INTERREGNUM: Planes chinos en Afganistán. Fernando Delage

Durante cerca de medio siglo, Afganistán frustró los planes de los imperialistas británicos en el siglo XIX. Expulsó al ejército ruso en 1989 después de una década de presencia. Tras derrotar Estados Unidos y la OTAN a los talibán en 2001 y ocupar el país durante veinte años, no hay motivos para creer que su retirada—efectiva desde el pasado 1 de mayo—conducirá a una mayor seguridad ni a sentar las bases del desarrollo económico nacional. Los afganos seguirán sufriendo la debilidad de sus instituciones, pero su destino no será ajeno a los intereses de sus vecinos, China entre ellos.

Pekín se ha involucrado en tiempos recientes en el conflicto, acercándose tanto al gobierno de Ashraf Ghani, como a los talibán (quienes podrían recuperar el poder político a no tardar mucho). Después de que, en 2019, el presidente Trump suspendiera las negociaciones con los talibán, fue China quien intentó propiciar un diálogo entre las distintas facciones: un gobierno integrado por todas ellas tras una próxima convocatoria electoral sería su preferencia. Las razones de su interés son claras, y relacionadas ante todo con su seguridad: aunque de apenas 70 kilómetros de longitud, Afganistán comparte frontera con Xinjiang, y China teme que la retirada de las tropas norteamericanas permita a los separatistas uigures utilizar el territorio afgano como base para sus operaciones.

Además del interés de las empresas chinas por sus recursos mineros, Afganistán es por otra parte un espacio que le permitiría estrechar los vínculos comerciales y de seguridad con Pakistán y, a través de éste, con Oriente Próximo en su conjunto. Pekín parece tener interés por tanto en incorporar a Afganistán al Corredor Económico China-Pakistán, uno de los ejes centrales de la Nueva Ruta de la Seda (BRI), como ya propuso en 2017. Pocos instrumentos como BRI podrían proporcionar las infraestructuras y las oportunidades de inversión que tanto necesita Kabul. Al mismo tiempo, pese a las reservas que pueda mantener sobre el comportamiento pakistaní, China no puede ignorar la realidad de la influencia de Islamabad en Afganistán y la coincidencia de sus intereses, como el de debilitar la capacidad de maniobra de India.

No obstante, antes de comprometerse a largo plazo en Afganistán, donde prevén un inevitable periodo de inestabilidad, los dirigentes chinos han comenzado por construir una estrategia sostenible mediante diversos instrumentos diplomáticos. El diálogo trilateral China-Afganistán-Pakistán a nivel de ministros de Asuntos Exteriores se ha convertido desde su puesta en marcha en 2017 en uno de los canales preferentes de colaboración entre las partes, y ha permitido reforzar la participación de Pekín en el proceso de Estambul y en las negociaciones en Doha y Moscú. Por otro lado, en la última cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), el pasado mes de noviembre, el presidente chino, Xi Jinping, subrayó la relevancia del trabajo del Grupo de Contacto sobre Afganistán en el seno de la institución.

En la misma dirección se ha producido la formalización de un nuevo foro, integrado por China y las cinco repúblicas centroasiáticas. Después de celebrar una primera reunión hace menos de un año, el 11 de mayo el ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, convocó a sus homólogos de Asia central en Xian, el punto de partida de la histórica Ruta de la Seda. En este encuentro, que—tampoco fue casualidad—marcaba el 25 aniversario del proceso de Shanghai (del que surgió la OCS), se acordó establecer un mecanismo regional que, en relación con Afganistán, permita—en palabras de Wang—“coordinar sus posiciones de manera ordenada, hablar con una sola voz, y apoyar firmemente el proceso de paz para superar las dificultades y poder avanzar”. Objetivos no declarados: impedir una presencia norteamericana en cualquier país de la región, y facilitar un proceso constituyente en Afganistán libre de los valores pluralistas occidentales.

Descodificando el diccionario chino. Nieves C. Pérez Rodríguez

A principios de marzo, Makub Oud, directora de la oficina del Instituto Raoul Wallenberg de Derechos Humanos de Estocolmo, junto con Katja Drinhausen publicó un trabajo titulado “Descodificando el diccionario chino”, un análisis minucioso de los términos de uso frecuente que define las prioridades y valores políticos que sustentan los sistemas políticos tanto para los miembros de la UE como para China, pero que cuentan interpretaciones muy diferentes en ambos lados.

Basándose en el cambio que ha experimentado China como actor internacional y en la gobernanza internacional, el documento oportunamente pone de manifiesto cómo Beijing ha cambiado su comportamiento internacional mientras desmenuza el lenguaje chino y la comprensión de su estrategia de cooperación diplomática e influencia.

El informe que puede ser consultado en Decoding China – Decoding China analiza quince conceptos claves en el mundo de hoy como son: sociedad civil, cooperación, cultura, democracia, desarrollo, libertad de expresión, derechos humanos, multilateralismo, paz, seguridad, soberanía, diplomacia, entre otros.

