China y la guerra de los Balcanes. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

Durante siglos, China ha sido la mayor economía del planeta, tanto en términos de población como en PIB, siendo muy superior al imperio romano o al español. La Ruta de la Seda conectaba China con otros imperios o ciudades de la época: Persia, Arabia, Egipto, Isfahán, Bizancio o Damasco entre otros. Solo tras la llegada de la Revolución industrial, que China no alcanzó, fue cuando el gigante asiático perdió esta hegemonía por la superioridad tecnológica del momento de los países industrializados como Reino Unido, las Guerras del opio marcaron el inicio del fin de la hegemonía mundial de China.

Una hegemonía que recuperó siglos después, a finales de los 70 del siglo XX, cuando Deng Xiaoping decidió liberalizar la economía y abrirla al comercio mundial. A día de hoy, China está reflotando esa Ruta de la Seda que tantos beneficio dio a la economía mundial siglos atrás. Un mega proyecto que pretende unir por tierra a Asia y Europa y, por mar,  los puertos del Sudeste Asiático con Oriente Medio, África y Europa, una red de ferrocarriles, puertos y telecomunicaciones sin paragón en la historia de la humanidad que reunirá más del 50% del PIB mundial y casi 2/3 partes de la población del planeta.

Con la caída del muro de Berlín en 1989, la URSS desapareció, y la Republica Socialista de Yugoslavia entró en guerra: la Guerra de los Balcanes. Una guerra entre croatas, serbios, bosnios… que dejó la zona devastada mientras Europa miraba hacia otro lado. Una guerra que azotó toda la región, convirtiéndola en la más pobre de Europa. Albania, Bosnia y Herzegovina, República de Macedonia del Norte, Kosovo, Montenegro y Serbia son países que, a día de hoy no pertenecen a la Unión Europea y, por lo tanto, no reciben fondos europeos para su reconstrucción y desarrollo.

La destrucción de la Guerra de los Balcanes y la crisis de deuda y financiera de Grecia en 2009 han dejado a esta zona como la más pobre de Europa, una oportunidad de negocio para que China expanda la Nueva Ruta de la Seda hacia uno de los mercados más importantes del mundo: La Unión Europea.

China ya ha comprado la acerera estatal serbia de Smederevo por 46 millones de euros, ha concedido préstamos a Montenegro para la mejora de infraestructuras, inversiones en Croacia o Albania, ha invertido en los Balcanes más de 10.000 millones de euros. China es el tercer inversor en Serbia, en Belgrado han abierto el centro Confucio más grande de la región y, lo más importante, ha comprado el puerto de El Pireo, en Grecia, el mayor centro logístico del Mediterráneo Oriental por algo más de 368 millones de euros, una extensión de la Ruta de la Seda de China y una puerta para la entrada de mercancías a los Balcanes y hacia el resto de Europa.

Una oportunidad de inversión y de alianza con los países de la zona, tan devastados por la guerra que abre las puertas de China a la entrada a Europa a través de los Balcanes para la expansión del comercio de bienes y servicios a través de la Ruta de la Seda, gracias a las mejoras de las vías Ferreras entre los Balcanes y Budapest y que podría llegar hasta Europa Central, o las líneas férreas entre Serbia y Hungría o Grecia y Macedonia… toda una red de ferrocarriles para ampliar el comercio en el viejo continente, un proyecto con un coste superior a los 20.000 millones de euros.

 

Los Balcanes son una región de Europa donde la inversión es escasa, hay pobreza y desigualdad, y la corrupción está a la orden del día, pero es una zona con un gran potencial de desarrollo, con unos países y una población con ganas de recibir inversión extranjera para despegar económicamente y poder salir de esta situación precaria y dejar de ser los rezagados del continente.

Para los Balcanes, la llegada de China ha provocado mejoras y desarrollo en las infraestructuras, un estímulo para su industria y empleo y una mejora tecnológica y económica para la región, y como no, allanar el terreno para futuras inversiones privadas.

Para China, los beneficios son claros: entrar en uno de los mercados más importantes del mundo, expandir su tecnología, como el 5G, y en definitiva, expandir su influencia internacional.

Pero estas inversiones ha sido muy criticadas por la comunidad internacional. El caso más claro es el de Montenegro, cuando hace unos años el banco chino Exim prestó al pequeño estado casi 1.000 millones de dólares para la construcción de una carretera de apenas 50 kilómetros, una deuda con China que supone una tercera parte de su PIB, es decir, el Gigante asiático se ha convertido en el principal acreedor de Montenegro, dejando al pequeño país en manos de China y con una deuda del 100% de su PIB; o la central térmica en Bosnia y Herzegovina con grandes problemas ambientales y criticado por organismos internacionales.

Pero las preocupaciones van más allá. Los países de la zona, como Albania o Macedonia pronto formaran parte de la Unión Europea, y otros como Bosnia y Herzegovina está previsto más a largo plazo, por lo que si China logra establecerse en estos países hoy, podría tener una influencia en el futuro en la Unión Europea.

