Elecciones y los vicepresidentes en los Estados Unidos. Nieves C. Pérez Rodríguez

Las elecciones presidenciales estadounidenses están a la vuelta de la esquina en medio de un clima político convulso, una sociedad muy polarizada y el presidente Trump intentando continuar su campaña mientras sigue siendo paciente positivo de Covid-19. A pesar del ingreso en el hospital, Trump no ha hecho más que continuar restándole importancia al virus, con frases como “no dejen que el virus domine sus vidas”. Como si la vida de casi todos los habitantes del planeta no hubiera cambiado radicalmente y la incertidumbre sobre si el futuro se parecerá a lo que conocimos que no nos abandona.

Estas elecciones tienen una característica curiosa. Los candidatos a la presidencia rondan los 75 años. Trump hizo 74 años en junio y Biden hará los 78 este mes. Lo que ha puesto sobre la mesa la realidad biológica de que el candidato que gane podría no acabar el periodo presidencial establecido de cuatro años, por lo que el vicepresidente más que nunca ha tomado una relevancia atípica, pues hay una gran probabilidad que sea alguno de ellos el que termine liderando la nación.

Por el lado demócrata Kamala Harris, con 55 años, es mujer y representa la diversidad de esta nación, elementos clave en un momento de tal polarización que ha quedado demostrado con las masivas protestas que se originaron a raíz de la muerte de George Floyd de manos de la policía. Además, se hizo con una reputación de justa y luchadora por los derechos y la igualdad con su trabajo como fiscal de California y cuyo legado la ayudó a convertirse en senadora de los Estados Unidos.

Mike Pence, por su parte, es conocido en la esfera política como un profundo conservador que ha aprovechado su participación en los medios de comunicación como ancla de radio y tv para infundir valores conservadores. Se describe así mismo como cristiano, conservador y republicano, en ese orden. Simpatizante del “Tea party” y cuya carrera despegó en el Estado de Illinois, donde fue gobernador.

Pence ha jugado un rol muy importante en la Administración Trump, no sólo por ser el vicepresidente sino porque se ha convertido en el neutralizador de las descomposturas de Trump. Cada vez que ha habido una crisis doméstica como la detención de los inmigrantes en las fronteras y la separación de menores de sus familias, Pence ha hecho una aparición magistral para dar una imagen más equilibrada y un discurso más acorde a las circunstancias. Además, Pence cuenta con una gran habilidad para darle vuelta a las preguntas de los periodistas y contestar lo que la Administración necesita decir en un tono moderado.

Pero también Pence fue la persona seleccionada por el mismo Trump para liderar la crisis del Covid-19. En febrero el presidente anunciaba frente a las cámaras que su hombre de confianza estaría al frente del manejo de la peor crisis que ha atravesado esta nación en la historia contemporánea, que ya se ha cobrado la vida de 210 mil ciudadanos y ha dejado sin empleo a millones.

El debate de los vicepresidentes la semana pasada demostró que ambos candidatos a la vicepresidencia son políticos con experiencia y buenos comunicadores de sus mensajes. Ambos cuentan con una trayectoria que en el caso de Kamala la ubica más en el centro y en el caso de Pence más en la derecha tradicional. Pero que en ambos casos han intentado capitalizar en votos.

Pence es un profundo conservador que incluso a muchos republicanos previos a la era Trump les resulta “extremo” de acuerdo con una fuente que trabajó para el partido republicano durante veinte años y que abandonó el partido una vez que Trump ganó las primarias hace 4 años.

A Kamala la extrema izquierda la tilda de ser de muy de centro y han intentado demostrarlo con su actuación como fiscal. Asimismo, la derecha usa los mismos argumentos en su detrimento. En efecto, el mismo Pence han aprovechado la situación políticamente y ha hecho énfasis en que ella no representa a la izquierda de Berni Sander o Alexandria Ocaso Cortés (personajes ubicados en el extremo del partido demócrata y que cuentan con muchos seguidores). 