En cuanto al concepto de soberanía, el Partico Comunista China entiende este derecho como algo exclusivo del partido a la cabeza de una nación soberana para ejercer control sobre los problemas dentro de sus propias fronteras, como los aspectos económicos, políticos, culturales y tecnológicos. Pero cuando se analiza en profundidad la soberanía territorial que reclama el PCC sobre Taiwán -reza el documento- “se remonta a la época del Imperio Qing (1644-1911) pero curiosamente no reclama parte de la actual Mongolia que fue una vez gobernado por el Imperio Yuan (1271-1368 y más tarde el Imperio Qing). Mientras, argumenta que el Mar del sur de China estaba bajo jurisdicción china durante el mismo período por lo que debe ser reconocido como su territorio, a pesar de que en el 2016 se falló en contra de esa afirmación”. Por lo que los autores afirman que no hay consistencia en los reclamos de territorio, sino que son reclamos históricos selectivos.

La cultura es otro aspecto profundamente político para el PCC y uno de los frentes que usa en la lucha contra sus enemigos o críticos tanto nacionales como internacionales. “Mao Zedong dejó claro en el Foro Yan´an en 1942 que el arte y la literatura deben seguir a la política. Bajo el liderazgo de Xi Jinping desde 2012 la cultura se ha renovado como una prioridad política en torno a nociones como construir un poder cultural, garantizar la seguridad cultural y movilizarse contra la hegemonía cultural de los Estados Unidos y Occidente. Por lo tanto, la cultura acaba siendo un medio para promover la legitimidad del PCC y fortalecerlo contra las amenazas a su legitimidad a nivel mundial”.

El documento también remarca la importancia de que los países occidentales entiendan el discurso chino. Las naciones que establecen acuerdos con China tienen de entender lo que quieren decir cuando emplean el lenguaje de valores y estándares internacionales. “Las ideas chinas están cada día más presentes en los escenarios internacionales como documentos de Naciones Unidas, donde los valores democráticos y derechos humanos son el epicentro, pero los chinos han conseguido introducir y filtrar sus ideas con características chinas en estos documentos y foros”.

Cuando saltan las denuncias o las preocupaciones por los derechos humanos, China incrimina a sus críticos de politización y de tener mentalidad imperialista o de guerra fría. Mientras pide democracia en la ONU y respeto por los derechos que tiene China a desarrollarse y crecer.

Los autores explican que este diccionario fue creado para poder descodificar los términos claves empleados por China en su beneficio y fue hecho considerando quienes serían sus principales s usuarios, aquellos responsables de la formulación de políticas e instituciones en Europa que están comprometidas en el diálogo e intercambios con China.  

En mi opinión este tipo de estudios, que analizan etimológicamente cada término empleado por China en el mundo de hoy, debe ser considerado no solo por las instituciones de la UE, sino por todos aquellos receptores de ayudas chinas, suscritores de acuerdos con Beijín, analistas en el área, naciones por donde pasa la ruta de la seda, entre otros pues aportan un acercamiento más fiel sobre como el PCC  opera y como intenta imponer sus valores usando los conceptos occidentales que han definido los últimos 75 años de la historia de la humanidad.

¿Es cierto que China erradicó la pobreza? Nieves C. Pérez Rodríguez

No todo lo que brilla es oro, así como no todo lo que se dice siempre es literalmente cierto. El año pasado, Xi Jinping anunciaba el fin de la pobreza en China como la proeza del Partido comunista chino. Y, aunque es verdad que China ha crecido espectacularmente y que ha disminuido su pobreza, no es cierto que la haya podido erradicar del todo.

El gobierno chino considera de pobreza extrema a las familias que viven con un ingreso inferior a los 2,30 dólares diarios y afirma haber sacado a 800 millones de personas de esa situación con un plan de reformas económicas lanzado en 1970. Tan sólo entre 2012 al 2020 China invirtió 246 mil millones de dólares en la lucha contra la pobreza en distintos planes, de acuerdo con cifras oficiales.

Para ello, el gobierno chino movilizó unos 10 millones de ciudadanos de zonas remotas a ciudades improvisadas que fueron planificadas con la visión de ubicarlas cerca de fábricas manufactureras que a su vez pudieran emplear a gran parte de esa población.

NPR, la radio pública en los Estados Unidos, hizo un reportaje sobre la veracidad de la erradicación de la pobreza china y Emily Feng, su corresponsal en Beijing, visitó el distrito de Bijie en la provincia de Guizhou, una de las que fueran las zonas más pobres en el país, donde el Partido Comunista chino fabricó una ciudad que levantó de la nada entre montañas.

Unos 32.000 residentes de áreas rurales y remotas de esta provincia, que básicamente sobrevivían del auto sustento, fueron movilizados a Qinxingguan en 2018. La comunidad de Qinxingguan fue diseñada para parecer “un paraíso socialista”, filas de docenas de bloques de edificios idénticos en los que se pueden leer slogans de agradecimiento al PC chino por dar alojamiento gratuito a personas de aldeas remotas situadas en el medio de las montañas, de acuerdo a palabras de Feng.

