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Biden cambia el paso con Corea del Norte

El presidente Biden ha decidido cambiar el paso en las relaciones de Estados Unidos con Corea del Norte y situarse entre el objetivo de Donald Trump de lograr “un acuerdo histórico” y la vía de “la paciencia estratégica” defendida por Obama y su equipo del que Biden era un destacado componente. En la entrevista sostenida por el presidente norteamericano y el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, en la tercera semana de mayo, Biden subrayó, además de su voluntad de reforzar los lazos con su aliado coreano, su convicción de que avanzar hacia una desnuclearización del régimen comunista del norte es prácticamente inalcanzable.

Con ese análisis ha despejado la incógnita de un próximo encuentro  con  el dictador norcoreano, Kim Jong-un, para lo que señala que sería necesario previamente un compromiso de desnuclearización por parte de Pyongyang. Para Kim, la amenaza nuclear ha sido la palanca que le ha permitido afianzar su protagonismo, hablar directamente con Trump, e influir en la geopolítica del Pacífico, donde un Trump errático, entre amenazador y tendente a replegarse, ha hecho dudar a sus aliados tradicionales. Y, desde esa perspectiva no parece que vaya a asumir compromisos previos para situarse en un nivel, entrevistarse con un presidente norteamericano, en el que ya ha estado sin condiciones previas.

Pero como eso lo saben Biden y su equipo, lo más probable es que detrás de su planteamiento está solo una maniobra para ganar tiempo y ver los próximos acontecimientos en la región, con China en papel cada vez más agresivo, mientras se refuerzan los lazos con los aliados históricos de Washington.

Es evidente que para avanzar por esta senda, Biden necesita el apoyo completo de Japón y Corea del Sur y por eso Biden ha privilegiado con esos países sus primeros contactos y sus anuncios sobre cómo afrontar la tensión en la península coreana. Y en este escenario, aunque el acuerdo es amplio no hay coincidencia total de intereses. Al presidente surcoreano le queda menos de un año como jefe de Estado y ha centrado su gestión en mejorar las relaciones con Pyongyang y recientemente reiteró su compromiso de lograr la paz antes de dejar el poder, lo que implicaría cierta urgencia en alcanzar resultados. Desde Japón, por su parte, se ven las cosas con más tranquilidad y su prioridad es obtener más certidumbre respecto a los compromisos norteamericanos respecto a la seguridad en la región y frente a los desafíos chinos en las aguas que China y Japón se disputan.

INTERREGNUM: El desafío norcoreano de Biden. Fernando Delage

El 10 de febrero, mismo día que el presidente de Estados Unidos mantuvo su primera conversación telefónica con su homólogo chino, Xi Jinping, tras su toma de posesión, Biden también anunció su primera medida en relación con la política a formular hacia la República Popular: la constitución de una “task force” en el Pentágono que, en un plazo de cuatro meses, revisará los conceptos e instrumentos de la estrategia norteamericana en el Indo-Pacífico.  Resulta llamativo que sea en el departamento de Defensa, y no en la Casa Blanca o en el departamento de Estado donde comiencen los esfuerzos de reajuste. El desafío chino de Estados Unidos es económico, tecnológico y diplomático antes que militar. Por otra parte, distintos factores confirman a China como un reto que va mucho más allá de las relaciones bilaterales entre ambas potencias. Si el golpe de Estado en Birmania ha sido uno de esos hechos a los que no se puede responder sin incluir a Pekín en la ecuación, otro no menor es Corea del Norte.

Biden no mencionó a Corea del Norte en su primer discurso sobre política exterior, el 4 de febrero, pero unos días más tarde el portavoz del departamento de Estado reiteró el compromiso de Estados Unidos con la desnuclearización de la península. Se indicó asimismo que, en coordinación con los aliados, éste era otro asunto sujeto a revisión. Trump mantuvo hasta tres encuentros con el líder norcoreano, Kim Jong-un, sin que este último cediera lo más mínimo en sus ambiciones nucleares. Es más, a mediados de enero, coincidiendo con el cambio en la Casa Blanca, Corea del Norte celebró el 8º Congreso del Partido de los Trabajadores de Corea (el segundo celebrado en las últimas cuatro décadas); ocasión en la que el líder supremo anunció la rápida modernización tecnológica de sus capacidades nucleares, con el fin—dijo—de afrontar la creciente hostilidad norteamericana. Todo parece indicar que Pyongyang toma posición de cara a una posible negociación con Washington, lo que puede incluir la reanudación de las pruebas de misiles como en 2016 y 2017. Evitar una nueva crisis en la península es en consecuencia una cuestión urgente que Biden debe atender, y de la que no puede dejar a China al margen.

