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Francia toma la iniciativa europea frente a China

Francia se ha atrevido a poner sobre la mesa un debate, seguido de varias iniciativas, del que muchos eran conscientes pero nadie se atrevía a abordar: el modelo de asistencia a los países menos desarrollados, el papel de las ONG, en las que existe fascinación por los modelos estatales y con ella la influencia de China como antes de Rusia, y los mensajes de propaganda y gestos de China. Y no es anecdótico que lo plantee Francia, país reino de las ONG defensoras del modelo asistencialista más cercano al populismo de izquierdas.

Como ya habíamos comentado desde aquí, Francia quiere ganar peso en la escena internacional, Está jugando  un creciente protagonismo en la tensa zona del mediterráneo oriental y en la crisis entre Grecia y Turquía y entre este último país y Egipto, Israel y Rusia con la crisis libia al fondo. A la vez, Francia ha enviado un grupo de combate naval al Pacífico que China quiere hacer exclusivo.

El ministro de Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian, ha afirmado que Francia ha “vuelto al juego” y ha iniciado una “guerra de modelos de ayuda al desarrollo” e influencia con China para defender su modelo y valores. Francia planea aumentar su asistencia directa a los países africanos y planea comenzar a enviar vacunas COVID-19 a los países en desarrollo a través de la OMS a fin de mes para contrarrestar la injerencia internacional de Pekín. Al mismo tiempo, el presidente Emmanuel Macron pidió a Xi Jinping que equilibre la relación económica entre el gigante asiático y la Unión Europea, cuya balanza comercial es muy favorable a China.

Paralelamente a esto, los servicios de inteligencia de Alemania y Holanda vienen insistiendo desde hace meses de la creciente presencia china en todos los ámbitos de influencia posible y en sus intentos de condicionar la toma de decisiones en materia política, económica y hasta de defensa, sin olvidar su labor, afirman, en el terreno cibernético y sus posibilidades de obtener información clasificada.

Con la ausencia británica del escenario político de la UE y las limitaciones de Alemania en materia de  defensa, París está ocupando un espacio que lleva décadas en la ambigüedad. Que la UE siga este camino como institución es ahora mismo una incógnita pero el debate está ahí y sobre esta base puede plantearse un reforzamiento de los lazos con Estados Unidos que no debe olvidar, además, el papel creciente de Rusia.

El test de Vietnam

Vietnam, el Partido Comunista gobernante en Hanoi, acaba de aprobar un nuevo Plan Quinquenal, la hoja de ruta de desarrollo económico para los próximos cinco años. A pesar del intervencionismo inherente al concepto de economía dirida y planificada, Vietnam sigue impulsando medidas de apertura de mercado y de garantías en un plan de lucha contra la corrupción. El país sigue en una estrategia de delicado equilibrio entre China y Estados Unidos, tratando de atraer inversiones de todas partes y de aprovechar el mercado internacional.

En este contexto, el golpe militar de Birmania avanza una desestabilización regional con protagonismo chino que puede alterar el crecimiento y los planes económicos además de poner más dificultades en las relaciones entre Washington y Pekín. Hanoi no mantiene buenas relaciones con China, por razones históricas y estratégicas. No debemos olvidar que tras la guerra de Vietnam contra Estados Unidos, el régimen vietnamita sostuvo enfrentamientos armados con Camboya y China, a pesar del comunismo compartido.

El padrinazgo chino no es bien tolerado en los países del sureste asiático, a pesar de la existencia de importantes colonias chinas en sus territorios y de las inversiones procedentes del gigante continental. Además, China y Vietnam mantiene una disputa sobre la soberanía de territorios insulares del Mar de la China. En una reciente gira política del ministro chino de Exteriores, Vietnam fue el único país de la región no visitado.

Así, Vietnam, con un nivel de crecimiento apreciable y no muy afectado por la pandemia, está ante una coyuntura tensa: atenuar la corrupción, abrirse más al libre mercado y mantener su etiqueta oficial de comunismo, reforzar sus sorprendentes buenas relaciones con Estados Unidos y no enojar demasiado a Pekín. Un test para Hanoi y para toda la región.

China evalúa a la nueva Administración Biden

A pesar del bajo nivel de comentarios oficiales de Pekín sobre el nuevo presidente de Estados Unidos, China está testando la capacidad de respuesta y la reacción política de Estados Unidos en el terreno militar en varios frentes, pero siempre frente a aliados de Occidente.