Algunos de los residentes entrevistados muestran su descontento con el plan que describen: “oficiales del gobierno prometieron darnos un subsidio mensual de 45 dólares, servicios gratis (luz, agua), viviendas gratis y acceso a trabajos que vendrían de fábricas de ropa que se instalarían en los aledaños de la comunidad con el propósito de crear fuentes de empleo. Pero que esos empleos nunca llegaron. Además, explican que ahora se encuentran en una especie de limbo en el que están atrapado sin trabajo, y aunque quisieran regresar a sus aldeas, éstas ya no existen y donde están ahora todo cuesta dinero obtenerlo, comparando con la vida sostenible que tenían antes.

La transformación de la montañosa Guizhou era una gran prioridad para el PC chino puesto que era la provincia consistentemente más pobre por ingreso per cápita y,  según el reportaje, se han intentado distintos programas de desarrollo económico de la provincia sin mucho éxito, como construcción de granjas, producción de licor de arroz hasta el aumento de los salarios de los residentes de esa provincia.

Feng explica que una gran cantidad de ciudadanos chinos han sido beneficiarios de un enorme proyecto de ingeniería social diseñado para atacar la pobreza rural de larga duración. Desde el 2015, explica, los gobiernos locales han construido más de un millón de kilómetros de carreteras que conectan comunidades que antes estaban totalmente aisladas para convertirlos en centros económicos prósperos.

El gobierno chino expandió su sistema de bienestar para dar pagos directos en efectivo a los jubilados rurales y aquellos que vivían por debajo del umbral de la pobreza con el propósito de impulsar el ingreso medio del país y por tanto maquillar una realidad.

Es realmente extraordinario el salto que ha dado China en tan pocas décadas: conseguir levantar el país más poblado del planeta y convertirse en la segunda economía del mundo y con ello sacar de la pobreza extrema a casi toda su población es sin lugar a duda una asombrosa hazaña. Pero el cómo se ha hecho no suele conllevar tanto escrutinio, el costo emocional de forzar a los ciudadanos a cambiar el estilo de vida que han conocido como sucedió a los habitantes de Qinxingguan no es ni tan siquiera cuestionado por el PC chino, puesto que ese es el medio de conseguir su objetivo.

China tendrá el segundo PIB más grande del planeta, pero sus ciudadanos no poseen libertad ni para decidir si prefieren vivir en su pequeña aldea o mudarse a los centros urbanos creados para tal fin. La meritocracia está intrínsicamente relacionada con la fidelidad que cada ciudadano muestre hacia el partido y su líder supremo. El libre albedrio en China no es individual como tenemos el gran lujo los ciudadanos de países occidentales de disfrutar, sino que es absolutamente ideológico y lo dicta el partido de acuerdo a sus intereses circunstanciales.

INTERREGNUM: El socio indio. Fernando Delage

La cumbre Unión Europea-India del 8 de mayo ha marcado el comienzo de una nueva etapa en la relación entre ambas potencias. India parece decidida a prestar mayor atención diplomática a Europa, mientras esta última está igualmente dispuesta a dedicar un mayor esfuerzo a estrechar sus vínculos con Delhi. La coincidencia de sus motivaciones explica este acercamiento, que tendrá que demostrarse no obstante en los hechos.

El anuncio más significativo del encuentro (virtual) de la semana pasada es el de la reactivación de las negociaciones sobre un acuerdo de libre comercio, comenzadas en 2007 pero interrumpidas desde 2013. La falta de un pacto no ha impedido, sin embargo, el rápido crecimiento de los intercambios económicos. La UE es el tercer socio comercial de India (con 63.000 millones de dólares en 2020), y el segundo destino de las exportaciones indias (representa el 14 por cien del total) tras Estados Unidos. Después de que Delhi abandonara la Asociación Económica Regional Integral (RCEP en sus siglas en inglés) con sus vecinos asiáticos el pasado año, la UE puede proporcionarle una alternativa al gobierno indio. Aun así, los tradicionales recelos indios hacia el libre comercio podrían conducir más bien a un mero acuerdo en materia de inversiones.

Aunque por razones inversas (era Pekín quien quería un acuerdo de libre comercio), es justamente lo que ocurrió entre la UE y China. Y es la perspectiva de que el acuerdo sobre inversiones firmado a finales de diciembre entre ambas partes no sea finalmente ratificado por el Parlamento Europeo, lo que a su vez amplía el interés de Bruselas  por India. Además de beneficiarse de manera directa de su ascenso económico, la UE puede continuar diversificando su apuesta estratégica por Asia más allá de China, como ya ha hecho con Japón, Corea del Sur y la ASEAN.

Una asociación más estrecha con la UE le puede también resultar útil a Delhi para el desarrollo de sus capacidades internas. De ahí que, además de la discusión sobre asuntos comerciales, se hayan firmado acuerdos relacionados con la interconectividad y la promoción conjunta de proyectos de infraestructuras—de transportes, digitales y de energía—que puedan competir con la Nueva Ruta de la Seda china. Europa completaría de este modo las iniciativas ya puestas en marcha por India con Japón—como el Corredor de Crecimiento Asia-África—, aunque no puede decirse que se hayan producido avances significativos desde su anuncio en 2017.

