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INTERREGNUM: Xi en el Panteón. Fernando Delage

El Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino celebrado la semana pasada, el último previsto antes del XX Congreso (octubre de 2022), elevó a Xi Jinping a una posición sólo mantenida con anterioridad por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. Al mismo tiempo, aprobó una resolución sobre la historia del Partido en la que se definió al pensamiento de Xi como “marxismo del siglo XXI” y “esencia de la cultura y el espíritu chinos”.

Como han subrayado los medios, esta resolución se suma a las adoptadas en 1945 y 1981, en lo que supone la definición oficial de una tercera etapa en la evolución del Partido y de la República Popular. La primera de ellas confirmó a Mao como líder de la organización frente a sus rivales, cuatro años antes de su victoria sobre las tropas nacionalistas. La de 1981 pretendió dejar atrás los excesos ideológicos del maoísmo mediante una confusa disculpa por el trauma de la Revolución Cultural. La nueva resolución sirve igualmente a un fin político, en el año en que se conmemora el centenario de la fundación del Partido.

Esta vez no hay ningún tipo de autocrítica (el “nihilismo histórico” ya fue prohibido por el Comité Central en 2013), sino un insistente elogio compartido a Xi, Mao y Deng Xiaoping como responsables de “la extraordinaria transformación derivada de la unificación y la prosperidad que han permitido hacer fuerte” a China. Si Mao fue el fundador de la República Popular y Deng el artífice del crecimiento, en la “nueva era” de Xi China se ha convertido en una nación moderna con influencia global.

La última sesión plenaria del Comité Central previa a un Congreso sirve para que los dirigentes del Partido limen sus diferencias y den forma a un consenso que permita evitar las sorpresas. Pese a la aparente fortaleza que transmite al exterior la figura de Xi, tampoco han faltado esta vez indicios de luchas y maniobras internas. Para algunos observadores resulta significativo en este sentido que Xi no haya realizado ningún viaje al extranjero durante los dos últimos años. Otros analistas hacen hincapié en el hecho de que la resolución mencionara de manera explícita aunque concisa (al parecer no lo hacía un borrador anterior) a los antecesores de Xi, Jiang Zemin y Hu Jintao. La causa podría ser que cuadros vinculados a ambos exdirigentes ocupan aún puestos de relevancia en la estructura del Partido, y no ven con buenos ojos la excesiva acumulación de poder por parte del actual presidente.

Nadie duda, sin embargo, de que, al contrario que Jiang y Hu, que dejaron el poder tras dos mandatos sucesivos, Xi será nombrado para un tercer período en 2022 e, incluso, para un cuarto en 2027. Llegaría así al XXII Congreso en 2032, con 20 años en el poder a sus espaldas. Sus cálculos parecen coincidir con sus objetivos marcados para 2035—año en que cumplirá 82 años, la edad a la que murió Mao—para hacer de China un país de clases medias.

La próxima década estará marcada, no obstante, por diversos problemas. La modernización económica no podrá avanzar eternamente sin cambios políticos, pues la sociedad china terminará exigiendo algún tipo de participación en la vida pública y de control del poder. Las divergencias internas en el Partido pueden anticiparse, incluso, a las exigencias populares. Y si las actitudes de la opinión pública y de las elites pueden cambiar, uno de sus principales motivos será probablemente el cambio del entorno económico y el curso de la rivalidad con Estados Unidos.

Como no podía ser de otro modo, el ritmo de crecimiento de la economía china se está frenando. Pese a los esfuerzos de Xi por corregir los desequilibrios sociales (bajo el lema de “prosperidad común”) y reducir la dependencia del exterior (conforme a la estrategia de “circulación dual”), los desafíos que plantean la situación del medio ambiente y, sobre todo, el rápido envejecimiento de la población, pueden torcer las expectativas de Xi. Es lógico, por tanto, que haya llegado a un acuerdo con Washington en la cumbre de Glasgow sobre cambio climático, como lo es también que quiera reducir la hostilidad con Estados Unidos a partir de su primer encuentro (virtual) con Biden esta misma semana. Adquirir un estatus similar al de Mao y Deng no garantiza a Xi la capacidad de gestionar fuerzas estructurales que escapan al control de cualquier líder político.

