Hace diez años, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, presentó en un discurso pronunciado en Kenia el concepto de un “Indo-Pacífico Libre y Abierto” (FOIP en sus siglas en inglés). Japón, dijo, “tiene la responsabilidad de fomentar la confluencia de los océanos Pacífico e Índico y de Asia y África en un espacio que valore la libertad, el Estado de derecho y la economía de mercado”. La idea, interpretada desde un primer momento como alternativa a las propuestas lanzadas por Pekín para situarse en el centro de la región (como la Iniciativa de la Ruta de la Seda o el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras), se convirtió en eje central de la diplomacia japonesa y ha sido objeto de sucesivas actualizaciones desde entonces. La más reciente fue la ofrecida por Sanae Takaichi en Vietnam el dos de mayo.
En su esperada intervención en la Universidad de Hanoi, la primera ministra expresó su “determinación de cumplir con las responsabilidades de Japón y de desempeñar un papel aún más proactivo que nunca en la construcción de un orden internacional basado en la libertad, la apertura, la diversidad, la inclusión y el Estado de derecho”. En un nuevo entorno definido por los cambios estructurales que se han producido en el orden internacional —la competición geopolítica, la innovación tecnológica y el ascenso del Sur Global—, para la realización del FOIP es esencial, declaró, que los países de la región desarrollen las capacidades para poder determinar su propio futuro.
Con tal fin, Takaichi indicó que los esfuerzos de Japón se centrarán en tres áreas principales. El primer objetivo es el de fortalecer las cadenas de suministro de energía y otros recursos críticos. Se promoverá asimismo la investigación y el desarrollo de la inteligencia artificial, así como la mejora de los cables submarinos y otras infraestructuras. Una segunda prioridad pasa por lograr que un mayor número de países se sumen al CPTTP, el acuerdo de libre comercio regional, para consolidar un orden económico basado en reglas. La seguridad marítima constituye la tercera prioridad, que Japón impulsará, entre otros programas, a través de su política de ayuda al desarrollo.
Son tres pilares, como se ve, articulados en respuesta al impacto económico que está provocando la guerra de Irán, y que se han presentado de manera significativa en Vietnam: un país no democrático, pero con una alta carga de simbolismo político (fue también el destino del primer viaje oficial de Abe —mentor de Takaichi— como primer ministro), y estratégico, al revelar la intención japonesa de fortalecer los vínculos con el sureste asiático como parte de su política orientada a contrarrestar la creciente influencia china. La elección de Vietnam para el lanzamiento de la versión revisada del FOIP, y no de un foro multilateral o de la capital de un gobierno afín, lanza sobre todo el mensaje de que es una propuesta que tiene en cuenta los intereses de la región en su conjunto, y no sólo los de Japón.
Si China es la variable que explica la irrupción del “Indo-Pacífico” como construcción geopolítica que ha sustituido al mapa —de carácter básicamente económico— que representó el “Asia-Pacífico”, no menos importante en la adaptación a las nuevas circunstancias es la incertidumbre causada por las dudas sobre el compromiso norteamericano con sus aliados. Pese a su buena sintonía con el presidente Trump, Takaichi, como sus antecesores, se ve obligada a continuar avanzando hacia una mayor autonomía estratégica, un propósito también puesto de relieve en su desplazamiento a Australia como segunda etapa de su viaje.
Coincidiendo con el cincuenta aniversario del tratado de amistad y cooperación entre Tokio y Canberra, las relaciones entre los dos países pueden calificarse de “cuasi-alianza”. La firma, a mediados de abril, de un acuerdo por el que Japón construirá una decena de fragatas para la armada australiana por valor de 7.000 millones de dólares, representa un salto cualitativo en los vínculos militares, que se extenderá a una más estrecha colaboración en la industria de defensa. Con su visita, Takaichi reafirmó el alineamiento estratégico de ambos socios.
El imperativo japonés de diversificar sus suministradores de minerales críticos y la determinación de minimizar las fuentes de inestabilidad en su entorno han conducido al desarrollo de pactos bilaterales —con Vietnam y Australia de manera destacada entre ellos— que permitan disuadir a Pekín de posibles acciones unilaterales y sortear las incógnitas que plantea el futuro de la posición norteamericana. A la espera de lo que pueda resultar de la próxima cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, Japón continúa construyendo su lugar en Asia como potencia indispensable.