En último término, la verdadera relevancia de la cumbre estriba en su simbolismo: las tensiones con China han llevado a Europa y a India a verse bajo una nueva perspectiva. Para el primer ministro Narendra Modi, la UE se ha convertido en una prioridad con la que debe rehacer los mecanismos de interlocución una vez que Reino Unido ha desaparecido como principal vía de acceso tras el Brexit. Por su parte, al declarar su intención de reforzar la relación con India, Bruselas confirma su intención de hacer de este país uno de los pilares de su estrategia hacia Indo-Pacífico, cuya versión final se espera para septiembre. La dimensión geopolítica queda implícita, y coincide con la reciente sugerencia del secretario general de la OTAN de impulsar la cooperación con India en temas de seguridad internacional.

Surge, con todo, un incierto escenario ante el dramático impacto de la pandemia en India. La ayuda de la UE y sus Estados miembros a la crisis sanitaria y social en curso no se ha hecho esperar, con el envío de ayuda médica de urgencia por valor de 100 millones de euros. Pero las consecuencias para la evolución económica del país, sumado a la regresión democrática que atraviesa por la agenda hinduista del partido en el gobierno, pueden obstaculizar los planes previstos.

ASIAN DOOR: La geopolítica del clima en marcha para liderar la COP26. Águeda Parra

Los efectos del creciente calentamiento global no pasan ya desapercibidos para ninguna de las grandes potencias mundiales, cada vez más conscientes de que es necesario acelerar el ritmo de implementación de medidas que conduzcan a una efectiva neutralidad del carbono. El medioambiente se resiente, y los efectos del cambio climático tienen implicación directa sobre el desarrollo de la economía y el mantenimiento de los estándares de salud.

De hecho, con todas las potencias mundiales implementando medidas más agresivas, la componente climática se va a convertir en una cuestión geopolítica de primer orden en las próximas décadas. Tanto la viabilidad económica del nuevo modelo energético, como el liderazgo tecnológico por las renovables, van a definir el escenario de rivalidad a nivel global en el que las grandes potencias van a competir. Pero no se trata solamente de alcanzar los ambiciosos objetivos de descarbonización, sino conseguir la victoria geopolítica sobre qué potencia liderará una respuesta global al cambio climático.

Conseguir este objetivo pasa por definir una respuesta al calentamiento global que incorpore a China como país más contaminante del mundo, de modo que haga más factible que otros países también se unan en una colaboración conjunta frente al cambio climático. Con esta perspectiva en mente, Estados Unidos ha buscado reforzar el diálogo y la cooperación con China antes de participar en la Cumbre Internacional del Clima el pasado mes de abril, organizada por Biden, a la que acudían virtualmente los líderes mundiales. El objetivo era dejar al margen los numerosos conflictos que han tensionado las relaciones entre ambos, tanto anteriormente con la administración Trump como ahora también con la administración Biden, de modo que no interfiriesen en establecer una cooperación conjunta ante la próxima Cumbre del Clima COP26 en Glasgow en el mes de noviembre con medidas para los próximos años que puedan salvar el planeta.

Sin comunicado de una cooperación conjunta, China busca alcanzar los objetivos de descarbonización anunciados con una transformación energética. Una hoja de ruta por la que ha apostado el gigante asiático para conseguir cambiar su mix energético y que le ha llevado a posicionarse como el mayor inversor en energías limpias de la última década, siendo líder mundial en la fabricación de paneles solares, turbinas eólicas y coches eléctricos, donde las marcas chinas como Nio y BYD ya comienzan a competir directamente con Tesla.

Con Estados Unidos de vuelta a la Cumbre de París, el objetivo es reducir el uso de los hidrofluorocarbonos hasta el 85% en los próximos 15 años, buscando limitar drásticamente los gases de efecto invernadero al ser estos productos químicos utilizados en aires acondicionados mil veces más potentes que el dióxido de carbono sobre el calentamiento global. Una primera medida tomada por la Agencia de Protección Ambiental bajo la administración Biden con la que Estados Unidos espera eliminar el equivalente a 3 años de emisiones del sector eléctrico entre 2022 y 2050.

Durante años, Europa también ha venido trabajando con China para abordar una acción global climática y, previo a la reunión virtual de líderes internacionales organizada por Biden, Francia, Alemania y China pusieron en común su disposición de colaborar para garantizar el éxito de la próxima COP26 en Glasgow, la cumbre más importante del clima desde el 2015 cuando se alcanzó el acuerdo histórico por parte de 196 países en el Acuerdo de París.

Sin que haya un único liderazgo mundial en cuestión del clima, la cooperación en procesos multilaterales de acción contra el cambio climático es un punto de encuentro coincidente para Estados Unidos, Europa y China. Sin embargo, si desde Washington o Bruselas se consiguiera que el gigante asiático adelantara su compromiso de alcanzar el pico de emisiones a una fecha anterior a 2030 sería considerado como una victoria diplomática, y lo que es más importante, una señal clara de mayor influencia geopolítica global.

