INTERREGNUM: El mundo según Xi. Fernando Delage

Diplomático de carrera, exministro de Asuntos Exteriores y exprimer ministro de Australia, Kevin Rudd es uno de los mejores conocedores de la China de Xi Jinping, el actual presidente al que conoció cuando era vicealcalde de Xiamen a mediados de los años ochenta. En la actualidad presidente de la Asia Society en Nueva York, Rudd decidió al cumplir 60 años matricularse en el programa de doctorado de la universidad de Oxford para escribir precisamente una tesis sobre la visión del mundo de Xi, líder al que siguió tratando en distintas capacidades en las décadas siguientes.

En distintos artículos e intervenciones públicas, Rudd lleva un tiempo advirtiendo sobre el riesgo de un choque entre Estados Unidos y China y proponiendo algunas soluciones para evitarlo. A sus reflexiones ha dado forma en un libro de reciente publicación, probable anticipo de su tesis doctoral: The Avoidable War: The Dangers of a Catastrophic Conflict Between the US and Xi Jinping’s China (Public Affairs, 2022). El punto de partida para evitar una guerra, escribe Rudd, es el hacer un mayor esfuerzo por comprender el pensamiento estratégico de la otra parte. De conformidad con esa idea, la descripción de las premisas que guían la acción de los dirigentes chinos y su política hacia las distintas regiones del mundo constituye la mayor parte de su trabajo, aunque pocas novedades encontrará el especialista. Viene a ser un resumen tipo informe, muy denso y, curiosamente, sin ninguna nota al pie ni una sola referencia bibliográfica. Los datos se acumulan sin que apenas aparezcan detalles sobre la experiencia personal de Rudd en sus intercambios con los líderes chinos.

El análisis se vuelve más concreto en el último tercio del libro, sobre todo en relación con la cuestión de Taiwán. Según Rudd, Xi es “un hombre con prisas” con respecto a este asunto, vital para la legitimidad del Partido Comunista, al creer que el enfoque de sus antecesores ha fracasado. Xi podría recurrir al uso de medios militares para recuperar la isla, un objetivo que querría conseguir mientras sea presidente, pero sólo cuando esté convencido de que el equilibrio militar en Asia oriental se ha inclinado a favor de China y cuando ésta cuente con la fortaleza suficiente para resistir las posibles sanciones internacionales. Esto significa que esas condiciones no se darían hasta finales de esta década o principios de la siguiente.

Con el fin de preservar la paz en esta década incierta e inestable, en la que China está convencida de que el viento de la Historia sopla a su favor y está decidida a reconfigurar el orden internacional, Rudd sugiere unas mínimas normas de interacción entre los dos gigantes. La primera de ellas consistiría en dejar claro al otro sus respectivas líneas rojas para evitar malentendidos y sorpresas. La segunda, en canalizar su rivalidad hacia el desarrollo individual de sus capacidades militares, económicas y tecnológicas más que en intentar imponerse como resultado de un conflicto, siempre impredecible en sus consecuencias.

Una estructura de estas características crearía, en tercer lugar, el espacio político necesario para que ambas partes puedan mantener una relación de cooperación en aquellas áreas (como el cambio climático, la pandemia o la estabilidad financiera global) en las que coinciden sus intereses globales y nacionales. Finalmente, para que la gestión de este marco de interacción pueda funcionar con éxito sería necesario el nombramiento de un responsable por cada parte: el asesor de seguridad nacional o el secretario de Estado en el caso de Estados Unidos, y el director de la oficina de asuntos exteriores del Comité Central del Partido Comunista o el vicepresidente de la Comisión Central Militar por parte china.

El propio Rudd reconoce que ninguna estructura de este tipo por sí sola puede prevenir un conflicto. Pero sus elementos de claridad y transparencia pueden al menos reducir el riesgo. Si la rivalidad entre China y Estados Unidos es inevitable, se trata de conceptualizar cómo pueden coexistir de manera competitiva, reforzando los mecanismos mutuos de disuasión.

Los uigures continúan su lucha. Nieves C. Pérez Rodríguez

Entre el 12 y 14 de noviembre tuvo lugar la VII Asamblea General del Congreso Mundial de los uigures (World Uyghur Congress WUC, por su nombre en inglés).  El WUC es una organización con sede en Alemania que aboga por los derechos de los uigures y condena a China por sus abusos continuos a miembros de esta etnia minoritaria china, cuya mayoría se encuentra en la región de Xinjiang al extremo oeste de China.

El WUC fue creado en 2004 por un grupo de uigures exiliados que congregó fuerzas para defender los intereses y derechos fundamentales de los uigures. A través de los años la organización ha ido tomando más fuerza e importancia y han conseguido financiamiento y atención internacional.

Se estima que el Partido Comunista chino tiene retenidos más de 1 millón de uigures en unos centros le “reeducación” de acuerdo con el nombre dado por el propio gobierno chino, o también llamado campos de concentración por aquellos que han padecidos y han contado las atrocidades que allí adentro suceden.

