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INTERREGNUM: Tras las elecciones en Taiwán. Fernando Delage

En 1996, ante las primeras elecciones presidenciales directas en Taiwán, las presiones belicistas de China condujeron al resultado que Pekín pretendía evitar: la victoria de Lee Teng-hui, candidato del Kuomintang, quien se convirtió en el primer líder de Taiwán nacido en la isla. Casi 25 años más tarde, la historia se repitió: la presión de la República Popular se ha traducido en la reelección el 11 de enero—por una rotunda mayoría—de Tsai Ing-wen, del proindependentista Partido Democrático Progresista, pese a los sostenidos esfuerzos por debilitarla desde 2016. La derrota es esta vez mayor para Pekín, pues no se ha limitado a lanzar advertencias de carácter militar. Los incentivos económicos y las campañas de desinformación en las que se ha volcado tampoco han servido para que los taiwaneses se sitúen a su favor.

Los acontecimientos en Hong Kong han sido otro factor decisivo durante la campaña electoral, al poner de relieve lo que significa la fórmula “un país, dos sistemas” propuesta por Pekín. Con todo, la verdadera cuestión de fondo es que tres décadas de democratización han alejado cada vez más a Taipei de la República Popular. Los jóvenes taiwaneses no han conocido otro sistema, y no están dispuestos a renunciar a sus libertades. Las elecciones del sábado pasado, convertidas en un referéndum sobre la identidad política de la isla, confirmaron de este modo la insuperable división entre ambos lados del estrecho.

El problema es que, sin Taiwán, el proyecto nacionalista del Partido Comunista Chino permanece incompleto. Y para el actual secretario general, Xi Jinping, prevenir la independencia—en otras palabras, mantener el statu quo—no es suficiente. Hace ahora un año, Xi advirtió que la separación “no puede mantenerse generación tras generación”. El presidente chino ha exigido pasos concretos hacia la reunificación, vinculando de este modo su propia legitimidad como gobernante a la consecución de avances en dicha dirección. Puesto que la reelección de Tsai confirma tanto lo inviable de una reunificación pacífica como el fracaso de la estrategia seguida hasta ahora por Pekín, las opciones se complican sobremanera para Xi.

Las decisiones de Pekín crearán en cualquier caso un dilema a Washington, que no dudó en apoyar la candidatura de Tsai, haciendo de la política interna taiwanesa otro elemento de tensión en las relaciones China-Estados Unidos.  Una intervención militar de Pekín no parece plausible por sus consecuencias, pero sí cabe prever que las autoridades chinas redoblen la presión, recurriendo a todo tipo de instrumentos contra el gobierno de Tsai. Lo que significa que la Casa Blanca se verá obligada a responder de manera más directa a las acciones chinas si se quiere mantener el statu quo. Taiwán se convertirá así en una prueba de la capacidad norteamericana de desarrollar los recursos económicos, diplomáticos y políticos necesarios para contrarrestar la creciente influencia china en la región del Indo-Pacífico. En un contexto de enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la evolución del problema de Taiwán será una clave decisiva.

Carrie Lam confirmada, de momento

La visita a Pekín en medio de la crisis en Hong Kong de la dirigente local Carrie Lam y su ratificación por parte del presidente chino revelan la seguridad y la estrategia de gestión del gobierno chino: mano dura sin ser brutal, confianza en que la situación no es contaminante para el resto de China, aislar el conflicto de la solidaridad internacional y esperar.

China juega las bazas que tiene a pesar de sus vulnerabilidades. El apetitoso mercado chino controlado por una Administración que concede la entrada al mismo según sus intereses inmediatos u otras razones menos confesables.

A la vez, la confirmación de Carrie Lam, que en todo caso puede ser como la de los entrenadores de fútbol que son destituidos semanas después de ser confirmados, tiene un punto de desafío a la sociedad hongkonesa, que ha expresado su rechazo y que viene exigiendo elegir a sus autoridades por un sistema de sufrago universal y no por un mecanismo colegial en el que el gobierno chino tiene la última palabra.

Este puede ser un nuevo punto de tensión a medio plazo ante cualquier error o desliz del gobierno local. Hong Kong sigue con sus movilizaciones y China deja pasar el tiempo atenta a la evaluación de la situación, mientras dirime sus grandes problemas en conversaciones con Estados Unidos para encauzar la disputa comercial y seguir colocando piezas estratégicas en el panorama internacional.

