La guerra de Irán está suponiendo una rigurosa prueba de estrés financiero para las economías asiáticas del Pacífico que, con China de ariete están tratando de presionar para que acabe la intervención de EEUU e Israel, vuelva a ser fácil y cómoda la circulación por el Estrecho de Ormuz y fluyan el petróleo y el gas hacia sus economías, pujantes pero enormemente dependientes de la energía que llega de fuera.
A la vez, la necesidad urgente está llevando a China a ofrecer mejores precios en el mercado petrolífero mundial y, por eso, proveedores africanos están cambiando las rutas de sus petroleros desde el Atlántico al Pacífico y abastecer el mercado asiático con mayores beneficios. Este es, en parte, el contexto en el que sube el precio del petróleo, además de haber aumentado las primas de las compañías aseguradoras.
Además, Rusia está aumentando el precio de su petróleo y su gas y Azerbaiyán está haciendo un gran negocio con el suyo. La reordenación de la geopolítica mundial que anuncia el aplastamiento de la maquinaria militar y la influencia iraní va a ir más allá de Oriente Próximo aunque en esta región es donde mas rápido y profundamente va a tener consecuencias.
China está jugando fuerte en este terreno una vez que ha sido sacada de una zona de confort relativamente cómoda en Oriente Medio y el mediterráneo oriental donde mantiene negocios e inversiones con todas las partes en conflicto. No parece que su presión vaya a determinar el curso de la guerra pero si va a estar sobre el terreno, lo que es importante para Pekín como cabeza de la segunda potencia mundial. China, de alguna manera, va a estar presente en la reordenación que está en marcha y ese va a ser ya un elemento probablemente permanente de las crisis presentes y futuras.