Estas inversiones que avivan el “euroescepticismo” y que dan un impulso económico, no solo a estos países, sino también a los países del alrededor, como puede ser Hungría, que en el año 2017 ya rechazó una declaración de la Unión Europea condenando la violación de los derechos humanos en China. Grecia hizo lo mismo pocos meses después.

Si estos países se convierten en países “pro-China”  y logran entrar en la Unión Europea, tendremos una Unión más debilitada y dividida en temas tan importantes como los derechos humanos, Hong-Kong, el Tíbet o el mar de China meridional.

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

 

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INTERREGNUM: EE UU, China y el sureste asiático. Fernando Delage

Durante las últimas semanas, la administración Biden ha continuado reforzando sus contactos con los aliados y socios asiáticos. Si Japón y Corea del Sur fueron especial objeto de atención durante los primeros meses del año, el sureste asiático ha sido la pieza siguiente. Son elementos todos ellos de la estrategia en formación frente al desafío que representa una China en ascenso, país a donde también viajó en julio la vicesecretaria de Estado.

La primera visita de un alto cargo de la actual administración norteamericana al sureste asiático fue la realizada a finales de julio por el secretario de Defensa, Lloyd Austin, a Singapur, Filipinas y Vietnam. Ha sido una visita relevante no sólo porque Washington tiene que contrarrestar la creciente presencia económica y diplomática de Pekín en la subregión, sino también corregir el desinterés mostrado por el presidente Trump hacia los Estados miembros de la ASEAN. Tampoco ha sido tampoco un mero gesto, sino la ocasión para subrayar el renovado compromiso de Estados Unidos con sus socios locales.

El 27 de julio, en un foro organizado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos en Singapur, Austin indicó que las acciones chinas en el Indo-Pacífico no sólo son contrarias al Derecho internacional, sino que amenazan la soberanía de las naciones de la región. El secretario de Defensa añadió que la intransigencia de Pekín se extiende más allá del mar de China Meridional, mencionando expresamente la presión que ejerce contra India, Taiwán y la población musulmana de Xinjiang. Insistió, no obstante, en que Washington no busca la confrontación (aunque no cederá cuando sus intereses se vean amenazados), ni pide a los países del sureste asiático que elijan entre Estados Unidos y la República Popular.

Es evidente que, pese a la marcha de Trump, las relaciones entre Washington y Pekín no han mejorado. Mientras Austin se encontraba en Singapur—y  el secretario de Estado, Antony Blinken, llegaba a Delhi—, la número dos de este último, Wendy Sherman, se encontró en Tianjin con una nueva condena por parte de sus homólogos chinos a la “hipocresía” y la “irresponsabilidad” de Estados Unidos. Con un lenguaje y tono similares al que ya empleó en la reunión de Alaska en marzo, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, reiteró tres líneas rojas: “Estados Unidos no debe desafiar ni tratar de subvertir el modelo chino de gobierno; no debe interferir en el desarrollo de China; y no debe violar la soberanía china ni dañar su integridad territorial”.

Empeñada en no quedar fuera de juego en este rápido movimiento de fichas, Rusia también mandó a su ministro de Asuntos Exteriores a la región. Sergei Lavrov visitó Indonesia y Laos en julio, con el fin de demostrar su estatus global, dar credibilidad a su interés por la ASEAN, y ofrecerse como opción más allá de Estados Unidos y China. Moscú parece temer cada vez más que se le vea como un mero socio subordinado a Pekín en Asia. Pero no puede ofrecer lo mismo que los dos grandes ni económica ni militarmente, salvo con respecto a la venta de armamento. Y una nueva indicación de cómo los gobiernos de la zona valoran el actual estado de la cuestión ha sido la decisión de Filipinas, anunciada durante la visita de Austin a Manila, de dar marcha atrás en su declarada intención de no renovar el pacto de defensa con Washington. Duterte no ha conseguido las inversiones que esperaba de Pekín, mientras—en un contexto de elecciones el próximo año—es consciente de la percepción negativa que mantiene la sociedad filipina sobre las acciones chinas en su periferia marítima.

Austin no llegó a anunciar, como se esperaba, la nueva “US Pacific Defense Initiative (UPDI)”, destinada a mejorar el despliegue de los activos estratégicos, de logística e inteligencia del Pentágono frente al creciente poderío naval chino. Y tampoco se han confirmado los rumores de que la administración estaría dando forma a una iniciativa sobre comercio digital para Asia que excluiría a la República Popular. Sin perjuicio de las posibles declaraciones que pueda realizar la vicepresidenta Kamala Harris durante su viaje a Singapur y Vietnam a finales de agosto—una nueva indicación de las prioridades de Washington—, ambas propuestas se encuentran aún en estado de elaboración, aunque, sin duda, formarán parte de la primera Estrategia de Seguridad Nacional de Biden, esperada para el año próximo.