Asia central: una desestabilización que avanza

La estrategia china de reconstruir una nueva Ruta de la Seda hacia Occidente, el conflicto con la minoría uigur y la reaparición de viejas disputas fronterizas entre repúblicas que fueron soviéticas y en las que Moscú imponía el orden con mano de hierro militar, ha acercado a Rusia y China, sin ocultarse del todo su desconfianza mutua. China necesita una región lo suficientemente estable para tender sus infraestructuras, su influencia y su red comercial y Rusia necesita no perder su padrinazgo actual, frenar el crecimiento islamista y evitar que por estas brechas se creen condiciones para influencias ajenas entre las que chinos y rusos temen que estén las manos de Washington y Londres, aunque, de momento, solo Turquía está en situación de ser el tercer protagonista por razones culturales y étnicas.

Por lo pronto, gobiernos y agencias estatales de comunicación, es decir de propaganda, de Rusia y China, han decidido coordinar una campaña de “desmentido de noticias falsas” para negar la represión del gobierno chino sobre los uigures, acusar a los gobiernos occidentales de hipocresía y defender las medidas chinas como de “integración y freno del fundamentalismo islamista”. Es significativo observar cómo medios de comunicación estatales y semisestatales de otras zonas geográficas como Siria y Argelia, por poner dis ejemplos se hacen eco, con grandes alardes tipográficos del “desmentido” chino-ruso.

Y en ese marco, el conflicto fronterizo entre Tayikistán y Kirguizistán, en la disputa por el acceso a las fuentes de agua del valle de Golovnoj, viene a añadir incertidumbre. Los enfrentamientos, inicialmente protagonizados por pueblos vecinos en una frontera sin delimitar con precisión, acabaron arrastrando a los guardias fronterizos de ambos países cuando Tayikistán instaló unas cámaras de vigilancia en la zona.

En sí mismo, no parece que estos incidentes vayan a ir a más pero revelan la alta inestabilidad de la región en laque confluyen muchos intereses estratégicos y que está tan próxima a las tensiones en Afganistán, Irán, Pakistán e India. Y ahí es donde se echa de menos conocer cuál es la política y con qué recursos cuentan la Unión Europea y EEUU, hasta qué puntos coinciden y cuanto margen puede concederse a gobiernos autoritarios como Rusia y China, con indudable capacidad y responsabilidad en la región, para imponer un estatus que, a medio y largo plazo no parece destinado al fortalecimiento de las libertades.

Blinken en Londres. Nieves C. Pérez Rodríguez

Si algo nos ha enseñado la pandemia es que nos guste o no somos parte de un mundo globalizado y fuertemente interconectado. Parece claro que la Administración Biden así lo entiende, por lo que sigue dando pasos para fortalecer vínculos internacionales y alianzas históricas de Washington.

Blinken se encuentra esta semana en Londres, en su quinto viaje al exterior, y en su agenda tiene previsto encontrarse con el ministro de relaciones exteriores británico, Dominic Raab, así como el primer ministro, Boris Jonhson. El comunicado oficial del Departamento de Estado afirma que “no hay otro aliado tan cercano como Gran Bretaña para los Estados Unidos. Ambos trabajaremos para reconstruir juntos el impacto de la pandemia global, incluso a través de la cooperación, para prevenir detectar y responder rápidamente a futuras amenazas de enfermedades infeccionas, asegurar nuestra cadena de suministro globales y reiniciar los viajes y el turismo tan pronto como sea seguro”.

Esta gira envía un mensaje claro sobre cuáles son las prioridades de los Estados Unidos ahora mismo. Europa es sin duda un aliado clave para la Administración, no en vano Blinken estuvo de visita en Bélgica a finales de marzo, en reuniones con autoridades de la UE y OTAN, y regresó de nuevo a mediados de abril con el ministro de la Defensa estadounidense, a más reuniones estratégicas con autoridades de la OTAN.

En esta ocasión el secretario de Estado se trasladó a Londres a preparar el terreno para la participacón de Biden en la cumbre del G7 que está siendo organizada por los británicos, así como la conferencia del cambio climático que se celebrará en Glasgow, Escocia, en noviembre, y que la Administración Biden tiene entre sus principales prioridades, tal y como hemos venido oyendo repetir al entonces Biden candidato y ahora al Biden presidente. El portavoz del Departamento de Estado afirmaba la semana pasada que “Washington y Londres están a la cabeza de la lucha contra el cambio climático”.

El G7 lo conforman Gran Bretaña, Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y los Estados Unidos, aunque a esta edición se ha incorporado también a la UE en calidad de observador. Además, Londres ha invitado a asistir a Suráfrica, India, Australia, Corea del Sur y Brunéi (éste último por ostentar la presidencia de la ASEAN). Estos valiosos invitados son sin duda países estratégicos para los intereses estadounidenses y los británicos, una muestra más de la alineación bilateral entre ambas naciones. Todos países que Washington está reclutando para el bloque en la lucha contra las arbitrariedades chinas. 