La posición sobre el aborto es sin lugar a dudas uno de los asuntos que más separan a ambos, y este tema trae a colación el nombramiento del juez a la corte suprema de justicia para reemplazar la vacante dejada por la reciente desaparición de la juez Ruth Bader Ginsburg, quien luchó incansablemente por los derechos de las mujeres y las minorías y que es respetada por su trayectoria por ambos partidos. Pero el partido republicano está apostando a ocupar esa silla con un juez conservador que los ayude a aprobar o desestimar casos que se eleven a esta instancia.

En cuanto a la política exterior, en el debate Pence recordó que el “virus chino” es culpa de China y que Trump actuó rápido bloqueando el acceso de vuelos provenientes de China como primera medida extrema. Mientras que Harry atacó “la pésima gestión de la crisis por parte de la Administración” y mencionó el hecho de que Trump eliminó la oficina de control responsable de monitorear pandemias en la Casa Blanca, porque había sido creada por la Administración Obama.

Durante el debate ninguno de los dos dio clave alguna de lo que sería su política exterior hacia China. De continuar, la Administración actual prevé una situación similar a la que hemos vivido, el tira y encoje con Beijing continuará, aunque se debe reconocer que la Administración Trump ha tomado medidas parar y denunciar muchos de los abusos del PC chino. Y de haber una Administración Biden es previsible que no se vuelva a la era Obama, pues mucha de la presión a Beijing es producto del Congreso, del Departamento de Estado y del Departamento del Tesoro, pero las formas desde luego serían más diplomáticas y menos provocadoras.

Sería muy difícil para la Administración estadounidense 2021-2025 (sea del partido que se), obviar lo que está haciendo Beijing en el Pacifico, dejar a un lado lo que han hecho con Hong Kong, el peligro que corre Taiwán y el peligro del avance económico y tecnológico de China, pues todo representa un alto riesgo a la seguridad y defensa de los Estados Unidos que seguirá siendo una gran preocupación para el que sea que se convierta en el inquilino a la Casa Blanca y sin duda su vicepresidente.

THE ASIAN DOOR: La pirámide (invertida) de la digitalización financiera. Águeda Parra.

Apenas dos décadas separan el nacimiento de Internet del mundo digital en el que nos movemos actualmente. En este tiempo, el despliegue de las tecnologías ha ido definiendo la evolución de los servicios disponibles. Sin embargo, una pandemia y nuevas necesidades tecnológicas están imprimiendo un ritmo de digitalización más dinámico, imponiendo una aceleración en la transición hacia el siguiente nivel tecnológico, a diferencia de cómo había sido hasta el momento.

Algunos estudios muestran que han bastado dos meses de pandemia para acelerar la digitalización mundial cinco años, un efecto al que el sector financiero no ha sido ajeno. La situación de crisis sanitaria ha impulsado de forma significativa las previsiones de crecimiento del mercado e-commerce a nivel global, a la vez que se ha acelerado la transición entre los pagos físicos a los móviles. De hecho, el efecto del COVID-19 ha generado un incremento en los niveles de transacciones de pagos digitales similar al que estaba previsto alcanzar en un intervalo de dos a cinco años vista. Y es precisamente esta aceleración de las tendencias digitales en el entorno FinTech lo que va a provocar la disrupción en el sector. Aquellos que sepan adaptarse a las nuevas necesidades digitales verán impulsada su actividad, mientras que la selección natural darwiniana dejará atrás a los que se vean superados por los ritmos de digitalización que ha impuesto la pandemia.

Una nueva era. Así es como ya ven los mercados de capitales la rápida irrupción de las empresas FinTech en el mercado financiero. Si los avances tecnológicos han promovido el despliegue de nuevas generaciones de telefonía móvil, los servicios implementados han ido evolucionando igualmente al ritmo (o incluso a mayor velocidad) al que lo ha hecho la tecnología. El valor de los bancos convencionales parece estar en caída libre. Si en una década han pasado de representar el 95% al 81% del valor del mercado total de la industria bancaria y de pagos, solamente en el último año han caído al 72%. Espacio que han ido ocupando las empresas FinTech que ya representan un 11%. Entre ellas destacan la china Ant Group y la estadounidense PayPal, cuyo valor de mercado se ha duplicado este año hasta los 900.000 millones de dólares. El mercado lo completan las empresas convencionales de pagos no bancarios como Visa, que también ha experimentado un importante crecimiento, representando el 17% del mercado restante, según The Economist.

