”, mientras que, para la República Popular, es la administración Biden la que ha violado el principio de “una sola China”.

Lo que viene a ilustrar este “choque de narrativas” es la desaparición del contexto en el que se definió el problema durante décadas. El aumento de capacidades chinas ofrece a Pekín un margen de maniobra del que carecía con anterioridad; la política de ambigüedad estratégica norteamericana puede resultar insuficiente como instrumento de disuasión; y la consolidación de una identidad taiwanesa cada vez más separada del continente acelera la urgencia de los dirigentes chinos por completar un proceso de reunificación que forma parte esencial de la agenda de rejuvenecimiento nacional perseguida por Xi Jinping (el conocido como “sueño chino”). Taipei ha anunciado por su parte un impulso adicional a la modernización de sus Fuerzas Armadas, pero son sobre todo los dos grandes los que tienen en sus manos la gestión de esta espiral de enfrentamiento, en la que por ahora han optado por dar protagonismo a la dimensión militar.

Es ésta una crisis que cabía esperar tarde o temprano, pero Pelosi—guiada por motivaciones de política interna norteamericana—ha provocado un estallido que, ante todo, no ha hecho sino perjudicar la seguridad de Taiwán, es decir, la que debía ser la primera obligación de Washington. Las supuestas meteduras de pata del presidente Biden, quien hasta tres veces ha dicho que Estados Unidos intervendría militarmente en el caso de una invasión, han sido otra señal para Pekín—no importa que el Departamento de Estado las haya corregido posteriormente—de que las cosas están cambiando. Pero igualmente tiene razón la Casa Blanca al percibir que la inquietud china por resolver la cuestión se precipita. Ambas partes, como también el gobierno de la isla, han dejado en consecuencia de compartir el marco de referencia que proporcionó un entorno de relativa estabilidad hasta al menos 2016, año en el que, tras la victoria electoral del Partido Democrático Progresista—revalidada en 2020—, la presidenta Tsai Ing-wen evitó adherirse formalmente al “consenso de 1992” sobre las diferentes interpretaciones mantenidas por Pekín y Taipei sobre el concepto de “una sola China”.

A la ruptura del statu quo apuntan igualmente la continuidad de las acciones coercitivas chinas en torno al espacio marítimo y aéreo taiwanés, así como el lenguaje empleado en el tercer Libro Blanco de la República Popular sobre Taiwán (el primero desde que Xi llegó al poder), hecho público por Pekín tras la visita de Pelosi: “no permitiremos que este problema pase de una generación a la siguiente”. Por su parte, de manera simultánea al nuevo suministro de armamento, el Congreso de Estados Unidos discute estos días una propuesta legislativa (la “Taiwan Policy Act”), cuyos proponentes—un senador demócrata y otro republicano—pretenden que sustituya a la ley de 1979 que hasta la fecha guiaba las relaciones con la isla, y sirva para reforzar el compromiso de seguridad norteamericano.

Como las tres crisis anteriores en el estrecho (1954-1955, 1958, 1995-96), la de 2022 marca un nuevo punto de inflexión en las relaciones entre China y Estados Unidos. Pero la principal diferencia es que esta vez existe un equilibrio de poder muy diferente entre ambos, a la vez que los respectivos imperativos internos de cada parte complican los esfuerzos a favor de un acercamiento que permita prevenir un choque mayor. Es posible que el XX Congreso del Partido Comunista establezca el próximo mes unas nuevas líneas rojas sobre Taiwán (Xi debe demostrar que el problema se orienta en la dirección querida por Pekín), mientras que el calendario electoral de Estados Unidos—como ya ha demostrado Pelosi—tampoco facilitará que la Casa Blanca se incline por avanzar hacia un escenario de distensión.

Taiwán la joya del Pacífico oeste. Nieves C. Pérez Rodríguez

Factum, el centro de investigación y pensamiento con sede en Sri Lanka dedicado a estudiar las relaciones internacionales, cooperación tecnológica y comunicaciones estratégicas de Asia, publicaba un artículo la semana pasada titulado Taiwán la joya del Pacifico oeste en el que su autor, Kasum Wijetilleke, hacía un paseo por la historia de Taiwán y las razones por las cuales es una isla tan apetecible.

Tras la primera guerra chino-japonesa, en 1885, cuando la dinastía Qing cedió la isla de Taiwán bajo el Acuerdo de Shimonoseki, daba comienzo así la creación de la primera colonia del Japón imperial. El plan de los japoneses era crear una colonia modelo para así demostrar la superioridad de la “japonización”.

Lo primero fue desarrollar vías de comunicación e infraestructuras, así como una red de salud pública y sistemas de saneamiento.  Integrar a los taiwaneses al sistema de educación que fue una prioridad. Aunque los locales solo recibían educación primaria obligatoria mientras que la secundaria era exclusiva para los japoneses. Sin embargo, el autor afirma que los japoneses sentaron una importante base para el desarrollo humano y el crecimiento económico en la entonces precaria isla.

El experimento del modelo de colonización que desarrolló Japón en Taiwán fue un éxito puesto que estableció orden, erradicó enfermedades existentes, modernizó la isla y creó una economía que fue la base de la que tienen hoy. Aunque Japón gobernó con mano dura y sin contemplaciones.

Así continuó hasta la década de 1940 cuando se promulgaron importantes reformas agrarias en Japón y que los taiwaneses replicaron, pero bajo un modelo propuesto por la comisión conjunta de Estados Unidos y Taiwán que construyó una base agrícola para el desarrollo de la economía de la isla.

