rabanos

Los apuros de la lira turca o la crisis asiática revisitada. Miguel Ors Villarejo

Ninguna crisis es igual que las anteriores, aunque todas tienen un aire de familia. Lo primero permite que nos riamos de lo tontos que eran los holandeses del siglo XVII, que pagaban cifras disparatadas por bulbos de tulipán, mientras nosotros compramos sellos a Fórum Filatélico o preferentes a Caja Madrid. Lo segundo hace que nunca falte alguien que, en medio de la euforia, comente rascándose la cabeza: “¿A qué me suena esto?”

Lo ideal es que ese alguien fuera el presidente o el ministro de Hacienda, pero generalmente es el líder de la oposición, que se pasa la vida anunciando desastres que rara vez se consuman, como los testigos de Jehová, y al que nadie hace nunca mucho caso. Todo el mundo sabe que forma parte del juego democrático decir que las mismas cosas que iban de cine cuando tú mandabas se vuelven un asco en cuanto te descabalgan del poder, y viceversa.

Estos incentivos explican por qué los políticos son tan poco fiables a la hora de realizar pronósticos. ¿Y los economistas? ¿No disponen de modelos, sondeos e índices que anticipan los cambios de ciclo? Sin duda, pero se expresan en términos estadísticos y a los humanos los números no nos dicen demasiado. Si preguntamos a un experto: “¿Viene otra recesión?” y nos dice que “las probabilidades son del 35%”, nos quedamos fríos. Ahora, si nos cuenta que la precarización de amplias capas de la sociedad afectará tarde o temprano a la demanda, nos inquietamos. Nos cuesta asimilar datos, pero los relatos nos llegan al corazón. Entendemos la realidad gracias a historias, llámense mito, religión, ideología o teoría científica. El problema es que, una vez instaladas en nuestra cabeza, se hacen con el control del puente levadizo y ya no dejan pasar más hechos que los que las ratifican. “La gente”, decía el psicólogo Amos Tversky, “se esfuerza mucho para obtener información que ya tiene o para evitar conocimientos nuevos”.

Y no es el único inconveniente. “Un reproche habitual a la economía es que su respuesta a cualquier cuestión es: ‘Depende”, escriben los investigadores Atish Ghosh y Uma Ramakrishnan, del Fondo Monetario Internacional, en un artículo sobre déficits exteriores. Estos pueden revelar una debilidad productiva… o no. “Para los países que carecen de capitales y presentan más oportunidades de inversión de las que pueden aprovechar, un desequilibrio en la cuenta corriente es natural”. Durante sus décadas de despegue, los tigres asiáticos registraron balanzas negativas ejercicio tras ejercicio, pero los recursos que tomaban prestados fuera los invertían productivamente y se devolvían sin dificultad.

Llega un momento, sin embargo, en que la persistencia de déficits exteriores se torna peligrosa. ¿Cuándo? No se sabe. Hay invariablemente una gota que colma el vaso y una brizna de paja que quiebra el espinazo del camello, pero ningún experto te dirá: “La número 784.362”. Esa imprecisión induce a muchos gobernantes a pensar que ellos son diferentes y podrán sortear el abismo. Pero un día el dinero se da a la fuga, la moneda se desploma, las deudas contraídas en divisas fuertes se tornan impagables, la banca quiebra, el crédito se volatiliza y la actividad se sume en una profunda depresión.

Es lo que está ocurriendo en Turquía. “Desde que Recep Tayyip Erdogan asumió el control del Gobierno, [el país] ha registrado enormes y crecientes déficits por cuenta corriente”, se lee en la Wikipedia. El artículo describe cómo el presidente desoyó todos los avisos que se le hicieron. El paralelo con la tormenta que en 1997 se desató contra el baht tailandés era notorio, pero Erdogan se negó a corregir el rumbo porque los ajustes que le recomendaban habrían ido contra la patria, la religión o ambas.

“Es una crisis clásica”, dice Paul Krugman, “de las que hemos visto ya muchas”. Y seguiremos viendo… (Foto: Charles Roffey, Flickr.com)

Leave a Reply

Be the First to Comment!

Notify of
avatar
wpDiscuz