Con la atención de los medios internacionales centrada en las consecutivas visitas de los presidentes de Estados Unidos y de Rusia a Pekín, otro significativo encuentro de mayo pasó relativamente inadvertido: la cumbre Japón-Corea del Sur. El desplazamiento de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, para reunirse con el presidente surcoreano, Lee Jae Myung, volvió a confirmar el acercamiento diplomático que se ha producido entre dos países tradicionalmente enfrentados por el legado de la historia. Un contexto regional y global en transformación ha impulsado su cooperación.
El encuentro de ambos líderes en Andong, la ciudad natal de Lee, el 19 de mayo, fue el cuarto que celebraron en seis meses. Esta frecuencia en el intercambio de visitas, durante las que se ha hecho patente la afinidad personal entre Takaichi y Lee pese a pertenecer a partidos de ideologías opuestas, habla por sí sola del giro que se ha producido en las relaciones bilaterales. Haciendo un esfuerzo por aparcar los asuntos más delicados del pasado, los dos gobiernos reconocen abiertamente el valor estratégico de su colaboración frente a los desafíos que comparten, como la competición entre Estados Unidos y China, el arsenal nuclear norcoreano, o la vulnerabilidad de las cadenas de suministro.
En relación con este último asunto, el impacto de la guerra de Irán fue el tema dominante en la agenda de la cumbre. Japón y Corea del Sur, dos países con una considerable dependencia como importadores de petróleo, firmaron un acuerdo de cooperación energética con el fin de minimizar la amenaza que representa la crisis en el estrecho de Ormuz. Según los términos del pacto, compartirán crudo, gas natural licuado y otros productos petrolíferos procedentes de sus reservas nacionales en el caso de una interrupción de emergencia en el suministro. Cooperarán asimismo en el marco de la “Asociación para la Resiliencia Energética y de Recursos”, iniciativa japonesa dotada con 10.000 millones de dólares para ayudar a otros países asiáticos a asegurar su acceso a hidrocarburos.
Takaichi y Lee discutieron igualmente sobre la importancia de su cooperación en un entorno marcado por la presión de Washington sobre sus aliados. Tanto Japón como Corea del Sur se han comprometido a realizar inversiones millonarias en Estados Unidos, pero la política arancelaria de Trump y su tendencia a tratar a socios como adversarios están erosionando la confianza de sus respectivas sociedades. Las dudas sobre la estrategia hacia China de la Casa Blanca se agravaron, incluso, tras la visita de Trump a Pekín unos días antes, pero así como Takaichi busca apoyos frente a la República Popular, Lee prefirió abstenerse de opinar al respecto. Está claro que el presidente surcoreano no quiere que la colaboración trilateral con Japón y Estados Unidos perjudique a su relación con China. Las diferencias también resultaron observables con respecto a la amenaza nuclear norcoreana: mientras Takaichi urge a una política activa de denuclearización, Lee comparte el objetivo en términos menos asertivos y tampoco quiso nombrar explícitamente a Corea del Norte.
Estas divergencias, comprensibles desde la posición política de cada país, no empañan, sin embargo, la evolución positiva de las relaciones Japón-Corea del Sur, un factor que contribuye a la prioridad de la estabilidad regional, a la vez que –es otra de las motivaciones de los dos gobiernos– favorece el mantenimiento de la presencia norteamericana en Asia. Elevar el diálogo bilateral sobre seguridad a nivel de viceministros (hasta la fecha era responsabilidad de directores generales) como se ha acordado, es otro salto adelante en la institucionalización de los intercambios entre Tokio y Seúl, y que abre potencialmente el camino –será lo más difícil– a una eventual cooperación militar.