Al contrario que Trump, Biden y sus asesores no creen que Corea del Norte vaya a renunciar a su armamento nuclear. La cuestión es si un enfoque de mayor flexibilidad sobre las sanciones económicas puede conducir al Norte a restringir su programa militar. El nombramiento de Wendy Sherman, la responsable del acercamiento a Pyongyang durante la última etapa de la administración Clinton, como número dos del departamento de Estado, permite apuntar a ese intento de pragmatismo que coincide, por otra parte, con las preferencias de Pekín. China querría cooperar con Estados Unidos sobre el problema nuclear norcoreano, pero espera, no obstante, que se produzcan los primeros movimientos de Biden. La dificultad para Washington es cómo encontrar el equilibrio adecuado entre presión e incentivos, sin que transmita una percepción de debilidad por el simple hecho de hablar con Pyongyang. Hacerlo en un contexto de confrontación con la República Popular agrava el dilema. Mientras toma cuerpo la política norcoreana de la Casa Blanca, China continuará consolidando su influencia sobre los asuntos de la península.

Corea del Norte vuelva a la carga. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- El “Rocket man”, el célebre nombre que le dio Trump a Kim Jong-un vuelve a poner sobre la mesa la razón de la prueba que Pyongyang llevó a cabo el pasado sábado. Sin haberse dado a conocer mayores detalles, de momento se sabe que tuvo lugar en el noroeste del país en la base de lanzamientos de Sohae.

Mientras tanto, el embajador norcoreano ante Naciones Unidas aseguraba el mismo día de la prueba que la desnuclearización está fuera de la mesa. Mientras, afirmaba que había sido un truco que ayudaba a una agenda política.

Todo lo relacionado con Corea del Norte está estratégicamente planificado. El lanzamiento del misil se hace paralelamente a la publicación de un comunicado en el que afirman que ellos no seguirán avanzando en las negociones que incluyan la desnuclearización.

Lo cierto es que “la desnuclearización total y comprobada”, que ha sido el punto de partida de la negociación por parte de Washington nunca ha estado considerada seriamente por los norcoreanos. Sería como entregar la mayor inversión, el mejor poderío que tienen y ponerse -por decisión propia- en una de extrema vulnerabilidad que no le traería ningún beneficio a la cúpula política, y ellos lo saben bien.

La escalada en los “pasos provocadores”, tal y como los denominó Stephen Biegun -el encargado especial de los Estados Unidos para Corea del Norte-, son la prueba que Kim Jon-un necesita que se hable de él, que se retome la importancia del riesgo que representa Pyongyang para el mundo. La situación entre ambas naciones ha estado estancada después de que Trump se retirara de Vietnam el pasado mes de febrero.

Kim Jon-un está activamente apostando por el juego de presión a Washington con la prueba de misiles. Es a lo que él sabe jugar bien, y hay que admitir, además, que le ha salido bastante bien con Trump, pues ha conseguido levantamiento de la presión extrema que hubo el primer año de gobierno de Trump.

Tal y como ha afirmado Sue Mi Terri -especialista en Corea- “lo único que se ha conseguido durante la legislatura de Trump es agregar romance a la relación entre Washington y Pyongyang”. Objetivamente no se sabía qué se podía conseguir con ofrecerle al líder norcoreano la oportunidad de actuar como un líder internacional, y se le dio, y más de una vez, pesar de ser un tirano. Y en cada oportunidad se ha podido comprobar que no se avanza nada, porque él no está dispuesto a comprometerse y perder su poder misilístico y nuclear.

Victor Cha afirmaba en un evento sobre Asia en CSIS -uno de los think tanks más prestigiosos de Washington- que a él no le sorprendería que la Administración Trump llegara a algún tipo de acuerdo con Corea del Norte antes del fin de año. A un acuerdo no significativo o bueno en realidad, pero lo haría para poder decir que ha conseguido un acuerdo. Y además desviaría el foco de atención doméstico que es “su impeachment” o juicio político, que tiene acaparada la atención mediática.

Cha insiste en que a él le preocupa que se esté considerando el tema de Corea del Norte dentro de la agenda electoral presidencial del 2020. Afirma “históricamente ha sido un tema importante pero no que afectaba las elecciones internas de los Estados Unidos. Pero en realidad, lo que ocurre con esta Administración es que la única política exterior de la que se han ocupado, y el presidente personalmente, ha sido Corea del Norte”.

En los puntos de discusión entre Washington y Pyongyang tampoco se han tocado los Derechos Humanos en Corea del Norte, a pesar de que ha sido un punto clave en las conversaciones históricas. Pero Trump ha preferido dejarlo fuera por el grado de sensibilidad que tiene para con el régimen de Kim.

