Tras varias décadas de crecimiento sin precedente, Asia se encuentra hoy ante un punto de inflexión. Después de salir del colonialismo, el contexto de la Guerra Fría facilitó la modernización económica de buena parte de la región, comenzando por Japón y siguiendo por Taiwán, Corea del Sur y varios países del sureste asiático, a los que se sumaron más tarde China e India tras el fin de la era bipolar. Con la expansión del crecimiento se produjo una simultánea integración de las economías asiáticas en el mundo de la globalización, con el consiguiente impacto sobre el equilibrio de poder de la región. China en particular es mucho más poderosa, lo que afecta a la posición tradicional de Estados Unidos así como a conflictos como Taiwán, el mar de China Meridional o las disputas fronterizas con India.
Los efectos de la interconexión entre las fuerzas económicas y geopolíticas sirven de eje a Nick Bisley, profesor en la Universidad La Trobe de Australia, para realizar un detallado e incisivo análisis del continente en Asian Crucible: Globalization, Geopolitics and the Contest for the Future (Bristol University Press, 2026). Prescindiendo de referencias convencionales como “Asia-Pacífico” o la más reciente de “Indo-Pacífico”, Bisley describe “Asia” contemporánea como un sistema político, estratégico y económico coherente.
Hasta no hace mucho, noreste y sureste asiáticos, Asia meridional y Asia central eran esferas separadas con distintos imperativos económicos y de seguridad. Desde la segunda década del siglo XXI, sin embargo, “la globalización y la geopolítica”, escribe Bisley, las ha hecho interdependientes. La integración de la región –un resultado de las tendencias del mercado, no de una decisión política– ha creado por primera vez un sistema económico asiático, con unas cifras de comercio intrarregional cercanas a las de la Unión Europea. Y en su centro se encuentra hoy China. La estabilidad de Asia durante ese proceso se mantuvo, por otra parte, gracias en buena medida al dominio militar de Washington. Superado éste, indica el autor, Asia se encuentra frente a “un periodo de intensas disputas” cuyas consecuencias se dejarán sentir en el orden global.
Tres grandes factores condicionan, según Bisley, el futuro del continente: la ruptura del consenso internacional a favor de la globalización; la competición entre Estados Unidos y China; y la pérdida de confianza de los gobiernos de la región en las ventajas de la interdependencia. La defensa compartida de una economía abierta fue un poderoso incentivo para la cooperación regional. El resurgir de las tentaciones estatistas y de las ambiciones nacionalistas crean, por el contrario, un panorama incierto, en el que puede especularse sobre tres posibles escenarios futuros.
El primero, que Bisley denomina “Asia fracturada”, es el más pesimista: las rivalidades geopolíticas refuerzan las tendencias a favor de la desglobalización, que –amplificadas por el nacionalismo– pueden dar paso a un mundo potencialmente explosivo. En el segundo, “Asia reequilibrada”, se logra mantener un “equilibrio estratégico inestable”: pese a las distorsiones que puedan provocar las inclinaciones nacionalistas, la lógica de la interdependencia sigue marcando la economía regional. “Asia Unificada” es el tercer escenario: un panorama optimista, en el que la competición entre las grandes potencias se ve contenida por un equilibrio estratégico estructurado que permite la cooperación para abordar problemas compartidos como el cambio climático o las desigualdades económicas.
Para llegar a este escenario, se señala en el último capítulo, resulta necesario un esfuerzo para comprender las motivaciones de cada gran potencia. Aunque no se trata sólo de una cuestión a resolver entre Estados Unidos y China –como demuestra el libro sobradamente–, un “verdadero equilibrio estratégico” implica, no obstante, un reconocimiento de la insostenibilidad de la primacía norteamericana y la aceptación del nuevo estatus chino.




