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China, de puerto en puerto

En las series de TV que ahora que están tan de moda se puede constatar el sostenido empeño de los guionistas en ligar las tramas a la actualidad más inmediata. Así, en The Good Fight puede seguirse en ficción las ultimas semanas de Trump en la Casa Blanca y las primeras, y grandes, tribulaciones de Biden, o el problema de los anti vacunas en varias otras. Y hay una teleserie, Stella Blomkvist, que se atreve con la estrategia china de expandir negocios e influencia poniendo dinero sobre la mesa, blanco o negro, y logrando posiciones estratégicas adelantadas en infraestructuras y negocios en países europeos. Esta, que es una constatación y una preocupación, se plantea en la serie con una crudeza que no se exhibe en Bruselas donde hay voces influyentes que defienden que China es, de momento, más una oportunidad de mercado que una amenaza.

 

Adelantemos que la serie no es buena pero parte de un supuesto que se repite en varios países: una empresa china, con paraguas estatal por supuesto, compra una isla en Islandia y quiere hacerse con la gestión de varios puertos. En el comité islandés de negociación el interés de Islandia aparece en todo caso como efecto secundario porque la clave es la pugna entre los negociadores por ver quien recibe más incentivos monetarios de China. En todo caso este no es el eje de la trama (si fuera así tal vez ganaría interés). La clave argumental es la investigación de una serie de crímenes que revela la relación de los negociadores con China con los bajos fondos islandeses relacionados con tráfico de jóvenes eslavas, drogas y actividades relacionas con esto.

 

El puerto griego del Pireo, considerado la gran puerta de entrada de los productos asiáticos a Europa, es uno de los ejemplos de la expansión de las empresas chinas en la red global de puertos.

Después de la Gran Crisis de 2008-2009, Grecia tuvo que llevar a cabo reformas y privatizaciones para pagar sus deudas tras el rescate financiero internacional.

El gigante estatal chino, Cosco, vio una oportunidad para entrar en la industria portuaria de un país en crisis. Fue así como adquirió el 51% del Pireo, bajo un acuerdo que le permitiría hacerse con el 67% cinco años después.

 

La misma compañía está en conversaciones para adquirir una participación en el puerto de Hamburgo, Alemania. Si llegara a concretarse, sería la octava mega inversión portuaria de Cosco en Europa.

Y otro de los gigantes chinos, Shanghai International Port Group, se ha hecho con el control del puerto israelí de Haifa.

Esos son algunos de los capítulos más recientes de una larga historia de expansión portuaria, que en los últimos años se ha dado en el contexto de la llamada Ruta Marítima de la Seda, iniciativa que forma parte de un plan más amplio de inversión de los capitales chinos en obras de infraestructura alrededor del mundo. Para conseguir ese objetivo, tener el control de las concesiones portuarias en puntos geoestratégicos es fundamental, señala un informe elaborado por la BBC que sostiene que distintas estimaciones apuntan a que empresas del gigante asiático controlan actualmente cerca de 100 puertos en más de 60 países.

 

Sin embargo, esta no es una historia de éxito completo. Un análisis del China Power Project, perteneciente al Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, por sus siglas en inglés), con sede en Washington D.C., titulado “¿Cómo influye China en la conectividad marítima global?” pone de relieve las dificultades. Así está el caso del puerto de Gwadar, un componente clave del Corredor Económico China-Pakistán, que pese a los anuncios, ha terminado estando “infrautilizado”.

“El gobierno paquistaní tuvo que tomar medidas desesperadas a principios de 2021 para reactivar el puerto”, señala el análisis del CSIS. También agrega que algunos proyectos importantes aún no se han materializado por completo, como el puerto de Bagamoyo en Tanzania.

Otro aspecto de las operaciones chinas en la industria portuaria, agrega el documento, tiene relación con los términos de las negociaciones que se llevan a cabo con países endeudados con Pekín.

 

Son algunos ejemplos de la puesta en marcha de una estrategia basada en la ausencia de límites y reglas a la hora de negociar por parte de un Estado totalitario, de las presiones sobre Estados vulnerables para conseguir ventajas y en la falta de garantías de cumplimiento y calidad en la ejecución de los acuerdos. No es eficiencia todo lo que reluce en la propaganda china.