INTERREGNUM: Hong Kong, seis meses después. Fernando Delage

Seis meses después del comienzo de las protestas en Hong Kong, la administración norteamericana ha optado por involucrarse de manera directa. Pese a las dudas iniciales sobre si Trump daría el paso adelante—la tregua en la guerra comercial parecía prioritaria—, el presidente firmó la semana pasada la ley que ha aprobado el Congreso en apoyo a la democracia y los derechos humanos en el territorio. De conformidad con la misma, Estados Unidos puede revocar el estatus de su relación especial con Hong Kong—hasta ahora exento de los aranceles y sanciones económicas impuestas a la República Popular—si las autoridades chinas no respetan el ordenamiento jurídico y el sistema de libertades civiles de esta provincia semiautónoma.

La decisión de Trump complica aún más la ya tensa relación entre las dos mayores economías del planeta. El presidente Xi Jinping, que pese al tiempo transcurrido no ha logrado poner fin a los disturbios, tendrá también que responder a la iniciativa legislativa norteamericana, adoptada sólo días después de las elecciones locales en Hong Kong, celebradas el pasado 24 de noviembre. Los votantes se pronunciaron de forma masiva en contra de los candidatos pro-Pekín, confirmando que—pese la creciente violencia y desorden en las calles—las protestas cuentan con un notable apoyo popular. Los resultados no deben sorprender, en efecto, cuando los habitantes de la ciudad ven sus libertades en peligro ante la retórica neo-maoísta y la política de mano dura de las autoridades chinas.

El presidente Xi se encuentra así ante el más grave desafío a su gobierno desde su llegada al poder en 2012, y no solo por sus efectos sobre Hong Kong. Las implicaciones de la movilización popular para Taiwán, cuya reunificación con el continente es una urgente prioridad para Xi, inquietan de manera especial a los dirigentes chinos. La crisis de Hong Kong se ha traducido en un considerable aumento de popularidad de la presidenta proindependentista de la isla, Tsai Ing-wen, quien—si, como se espera, logra un segundo mandato en las elecciones de enero—abrirá otro delicado frente para Pekín.

La democratización de Taiwán en los años noventa ha conducido a la formación de una identidad cultural y política propia—separada de la “china”—, de la misma manera que sus valores políticos y Estado de Derecho también hacen que los hongkoneses perciban su sociedad como diferente de la del continente. El desarrollo de una identidad democrática en Taiwán y en Hong Kong constituye una doble amenaza para el Partido Comunista Chino. Por un lado, desafía el concepto de una única nación y cultura china mantenido por Pekín. Por otro, erosiona esa combinación de confucianismo, maoísmo y nacionalismo que justifica su monopolio del poder. Taiwán y Hong Kong ofrecen un modelo alternativo chino de modernidad.

También representan, en consecuencia, una presión añadida sobre el futuro de Tibet y Xinjiang, provincias cuya identidad cultural y religiosa está sujeta a la represión de los dirigentes de Pekín. Setenta años después de su fundación, la República Popular no ha terminado de construir por tanto la China a la que aspira. Lo que es más grave, los problemas en la periferia podrían algún día extenderse al centro. Una identidad construida sobre el discurso del rejuvenecimiento nacional y la recuperación de los territorios perdidos (el “Sueño Chino” de Xi), está llamada a chocar con otras basadas en valores políticos y culturales distintos. ¿Le bastará al Partido Comunista con el uso o amenaza del uso de la fuerza como medio principal para asegurar su legitimidad?

Demolición de la identidad de los uigures. Nieves C. Pérez Rodríguez

Xinjiang es la región autónoma china con mayor extensión territorial de la nación asiática, ubicada al extremo oeste del país, y cuyos límites tocan a India, Paquistán, Afganistán, Tayikistán, Kirguistán, Kazajistán, Rusia y Mongolia.

Una región compleja debido a su dimensión y topografía. Xinjiang es el hogar de los uigures, una minoría musulmana que tiene origen turco pero que ha habitado esta región durante siglos. “Es una civilización totalmente diferente a la china”, apunta Bahram Sintash, un arquitecto experto en arte y diseño, que se ha dedicado a estudiar el estilo arquitectónico de las mezquitas y lugares sagrados de los uigures en Xinjiang.

4Asia conversó con este arquitecto sobre la desaparición de estos santuarios y cómo, desde la distancia, ha podido determinar lo que según sus propias palabras lo que está ocurriendo es un plan cuyo objetivo es “la demolición de la fe de los uigures”.