En su estancia en Londres, Blinken se ha reunido además con el canciller surcoreano, Chung Eui-young, para hacer pública otra reafirmación de la alianza entre ambas naciones que, en sus propias palabras, es “el eje de la paz, la seguridad y la prosperidad en la región del Indo-Pacífico”. Mientras, ratificaron su compromiso en proteger y promover la cooperación trilateral entre Estados Unidos, Japón y la República de Corea hacia la desnuclearización de la península coreana.

Que se volviera a afirmar el compromiso entre Seúl y Washingto es un aspecto curioso de este viaje, puesto que hace menos de un mes Blinken aterrizaba en Tokio en lo que fue su primer viaje oficial como secretario de Estado. Y de ahí se trasladó a Seúl para que no quedara duda de su determinación en trabajar en pro de la pacificación de la península, así como de la desnuclearización de la misma.

Blinken continuará su viaje hacia Ucrania en donde se reunirá tanto con el presidente Volodímir Zelenski, como con el ministro de exteriores y otros representantes de la sociedad civil para enviarle un mensaje al Kremlin sobre el “inquebrantable apoyo de los Estados Unidos a la soberanía e integridad territorial de Ucrania”. Mientras, también le recuerdan a Putin que hay que respetar las reglas internacionales y que Washington y la comunidad internacional están vigilante.

En conclusión, el secretario de Estado además de cumplir con la parte protocolaria de su viaje está consolidando posiciones y reclutando países amigos. Washington regresó a la palestra internacional muy activo y con ánimo de recuperar su liderazgo y de aglutinar fuerzas para recordarle al planeta que ellos siguen siendo, al menos por ahora,  la primera potencia del mundo.

INTERREGNUM: Caos bajo el cielo. Fernando Delage

“Caos bajo el cielo: la situación es excelente”. El supuesto comentario de Mao Tse-tung, aplicado—según unos—al desorden que él mismo quiso crear durante la Revolución Cultural para afianzar su poder, y—para otros—una referencia a los disturbios de finales de los años sesenta en París y California, transmite la idea de que los dirigentes chinos se sienten cómodos ante la anarquía; que, ante sus sutiles lecturas de los cambios en la correlación de fuerzas, saben situarse con ventaja ante los cambios de ciclo históricos. El elemento disruptivo más reciente con que han tenido que encontrarse ha sido Trump: por su victoria inesperada en las elecciones de 2016, por el grado de hostilidad que mantuvo hacia Pekín, y por la ausencia de todo proceso previsible en su administración.

La Casa Blanca de Trump, en efecto, ha sido un paradigma de caos, y muy especialmente en relación con la formulación de la política a seguir hacia China, como describe con todo lujo de detalles el periodista del Washington Post, Josh Rogin, en su reciente libro Chaos Under Heaven: Trump, Xi, and the Battle for the 21st Century (Houghton Mifflin Harcourt, 2021). Uno de los argumentos centrales de Rogin es que Trump supo identificar el desafío planteado por China, pero fue incapaz de formular una estrategia coherente y de mantenerla en el tiempo.

Siguiendo un enfoque cronológico, el libro va narrando las sucesivas batallas internas en la administración. Desde un surrealista primer encuentro del jefe de la diplomacia china, Yang Jiechi, con el yerno de Trump y su asesor Steve Bannon, semanas después de las elecciones, hasta el estallido de la pandemia en 2020, el lector encontrará una prolija descripción de las maniobras de unos miembros del equipo del presidente contra otros, de los múltiples conflictos de intereses en juego, y—como contraste—el heroísmo de unos pocos altos cargos por intentar mantener la sensatez entre uno y otro tweet de Trump.

Pese al título de su libro, Rogin se concentra en la dimensión comercial y tecnológica de la rivalidad con Pekín, lo que puede en parte justificarse porque el propio Trump mostró un limitado interés por las cuestiones estratégicas y geopolíticas. Pero también en esta dimensión existe el peligro de un caos que pueda conducir, sin embargo, a una situación en absoluto excelente. Con el fin de llamar la atención sobre a qué puede conducir una escalada entre los dos gigantes, el antiguo oficial de Marines Elliot Ackerman y el almirante James Stavridis, antiguo jefe militar de la OTAN, han escrito una novela con una trama a un mismo tiempo fascinante y terrorífica.  Con el ritmo de un buen thriller, este trabajo de ficción (2034: A Novel of the Next World War, Penguin 2021) es sobre cómo China y Estados Unidos van a la guerra en 2034 tras una batalla naval en aguas cercanas a Taiwán, y con una China que actúa de manera aliada con Irán y con Rusia.

La ventaja tecnológica china desconcierta a Washington que, en respuesta a un ataque al territorio de Estados Unidos y a la detención por los iraníes de un piloto norteamericano, decide recurrir al armamento nuclear, medida que será respondida por Pekín con los mismos medios. Entre tanta destrucción, será India quien emerja como principal potencia mundial.