Wijetilleke subraya que Taiwán se benefició enormemente de la política exterior y las consideraciones estratégicas de Estados Unidos puesto que el Partido Nacionalista Kuomintang (KMT) tenía conexiones cercanas con Washington y el presidente Roosevelt había estado fomentando un acuerdo con el líder del KMT Chiang Kai Shek.

Taiwán es devuelta a China por el acuerdo del Cairo en 1943 y ratificado dos años más tarde, a pesar de que el comunismo avanzaba y controlaba China. Con este acuerdo, Taiwán quedó como una provincia china, pero comenzó un sistema de autonomía que ya los japoneses habían permitido, pero en este punto sin colonos comenzaron a desarrollar una identidad más propia.

Tras la derrota japonesa y la toma del poder por los comunistas en la China continental, los nacionalistas chinos derrotados se instalaron en la isla sustrayéndola del control de Beijing.

Entre los años 50 y 80 Taiwán recibió muchas inversiones provenientes de los Estados Unidos destinadas al desarrollo en áreas de infraestructuras, educación, industria y tecnología de comunicaciones. En 1979, Estados Unidos aprueba el histórico acuerdo la ley de relaciones con Taiwán que formuló las disposiciones para el establecimiento diplomático con Taiwán, además de asegurar la protección militar estadounidense a la isla e incluso proporcionarle armamento de carácter defensivo a Taiwán si lo necesitara.

La liberación de los mercados en los setenta, junto con la planificación y el apoyo estatales, una fuerza laboral capacitada, mano de obra a bajo costeo, adecuadas infraestructuras físicas y tecnológicas atrajeron inversiones tanto estadounidenses como japonesas a Taiwán.

Domésticamente, las industrias pequeñas y medianas en manos de familias y empresarios impulsadas por el gobierno de Taiwán a través de préstamos pequeños y subsidios fueron clave para estimular el crecimiento de una clase media fuerte y una base industrial potente en manos de los taiwaneses.

Con esas bases nace lo que el autor llama el “milagro de Taiwán”. En los ochenta, la economía taiwanesa se había convertido en uno de los “tigres asiáticos” junto con Singapur, Hong Kong y Corea del Sur debido a que se convierte en un centro de fabricación de alta tecnología.

La relación de China con Taiwán, subraya el autor, refleja la dinámica rusa-ucraniana. En ambos casos está la presencia de un Estado mucho más grande y poderoso cerca de una nación separada que es considerablemente más pequeña, pero con un mismo idioma y vínculos compartidos. Y en ambos casos los grandes Estados tienen a su joya de la corona, Ucrania era el proveedor de maíz y trigo para la Unión Soviética, lo que lo era clave, pero Taiwán hoy es mucho más importante en la cadena de suministro mundial de fabricación y tecnología.

Taiwán concentra la fabricación de semiconductores utilizados en casi todos los equipos que se fabrican en el mundo. Sólo por el hecho de que las empresas taiwanesas satisfacen más del 50% de la demanda china de semiconductores, y las americanas dependen aún más de los conglomerados taiwaneses que manufacturan los semiconductores, Taiwán adquiere una importancia estratégica.

A pesar de las inversiones chinas en esta área, la industria taiwanesa está cinco años por delante a la tecnología china. Debido a esta situación, el Congreso de los Estados Unidos recientemente aprobó la legislación del Chips que provee de un subsidio de unos 50 mil millones de dólares por cinco años a empresas que se dediquen a la fabricación de tan codiciado componente. Y lo que a priori ha incentivado es un acuerdo para el establecimiento de una planta de semiconductores taiwaneses en Arizona en el 2024.

China, por su parte, es indudablemente el hub más grande de manufacturas en el mundo y a pesar de los 14.000 km de costas que posee la salida y distribución de mercancías no es una tarea fácil. La dinámica es compleja debido a los miles de islas en la zona y que varían en tamaño, lo que complica la navegación marítima.

Las islas japonesas Ryukyu, Borneo y Sumatra así como Filipinas e indudablemente Taiwán, todas fueron utilizadas inicialmente como un escudo defensivo para la costa occidental de EE.U. y luego se convirtieron en una contra defensa eficaz contra posibles invasiones chinas desde el Pacífico occidental. La estrategia de contención fue denominada “cadena de defensa de islas” según el secretario de Estado John Foster Dulles.

En este contexto, Taiwán sigue siendo la joya de la corona en la estrategia de contención. Está ubicada justo en el centro de la inmensa costa de China lo que podría convertirse en un embudo para la maquina comercial global de China. Sin contar con los lazos históricos que existen entre ambos, la ubicación de Taiwán convierte a la isla en la “joya” en la cadena de defensa que la isla le daría a China el control de un lugar de avanzada clave desde el cual ingresar al Océano Pacífico Occidental.

Taiwán representa una intersección significativa entre la seguridad nacional, los intereses económicos y la enemistad histórica, lo que la convierte posiblemente en la isla estratégicamente más importante del siglo XXI, concluye el autor.

Para Beijing, la reunificación de Taiwán es incuestionable. Nieves C. Pérez Rodríguez

En medio del mayor número de maniobras militares realizadas por el Ejército Popular de Liberación de China en los alrededores de Taiwán como una contundente muestra de rechazo a la visita de Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, Beijing publicó el nuevo Libro Blanco sobre Taiwán titulado “La cuestión de Taiwán y la reunificación de China en la nueva era”.