A la provocación de hace unos días con la entrada de una docena de aviones de combate en el espacio aéreo de Taiwán se ha seguido la repetición de incidentes en la frontera chino-india en la que existe una disputa de límites territoriales.

El pasado mes de junio ya se produjo un violento choque en el valle de Galwan, en el Himalaya occidental, en el que murieron al menos 20 soldados indios y 76 resultaron heridos.  Estas tensiones impulsaron en octubre pasado la firma de un acuerdo de intercambio de datos por satélite entre Estados Unidos y la India, que permitirá a Nueva Delhi obtener una mayor precisión para el manejo de sus misiles o drones. Este acuerdo profundiza el estrechamiento de lazos entre EEUU e Indía, país que en el pasado fue un sólido aliado de Rusia en la región y con lz que mantiene buenas relaciones. Pero el impulso de la alianza militar entre Estados Unidos y la India frente a China no se limita a las fronteras terrestres, sino que ambos países tratan de contrarrestar también la influencia de Pekín en el Índico, en naciones como Sri Lanka o Maldivas.

Todo esto está conformando un nuevo mapa estratégico y de relaciones de poder en la región en la que China lleva desarrollado desde hace décadas un despliegue de influencia política, fuerzas militares y lazos económicos de este a oeste. Y en ese nuevo panorama, en el que está ausente la Unión Europea como actor importante, Estados Unidos parece dispuesto a mantener una posición de fuerza, contando más con los aliados regionales que durante el mandato de Donald Trump, y otorgando más protagonismo a dos potencias regionales que se revelan como claves: India y Australia. Y eso a Pekín le causa nerviosismo.

Primeros roces Biden-UE

La UE está a punto de cerrar el gran acuerdo sobre inversiones con China acordado en la cumbre europea de abril. Se trata de un proyecto de convenio que pretende establecer un protocolo de garantías jurídicas a cada parte en el territorio de la otra parte, Alemania es el principal gran impulsor de este acuerdo y quiere cerrar con él la presidencia alemana de la UE antes del 1 de enero, aunque probablemente es imposible a estas alturas. Se aprobará pero probablemente no antes del 1 de enero.

Pero este proyecto ha provocado los primeros roces entre el equipo del presidente electo de Estados Unidos, Joseph Biden, y Bruselas. Y no se trata tanto del contenido del acuerdo, que en todo caso se analizará cuando esté aprobado, dicen desde EEUU, sino de que la aceleración de las negociaciones no ha sido ni comunicada ni coordinada con EEUU, ni siquiera con el equio de Biden.  Trump ya no es una coartada.

Las tensas relaciones entre Whashington y Bruselas de los últimos cuatro años no han estado motivadas solamente por el proteccionismo y la unilateralidad de Trump sino también por el crecimiento de los prejuicios anti EEUU de Europa y que, bajo la coartada de ganar autonomía política sin asumir más protagonismo ni en Defensa ni en una política exterior sólida, han debilitado la posición occidental en varios frentes y cedido espacio político a Moscú y a Pekín.

Detrás de la política exterior de un país o una alianza están siempre, obviamente, intereses nacionales esenciales y permanentes, y Estados Unidos tiene los suyos, independientemente de quién sea el presidente, que no puede cambiarlos sino gestionarlos a su manera. Los países de la UE tienen los suyos, claro y además de coordinarse entre sí, como el mundo es complejo, no puede jugar a la equidistancia entre EEUU y las otras potencias porque la Europa actual comparte muchos más intereses con EEUU país a cuya fuerza militar debe su existencia y la solidez de sus instituciones. Mejorar y fortalecer las relaciones trasatlánticas pasa por analizar y sopesar sus intereses y abandonar el discurso infantil de las caricaturas de Trump para avalar inacciones y una falta de energía notable para asumir retos y riesgos.

Rusia refuerza su influencia en las puertas de Asia

El acuerdo impulsado por Rusia para acabar con las hostilidades en Nagorno Karabaj entre Azerbaijan y Armenia es, por incomparecencia occidental, una jugada maestra de Putin que refuerza su poder, desplaza la influencia de la UE en la zona, consagra a Rusia como gran padrino y permite vaticinar algunos de los próximos pasos de Moscú.