Sin embargo, organizaciones pro derechos de los uigures como UHRP (Uyghur Human Rights Project) estiman que son cerca de tres millones de uigures los que se encuentran detenidos en estos centros en los que se practican esterilizaciones masivas de mujeres, políticas de asimilación cultural, torturas y trabajos forzosos entre muchas otras.

De acuerdo con Bahram Sintash, un arquitecto experto en arte y diseño uigur, que ha venido estudiando como la situación política se ha venido deteriorándose para su etnia, “está claro que lo que está haciendo Beijing es un genocidio cultural y religioso que comenzó en 1996 cuando lanzaron la campaña “atacar fuerte” y condenaron las actividades religiosas como ilegales. Desde entonces, la presencia de la policía en Xinjiang es constante. Después de los atentados del 11 de septiembre el uso del término terrorismo ha sido exponencialmente usado para justificar el patrullaje casi permanente. En 2017 fue oficialmente prohibido el uso de la lengua de los uigures en las aulas. Las restricciones religiosas del gobierno ahora son tan estrictas que efectivamente ha prohibido la práctica del islam”.

Las dificultades para estas minorías parecen no ser solo en Xinjiang puesto que la WUC, en los previos al evento, solicitaron a un hotel de la cadena Marriot en Praga reservar los salones para su asamblea general pero el hotel declinó la solicitud alegando “razones de neutralidad política, por lo que no podemos ofrecer eventos de este tipo con tema político”.

Aunque más tarde rectificaron y se disculparon, las autoridades de la organización uigur insisten en que se debe a la presión de las autoridades chinas. La Embajada china en la República Checa ya había aprovechado para condenar a la Organización, y aunque el hotel intentara remediar el error, está claro que el lobby del gobierno chino bien sea a través de sus oficinas diplomáticas o presiones directas a empresas tienen un fuerte impacto hoy en todos los sectores.

El evento, que contó con unos 200 uigures que se encuentran en el exilio y que se trasladaron de 25 países diferentes, tuvo como propósito elegir a las autoridades del WUC por los próximos tres años y contaron con expertos legales, académicos, diplomáticos, legisladores y sobrevivientes de los “centros de reeducación” que dieron testimonios de sus propias experiencias, analizaron las prácticas y la responsabilidad de lo que está sucediendo en la región autónoma de Xinjiang.

La persecución a los uigures ha despertado gran interés global especialmente en los dos últimos años. En junio de este año sesenta parlamentarios de dieciocho naciones condenaron las acciones del Partido Comunista chino hacia la minoría turca, junto con Amnistía Internacional y Human Right Watch. Ahora, además, se suman las denuncias de que unos 80.000 uigures así como de otras minorías musulmanas chinas están siendo transportados a otras regiones chinas y obligados a realizar trabajos forzosos en fábricas, de acuerdo con la información que manejan las organizaciones de derechos de los uigures.

Las denuncias traspasan el territorio chino y las organizaciones de derechos humanos han implicado a muchas grandes marcas como Adidas, Nike, H&M, Zara, Uniqlo, Marks & Spencer, o incluso firmas de lujo que usan el algodón producido en la región de Xijiang que al parecer no solo es de altísima calidad, sino que se produce en cantidades masivas.

En otro plano, el tomate producido en la misma región parece estar llenando los anaqueles de los supermercados occidentales, pero con el “Made in Italy” poque Italia compra el tomate de Xinjiang y lo envasa en su territorio. Solo en el 2021 las exportaciones de tomates chinos a Italia se duplicaron, según Adrián Zenz, investigador de la organización Victimas del Comunismo.

Para Beijing, todas estas campañas de descredito eran incómodas hasta hace poco, pero cada día se convierten en un problema mayor y más difícil de eludir. Si bien han jugado a presionar a empresas y entidades políticas con retirarle su apoyo, ahora la presión ha bajado al sector económico o incluso deportivo, cada día más consciente de los abusos que el Partido Comunista es capaz de ejercer en sus propios ciudadanos.

Si las prohibiciones como la del uso del algodón siguen imponiéndose en otros productos como el tomate o cualquier otra materia que produzca China, más pronto que tarde Beijing tendrá que corregir, al menos parcialmente, su comportamiento para poder seguir exportando productos que el mundo necesita, pero que a ellos les ha permitido convertirse en la segunda economía del mundo.

Los uigures están pagando un altísimo precio para que el PC chino sigua adelante con sus planes control y definición de una única identidad china. Su región es precisamente la puerta de salida de la Ruta de la Seda hacía Asia central y por ahí conectar con Europa. Las naciones democráticas deberían seguir imponiendo restricciones a los productos originarios de esta región para intentar así parar esta terrible persecución cuya misión tiene borrar la identidad de una etnia que coexistido por siglos en esta región.