El documento se hacía público justo cuando se cumplía una semana de la visita de Pelosi a la isla como otra muestra de su rechazo y a su vez por la necesidad de ratificar que Taiwán es territorio chino. El preámbulo reza:

… “Resolver la cuestión de Taiwán y realizar la reunificación completa de China es una aspiración compartida por todos los hijos e hijas de la nación china. Es indispensable para la realización del rejuvenecimiento de China. También es una misión histórica del PC chino”.

En esos tres puntos se resume la importancia política de la reunificación como ellos la llaman. Es una aspiración de los ciudadanos porque estos han sido ideologizados bajo el esquema de una China con dos modelos o lo que es lo mismo un país dos modelos, pero siempre enfatizando la idea de que es una solo nación.  Xi Jinping recuperó varios términos desde que se hizo con el poder, como es el sueño chino o el rejuvenecimiento de China, que a diferencia del sueño americano donde un individuo con su trabajo puede conseguir lo que se proponga, el chino es la subordinación de los sueños individuales en pro del sueño colectivo. Y definitivamente, el PC chino lo ha promocionado desde que tomó el poder una misión histórica porque desde su creación han insistido en que Taiwán es parte del territorio de China.

Claramente, el rejuvenecimiento del que tanto habla Xi es una necesidad y una oferta política de carácter nacionalista que, en el fondo, busca el impulso económico de China y a su vez la consolidación y liderazgo internacional chino en el mundo. Y en el plano doméstico se traduce como el retorno o vuelta de los territorios desperdigados, cuya lista hasta hace poco incluía a Macao y Hong Kong, pero que en el documento afirma que una vez que han regresaron se restauró el orden y la prosperidad en esos territorios.  Aun cuando reconocen que en Hong Kong hubo un periodo de agitación que fue superado gracias a la represión de las fuerzas de seguridad china.

En el libro Blanco de Taiwán se recrea la historia que ha vinculado a China y a Taiwán desde la antigüedad, basado en descubrimientos arqueológicos en ambos lados del estrecho, pasando por distintas dinastías, documentos y hechos históricos. Todo para justificar que son parte de China porque así lo han sido desde tiempos remotos. Y de hecho literalmente dice: “Después de un siglo de sufrimiento y privación, la nación ha superado humillación, emergió del atraso y abrazó oportunidades ilimitadas de desarrollo. Ahora China se dirige hacia el rejuvenecimiento”.  Dejando por sentado que a pesar del tiempo que Taiwán ha sido independiente, que es más de un siglo, están cada vez más cerca de la reunificación.

Sin embargo, el sentimiento ciudadano en Taiwán es otro. Hoy en día sólo el 2% de los taiwaneses se identifican exclusivamente como chinos lo que se traduce en una caída del 25% en las últimas tres décadas, según la Universidad Nacional de Chengchi, que es uno de los centros de estudios más prestigiosos de Taiwán. Curiosamente Beijing, a pesar de su crecimiento indiscutible en los últimos años, ha conseguido más distanciamiento de esos territorios y rechazo social de esos ciudadanos.

El documento asevera en múltiples ocasiones que la reunificación es un proceso que no puede ser detenido porque es crítico para el rejuvenecimiento de la nación, así como que el progreso de China es la prueba que marcará el bienestar en ambos lados del estrecho, “desarrollo que se ha alcanzado gracias al socialismo con características chinas y al alto precio del mismo.  Cualquier intento de fuerzas separatistas para prevenir la reunificación está destinado al fracaso”. Y por último sostienen que si fuerzas externas obstruyen la reunificación de China serán vencidas.

Aunque asegura el texto que trabajarán para una reunificación pacífica, afirman que no renunciarán al uso de la fuerza, así como se reservan la opción de tomar las medidas necesarias para cumplir el objetivo. Si bien a lo largo del documento invitan a los taiwaneses a trabajar de la mano como “patriotas”, el desacato es considerado como un crimen que será penado.

Aunque este es el tercer Libro Blanco sobre Taiwán (el primero fue en 1993 y el segundo en 2000) el momento en que ha sido publicado es sin duda decisivo para Beijing, que aprovecha otro medio para manifestar su posición en medio de la crisis. En las primeras versiones se dejaba abierta la opción de que Taiwán mantuviera su sistema de semi autonomía, político, judicial y financiero, pero está última versión sólo describe que puedan mantener su sistema social y manera de vivir, que la misma ambigüedad genera inquietud e incógnitas.

El PC chino ha montado toda su estrategia basada en el control social y la manipulación individual, donde el ciudadano tiene que plegarse a lo que desde el partido / Estado se dicta. No existe una diferencia entre ambos, el partido usa la figura del Estado para imponer sus lineamientos, como lo hemos visto repetidamente en el Tibet, en Xinjiang, o en políticas como la de un solo hijo, que se impone sin importar la crueldad o el daño psicológico se coacciona a su cumplimiento.

THE ASIAN DOOR: Taiwán en el eje del epicentro de la geopolítica. Águeda Parra

Ante la invasión de Ucrania, China no se ha salido de su propio guión. China ha seguido su máxima de no injerencia en los asuntos internos de otros países, y no ha buscado ni influir ni mediar en el conflicto, pero tampoco está prestando apoyo militar a Rusia.

