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INTERREGNUM: Democracia y estrategia china. Fernando Delage

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha caracterizado la rivalidad entre Estados Unidos y China como una batalla entre democracia y autoritarismo. Aunque se trata, sin duda, de uno de los elementos que definen la confrontación entre ambas potencias, la realidad es sin embargo mucho más compleja. No sólo se parece poco esta competición ideológica a la que enfrentó a Washington y Moscú durante la guerra fría, sino que elevar la retórica de hostilidad a este terreno obstaculiza las posibilidades de cooperación frente a los grandes problemas globales, como el cambio climático o las pandemias. Lo que es más grave, complica la propia estrategia china de la Casa Blanca. La razón es que la erosión de la democracia y el ascenso de China no son dos asuntos que vayan siempre por vías paralelas.

La ambición de Biden de promover el fortalecimiento de las democracias no sólo es admirable, sino necesaria. Pero el mayor desafío a los regímenes liberales no proviene de China (o de Rusia), sino que tiene un origen interno: las amenazas a la separación de poderes, las violaciones del Estado de Derecho, los populismos identitarios y el abandono de la deliberación racional, así como la polarización política que alimentan los medios digitales. El reto, como el propio Biden ha señalado, consiste en corregir las fuerzas autocráticas demostrando la eficacia de las democracias a la hora de hacer frente a los problemas que han causado la creciente desconfianza popular en instituciones y partidos políticos tradicionales.

La injerencia externa y las estrategias de desinformación de actores internacionales es un peligro contra el que las democracias deben actuar de manera conjunta. Esa cooperación debe consistir, no obstante, en dar forma a instrumentos e iniciativas concretas que mitiguen esos riesgos, más que en un discurso genérico de denuncia de un fenómeno, el autoritarismo, que quizá no sea la clave fundamental de lo que está en juego. En el caso de China, la competición es ante todo geopolítica, económica y tecnológica, y no desaparecería si la República Popular se convirtiera en una democracia. El aumento de su poder y el nacionalismo son, en este caso, factores más decisivos que la naturaleza de su régimen político.

Al contrario que la Unión Soviética, China no pretende ni derrotar a Estados Unidos ni exportar su ideología por el planeta. No hay, tampoco, un choque de sistemas incompatibles entre sí; por el contrario, se trata de una competición entre diferentes modelos económicos en un mismo sistema capitalista global. El autoritarismo chino requiere por supuesto la debida vigilancia con respecto a su proyección exterior, pero sería un error pensar que el apoyo de Pekín a Estados iliberales refleja la intención de construir una coalición contra el mundo democrático. No son valores políticos, sino intereses estratégicos los que llevan a China a acercarse a Rusia y a otros actores.

Variables del mismo tipo son las que explican que Biden haya invitado a unos países y no a otros a la cumbre de la semana pasada. Aun siendo la defensa del liberalismo un objetivo irrenunciable, ¿es realmente la democracia la que guía su estrategia asiática? Si la prioridad es la estrategia hacia China, no parece importar entonces contar con una India cada vez menos pluralista, con un sistema de partido único como Vietnam, o con determinadas juntas militares. Otros, como Indonesia, Singapur, Corea del Sur incluso, mantienen sus reservas sobre una iniciativa que puede provocar nuevas divisiones.

En último término, en lo que representa un debate de más largo alcance, China obliga a Occidente a realizar un ejercicio de introspección. Por primera vez en generaciones, las democracias se encuentran frente a rivales ideológicos, pero también capitalistas, que pueden demostrar eficacia de gestión, armonía social y visión estratégica a largo plazo. Para prevalecer sobre ellos, la democracia liberal debe renovarse. La cuestión es cómo hacerlo cuando en las sociedades occidentales prima la fragmentación y la defensa de las causas de las minorías sobre los intereses comunes y compartidos. Los países asiáticos en su conjunto—los democráticos y los que no—han sabido articular mejor la relación entre individuo y comunidad, una cuestión quizá más relevante que el tipo de sistema político para asegurar a largo plazo la estabilidad, la prosperidad, y también la libertad. Como escribe Jean-Marie Guéhenno en su último libro (Le premier XXIe siècle, Flammarion, 2021), para que haya una democracia primero tiene que haber una sociedad.

 

INTERREGNUM: Después de la cumbre Xi-Biden. Fernando Delage

La cumbre virtual mantenida por los presidentes de Estados Unidos y la República Popular China, Joe Biden y Xi Jinping, respectivamente, el 15 de noviembre puso de manifiesto la intención de ambas partes de cambiar el tono de la relación bilateral. Como señaló tras la reunión el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, una “competición intensa” requiere una “diplomacia intensa”. El deseo de ambos presidentes de evitar una nueva guerra fría y prevenir un conflicto debería conducir, en efecto, al establecimiento de unas reglas que estructuren la interacción entre ambas grandes potencias.

Este encuentro ha supuesto un importante paso en dicha dirección, y corrige en buena medida el áspero intercambio mantenido por los representantes diplomáticos de los dos países en su reunión de marzo en Alaska. La declaración conjunta de Washington y Pekín sobre cambio climático acordada poco antes de concluir la COP26 en Glasgow es otra indicación del reconocimiento de las posibilidades de cooperación con respecto a sus intereses compartidos. Es innegable, sin embargo, que ni China va a dar marcha atrás en sus ambiciones, ni Estados Unidos está dispuesto a perder terreno. Las respectivas necesidades políticas internas de Biden y Xi tampoco aparecen especialmente sincronizadas.