 

INTERREGNUM: Después de la cumbre Xi-Biden. Fernando Delage

La cumbre virtual mantenida por los presidentes de Estados Unidos y la República Popular China, Joe Biden y Xi Jinping, respectivamente, el 15 de noviembre puso de manifiesto la intención de ambas partes de cambiar el tono de la relación bilateral. Como señaló tras la reunión el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, una “competición intensa” requiere una “diplomacia intensa”. El deseo de ambos presidentes de evitar una nueva guerra fría y prevenir un conflicto debería conducir, en efecto, al establecimiento de unas reglas que estructuren la interacción entre ambas grandes potencias.

Este encuentro ha supuesto un importante paso en dicha dirección, y corrige en buena medida el áspero intercambio mantenido por los representantes diplomáticos de los dos países en su reunión de marzo en Alaska. La declaración conjunta de Washington y Pekín sobre cambio climático acordada poco antes de concluir la COP26 en Glasgow es otra indicación del reconocimiento de las posibilidades de cooperación con respecto a sus intereses compartidos. Es innegable, sin embargo, que ni China va a dar marcha atrás en sus ambiciones, ni Estados Unidos está dispuesto a perder terreno. Las respectivas necesidades políticas internas de Biden y Xi tampoco aparecen especialmente sincronizadas.

Sólo dos días después de que ambos líderes mantuvieran su primera conversación cara a cara, la Comisión encargada por el Congreso de Estados Unidos de realizar un seguimiento de las relaciones con China publicó su informe anual. Entre otros asuntos, el texto, de más de 500 páginas, coincide con las estimaciones del Pentágono de hace unas semanas sobre el rápido crecimiento del arsenal nuclear chino, y el temor de que Pekín haya decidido abandonar su posición minimalista en este terreno. El documento identifica por otra parte la creciente presencia china en América Latina como un nuevo punto de fricción, y subraya en particular la construcción de una estación de seguimiento especial en Argentina bajo la supervisión del Ejército de Liberación Popular, el apoyo al régimen de Maduro en Venezuela, y el uso de la vacuna contra el covid para persuadir a algunos Estados a que abandonen su reconocimiento diplomático de Taiwán.

La intimidación de Taipei también irá a más, indica el estudio, cuyas conclusiones apuntan a que el gobierno chino “mantendrá con toda probabilidad su enfoque combativo”, y “cada vez está menos interesado en el compromiso, e inclinado a asumir acciones agresivas que conducirán a la inestabilidad”. Por lo que se refiere a Taiwán, fue el propio Xi quien advirtió a Biden del riesgo de “jugar con fuego”. Como es sabido, en el Congreso norteamericano se extiende la idea de que Washington debería abandonar la tradicional política de “ambigüedad estratégica” con respecto a la isla, para ofrecer una garantía de seguridad clara y explícita.

Ninguno de los dos líderes puede permitirse una percepción de debilidad. Xi, para evitar mayores obstáculos de cara al XX Congreso del Partido Comunista, en el otoño del próximo año, cuando será ratificado para un tercer mandato. Biden, porque en un contexto de notable caída de su popularidad, afronta elecciones parciales al Congreso en 2022, y unas presidenciales en 2024, bajo la sombra de Trump. Medios republicanos no han dejado de acusar a Biden de “rendición” por el mero hecho de reunirse con el presidente chino. El escenario político norteamericano obliga por tanto a la Casa Blanca a una posición de firmeza frente a Pekín, a la que China—por razones similares—no podrá dejar de responder. Mantener una diplomacia productiva en estas circunstancias va a ser un desafío constante, pero si en los próximos dos años no se alcanza algún tipo de modus vivendi entre ambos gigantes, esa posibilidad puede desaparecer por completo en el caso de una victoria republicana.

 

INTERREGNUM: Xi en el Panteón. Fernando Delage

El Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino celebrado la semana pasada, el último previsto antes del XX Congreso (octubre de 2022), elevó a Xi Jinping a una posición sólo mantenida con anterioridad por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. Al mismo tiempo, aprobó una resolución sobre la historia del Partido en la que se definió al pensamiento de Xi como “marxismo del siglo XXI” y “esencia de la cultura y el espíritu chinos”.

Como han subrayado los medios, esta resolución se suma a las adoptadas en 1945 y 1981, en lo que supone la definición oficial de una tercera etapa en la evolución del Partido y de la República Popular. La primera de ellas confirmó a Mao como líder de la organización frente a sus rivales, cuatro años antes de su victoria sobre las tropas nacionalistas. La de 1981 pretendió dejar atrás los excesos ideológicos del maoísmo mediante una confusa disculpa por el trauma de la Revolución Cultural. La nueva resolución sirve igualmente a un fin político, en el año en que se conmemora el centenario de la fundación del Partido.