La rápida proliferación de iniciativas en distintos sectores que compiten por convertirse en la plataforma que aglutine los servicios de pagos, los seguros y las actividades de inversión financiera muestran la dinámica del mercado en la que players ajenos a la industria pasan a suponer una parte importante del mercado bancario y de pagos que cubre todas las necesidades financieras de los usuarios digitales. Una tendencia que ya comienza a estar ampliamente desarrollada en China donde Alibaba y Tencent, los grandes titanes tecnológicos, llevan años avanzando en este tipo de integración, beneficiándose de la incorporación de las capacidades de la IA, el cloud computing y el big data para conocer al instante el perfil crediticio de los consumidores y poder así adaptar la prestación de estos servicios a la demanda.

Si la pandemia ha sido disruptiva en la adopción de hábitos digitales, mayor será el impacto que genere el despliegue de la quinta generación de telefonía móvil. Promotor de grandes avances en la digitalización de varias industrias, es muy posible que se invierta la pirámide financiera por efecto del 5G. Las FinTech están destinadas a adquirir un mayor protagonismo entre los consumidores ávidos por incorporar las nuevas tecnologías a este ámbito, aunque los bancos tradicionales seguirán siendo necesarios para mantener el funcionamiento de la industria financiera.

INTERREGNUM: El QUAD se consolida. Fernando Delage

El pasado 6 de octubre los ministros de Asuntos Exteriores de Estados Unidos, Japón, India y Australia se reunieron en Tokio en el segundo encuentro ministerial del Diálogo Cuadrilateral de Seguridad (QUAD). No faltaron asuntos en la agenda: de las cadenas regionales de valor a las inversiones en infraestructuras, pasando por el desafío de la desinformación en sus respectivos sistemas político. Pero, naturalmente, la reunión se produjo en un contexto marcado por los movimientos de China y el endurecimiento de las actitudes externas con respecto a Pekín.

En Estados Unidos, además de la guerra comercial y las acusaciones sobre el origen de la pandemia, el secretario de Estado, Mike Pompeo, dio por acabada en julio la política de entendimiento (“engagement”) con la República Popular, como bien reiteró en Tokio. En septiembre, el congresista Tom Tiffany presentó incluso una propuesta de ley para que Washington ponga fin a la doctrina de “una sola China” y restablezca relaciones diplomáticas con Taiwán. Las relaciones India-China se encuentran por su parte en el peor momento en años tras el choque militar producido en el valle de Galwan en junio, en el que murieron 20 soldados indios. En Japón, tras la renuncia de Shinzo Abe como primer ministro, el nuevo gobierno ha adoptado una posición más firme sobre China. También en Australia han aumentado las voces críticas con Pekín, tanto en el mundo político, como en el empresarial y en los medios de comunicación.

No es algo privativo de estas naciones. También la semana pasada se dio a conocer un sondeo realizado en verano por el Pew Research Center sobre la opinión de 14 países de Europa, América del Norte y Asia sobre la República Popular. Más del 70 por cien de la población de dichos países—salvo dos—mantienen una percepción negativa de China, con un porcentaje que es aún mayor entre los jóvenes.  Es un resultado muy diferente del de hace una década, y es un giro que se ha producido en su mayor parte en este mismo año.

El QUAD nació de manera informal en 2007 pero perdió impulso un año más tarde por las diferencias entre sus miembros—las cuatro mayores democracias del Indo-Pacífico—sobre los objetivos del grupo (Australia e India querían evitar la reacción negativa de Pekín). Los movimientos de China desde entonces motivaron un cambio de percepción sobre las implicaciones de su ascenso que condujo, a partir de 2017, a su revitalización. El encuentro de la semana pasada vino a confirmar la permanencia de este instrumento a través del cual los cuatro integrantes buscan equilibrar al gigante chino, si bien permanecen las dudas sobre su mayor institucionalización. Estados Unidos aspira a que el QUAD se convierta en una “OTAN del Indo-Pacífico” y se extienda a otros participantes; una opción que entraría en conflicto con otras instituciones ya existentes, y que requeriría de los miembros la adopción de una política formal de contención de China que no desean. Los socios de Washington defienden la presencia de Estados Unidos en Asia para disuadir y equilibrar a China, no para dominar la región ni para provocar a Pekín. 