Sintash es uigur y su padre, Kurban Mamut -68 años- es un prominente escritor y ex director del popular diario “la Civilización de Xinjiang”, quien fue detenido en febrero de 2018 y enviado a un campo de reeducación en Urumqi. Desde entonces no se ha tenido ninguna información sobre él. Así mismo, apunta, fueron detenidos otros uigures intelectuales, como el ex director del departamento de supervisión de educación de Xinjiang, ex presidente de la Universidad de Xinjiang.

Sintash se había trasladado a los Estados Unidos previo a la detención y nos cuenta que ahora no puede regresar a su lugar de origen porque estaría en peligro inminente. Por lo que se ha dedicado desde el exilio a estudiar la desaparición de los santuarios de los uigures. Afirma que hasta el momento ha descubierto que han desaparecido 140 mezquitas, algunas completamente, otras parcialmente o al menos sus cúpulas o partes más notorias han sido quitadas del edificio.

 Para su estudio ha usado Google Maps Earth, con cuya herramienta ha podido verificar las demoliciones y cambios dramáticos de estos lugares, que incluyen también los cementerios de esta minoría.

Sintash afirma que a día de hoy el 80% de las mezquitas han sido afectadas de una manera u otra desde el 2017. Lo que en número serían entre 10.000 a 15.000 mezquitas de Xinjiang. “Los musulmanes creen que las mezquitas son el hogar de Dios y donde los musulmanes sienten la misericordia de Dios y se sienten cerca de él. Las mezquitas son donde las personas pueden ir a estar y sentirte parte de la comunidad musulmana. Sin mezquitas no se puede transmitir la religión a las siguientes generaciones. Sin mezquitas los musulmanes se quedan sin hogar religioso en su propia tierra natal”.

En 1982 la Constitución china fue modificada en parte, sostiene Sintash, para clarificar los derechos fundamentales y reflejar la determinación de Deng Xiaoping de poner una base para la estabilidad y modernización doméstica china. Lo que resultó en el reflorecimiento de la cultura de los uigures, puesto que se pudieron publicar libros históricos, novelas, diarios, se hicieron películas, programas de TV, la música y el arte también vieron su crecimiento, y en cuanto a la educación, los colegios desde preescolar hasta las universidades enseñaban en la lengua de los uigures.

“Está claro que lo que está haciendo ahora Beijing es un genocidio cultural y religioso que comenzó en 1996 cuando lanzaron la campaña atacar fuerte y condenaron las actividades religiosas como ilegales. Desde entonces, la presencia de la policía en Xinjiang es constante. Después de los atentados del 11 de septiembre el uso del término terrorismo ha sido exponencialmente usado para justificar el patrullaje casi permanente. En 2017 fue oficialmente prohibido el uso de la lengua de los uigures en las aulas. Las restricciones religiosas del gobierno ahora son tan estrictas que efectivamente ha prohibido la práctica del Islam”

Sintash afirma que no puede comunicarse con su familia desde febrero de 2018, porque la policía de Xuar ha establecido que es un crimen mantener contacto con personas fuera de China. Lo único que sabe es que su madre está enferma y que su hermana es quien la cuida. Insiste en que vive en agonía sin saber que le han hecho a su padre, pues dentro de los campos de concentración de Xianjiang se atenta contra los derechos humanos básicos.

La doctrina comunista la instauró Mao Zendong hace 70 años, en un esfuerzo por apostar por las políticas marxistas, pero siguiendo una receta china propia, que fue orientada a la clase campesina con miras en industrializar el país. Para ello Mao creo granjas colectivas que prohibían la agricultura y la propiedad privada, lo que acabó matando de hambre entre 20 a 40 millones de individuos, entre persecuciones políticas y larga lista de horrores.

Tras su muerte, las reformas introducidas por Deng Xiaoping transformaron la economía, comenzó su liberación, permitió la propiedad privada y descentralizó el poder, por la que en regiones como Xinjiang los uigures pudieron ver el florecimiento de su cultura.

Xi Jinping por su parte, parece estar disfrutando los beneficios de las reformas de Deng, pero restringiendo todo tipo de libertades para evitar perder control de la nación. Acabar con las minorías es una forma rápida de evitar cualquier sublevación que se base en esas diferencias. Erradicar cualquier forma distinta de pensamiento consagra a Xi como el Mao del siglo XXI.

Es responsabilidad directa de Xi la tragedia de los uigures en Xinjiang que de continuar se convertirán en una minoría extinta en la región.