Sobre el terreno, Rusia ejerce como gran aliado de Armenia (tiene una importante base militar en el territorio) y ha mantenido a la vez buenas relaciones con Azerbaijan a quien ha dotado, junto a Bielorrusia y sobre todo Turquía, de importante material militar para reorganizar sus fuerzas armadas. Pero en el choque militar reciente, Rusia ha expresado comprensión con Armenia aunque no ha movido un soldado y los gobiernos azerí y ruso han mantenido contactos estrechos para lograr un alto el fuego, fundamentalmente porque Armenia comenzó a perder la guerra desde el primer momento, y Rusia no quiere a su aliado completamente derrotado. Pero Moscú sí que necesita un gobierno armenio más prorruso ya que el primer ministro, Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económca; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura, y aspira a ser referente en la región pero ha quedado en segundo plano.

Un tercer aspecto es la marginación de los aliados occidentales. Tras la guerra de 1991 en el mismo territorio, ganada por Armenia, se constituyó el Grupo de Minsk para impulsar un acuerdo definitivo. Está constituido por AlemaniaItaliaSueciaFinlandia, Rusia, Francia, Estados Unidos  y Turquía, además de Azerbaijan y Armenia. Desde entonces no ha avanzado apenas y en este enfrentamiento de ahora Rusia ha actuado sin contar mucho con el resto y con éxito.

  Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económica; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno. El protagonismo ruso es un mensaje para las tentaciones pro UE de Moldavia, Georgia y otras regiones del Cáucaso de influencia rusa.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura y aspira a ser referente en la región y ha quedado en segundo plano.

Y el espectador discreto, China, que como hemos venido diciendo necesita estable y próspera toda la Ruta de la Seda, también ha recibido un mensaje: todos los acuerdos regionales, pragmáticos, hábiles, a veces contradictorios y de difícil equilibrio firmados por Pekín son importantes, pero al final o son aceptables para Moscú o tendrán problemas.

Guerra en la ruta de la seda

Aunque se mantiene a prudente distancia, China observa con atención el conflicto en Nagorno Karabaj que se desarrolla en medio de la ruta del Cáucaso por donde pasa la Ruta de la Seda reinventada por China para la comunicación con Occidente. Los cuidadosos, equilibrados y delicados pasos dados por China en sus relaciones políticas comerciales y militares con Pakistán e Irán tienen, como objetivo estratégico más allá de los beneficios puntuales, tejer una red de alianzas que mantenga estable y pacífica la ruta.

El conflicto de Nagorno Karabaj, territorio, que los armenios denominan Artsaj, es producto de la política despótica de Rusia cuando, como cabeza de la URSS constituyó la República Socialista Soviética de Azerbaiyán integrando en ella el área ahora en disputa, poblada por armenios, de religión cristiana, rodeada de azeríes de etnia turca y musulmanes, despreciando la historia y la matanza de armenios instigada o tolerada por Turquía y curiosamente ejecutada por milicias kurdas y nacionalistas turcos. Con el hundimiento de la URSS y la independencia de Armenia y Azerbaiyán el conflicto estaba servido y en la guerra de 1991 Armenia derrotó a los azeríes imponiendo la independencia de hecho de Artsaj (que sólo Armenia reconoce) pero ocupando a la vez zonas de etnia azerí para garantizar un pasillo de comunicación de Nagorno Karabaj con Armenia. Azerbaiyán ha aprovechado unos movimientos militares armenios para desencadenar una ofensiva en la que han logrado objetivos parciales y poe eso Armenia insiste en un apoyo internacional a un alto el fuego.

Pero aquí las alianzas están cruzadas y en algunos casos resultan paradójicas. Rusia, junto za Bielorrusia, apoya a Armenia a quien ha nutrido militarmente, pero no quiere implicarse directamente. Y Armeia también cuenta con un aliado inesperado, Irán, que a pesar de que los azeríes son musulmanes y mayoritariamente chiitas como los iraníes, ya que Teherán teme un crecimiento de la influencia turca.

En el otro lado, el gran aliando de Azerbaiyán es Turquía con quien comparte lengua, cultura y costumbres además de una intensa colaboración militar. Y otro aliado inesperado: Israel. En Azerbaiyán vive una importante comunidad judía que desarrolla su vida con una normalidad inexistente en cualquier otro país musulmán de Oriente, incluida Turquía, y el gobierno de Bakú mantiene intensas relaciones comerciales, y de intercambio de inteligencia, con el de Jerusalén. Es más, los drones enviados por Turquía al ejército azerí son de tecnología básica israelí. Israel necesita estratégicamente a Azerbaiyán ante un posible choque directo con Irán.