Con independencia de su evolución durante los próximos años, el QUAD es en cualquier caso una ilustración de los cambios en la arquitectura de seguridad regional, en la que se registra un aumento del número de acuerdos “minilaterales” (entre dos, tres o cuatro miembros), unos formales, otros informales, en respuesta a un fluido e incierto escenario geopolítico. Mientras la China de Xi Jinping mantenga su asertividad en el exterior y su autoritarismo en el interior, la cooperación en el seno del QUAD se fortalecerá, con el apoyo de la opinión pública de los Estados integrantes.

Vuelven discursos del pasado

En la última etapa de la campaña electoral para la presidencia de los Estados Unidos las referencias a la política exterior, y en concreto en relación con China, comienzan a converger en una crítica al régimen de Pekín. Ya sea por conveniencia puramente electoralista, ya sea por que se asumen como incontrovertible la creciente agresividad de la autocracia china, el candidato demócrata Joe Biden ha endurecido su discurso contra China y ha calificado al presidente chino, Xi Jinping, como matón, a pesar de que, o quizá precisamente por esto, el gobierno chino ha expresado su preferencia por la derrota de Donald Trump y su equipo.

Pero el giro demócrata no se reduce a poner más énfasis en el peligro de la extensión del modelo chino y en la estrategia de expansión comercial política y militar de China por todas aquellas zonas del planeta que considera de su interés. Es más preocupante la adopción de parte del discurso nacionalista y proteccionista de Trump por lo que consideran, en sintonía con las bases sociales en que se apoya Trump, que  la desindustrialización que afecta a la clase media y trabajadora estadounidense es consecuencia de factores exteriores y necesita instrumentos e incentivos que limiten el libre comercio. Estos planteamientos, que también están creciendo en Europa a caballo de los populismos, tanto de izquierdas como de derechas, reclaman más intervenciones estatales, más regulaciones de los mercados, más limitaciones a las iniciativas y a las libertades individuales y, por consiguiente, más presión fiscal apara garantizar el aumento del gasto público, es decir, imitar en parte al modelo chino.

El Covid-19 se instala en la Casa Blanca. Nieves C. Pérez Rodríguez

El Covid-19 ha sido el gran dolor de cabeza de los políticos durante este año, en busca de encontrar una fórmula para evitar un colapso económico mientras se intenta contener el contagio masivo.  Estados Unidos no ha manejado bien esta crisis y tampoco ha liderado internacionalmente el manejo de ésta frente al titubeo de la OMS al comienzo de este caos. Trump decidió quitarle los fondos a la organización y salirse de la misma. Una vez más, el presidente de la mayor economía del mundo dejaba ver su temperamento y diplomacia atropellada que, a pesar de los cuatro años en el poder, sigue sorprendiendo.

Todos los meses de la pandemia han pasado con un mundo medio paralizado, una economía mundial que deja ver los efectos de la cuarentena y unos Estados Unidos que se han resistido a imponer normas para evitar más contagios, como el uso obligatorio de mascarillas, la distancia social de grupos y regulaciones en cuanto al número de visitantes a restaurantes y bares. Lo cierto es que en la cultura anglosajona imponer normas que coarten la libertad se convierte en un gran dilema, porque el Estado como institución no puede obligar a sus ciudadanos a seguir estos protocolos sanitarios basado en que atentan contra la libertad individual. Y sin justificar el comportamiento de Trump frente a la crisis, es cierto que no es habitual que desde la Casa Blanca se regule el comportamiento ciudadano o el manejo de una situación puntual -como el covid-19- a los 50 estados que conforman la nación.

Sin embargo, desde principio de año Trump se resistió a dar importancia a la magnitud de la crisis. Se resistió también a presionar para que se tomaran medidas más drásticas, por temor al efecto negativo en la economía, que ha sido siempre su obsesión. Se resistió también a abogar por el uso de la mascarilla como mecanismo de prevención de contagio. Y para colmo contradijo en público en múltiples ocasiones a las autoridades sanitarias más capacitadas del país, para intentar disminuir la gravedad del asunto.