No obstante, ni los retos militares ni económicos que tenga que afrontar Rusia en su invasión de Ucrania van a influir en sus intenciones futuras respecto a Taiwán.  Un conflicto que, de producirse, plantea un escenario de guerra asimétrica por la diferencia de poderío militar entre ambos países. En este sentido, las lecciones aprendidas que está aportando la invasión de Ucrania están permitiendo remodelar la estrategia de las fuerzas defensivas de Taiwán.

En este contexto, las tácticas militares están muy ligadas al tipo de tecnología militar disponible en cada momento, y la modernización de las capacidades de China están incorporando un uso intensivo de la inteligencia artificial (IA), además de desarrollar su propia capacidad de defensa de antimisiles. De hecho, la aplicación de la IA que utiliza China en sus capacidades militares marcaría una diferencia importante respecto al escenario militar que se está desarrollando en Ucrania.

De ahí, que la invasión de Ucrania esté aflorando la necesidad de disponer de armamento más moderno. El asesoramiento de Estados Unidos en este sentido estaría dirigido a que Taiwán realizara compra de equipamiento militar que le permita reforzar los sistemas de defensa de la isla. La venta de armas por parte de Estados Unidos hacia la isla ya se incrementó en tiempo de la administración Trump, y se ha seguido reforzando durante la presidencia de Biden. De hecho, el ritmo de compra de armamento que Taiwán ha venido realizando a Estados Unidos se ha intensificado en la última década, alcanzando los 23.000 millones de dólares desde 2010, de los que 5.000 millones de dólares corresponderían sólo a 2020, según un informe del Pentágono.

Respecto a las capacidades de China, el gigante asiático se encuentra actualmente inmerso en un proceso intensivo de modernización de su poderío militar y de una mayor capacitación del su ejército, un proceso de reforma que comenzó en 2015, poco tiempo después de que Xi Jinping asumiera el cargo en 2013. Con esta modernización, China aspira a garantizar que sus capacidades militares sean las necesarias para disponer de una ventaja decisiva en todos los escenarios que se puedan plantear en un conflicto con Taiwán donde también intervenga Estados Unidos. Asimismo, el objetivo es poder “luchar y ganar” guerras modernas e “informatizadas”, según figura en las fuentes oficiales, es decir, aquéllas que hagan un amplio uso de las nuevas tecnologías.

El plan de modernización planteado hace más de un lustro estaba previsto que culminara para 2035, pero China recientemente ha adelantado esa fecha a 2027. Con este adelanto del proceso de modernización militar, el gigante asiático acelera su agenda asertiva respecto a sus objetivos de reunificación de la isla en un entorno de creciente tensión por la coyuntura internacional que ha planteado la guerra de Ucrania.

Al permanente estado de alerta en el que se mantiene el estrecho por las continuas incursiones en la zona de defensa área de Taiwán por parte de aviones chinos, se ha sumado recientemente la tensión generada por la visita de un senador estadounidense a la isla, provocando el malestar propio que este tipo de visitas suele producir en China. No obstante, el anuncio de la presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, de su intención de visitar la isla, intensificaría más de lo esperado la tensión, ya de por sí muy elevada. De hecho, sería la primera vez en 25 años que un presidente de la Cámara visita la isla.

Taiwán, una vez más en el ojo del huracán. Nieves C. Pérez Rodríguez

La advertencia que ha venido haciendo reiteradamente Taiwán durante años y de la que en los últimos tiempos se han hecho eco muchos analistas y expertos, por desgracia parece estar llegando al punto de convertirse en un peligro inminente. El Partido Comunista chino ha expresado abiertamente sus ambiciones y en la medida en que han crecido y fortalecido su economía y poderío militar se sienten con el derecho de exigir y hablar más abiertamente y sin filtros.

Taiwán es una provincia china histórica de acuerdo con el PC chino, por lo que se oponen a cualquier iniciativa que pueda dar más legitimidad internacional a las autoridades taiwanesas y contacto oficial entre autoridades de Taiwán con otros países. Como suele suceder cada vez que se le da trato preferencial de Estado a un funcionario taiwanés, China se queja enérgicamente. Lo mismo ha sucedido cuando un país permite que abran una oficina pseudo diplomática taiwanesa en su territorio. Incluso Beijing ha ido más allá. En los países en los que existen o existían oficinas de intereses comerciales taiwaneses, a través de presión diplomática, económica y política, Beijing ha ido presionando a los Estados receptores hasta el punto de que muchas oficinas han desaparecido.

Desde que se diera a conocer que la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU quiere visitar Taiwán en medio de una gira que tiene pautada a Asia en agosto, la tensión entre China y Estados Unidos ha vuelta a subir, lo que rememora la era Trump y la guerra comercial en la que los días transcurrían intentando determinar hasta donde podría llegar la tensión e incluso especulándose sobre cómo esa lucha tarifaria podría comprometer las economías.

Para el PC chino Taiwán es parte de su territorio soberano, por lo que cualquier asunto que aborde o incluso roce la legalidad de la isla o su estatus hace a Beijing reaccionar bruscamente. Sin embargo, las visitas de oficiales estadounidenses se suceden con frecuencia y aunque Beijing las sigue muy de cerca toca admitir que la reacción esta vez ha sido mucho más extrema.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Zhao Lijian, advertía de que China tomará medidas firmes y decididas si Pelosi continuaba con los planes de su visita. Incluso el Ministro de Defensa chino llegó a sugerir que podría haber una respuesta militar.  Lo que claramente demuestra el nivel de irritación del gobierno chino.