Asia Central: crece el protagonismo de Irán

El viernes 17 de septiembre, en una reunión en Dusambé, Tayikistán, los países miembros de la Organización de Cooperación de Shanghái votaron aceptar el ingreso de Irán en la organización.

La OCS, establecida por China y Rusia en 2001, es una alianza económica, política y de seguridad. Actualmente incluye ocho estados: China, Rusia, Pakistán, India, Kazajstán, Kirguistán y Tayikistán. Juntos, estos estados representan el 20% del PIB mundial e incluyen al 40% de la población mundial.

Hasta ahora, Irán sólo contaba con el apoyo de Rusia, empeñada en asociar a la teocracia de Teherán a la estrategia de Moscú de amplar su influencia en la región, aliándose y, a la vez, neutralizando en lo que pueda la influencia china.

Este logro de la diplomacia iraní, apadrinada por Rusia, tiene especial importancia en estos momentos en que parece que EEUU se repliegue hacia el Indo Pacífico donde estarían sus prioridades frente a loe retos chinos. La OCS tiene pues la oportunidad de convertirse en un organismo clave en la región, llenar en vacío dejado por EEUU y sevir de decorado a una rordenación de poderes en la región pactada entre rusos y chinos.

“El equilibrio internacional a partir de ahora se inclina hacia el multilateralismo y la redistribución de poderes hacia los países independientes. Las sanciones unilaterales no se dirigen únicamente a un país. Se ha hecho evidente que, en los últimos años, afectan más a los países independientes, especialmente a los miembros de la OCS”, afirmó tras confirmarse la incorporación de Irán al organismo el presidente Ebrahim Raisi que está al frente del gobierno más duro desde hace décadas en Teherán.

Expertos occidentales consideran que, no obstante, La OCS aún no se parece en nada a una alianza estratégica liderada por China contra Occidente. Entre sus miembros se encuentra India, rival de China y aliado occidental. La OCS tampoco está alineada con Irán en su desafío al sistema internacional con respecto a su programa nuclear. Más bien, las sanciones fueron la preocupación principal que impidió que Teherán se adhiriera antes al grupo hasta ahora.

Incluso ahora, añaden, aún no se ha anunciado un cronograma para que Teherán se una a la organización. Sin duda, las grandes inversiones de Rusia, China e India en Irán se han visto disuadidas por la amenaza de sanciones estadounidenses.

También debe tenerse en cuenta que el patrón de inversión china en el Medio Oriente no se ajusta a una lealtad estricta con ningún bloque regional. Beijing es un importante comprador de petróleo saudí y mantiene amplios lazos comerciales tanto con Israel como con los Emiratos Árabes Unidos.

China, en plena escalada militar

Que el AUKUS era una necesidad estratégica plantea pocas dudas si se asume que China es una amenaza en la medida en que se trata de un Estado totalitario con ambición expansiva que potencia y controla su crecimiento económico y su desarrollo militar en la búsqueda de objetivos hegemónicos. Otra cosa es que se considere que China  (como sostienen algunos países y expertos europeos) es, en todo caso, una amenaza regional y que sólo representa un reto comercial por sus prácticas ventajistas derivadas de su sistema intervencionista y carente de garantías jurídicas. En este caso cabría defender respuestas suaves y gestión más relajada del conflicto.

El debate es oportuno y necesario. Pero urgente. Si la percepción de que la amenaza no es alta o ni siquiera es amenaza, habrá menos tensión. Pero esto tiene antecedentes históricos en Europa que hiela la sangre. Esa fue la perspectiva (ejemplo que ya es un tópico) que el primer ministro de Gran Bretaña, Neville Chamberlain, tenía de la exigencia de Hitler de ocupar los Sudetes en Checoslovaquia. Chamberlaín convenció al jefe del gobierno francés, Edouard Daladier, de que cediendo a la exigencia nazi se evitaba la guerra en Europa. No hace falta recordar cuál fue el resultado.

Para EEUU, Gran Bretaña y Australia creen es el momento de frenar a China y neutralizar sus inversiones en fuerza aeronaval para controlar las rutas comerciales de la región y los territorios en disputa con Japón, Filipinas y Vietnam entre otros. Y eso implica traducir su alianza en acuerdos militares que refuercen la vigilancia y las posibilidades de una respuesta efectiva si fuera necesaria. Y en eso están.