Xi el nuevo Mao. Nieves C. Pérez Rodríguez

El lunes 8 de noviembre comenzó en Beijing la sexta sesión del Pleno del Comité Central del Partido Comunista chino presidido por Xi Jinping en su calidad de secretario general del partido.

Este encuentro, que tiene lugar cada cinco años, reúne a los delegados y figuras políticas más destacadas de China. En esta ocasión, la reunión que se celebra como siempre a puertas cerradas congrega a cerca de 400 miembros del Comité Central y como en cada oportunidad se esperan con ansias los anuncios que saldrán de allí, que estaremos conociendo a finales de la esta semana.

El mes pasado, previo a este importante encuentro, se reunía el Comité Central del PC chino y allí decidieron cuándo sería la sesión plenaria, y que ésta tendría una duración de cuatro días.  En el comunicado oficial hecho público en octubre se afirmaba que “La nación china avanza hacia la modernización en todos los frenes y el socialismo ha abierto un camino exitoso en el país más poblado del mundo”, y se anticipaba que se analizarán los últimos cien años de historia del partido en el pleno. Aunque pocos datos fueron revelados sobre lo que se discutiría o aprobaría.

El comunicado también subrayaba que “a través de la lucha tenaz, el PC y el pueblo chino le han demostrado al mundo que la nación china ha logrado la tremenda transformación de levantarse, crecer y prosperar”  y que “el rejuvenecimiento nacional de China se ha convertido en una inevitable realidad”.

Los plenos del partido se hacen para hacer revisión de la gestión política de los últimos cinco años y también para plantear la visión del futuro de los años siguientes. El PC lo usa como propaganda para resaltar méritos, aunque también se ha aprovechado para corregir errores como sucedió en los años ochenta cuando emitieron la segunda resolución.

A lo largo de los cien años de existencia del PC chino se han aprobado dos resoluciones; la primera fue en 1945 que consolidó a Mao Zedong como líder indiscutible frente a sus rivales y además se incorporó la ideología del marxismo leninismo en el devenir político chino.

Xulio Ríos en su más reciente libro: La metamorfosis del comunismo chino afirma que “la insistencia de Mao en partir de la realidad y en no copiar mecánicamente experiencias extranjeras se convirtió en un mantra recurrente”. El buscar “la verdad de los hechos”, el combate del sectarismo, la crítica del “estilo cliché” en el Partido, pasaron a formar parte del vademécum ideológico de PC chino, asentando un método de análisis y estudio de los problemas, con examen crítico y autocrítico, de las circunstancias y su naturaleza, que pervive hasta hoy día, considerándose un recurso de vital importancia para fraguar consensos y tomar decisiones”.

La segunda resolución tuvo lugar en 1981 en la que se reconocían los errores de Mao y se daba comienzo a una nueva era de reforma y apertura de la mano de Deng Xiaoping. Admitiendo los errores de la era de Mao, Deng daba comienzo a la transformación e intentaba dejar atrás el pasado.

En ambos casos las resoluciones consolidaron a los líderes de su momento en el poder, por lo que se espera que de esta sexta plenaria que se está llevando a cabo emita una tercera resolución que ratifique a Xi y dé claves de cuál será el camino político que seguirá China en los siguientes años.

Xi ostenta tres cargos: es secretario del partido, Jefe de Estado y Presidente de la Comisión Militar Central, por lo que se espera que se proclame de manera oficial la entrada de China a una nueva era, la era de Xi Jinping aunque haya estado en el poder desde 2013.