Esta vez no hay ningún tipo de autocrítica (el “nihilismo histórico” ya fue prohibido por el Comité Central en 2013), sino un insistente elogio compartido a Xi, Mao y Deng Xiaoping como responsables de “la extraordinaria transformación derivada de la unificación y la prosperidad que han permitido hacer fuerte” a China. Si Mao fue el fundador de la República Popular y Deng el artífice del crecimiento, en la “nueva era” de Xi China se ha convertido en una nación moderna con influencia global.

La última sesión plenaria del Comité Central previa a un Congreso sirve para que los dirigentes del Partido limen sus diferencias y den forma a un consenso que permita evitar las sorpresas. Pese a la aparente fortaleza que transmite al exterior la figura de Xi, tampoco han faltado esta vez indicios de luchas y maniobras internas. Para algunos observadores resulta significativo en este sentido que Xi no haya realizado ningún viaje al extranjero durante los dos últimos años. Otros analistas hacen hincapié en el hecho de que la resolución mencionara de manera explícita aunque concisa (al parecer no lo hacía un borrador anterior) a los antecesores de Xi, Jiang Zemin y Hu Jintao. La causa podría ser que cuadros vinculados a ambos exdirigentes ocupan aún puestos de relevancia en la estructura del Partido, y no ven con buenos ojos la excesiva acumulación de poder por parte del actual presidente.

Nadie duda, sin embargo, de que, al contrario que Jiang y Hu, que dejaron el poder tras dos mandatos sucesivos, Xi será nombrado para un tercer período en 2022 e, incluso, para un cuarto en 2027. Llegaría así al XXII Congreso en 2032, con 20 años en el poder a sus espaldas. Sus cálculos parecen coincidir con sus objetivos marcados para 2035—año en que cumplirá 82 años, la edad a la que murió Mao—para hacer de China un país de clases medias.

La próxima década estará marcada, no obstante, por diversos problemas. La modernización económica no podrá avanzar eternamente sin cambios políticos, pues la sociedad china terminará exigiendo algún tipo de participación en la vida pública y de control del poder. Las divergencias internas en el Partido pueden anticiparse, incluso, a las exigencias populares. Y si las actitudes de la opinión pública y de las elites pueden cambiar, uno de sus principales motivos será probablemente el cambio del entorno económico y el curso de la rivalidad con Estados Unidos.

Como no podía ser de otro modo, el ritmo de crecimiento de la economía china se está frenando. Pese a los esfuerzos de Xi por corregir los desequilibrios sociales (bajo el lema de “prosperidad común”) y reducir la dependencia del exterior (conforme a la estrategia de “circulación dual”), los desafíos que plantean la situación del medio ambiente y, sobre todo, el rápido envejecimiento de la población, pueden torcer las expectativas de Xi. Es lógico, por tanto, que haya llegado a un acuerdo con Washington en la cumbre de Glasgow sobre cambio climático, como lo es también que quiera reducir la hostilidad con Estados Unidos a partir de su primer encuentro (virtual) con Biden esta misma semana. Adquirir un estatus similar al de Mao y Deng no garantiza a Xi la capacidad de gestionar fuerzas estructurales que escapan al control de cualquier líder político.

Nacionalismo chino hasta en el cine. Nieves C. Pérez Rodríguez

El primero de octubre se estrenaba en los cines en China la película La Batalla del Lago Changjin.  Su lanzamiento coincidía con el aniversario número cien del Partido Comunista chino y en plena celebración del día nacional en China. Una agenda doméstica milimétricamente planificada por el partido mientras a las afueras de la península enviaban más de 150 aviones militares a sobrevolar el espacio aéreo de Taiwán, todo como parte del mensaje nacionalista que se ha instituido en los últimos 72 años.

 La batalla del Lago Changjin, cuya duración es de 3 horas, contó con un presupuesto de 200 millones de dólares y fue producida por Polybona Film también llamado Bona film group, que es la empresa cinematográfica china más grande del país asiático. Según Patrick Brzeski, reportero de la industria del entretenimiento, esta película es la más cara producida en China hasta ahora y está en “en sintonía con el tono abiertamente nacionalista que ha caracterizado a gran parte de las producciones más taquilleras de China”.

La batalla del Lago de Changjin se centra en la guerra de Corea, específicamente entre el 27 de noviembre y el 13 de diciembre de 1950, sólo 17 días de la historia de esa época convulsa en la península coreana. En la producción se glorifican los sacrificios y el heroísmo de los soldados chinos contra las fuerzas estadounidenses durante la Guerra de Corea, que, valga acotar, en China se denomina “la guerra para resistir la agresión de los Estados Unidos y ayudar a Corea”.

Esta épica batalla marcaba justo el primer mes de participación de China en la Guerra de Corea, pues fue en octubre de 1950 cuando Mao Zedong, presionado por Stalin, ordenó a los soldados del entonces “Ejército de Voluntarios del Pueblo Chino” que apoyaran a los norcoreanos a pelear en contra de los Estados Unidos y los surcoreanos.