China, durante la celebración de su Día Nacional hace una semana protagonizó la mayor provocación militar sobre Taiwán de las últimas décadas, con una violación masiva del espacio aéreo taiwanés en dos operaciones sucesivas. Dichas incursiones sucedieron en dos oleadas: la primera, con 13 aviones de combate, sucedió de día y la segunda, con 25, tras la caída del sol.La fuerza aérea de la isla respondió con el envío de una patrulla para realizar un seguimiento de los aviones y ahuyentarlos, y puso en alerta a su sistema de misiles antiaéreos. Según el Ministerio de Defensa de Taiwan, ambas oleadas de aviones procedente del continente incluían aviones H-6, que son capaces de transportar bombas nucleares.

Hay que recordar que Taiwán como sujeto político nace de haberse refugiado en la isla en 1949 el gobierno chino derrotado por los comunistas y ambos reclaman su legitimidad y su aspiración a una unidad nacional, o democrática o comunista, aunque en la isla crece la opinión de debería constituirse como país oficialmente independiente y olvidarse de sus ambiciones continentales. La operación sobre Taiwán es no solo una intimidación a la isla sino una advertencia a todos los vecinos.

China está lejos de Europa y una posible guerra sería en el Pacífico desde el punto de vista geográfico, pero el tsunami sería planetario. Disimular los riesgos no ayuda a evitarlos y Europa ha caído muchas veces en esa ensoñación. Tal vez ha llegado el momento de despejar incógnitas.

 

Indo-Pacífico: Iniciativa de Estados Unidos, hipocresía francesa

La alianza estratégica recientemente anunciada por Australia, Reino Unido y Estados Unidos (AUKUS) supone un cambio de etapa en la región del Indo-Pacífico. Los tres aliados han decidido dar un paso adelante en la contención de China y su política expansiva respecto a Taiwán, el Mar de la China y países cercanos, y dotarse, con Australia como pieza central sobre el terreno, de mayores recursos navales y aéreos.

Esta iniciativa impulsada por Estados Unidos no debería sorprender. Los tres países, junto a Canadá y Nueva Zelanda, integran, desde los años 60, la alianza Five Eyes para el intercambio de inteligencia estratégica y monitorización de las comunicaciones del bloque soviético y aliados y que supuso la puesta en marcha del sistema de vigilancia Echelon, que supuestamente también se utilizó más tarde para controlar miles de millones de comunicaciones privadas en todo el mundo.

La nueva alianza estratégica significa la plasmación práctica y con nuevos medios de una coincidencia en la percepción de la amenaza china no sólo en términos comerciales ventajistas sino como amenaza a la integridad territorial y seguridad colectiva de varios países.

Y aquí entra la dificultad de sumar a la Unión Europea a esta iniciativa. Bruselas lleva años señalando que China es una amenaza comercial y de seguridad tecnológica pero no un riesgo en estos momentos a la seguridad colectiva. Francia y Alemania combinan las duras críticas a China con guiños para establecer acuerdos comerciales que permitan a sus empresas entrar en el goloso mercado chino con el menor control estatal posible por parte de Pekín. Cada cual defiende legítimamente sus intereses nacionales y, en la medida en que coincidan, son intereses europeos. Y esto está en la trastienda del asunto de los submarinos.

Australia lleva décadas modernizando sus fuerzas navales (y en algunos de sus programas mantiene con España convenios importantes), necesidad que ha venido aumentando en proporción al crecimiento chino en capacidad ofensiva aeronaval junto a su política en las aguas cercanas reprobada por tribunales internacionales. En este campo, es clave estratégicamente el arma submarina por su capacidad de llevar a cabo labores de vigilancia y de inteligencia.

El primer candidato para colaborar en la modernización de la flota submarina australiana fue Japón proyecto que Camberra abandonó para un acuerdo con Francia que ofreció a Australia ventajas comerciales y tecnológicas. Sin embargo, París no quiso transferir tecnología para la propulsión nuclear de los submarinos australianos para no entorpecer sus relaciones comerciales con China. Francia ofreció el último modelo de la clase Scorpene, modelo en el que han colaborado España y Francia, que vendieron varias unidades a Chile.

Pero ahora, en el marco del AUKUS, EEUU y Gran Bretaña han ofrecido a Australia la transferencia de la tecnología para dotar a sus nuevos submarinos de propulsión nuclear en situaciones ventajosas para los tres países. Los submarinos movidos por energía nuclear son más  rápidos, pueden alcanzar mayor profundidad, son más silenciosos, tienen más capacidad  de desplazamiento y pueden permanecer mucho más tiempo sumergidos mucho.