Xi sabe bien cómo lograr sus objetivos. Un buen ejemplo fue lo que hizo en 2017 cuando cambió el tiempo establecido de reelección del líder supremo, derogando el límite de dos mandatos de cinco años cada uno, y adjudicándose así mismo el poder por tiempo indefinido.

“El pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era” ahora se estudiará en los colegios y será la guía de comportamiento de cualquier chino que quiera ser considerado buen ciudadano. Es lo más parecido al liderazgo de Mao pero en pleno siglo XXI.

De acuerdo a la agencia oficial Xinhua durante el pleno “Xi presentaría un informe con los principales logros y la experiencia histórica de los cien años de vida del partido”, por lo que es muy probable que salga con su liderazgo más fortalecido y como una imagen que representa el líder del futuro de la nación.

Sin embargo, no podemos olvidar que China tiene grandes retos por delante que seguro están siendo discutidos en esta plenaria, como es la edad de retiro que actualmente es 60 años para los hombres y ya se había hablado de hacer un aumento de esa edad gradualmente. Con una población cada día más mayor, Beijing tiene que tomar decisiones rápidamente para poder seguir manteniendo el sistema de pensiones  que tiene, que valga acotar afecta al gran grueso de la población.

Con un triángulo poblacional invirtiéndose, el problema es más complejo, pues obviamente menos ciudadanos cotizan, pero también mayor escasez de mano de obra. Y si a eso, además, se le suman lo altos precios de las viviendas, casi inaccesibles, junto con la dificultad de encontrar parejas por la carencia de mujeres debido a la política de un solo hijo y discriminación de sexo que estuvo en pie por décadas, el panorama social es realmente complejo.

Xi ha conseguido incluir su filosofía en los estatutos del partido, lo que lo catapulta como líder y lo ubica al nivel de Mao. Y China ha conseguido un crecimiento realmente espectacular incomparable con otra nación, pero los problemas internos que tienen son complejos y de difícil solución. Y la historia ha demostrado que la concentración del poder en torno a un solo líder funciona en China porque es algo a lo que culturalmente está acostumbrados, pero eso no atenúa la gravedad de la situación que además se ha visto más agravada por la pandemia.

 

 

 

Centenario del Partido Comunista Chino

El Partido Comunista Chino se creó en la clandestinidad en Shanghái en 1921 de la mano de trece fundadores entre los que se encontraba Mao Zedong, aunque en poco tiempo se multiplicaron por 50 de acuerdo a Xi Jinping en el discurso que dio en la conmemoración del centenario del partido el pasado 1 de julio.

En sus orígenes fueron perseguidos, por lo que huyeron a zonas rurales para poder crecer e incorporar a sus filas a los pobladores y campesinos sin el seguimiento de las autoridades. En sus primeros años, para la afiliación era indispensable ser profundamente creyente de la teoría marxista, pero eso ha cambiado más recientemente por lo que se permite el acceso a estudiantes destacados, profesionales competentes o aquel que pueda aportar algo al partido y/o al Estado.

Su estructura sigue siendo piramidal como en sus orígenes. En la cúspide de la pirámide se encuentran los 7 miembros más exclusivos del club, los políticos que toman todas las decisiones sobre el destino de la nación, este órgano es el comité permanente. Lo encabeza Xi Jinping quien es el secretario general del Comité Central del PC chino, jefe de las fuerzas armadas y además es el actual presidente de la República Popular China desde 2013 y en su afán de continuar con el legado de Mao ha conseguido que su ideología sobre “el socialismo con características chinas o el socialismo para una nueva era” como también lo ha definido en algún discurso, sea la columna del vertebral que dirige al país desde 2013.

El segundo nivel en la pirámide lo constituye el politburó del comité central, aquí hay 25 miembros. Seguido por el Comité Central que concentra unos 350 miembros que son elegidos por la base de la pirámide, los delegados del congreso del partido que son unos 2.200 delegados en total. Estos números varían de acuerdo al momento.