Sólo dos días después de que ambos líderes mantuvieran su primera conversación cara a cara, la Comisión encargada por el Congreso de Estados Unidos de realizar un seguimiento de las relaciones con China publicó su informe anual. Entre otros asuntos, el texto, de más de 500 páginas, coincide con las estimaciones del Pentágono de hace unas semanas sobre el rápido crecimiento del arsenal nuclear chino, y el temor de que Pekín haya decidido abandonar su posición minimalista en este terreno. El documento identifica por otra parte la creciente presencia china en América Latina como un nuevo punto de fricción, y subraya en particular la construcción de una estación de seguimiento especial en Argentina bajo la supervisión del Ejército de Liberación Popular, el apoyo al régimen de Maduro en Venezuela, y el uso de la vacuna contra el covid para persuadir a algunos Estados a que abandonen su reconocimiento diplomático de Taiwán.

La intimidación de Taipei también irá a más, indica el estudio, cuyas conclusiones apuntan a que el gobierno chino “mantendrá con toda probabilidad su enfoque combativo”, y “cada vez está menos interesado en el compromiso, e inclinado a asumir acciones agresivas que conducirán a la inestabilidad”. Por lo que se refiere a Taiwán, fue el propio Xi quien advirtió a Biden del riesgo de “jugar con fuego”. Como es sabido, en el Congreso norteamericano se extiende la idea de que Washington debería abandonar la tradicional política de “ambigüedad estratégica” con respecto a la isla, para ofrecer una garantía de seguridad clara y explícita.

Ninguno de los dos líderes puede permitirse una percepción de debilidad. Xi, para evitar mayores obstáculos de cara al XX Congreso del Partido Comunista, en el otoño del próximo año, cuando será ratificado para un tercer mandato. Biden, porque en un contexto de notable caída de su popularidad, afronta elecciones parciales al Congreso en 2022, y unas presidenciales en 2024, bajo la sombra de Trump. Medios republicanos no han dejado de acusar a Biden de “rendición” por el mero hecho de reunirse con el presidente chino. El escenario político norteamericano obliga por tanto a la Casa Blanca a una posición de firmeza frente a Pekín, a la que China—por razones similares—no podrá dejar de responder. Mantener una diplomacia productiva en estas circunstancias va a ser un desafío constante, pero si en los próximos dos años no se alcanza algún tipo de modus vivendi entre ambos gigantes, esa posibilidad puede desaparecer por completo en el caso de una victoria republicana.

 

INTERREGNUM: Xi en el Panteón. Fernando Delage

El Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino celebrado la semana pasada, el último previsto antes del XX Congreso (octubre de 2022), elevó a Xi Jinping a una posición sólo mantenida con anterioridad por Mao Tse-tung y Deng Xiaoping. Al mismo tiempo, aprobó una resolución sobre la historia del Partido en la que se definió al pensamiento de Xi como “marxismo del siglo XXI” y “esencia de la cultura y el espíritu chinos”.

Como han subrayado los medios, esta resolución se suma a las adoptadas en 1945 y 1981, en lo que supone la definición oficial de una tercera etapa en la evolución del Partido y de la República Popular. La primera de ellas confirmó a Mao como líder de la organización frente a sus rivales, cuatro años antes de su victoria sobre las tropas nacionalistas. La de 1981 pretendió dejar atrás los excesos ideológicos del maoísmo mediante una confusa disculpa por el trauma de la Revolución Cultural. La nueva resolución sirve igualmente a un fin político, en el año en que se conmemora el centenario de la fundación del Partido.

Esta vez no hay ningún tipo de autocrítica (el “nihilismo histórico” ya fue prohibido por el Comité Central en 2013), sino un insistente elogio compartido a Xi, Mao y Deng Xiaoping como responsables de “la extraordinaria transformación derivada de la unificación y la prosperidad que han permitido hacer fuerte” a China. Si Mao fue el fundador de la República Popular y Deng el artífice del crecimiento, en la “nueva era” de Xi China se ha convertido en una nación moderna con influencia global.

La última sesión plenaria del Comité Central previa a un Congreso sirve para que los dirigentes del Partido limen sus diferencias y den forma a un consenso que permita evitar las sorpresas. Pese a la aparente fortaleza que transmite al exterior la figura de Xi, tampoco han faltado esta vez indicios de luchas y maniobras internas. Para algunos observadores resulta significativo en este sentido que Xi no haya realizado ningún viaje al extranjero durante los dos últimos años. Otros analistas hacen hincapié en el hecho de que la resolución mencionara de manera explícita aunque concisa (al parecer no lo hacía un borrador anterior) a los antecesores de Xi, Jiang Zemin y Hu Jintao. La causa podría ser que cuadros vinculados a ambos exdirigentes ocupan aún puestos de relevancia en la estructura del Partido, y no ven con buenos ojos la excesiva acumulación de poder por parte del actual presidente.

Nadie duda, sin embargo, de que, al contrario que Jiang y Hu, que dejaron el poder tras dos mandatos sucesivos, Xi será nombrado para un tercer período en 2022 e, incluso, para un cuarto en 2027. Llegaría así al XXII Congreso en 2032, con 20 años en el poder a sus espaldas. Sus cálculos parecen coincidir con sus objetivos marcados para 2035—año en que cumplirá 82 años, la edad a la que murió Mao—para hacer de China un país de clases medias.