China en la crisis afgana. Nieves C. Pérez Rodríguez

Los talibanes se han hecho con el control de regiones y ciudades en tiempo récord. Para quienes han servido en Afganistán e informado desde esta zona desde el 2001 no había dudas de que la salida de Estados Unidos complicaría el escenario doméstico. Pero con lo que no se contaba era una salida tan catastrófica y tan mal organizada.

Era bien sabido que el entonces vicepresidente Biden apoyaba la salida desde la era Obama. Y que mantuvo su opinión al respecto, pero la tan apresurada salida ha dejado en un peligro innecesario al propio personal estadounidense en la embajada que ha tenido que ser desalojado con helicópteros hasta el aeropuerto y ha puesto a la población afgana en una situación de extrema vulnerabilidad, especialmente aquellos que trabajaron de la mano con los estadounidenses a lo largo de estos años.

La estrepitosa salida responde a una decisión de la Casa Blanca con el propósito en hacerla coincidir con el vigésimo primer aniversario del ataque del 11 de septiembre del 2001. Aunque, obviamente, no contó con una estrategia sino más bien el deseo de Biden y su equipo de seguridad nacional de acabar con esta guerra. Esta decisión se convertirá en la gran vergüenza de la Administración Biden pues con los talibanes en el control del país retrocedemos a la situación inicial de finales del siglo veinte y un cambio geopolítico en la región.

En cuanto a la imagen internacional de los Estados Unidos, la retirada en estos términos también despierta muchas dudas de su real compromiso con la región y los aliados. Mientras, pone en una situación ventajosa a los principales rivales estadounidenses como Rusia y China, quienes han venido con discreción apoyando a los talibanes durante la guerra y aprovecharán el momento para negociar influencia y contratos en el Afganistán de los talibanes.

China comparte 76 kilómetros de fronteras con Afganistán a través del corredor de Wakhan, definido como “una resaca imperial muy disputada” de acuerdo a Sam Dunning en un artículo publicado en Foreing Policy.

Ese paso fronterizo ha sido paso histórico entre ambos países a través del Puerto de Wakhjir, que ha sido milenariamente utilizado desde la creación de la ruta de la seda, razón por lo cual ha sido muy disputado por las potencias dominantes en diferentes momentos de la historia. China ve una gran oportunidad en este momento de entrar en Afganistán y muy probablemente será de los primeros países en dar reconocimiento al gobierno talibán.

En efecto, Beijing ha venido preparando el terreno. Las imágenes publicadas por medios oficiales chinos durante la visita de Mullah Abdul Ghani Baradar (jefe político de los talibanes en Afganistán) recibido por el ministro de exteriores de china Wang Yi en Tianjin a finales de julio ya levantó desconfianza sobre cuales sería los planes de Beijing en el caso de que los talibanes se hicieran con el control del país. Aunque en ese momento los análisis no preveían una salida tan abrupta.

Afganistán posee un gran atractivo para China por su extensa riqueza natural de oro, platino, plata, cobre, hierro, cromita, litio, uranio y aluminio, entre otros minerales. También posee piedras preciosas como esmeraldas, rubíes, zafiros, turquesas y lapislázuli. El servicio geológico de los Estados Unidos hizo una extensa investigación que concluyó que este país se encuentra entre las naciones con más riqueza de elementos raros de la tierras como el lantano, cerio, neodimio o el litio que sólo en la provincia de Ghazni el reporte afirma que encontró más depósitos que en Bolivia que es el país que tiene las mayores reservas del mundo.

A principios de julio se había reportado que las autoridades de Kabul estaban cada vez más interesadas en el “corredor económico chino – pakistaní” cuya inversión es de 62 mil millones de dólares y que consiste en la construcción de carreteras, vías férreas, así como oleoductos energéticos entre Pakistán y China. Mientras el enorme proyecto contempla también la construcción de vías de comunicación entre Pakistán y Afganistán, todo como parte del “Belt Road iniciative”.

De acuerdo a Derek Grossman, “China está construyendo una gran carretera en el corredor de Wahkan, a pesar de la complejidad del terreno. Con la conclusión de esta vía China habría conectado la provincia de Xinjjiang con Afganistán y en consecuencia con Pakistán y por lo tanto Asia Central, complementando así su red de carreteras existentes a través de la región.

La Administración Biden heredaba un acuerdo firmado por Trump, pero aun así contaba con suficiente margen de maniobra que pudo y debió utilizar para bien renegociar la salida, los términos de ésta o al menos la forma de marcharse. Porque nadie mejor que los estadounidenses que han pasado los últimos veinte años en esas tierras, con los mejores expertos en terrorismo a la cabeza, los equipos de mayor sofisticación, que han gastado 2.26 billones de dólares de acuerdo con los últimos estimados, y que se han dedicado a estudiar a los talibanes hasta el último detalle, sabían que una salida abrupta suponía un grandísimo riesgo para la estabilidad del país, las mujeres y niñas, y todos aquellos que colaboraron con las fuerzas estadunidenses allí.