A día de hoy el PC chino cuenta con 91 millones de miembros, lo que se traduce en que 1 de cada 15 ciudadanos chinos es miembro activo del partido. Aunque parezca escandalosa la cifra, responde a la necesidad que tiene el partido de mantener control y lealtad de la población en la militancia política e ideológica desde que se hicieron con el poder en 1949. Desde entonces se han convertido en una fusión de partido y Estado que controla todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos.

Por esa misma necesidad de presunción el centenario del PC chino tenía que ser celebrado a lo grande, sin escatimar en pompa y atractivo. A nivel doméstico el partido tenía que exhibir todo lo que han conseguido a lo largo de estos años, demostrar que son una nación próspera desde que está en manos del PC chino y que sus promesas iniciales han ido cumpliéndose, esa es parte de la propaganda que imperiosamente tienen que alimentar para mantener a la población moderadamente contenta.

A nivel internacional este era el momento de mostrar la gran nación que han llegado a ser. El lugar de la celebración también tiene un gran simbolismo, la plaza de Tiananmen, la perfección de las líneas de las imágenes, la alineación de las 100 banderas rojas que representaban cada año de vida del partido, la imponente alfombra roja que atravesaba la plaza, los 70 mil invitados milimétricamente ubicados y, por supuesto, la salida de las altas autoridades chinas, en cuyo centro del grupo se encontraba Xi Jinping saliendo por el mismo sitio por el que salió Mao cuando proclamó la república en 1949.

Llegó también el momento de exhibir los helicópteros de última generación que sobrevolaron la plaza con pancartas de celebración y luego en formación en el cielo dejaron leer el gran número que se estaba celebrando el número 100. Y los aviones de caza formaron a su vez el 7 del mes de julio y el 1 del día de la conmemoración.

El gran discurso de Xi, vestido con un traje tipo Mao pero de corte más sofisticado que dejó ver que el es un líder de nueva generación, que él es el nuevo Mao de la China que hoy es la segunda economía del mundo, pero que sigue oprimiendo y controlando a sus etnias minoritarias por profesar una fe diferente a la comunista.

El discurso enfatizó que “la gran lucha que se habían fijado para el primer centenario fue conseguida, una sociedad modestamente acomodada en el extenso territorio chino y con la pobreza absoluta e históricamente resuelta”. Como era de esperar, se rindió homenaje a sus seis predecesores haciendo especial énfasis en Mao como los grandes héroes de la historia, sin pararse a considerar que durante su era tuvo lugar la mayor hambruna que ha conocido la humanidad y que se calcula que mató entre 15 a 55 millones de chinos.

Así mismo afirmó Xi que se debe continuar trabajando en el liderazgo integral del Partido con sólida conciencia de los intereses fundamentales del Estado. Además, dijo “debemos adherirnos al marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping. Integrar persistentemente los fundamentos del marxismo con la realidad concreta de China”.

En cuento a Taiwán dijo que la materialización de la reunificación completa de la patria constituye una tarea histórica inalterable del PC chino y un anhelo compartido por todos los hijos de la nación china. “hay que persistir en el principio de una sola China y en impulsar la reunificación pacífica de la patria”.

Mandó un mensaje al mundo: “China será defendida por una muralla de acero de 1.400 millones de personas”. En cuanto al poderío militar dijo que un país fuerte debe tener fuerzas militares fuertes que garanticen la seguridad nacional”. Mientras insistía en que la necesidad de seguir creciendo es imperiosa.