China-Estados Unidos: tregua y a esperar

Fiel a la estrategia repetida de Donald Trump, tras la virulencia verbal y anuncios de aranceles acompañados de negociaciones discretas “a cara de perro” se ha producido un acercamiento entre Estados Unidos y China que implica una tregua de momento y una fase de exploración de un acuerdo más amplio.

Según la agencia Bloomberg, este acuerdo hará que China acepte volver a adquirir algunos productos agrícolas estadounidenses, mientras Estados Unidos detenga la imposición de aranceles a algunos productos de origen chino.

Este primer acuerdo buscaría sentar las bases para un acuerdo más amplio al que se llegaría a finales de año, cuando los presidentes Donald Trump y Xi Jinping se reúnan nuevamente a negociar su relación comercial.

Según el entorno de Trump, EEUU suspenderá la aplicación nuevos aranceles que tenía programados para aplicar a algunos productos chinos y lo mismo sucede con los aranceles que entrarían en vigor el 15 de diciembre.

Sin embargo, señalan los expertos, quedan pendientes temas más complicados como las acusaciones de Estados Unidos a China por robo de propiedad intelectual, transferencias forzadas de tecnología y quejas sobre los subsidios industriales chinos.

Y estos son, precisamente, asuntos esenciales. El neoproteccionismo de Trump es una respuesta simplista e ineficaz a largo plazo, además de peligrosa, pero sigue siendo verdad que China no compite limpiamente sino subvencionando a sus empresas, no respetando patentes y en el marco de una legislación laboral que pone todos los poderes en manos de la Administración y los empresarios que en China acaban siendo lo mismo con demasiada frecuencia.

INTERREGNUM: Xi en Chennai. Fernando Delage

Casi año y medio después de su primera “cumbre informal” en la ciudad china de Wuhan, el presidente de la República Popular, Xi Jinping, y el primer ministro indio, Narendra Modi, mantuvieron la semana pasada su segundo encuentro de estas características en Mamallapuram, cerca de Chennai. Aunque ambos líderes coincidieron en junio en la reunión anual de la Organización de Cooperación de Shanghai,  se ven de nuevo a solas después de que Modi renovara en las elecciones de mayo su mayoría absoluta y de que, el 5 de agosto, suspendiera la autonomía de la provincia de Jammu y Cachemira; una decisión que ha enfurecido a ese “cuasi-aliado” chino llamado Pakistán, y que provocó la convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU por Pekín para discutir a puerta cerrada sobre el asunto.

El primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó no casualmente Pekín 48 horas antes de que Xi viajara a India. Aunque China ha mostrado su insatisfacción con el cambio de estatus administrativo de Cachemira, Modi transmitió a su invitado su preocupación por el terrorismo transfronterizo que alimenta Islamabad y sus efectos sobre la seguridad regional, en Afganistán en particular. Las interminables negociaciones sobre la frontera chino-india—cuestión no resuelta desde la guerra de 1962—también formaron parte de las conversaciones, aunque no consta que se produjera avance alguno.

Para China, India es un gigantesco mercado que ha cobrado una renovada relevancia en el contexto de la rivalidad comercial y tecnológica con Estados Unidos. Para Xi es vital, en este sentido, que Delhi no prohíba contratar a Huawei para la puesta en marcha de las redes de telefonía de quinta generación. El presidente chino, además de mostrar la mejor disposición para corregir el desequilibrio comercial bilateral (el déficit indio asciende a 57.000 millones de dólares), evitó las diferencias territoriales para reconducir el diálogo hacia aquellos asuntos en los que existe una genuina cooperación entre los dos vecinos, como el cambio climático o la reforma del sistema multilateral a fin de que se reconozca un mayor espacio a las economías emergentes en el Banco Mundial y en el FMI.

Pese a la oposición de Delhi a la iniciativa de la Ruta de la Seda china, los dos países comparten, por otra parte, un mismo interés en el desarrollo de infraestructuras y la promoción de la interconectividad. Así lo reflejó el apoyo indio en su día a la creación del Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras, o el esfuerzo conjunto de ambos gobiernos en el establecimiento del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS. India rechaza un proyecto que, en su opinión, es poco transparente y que—al atravesar Cachemira—pone en duda su soberanía sobre la provincia. No obstante, está abierta a otras alternativas, como por ejemplo el corredor BCIM (Bangladesh-China-India-Myanmar), en discusión desde hace más de una década.