Es verdad que Francia ha perdido un contrato de casi 60.000 millones de euros con la repercusión que eso va a tener en el empleo, pero sin duda hay instancias jurídicas internacionales para sustanciar reclamaciones y eventuales compensaciones. Pero Francia no pude presentar este asunto como una “traición” o una “puñalada en la espalda” de Estados Unidos en un plan estratégico contra China en el que la Unión Europea nunca ha querido estar ni dotarse de medios para ponerlo en marcha. Retirar embajadores de Australia y Estados Unidos y escenificar como conflicto europeo un asunto esencialmente francés es pura hipocresía. Por otra parte, la unilateralidad de la acción francesa en África no es menor que aquella que París crítica a Estados Unidos, dicho sea de paso.

No se puede seguir esperando la comprensión de Estados Unidos, que también tiene legítimos intereses nacionales como Francia, y que desde el otro lado del Atlántico llegue la financiación vertebral de la OTAN y se envíen los soldados que en mayor número mueren en los conflictos, mientras se mira con supuesta superioridad ética a los aliados estadounidenses. No se pueden seguir equilibrando los presupuestos europeos gastando menos en defensa y que lo haga EEUU y, a la vez, esperar que EEUU lleve a la UE a rastras a  dónde la UE no ha demostrado querer asumir los riesgos de estar presente.

Pakistán, el gran padrino emergente

El nuevo Afganistán está siendo el catalizador de una reordenación geopolítica y geoestratégica de la vasta región que va desde el Índico al Mediterráneo y desde Asia Central al golfo de Bengala. La existencia previa de alianzas regionales, la victoria talibán y el acercamiento entre China y Rusia para gestionar la crisis, marcan un nuevo mapa de fuerzas, como explica y analiza esta semana en 4Asia nuestro colaborador Fernando Delage.

 

En este nuevo escenario, Pakistán se ha convertido en país clave que va a intentar, está de hecho intentándolo desde hace años, convertir la situación creada por el resurgimiento talibán en el gran momento o para fortalecer su protagonismo nacional, vertebrar más su dividida sociedad, hacer imprescindible su mediación a ojos occidentales, mantener y robustecer sus relaciones con China con sus grandes inversiones y mejorar sus relaciones con Moscú. Todo esto a cambio de mediar en Kabul. Con todo ello, Pakistán, trata de mejorar su propia posición estratégica sobre su adversario tradicional, India, y blanquear y hacerse perdonar con promesas de impulsar una moderación sus oscuras relaciones con Al Qaeda y los talibán.

 

Para afinar está puesta en escena y esta estrategia, el superpoderoso jefe de los servicios secretos paquistaníes (ISI), Faiz Hameed, ha visitado Kabul acompañado de una delegación de altos cargos donde tratará de arrancar al nuevo gobierno islamista, en el que hasta quince de sus miembros están reclamados por diversos tribunales internacionales por indicios de  delitos de terrorismo, mensajes que pueden ser presentados en el exterior como ejemplos de una mayor moderación. Les une el odio a la forma de vida y las libertades occidentales (como a casi tos los vecinos regionales) y, a la vez, la necesidad de ganar tiempo para acumular fuerzas.

 

En realidad, la capital pakistaní, Islamabad, se ha convertido en una nueva meca política y desde allí muchos países europeos, entre ellos España, van a gestionar sus relaciones con Kabul. El propio ministro español de Exteriores, José Manuel Albares, ha visitado Pakistán para impulsar la nueva etapa como han hecho muchos representantes de EEUU y la Unión Europea. Pero van a ser Pakistán y Qatar, que ha venido propiciando encuentros entre EEUU y los talibán desde hace años, los grandes mediadores, aunque hay que subrayar que ha aumentando su papel sobre el terreno Irán, ahora enfriando a toda velocidad su tensión tradicional con los nuevos dueños de Kabul y asociándose, de la mano de Rusia, al nuevo mapa de poderes en Asia Central.

 

Y todo eso, como señalan los expertos, con EEUU trasladando su principal atención al Pacífico y a los movimientos de China y una Unión Europea clamorosamente ausente en capacidad y voluntad.