Ante este escenario China observa y calcula como estar sin estar. Casi como EEUU que trata de impulsar un acuerdo pero no desea una derrota deAzerbaiyán.

Bruselas habla de China

El Consejo Europeo de octubre ha avanzado líneas de acción estratégica sobre China en la maduración, tardía pero necesaria, de que el ascenso de la potencia asiática y las posiciones erráticas de Donald Trump y Estados Unidos están dibujando un escenario internacional en el que la Unión Europea no puede seguir mucho más tiempo siendo poco más que un espectador a la caza de oportunidades comerciales.

Esto está claramente expresado en la declaración final de la reunión que establece tres ejes de actuación: “Negociaciones de un ambicioso acuerdo global de inversiones UE-China que aborde las actuales asimetrías en el acceso a los mercados, contribuya a unas condiciones de competencia equitativas y establezca compromisos significativos en materia de desarrollo sostenible”; pedir a China “que cumpla sus compromisos previos de abordar los obstáculos de acceso al mercado, avance en la cuestión del exceso de capacidad productiva y entable negociaciones sobre las subvenciones a la industria en el marco de la Organización Mundial del Comercio”, y recordar al gobierno de Pekín “su profunda preocupación por la situación de los derechos humanos en China, en particular por los acontecimientos en Hong Kong y el trato a las personas pertenecientes a minorías, tal como expresó en la Cumbre UE-China de junio y en la reunión de los dirigentes celebrada el 14 de septiembre”.

Como puede observarse, las declaraciones de la Unión Europea, a pesar de su proclamación de principio, apenas va más allá de las quejas de un socio que quiere aparecer como libre de culpa sin poner en riesgo sus ambiciones de presencia en el extenso y fructífero mercado chino. No es que no sean loables los acuerdos aunque sean el mínimo denominador común para aunar los diversos intereses nacionales en relación con China, sino que pueden quedarse en una queja más sin resultados prácticos.

La cada vez más agresiva política china en términos diplomáticos y de servicios de inteligencia para influir en Bruselas sin límites y sin respetar convenciones necesita algo más que una queja. Y, a la vez, pretender que China cambie su cultura comercial cuando se trata de un país autoritario, oficialmente comunista y donde el Estado lo es todo parece más hipocresía que ingenuidad. Y, finalmente, en la amplia zona planetaria donde China está asentando su poder en esta etapa, es decir, el mar del sur de la China y las rutas terrestres y marítimas hacia Occidente la UE carece de capacidad disuasoria, ni política, ni comercial ni militar para negociar una relación “simétrica”. Pero tengamos fe y esperemos que a una declaración ambigua sucedan unas decisiones efectivas.

China necesita a Xinjiang sumisa

La política china de imponer un modelo cultural homogéneo en todo su territorio y de reducir a la menor expresión posible la identidad de sus minorías étnicas no está determinada solamente por un sentido de superioridad de los han que se siente como la expresión genuina de la esencia nacional china. Los han constituyen el 92% de la República Popular China, el 98% en Taiwán y el  75% en . Los han se dividen en diferentes subgrupos con sus características propias. Aunque siempre han sido mayoría, a lo largo de la historia de china los han han estado sometidos en algunos períodos a otras minorías dominantes, como por ejemplo durante la dinastía Qing (1644-1912), dominada por la etnia manchú, que vetaba los puestos de administración a los han, y durante la dinastía Yuan, cuando fueron sometidos a la supremacía de los mongoles. De ahí nace un supuesto derecho a la hegemonía en todo el territorio. La existencia en Xinjiang, también conicida como el Turkestán oriental, de una población diversa, de religión musulmana y en la que los uigures son mayoritarios, no es cómoda para el modelo nacional comunista de Pekín.

La cercanía de la región a países que comparten cultura y religión islámica con presencia de corrientes radicales constituye, a la vez, un riesgo y una coartada para la cada vez más dura represión china.

Pero, además, la región ha adquirido importancia estratégica para la expansión china hacia Occidente y el establecimiento de bases militares y comerciales en el Índico en su asociación con Pakistán. En ese plan es fundamental la utilización, en un territorio pacificado y controlado, de la carretera entre Kasgar (Xinjiang) y Gwadar, en la costa pakistaní cercana a la frontera con Irán.