La película ha contado con tal éxito que lleva recaudado más de 60 millones de dólares según el Hollywood Reporter y todo apunta que será la más exitosa del 2021. Curiosamente se ha tergiversado ese episodio de la historia, pues ciertamente Mao envió tropas a cruzar la frontera para apoyar a su aliado norcoreano, pues se estima que enviaron más de 300.000 mil soldados, pero también se calcula que las bajas fueron tantas que ese episodio fue definido como una vergüenza histórica y hasta esta película no se ha hablaba apenas de la batalla.

Los soldados chinos en esa época no contaban con la indumentaria apropiada, a pesar de las bajísimas temperaturas de finales del mes de noviembre y las características propias del lugar de la batalla, pues el Lago de Changjin esta en la frontera entre China y Corea del Norte y se encuentra a una altitud de más de 2100 metros, lo que provoca que en invierno  se congele.

El contenido nacionalista de la película y la visión que presenta sobre la partición de los chinos en este corto pero doloroso episodio de la guerra es congruente con la agenda de Xi Jinping. Encaja con el deseo expresado en varias ocasiones por el mismo Xi sobre “el rejuvenecimiento nacional, que se ha convertido en una inevitable situación histórica” que busca definir el sueño chino, cuya fuente de inspiración es el famoso y buscado “sueño americano” de prosperidad.

El año pasado, coincidiendo con el setenta aniversario de la Guerra de Corea Xi, citaba a Mao en el gran salón del pueblo: …”Que el mundo sepa que el pueblo chino ahora está organizado y no se debe jugar con él”. Mientras, hacia una llamada a acelerar la modernización de las fuerzas armadas y la defensa del país aseverando que sin un ejército fuerte, no se puede tener una patria fuerte.

Tanto en los años cincuenta como hoy la lucha sigue siendo entre las ideologías, capitalismo versus comunismo. La situación actual cada día se asemeja más a la de la Guerra Fría, pero ahora protagonizada por China y Estados Unidos. Beijing no pierde ocasión para usar la propaganda y reforzar el mensaje nacionalista en su gente y, en efecto, esta película es prueba de ello, tomar una batalla que fue autodefinida como un fracaso y ahora se publicita como un éxito.

 

INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

INTERREGNUM: Vulnerabilidades chinas. Fernando Delage

El encuentro, esta semana en Vietnam, del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con el líder norcoreano, Kim Jong-un, se produce días antes de la fecha límite establecida por Washington—el 1 de marzo—para aumentar los aranceles impuestos a productos chinos del 10 al 25 por cien, a menos que se logre un acuerdo con Pekín. Se celebra igualmente en vísperas de la entrega del informe del fiscal especial Robert Mueller sobre las relaciones de Trump con Rusia. Las posibles conexiones del presidente norteamericano con Moscú son una fuente permanente de vulnerabilidad personal, mientras que su declaración de guerra comercial a Pekín no animará a los líderes chinos a ayudarle en la resolución del problema norcoreano.

Pero si las interconexiones son inevitables en la era de la globalización, las debilidades tampoco se concentran en una sola parte. Así se ha puesto en evidencia en China mediante dos recientes señales. En enero, en un discurso en la Escuela Central del Partido Comunista, el presidente Xi Jinping se refirió a las múltiples amenazas externas e internas que afronta la República Popular. El 16 de febrero, Qiushi, la publicación que marca la ortodoxia ideológica del Partido, publicó por otra parte unas palabras pronunciadas por Xi a puerta cerrada el pasado mes de agosto, reclamando un mayor activismo en la defensa de los principios de la organización.

En sus intervenciones, el presidente chino ha descrito una situación global “complicada e impredecible”. Aunque los analistas lo han entendido como una referencia a las actuales tensiones con Washington, probablemente también incluye la percepción de una creciente actitud defensiva por parte del mundo exterior con respecto a las inversiones estratégicas y la interferencia política de la República Popular. Con todo, Xi también ha hecho hincapié en los riesgos internos que afronta la estabilidad política; riesgos derivados tanto de las denominadas “cinco nuevas categorías”—abogados defensores de los derechos humanos, iglesias clandestinas, comentaristas en Internet, y grupos sociales menos favorecidos—como de los críticos con la acumulación de poder por Xi y la recuperación de prácticas que recuerdan al maoísmo. La respuesta del presidente, además de sus reiteradas denuncias del “constitucionalismo occidental”, ha sido previsible: una nueva exhortación a los cuadros del régimen a estar alerta contra la infiltración ideológica de las fuerzas hostiles y a extremar la lealtad hacia los valores y principios del Partido Comunista.