Pelosi es una figura muy prominente en la política de los Estados Unidos, tiene 35 años de servicio en el Congreso, ha sido muy crítica de las violaciones de derechos humanos en China y además es una mujer muy respetada internacionalmente por su larga trayectoria y, como si todo eso fuera poco, es además la segunda en la línea de sucesión a la presidencia de los Estados Unidos de pasarle algo a Biden. Lo que todavía la eleva a un rango más alto internacionalmente.

Todas estas razones han abierto un gran debate en Washington mientras que del otro lado del Pacífico ha causado conmoción. El General Mark Milley, jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, declaró que “si Pelosi solicitase apoyo militar para el viaje, yo mismo haré lo necesario para garantizar que transcurra con seguridad”. Mientras que cuando un periodista preguntó al mismo presidente Biden sobre el posible viaje dijo: “que el ejército no cree que sea una buena idea en este momento”, cosa que no sorprende porque Biden tiene una fuerte propensión de responder lo que le viene en el momento y no seguir el guion de la Casa Blanca. Es bien conocida esta tendencia entre quienes han trabajado cerca de él desde su paso por el Congreso, durante su etapa como vicepresidente o incluso los que trabajan hoy para su Administración.

Una respuesta que, aunque sea razonablemente acertada, muestra desmembración o división en el Partido Demócrata y, sin duda, debilidad frente a China. Pelosi conocida también por su astucia política e ironía respondía a los periodistas que ella creía que “el presidente había dicho era que tal vez los militares tenían miedo de que mi avión fuera derribado o algo así…”, saliendo mejor parada que el mismo Biden del altercado.

Es muy probable que la razón por la que China ha reaccionado tan fuerte es porque esta visita se ha filtrado. Desde que el Financial Times lo publicó no se ha parado de hablar del viaje en cuestión. No obstante, en abril de este año se llevó a cabo una visita “no anunciada” de un grupo de representantes a la que justamente Pelosi tenía previsto unirse, pero debido a que se contagió de Covid-19 no pudo asistir con sus colegas.

Hace veinticinco años que Taipéi no recibe la visita de un presidente de la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos. En 1997 el republicano Newt Gingrich visitó Taiwán junto con otros once miembros de su cámara en una visita oficial que tuvo una duración de tres días.

Esta polémica sucede la misma semana que estaba pautada la quinta cumbre virtual entre Biden y Xi Jinping en la que éste último afirmó que “aquellos que juegan con fuego acaban quemándose” además de que recordó que “hay una firme voluntad de 1400 millones de chinos de salvaguardar firmemente la soberanía integral territorial de China”.

Biden por su parte respondía que “EE. UU. no ha cambiado su posición frente a Taiwán y se opone enérgicamente a los esfuerzos unilaterales para cambiar su status quo”, durante las más de dos horas que duró el encuentro.

Coincidiendo con el mismo día de la cumbre virtual entre Biden y Xi, un portaaviones estadounidense y su grupo de ataque regresaron al Mar de China meridional después de una escala de descanso en Singapur, lo que para algunos observadores se traduce en una estrategia de despliegue en la región en medio del aumento de tensiones entre Washington y Beijing.

Nunca es un buen momento para subir tensiones entre dos potencias pero objetivamente ahora mismo la situación geopolítica internacional está especialmente complicada con la Guerra rusa en Ucrania y las consecuencias de ésta en los precios y distribución de los combustibles, los cereales y el impacto en la ya golpeada economía internacional debido a la pandemia.

A Estados Unidos le preocupa que, en el mismo marco de la invasión de Ucrania, Beijing vea un buen momento para invadir Taiwán basados en sus reclamaciones históricas. Aun cuando Washington ha aceptado la ambigüedad de estas reclamaciones, entiende que se basan en una nación dos modelos, y reconocen también que la agresividad que han venido manifestado en sus peticiones es cada vez más fuerte, tal es el caso de las aguas internacionales alrededor de Taiwán que ahora Beijing insiste en que son suyas.

Zack Copper, ex asesor del Pentágono y profesor de Georgetown y Princeton, y Bonnie Glasser, directora del programa de Asia de la Fundación German Marshall, en un artículo conjunto publicado por el New York Times explicaban que “una sola chispa podría encender esta situación combustible en una crisis que escale a un conflicto militar. Pelosi y sus asesores pueden pensar que esto tendría un efecto estabilizador, así como muchos en Washington creen que las fuertes demostraciones del compromiso de Estados Unidos con Taiwán disuadirán a China de una aventura militar. Pero en este momento la visita de Pelosi a Taiwán podría provocar una respuesta china contundente.

Cooper y Glasser afirman que sí a Xi se le acorrala en una esquina éste se verá presionado a reaccionar. Además, hay que tener en cuenta la cercanía con el congreso del Partido Comunista que puede servir de una mayor presión para que Xi tome una decisión inminente. Una escalada de tensiones por una visita oficial sería entendida por los aliados estadounidenses como ocasionada por Washington.

 

INTERREGNUM: Presión sobre Taiwán. Fernando Delage

El pasado lunes, el portaaviones Liaoning de la armada china realizó ejercicios en la costa oriental de Taiwán. El martes, el Theodore Roosevelt, portaaviones de la flota norteamericana, entró en el mar de China Meridional como parte de una “operación de rutina”. El miércoles, un avión espía EP-3E de Estados Unidos sobrevoló el espacio en el que lindan el estrecho de Taiwán y el mar de China Meridional. Pekín respondió mediante el despliegue de varios aviones en la zona, como también hizo Taipei, aunque las incursiones chinas en el espacio aéreo taiwanés se han producido a diario durante los últimos meses. El mismo día, el destructor John McCain navegó a través del estrecho de Taiwán, cuarta vez que lo hacía un buque de Estados Unidos desde la toma de posesión de Biden como presidente.