Hubo muchas expectativas y esperanzas de que Trump, con su irreverencia y particulares formas pudiera conseguir lo que no había conseguido ninguna otra presidente estadounidense. En un intento por mantener el positivismo se centró la atención en el aspecto negociador de Trump como efectivo, en parte debido al alarde que él mismo ha hecho de buen negociador. Sin embargo, el fracaso es lo único que hemos podido comprobar hasta ahora. Más misiles, incluido uno intercontinental balístico de largo alcance que podría impactar territorio estadounidense.

Negociar con ventaja

En las negociaciones tienen especial importancia las respectivas posiciones de los negociadores. Esto, que es una evidente obviedad, se olvida a veces por parte de analistas, expertos y medios de comunicación.

Viene esto a cuenta del giro de las últimas horas por parte de Corea del Norte en sus relaciones con Estados Unidos al frenar de manera pública (en secreto nunca avanzó realmente) sus planes de desnuclearización pactados en las dos cumbres mantenidas con Estados Unidos con distinto nivel de éxito.

Donald Trump está en horas bajas. Sus torpezas, su zafiedad, sus desprecios por las formas políticas y la educación diplomática y su improvisación alimentada de caprichos, ignorancia y soberbia le han conducido a un proceso de juicio político por el Congreso de los Estados Unidos. Y tiene que enfrentarse a unas elecciones presidenciales para intentar conseguir un segundo, y constitucionalmente improrrogable, segundo mandato. En ese marco, el presidente de Estados Unidos tiene que mantener una imagen que fidelice el apoyo de sus votantes y, al mismo tiempo, no enredarse en un conflicto internacional en el que no tenga las garantías de obtener réditos electorales o, al menos, no verse penalizado por su opinión pública.

Por el contrario, los dirigentes de los países autoritarios y no sometidos a vaivenes electorales o a contrapesos de sus sociedades como China, Rusia en menor medida y, desde luego, Corea del Norte, tienen las manos libres en sus relaciones y pueden ceder, insultar y amenazar sin tener que dar explicaciones, para las que, en todo caso, tienen a su disposición inmensos aparatos de propaganda bajo control absoluto.

Corea del Norte ha puesto en escena un acto de propaganda, cuya realidad no se conoce en detalle, anunciando avances en un experimento militar que, afirman, mejora la relación de fuerzas a favor de su dictadura. No hay ninguna razón para pensar que la amenaza sea sensiblemente mayor que ahora. Sólo que Corea del Norte quiere recuperar una política de chantaje mundial que con Clinton y Obama convirtió en dinero y concesiones y aspira a más concesiones de Trump en sus momentos de debilidad. Pero eso mismo es un dato preocupante.

Merkel, Pompeo…. Y Oriente Medio

Los últimos días han sido especialmente tensos a tres bandas: Europa, y en concreto Alemania, Estados Unidos y Oriente Medio con Irán como especial protagonista.

Todo empezó con la cancelación de dos encuentros sucesivos que se habían programado entre el secretario de Estados de EEUU, Mike Pompeo, y la primera ministra alemana Ángela Merkel, que expresó su malestar por las cancelaciones. Aunque las relaciones entre Estados Unidos y Alemania son tradicionalmente buenas, últimamente se han distanciado en dos asuntos: Venezuela e Irán.

En el primero de los casos, Alemania se muestra partidaria de impulsar un acuerdo político que dé paso a la celebración de elecciones con renuncia expresa y previa de Estados Unidos al uso de la fuerza mientras Estados Unidos, sin decirlo expresamente, sostiene que renunciar de antemano al uso de la fuerza es ampliar el margen de maniobra del presidente Maduro.

En relación con Irán, la situación es diferente, aunque contiene los mismos elementos, supuestamente tácticos, de fondo. El presidente Trump, como había prometido en su campaña electoral, anuló el acuerdo con Irán suscrito por el presidente Obama y la Unión Europea mediante el cual, Teherán obtenía el fin de las sanciones por su rearme nuclear si lo paralizaba diez años, no sufriría nuevas inspecciones internacionales y podría colocar su petróleo en los mercados. Trump quiere renegociar el acuerdo y que Irán se comprometa a parar definitivamente el rearme nuclear con inspecciones de verificación. Alemania, con importantes intereses comerciales en Irán, impulsa a Europa a mantener el acuerdo interior.  De hecho, todo parece indicar que la suspensión de la visita de Pompeo a Berlín para irse por sorpresa a Irak, tendría que ver con una amenaza de Irán sobre Israel tras el anuncio, ya hecho, de no asumir el compromiso de desprenderse del resto de uranio enriquecido que le queda y, supuestamente, reanudar el rearme.