Los impulsos nacionalistas de la administración Trump plantean por lo demás numerosos interrogantes sobre el futuro del orden multilateral, al que no pueden permanecer ajenos estos dos gigantes. El interés de cada uno de ellos en la sostenibilidad de su crecimiento económico y en la estabilidad de Asia propicia la formulación de un nuevo equilibrio entre cooperación y competencia, que también puede ofrecer nuevas oportunidades a la Unión Europea. Cuando va a cumplirse un año de la adopción por Bruselas de su estrategia hacia India, la cumbre de Chennai confirma la necesidad expresada por dicho documento de considerar a Delhi como un socio no sólo económico sino también geopolítico, con el que conviene estrechar las relaciones y completar así el camino ya recorrido con la otra gran democracia asiática, Japón.

Foto: Subbiah Rathianagiri, Flickr.

INTERREGNUM: Cumpleaños en Pekín. Fernando Delage

El 1 de octubre la República Popular China cumple 70 años. “China se ha puesto de pie”, dijo Mao asomado a la plaza de Tiananmen en 1949, después de quince años de guerra y de décadas de anarquía territorial. El paréntesis abierto por la caída de la última dinastía imperial en 1911 lo cerraron así un Partido comunista y un líder, Mao Tse-tung, que aseguraron la unificación nacional. Pero el imperativo de la reconstrucción interna y el contexto de la Guerra Fría se tradujeron en el aislamiento internacional del nuevo Estado. Incluso la relación de Mao con Stalin, en teoría su gran aliado, no pudo ser más gélida.

Las sucesivas campañas revolucionarias de Mao durante las décadas siguientes situaron al país ante el riesgo de una nueva fragmentación. Hubo que esperar a la muerte del Gran Timonel en 1976 para que otro líder, Deng Xiaoping, restaurara la estabilidad mediante una estrategia de desarrollo económico apoyada en la apertura al mundo exterior. Cuarenta años después, los resultados son bien conocidos: lejos de estar aislada, es la economía mundial la que ha pasado a depender en no pequeña medida de China. No es casual por tanto que, coincidiendo con el aniversario, Pekín hiciera público el viernes pasado un Libro Blanco titulado “China y el mundo en la nueva era”.

Mao no reconocería el contenido de este texto, elaborado por el Partido del que fue uno de los fundadores, como tampoco podría creerse el estatus global adquirido por la República Popular. La paradoja, con todo, es esa contradicción no resuelta entre el mundo abierto y basado en reglas liberales que ha permitido el crecimiento chino, y la rigidez política interna. Es la naturaleza del régimen lo que también explica no pocas de las dificultades que acompañan la celebración.

En su cumpleaños, la República Popular se encuentra cerca de superar los 74 años que duró la Unión Soviética, el más prolongado sistema autoritario hasta la fecha. El secretario general del Partido Comunista, Xi Jinping, en el poder desde finales de 2012, tiene sobrados motivos para presumir de sus éxitos. Sin embargo, tiene que gestionar una agenda cada vez más compleja, incluyendo asuntos no previstos como la guerra comercial y tecnológica con Estados Unidos o las revueltas en Hong Kong, y el impacto de estas últimas sobre la aún pendiente reunificación de Taiwán. Si otra larga lista de problemas—como las consecuencias del envejecimiento de la población, la sostenibilidad del crecimiento, el medio ambiente o la corrupción—puede haber llevado a una recentralización del poder como instrumento para su resolución, el personalismo del liderazgo de Xi, quien ha suprimido los mecanismos diseñados en su día por Deng para evitar la irrupción de un nuevo Mao, está creando otros nuevos.

Un Partido Comunista defensor de la globalización y de un libre mercado mundial, ha conducido a China a una prosperidad sin precedente que le ha permitido recuperar su posición histórica como principal potencia asiática. Sin que su legitimidad esté en discusión, las circunstancias vuelven a poner encima de la mesa la siempre aplazada reforma política. Los dirigentes chinos que sucedieron a Mao entendieron que las reformas económicas resultaban indispensables para la estabilidad social. Aunque hoy resulta inimaginable, ¿optarán por la modernización política antes de celebrar el centenario de la República en 2049? (Foto: Karen Horton)

Australia y Estados Unidos consolidan su alianza. Nieves C. Pérez Rodríguez

La visita del primer ministro australiano, Scott Morrison, a Washington ha sido una de las más ceremoniosas y cuidadas que ha organizado la Administración Trump, incluidos todos los honores protocolarios, la revista de tropas y la cena oficial que tuvo lugar en los jardines de la Casa Blanca, acompañada por músicos que llenaron múltiples lugares del famoso oasis y una iluminación especialmente diseñada para la ocasión que marcaba diferencia a otras galas de este tipo.