La próxima década estará marcada, no obstante, por diversos problemas. La modernización económica no podrá avanzar eternamente sin cambios políticos, pues la sociedad china terminará exigiendo algún tipo de participación en la vida pública y de control del poder. Las divergencias internas en el Partido pueden anticiparse, incluso, a las exigencias populares. Y si las actitudes de la opinión pública y de las elites pueden cambiar, uno de sus principales motivos será probablemente el cambio del entorno económico y el curso de la rivalidad con Estados Unidos.

Como no podía ser de otro modo, el ritmo de crecimiento de la economía china se está frenando. Pese a los esfuerzos de Xi por corregir los desequilibrios sociales (bajo el lema de “prosperidad común”) y reducir la dependencia del exterior (conforme a la estrategia de “circulación dual”), los desafíos que plantean la situación del medio ambiente y, sobre todo, el rápido envejecimiento de la población, pueden torcer las expectativas de Xi. Es lógico, por tanto, que haya llegado a un acuerdo con Washington en la cumbre de Glasgow sobre cambio climático, como lo es también que quiera reducir la hostilidad con Estados Unidos a partir de su primer encuentro (virtual) con Biden esta misma semana. Adquirir un estatus similar al de Mao y Deng no garantiza a Xi la capacidad de gestionar fuerzas estructurales que escapan al control de cualquier líder político.

Xi y Biden se miden

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, está decidido a mantener posturas duras contra China a la vez que quiere dar la sensación de que, a diferencia de Donald Trump, tiene abierta la vía del diálogo para intentar llegar a acuerdos que desactiven el riesgo de un conflicto mayor y de incalculables consecuencias.

De ahí, el reciente encuentro virtual con el presidente Xi en el que ambos han presentado su propio memorial de agravios sin que, por el momento, se vislumbre acuerdo alguno más allá de las palabras que hablan de la voluntad de evitar el temido gran enfrentamiento. Desde la Casa Blanca se ha sostenido que “sabemos que, como líder global responsable, es importante para Estados Unidos mantener abiertos los canales de comunicación”, y añadieron que “el presidente también dejará claro que queremos construir salvaguardas comunes para evitar errores de cálculo o malentendidos”, agregando que no se esperan grandes resultados de la cumbre.

Por parte estadounidense, la agenda contiene, como condiciones para seguir con el diálogo, la defensa de Taiwán y la voluntad de mantener abierto el estrecho que separa a la isla de la China continental, la exigencias de que China respete la leyes de la libertad de comercio y que cesen las violaciones de derechos humanos en China, específicamente las que afectan a los musulmanes uigures y a los tibetanos. Por parte China, ya antes de la reunión señalaron que conseguirían la integración de Taiwán. “en la patria china, cueste lo que  cueste”. Y respecto a las otras cuestiones, Pekín sitúa en Estados Unidos las prácticas ilícitas contra la economía china y acusa a Occidente de mentir sobre la violación de derechos humanos.

Pekín afirma que “China y Estados Unidos deben respetarse mutuamente, coexistir en paz, cooperar, gestionar de manera apropiada los asuntos internos y asumir sus responsabilidades internacionales” .

Así están las cosas mientras China aumenta la presión militar sobre Taiwán sobrevolando una y otra vez su espacio aéreo y haciendo visible a sus fuerzas navales en las cercanías y Estados Unidos refuerza sus propias fuerzas navales en la región en coordinación con Australia y Reino Unido.

Según informa el corresponsal del diario ABC en China, Pablo Díez, “a pesar de sus numerosas diferencias, Xi Jinping ha recordado que las dos economías más importantes el mundo y miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, China y EE.UU., necesitan fortalecer la comunicación y la cooperación, abordar bien sus respectivos asuntos domésticos y asumir sus responsabilidades internacionales, trabajando juntos para promover la noble causa de la paz y el desarrollo de la humanidad». A tenor de una transcripción de sus declaraciones iniciales difundida por el Ministerio de Exteriores de China, se ha mostrado preparado para trabajar con Biden «con el fin de construir el consenso y dar pasos decididos para que las relaciones bilaterales avancen en una dirección positiva”.

 

 

Xi el nuevo Mao. Nieves C. Pérez Rodríguez

El lunes 8 de noviembre comenzó en Beijing la sexta sesión del Pleno del Comité Central del Partido Comunista chino presidido por Xi Jinping en su calidad de secretario general del partido.

Este encuentro, que tiene lugar cada cinco años, reúne a los delegados y figuras políticas más destacadas de China. En esta ocasión, la reunión que se celebra como siempre a puertas cerradas congrega a cerca de 400 miembros del Comité Central y como en cada oportunidad se esperan con ansias los anuncios que saldrán de allí, que estaremos conociendo a finales de la esta semana.

El mes pasado, previo a este importante encuentro, se reunía el Comité Central del PC chino y allí decidieron cuándo sería la sesión plenaria, y que ésta tendría una duración de cuatro días.  En el comunicado oficial hecho público en octubre se afirmaba que “La nación china avanza hacia la modernización en todos los frenes y el socialismo ha abierto un camino exitoso en el país más poblado del mundo”, y se anticipaba que se analizarán los últimos cien años de historia del partido en el pleno. Aunque pocos datos fueron revelados sobre lo que se discutiría o aprobaría.