 

THE ASIAN DOOR: Cuestión de tiempo. Las STEM cogen velocidad en China. Águeda Parra

La innovación ha marcado el paso del desarrollo de China en los últimos años y los avances tecnológicos no han tardado en producirse, convirtiéndose en palancas claves para el desarrollo de su economía. Era cuestión de tiempo que China materializara la capacidad tecnológica alcanzada para implementar y desarrollar proyectos de relevancia global. El desarrollo de innovación bajo el modelo Designed in China alcanza hitos que muestran el potencial de la estrategia innovadora de los titanes tecnológicos chinos.

Cuando una red social china se convierte en la aplicación más descargada del mundo por delante de uno de los gigantes tecnológicos estadounidenses más destacados puede considerarse como un punto de inflexión que marcará una nueva etapa en el desarrollo de las redes sociales. La aplicación de compartición de videos TikTok ha batido el récord de descargas en 2020, posicionándose por delante del conjunto de aplicaciones que conforman el universo Facebook y que engloba al mismo Facebook junto a WhatsApp, Instagram y Facebook Messenger. A nivel global, ha adelantado tres posiciones respecto al puesto que ocupaba en 2019, mientras que en el caso del mercado estadounidense TikTok ha conseguido convertirse en líder de las redes sociales en el país donde surgieron este tipo de plataformas, conquistando un mercado que ese mismo año anunció el veto a varias tecnológicas chinas, incluida la propia TikTok. La geopolítica de la tecnología en acción.

Asimismo, la capacidad de manufactura con alta componente tecnológica ha permitido a China desarrollar la nueva generación del tren Maglev, capaz de alcanzar una velocidad máxima de 600 kilómetros por hora, el doble de velocidad a la que viajan los trenes de alta velocidad españoles, convirtiéndose en el tren más rápido del mundo. El futuro del transporte en alta velocidad ha iniciado también su punto de inflexión incorporando vías de levitación magnética que permitirán reducir en dos horas el tiempo necesario para conectar Beijing con Shanghai. La distancia de más de 1.000 kilómetros que separa las dos principales ciudades del país quedará cubierta en 2,5 horas, un tiempo menor a las 3 horas necesarias para hacer el trayecto en avión, y las 5,5 horas que supone en tren de alta velocidad. Una tecnología con la que el Designed in China compite por la supremacía en el transporte de alta velocidad con el modelo Maglev que está desarrollando Japón y que ha anunciado que alcanzará los 500 kilómetros a la hora. Competencia intensa en el nuevo escenario de la geopolítica de la tecnología.

Cuestión de tiempo será que China vaya cumpliendo nuevos hitos en capacidad innovadora incorporando en su cadena productiva la disrupción que proporcionan las nuevas tecnologías a tenor del número de doctorados en carreras STEM que es capaz de generar el gigante asiático. En la previsión realizada por la Universidad Georgetown de Washington se estima que China generará el doble de graduados en doctorados STEM que Estados Unidos en 2025. Una tendencia que comenzó en 2007 cuando China adelantó a Estados Unidos en el número de graduados en doctorados STEM, y que en los próximos cinco años podría suponer que China triplicase ese número si solamente se considerase a los estudiantes estadounidenses.

La distancia tecnológica que hace décadas distanciaba a las dos potencias, y que hoy compiten por la hegemonía tecnológica, es cada vez menor y la creciente calidad en la educación doctoral de los graduados en el gigante asiático no hace más que incrementar la competitividad entre los expertos STEM que genera Estados Unidos y China. Parece cuestión de tiempo que se acreciente la rivalidad entre los dos principales polos tecnológicos del mundo compitiendo por generar capacidad productiva innovadora para una economía digital que apenas acaba de dar sus primeros pasos.

 

 

Muerte en Kabul

Con la victoria militar del movimiento talibán en Afganistán mueren muchas cosas, además de las personas que están en la agenda político terrorista de este grupo político-religioso. Muere un proyecto occidental nacido más de la improvisación que de la planificación; muere (aún más si cabe) la credibilidad de EEUU y de las democracias occidentales y muere, sobre todo, una gran dosis de esperanza-ingenuidad de las opiniones públicas europeas y norteamericanas. Kabul va a ser el símbolo de la muerte de muchas cosas.

 

Pero, detrás de esa aparente vuelta al punto cero de 2001, con los mullah integristas gobernando otra vez (más allá de esa simplista, reduccionista y absurda comparación con el Saigón de la huida norteamericana tras la derrota en Vietnam) hay muchos elementos nuevos que conviene analizar para intentar atisbar futuros escenarios.