Esta es la segunda visita de Estado en la que Trump y la primera dama fueron los anfitriones. La anterior fue la visita del presidente francés Macron y su mujer. Y en esta ocasión se notó más opulencia que en la anterior. Además del ostentoso recibimiento en la capital del país, la visita incluyó un viaje a Ohio para visitar una cartonera sostenible de origen australiano que es la quinta más grande en los Estados Unidos y que acaba de hacer una inyección económica millonaria que se traduce en 5.000 nuevos empleos en ese Estado.

En los discursos de ambos líderes se remarcó la importancia que tiene generar empleos y cómo ellos contribuyen a que la economía se mantenga a flote. Así mismo fue visible ver las coincidencias en ambos líderes en una visión similar de mercado, donde se genera trabajo y se bajan impuestos para garantizar el bienestar del ciudadano.

Tanto Trump como Morrison son líderes un tanto controvertidos en sus formas, lo que les permite entenderse y estar cómodos el uno con el otro. Ambos, situados en ideologías conservadoras, aprovecharon el momento para elogiarse por su visión en políticas económicas.

Morrison asumió el cargo de Primer Ministro en 2018, aunque cuenta con experiencia política previa. Hijo de un policía que creció en las afueras de Sydney, es visto como un hombre de familia que entiende los valores tradicionales de los suburbios australianos.

La anterior visita de un primer ministro australiano a Washington fue en 2006, durante el mandato de George W. Bush, por lo que esta vez se aprovechó para afianzar alianzas y cercanías entre Washington y Sydney.

En esta ocasión los temas claves que se abordaron fueron asuntos de inteligencia, militares y asuntos económicos con especial énfasis en la región del Indo Pacífico.

Australia está invirtiendo más de 100 millones de dólares en un programa de la NASA que consiste en otro lanzamiento al espacio en el programa estadounidense a Marte. Australia quiere ampliar su sector espacial, triplicar su tamaño y, tal y como afirmó Morrison, generar 20.000 empleos adicionales para el 2030. La NASA y la Agencia australiana espacial trabajaran en conjunto para el desarrollo de estos programas de investigación y ejecución.

Cabe mencionar que la agencia espacial Australia fue fundada en julio del 2018, después de muchos años de intentos por los defensores de la industria en Australia y presión para que así fuera. Cuenta con un irrisorio presupuesto anual de 9.8 millones de dólares. Y este anuncio hecho en el marco de la visita de Morrison deja claro la prioridad que ocupa este sector en su gobierno y lo afín que están con los estadounidenses en esta materia, que es considerada crítica en la seguridad nacional y la hegemonía mundial.

El fin de semana lo cerró Trump en un evento cultural que tuvo lugar en Texas en el que participó junto con su homólogo indio Narendra Modi, y que contó con 50.000 participantes, lo que es un número extraordinariamente numeroso para una concentración de un líder extranjero en territorio estadounidense. El simple hecho de que Trump asistiera y compartiera escenario con Modi en un lugar mayoritariamente demócrata, es una muestra de la importancia que tienen el Indo Pacífico para su Administración.

Trump es un presidente atípico, tanto es así que después de tres años seguimos insistiendo en sus formas burdas y muy poco diplomáticas, en sus controvertidos comentarios e incluso en su poca información y cultura en temas claves para los Estados Unidos, pero, a pesar de todo esto, parece no estar tan equivocado en su guerra comercial con China como mecanismo de freno a tantas irregularidades. Así como tampoco parece equivocarse en consolidar la alianza Washington con Sydney que oportunamente puede jugar un rol en el Pacífico y en la necesidad de poner freno a Beijing en la región, y con consecuencias en el resto del mundo.

INTERREGNUM: Señales desde Pekín. Fernando Delage

La designación de China por Estados Unidos como “manipulador de su divisa”, el pasado 5 de agosto, supone la ampliación de la guerra comercial a la escena monetaria o, si se prefiere, a una abierta guerra económica entre ambos países. La beligerante reacción de la administración Trump a la depreciación del yuan por Pekín, una medida que neutraliza en cierta medida los aranceles impuestos por Washington, revela su alarma al descubrir que China cuenta con un margen de maniobra mayor del previsto. Pero sorprende que siga sin entenderse que para la República Popular es una cuestión política de primer orden: no puede ceder ante lo que interpreta como la intención norteamericana de frenar su crecimiento económico y su ascenso como potencia.