En un sistema donde nada se hace por casualidad, la publicación de estos discursos no es mera rutina. La imposición de tarifas por parte de Estados Unidos y la reacción contra sus actividades ilegales en el exterior, se ha traducido desde la pasada primavera en una notable reducción del crecimiento económico; algunos observadores hablan incluso de contracción. La cifra de desempleo ha aumentado, y se multiplican las voces que, además de señalar lo erróneo del enfrentamiento con Washington, pronostican un escenario negativo si se sigue defendiendo a las empresas públicas a costa del sector privado. Esta deriva podrá provocar una creciente oposición a Xi, pese al reforzamiento en curso del aparato de propaganda.

Cada uno de los dos principales líderes políticos del planeta tiene razones, por tanto, para sacar partido a la reunión que tienen previsto mantener hacia finales de marzo en Florida. Trump necesita neutralizar la amenaza norcoreana—aunque no se avance en la desnuclearización de la península—y “vender” a su opinión pública la firma de un acuerdo con Pekín, aunque éste sólo ceda en cuestiones menores y no en la reforma estructural de su economía. Xi tiene que lograr por su parte un equilibrio entre los imperativos del control ideológico y el pragmatismo que requiere su supervivencia política. Necesita una tregua que le permita minimizar la movilización en su contra de las elites chinas.

Reseña ponencia: Georgina Higueras, “Las 3 revoluciones de china”. Isabel Gacho Carmona.

Con motivo del 40 aniversario del inicio de proceso de reforma y apertura económica china iniciado por Deng Xiaoping, 4Asia organizó el evento “Deng Xiao Jinping. 40 años reformando china”. La primera ponencia vino de la mano de la periodista y escritora especializada en China Georgina Higueras, que, bajo el título “las 3 revoluciones de China”, expuso a los asistentes un análisis histórico muy útil para la contextualización de las diferentes reformas que se han llevado a cabo.

Para ello divide la historia de la República Popular China en 3 etapas, lo que Higueras llama las “tres revoluciones”. Estas serían: La de Mao, la de Deng y la de Xi.

Desde la declaración de la República Popular en 1949 hasta la muerte del que fuera su máximo dirigente, Mao Zedong, en 1976, tuvo lugar la “primera revolución”. Fue una época caracterizada por la ideologización de las masas, por la intención de romper con el confucianismo, por la industrialización y la colectivización. El Partido se había fundado en 1921 en Shanghai apadrinado por los soviéticos. Cuando llega al poder, su vecino del norte será su aliado natural. Mao y Stalin se tenían respeto. De hecho, la alianza con la Unión Soviética durante los años 50 es la única que ha tenido China con una potencia extranjera. La URSS llegó a enviar hasta 100.000 asesores de diversas especialidades (ingenieros, lingüistas, arquitectos…). Esto supuso un impulso muy potente para una primera industrialización. Sin embargo, la muerte de Stalin y la posterior “desestalinización” llevada a cabo por Jruschov debilitaron las relaciones. Un Mao paranoico con la idea de una posible “desmaoización” inicia la terrible campaña de las 100 flores, una purga intelectual disfrazada de invitación a críticas.  La alianza con los soviéticos acabará en 1960 dejando atrás una industrialización a medias. La promesa de Stalin de proveer a la potencia asiática con el arma nuclear también se quedaría en el tintero. Después vendrían los desastres del Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural. Cuando muere Mao en 1976, aunque había logrado la expulsión de los extranjeros y la unión del país, deja un país exhausto, atemorizado e hiperpoblado.

Tras dos años de transición, en 1978, con la llegada al poder de Deng se iniciaría la “segunda revolución” cuyo principal objetivo era el crecimiento y que se alarga hasta 2012. Deng Xioaping tiene la idea de que la autarquía del periodo anterior es un callejón sin salida. Recoge el testigo de un país que representa el 1,8% del PIB mundial. Las primeras medidas que pone en marcha fueron las 4 modernizaciones de Zhoi Enlai en los sectores de agricultura, industria, defensa nacional y ciencia y tecnología. En lo referente a la agricultura se concedieron lotes de tierra a las familias, respecto a la industrialización se crearon las Zonas Económica Especiales…Partiendo de cero y aislada internacionalmente, la República Popular consigue un crecimiento exponencial. Pese al crecimiento, el descontento respecto al alza de precios y la falta de libertades llevó a las revueltas en Tiananmen en 1989, que dividió a la cúpula de poder hasta ponerla al borde de la guerra civil. En lo referente a la política exterior la idea fue llevar un perfil bajo. Deng lo resumió en su “estrategia de 24 caracteres” en 1990: “冷静观察: Observar con calma, 站稳脚跟 : asegurar nuestra posición, 沉着应付:Lidiar con asuntos tranquilamente, 韬光养晦 ocultar nuestras capacidades y esperar nuestro tiempo, 善于守拙: mantener un perfil bajo y 绝不当头 : nunca reclamar liderazgo”. Los posteriores líderes Jian Zemin y Hu Jintao siguieron también esta línea.