EEUU y la UE siguen sin tener una política común de seguridad encajonada entre la dureza y lo que algunos analistas califican de defensa líquida de Europa. La realidad va a plantear más tests en estos términos. (Foto: Marco Verch)

INTERREGNUM. Dilemas nucleares en Asia. Fernando Delage

A principios de mes, Estados Unidos anunció de manera oficial su retirada del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Medio (INF en sus siglas en inglés). Firmado por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en 1987, fue uno de los elementos centrales del régimen de desarme nuclear desde la Guerra fría, y el primer pacto que prohibió una categoría completa de armamento.

Según Washington, el tratado ha dejado de ser operativo una vez que Rusia, al desarrollar un nuevo tipo de misil crucero, ha violado sus compromisos. Para Moscú, el culpable es Estados Unidos, y lo es desde que se retirara del Acuerdo de Misiles Antibalísticos en 2001. El abandono del INF—sumado al rápido avance de nuevas tecnologías (que permiten ataques cibernéticos a sistemas de mando y control nuclear, por ejemplo), y a la modernización de sus respectivas fuerzas por todas las potencias nucleares—, anticipa en cualquier caso una nueva era de inestabilidad en este terreno.

Agrave el dilema el hecho de que—más que Rusia—ha sido China el factor que en mayor medida ha conducido a la retirada norteamericana del INF. Al no ser firmante del tratado, la República Popular no ha encontrado limitaciones al despliegue en su costa—y, de manera creciente, en las islas que controla en el mar de China Meridional—de armamento de estas características, adquiriendo así una notable ventaja asimétrica con respecto a Estados Unidos en el Pacífico occidental. No suele mencionarse, sin embargo, que los negociadores norteamericanos del INF lograron la exclusión del acuerdo de los misiles basados en el mar (buques y submarinos) y en aeronaves. Sus aliados—tampoco partes del tratado—pueden asimismo desplegar misiles de este alcance en su territorio. Las justificaciones de Washington plantean por tanto muchas dudas, además de poder agravar una espiral de inseguridad.

Los líderes chinos consideran que la expansión de un sistema de misiles liderado por Estados Unidos en Asia no solo limitará sus propias capacidades en el caso de una contingencia en su periferia marítima, sino que obligará a redefinir su doctrina nuclear, basada hasta la fecha en el mantenimiento del arsenal mínimo necesario para poder responder a un ataque. El reforzamiento de sus capacidades adquirirá prioridad frente al desarme. Pekín verá por otra parte legitimados sus argumentos—recogidos en el Libro Blanco sobre Seguridad en Asia de 2017—sobre Estados Unidos como fuente de inestabilidad estratégica en la región. Por no hablar de las nuevas oportunidades que se le presentan para dividir a Washington de sus aliados.

La presión sobre Corea del Sur después de que ésta permitiera a Estados Unidos desplegar el sistema THAAD en su suelo hace un par de años es un buen ejemplo de lo que cabe esperar. Tras el rápido deterioro de las relaciones entre Pekín y Seúl, el pasado mes de diciembre ambas partes acordaron “un nuevo comienzo”. Según fuentes chinas, el presidente Moon Jae-in se comprometió a no sumarse a la red de misiles de Estados Unidos, ni a formar una alianza trilateral con Washington y Tokio, ni a desplegar más baterías THAAD. Washington incrementará su presión sobre un gobierno, el surcoreano, ya rehén de las amenazas de nuevas represalias económicas por parte de China, su principal socio comercial y financiero.

Las reservas, si no abierta oposición, por parte de sus aliados—en esto coinciden los asiáticos y los europeos—obliga a preguntarse por el sentido de la decisión de la Casa Blanca. ¿Propiciar una nueva carrera armamentística con China—a la vez que con Rusia—se traducirá en una mayor seguridad para Estados Unidos? ¿En una mayor estabilidad en Asia y en Europa? (Foto: Steve Jurvetson)

INTERREGNUM. Corea: Trump redobla la presión. Fernando Delage

(Foto: Ben Chun) El pasado mes de octubre, diez meses después de su llegada a la Casa Blanca, el presidente Trump por fin formuló, con ocasión de la cumbre anual del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC) celebrada en Vietnam, los primeros mimbres de su política asiática. Pero la administración norteamericana seguía sin cubrir los puestos de los responsables de esta parte del mundo en los departamentos de Estado y de Defensa, así como numerosas embajadas. Entre ellas, pese a las repetidas declaraciones de que Corea del Norte representa la amenaza más inmediata a los intereses de Estados Unidos, la representación en Seúl—un aliado crucial para afrontar el problema—ha estado vacante.