 

En primer lugar los vencedores. El movimiento talibán ha cambiado profundamente durante las dos décadas de retroceso. Hoy está gobernado por una generación más radicalizada que antes en lo religioso y más capaz y pragmática en lo militar. Esta combinación le ha permitido una estrategia de aprovechar las debilidades de Estados Unidos, sus necesidades electorales de salir del atolladero y sus enormes gastos para aparentar una negociación en la que desde Washington se ha llegado a admitir (en el título del acuerdo, aunque para matizarlo a continuación) la expresión “Emirato” referido a los talibán; se ha aceptado una retirada, ejecutada con precipitación, que ha dejado terreno libre a los insurgentes y vendido al gobierno de Kabul, y, sin explicación suficiente, un abandono de medidas, ideas y estrategias pensadas, en principio, para dotar a aquel país, y con él a la región y al mundo, de mayor seguridad contra el terrorismo islamista. Mientras negociaban, los talibán lograron reforzarse militarmente sin dejar de realizar atentados terroristas, lo que explica su guerra relámpago de ahora frente a un ejército oficial desmoralizado que casi siempre huye antes de dar batalla.

 

Además, el movimiento, tradicionalmente apoyado en la etnia pastún y con grandes apoyos sociales, económicos y políticos en Pakistán, cuenta ahora con grupos significativos de hazaras (la etnia marginal, rebelde frente a todos los gobiernos de los últimos cincuenta años), uzbekos y tayikos. Hay que señalar que los hazaras son mayoritariamente chiíes, lo que supone un cambio  para el integrismo suní de los talibán, y cierto apoyo de uzbekos y tayikos permitirá penetrar en Uzbekistán y, más importante, en Tayikistán, con bases aliadas y rusas en su territorio y con frontera con China, justo en la región donde los uigures, musulmanes, están siendo reprimidos duramente por Pekín.  Este nuevo perfil talibán le proporciona una profundidad estratégica nada desdeñable.

 

En segundo lugar, el campo, difuso, contrario. Con la caída del gobierno apuntalado por EEUU en Kabul, cae la influencia de la vieja y apenas cosida alianza de los señores de la guerra apoyados en sus grupos étnicos respectivos y con enormes intereses, como el talibán, en la economía del opio, centenaria y enormemente productiva en Afganistán.

 

En tercer lugar los vecinos. Rusia fue vencida en Afganistán en los años ochenta tras una invasión desastrosa y ahora ve como un islamismo fanático y reforzado se sitúa a las puertas del Asia Central ex soviética donde Moscú se disputa su influencia con el nuevo expansionismo chino. China, por su parte, está encantada con la derrota de EEUU y quiere jugar papel de árbitro ahora, pero ve con preocupación la posible influencia de la victoria talibán entre los uigures. Hay que decir que en la dirección talibán hay dos corrientes respecto a China: una pragmática, que quiere llevarse bien con Pekín y establecer acuerdos de suministros militares a cambio de inversiones y extracción de tierras raras, de las que Afganistán tiene enormes reservas, y otra que defiende estrechar lazos con los uigures y extender el conflicto político religioso a toda la región.

 

Finalmente, no olvidemos que Pakistán, ambivalente en su política frente al talibán, sale reforzado, lo que hace enderezar las orejas de India en relación con Cachemira, y, en la frontera occidental, Irán observa como el fundamentalismo sunní se consolida y abre la puerta a influencias de sus enemigos religiosos como Pakistán y Arabia Saudí.

 

No son datos para la esperanza pero son los datos, necesariamente sumarios para este editorial, que dibujan un inquietante escenario.

Dudas españolas sobre China, dudas aliadas sobre España

El posicionamiento de España sobre la llegada y desarrollo de tecnología e inversiones chinas es notoriamente ambiguo. Frente a las drásticas decisiones de Gran Bretaña, Alemania y Francia de frenar y poner bajo vigilancia la tecnología china y alertar sobre la influencia que se genera, en los niveles políticos y económicos, en torno a las inversiones chinas, España se ha puesto de perfil.

Nada permite suponer que esta indecisión está relacionada con la existencia en Bruselas de una oficina de defensa de intereses chinos y más concretamente de Huawei, dirigida por quien fue ministro de Fomento con el presidente Rodríguez Zapatero, José Blanco.

La compañía de telecomunicaciones china, que cuenta en España con uno de los mercados del mundo en el que mejor acogida recibe, sufre desde hace años una fuerte presión de la administración estadounidense y también de otras potencias occidentales, acusada de espionaje y prácticas anticompetitivas. La consultora de José Blanco, creada en 2019, viene trabajando para el gigante chino en España desde prácticamente su fundación, pero la colaboración se ha ido ampliado hasta el punto de requerir presencia física en la capital europea.

Esta indefinición española, por otra parte, alejada del recibimiento de brazos abiertos que reciben los fondos y la tecnología china en la Europa ex comunista y especialmente en Hungría, está provocando algunos roces y aumentando los recelos de la Administración de Estados Unidos con el gobierno de Pedro Sánchez, lo que explica algunos desencuentros recientes. Aunque hay que señalar que en los asuntos estratégicos la relación sigue siendo sólida.