Y exactamente a un mes de elecciones presidenciales en Estados Unidos, y en el momento más álgido de la campaña, Trump informa desde su cuenta de Twitter que la primera dama y él han contraído Covid-19. Como un castigo divino a tanta negación y resistencia al virus, o simplemente por el hecho de no haber sido más precavido, el presidente y parte de su equipo y algunos senadores republicanos ahora han contraído el virus.

En plena campaña electoral el contagio puede ser mucho más alto, porque los eventos electorales y las reuniones con los asesores de la campaña estaban haciéndose a diario. Paralelamente, Trump intentaba conseguir logros políticos, como la nominación de la juez Amy Coney Barret a la Corte Suprema, por lo que hicieron un evento el pasado sábado 27, en los jardines de la Casa Blanca, en el que participaron un gran número de autoridades y miembros del gabinete y ninguno de ellos portó una mascarilla. De acuerdo con fuentes internas, hubo también reuniones a puerta cerrada con algunas de estas figuras. Además, Trump estaba preparándose para el primer debate presidencial con el candidato John Biden, por lo que estuvo reunido en privado con grupos diferentes previo al diagnóstico.

La dificultad de esta situación es que políticamente podría complicarse el panorama para la Administración si más senadores republicanos siguen dando positivo, porque eso podría ocasionar que no lleguen a tener la mayoría en el Senado para la votación de la juez a la corte suprema, o alguna legislación que requiera ser votada en los próximos días previo a las elecciones. Porque tal y como establece la ley, los senadores tienen que estar presente en el hemiciclo para ejercer su voto. Pero también pone al país en una situación vulnerable si otros miembros de la Administración dan positivo. De momento el vicepresidente Pence ha dado negativo y planifica continuar con el liderazgo de la campaña electoral, pero su rol ahora mismo debería ser el quedarse en la Casa Blanca y estar listo para liderar la nación frente a una situación en la que el mismo Trump quede imposibilitado por unos días.

El sábado pasado Trump twitteaba un video en el que aparecía dando un corto mensaje a la nación agradeciendo los buenos deseos mientras daba una imagen de control a pesar de estar afectado por el virus, y en el que admitía que por su edad estaba más afectado que Melania quien es 24 años más joven que él.

Las próximas horas serán clave para determinar el rumbo político de Estados Unidos, y la salud de Trump. Pero de momento el partido de oposición ha suspendido toda la propaganda negativa en contra de Trump y los mensajes públicos de los demócratas han suavizado el tono como un gesto solidario a la salud del presidente.

Es prematuro pronosticar los resultados electorales, pero lo que sí es claro es que el electorado de Trump es fiel y no cambia de opinión frente a comentarios o circunstancias. Y el electorado de Biden reúne a todo lo anti Trump y a los que culpan a la Administración de la mala gestión de la pandemia. Con un presidente convaleciente, la Bolsa también ha sentido el impacto, además de una economía golpeada por los efectos del Covid-19. Como todo 2020 ha sido impredecible e incierto, las siguientes cuatro semanas lo serán porque dependerán de la evolución médica del presidente.

THE ASIAN DOOR: Estrategia Sun Tzu para competir con Estados Unidos. Águeda Parra

Dice Sun Tzu en la famosa obra de “El arte de la Guerra” que la mejor victoria es vencer sin combatir y esta es la máxima que parece estar siguiendo el gobierno chino en su rivalidad con Estados Unidos. Semiconductor Manufacturing International Co. (SMIC) es la empresa estatal con la que China se ha incorporado a competir en la liga de los fabricantes de semiconductores más importantes del mundo. En un mercado dominado en un 80% por proveedores americanos en la producción de ciertos equipos muy especializados, y esenciales en la fabricación de chips de última generación, las restricciones impuestas por Estados Unidos para limitar las ventas a empresas chinas dejan un escenario poco prometedor para continuar con los ritmos de producción actuales.