Pocos diplomáticos y expertos están dispuestos a trabajar para Trump, incluso entre las filas republicanas. Fue un gran alivio por tanto cuando se designó a Victor Cha como candidato a dicha embajada. Cha ocupó puestos de responsabilidad en el Consejo de Seguridad Nacional bajo la presidencia de George W. Bush, donde gestionó de manera directa la segunda crisis nuclear norcoreana desde 2002. Pero además de su experiencia como alto funcionario, Cha, profesor en la universidad de Georgetown, es considerado como uno de los primeros especialistas académicos en la península.

Ya contaba con el plácet del gobierno surcoreano y era cuestión de días la formalización de su nombramiento por el Senado. La administración le ha retirado sin embargo su apoyo, por razones que no se han ocultado: el desacuerdo de Cha con los aparentes planes de una acción militar limitada contra Pyongyang. De hecho, apenas media hora antes de que Trump pronunciara su discurso sobre el estado de la Unión el pasado martes—intervención en la que denunció la “naturaleza depravada” del régimen norcoreano, e indicó que Estados Unidos estaba volcado en una “campaña de máxima presión” para prevenir la amenaza de sus misiles—, el Washington Post publicaba en su página web una columna de Cha en la que éste indicaba que una intervención de esa naturaleza no sólo no acabaría con el arsenal estratégico de Pyongyang (“enterrado a gran profundidad en localizaciones desconocidas e impenetrables a las bombas”), sino que la reacción de Corea del Norte pondría en riesgo millones de vidas en Asia, incluyendo miles de civiles norteamericanos, y conduciría a una escalada que casi con toda seguridad escaparía al control de Washington.

Otras señales preocupantes acompañan este redoblamiento de la presión por parte de Trump. En varias ciudades japonesas se han realizado simulacros contra ataques de misiles, y el Times de Londres ha informado de una discreta visita de funcionarios británicos a Corea del Sur para investigar cómo evacuar a sus 8.000 ciudadanos en el país en caso de conflicto. (Cuestión similar planteada a Cha con respecto a nacionales norteamericanos puede haber sido otro factor en su retirada). La tensión aumenta, pues, en vísperas de la inauguración, el 9 de febrero, de los Juegos Olímpicos de invierno, a los que asistirán deportistas y representantes de Corea del Norte.

De manera simultánea, se ha sabido que el embajador norcoreano en Pekín, Ji Jae-ryong, asistió a la recepción ofrecida por el ministro chino de Asuntos Exteriores al cuerpo diplomático el 30 de enero. Al tratarse de la primera aparición pública de Ji en dos meses, se han desatado las especulaciones sobre la posibilidad de un próximo anuncio relevante.

La paradoja iraní

La crisis en Irán, en la que las manifestaciones populares contra el régimen teocrático convergen contra el presidente Rohani con el sector más duro del régimen que acusa al Gobierno de blando y conciliador, está creando una curiosa paradoja. Mientras se deterioran las relaciones del régimen con amplias capas de la sociedad se fortalece la relación exterior del Gobierno con Europa, Rusia y otros países ante la presión de Donald Trump para modificar el tratado nuclear con Teherán y el temor a que una desestabilización aumente la inestabilidad regional. Y todo eso se desarrolla cuando la pugna entre Teherán y Ryad, paladines respectivamente de chiitas y sunnies, está atravesando el mundo árabe y marcando la política exterior y los intereses nacionales de cada país.

Una vez más, EE.UU. y la Unión Europea, en este caso con Francia a la cabeza, aparecen con posiciones divergentes frente al inestable espacio geoestratégico de Oriente Medio. Emmanuel Macron está aprovechando la ventana de oportunidad que la errática política de EEUU abre e, indirectamente, coincide (como en otros tiempos) con la estrategia rusa de fortalecer sus lazos y su presencia en la zona, cosa que Putín parece estar consiguiendo.

Sin embargo, el pragmatismo basado en el mal menor tampoco lleva directamente al éxito. Irán tiene una estrategia a largo plazo de constituirse en potencia nuclear con dos objetivos en el punto de mira: Arabia Saudí y sus aliados sunníes, e Israel, país al que constantemente amenaza con destruir en sus discursos oficiales. El actual convenio con Irán no frena esta estrategia, sólo la aplaza, y no da ninguna garantía a la única democracia existente en la zona: Israel. Así, Arabia saudí está desarrollando sus propios planes de dotarse de armamento nuclear con apoyo técnico de Pakistán y fortaleciendo sus alianzas contra Teherán. E Irán, por su parte, trata de convertir la previsible victoria total de Bashar al-Ássad en Siria en el establecimiento de una potente cabeza de puente directamente frente a Israel. Y Macron debería meditar sobre el conjunto y no exclusivamente en el interés nacional de Francia, que no es necesariamente en de todos los países europeos.