Ciertamente China ha salido de un hueco profundo en un tiempo récord y eso hay que reconocerlo. Pero también hay que reconocer el precio que ha pagado su población para poder conseguirlo. Es posible sí, pero sacrificando la libertad social, imponiendo formas de vida, erradicando las prácticas religiosas porque las consideran el opio del pueblo, acabando con culturas y usos que choquen con el comunista, imponiendo políticas como la de un solo hijo a las familias y más recientemente usando la tecnología de última generación para vigilar y controlar el comportamiento ciudadano, a través de millones de cámaras y de dispositivos digitales. De esa forma China podrá tener 50 años más de comunismo sin oposición social…

INTERREGNUM: Xi Imperator. Fernando Delage

La inauguración, el 5 de marzo, de la reunión anual de la Asamblea Popular Nacional china, estuvo precedida por el anuncio—extraordinario aunque no sorprendente—de la eliminación del límite temporal de dos mandatos establecido por la Constitución para el ejercicio de la presidencia de la República Popular. Tales límites no existían de manera oficial ni para la secretaría general del Partido Comunista ni para la presidencia de la Comisión Central Militar, las dos verdaderas fuentes de poder del máximo líder chino. Xi Jinping controla ahora todos los resortes del Partido y del Estado, y potencialmente puede mantenerlos de por vida.

Es el resultado que cabía esperar de las sucesivas maniobras políticas realizadas por Xi desde su nombramiento como secretario general a finales de 2012. Pero es una decisión difícil de entender en el contexto de la historia china del siglo XX, que marca además tanto una regresión en la institucionalización del sistema político como un desafío ideológico a Occidente. ¿Qué puede haber llevado a Xi a esa concentración de poder que, de manera inevitable, obliga a recordar el desastre del maoísmo? Las justificaciones oficiales son muy pobres, y se centran en la necesidad de asegurar la estabilidad nacional. El presidente, marcado por la experiencia de la implosión  de la Unión Soviética, considera necesario fortalecer el papel central del Partido Comunista y, por tanto, la ortodoxia ideológica. Lo que supone, por definición, debilitar las instituciones estatales. Considera, además, que su liderazgo personal del Partido es un imperativo para gestionar la transición hacia un nuevo modelo de crecimiento económico, así como para consolidar el ascenso de la República Popular al centro del sistema internacional.

La contradicción es obvia. La quinta parte de la humanidad vuelve a un régimen dictatorial en abierta divergencia con su modernización social y económica. Xi cree en la superioridad moral y práctica del comunismo chino frente a las que percibe como debilitadas democracias occidentales. El problema es que se trata de una apuesta arriesgada en múltiples frentes. Su control personal del Politburó y del Comité Central desde el pasado XIX Congreso del Partido no significa que haya neutralizado a todos sus enemigos en el seno de la organización. El abandono del sistema de liderazgo colectivo impuesto en su día por Deng Xiaoping para evitar precisamente la irrupción de un nuevo Mao, se suma ahora a los efectos de la campaña anticorrupción como fuente de oposición interna. Mayor alcance puede tener a medio plazo, con todo, la reacción de una sociedad más formada, con nuevas expectativas y con una memoria aún viva de las consecuencias del maoísmo.

Si, por otra parte, Xi considera que es una medida que le facilitará la transformación estructural de la economía, al poder imponer las reformas necesarias frente a las resistencias que encuentra en las propias estructuras del Partido, no resulta fácil entender cómo podrá hacerlo. Un mayor control ideológico y una vigilancia constante de la lealtad a su liderazgo no podrá favorecer la innovación ni la adopción de las normas e instituciones que requiere una economía avanzada.

De cara al exterior se van despejando asimismo las dudas sobre las intenciones de la diplomacia china. El desafío, además de económico y estratégico, pasa a ser también ideológico. Pekín sabe que su discurso sobre la existencia de opciones diferentes de la democracia liberal encaja con las preferencias de líderes políticos de distintas partes del mundo. Para Estados Unidos, Europa y Japón, entre otros, se amplía pues el espacio en que actuar. De verdad comienza, como declaró Xi en el Congreso del Partido Comunista en octubre, una “nueva era”. Lo será tanto para China como para el resto del mundo.

El gran rompecabezas chino. Miguel Ors Villarejo

En una democracia liberal, la hermenéutica parlamentaria se reduce a una simple operación aritmética: contar los congresistas que cada partido saca en unas elecciones transparentes y pacíficas. A partir de su número se sabe quién manda y cuánto manda, y puede también deducirse cómo pretende gobernar con un razonable grado de seguridad.