La nueva escalada comenzó cuando Trump—contra el consejo de la mayor parte de sus asesores—anunció días antes la imposición de nuevas tarifas a las importaciones chinas por valor de 300.000 millones de dólares a partir del 1 de septiembre. En su reciente encuentro con sus interlocutores chinos en Shanghai, Los negociadores norteamericanos no obtuvieron de los primeros el acuerdo—exigido por Trump—de incrementar de manera inmediata la importación de productos agrícolas de Estados Unidos. La decisión del banco central chino de depreciar el yuan—considerada como lógica por todos los expertos dado el impacto de las sanciones de la Casa Blanca—, precipitó la acusación de manipulación de su divisa, una medida que tiene no obstante escasos efectos prácticos más allá de iniciarse consultas al respecto en el marco del FMI.

El impacto de las tensiones bilaterales sobre las bolsas de medio planeta—una situación que en nada beneficia a un Trump que comienza la campaña para su reelección—, muestra que Pekín conoce mejor que nadie su vulnerabilidad. Al contrario de lo que parece creer, el presidente norteamericano en absoluto tiene la situación bajo su control. El riesgo es que esta espiral conduzca a una dinámica autodestructiva y se extienda a otros terrenos, en los que también China ha lanzado varias señales en las últimas semanas.

Una de ellas ha sido la primera incursión aérea conjunta de China y Rusia en el noreste asiático. El 23 de julio, aviones de ambos países patrullaron sobre el mar de Japón y el mar de China Oriental, entrando en la Zona de Identificación de Defensa Áerea de Corea del Sur. Si a Washington le preocupa el acercamiento entre Pekín y Moscú, esta operación marca un nuevo hito en la relación estratégica entre ambos. Realizada la víspera de la llegada a Seúl del asesor de seguridad nacional del presidente, John Bolton, y semanas después de que el Pentágono hiciera pública su estrategia hacia el Indo-Pacífico, la iniciativa va dirigida a debilitar las alianzas de Estados Unidos con Corea del Sur y con Japón, y representa una respuesta al despliegue por Washington de un sistema de defensa antimisiles en la región tras su abandono del INF.

En relación con este último asunto, a finales de julio China también realizó por primera vez una prueba de sus misiles anti-barco en las aguas del mar de China Meridional. Los ensayos, coincidentes con la publicación por Pekín de su último Libro Blanco de Defensa, abren un nuevo capítulo en la competencia militar entre Washington y Pekín en la periferia marítima china. El uso de este tipo de misiles, que pueden destruir buques de grandes dimensiones (portaaviones incluidos), lanza un poderoso mensaje político y militar a Estados Unidos sobre las crecientes limitaciones de sus capacidades en el espacio que los estrategas navales chinos denominan “la primera cadena de islas”.

Las opciones norteamericanas, tanto en el frente económico como en el de seguridad, se complican en consecuencia. China tampoco está libre de problemas: además de muchas otras dificultades, Hong Kong se ha convertido en un desafío difícil de gestionar. La celebración, el 1 de octubre, del 70 aniversario de la fundación de la República Popular marca los tiempos al presidente Xi. Una nueva guerra fría aparece cada vez más como inevitable.

Una declaración de principios. Miguel Ors Villarejo

En esta web he sido muy crítico con Donald Trump y muy encomiástico con las hazañas económicas de China, y algún lector poco avisado ha podido malinterpretarme y concluir que considero que Estados Unidos es un asco y Xi Jinping mola. Nada más lejos de mi ánimo. Es justo al revés: Xi Jinping es un asco y Estados Unidos mola. La razón por la que hablo mal de Estados Unidos es porque su clima político ha empeorado en los últimos años. La razón por la que hablo bien de China es porque ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas. Pero esta evolución reciente no debe ocultar que, pese al deterioro de su vida pública, Estados Unidos sigue siendo una democracia consolidada, mientras que China no ha dejado de ser una satrapía abyecta a pesar de su progreso material.

El motivo por el que me he decidido a compartir esta declaración de principios es el enfrentamiento dialéctico que, durante la jornada que organizó 4Asia el pasado 10 de junio, mantuve con algunos asistentes. Uno de ellos argumentó que “la democracia no consiste solo en votar” y cuando le espeté tras un animado forcejeo: “¿Me está usted diciendo que Estados Unidos no es una democracia?”, respondió escuetamente: “Sí”. A esas alturas, la tensión en la sala había subido varios grados y otra persona intervino con ánimo conciliatorio. “Yo creo”, vino a decir, “que cada cual tiene sus defectos. China carece de libertades, pero en Estados Unidos hay mucha desigualdad”.