 

Afganistán y los fantasmas de Europa

El impacto de la crisis afgana en la UE es una radiografía de la propia crisis europea. Las primeras reuniones para analizar consecuencias y explorar medidas han hecho resucitar la idea de una task force dependiente de la UE capaz de desplegar cinco mil soldados con sus respectivos medios de combate en cualquier crisis que requiera defender intereses europeos. Y esta misma propuesta ha revelado la disparidad y la ausencia de bases para definir ese propósito de una política común de seguridad.

Nos guste o no, los intereses nacionales, la historia y las condiciones geoestratégicas de cada país, marcan las decisiones y las aspiraciones de cada uno. Así, aquellos países que han liderado la historia de Europa en algún momento defienden la creación de esta unidad europea, aunque no parezcan muy dispuestos a aumentar los presupuestos para defensa que serían necesarios, mientras aquellos países, básicamente de Europa del Este, históricamente  amenazados por las ambiciones rusas y alemanas y los manejos británicos y franceses, prefieren mantener las iniciativas de defensa bajo el paraguas de la OTAN, básicamente porque no quieren un excesivo distanciamiento de Estados Unidos y se sienten más sensibles a las amenazas rusas. Unos y otros han financiado sus políticas de desarrollo y de bienestar durante décadas dejando a cargo de los EE.UU. la mayor parte del coste que ha exigido en la Europa democrática una defensa suficientemente disuasoria frente a las ambiciones de Moscú.

Europa tiene que clarificar qué relaciones quiere mantener con EE.UU. en la etapa que se avecina, lo que, a la vez, puede ayudar a EE.UU. a enmendar esa vieja tendencia al aislacionismo que, dicho sea de paso, ha quedado anulada cuando las crisis han amenazado la existencia misma de Europa, esa Europa de la que nació, cultural y políticamente, la idea fundacional de Estados Unidos. Lo que no puede seguirse manteniendo es la prepotencia al juzgar la política exterior de Estados Unidos, no asumir riesgos ni gastos propios y, a la vez, acusar a Washington de distanciamiento hacia Europa en algunos casos. Europa tiene que encerrar sus fantasmas y crear condiciones para que no vuelvan las pesadillas y para eso tiene que consolidar sus lazos con EEUU, asumir los riesgos imprescindibles y negociar las diferencias subrayando lo que une más de lo que separa.

El mayor riesgo mundial es la lenta pero persistente vuelta del autoritarismo, la extensión de los poderes estatales, el retroceso de las garantías jurídicas y el rearme de ideologías liberticidas que parecían en retroceso. Y Europa, y tampoco parte de EEUU, parecen estar  meditando suficientemente esa tendencia de fondo.

China y Latinoamérica, pasos adelante

La gran estrategia china para expandir sus negocios, su influencia y su presencia en el exterior pasa por el restablecimiento, por vía terrestre y marítima, de la mítica Ruta de la Seda hacia Occidente. Pero eso no implica que la potencia asiática  no explore otras áreas del planeta caracterizadas por la debilidad institucional, la incertidumbre política y, a la vez, el potencial crecimiento económico más allá de las apariencias.

 

Estos son los casos de África, donde las inversiones y la presencia china se multiplican año a año, y sobre todo América Latina. No hay país de este continente donde no haya empresas chinas, todas con fuerte influencia estatal de Pekín, optando a la adjudicación de grandes contratos para infraestructuras y desarrollos tecnológicos y en casi todos los casos con ofertas ventajosas respecto a otras empresas por el apoyo estatal chino, las facilidades financieras y los amplios márgenes obtenidos en su territorio nacional.

 

En territorio americano  es muy importante la presencia china en Brasil y Argentina y Venezuela mientras las autoridades empresariales chinas exploran negocios en el resto de los países. A la vez, Pekín está jugando fuerte la baza anti Estados Unidos para ofrecer sistemas de armas y desarrollos tecnológicos militares y en Venezuela ha hecho avances aunque es Rusia la principal suministradora.

 

La crisis reciente de Cuba, que pone sobre la mesa la lenta pero persistente descomposición institucional en  el continente situado al sur de Rio Grande, ha revelado las cartas de China al ofrecer todo tipo de apoyo a la dictadora castrista mientras a la vez estrecha lazos con el gobierno conservador y con rasgos autoritarios de Bolsonaro en Brasil. Este pragmatismo chino, basado en la fuerza que ofrece una retaguardia super controlada en el plano político y económico, permite una estrategia a largo plazo para ir aumentando zonas de influencia que a veces Estados Unidos no parece entender ni desarrollar estrategias de contención.