No sucede lo mismo en un régimen comunista. El poder no emana aquí de los congresistas. Son los congresistas los que emanan del poder, que se dilucida en un proceso opaco y a menudo violento, cuyo resultado se manifiesta en detalles que solo el ojo entrenado puede apreciar: la aparición (o desaparición) en los retratos oficiales, la preeminencia (o postergación) en los desfiles militares, la cantidad de mayúsculas (o de minúsculas) del cargo, etcétera.

A la luz de estas técnicas arcanas, los analistas coinciden en que Xi Jinping es el político chino más poderoso del último medio siglo. El elemento cabalístico decisivo es la incorporación a la Constitución de su “pensamiento”. “Es el primer líder vivo que menciona la Carta Magna desde Mao”, escribe The Economist. Ni Hu Jintao ni Jiang Zemin figuran, y la referencia a Deng Xiaopin y su “teoría” (término menos profundo e imponente que “pensamiento”) se incluyó a título póstumo.

¿Es esto una buena o una mala noticia? Es difícil saberlo. Las fuentes fiables de que disponemos (un cable diplomático filtrado por Wikileaks, testimonios dispersos) dibujan a Xi como un hombre astuto, consumido por la ambición. Hijo de un comunista de primera hora depurado durante la Revolución Cultural, se hizo “más rojo que el rojo” para sobrevivir. Tras licenciarse como oficial del Ejército, sirvió en diferentes destinos provinciales, procurando siempre ser “aburrido y olvidable”. Había comprobado cómo la franqueza arruinaba la vida a su padre, así que decidió mostrarse complaciente con la autoridad. “Nadie en su sano juicio hubiera dicho que el chico que alojé en mi casa llegaría a presidente, ni de China ni de ningún otro país”, comentó la estadounidense que lo acogió durante una feria agraria en su casa de Iowa. Este talante inofensivo y afable lo convirtió en el candidato de consenso cuando hubo que relevar a Hu Jintao.

Entonces se desató la bestia.

“Xi ha protagonizado dos cruzadas en casa”, escribe Carrie Gracie, “una para controlar el Partido y otra para controlar la web”.

Con el pretexto de acabar con la corrupción, ha tronchado la cabeza a miles de altos cargos y, con el propósito de preservar la “independencia [de China] como pueblo y nación”, ha levantado un cortafuegos en internet que podría dotar de un nuevo sentido la expresión “poner puertas al campo”.

En Occidente los expertos están divididos. Los pesimistas creen que el mundo se dirige hacia otra trampa de Tucídides y que, del mismo modo que la emergencia de Atenas arrastró a Esparta a la guerra del Peloponeso, la irrupción de China provocará tarde o temprano la colisión con Estados Unidos. La concentración en Xi de un poder formidable, sin apenas contrapesos, empeorará la calidad de sus decisiones porque, dice The Economist, “aumenta el riesgo de que sus subordinados le cuenten únicamente lo que estimen que quiere oír”. Hay precedentes. Durante el Gran Salto Adelante, millones de campesinos morían de hambre mientras los gobernadores informaban a Mao de que la cosecha iba de cine y los graneros estaban a reventar.

Pero los optimistas alegan que Xi es consciente de que la base de su legitimidad es la prosperidad material y de que esta se desintegraría en caso de conflicto. Además, ahora que se ha deshecho de sus rivales, su “pensamiento”, que consagra la economía de mercado “con características chinas”, se desplegará en toda su plenitud, derramando sus bondades por doquier gracias a la globalización.

La verdad probablemente se halle a mitad de camino entre estos dos escenarios. Y para anticiparla, habrá que seguir pendiente de esos detalles que solo el ojo entrenado puede apreciar: los retratos oficiales, los desfiles militares, el baile de mayúsculas…