INTERREGNUM: ¿Deshielo en la península? Fernando Delage

(Foto: Maisie Gibb, Flickr) El año ha comenzado con la buena noticia de la celebración, el 9 de enero, del primer encuentro oficial entre las dos Coreas desde 2015. El deporte—en forma de los próximos juegos de invierno en Pyeongchang—ha ofrecido una oportunidad a Kim Jong-un para reducir la escalada de tensión de los últimos meses en la península.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha manifestado su apoyo a las conversaciones, aunque no son pocos los analistas que consideran que la reanudación del diálogo entre Seúl y Pyongyang puede complicar los esfuerzos norteamericanos a favor de la desnuclearización. La oferta surcoreana de levantamiento de sanciones puede reducir la presión sobre el Estado vecino y, a un mismo tiempo, la cohesión de la alianza Washington-Seúl.

Pero quizá sea ésta una conclusión precipitada. Primero porque resulta difícil pensar que Corea del Norte vaya a renunciar a su capacidad nuclear. En segundo lugar, porque el razonamiento más plausible puede ser el inverso: que ha sido la última ronda de sanciones—impuestas en diciembre tras el lanzamiento de un misil intercontinental con capacidad de alcanzar Estados Unidos, el 29 de noviembre—el factor que ha conducido a Kim a reconsiderar sus opciones y buscar un “enfriamiento” de la tensión. Tampoco debe perderse de vista que el instrumento nuclear es para Pyongyang, además de un elemento disuasorio frente a las amenazas externas y de legitimación del régimen político, un medio para mantener vivo el objetivo de la reunificación.

No es casual, por lo demás, que el “giro” del líder norcoreano se haya producido mientras se reitera desde Washington la posibilidad de una acción preventiva. No sólo se ha hecho público que el Pentágono está actualizando sus planes de contingencias, sino que el asesor de seguridad nacional—un general con experiencia de combate y doctorado en relaciones internacionales, respetado por los expertos—lleva meses declarando que las posibilidades de guerra “aumentan cada día”. (Léase el artículo publicado por The Atlantic la semana pasada: “The world according to H.R. McMaster”).

Otro elemento significativo tiene que ver con las maniobras de China. Pese a a la extendida idea de que el viaje a Pyongyang de un enviado especial del presidente Xi Jinping en noviembre fue un fracaso, quizá esa no es toda la verdad. El emisario, Song Tao, no logró reunirse con Kim Jong-un, pero sí lo hizo con otros altos cargos, incluyendo el número dos del Partido y el ministro de Asuntos Exteriores. La presión china puede haber sido por ello otro motivo que ha facilitado el encuentro en Panmunjom y, quizá, la posibilidad de una próxima reunión entre los líderes de ambas Coreas.

Queda claro, en cualquier caso, el limitado margen de maniobra de Seúl frente al juego geopolítico mayor de Pekín y Washington. La competencia entre estos dos últimos y la incertidumbre sobre Trump entre sus aliados agrava, no obstante, un escenario ya de por sí complejo con la posibilidad—preocupante para el equilibrio regional, pero con un apoyo creciente entre los surcoreanos—de que el país se incline a favor de su propia opción nuclear.

¿Puede Kim Jong-un controlar sus bombas? Miguel Ors Villarejo

El pasado 29 de agosto un misil norcoreano se hundió en el Pacífico siete minutos después de sobrevolar el archipiélago de Hokkaido. Si hubiera habido cualquier problema, sus restos se habrían desparramado sobre alguna ciudad japonesa. De hecho, algunas fuentes sostienen que el fallo se produjo y que el cohete estalló en el aire, aunque por fortuna ya se encontraba en alta mar.

Al parecer, estos incidentes estructurales son relativamente frecuentes en los ensayos de Kim Jong-un, lo que, por una parte, resulta tranquilizador, porque revela que su capacidad nuclear dista mucho de estar a punto.

Pero, por otra parte, si uno se para a pensarlo un poco, suscita una duda igualmente inquietante. ¿Sabe este tío lo que se trae entre manos?

Nos han educado en la creencia de que la peor amenaza que pesa sobre el futuro de la humanidad es la acción del mal, pero a mí me inspira también mucho respeto la incompetencia. El papel de la chapuza en la historia no ha sido debidamente apreciado. Las conspiraciones están sobrevaloradas. Tendemos a ver complots detrás de cada acontecimiento extraordinario, de cada atentado, de cada crisis. El asesinato de Carrero Blanco, por ejemplo, tuvo lugar a una manzana de la embajada de Estados Unidos en Madrid. ¿Cómo podía la CIA no estar al corriente? O la Gran Recesión. ¿De verdad que a los banqueros, con lo imaginativos que son para cobrarnos por cualquier concepto, no se les ocurrió que las subprime podían colapsar?