Pido disculpas por lo sucinto de este resumen, que no hace honor a la riqueza de matices que se manejaron y que mis antagonistas hallarán inevitablemente sesgado, pero cumple y sintetiza bien la caricatura que alguna izquierda suele hacer de Estados Unidos: una dictadura encubierta en la que unos pocos se enriquecen a costa de la mayoría.

Empezando por la desigualdad, hay muchos modos de medir cómo se reparten los ingresos en una sociedad. El más utilizado es el coeficiente de Gini. Oscila entre 0 y 1, siendo 0 la igualdad perfecta (todos los individuos reciben la misma porción del pastel) y 1 la máxima desigualdad (un individuo se queda con todo). De acuerdo con los cálculos de la OCDE, Estados Unidos se halla en la zona alta (o sea, la mala), con un índice de 0,4 en 2013. Únicamente Turquía, México y Chile arrojan un dato peor. Pero, ojo, porque ese mismo informe estima que el Gini de China es de 0,42. Al régimen de Xi se le puede elogiar por muchos motivos, pero no por su igualitarismo.

En cuanto a la política, mi antagonista tenía razón al señalar que la democracia no consiste solo en votar. En muchas dictaduras se vota. Durante el franquismo nos hartamos de designar procuradores y acudir a plebiscitos, pero eran puro teatro. Nunca estuvo en juego la soberanía real y, al final, como decía Karl Popper, de lo que se trata es de “organizar las instituciones de modo que los gobernantes malos o incapaces no puedan ocasionar demasiado daño”. La ventaja fundamental de una democracia es que permite revocar a los mandatarios incompetentes mediante la convocatoria regular de elecciones. Y para que el resultado de estas sea legítimo y representativo de la voluntad popular, se habilitan una serie de derechos y libertades: ideológica y religiosa, de asociación y expresión, a la educación y a la sindicación, etcétera.

Con el paso de los años, los politólogos han objetivado estos requisitos e incluso elaboran rankings que ordenan las democracias en función de su calidad. Los dos más conocidos son los de The Economist Intelligence Unit (EIU) y The Freedom House (FH). Uno y otro censuran a Estados Unidos en sus ediciones más recientes. “Si Trump es incapaz de revertir la tendencia a la polarización, la democracia estadounidense corre el riesgo de sufrir un deterioro aún mayor”, alerta la primera. Y la segunda remacha: “Ningún presidente ha mostrado menos respeto por los principios y las reglas”. Son duras acusaciones, que explican que EIU haya degradado a Estados Unidos, que ya no es una “democracia plena”, sino “defectuosa”. Así y todo, obtiene una calificación de 7,96 sobre 10. Notable. FH, por su parte, le da un 8,6. Notable alto.

¿Y China? Saca la misma nota en las dos: 1,4 sobre 10. Muy deficiente. Los motivos son obvios. Por monstruoso que Trump nos pueda parecer, su Administración responde de sus actos ante otros poderes. Recientemente se le ha acusado de detener a la directora financiera de Huawei para forzar la mano a Pekín en su disputa comercial, y no voy a discutir que una cosa no tenga que ver con la otra, pero Meng Wanzhou espera tranquilamente su extradición en Canadá, un procedimiento tan garantista que podría llevar años. Entre tanto, ¿sabemos algo del presidente de la Interpol, que Pekín arrestó en octubre por “violar la ley”? Human Rights Watch ha denunciado su desaparición, así como el internamiento de un millón de musulmanes en campos de reeducación. En China se tortura, se detiene arbitrariamente y se acosa a los disidentes. Hace un año se secuestró la película Llámame por tu nombre porque relata un amor homosexual y promueve, en opinión de las autoridades, la desviación. Cualquier insinuación crítica contra el Gobierno se castiga con la cárcel, igual que el intento de montar un sindicato.

Algunos consideran, con Jean Paul Sartre, que esta represión es el precio que hay que pagar por el verdadero progreso. No está claro a qué se refería el filósofo con esa expresión, aunque debe de ser algo grandioso para justificar el sacrificio de generaciones enteras. Tampoco Marx dio muchos detalles del paraíso comunista que nos aguarda al final de la historia. Por si acaso, los izquierdistas europeos dejan que China explore el terreno, mientras ellos se resignan a vivir en estas democracias de pacotilla que tenemos en Occidente.