La gran baza china, a pesar de sus debilidades internas sigue siendo la vulnerabilidad económica e institucional por la que pasan países europeos. La llegada de capital chino resuelve la crisis de inversiones procedentes de otras latitudes preocupadas por la incertidumbre y la inestabilidad normativa. Y esta baza es un arma en manos de Pekín convertida en elemento de presión si se llegan a grandes enfrentamientos en cualquier parte del mundo. (Foto: Flickr, Kârlis Dâmbrans)

THE ASIAN DOOR: El mercado chino ante el potencial del fitness. Agueda Parra

La fiebre por el fitness conquista poco a poco a los países asiáticos, una industria que lidera Estados Unidos y que ha experimentado una década de crecimiento a nivel mundial y que ha permitido alcanzar la cifra de 96.700 millones de dólares en 2019, según la Asociación Internacional de Clubes de Salud, Deportivos y de Juegos de Raqueta (IHRSA). Después de esta etapa de florecimiento, la pandemia ha impactado en el sector que no ha podido alcanzar la barrera de los 100.000 millones de dólares estimados para 2020, y que llevará varios años recuperar. No obstante, el buen comportamiento experimentado hasta el momento sitúa a China como el gran mercado a conquistar en la próxima década.

A pesar de los efectos demoledores de la pandemia en la industria, el gigante asiático no ha estado ajeno a esta tendencia mundial, convirtiendo el mundo del fitness en un mercado de gran potencial ya incluso antes de la crisis sanitaria. La región de Asia Pacífico se posiciona como el tercer mayor mercado mundial por ingresos con 16.826 millones de dólares, la mitad de lo que supone el mercado europeo, y lejos de las cifras que maneja el mercado estadounidense que es líder mundial con 35.033 millones de dólares y por sí solo consigue un volumen de ingresos que supera el valor agregado del resto del mundo, según datos de IHRSA. China, por su parte, ocupa la cuarta posición mundial con unos ingresos de 3.944 millones de dólares, el mercado mejor posicionado de todo Asia Pacífico y el que acapara todo el interés de la industria por el atractivo que despierta el mercado del fitness en China en los próximos años.

China se ha convertido en el motor del crecimiento de la industria del fitness en la región, el mayor mercado mundial por población. Aunque las instalaciones ya desplegadas en el gigante asiático representan el 43% de todas las disponibles en el mercado europeo, y la facturación todavía es diez veces menor a la que genera Estados Unidos, las perspectivas después del parón generado por la crisis sanitaria del COVID-19 son muy positivas para un mercado que representa una importante oportunidad de negocio.

Los centros de fitness están predominantemente ubicados en las grandes urbes como Beijing y Shanghai, y entre las 19 ciudades más importantes del país los 68,12 millones de abonados apenas suponen el 4,9% de la población, una penetración bastante inferior al 20% que registra Estados Unidos como líder mundial. Esta baja penetración supone un factor positivo en las expectativas de crecimiento y potencial del mercado en el gigante asiático, una tendencia que ya se apreciaba antes de la pandemia. El objetivo es recuperar la senda de crecimiento en ingresos del 68% registrada entre 2016 y 2019 y que permitió alcanzar los 4.747 millones de dólares. De hecho, una mayor conciencia en cuestión de salud y de la práctica de ejercicio físico entre la población china permite pronosticar un crecimiento anual en el mercado chino del fitness del 4,4%para los próximos cinco años, alcanzando la facturación la barrera de los 7.100 millones de dólares anuales, según IBISWorld.

En un ecosistema digital como el que vive China, la popularidad de las aplicaciones de fitness ha hecho crecer el número de adeptos al deporte en China. La tecnología está redefiniendo la industria del fitness incorporando la promoción de los Key Opinion Leaders. Los KOL expertos en deporte se han convertido en la nueva forma de relacionarse con los hábitos saludables a través de sesiones de livestreaming en las que popularizan tendencias entre los milenial y la generación Z, convirtiéndose así en los principales impulsores del crecimiento de la industria del fitness por todo el país. El objetivo es seguir influyendo entre el grupo de población en el rango de los 26 y 30 años, el mercado objetivo clave para la industria del deporte y el fitness en el gigante asiático con una penetración que alcanza el 40%.