El comunicado también subrayaba que “a través de la lucha tenaz, el PC y el pueblo chino le han demostrado al mundo que la nación china ha logrado la tremenda transformación de levantarse, crecer y prosperar”  y que “el rejuvenecimiento nacional de China se ha convertido en una inevitable realidad”.

Los plenos del partido se hacen para hacer revisión de la gestión política de los últimos cinco años y también para plantear la visión del futuro de los años siguientes. El PC lo usa como propaganda para resaltar méritos, aunque también se ha aprovechado para corregir errores como sucedió en los años ochenta cuando emitieron la segunda resolución.

A lo largo de los cien años de existencia del PC chino se han aprobado dos resoluciones; la primera fue en 1945 que consolidó a Mao Zedong como líder indiscutible frente a sus rivales y además se incorporó la ideología del marxismo leninismo en el devenir político chino.

Xulio Ríos en su más reciente libro: La metamorfosis del comunismo chino afirma que “la insistencia de Mao en partir de la realidad y en no copiar mecánicamente experiencias extranjeras se convirtió en un mantra recurrente”. El buscar “la verdad de los hechos”, el combate del sectarismo, la crítica del “estilo cliché” en el Partido, pasaron a formar parte del vademécum ideológico de PC chino, asentando un método de análisis y estudio de los problemas, con examen crítico y autocrítico, de las circunstancias y su naturaleza, que pervive hasta hoy día, considerándose un recurso de vital importancia para fraguar consensos y tomar decisiones”.

La segunda resolución tuvo lugar en 1981 en la que se reconocían los errores de Mao y se daba comienzo a una nueva era de reforma y apertura de la mano de Deng Xiaoping. Admitiendo los errores de la era de Mao, Deng daba comienzo a la transformación e intentaba dejar atrás el pasado.

En ambos casos las resoluciones consolidaron a los líderes de su momento en el poder, por lo que se espera que de esta sexta plenaria que se está llevando a cabo emita una tercera resolución que ratifique a Xi y dé claves de cuál será el camino político que seguirá China en los siguientes años.

Xi ostenta tres cargos: es secretario del partido, Jefe de Estado y Presidente de la Comisión Militar Central, por lo que se espera que se proclame de manera oficial la entrada de China a una nueva era, la era de Xi Jinping aunque haya estado en el poder desde 2013.

Xi sabe bien cómo lograr sus objetivos. Un buen ejemplo fue lo que hizo en 2017 cuando cambió el tiempo establecido de reelección del líder supremo, derogando el límite de dos mandatos de cinco años cada uno, y adjudicándose así mismo el poder por tiempo indefinido.

“El pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas para una nueva era” ahora se estudiará en los colegios y será la guía de comportamiento de cualquier chino que quiera ser considerado buen ciudadano. Es lo más parecido al liderazgo de Mao pero en pleno siglo XXI.

De acuerdo a la agencia oficial Xinhua durante el pleno “Xi presentaría un informe con los principales logros y la experiencia histórica de los cien años de vida del partido”, por lo que es muy probable que salga con su liderazgo más fortalecido y como una imagen que representa el líder del futuro de la nación.

Sin embargo, no podemos olvidar que China tiene grandes retos por delante que seguro están siendo discutidos en esta plenaria, como es la edad de retiro que actualmente es 60 años para los hombres y ya se había hablado de hacer un aumento de esa edad gradualmente. Con una población cada día más mayor, Beijing tiene que tomar decisiones rápidamente para poder seguir manteniendo el sistema de pensiones  que tiene, que valga acotar afecta al gran grueso de la población.

Con un triángulo poblacional invirtiéndose, el problema es más complejo, pues obviamente menos ciudadanos cotizan, pero también mayor escasez de mano de obra. Y si a eso, además, se le suman lo altos precios de las viviendas, casi inaccesibles, junto con la dificultad de encontrar parejas por la carencia de mujeres debido a la política de un solo hijo y discriminación de sexo que estuvo en pie por décadas, el panorama social es realmente complejo.

Xi ha conseguido incluir su filosofía en los estatutos del partido, lo que lo catapulta como líder y lo ubica al nivel de Mao. Y China ha conseguido un crecimiento realmente espectacular incomparable con otra nación, pero los problemas internos que tienen son complejos y de difícil solución. Y la historia ha demostrado que la concentración del poder en torno a un solo líder funciona en China porque es algo a lo que culturalmente está acostumbrados, pero eso no atenúa la gravedad de la situación que además se ha visto más agravada por la pandemia.

 

 

 

Nacionalismo chino hasta en el cine. Nieves C. Pérez Rodríguez

El primero de octubre se estrenaba en los cines en China la película La Batalla del Lago Changjin.  Su lanzamiento coincidía con el aniversario número cien del Partido Comunista chino y en plena celebración del día nacional en China. Una agenda doméstica milimétricamente planificada por el partido mientras a las afueras de la península enviaban más de 150 aviones militares a sobrevolar el espacio aéreo de Taiwán, todo como parte del mensaje nacionalista que se ha instituido en los últimos 72 años.