La última de estas revoluciones tiene como protagonista al actual presidente, Xi Jinping. Cuando llega al poder en noviembre de 2012 se encuentra una China muy diferente a la que se encontró Deng: ya representa el 18% de PIB mundial. Llega con una idea clara: El sueño chino. La idea de recuperar su papel central. El renacer. Las capacidades del país del centro son tan grandes que ya no se pueden ocultar. Se ve un agudizamiento de los conflictos: en el Mar de la China Meridional, en sus relaciones con Japón y con la India, en Asia central… China ya no tiene amigos y su política exterior es más asertiva. Su salida al exterior se materializa con la nueva ruta de la seda. En materia de investigación y desarrollo está viviendo una revolución tecnológica que ha despertado los temores estadounidenses. Iniciativas como “Made in China 2025” lo demuestran. China ya no se oculta.

INTERREGNUM: 2019: año de la verdad para Xi. Fernando Delage

El año termina con una China convertida en protagonista central de los medios internacionales. La realidad de su nueva influencia se impone en todas las esferas y en todos los continentes. Pero al anunciar en los últimos meses una decidida estrategia de contención de la República Popular, la administración Trump ha desconcertado a sus dirigentes, obligados a reajustar sus planes económicos y diplomáticos a lo largo de 2019. Esa combinación de poder y vulnerabilidad afecta igualmente a su presidente, Xi Jinping, en la política nacional.

En octubre de 2017, el XIX Congreso del Partido Comunista recogió en los estatutos de la organización el “pensamiento de Xi Jinping” como uno de sus principios rectores, situando así al actual secretario general en un panteón hasta entonces solo ocupado por  Mao Tse-tung. En marzo de este mismo año, la Asamblea Popular Nacional abolió los límites al mandato del presidente (dos periodos de cinco años) establecidos a principios de los años ochenta. Xi no solo no se retirará, por tanto, en 2023, sino que, si lo desea, puede ser presidente vitalicio. Lejos de facilitar su resolución, esa acumulación personal de poder puede complicar aún más la gestión de problemas con los que Pekín no contaba.

El presidente de Estados Unidos ha decidido hacer realidad sus promesas de la campaña electoral de 2016, declarando una guerra comercial a China. Al hacerlo, ha roto una de las convicciones mantenidas durante décadas por los líderes chinos: que Washington nunca abandonaría el sistema multilateral que él mismo creó tras la segunda guerra mundial, y que proporcionó la estabilidad internacional que permitió el ascenso de China. No sólo el comportamiento norteamericano ha dejado de ser predecible, sino que, en octubre, la intervención del vicepresidente Mike Pence en el Hudson Institute marcó la adopción de una política de hostilidad hacia Pekín. Si los dirigentes chinos pensaron que, en las elecciones parciales de noviembre, Trump perdería el control del Congreso—y por tanto tendría que cambiar de actitud—, esa esperanza se vio igualmente frustrada.

Cómo responderá Xi a este nuevo contexto es causa de preocupación y debate interno. Aunque muchos aliados de Estados Unidos no compartan ni la retórica ni los métodos de Trump, sí coinciden—los europeos, por ejemplo—en que había que redoblar la presión para lograr una mayor apertura del mercado chino y supervisar algunas de sus prácticas, del ciberespionaje a la inversión en sectores estratégicos de terceros países. No es sólo a Estados Unidos, en consecuencia, a quien Pekín tiene que demostrar su supuesto compromiso con una economía global abierta y basada en reglas. A ello hay que añadir la importante desaceleración que revelan los últimos indicadores económicos, dados a conocer el viernes pasado. La caída en las ventas al por menor, vehículos y viviendas, así como en la producción industrial, constituyen los peores resultados en una década. El frenazo económico, o la permanente espada de Damocles de una deuda gigantesca, no son, sin embargo, las únicas complicaciones de Xi. La represión de la población musulmana en Xinjiang cuestiona asimismo la pretendida eficacia de la recentralización ideológica y de poder promovida por el presidente.

Los problemas se acumulan así para Xi. El próximo año nos dará nuevas claves sobre si China podrá celebrar el estatus internacional al que aspira en 2021, cuando se conmemore el centenario de la fundación del Partido Comunista; si podrá sostener el crecimiento sin realizar las reformas estructurales que anunció en 2013 el Comité Central, pero que no se han ejecutado por temor a sus consecuencias sociales y políticas; y si su influencia internacional podrá seguir aumentando sin provocar una coalición de contraequilibrio por parte de aquellas potencias que ven en la República Popular un desafío estratégico de primer orden. No será un año feliz para el líder más poderoso del planeta.