 

Tampoco Europa parece dispuesta a enfrentar esta realidad aunque algunos países como Alemania están modificando el discurso hacia una mayor firmeza ante las prácticas tramposas de penetración de las empresas chinas.

 

Pero esta es la realidad y en ella hay que operar. Y las empresas europeas tienen que competir, con frecuencia con desventajas fiscales y financieras, en los mercados africanos y americanos con las empresas paraestatales chinas. Y este escenario exige análisis, medidas y estrategias algo diferentes desde las sociedades abiertas y de democracia y derechos.

Rusia-China, relaciones intensas e inestables

Rusia y China viven una etapa de relaciones intensas al calor, además de las necesidades complementarias de una y otra potencia, del mantenimiento por parte de EsadosUndos de una estrategia destinana a pelear cada milimetro de influencia política y comercial de China en todo el planeta y política y military de Rusia en Europa y Oriente Próximo. Moscú y Pekin, que tienen contenciosos de delimitación territorial en sus fronteras y una discrete competencia de influencias en las repúblicas centro asiáticas que formaron parte de la Unión Soviéica, han aparcado sus diferencias para presentarse en los foros internacionales como una altermativa “de moderación” frente a “la agresividad” de Estados Unidos, por usar los terminus propagandísticos rusos y chinos que parecern ecos que llegan de la segunda mitad del siglo XX.

Sin embargo, no es todo como parece. En el plano económico, el comercio bilateral superó los 100.000 millones de dólares en 2018, y el objetivo es duplicarlo para 2024. Los dos países también han profundizado la cooperación energética, incluido un acuerdo de 400.000 millones para transportar gas natural desde Rusia y múltiples proyectos conjuntos de plantas de energía nuclear en China. Moscú también es el mayor proveedor de armas de Beijing, proporcionando el 70% de las importaciones de armas de China entre 2014 y 2018. Sin embargo, señalan varios expertos, las relaciones comerciales entre los dos países están profundamente desequilibradas. China es el socio comercial más grande de Rusia, mientras que Rusia es un socio comercial mucho menos importante de China, y eso sitúa a China en situación de cierta vulnerabilidad frente a Moscú.

Pero también ser vislumbran preocupaciones geopolíticas. A través de su iniciativa de la Ruta de la Seda, China ha expandido su influencia económica en Asia Central, un área considerada durante mucho tiempo por Rusia como su esfera de influencia. Y, además, Rusia analiza con lupa y suspicacia la inversión china en Siberia y el Lejano Oriente ruso, donde los proyectos chinos han avivado el resentimiento y la reacción de los habitantes.

Se refuerzan las teorías conspirativas

Donald Trump, desde el principio de la actual pandemia, se empeñó en difundir una serie de teorías sin fundamento entre las cuales destacaba la de que el coronavirus en acción era producto de un proyecto chino de guerra bacteriológica al que, por estrategia o por negligencia, se habría liberado al exterior del laboratorio implicado. Los más osados añadían que previamente los chinos se habrían vacunado, lo que explicaría la baja cifra de muertos chinos, cifra ofrecida por el propio gobierno chino. Ni que decir tiene que estas teorías se extendieron, sofisticaron y retorcieron en las redes sociales y en los círculos y cabezas que siempre han tendido a explicar los problemas del mundo atribuyéndolas a fuerzas oscuras y malvadas, lo que exime de toda responsabilidad personal. Pero los difusores eran, aunque no exclusivamente, Trump y su círculo, y los sectores académicos y medios de comunicación “respetables y progresistas” los ridiculizaron convenientemente.

Ahora  cambian los tiempos y es Biden quien repite, o al menos no descarta, este origen maléfico de la pandemia mundial, y ahora ya no se ridiculizan aquellas teorías. Así, sorprende ver en medios “serios” comentarios racistas propios de las viejas películas de Fumanchu y del “peligro amarillo”.