 La batalla del Lago Changjin, cuya duración es de 3 horas, contó con un presupuesto de 200 millones de dólares y fue producida por Polybona Film también llamado Bona film group, que es la empresa cinematográfica china más grande del país asiático. Según Patrick Brzeski, reportero de la industria del entretenimiento, esta película es la más cara producida en China hasta ahora y está en “en sintonía con el tono abiertamente nacionalista que ha caracterizado a gran parte de las producciones más taquilleras de China”.

La batalla del Lago de Changjin se centra en la guerra de Corea, específicamente entre el 27 de noviembre y el 13 de diciembre de 1950, sólo 17 días de la historia de esa época convulsa en la península coreana. En la producción se glorifican los sacrificios y el heroísmo de los soldados chinos contra las fuerzas estadounidenses durante la Guerra de Corea, que, valga acotar, en China se denomina “la guerra para resistir la agresión de los Estados Unidos y ayudar a Corea”.

Esta épica batalla marcaba justo el primer mes de participación de China en la Guerra de Corea, pues fue en octubre de 1950 cuando Mao Zedong, presionado por Stalin, ordenó a los soldados del entonces “Ejército de Voluntarios del Pueblo Chino” que apoyaran a los norcoreanos a pelear en contra de los Estados Unidos y los surcoreanos.

La película ha contado con tal éxito que lleva recaudado más de 60 millones de dólares según el Hollywood Reporter y todo apunta que será la más exitosa del 2021. Curiosamente se ha tergiversado ese episodio de la historia, pues ciertamente Mao envió tropas a cruzar la frontera para apoyar a su aliado norcoreano, pues se estima que enviaron más de 300.000 mil soldados, pero también se calcula que las bajas fueron tantas que ese episodio fue definido como una vergüenza histórica y hasta esta película no se ha hablaba apenas de la batalla.

Los soldados chinos en esa época no contaban con la indumentaria apropiada, a pesar de las bajísimas temperaturas de finales del mes de noviembre y las características propias del lugar de la batalla, pues el Lago de Changjin esta en la frontera entre China y Corea del Norte y se encuentra a una altitud de más de 2100 metros, lo que provoca que en invierno  se congele.

El contenido nacionalista de la película y la visión que presenta sobre la partición de los chinos en este corto pero doloroso episodio de la guerra es congruente con la agenda de Xi Jinping. Encaja con el deseo expresado en varias ocasiones por el mismo Xi sobre “el rejuvenecimiento nacional, que se ha convertido en una inevitable situación histórica” que busca definir el sueño chino, cuya fuente de inspiración es el famoso y buscado “sueño americano” de prosperidad.

El año pasado, coincidiendo con el setenta aniversario de la Guerra de Corea Xi, citaba a Mao en el gran salón del pueblo: …”Que el mundo sepa que el pueblo chino ahora está organizado y no se debe jugar con él”. Mientras, hacia una llamada a acelerar la modernización de las fuerzas armadas y la defensa del país aseverando que sin un ejército fuerte, no se puede tener una patria fuerte.

Tanto en los años cincuenta como hoy la lucha sigue siendo entre las ideologías, capitalismo versus comunismo. La situación actual cada día se asemeja más a la de la Guerra Fría, pero ahora protagonizada por China y Estados Unidos. Beijing no pierde ocasión para usar la propaganda y reforzar el mensaje nacionalista en su gente y, en efecto, esta película es prueba de ello, tomar una batalla que fue autodefinida como un fracaso y ahora se publicita como un éxito.

 

INTERREGNUM: Xi calienta motores. Fernando Delage

El presidente chino, Xi Jinping, lleva meses volcado en preparar el XX Congreso del Partido Comunista, un cónclave que confirmará en el otoño de 2022 su tercer mandato (que probablemente tampoco será el último) al frente del país. Es esta convocatoria la que explica las acciones del gobierno dirigidas a controlar el poder de las grandes empresas tecnológicas, del sector de entretenimiento e, incluso, el ocio de los jóvenes, en un ejemplo de intervencionismo político no visto desde que Deng Xiaoping pusiera en marcha la política de reforma y apertura en 1978. No pocos observadores se preguntan si China está entrando en una nueva era política, mediante una serie de prácticas que recuerdan ciertas etapas del pasado maoísta.

Todo comenzó hace un año con la cancelación de una emisión pública de acciones por parte de Ant Group, propietario de Alibaba, y siguió con la persecución de Tencent—otro de los gigantes digitales—y de Didi Chuxing, el principal operador de transporte urbano. La indicación de que dichas acciones respondían a una motivación común se produjo el 17 de agosto, cuando tras una reunión de la comisión de asuntos económicos y financieros del partido, se declaró que resultaba necesario “regular los ingresos excesivos” del sector privado a fin de asegurar “la prosperidad común de todos”.

La persecución de las compañías privadas es una forma de responder a la preocupación social por la desigualdad, y a la acumulación de protestas en distintas ciudades por el riesgo de quiebra de empresas inmobiliarias, como Evergrande, en la que decenas de miles de ciudadanos han invertido sus ahorros. Los expertos temen una espiral de manifestaciones, también impulsadas por el cierre de fábricas extranjeras de firmas como Samsung o Toshiba, que están reduciendo su exposición en el mercado chino. Aunque en junio el gobierno declaró el fin de la pobreza absoluta en China, no hay evidencias de que se esté corrigiendo la creciente desigualdad en los ingresos; una cuestión que no debe empañar, sin embargo, el XX Congreso ni los tiempos con que juega Xi. La campaña que ha emprendido es una señal de sus prioridades hasta 2027, fecha en la que—con 73 años—puede querer aspirar a un cuarto mandato.