La combinación de un mercado con gran potencial y el ecosistema digital, que permite disponer de aplicaciones integradas como mini programas en WeChat para realizar sesiones individuales y grupales, ofrecen un panorama muy alentador para el crecimiento de la industria del fitness en China. En tiempo de Olimpiadas con el deporte como el gran protagonista, el fitness y la ambición del país por convertirse en una gran potencia del fútbol mundial son dos de los nichos de mayor oportunidad de negocio en el ámbito del deporte en China. Las marcas en los sectores de la comida saludable, el equipamiento, ropa deportiva, así como las cadenas y clubes de fitness ya comienzan a mirar hacia el gigante asiático para encontrar su particular El Dorado. (Foto: Flickr, Chris McMillon)

INTERREGNUM: ¿Burbuja asiática? Fernando Delage

El ascenso de Asia, con China al frente, es la gran historia económica y geopolítica de nuestro tiempo. Multitud de trabajos han estudiado las causas e implicaciones de una transformación que está alterando la distribución de poder en el planeta, y cuya continuidad también parece asegurada según informes de referencia. El Banco Asiático de Desarrollo, por ejemplo, estimaba hace unos años que, hacia 2050, Asia representaría el 52 por cien del PIB global y recuperaría así la posición central que ocupó hace 300 años, antes de la Revolución Industrial.

¿Podría estar ocurriendo, sin embargo, que esa fase de crecimiento esté llegando a su fin? La práctica totalidad de los gobiernos de la región afrontan unos desafíos de considerable magnitud: pronunciados desequilibrios demográficos; sistemas políticos que no han evolucionado al mismo ritmo que la economía; expectativas sociales a las que las autoridades no han podido responder; una desigualdad en aumento; un modelo económico orientado al exterior que se ha visto afectado por los cambios estructurales en la globalización y la rivalidad China-Estados Unidos; la destrucción medioambiental; o el impacto de la automatización y la revolución tecnológica. Y a todos ellos se suma la destrucción ocasionada por la pandemia, de un alcance aún incierto pero demoledora para los países más vulnerables.

El examen de estas variables es el objeto de un reciente libro de Vasuki Shastry, un periodista de origen indio con una larga experiencia profesional en el FMI y en el sector financiero privado.  Has Asia lost it? Dynamic past, turbulent future (World Scientific, 2021) es un retrato del continente que se aleja de las más frecuentes perspectivas macro para contar desde el terreno la percepción de aquella parte de la población que no parece haberse beneficiado del “milagro asiático”. Es la tesis de Shastry que el crecimiento de Asia se debió a la conjunción de unos factores económicos y políticos que se mantuvieron durante cinco décadas, pero difícilmente se prolongarán en el tiempo. Y su mayor preocupación es que las ganancias de ese crecimiento, especialmente a lo largo de los últimos años, se han concentrado en las elites políticas y empresariales, privando a los más jóvenes de oportunidades para su movilidad social.

El desarrollo de Asia carece de precedente en el mundo posterior a 1945. Más de 1.500 millones de personas han abandonado la pobreza en una generación. La tarea permanece sin embargo incompleta, como revela el índice de Desarrollo Humano de la ONU: en la edición de 2019, India ocupaba el puesto 129, Filipinas el 106, Vietnam el 118, Indonesia el 111, y Bangladesh, Pakistán y Myanmar aún por detrás. Es un índice que, al contrario de aquellos otros que se limitan a medir el aumento del PIB, refleja el verdadero estado de salud de una nación. Y lo cierto es que mientras Asia sigue siendo objeto de admiración por su crecimiento económico, se presta escasa atención al limitado desarrollo institucional de sus Estados y a los insuficientes mecanismos de protección social.

En un libro que combina el rigor de un estudio académico con la inmediatez del reportaje, el autor pasa revista a ese conjunto de retos que afrontan las naciones asiáticas en desarrollo y que les impiden alcanzar a sus vecinos más ricos (Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur). La trampa de los ingresos medios no es sólo una advertencia de los economistas, es también una barrera social que puede neutralizar las proyecciones estimadas para la región. Shastray ha escrito un saludable correctivo al hiperoptimismo sobre Asia, que constituye al mismo tiempo una detallada radiografía de los problemas a corregir. (Foto: Flickr, thetaxhaven)

INTERREGNUM: Europa y la interconectividad global. Fernando Delage

Como se recordará, los líderes del G7 lanzaron el pasado 12 de junio una iniciativa (denominada B3W: “Build Back Better World”) destinada a canalizar inversiones en países en desarrollo, sobre la base de unos valores de transparencia y sostenibilidad. No era necesario explicitar que se trataba de ofrecer una alternativa por parte de las principales democracias a la Nueva Ruta de la Seda china, uno de los principales instrumentos de Pekín para extender su influencia política.

La Unión Europea no ha tardado en ponerse manos a la obra. Justo un mes después, el 12 de julio, el Consejo de Ministros anunció un plan global de infraestructuras destinado a ampliar y mejorar la interconectividad del Viejo Continente con el resto del mundo, mediante una combinación de recursos financieros públicos (aún por precisar) y privados (si se consigue movilizar a las empresas). En un breve documento de ocho páginas, el Consejo instó a la Comisión a preparar durante los próximos meses una lista de “proyectos de alto impacto”, sin que en ningún momento se nombrara tampoco a China. Sin perjuicio del interés europeo por asegurar el acceso al mercado de la República Popular, y de la evidente necesidad de cooperar con Pekín con respecto a diversas cuestiones transnacionales (como el cambio climático), en Bruselas—y en los Estados miembros—se ha redoblado la inquietud por el creciente control chino de instalaciones estratégicas del Viejo Continente, como los puertos del Mediterráneo.