Desde Washington, el portavoz del departamento de Estado expresó la “profunda preocupación” por las acciones chinas dirigidas a intimidar a otros en la región. Estados Unidos, indicó, “mantiene la capacidad para hacer frente a todo intento de recurso a la fuerza o cualquier otra forma de coacción que pueda poner en peligro la seguridad o el sistema social o económico de Taiwán”. Las fuerzas armadas norteamericanas llevan tiempo advirtiendo, por otra parte, de que China está probablemente acelerando sus planes para el control de la isla. Puede que lo intente durante los próximos seis años, señaló el mes pasado ante el Senado el responsable del mando Indo-Pacífico, almirante Philip Davidson.

No son pocos los analistas que creen que China ha perdido la paciencia con el statu quo. En vísperas del centenario, en julio, del Partido Comunista, y al acercarse el más que probable tercer mandato de Xi Jinping—a partir del XX Congreso en 2022—se piensa que un avance con respecto a la reunificación formaría parte central de su legitimidad, por lo que estaría dispuesto a asumir mayores riesgos. El centenario de la fundación del Ejército de Liberación Popular en 2027 podría ser otra circunstancia que conduzca a realizar algún movimiento en relación con la isla.

Es cierto que, desde 2013, China ha aumentado la presión en su periferia marítima, y no sólo en el estrecho de Taiwán: sus acciones en los mares de China Meridional y de China Oriental tampoco pueden desvincularse de su estrategia hacia la recuperación de la “provincia rebelde”. La presión aérea y naval es la mayor en los últimos 25 años, sin embargo, los costes de un ataque continúan siendo muy elevados.  El uso de la fuerza contra Taiwán haría un enorme daño a la imagen internacional de China, uniría a los países vecinos contra la amenaza que representaría Pekín para la estabilidad regional y, sobre todo, distraería a Xi de sus prioridades internas. La inquietud por el comportamiento chino es comprensible, pero su objetivo consiste probablemente en disuadir a las autoridades taiwanesas para que no declaren la independencia más que en optar por la reintegración por la fuerza. Los efectos que se buscan son sobre todo psicológicos: los medios militares, como los cibernéticos y económicos, buscan dividir a los taiwaneses, sembrar el pesimismo sobre su futuro, y hacer presente el poder de la República Popular, así como el reducido margen de actuación de las potencias externas.

Corregir esta última percepción es una cuestión central para Estados Unidos. Washington está—por ley—comprometido con la defensa de Taiwán, pero mantiene la ambigüedad sobre cómo respondería a un ataque por parte de China. Cada vez será más difícil contar con el apoyo de la opinión pública norteamericana en un eventual uso de la fuerza contra Pekín, pero está en juego asimismo el futuro de sus alianzas en Asia. Porque las opciones son limitadas, la prioridad debe ser prevenir una crisis en el estrecho antes de que se produzca. El acercamiento a los aliados y la inclinación por la diplomacia de la administración Biden, junto con la firmeza de sus mensajes a China, son por ello tanto o más relevantes que el reforzamiento de sus capacidades militares.

El nuevo rumbo de la diplomacia. Nieves C. Pérez Rodríguez

El mundo hoy es muy diferente al que conocíamos en 2019. La pandemia ha dejado expuestas las vulnerabilidades de las sociedades, incluso de las más avanzadas. Las economías más desarrolladas y con sistemas sanitarios más modernos -en su mayoría- fracasaron en el control de infecciones y con ello un cambio total y radical de vida se ha instaurado.

Los Estados se han visto forzado en replantearse sus relaciones con otras naciones, y China se ha convertido en el blanco de muchas denuncias. Países como Australia o Nueva Zelanda han tomado firmes posiciones de denuncias contra Beijing, y Estados Unidos, por su parte, parece estar orientando sus esfuerzos diplomáticos en cerrar un frente con sus aliados para sobrellevar la crisis mientras desarrolla una estrategia que ayude a blindar a Taiwán de las amenazas del PC chino. Para ello le provee de una plataforma en la que gane mayor protagonismo internacional.

El pasado 10 de abril, El Instituto americano en Taiwán (American Institute in Taiwan), la sede pseudo diplomática de Washington en Taipéi, prometía más cooperación con la isla por los años venideros. Basado en el “Acta de las relaciones con Taiwán de 1979” se ha permitido intercambios sobre todo de tipo económico entre ambos. Esta ley fue creada al momento en que Washington reconocía diplomáticamente a Beijing. Pero durante la Administración Trump ha sido un recurso para potenciar más intercambios y generar más acercamientos con Taiwán. Muy a pesar de las protestas de China, todo indica que la estrategia de la Administración es continuar apoyando a Taiwán, más allá de la venta de armas o el “Acta de viajes a Taiwán” que consiste en permitir viajes entre oficiales de ambos gobiernos. Es evidente que Washington está tratando de proteger este enclave democrático que se encuentra a tan sólo 150 kilómetros de territorio chino y que su estratégica posición le asegura cierto control del Pacífico. O quizá más bien ayuda a equilibrar la influencia china en la región.