THE ASIAN DOOR: A río revuelto, ganancia entre los países asiáticos. Águeda Parra

Si por algo se ha caracterizado la Cumbre del G20 en Argentina ha sido por la tregua alcanzada entre Estados Unidos y China después de 150 días de guerra comercial. El período de gracia, establecido en 90 días para ahondar en conversaciones que acerquen posturas, supone además que Trump paralice la aplicación del incremento previsto de los aranceles del 25% sobre más de 200.000 millones de dólares de productos chinos a partir del 1 de enero de 2019. Sin embargo, por parte de la delegación china, la comunicación de los acuerdos alcanzados durante la cena que mantuvieron en la Cumbre con Estados Unidos se hará esperar. Está pendiente que Xi Jinping vuelva a China tras aprovechar su viaje de regreso para iniciar relaciones bilaterales con Panamá, después de que el país dejara de reconocer a Taiwán, y para profundizar en las relaciones comerciales con Portugal en el contexto de la nueva Ruta de la Seda.

Tras Argentina, ambas partes se muestran como vencedores. Ante su electorado y la opinión pública, Trump exhibe positivamente el logro de conseguir comprometer a China en la importación de más productos estadounidenses, mientras que Xi Jinping, sin ese tipo de presión, da muestras de una mayor apertura y promoción de reformas. Sin embargo, la cuestión de fondo sigue siendo la dificultad de Trump para fomentar el proteccionismo de la economía norteamericana manteniendo una guerra comercial con China que no le está resultando fácil ganar.

En esta situación de lucha de ambas potencias por el poder global, el encarecimiento que aplica China a la importación de automóviles, o el gravamen a la exportación de ciertos productos agrícolas que establece Estados Unidos, principalmente sobre la soja, podría generar a la larga cambios en los flujos comerciales hacia otros países proveedores más baratos. El vecino México podría sustituiría a China en la importación de componentes de automóvil en el marco del acuerdo entre Estados Unidos-México-Canadá, mientras que Europa podría convertirse en el proveedor de productos agrícolas de China en sustitución de unos productos americanos más caros por efecto de la guerra comercial. Sin embargo, a río revuelto, ganancia entre los países asiáticos, según concluye el estudio realizado por The Economist Intelligence Unit sobre los beneficiarios de la guerra comercial entre Estados Unidos y China aplicado a tres grandes ámbitos.

De los tres grandes campos de la guerra comercial que analiza el estudio, una de las categorías que mayor impacto tiene en la balanza comercial entre ambos países es la de productos electrónicos y componentes, que supuso 150.000 millones de dólares de los 526.000 millones de dólares del total de importaciones de Estados Unidos desde China en 2017. Objetivo prioritario de la guerra comercial, representa además la estrategia de Trump de impedir los avances que China persigue en el ámbito de la innovación a través de la iniciativa Made in China 2025. De modo que, de mantenerse en el tiempo la guerra comercial, muchas empresas podrían tomar la decisión de transferir la producción de ciertos componentes intermedios y de productos de consumo, como los teléfono móviles y portátiles, a las plantas de producción en ubicaciones más económicas, como Vietnam y Malasia, principalmente, que además cuentan con una buena red de infraestructuras que facilita la logística y la distribución.

El sector automotriz es otra parte destacada de las disputas en la guerra comercial. Dejando a un lado la producción de China, especialmente destinada a satisfacer la demanda local, el enfrentamiento con Estados Unidos surge por ser el principal cliente de las exportaciones chinas de componentes de automóvil, de ahí la presión de Estados Unidos para que China elimine estos aranceles. Situación de la que también se beneficiaría Alemania, ya que parte de los coches que destina al mercado chino salen de las fábricas en Estados Unidos, lo que indirectamente implica una penalizando a su producción. Sin embargo, lo más importante en este ámbito es que el sector de componentes de automóvil de China representa el 8% del volumen global en 2017, lo que convierte al gigante asiático en una seria amenaza para el dominio mundial de Alemania (16,1%), Estados Unidos (11,6%) y Japón (8,9%) como los tres grandes de la industria. En este escenario, Malasia, y sobre todo Tailandia, sería la gran beneficiaria, una vez que es uno de los principales centros regionales de fabricación de componentes del automóvil.

Finalmente, el estudio completa una tercera categoría, la de textiles y prendas de vestir, de las que Estados Unidos importa 38.700 millones de dólares de los 257.000 millones de dólares que exportó China durante 2017. En este ámbito, y de mantenerse la guerra comercial, el compromiso de China por priorizar productos de alto valor podría repercutir en que países como Bangladesh, Vietnam e India se beneficien de una deslocalización, una vez que ya forman parte de las cadenas de producción de varias empresas internacionales, aunque no puedan competir con el volumen de fabricación que ofrece China.

Un río revuelto producido por una guerra comercial que, de prolongarse en el tiempo, supondría trasladar las ganancias hacia Vietnam, Malasia, Tailandia e India, principalmente, aunque para ello todavía sería necesario que pasaran entre dos y tres años para que las cadenas de producción se pudieran adaptar a esta nueva situación. Todo dependerá de cuánto y cómo quiera alargar Estados Unidos la escenificación de la trampa de Tucídides, donde ante la amenaza de la potencia emergente, China, la potencia dominante decide prolongar e incrementar los efectos de la guerra comercial. (Foto: Cameron Baxter, flickr.com)