Cada vez resulta más evidente, con todo, que Xi afronta una oposición a sus planes en el seno del propio Partido:  aun sin manifestarse públicamente, hay altos dirigentes preocupados por los efectos que pueda tener para la economía el obligar a las grandes empresas a compartir sus beneficios. Se ha sabido, por otra parte, que durante los últimos meses se ha producido una oleada de destituciones en las fuerzas de seguridad, en la fiscalía y en los tribunales, de funcionarios acusados de deslealtad a la organización.

De ahí la especial relevancia del principal encuentro previo al XX Congreso: el Pleno del Comité Central que se celebrará en noviembre. Las ambiciones de Xi exigen que esta sesión plenaria transmita un mensaje de clara unidad. En esta etapa no sólo no puede haber disensiones internas, sino que tiene que hacerse ver que todo está bajo control y que el Partido está cumpliendo sus promesas, pese a los sobresaltos provocados por la pandemia.

Xi también aspira a reforzar su legitimidad mediante el documento que aprobará el Comité Central sobre los logros del Partido a lo largo de los 100 años transcurridos desde su fundación en 1921. Dando continuidad a los textos adoptados por Mao en 1945 y por Deng en 1981 con similar objetivo, el del próximo Pleno destacará el “pensamiento de Xi Jinping sobre el socialismo con características chinas en la nueva era”. Si todo transcurre conforme a lo previsto, el Partido que desde los años ochenta había intentado evitar el regreso a un régimen personalista como el de Mao, encumbrará a Xi en una posición no muy diferente.

Centenario del Partido Comunista Chino

El Partido Comunista Chino se creó en la clandestinidad en Shanghái en 1921 de la mano de trece fundadores entre los que se encontraba Mao Zedong, aunque en poco tiempo se multiplicaron por 50 de acuerdo a Xi Jinping en el discurso que dio en la conmemoración del centenario del partido el pasado 1 de julio.

En sus orígenes fueron perseguidos, por lo que huyeron a zonas rurales para poder crecer e incorporar a sus filas a los pobladores y campesinos sin el seguimiento de las autoridades. En sus primeros años, para la afiliación era indispensable ser profundamente creyente de la teoría marxista, pero eso ha cambiado más recientemente por lo que se permite el acceso a estudiantes destacados, profesionales competentes o aquel que pueda aportar algo al partido y/o al Estado.

Su estructura sigue siendo piramidal como en sus orígenes. En la cúspide de la pirámide se encuentran los 7 miembros más exclusivos del club, los políticos que toman todas las decisiones sobre el destino de la nación, este órgano es el comité permanente. Lo encabeza Xi Jinping quien es el secretario general del Comité Central del PC chino, jefe de las fuerzas armadas y además es el actual presidente de la República Popular China desde 2013 y en su afán de continuar con el legado de Mao ha conseguido que su ideología sobre “el socialismo con características chinas o el socialismo para una nueva era” como también lo ha definido en algún discurso, sea la columna del vertebral que dirige al país desde 2013.

El segundo nivel en la pirámide lo constituye el politburó del comité central, aquí hay 25 miembros. Seguido por el Comité Central que concentra unos 350 miembros que son elegidos por la base de la pirámide, los delegados del congreso del partido que son unos 2.200 delegados en total. Estos números varían de acuerdo al momento.

A día de hoy el PC chino cuenta con 91 millones de miembros, lo que se traduce en que 1 de cada 15 ciudadanos chinos es miembro activo del partido. Aunque parezca escandalosa la cifra, responde a la necesidad que tiene el partido de mantener control y lealtad de la población en la militancia política e ideológica desde que se hicieron con el poder en 1949. Desde entonces se han convertido en una fusión de partido y Estado que controla todos los aspectos de la vida de sus ciudadanos.

Por esa misma necesidad de presunción el centenario del PC chino tenía que ser celebrado a lo grande, sin escatimar en pompa y atractivo. A nivel doméstico el partido tenía que exhibir todo lo que han conseguido a lo largo de estos años, demostrar que son una nación próspera desde que está en manos del PC chino y que sus promesas iniciales han ido cumpliéndose, esa es parte de la propaganda que imperiosamente tienen que alimentar para mantener a la población moderadamente contenta.

A nivel internacional este era el momento de mostrar la gran nación que han llegado a ser. El lugar de la celebración también tiene un gran simbolismo, la plaza de Tiananmen, la perfección de las líneas de las imágenes, la alineación de las 100 banderas rojas que representaban cada año de vida del partido, la imponente alfombra roja que atravesaba la plaza, los 70 mil invitados milimétricamente ubicados y, por supuesto, la salida de las altas autoridades chinas, en cuyo centro del grupo se encontraba Xi Jinping saliendo por el mismo sitio por el que salió Mao cuando proclamó la república en 1949.

Llegó también el momento de exhibir los helicópteros de última generación que sobrevolaron la plaza con pancartas de celebración y luego en formación en el cielo dejaron leer el gran número que se estaba celebrando el número 100. Y los aviones de caza formaron a su vez el 7 del mes de julio y el 1 del día de la conmemoración.