El instituto americano en Taiwán está presidido por un diplomático de carrera, Brent Christensen, pero bajo la figura de director, en vez del título de embajador. Un foro debatió el pasado viernes sobre “La reestructuración de la cadena de suministros y mejora de la resiliencia entre socios afines”, y cuyo propósito fue discutir herramientas políticas que permiten la reestructuración de las cadenas de suministro al tiempo que se asegura que las empresas y las economías puedan prosperar.

Christensen decía “La pandemia de Covid-19 ha expuestos los riesgos de depender demasiado de un solo país o un proveedor de materiales críticos como suministros médicos y productos farmacéuticos y de insumos para industrias estratégicamente importantes. Mientras planificamos un mundo postpandémico y evaluamos que cambios son necesarios, una cosa es cierta: Taiwán ha demostrado una y otra vez que es un socio confiable y un actor fundamental para avanzar hacia una economía global más sostenible”.

El Departamento de Estado también está dándole más exposición al “grupo de trabajo de cooperación y entrenamiento global” (por sus siglas en inglés GCTF), que en sus comienzos se estableció para proveer una plataforma en la cual Taiwán podría contribuir a la resolución de problemas globales y compartir su experiencia con socios en toda la región. Para indagar más en el propósito y entender las razones por las que este grupo está tomando mayor importancia, 4Asia consultó al portavoz de la Oficina de asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, quien nos dijo: “A medida que los países hacemos la transición entre la recuperación de la pandemia a la revitalización de nuestras economías, aliados como Taiwán y Japón son socios fundamentales”.

“Estados Unidos continuará apoyando a Taiwán mientras busca expandir sus ya importantes contribuciones para abordar los desafíos globales”.

“Taiwán es un conocido líder mundial en su respuesta transparente y compasiva a la pandemia. Queremos compartir este liderazgo democrático y experiencia con nuestros socios de América Latina y el Caribe. A través del grupo de trabajo de cooperación y entrenamiento global, Estados Unidos, Taiwán y la Asociación de Intercambio Japón-Taiwán se centrarán en áreas claves como la salud pública el empoderamiento de las mujeres y la economía digital para intercambiar las mejores prácticas y promover la transparencia en la recuperación económica”.

El GCTF fue creado en el 2015 con el propósito de ayudar a la inclusión de Taiwán en las organizaciones y foros internacionales. Pero en el marco del quinto aniversario, Estados Unidos expresa que está expandiendo el radio de acción de dicha plataforma. Así lo dijo Christensen en la conferencia de prensa de celebración del aniversario, “Taiwán ha manejado la crisis del Covid-19 mejor que ningún país del mundo, mientras otros países intentan comprender mejor el modelo de Taiwán, China siguió presionando para dejar excluido a Taiwán de la OMS. Nosotros reconocemos ampliamente a Taiwán como un socio confiable, un modelo democrático y una fuerza para el bien del mundo”.

Definitivamente la pandemia ha sido una especie de despertar para el mundo democrático sobre los grandes riesgos de tener las cadenas de producción en manos de su principal rival ideológico y económico. Así como de la necesidad de agrupar esfuerzos en apoyar pequeños aliados en Asia que permiten mantener cierto equilibrio en el Pacífico, porque de lo contrario Beijing se hará con el control total más allá del económico.

INTERREGNUM: Pekín aumenta la presión. Fernando Delage

Aunque falta aún tiempo y perspectiva para valorar las consecuencias geopolíticas del coronavirus, parece innegable que uno de sus resultados está siendo el agravamiento de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Su impacto también resulta visible en el giro producido en el comportamiento de Pekín, que ha acelerado en las últimas semanas la estrategia orientada a expandir su influencia.

La neutralización del estatus semiautónomo de Hong Kong a través de la legislación de seguridad aprobada hace unos días es un ejemplo de dicha política, como lo son asimismo el aumento de la presión sobre Taiwán (y por tanto sobre sus vecinos del noreste asiático, Corea del Sur y Japón); y el anuncio de la realización de ejercicios militares en el mar Amarillo—con los dos portaaviones de que ya dispone su armada—, en unas maniobras que se extenderán en verano al mar de China Meridional. Aunque nada de esto es nuevo, en su conjunto reflejan la voluntad de los líderes chinos de redoblar la presión sobre sus “intereses fundamentales”—es decir, no negociables—y, mediante ellos, avanzar en sus objetivos de cambiar las reglas del juego en Asia. A ello también apunta un nuevo frente: la tensión con India.

Tres años después de la disputa en Doklam, punto de encuentro de las fronteras de ambos gigantes y de Bután, donde la construcción por la República Popular de una carretera provocó dos meses de enfrentamiento, sólo resuelto tras la retirada china, Pekín y Delhi vuelven a colisionar por su conflicto fronterizo, causa de la guerra entre ambos de 1962. Desde finales de abril, las fuerzas armadas chinas habrían movilizado a 5.000 soldados cerca de la “Línea de Control” que delimita el extremo occidental de la frontera entre los dos países, en Ladakh, al norte de Cachemira. India ha respondido mediante un despliegue similar de tropas. Las conversaciones diplomáticas mantenidas entre ambos gobiernos a finales de mayo no han conducido a ningún resultado, ni ninguno de ellos ha aceptado el ofrecimiento de mediación realizado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La pregunta es inevitable: ¿por qué China hace esto? Y ¿por qué en este momento? Como se mencionó, los movimientos chinos en la frontera con su vecino meridional coinciden con sus intentos por consolidar su posición política y estratégica en el continente asiático. Si ha hecho de Hong Kong un nuevo factor de confrontación con Estados Unidos y Japón, a la vez que aumenta las tensiones con Vietnam, Filipinas y Malasia en el sureste asiático, y recibe las críticas de Europa, Australia y de numerosos países africanos, entre otros, por su gestión de la pandemia, complicar las relaciones con India no parece una política muy acertada. Especialmente después de que, en Doklam, Pekín se sorprendiera de la firmeza con que Delhi defendió sus principios. La razón es que India percibió entonces que lo que estaba en juego no era el control de un territorio menor, sino la batalla por el equilibrio regional. Por la misma razón, el gobierno de Narendra Modi tampoco va a retroceder tres años después, por mucho que China pretenda aprovechar la distracción interna creada por el impacto del coronavirus en India.