El escenario es apocalíptico, pero los autores han sabido describir muchas de las fuerzas que impulsan la actual incertidumbre política global: las capacidades derivadas de la inteligencia artificial, los mecanismos de poder en China y las crecientes ambiciones de sus líderes, las motivaciones nacionalistas rusas e iraníes, o la convicción norteamericana de superioridad. Lectura de entretenimiento, pero con aviso sobre lo fácil que puede ser perder el control de los acontecimientos.

Biden, el clima y la energía solar

En la agenda demócrata se ha venido contemplando el medio ambiente con carácter prioritario en los últimos años, basándose en los estudios que aseguran que el calentamiento global es una realidad que está destruyendo el planeta y que es imperativo tomar acciones al respecto. La Administración Clinton intentó, en su momento, sumarse al acuerdo de Kioto en 1997 pero no contó con el apoyo del Senado.

El presidente Obama hizo alarde durante sus dos legislaturas de la importancia de estos acuerdos y en efecto firmó la histórica entrada de Estados Unidos al acuerdo de París. Por su parte, el presidente Trump anunció la retirada del acuerdo en junio del 2017, aunque no se materializó hasta noviembre del 2020, debido a las mismas reglas que contempla el acuerdo de París, pues los negociadores de dicho acuerdo incluyeron una cláusula que dificulta y alarga la salida de algún miembro, previendo precisamente que una futura Administración republicana quisiera zafarse rápidamente.

Durante su campaña, Biden mantuvo que regresaría y en efecto, así sucedió. Con una orden ejecutiva Washington retornaba al acuerdo de París. Mucho más sencilla la vuelta, puesto que el mismo acuerdo contempla un reingreso expedito, y en tan sólo un mes ya se puede estar de regreso sin mayores trabas.

Estados Unidos es el segundo país más contaminante del planeta, contribuyendo al 15% de la contaminación mundial. De esa cuota contaminante, el 29% de los gases de efecto invernadero los produce el sector de transporte, el principal emisor, y por lo que la actual Administración está comprometiéndose a dar un giro importante e invertir en los vehículos verdes o recargables. Y el segundo sector es el eléctrico que emite el 25% de los gases.

En ambos sectores el uso de combustibles derivados de fósiles es muy alto. Por lo que Biden presentó un ambicioso plan para reducir las emisiones de esos gases entre un 50 y un 52% para el 2030 en la cumbre de líderes sobre el clima, organizada por la Casa Blanca la pasada semana.

La Administración trató de vender la idea de que tomar medidas para mantener el medio ambiente limpio tiene sentido financiero para las potencias globales, para motivar a otras naciones a sumarse o simplemente seguir con la implementación de políticas ecológicas.

En cuanto a las energías alternativas, el uso de la energía solar es sin duda una de las más competitivas y limpias para el planeta. Y curiosamente China, el país más contaminante, que emite el 30% de la contaminación mundial controla el sector de esa energía casi en su totalidad. De las 10 compañías solares del mundo, 8 son chinas y 1 es estadounidense, mientras que Europa que ha promocionado esa alternativa no posee de ninguna, de acuerdo con Heather Cox Richarson periodista de la BBC.

China no solo es el primer contaminante del planeta, sino que tiene enormes problemas domésticos debido a las tremendas cantidades de carbón que usa en su industria lo que a su vez genera una contaminación en el aire descomunal. Paradójicamente, China precisamente ha venido invirtiendo durante años mucho en investigación y desarrollo de la energía solar y, en efecto, han subsidiado fuertemente el uso de paneles solares en el exterior.

Sagazmente, China ha ido desarrollando y posee el dominio casi total de la producción de esta industria. Según un artículo de Forbes de Kenneth Rapoza, “China se concibe así mismo como la nueva OPEP verde o ecológica”, pues han ido desarrollando una industria solar en la que quieren dominar el mercado mundial, sostiene.

Rapoza afirma que Beijing reconoce la importancia estratégica de la industria de renovables por lo que la energía solar es clave. De posicionarse allí, conseguirían tener el dominio y control de esa dependencia y la fidelidad de los usuarios alrededor del mundo, puesto que son ellos quienes fabrican todo, desde los componentes hasta los paneles solares que son el producto final.

China controla el 64% de la producción de polisilicio mundial, mientras que Estados Unidos solo controla el 10% de ese mercado. El polisilicio es un material que consiste en pequeños cristales de silicio, que son la materia prima para la elaboración de los lingotes y las células solares encargadas de absorber la energía solar. Y China por sí sola controla el 100% de la producción de lingotes que se distribuyen en el mundo.

Muchos países occidentales han promocionado el uso de la energía solar como una alternativa limpia y Estados Unidos ha sido uno de ellos. En efecto, hay Estados que ayudan con subvenciones para que los ciudadanos emigren de la energía tradicional a la solar. Sin embargo, la industria solar estadounidense depende de China para el suministro de los paneles solares y los componentes.