Asimismo, conseguir un nivel de producción propio que reduzca la dependencia de importaciones pasa también por reducir el gap tecnológico en la fabricación de chips avanzados que den respuesta a las necesidades de computación de alto rendimiento que va a requerir el despliegue de las nuevas tecnologías. Aquí los grandes referentes son la empresa taiwanesa Taiwan Semiconductor Manufacturing Co. y la americana Intel. De ahí, que, cuando el objetivo de China es alcanzar un nivel de producción propio que le permita auto provisionarse y no depender de importaciones que paren la cadena de producción, urge un cambio de estrategia.

Algunos expertos estiman que la competitividad de China en el sector de equipos semiconductores, aunque ha crecido mucho en los últimos años, apenas representa el 2% del mercado global, situándose todavía a dos o tres generaciones de distancia de sus competidores. Se trata de una autosuficiencia en el sector de equipos de semiconductores de alrededor del 10% que limita ostensiblemente las ambiciones de China en un entorno de guerra comercial con Estados Unidos. El gap tecnológico es otro de los grandes caballos de batalla. En este aspecto, la desventaja es bastante similar, y la producción de chips altamente competitivos y de reducidas dimensiones se sitúa a una distancia de entre una y dos generaciones de sus principales rivales, es decir unos 5 a 10 años de desarrollo. De ahí que, en líneas generales, China disponga de una capacidad de autosuficiencia de chips de menor calidad, que se utilizan en dispositivos menos sofisticados, de apenas un 30%.

Con este escenario, la estrategia para completar el largo camino hasta conseguir una suficiencia de aprovisionamiento en producción propia del 70% para 2025 pasa por una inversión masiva en la industria, que algunos medios barajan en unos 1,4 billones de dólares. Aunque la cifra todavía está por confirmar, la cantidad final estará en un orden de magnitud similar, teniendo en cuenta el esfuerzo titánico que debe realizar China para reducir el gap tecnológico que todavía mantiene con Estados Unidos en este sector. El entorno empresarial se ha complicado de forma exponencial tras las medidas establecidas por la administración Trump, que podrían igualmente mantenerse en el tiempo más allá de un hipotético cambio de gobierno tras las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

En una industria tan intensiva en capital como es la de los semiconductores, el dinero fluirá entre las empresas que China está impulsando para aumentar su competitividad global en la industria, pero no así lo hará el talento. El sector requiere de perfiles técnicos muy especializados para mantener una alta competitividad, de ahí que se haya desatado una lucha feroz por atraer el mejor talento. La demanda se estima en 720.000 nuevos puestos hasta finales de 2021, que reflejan la presión que viene experimentando el mercado para cubrir perfiles especializados, superando con creces los 460.000 trabajadores que se registraron en 2018, según el Ministerio de industria y Tecnología de la Información de China.

Con la vista puesta en implementar las directrices del próximo Plan Quinquenal, China pretende desarrollar una estrategia de “circulación dual” para hacer crecer la demanda doméstica a la vez que reduce su dependencia de las importaciones extranjeras. De ahí que, el objetivo a corto plazo pase por evitar que una escalada en los salarios de la industria de los chips y una floreciente creación de nuevos unicornios no desemboque en una gestión descontrolada de la inversión que conduzca a una situación similar a la que provocó la burbuja de las “puntocom” hace tres décadas.

INTERREGNUM: Pompeo en el Vaticano. Fernando Delage

Desde hace casi dos años, analistas y especialistas académicos discuten si la relación entre Estados Unidos y China puede calificarse, o no, como “Nueva Guerra Fría”. La analogía resulta comprensible por el alcance de la rivalidad entre ambas potencias, aunque el mundo del siglo XXI no puede ser más diferente del de la segunda postguerra mundial. Quienes piensan que estamos frente a una nueva era bipolar pueden recurrir como evidencia a la retórica ideológica desplegada por la administración Trump en los últimos meses, y que se suma a la guerra comercial y tecnológica emprendida desde 2018.