El gran discurso de Xi, vestido con un traje tipo Mao pero de corte más sofisticado que dejó ver que el es un líder de nueva generación, que él es el nuevo Mao de la China que hoy es la segunda economía del mundo, pero que sigue oprimiendo y controlando a sus etnias minoritarias por profesar una fe diferente a la comunista.

El discurso enfatizó que “la gran lucha que se habían fijado para el primer centenario fue conseguida, una sociedad modestamente acomodada en el extenso territorio chino y con la pobreza absoluta e históricamente resuelta”. Como era de esperar, se rindió homenaje a sus seis predecesores haciendo especial énfasis en Mao como los grandes héroes de la historia, sin pararse a considerar que durante su era tuvo lugar la mayor hambruna que ha conocido la humanidad y que se calcula que mató entre 15 a 55 millones de chinos.

Así mismo afirmó Xi que se debe continuar trabajando en el liderazgo integral del Partido con sólida conciencia de los intereses fundamentales del Estado. Además, dijo “debemos adherirnos al marxismo-leninismo, el pensamiento de Mao Zedong, la teoría de Deng Xiaoping. Integrar persistentemente los fundamentos del marxismo con la realidad concreta de China”.

En cuento a Taiwán dijo que la materialización de la reunificación completa de la patria constituye una tarea histórica inalterable del PC chino y un anhelo compartido por todos los hijos de la nación china. “hay que persistir en el principio de una sola China y en impulsar la reunificación pacífica de la patria”.

Mandó un mensaje al mundo: “China será defendida por una muralla de acero de 1.400 millones de personas”. En cuanto al poderío militar dijo que un país fuerte debe tener fuerzas militares fuertes que garanticen la seguridad nacional”. Mientras insistía en que la necesidad de seguir creciendo es imperiosa.

Ciertamente China ha salido de un hueco profundo en un tiempo récord y eso hay que reconocerlo. Pero también hay que reconocer el precio que ha pagado su población para poder conseguirlo. Es posible sí, pero sacrificando la libertad social, imponiendo formas de vida, erradicando las prácticas religiosas porque las consideran el opio del pueblo, acabando con culturas y usos que choquen con el comunista, imponiendo políticas como la de un solo hijo a las familias y más recientemente usando la tecnología de última generación para vigilar y controlar el comportamiento ciudadano, a través de millones de cámaras y de dispositivos digitales. De esa forma China podrá tener 50 años más de comunismo sin oposición social…

INTERRENGUM: ¿Xi pliega velas? Fernando Delage

El pasado 31 de mayo, el Politburó del Partido Comunista Chino, integrado por su máximos 25 dirigentes, celebró una inusual sesión de estudio sobre cómo reforzar “la capacidad de comunicación internacional” del país. En dicho encuentro, el secretario general, Xi Jinping, pidió a los cuadros de la organización un esfuerzo dirigido a “construir una imagen creíble, adorable y respetable de China”. “Debemos prestar atención a cómo emplear el tono correcto, ser abiertos, confiados y humildes”, añadió Xi, según la información proporcionada por Xinhua, la agencia oficial de noticias.

Sus palabras han provocado un considerable revuelo entre los observadores, dada la especial agresividad que ha caracterizado los mensajes de Pekín hacia otras naciones durante los últimos años (la conocida como “diplomacia del lobo guerrero”, en alusión a una popular película china). ¿Va el gobierno chino entonces a suavizar su aproximación hacia el exterior? Aunque las interpretaciones se inclinan hacia el escepticismo, habría que analizar las posibles motivaciones de este cambio de discurso.

Algunos expertos consideran que se trata de un mero ajuste en la estrategia de comunicación. Los excesos en la propaganda practicada hasta la fecha justificarían el final de su recorrido ante la proliferación de críticas en las redes sociales que subrayan las contradicciones entre la retórica oficial y los hechos concretos. No sería éste por tanto el camino para extender una imagen positiva de China en el mundo. Otras fuentes hacen hincapié en el tipo de medidas—advertencias, sanciones, prohibición de visados, etc—a través de las cuales Pekín ha reaccionado contra aquellos países que—en su opinión—han actuado en contra de sus “intereses fundamentales”. El resultado ha sido una situación de enfrentamiento que ha resultado contraproducente para sus objetivos. Su esperado acuerdo sobre inversiones con la Unión Europea, por ejemplo, ha sido rechazado por el Parlamento Europeo. El drástico empeoramiento de sus relaciones con Australia e India, entre otros, afecta igualmente a su imagen internacional, justamente cuando Estados Unidos cuenta con un presidente volcado en recuperar las relaciones con sus socios y aliados tras la perjudicial etapa de su antecesor.

La represión de los uigures en Xinjiang, la supresión de la autonomía de Hong Kong, la creciente presión sobre Taiwán, o la gestión de la pandemia no han multiplicado ciertamente los amigos de China. Un sondeo del Pew Research Center realizado el pasado mes de octubre en 14 países, reflejaba una visión mayoritariamente negativa de China, incluyendo en 9 de ellos las cifras más altas en décadas. Mientras, continúan los llamamientos a boicotear la participación de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022 en Pekín, y a investigar el origen del Covid-19.