Y el control de la ruta en la parte de soberanía china es más importante porque, en la parte pakistaní, la ruta transcurre por la Cachemira adjudicada Pakistán y por la extensa región de Baluchistán, fronteriza con Afganistán e Irán y donde hay una creciente movilización separatista y actividad de grupos yihadistas.

Baluchistán se asienta sobre enormes reservas de oro, cobre y gas, de las más importantes de Asia, y se ha vuelto la clave de uno de los megaproyectos de China, aunque se trata de la provincia más pobre y menos desarrollada de Pakistán. Fue allí donde hace más de dos décadas Pakistán llevó a cabo sus ensayos de armas nucleares.

Esto obliga a China a mantener el orden que exige a Pakistán para poner en marcha sus proyectos y a asegurar una retaguardia segura si se cmplican las cosas en Pakistán, en Cachemira o en la tensa frontera chino-india.

China-EEUU: tensión y elecciones

La tensión entre China y Estados Unidos sigue subiendo lenta pero sostenidamente. Peldaño a peldaño. China sigue decididamente a la ofensiva, con su diplomacia con velas desplegadas presionando, seduciendo y sobornando;  sus servicios secretos más ofensivos y descarados que nunca y sus fuerzas armadas fortaleciéndose y exhibiendo músculo en toda  su zona de influencia.

Los regímenes autoritarios, con un presidente vitalicio, sin poder judicial independiente que ejerza un control, con tecnología volcada en la seguridad y, en el caso chino, con una economía capaz de ablandar voluntades exteriores no tienen muchos incentivos para la contención.

Estados Unidos, sin embargo, es menos manejable. La ética de los principios fundacionales (aunque a veces parezca que Trump no los conoce mucho), la adhesión a la libertad económica (aunque siempre asome la tentación intervencionista) y la fuerza política y militar son un freno para China y están en el fondo de la lucha por la hegemonía en los mercados y en el juego de alianzas.

Además, está la situación interna en Estados Unidos, con la pandemia mal gestionada y fuertes (nada nuevo) tensiones raciales en un escenario marcado por las elecciones previstas para noviembre. En este marco, Trump tiene que reforzar su discurso, con frecuencia torpe, atropellado y simplista frente a China. Y el hecho de que China e Irán hayan proclamado que quieren a Biden en la Casa Blanca en la suposición de que será más débil frente a su política agresiva no ayuda mucho.

China, como si nada hubiera pasado

Que, contradictoriamente, China está saliendo fortalecida en esta incipiente postpandemia, parece evidente. Este es el resultado de la propaganda apoyada en un Estado totalitario y arrogante que no está sometido a ningún control interno y que intenta, con frecuencia con éxito, disuadir las críticas externas con una liquidez obtenida de los escasos derechos laborales, los impuestos y la competitividad internacional tramposa y con ventajas.

El último  golpe de Pekín, una asignatura pendiente desde que la sociedad de Hong Kong logró frenar los intentos chinos de liquidar las limitadas libertades heredadas de la época colonial inglesa, es el proyecto de aprobar una Ley de Seguridad Nacional para Hong Kong que prohibirá  cualquier actividad “separatista”, “terrorista” o de “subversión de los poderes del Estado”, unos conceptos que, dada la vaguedad con la que están redactadas las leyes chinas, se puede atribuir a buena parte de las manifestaciones o actividades, en palabras del consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Robert O’Brien O’Brien. O’Brien advirtió de que Estados Unidos podría imponer sanciones a China si el régimen de Xi Jinping fuerza la implantación en Hong Kong de esa polémica ley.

China tiene dos piedras en sus zapatos. Una grande, emocional, territorial y políticamente hablando, que es Taiwán, símbolo de la China que Mao y el Partido Comunista Chino no pudo derrotar nunca; y otra más pequeña, Hong Kong, cuya sociedad ha demostrado a Pekín una fortaleza que no se esperaba. De hecho, las primeras reacciones al nuevo proyecto autoritario chino presagian nuevas turbulencias y un nuevo reto para el régimen chino. Pero, de momento, y su mira desde cierta distancia, puede dar la sensación de que  China actúa como si la crisis sanitaria haya sido una leve incidencia quede aprovechar en su favor. Casi como si no hubiera pasado nada.