En el juego geopolítico mundial el que controla la cadena de suministro tiene el poder, tal y como lo vimos al principio de la pandemia con la escasez de los suministros médicos, producidos en su mayoría en China.

Washington no sólo debe liderar las cumbres climáticas para disminuir los gases de efecto invernadero sino también promocionar energías ecológicas. Y la energía solar es sin duda una de las más verdes y fáciles de obtener de contarse con el equipo adecuado.

Pero Washington también debe debería revisar la cadena de suministro de esas industrias, porque si Beijing sigue creciendo en esa industria su producción aumentará y seguirán a la cabeza. Y si una parte importante de los Estados Unidos o incluso otros países del mundo migran hacia ahí, por ejemplo, las viviendas unifamiliares de determinados comunidades y barrios de un país, eventualmente esas comunidades, países o Estados estarían en manos de Beijing para la obtención de sus componentes y suministros. Lo que predispone a ser mucho más vulnerable a esas regiones, por lo tanto, se estaría comprometiendo la seguridad nacional.

Biden debe tomar el protagonismo internacional pero más allá de foros y discursos. Estados Unidos debería continuar siendo el pionero tecnológico en el desarrollo de energías alternativas con absoluta seguridad y garantía la producción y obtención de esas tecnologías cuando sean necesarias.

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

INTERREGNUM: Xi el multilateralista. Fernando Delage

Mientras la administración Biden continúa dando forma a su estrategia china, impulsando una coalición de democracias que condicione el comportamiento internacional de la República Popular, los líderes en Pekín tampoco cejan en sus movimientos de contracontención. Lo han hecho en el terreno diplomático, en primer lugar, mediante la coordinación de posiciones con Rusia y los sucesivos viajes realizados por el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, a Oriente Próximo y al sureste asiático tras el encuentro mantenido en Alaska el 18-19 de marzo con el secretario de Estado y el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos. En relación con el sistema monetario internacional, en segundo lugar, lanzando el yuan digital, un instrumento que, sin necesidad de sustituir al dólar como divisa de referencia, puede dar paso a un nuevo esquema de pagos en el que Pekín partirá con notable ventaja. También han promovido, por último, un discurso sobre el orden multilateral en el que se desafía abiertamente el papel de Washington en la definición de las reglas globales.

Así lo hizo el presidente Xi Jinping en su intervención ante el Boao Forum (el conocido como “Davos asiático”) la semana pasada, al describir su visión de un sistema mundial sin una potencia dominante, centrado en las Naciones Unidas y otras instituciones globales. Aunque reiterando ideas ya ofrecidas en discursos anteriores—como los pronunciados en la Asamblea General de la ONU en Nueva York en 2015, o en el foro de Davos (en 2017 y este mismo año)—, la crisis del multilateralismo que se ha agravado en el contexto de la pandemia y del diluido liderazgo norteamericano, le ha ofrecido una nueva oportunidad para reforzar las credenciales de China como potencia responsable y transmitir la percepción de que juega en el mismo plano que Washington. De esa manera, continúa reorientando el orden internacional a su favor, sin tener que abandonar las estructuras existentes.

Xi criticó los esfuerzos de algunos países dirigidos a “construir barreras” y “erosionar la interdependencia”. “Los asuntos internacionales, dijo, deben gestionarse mediante el diálogo, y el futuro del mundo decidirse mediante el trabajo conjunto de todos los países”. Sin mencionar en ningún momento a Estados Unidos, añadió: “No debemos permitir que las reglas establecidas por uno o por pocos países se impongan a los demás, ni que el unilateralismo de ciertas naciones determinen la dirección del resto”. “Lo que necesitamos en el mundo de hoy, concluyó, es justicia, no hegemonía”.

No menos relevante es el compromiso de Pekín con las instituciones establecidas: “Necesitamos salvaguardar el sistema internacional construido en torno a la ONU, preservar el orden internacional sustentado en el Derecho internacional, y defender el sistema multilateral de comercio con la Organización Mundial de Comercio en su centro”. Frente al hueco dejado por Washington en años recientes, China aparece como el gran guardián del orden creado en 1945, el mismo que Pekín rechazó durante el maoísmo. Se busca de este modo minimizar la influencia norteamericana, al tiempo que se hace hincapié en el principio de soberanía absoluta recogido por la Carta de las Naciones Unidas como medio de defensa frente a toda injerencia exterior.

Al subrayar que la mayoría de los países no reconocen los valores de Estados Unidos como valores universales—como señalaron en Alaska los diplomáticos chinos—, y que las relaciones internacionales deben basarse en un principio de “igualdad, respeto mutuo y confianza”, y en “los intercambios y aprendizaje mutuo entre civilizaciones”, Xi envía el mensaje que buena parte del mundo en desarrollo quiere oír. Y al no proponer una nueva arquitectura institucional, aparece como un reformista y no como un revolucionario. El líder chino defiende así las reglas y estructuras que le convienen para sus prioridades políticas y económicas, mientras reorienta la agenda del sistema multilateral en una dirección alternativa al modelo liberal y de libre mercado de las democracias occidentales.