El pasado 23 de julio, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, pronunció en la que fue casa del presidente Nixon en California, unas palabras cuyo lenguaje recordaban al empleado contra la Unión Soviética en los años cincuenta. Al describir la lucha por la libertad contra el Partido Comunista Chino como “la misión de nuestro tiempo”—Washington ya no habla del Estado chino sino del partido gobernante—, su denuncia de “esta nueva tiranía” revela el deseo de un cambio de régimen en Pekín; un esfuerzo para el que solicitó la ayuda de todas las democracias: “si el mundo libre no cambia la China comunista, ésta nos cambiará a nosotros”, indicó. La escasa sutileza del jefe de la diplomacia norteamericana puede deberse a sus ambiciones políticas futuras, pero difícilmente contribuirá a relajar las tensiones con la República Popular, o a frenar la rápida pérdida de credibilidad internacional de Estados Unidos.

El 1 de octubre Pompeo llevó su campaña hasta la Santa Sede. Dos semanas después de escribir un artículo en el que acusó al Vaticano de comprometer su autoridad moral por llegar a un acuerdo con Pekín sobre el nombramiento de obispos en 2018, el secretario de Estado quería sugerir en persona la no renovación de dicho acuerdo—que vence a finales de mes—, así como la conveniencia de una condena explícita de los abusos a los derechos humanos en China. Esta interferencia directa en los asuntos de la Iglesia Católica explica—junto a la cercanía de las elecciones presidenciales—que no fuera recibido por el Papa. Aunque pensar que el Vaticano estaría dispuesto a alinearse con Estados Unidos en su guerra fría contra China, y renunciar a un acuerdo que costó treinta años de negociaciones, revela un profundo desconocimiento de la diplomacia vaticana, la presión de Washington puede ser indicación de que la “normalización” de las relaciones entre la Santa Sede y Pekín continúa avanzando.

En un contexto de crecientes tensiones con otros países—de sus vecinos asiáticos, a Europa y Estados Unidos—, Pekín tiene un interés aún mayor por mantener abierto un canal de comunicación con el Vaticano. El más pequeño y del mayor de los Estados del sistema internacional comparten, además de su continuidad de siglos, un sentido del tiempo y una paciencia estratégica que les diferencia de otras naciones. Desde la elección del Papa Francisco en 2013, sólo un día antes de que Xi Jinping asumiera la presidencia de la República Popular, se ha renovado un acercamiento que, más allá de la dimensión pastoral de la selección de obispos, supone todo un giro histórico.

Bruselas habla de China

El Consejo Europeo de octubre ha avanzado líneas de acción estratégica sobre China en la maduración, tardía pero necesaria, de que el ascenso de la potencia asiática y las posiciones erráticas de Donald Trump y Estados Unidos están dibujando un escenario internacional en el que la Unión Europea no puede seguir mucho más tiempo siendo poco más que un espectador a la caza de oportunidades comerciales.

Esto está claramente expresado en la declaración final de la reunión que establece tres ejes de actuación: “Negociaciones de un ambicioso acuerdo global de inversiones UE-China que aborde las actuales asimetrías en el acceso a los mercados, contribuya a unas condiciones de competencia equitativas y establezca compromisos significativos en materia de desarrollo sostenible”; pedir a China “que cumpla sus compromisos previos de abordar los obstáculos de acceso al mercado, avance en la cuestión del exceso de capacidad productiva y entable negociaciones sobre las subvenciones a la industria en el marco de la Organización Mundial del Comercio”, y recordar al gobierno de Pekín “su profunda preocupación por la situación de los derechos humanos en China, en particular por los acontecimientos en Hong Kong y el trato a las personas pertenecientes a minorías, tal como expresó en la Cumbre UE-China de junio y en la reunión de los dirigentes celebrada el 14 de septiembre”.

Como puede observarse, las declaraciones de la Unión Europea, a pesar de su proclamación de principio, apenas va más allá de las quejas de un socio que quiere aparecer como libre de culpa sin poner en riesgo sus ambiciones de presencia en el extenso y fructífero mercado chino. No es que no sean loables los acuerdos aunque sean el mínimo denominador común para aunar los diversos intereses nacionales en relación con China, sino que pueden quedarse en una queja más sin resultados prácticos.