El activismo estratégico chino revela la confianza de sus dirigentes en su nuevo poder, pero también refleja una impaciencia por modificar el statu quo que puede convertirse en causa de vulnerabilidad. Rodeado por potencias rivales, cada vez más escépticas de las intenciones de la República Popular, Xi Jinping trata de demostrar que ni la pandemia ni sus efectos económicos han debilitado a China. Pero de Hong Kong a Australia, de Europa a Estados Unidos, de Japón a India, se acumulan los obstáculos a la ambición de convertirse en el hegemón regional y, por tanto, a su objetivo de “rejuvenecimiento nacional”. ¿Cuántos frentes puede Pekín gestionar sin contratiempos?

Taiwán progresa en democracia y Beijing avanza en autocracia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Taiwán comenzaba 2020 reeligiendo a su presidenta Tsai Ing-wen con más de 8.1 millones de votos, lo que representan el 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente. La dirigente ha consolidado los valores identitarios de los ciudadanos como “taiwaneses, ha enfatizado el carácter y los valores democráticos de Taiwán y ha despertado un sentir en los jóvenes, quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad por las pretensiones del Partido Comunista Chino.

A mediados de la semana pasada, Tsai tomaba posesión por segunda vez de la oficina presidencial de Taiwán en un ceremonial acto que contó con pocos asistentes debido a la pandemia, pero en cuya sustitución fueron enviados cartas oficiales, mensajes digitales y  videos publicados en las redes sociales. Un total de 47 dignatarios entre los cuales resaltan los aliados de la isla (Alemania, Italia, Francia, República Checa, Filipinas, Reino Unido, Corea del Sur, Singapur, Estados Unidos, entre otros).

En un discurso lleno de optimismo y en el que Tsai reconoció el avance conseguido, “en los últimos 70 años Taiwán se ha vuelto más resistente y unificado debido al gran número de desafíos que hemos afrontado. Hemos resistido la presión de la agresión y la anexión. Hemos pasado del autoritarismo a la democracia. Aunque alguna vez estuvimos aislados en el mundo, siempre hemos estado al lado de los valores de democracia y libertad, a pesar de las dificultades…”, mientras enfatizaba en la necesidad de poseer una capacidad asimétrica defensiva, “una fuerza de reserva y un sistema de movilización más fuerte, así como un sistema militar más avanzado y apropiado para la isla…” -estos últimos aspectos remarcados como claves por Washington en numerosas ocasiones-.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China los ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha de sus favores económicos a otras naciones para pedir el desconocimiento de Taipéi como ente internacional. Así como en el geopolítico con violaciones de su espacio marítimo o aéreo. 

En medio de la pandemia, Beijing no ha parado sus planes de controlar el Pacífico. Por el contrario, han continuado conduciendo ejercicios militares cerca de Taiwán. De acuerdo con Bonnie Glaser y Matthew Funaiole en un artículo publicado el 15 de mayo en  Foreing Policy, en lo que va de año, afirman, las Fuerzas Armadas y Navales del Ejército Popular de Liberación -chino- han ejecutado al menos diez ejercicios incluido incursiones en el espacio aéreo taiwanés.

Aunque estas provocaciones no son nuevas, pues desde finales del 2016 se tienen informes de buques chinos navegando alrededor de la isla, o en marzo del 2019 atravesaron deliberadamente el espacio aéreo con aviones de combate J-11, por primera vez en veinte años. Y en marzo pasado volvieron a observarse unos raros ejercicios nocturnos conducidos por aviones sobre aguas del suroeste de Taiwán.  

Todas estas acciones son congruentes con las líneas políticas de Xi Jinping. Quien desde que tomó posesión en 2012 ha insistido abiertamente en la reunificación de Taiwán con China continental. En efecto, en el primer discurso que dio a principios de enero, insistió en “nuestro país será reunificado. Ese es un paso crítico para la nueva era China”. Alineado íntegramente con la línea de Mao Zedong.

Mientras el mundo sigue consumido en intentar contener la pandemia a puertas adentro, haciendo un esfuerzo simultaneo por prevenir el mayor colapso económico de la historia, China aprovecha las circunstancias para hacerse un actor más dinámico. Con una agresiva diplomacia, como la de la ruta sanitaria de la seda, o una defensiva actitud de sus diplomáticos, o con amenazas a los países que les culpen del COVID-19. En esa misma tónica, en el informe anual publicado el viernes pasado por el primer ministro chino Li Keqiang, se endurecía la retórica hacia la isla, y se eliminaba el término reunificación pacífica, lo que ha despertado preocupación en los analistas, quienes aseguran que muestra un cambio de postura mucho más fuerte hacia la reunificación de Taiwán, tópico considerado de alta prioridad en la política doméstica en Beijing.