Estas son cosas que la gente se pregunta y yo no digo que no hubiera una mano negra detrás de esos sucesos, pero no lo creo sinceramente. Y no lo creo porque las conspiraciones exigen un grado de planificación y coordinación que está al alcance de muy pocas organizaciones, por no decir ninguna.

La chapuza, por el contrario, es universal y omnipresente. En todas las empresas del planeta hay un ñapas que se baja a fumar cuando tenía que estar mirando el manómetro o que recibe un correo con un archivo ejecutable y lo abre para ver si ha heredado 60.000 euros de un pariente nigeriano del que no había oído hablar hasta ese instante.

La historia del progreso es una lucha titánica y desigual contra la chapuza. El mundo está lleno de incompetentes. No sé si habrán oído hablar del Not-Terribly-Good Club, algo así como el Club No Tan Fantástico, de Gran Bretaña. Lo fundó en 1976 un tal Stephen Pile. Para ser socio había que cumplir un único requisito: ser un piernas, un patán, un inútil. Las reuniones consistían en exhibiciones de torpeza en cualquier ámbito: la conversación, la cocina, el arte…

¿Y saben cómo acabó? Es muy significativo.

Stephen Pile decidió redactar El libro inacabado de los fracasos, un catálogo de la sandez que incluía la historia del peor turista (un sujeto que pasó dos días en Nueva York creyendo que era Roma) y del crucigramista más lento (34 años para completar uno)”. Por desgracia, la obra fue un bestseller, es decir, un fracaso como fracaso, y Pile fue invitado a abandonar el Club No Tan Fantástico, que, por otra parte, había recibido tal avalancha de solicitudes de ingreso que se hallaba en clara contravención de su objeto social de ensalzar la ineptitud y no tuvo más remedio que disolverse.

O sea, hay tantos idiotas repartidos por el planeta que, cuando los juntas, se aplastan entre ellos.

Pero peor todavía que la cantidad de idiotas es su modus operandi. El macroeconomista Carlo Maria Cipolla teorizó en un ensayo de 1988 titulado Allegro ma non troppo que “la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe”. Su razonamiento es el siguiente. “El resultado de la acción de un malvado”, dice, “supone simplemente una transferencia de riqueza”. Cuando un ladrón le roba la cartera a su víctima, el dinero se limita a cambiar de manos y la sociedad en su conjunto no pierde ni gana.

Pero el estúpido ocasiona pérdidas sin obtener beneficio alguno. El estúpido no roba el dinero. Lo pierde, lo entierra en un sitio que luego no recuerda, lo arroja en una estufa encendida inadvertidamente y, por tanto, toda la sociedad se empobrece.

Cipolla atribuía la caída de Roma a una sobreabundancia de idiotas durante el Bajo Imperio y estaba convencido de que Occidente correría la misma suerte.

Esta predicción apocalíptica no se ha cumplido, sin embargo. ¿Por qué?

Es posible que la naturaleza haya desarrollado sus propios antídotos contra la estupidez. La web darwinawards.com recopila noticias sobre quienes “mejoran nuestra carga genética quitándose de en medio”, y no son pocas: el líder de una secta cristiana que murió tras resbalar sobre una pastilla de jabón mientras intentaba caminar sobre las aguas como Jesús, el camionero danés que se estrelló cuando daba caza a un pokemon, el contrabandista ucraniano que pretendía pasar material radioactivo por la frontera húngara pegándoselo al cuerpo con cinta aislante…

La naturaleza es sabia y, cuando la estupidez alcanza determinadas cotas, se autorregula destruyendo a su huésped.

Esta selección natural nos ha podido librar hasta ahora de la acción corrosiva de la chapuza, pero a medida que aumenta la complejidad de nuestros sistemas, también lo hace el daño potencial que puede infligirnos. Un incompetente provisto de un martillo es una amenaza manejable, pero la cosa cambia cuando le das una sierra mecánica, y no digamos ya si lo que tiene que gestionar es un arsenal nuclear.

Los camiones militares, los carros de combate, incluso los aviones de caza son maquinarias de guerra rudimentarias comparadas con los misiles atómicos. No solo son complejos y caros de desarrollar, sino peligrosos de almacenar y de usar. La historia de la Guerra Fría está alfombrada de accidentes, denominados en la jerga militar “flechas rotas”, como el que tuvo lugar en Arkansas en 1980, cuando a un operario se le cayó un enchufe con tan mala fortuna que perforó el tanque de combustible de un Titán y lo hizo estallar dentro del silo.

Michael Auslin, un experto en Asia contemporánea del Instituto Hoover de la Universidad de Stanford, calcula que entre 1950 y 1980 se registraron 32 de estas “flechas rotas”. La mayoría eran accidentes de aviación que acabaron con varias ojivas nucleares diseminadas por distintos puntos del planeta, como la playa de Quitapellejos en Palomares, Almería.