Resulta lógico pues que China intente moderar su actitud ante el rápido deterioro de su percepción internacional. Si el mundo no acepta su ascenso, Pekín no contará con el margen de maniobra que espera conseguir hacia mediados de siglo. Y ésta puede ser en último término la clave más relevante del anunciado giro diplomático. Más que por un problema de comunicación, los dirigentes chinos se han dejado llevar por un excesivo celo nacionalista que les hizo abandonar el anterior enfoque pragmático que les permitía, paso a paso, ir consolidando una nueva posición de influencia. Si se convierten en rehenes de una retórica beligerante, seguirán una deriva que les alejará de sus grandes planes estratégicos.

¿Es cierto que China erradicó la pobreza? Nieves C. Pérez Rodríguez

No todo lo que brilla es oro, así como no todo lo que se dice siempre es literalmente cierto. El año pasado, Xi Jinping anunciaba el fin de la pobreza en China como la proeza del Partido comunista chino. Y, aunque es verdad que China ha crecido espectacularmente y que ha disminuido su pobreza, no es cierto que la haya podido erradicar del todo.

El gobierno chino considera de pobreza extrema a las familias que viven con un ingreso inferior a los 2,30 dólares diarios y afirma haber sacado a 800 millones de personas de esa situación con un plan de reformas económicas lanzado en 1970. Tan sólo entre 2012 al 2020 China invirtió 246 mil millones de dólares en la lucha contra la pobreza en distintos planes, de acuerdo con cifras oficiales.

Para ello, el gobierno chino movilizó unos 10 millones de ciudadanos de zonas remotas a ciudades improvisadas que fueron planificadas con la visión de ubicarlas cerca de fábricas manufactureras que a su vez pudieran emplear a gran parte de esa población.

NPR, la radio pública en los Estados Unidos, hizo un reportaje sobre la veracidad de la erradicación de la pobreza china y Emily Feng, su corresponsal en Beijing, visitó el distrito de Bijie en la provincia de Guizhou, una de las que fueran las zonas más pobres en el país, donde el Partido Comunista chino fabricó una ciudad que levantó de la nada entre montañas.

Unos 32.000 residentes de áreas rurales y remotas de esta provincia, que básicamente sobrevivían del auto sustento, fueron movilizados a Qinxingguan en 2018. La comunidad de Qinxingguan fue diseñada para parecer “un paraíso socialista”, filas de docenas de bloques de edificios idénticos en los que se pueden leer slogans de agradecimiento al PC chino por dar alojamiento gratuito a personas de aldeas remotas situadas en el medio de las montañas, de acuerdo a palabras de Feng.

Algunos de los residentes entrevistados muestran su descontento con el plan que describen: “oficiales del gobierno prometieron darnos un subsidio mensual de 45 dólares, servicios gratis (luz, agua), viviendas gratis y acceso a trabajos que vendrían de fábricas de ropa que se instalarían en los aledaños de la comunidad con el propósito de crear fuentes de empleo. Pero que esos empleos nunca llegaron. Además, explican que ahora se encuentran en una especie de limbo en el que están atrapado sin trabajo, y aunque quisieran regresar a sus aldeas, éstas ya no existen y donde están ahora todo cuesta dinero obtenerlo, comparando con la vida sostenible que tenían antes.

La transformación de la montañosa Guizhou era una gran prioridad para el PC chino puesto que era la provincia consistentemente más pobre por ingreso per cápita y,  según el reportaje, se han intentado distintos programas de desarrollo económico de la provincia sin mucho éxito, como construcción de granjas, producción de licor de arroz hasta el aumento de los salarios de los residentes de esa provincia.

Feng explica que una gran cantidad de ciudadanos chinos han sido beneficiarios de un enorme proyecto de ingeniería social diseñado para atacar la pobreza rural de larga duración. Desde el 2015, explica, los gobiernos locales han construido más de un millón de kilómetros de carreteras que conectan comunidades que antes estaban totalmente aisladas para convertirlos en centros económicos prósperos.

El gobierno chino expandió su sistema de bienestar para dar pagos directos en efectivo a los jubilados rurales y aquellos que vivían por debajo del umbral de la pobreza con el propósito de impulsar el ingreso medio del país y por tanto maquillar una realidad.

Es realmente extraordinario el salto que ha dado China en tan pocas décadas: conseguir levantar el país más poblado del planeta y convertirse en la segunda economía del mundo y con ello sacar de la pobreza extrema a casi toda su población es sin lugar a duda una asombrosa hazaña. Pero el cómo se ha hecho no suele conllevar tanto escrutinio, el costo emocional de forzar a los ciudadanos a cambiar el estilo de vida que han conocido como sucedió a los habitantes de Qinxingguan no es ni tan siquiera cuestionado por el PC chino, puesto que ese es el medio de conseguir su objetivo.

China tendrá el segundo PIB más grande del planeta, pero sus ciudadanos no poseen libertad ni para decidir si prefieren vivir en su pequeña aldea o mudarse a los centros urbanos creados para tal fin. La meritocracia está intrínsicamente relacionada con la fidelidad que cada ciudadano muestre hacia el partido y su líder supremo. El libre albedrio en China no es individual como tenemos el gran lujo los ciudadanos de países occidentales de disfrutar, sino que es absolutamente ideológico y lo dicta el partido de acuerdo a sus intereses circunstanciales.