Porque hay que partir de un dato hasta ahora incontrovertible: no hay ningún dato científico que indique que el virus es una creación humana. Ni un experto de los miles que han analizado la estructura, el comportamiento y las formas de atacar el virus (entre otras cosas para fabricar unas vacunas que están demostrando una alta eficacia) avala esta hipótesis, al menos hasta este momento. Aquellas teorías se basan en elementos circunstanciales sobre si hubo contagios en un laboratorio antes de las fechas consideradas de inicio y otros datos igual de poco rigurosos. Otra cosa es que China haya sabido antes del virus y en el proceso de investigación e identificación sus expertos hayan perdido el control. Pero hasta ahora no hay datos que lo avalen.

¿Entonces? Pues que Biden está mostrando una típica debilidad occidental bien conocida en Europa. Cuando ordena a los servicios de inteligencia que investiguen esas posibilidades realiza un acto de propaganda porque las agencias norteamericanas están en eso desde el principio por orden de Trump sin haber conseguido datos verificados.

Pero las democracias occidentales no necesitan teorías descabelladas que calientan cabezas peligrosas, como las que asaltaron el Capitolio o las que claman contra la globalización, para oponerse a China. China es un país despótico que desprecia las libertades individuales, las creencias personales y la dignidad humana porque se sigue asentando en un credo comunista con todo lo que tiene de antihumanismo. Y, además, desprecia tratados internacionales, la libertad de mercado y las voluntades de otros países y territorios. Incluso podría añadirse que algunas de sus técnicas de intervencionismo económicos son el sueño inconfesable de sectores de la izquierda europea y norteamericana. Y, además, puede añadirse su no tan buena gestión de la pandemia a pesar de los mensajes oficiales no contrastados. Probablemente ha sufrido cientos de miles de muertos pero la cifra no se puede constatar en aquel régimen y la transparencia no es propiamente una virtud del Estado chino.

Esta es una de las lecciones de estos tiempos en que la razón y la ciencia parecen retroceder ante las emociones, el fanatismo y la ignorancia aprovechados irresponsablemente por algunos gobiernos. Y esta es una muy mala señal.

Las piruetas de Kim Jong-un y la mirada de Pekín

Corea del Norte no pasa por un buen momento interno. Esta es una constante en Las últimas décadas, pero ahora se tienen algunos datos más de la valoración que el presidente Kim hace a sus colaboradores y dirigentes del partido único, el comunista. Kim Jong-un reconoció el 6 de abril que el país se enfrentaba a la “peor situación de su historia” durante la reunión de los secretarios del Partido de los Trabajadores en la capital, Pyongyang, e instó a los miembros a llevar a cabo un nuevo período de cinco años. Señalan los expertos en asuntos coreanos que  Kim Jong-un, el 9 de abril, pidió al país que se preparara para otra “marcha ardua”, lo que, afirman, es frase comúnmente utilizada para describir la lucha del país contra el hambre en la década de 1990. EE. UU., Corea del Sur y Japón han analizado esta situación en una reunión de alto nivel en la que, además, discutieron la cooperación para abordar los programas nucleares y de misiles balísticos de Corea del Norte; en una declaración conjunta reafirmó la “cooperación trilateral concertada hacia la desnuclearización”, y acordó la necesidad de la plena implementación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU sobre Corea del Norte.

Este es el marco en el que la Administración Biden está reforzando la alianza con sus aliados tradicionales en Asia Pacífico lo que incluye como objetivo reforzar las alertas sobre el desarrollo militar, concretamente naval, de China y su creciente presencia en áreas de disputa con Japón, de intimidación a Taiwán y de intento de controlar rutas de comercio internacional.  Y, en este escenario, la crisis galopante de Corea del Norte puede alterar muchas cosas, porque el presidente Kim puede tener la tentación de aumentar la presión con sus misiles y bravatas para obtener compensaciones internacionales, reducir las sanciones o, al menos, que se alivie la presión sobre su régimen tiránico.

Para China, su aliado coreano es a veces incómodo, porque Pekín tiene su agenta y su estrategia propia a largo plazo y los gestos provocadores de Corea del Norte a veces rompen el ritmo y alteran al panorama. China presiona con frecuencia a los comunistas coreanos pero no se arriesga a ir muy lejos y que sea Occidente, concretamente EEUU y sus aliados asiáticos los que avancen en aquel espacio estratégico. Este precario equilibrio pone alta la tensión regional que pone pies de plomo en la estrategia china medida paso a paso por Pekín en su larga marcha para lo que denominan recuperar Taiwán e imponer una hegemonía irreversible china en toda la región.