De momento, Corea del Norte no dispone de escuadrones de bombarderos, que son los más proclives a los incidentes, y aunque su tecnología es embrionaria, resulta improbable que el incendio del carburante de un cohete, que es el eslabón más débil de la cadena de mantenimiento, provoque la detonación de la carga atómica.

Pero si una sociedad democrática y transparente como la estadounidense, donde se abre una investigación exhaustiva cada vez que algo no funciona como es debido, no ha logrado erradicar los fallos, ¿qué cabe esperar del paranoico régimen norcoreano, donde cualquier error se considera un sabotaje del oficial al cargo? ¿Quién va a ser el guapo que le confiese a Kim Jong-un que tiene un problema con una bomba?

Y más peliagudo aún que la preservación del arsenal es el asunto de su uso. Cualquier protocolo nuclear consiste en un delicado equilibrio. Por un lado, hay que habilitar filtros para impedir que un gobernante active el lanzamiento en un momento de calentón, pero, por otro, todo el proceso debe ser lo suficientemente ágil como para que las armas estén listas cuando se las necesita.

En Estados Unidos está todo muy detallado. El presidente viaja siempre con un maletín nuclear en el que lleva una relación de vectores y posibles blancos, un manual con diferentes alternativas en función de las circunstancias y el libro de códigos. ¿Existe algo parecido en Corea del Norte? No tenemos ni idea.

¿Y de quién es la última palabra? No parece muy propio de Kim Jong-un confiar a un subordinado la decisión de responder a un ataque, pero alguien le habrá explicado que, si solo una persona puede pulsar el botón rojo, bastará con acabar con ella para neutralizar toda la capacidad nuclear del país. Así que seguramente haya varios oficiales autorizados a responder en caso de ataque, pero ¿qué harán si deben tomar decisiones de forma autónoma? La velocidad a la que viaja un bombardero estratégico no deja mucho margen para las consultas. Puede ser cuestión de minutos o incluso segundos.

Es una situación que conocemos bien por la Guerra Fría. Yo no sé si han oído hablar del llamado incidente del equinoccio de otoño. En la madrugada del 26 de septiembre de 1983, la red soviética de alerta temprana informó de que cinco misiles se dirigían hacia ellos desde Estados Unidos. Las relaciones entre Washington y Moscú atravesaban entonces momentos de enorme tensión. Tres semanas antes, las fuerzas soviéticas habían derribado un avión de pasajeros, el vuelo 007 de Korean Air, sobre la isla de Sajalín, matando a las 269 personas que viajaban a bordo, entre ellas varios estadounidenses. El Kremlin esperaba represalias y, en caso de producirse, había dado instrucciones a sus comandantes de que respondieran con un contraataque masivo, de conformidad con lo previsto por la doctrina de destrucción mutua asegurada.

El teniente coronel Stanislav Petrov era el oficial que coordinaba aquel 26 de septiembre de 1983 la defensa aeroespacial de la URSS. Los satélites habían localizado el lanzamiento en Montana, de modo que Petrov disponía de 20 minutos antes de activar la réplica, pero le extrañó que la agresión involucrara apenas cinco misiles. “Nadie empieza una guerra atómica con cinco misiles”, pensó. Lo lógico sería un diluvio de cientos de ellos, para anular cualquier reacción. Además, la alerta de los satélites no fue confirmada por los radares, de modo que decidió esperar.

Debió de ser un cuarto de hora interminable, pero tenía razón. Posteriormente se comprobó que el falso positivo se debía a una rara alineación del sol y las nubes, que había generado unas señales térmicas similares a las producidas por los cohetes. Petrov no podía saberlo en aquel instante, pero dudó y eso libró al mundo de la hecatombe.

Aunque la URSS de los 80 seguía siendo un régimen comunista, confería cierta autonomía a sus comandantes. Pero el régimen de Pyongyang es estaliniano y no es difícil imaginar al equivalente norcoreano de Petrov temblando delante de sus pantallas mientras decide si prefiere morir rápidamente desintegrado por un misil americano o algo más lentamente desmembrado por el Querido Líder.

En resumidas cuentas, las posibilidades de que algo salga mal son innumerables y, después de repasarlas, Michael Auslin llega a la paradójica conclusión de que hay que echar una mano a Corea del Norte. ¿Cómo?

Primero, estableciendo una línea de comunicación directa, un teléfono rojo como el que existía entre Washington y Moscú, para deshacer posibles malentendidos.

Y segundo, enseñando a Pyongyang cómo mantener de forma segura unos misiles destinados a vitrificar Nueva York o Washington.

Puede parecer una chapuza de solución, pero es que el mundo es así.