La cada vez más agresiva política china en términos diplomáticos y de servicios de inteligencia para influir en Bruselas sin límites y sin respetar convenciones necesita algo más que una queja. Y, a la vez, pretender que China cambie su cultura comercial cuando se trata de un país autoritario, oficialmente comunista y donde el Estado lo es todo parece más hipocresía que ingenuidad. Y, finalmente, en la amplia zona planetaria donde China está asentando su poder en esta etapa, es decir, el mar del sur de la China y las rutas terrestres y marítimas hacia Occidente la UE carece de capacidad disuasoria, ni política, ni comercial ni militar para negociar una relación “simétrica”. Pero tengamos fe y esperemos que a una declaración ambigua sucedan unas decisiones efectivas.

“El 5G es una baza poder apagar sectores enteros de la economía de un país” Isabel Gacho Carmona

En las relaciones entre EEUU, China y la UE “la cuestión central es el poder”, comenzaba diciendo Fidel Sendagorta en un coloquio organizado por el Instituto de Cuestiones Internacionales y Política Exterior (Incipe), en el que analizó la situación. “Primero, porque estamos de nuevo en una era dominada por la política de poder, que se caracteriza por ser más desinhibido en todas sus formas, incluida la coacción económica o híbrida”. Un contexto en el que el nacionalismo es cada vez más exacerbado, donde la tensión es cada vez más difícil de manejar.

Y es en este contexto aparece el poder chino. Y esta vez -a diferencia de hace 200 años cuando siendo primera potencia económica solo estaba interesada en su vecindario inmediato- necesita al resto del mundo. Y según se expande en términos económicos y comerciales, también lo hace militarmente. “Hoy solo tienen una base en Yibuti, pero habrá más”, apuntaba el director general de Política Exterior y Seguridad. De momento ya tiene una flota con capacidad de proyección en los océanos y capacidad de influencia política en regiones en las que antes estaba poco representada.

Para  lograr su ambición de liderazgo, que pasa, por cierto, por “desoccidentalizar el orden internacional”, Pekín tendría una “estrategia conocida y otra oculta”. Por un lado, estarían las famosas iniciativas Made in China 2025 o La Franja y la Ruta, donde las estrategias quedan más o menos claras. Sin embargo, el puzle queda incompleto y, mientras Thomas Wright argumenta directamente que la estrategia china es “un misterio”, otros entienden que se puede inferir de muchas maneras. Es el caso de Michael Pillsbury, que habla de la “maratón de los 100 años” refiriéndose al objetivo de conseguir un puesto de liderazgo en el sistema mundial en 2049.

En cualquier caso, se entiende que la estrategia siempre había estado influida por ideas tradicionales basadas en la máxima de ganar las guerras sin necesidad de hacerlas. Sin embargo, ahora China habría abandonado la “prudente actitud” y se ha lanzado a una exhibición de su poder, pero ¿por qué? Sendagorta argumenta que se debería básicamente a tres razones. En primer lugar, estaría aprovechando el hueco dejado por el repliegue estadounidense, en segundo lugar, Pekín es cada vez menos dependiente económicamente del resto al haber desarrollado su consumo interno, y, por último por el auge del nacionalismo.

Tanto Washington como Bruselas tardaron en reaccionar. En un primer momento Trump enfocaba la política hacia China de una manera exclusivamente comercial, en términos de deslocalización y “pérdidas de puestos de trabajo”. En Europa han hecho falta llamadas de atención -como cuando Alemania trató de evitar a compradores chinos para la empresa puntera de robótica Kuka y descubrió que no había ningún mecanismo que lo impidiera- para priorizar en la agenda el pulso para la protección de las industrias estratégicas y para darnos cuenta de que ya no basta con pensar solo en términos económicos.

Y, es que es en la tecnología donde “se juega la base del poder de cualquier país en el futuro”. En el caso de las redes 5G, por ejemplo, además del componente económico tienen uno de defensa. Pero este componente “no solo se trata de espionaje o robo de datos, se trata de algo más”. Hay países, como Japón o Australia, que no quieren implantar las redes chinas en previsión a un posible conflicto: “controlar las redes 5G es una baza para poder apagar sectores enteros de la economía de un país”.