La UE confía en que, mediante el desarrollo de una más extensa red de infraestructuras, podrá diversificar las cadenas de valor y reducir el riesgo de una excesiva dependencia de China. Por ello, lo más relevante es quizá que la UE ha decidido ir más allá de la “estrategia de interconectividad Asia-Europa” de 2018, para construir una Unión “conectada globalmente” al dirigir su atención a África y América Latina, continentes preferentes ambos para las inversiones chinas. Debe destacarse al mismo tiempo la intención de coordinar estos esfuerzos con Estados Unidos, así como con Japón, India, la ASEAN, y las instituciones multilaterales de desarrollo.

No pocos analistas han mostrado cierto escepticismo ante la relativa vaguedad del proyecto. Existe el temor, por otra parte, de que las diferentes prioridades geográficas y económicas de los Estados miembros lo terminen diluyendo o conduzcan al enfrentamiento entre Berlín y París sobre qué países, qué iniciativas concretas y qué presupuesto apoyar. Esa indefinición debería estar aclarada cuando la presidenta de la Comisión pronuncie su próximo discurso sobre el estado de la Unión el año próximo, pero no deja de ser una orientación que puede afectar a otro objetivo preeminente, como es el de continuar impulsando los vínculos económicos con China y con Asia.

Debe reconocerse, sin embargo, que el plan no es una simple estrategia económica, sino que responde a la intención de construir gradualmente el papel de Europa como actor geopolítico. Así lo ha puesto de relieve el Alto Representante, Josep Borrell, durante su reciente participación en una Conferencia sobre Conectividad entre Asia central y Asia meridional, celebrada en Uzbekistán. Sólo cuatro días después de que el Consejo de Ministros aprobara la mencionada estrategia, Borrell—además de hacer presente el papel de la UE como socio comercial e inversor de Asia central, y pronunciarse sobre la situación en Afganistán—hizo hincapié en la ambición de situar la conectividad en el centro de la política exterior europea. Subrayó los acuerdos ya firmados en este terreno con Japón, India y China, y anunció el lanzamiento de un estudio conjunto sobre corredores de transporte ferroviarios entre Europa y Asia por parte del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo y el Banco Asiático de Desarrollo. De momento, Pekín ha optado por reservarse su opinión oficial hasta que Bruselas presente de forma completa su plan el próximo año. (Foto: Flickr, Jason Tong)

THE ASIAN DOOR: Los consumidores chinos lideran la sostenibilidad ambiental. Águeda Parra

El cambio climático es una realidad patente en nuestro entorno mientras las economías mundiales se enfrentan al reto de alcanzar la neutralidad del carbono antes de que los daños sean irreparables. China ya ha mostrado su compromiso a la ONU de alcanzar el pico de emisiones de CO2 en 2030, aunque todas las estimaciones apuntan a que podría conseguirse en una fecha anterior, mientras aspira alcanzar la neutralidad del carbono en 2060. Un reto al que se unen los consumidores chinos demandando una mayor sostenibilidad entre las marcas sin encarecer el precio.

El desarrollo sostenible está provocando que las marcas afronten un cambio de actitud entre los hábitos de los consumidores que requieren de la industria ser más activa y respetuosa con el medio ambiente. Una tendencia que se generaliza a nivel global y que tiene entre los consumidores chinos a los principales game-changers de cómo la demanda de una producción más sostenible puede impactar sobre la industria de consumo.

Ser la fábrica del mundo ha supuesto que China afronte en los próximos años ambiciosos objetivos para limitar el calentamiento global. Los efectos de la polución del aire en las ciudades son tangibles en China, situándose la ciudad de Hotan, muy expuesta a las tormentas de arena por su cercanía al desierto de Taklamakán, en el primer puesto del informe de ciudades más contaminadas del mundo en 2020 que publica la empresa suiza de tecnología del aire IQAir. A pesar de que la contaminación sigue siendo un importante caballo de batalla para el gigante asiático, solamente dos ciudades chinas figuran en esta clasificación, ocupando Kashgar el puesto 15, mientras es India el país que incluye hasta 16 ciudades entre los primeros veinte puestos.

En los últimos años, la polución y otros fenómenos climáticos severos han ido generando mayor conciencia ambiental entre la población que demanda en las cadenas de producción cambios para alcanzar un consumo más responsable. En este punto, el compromiso de los consumidores chinos parece liderar esta tendencia, siendo el grupo de opinión con mayor predisposición a contribuir con el 0,5% de su salario anual a combatir el cambio climático, según la encuesta realizada por Wunderman Thompson. De los tres grupos de opinión participantes, los internautas chinos con el 86% se sitúan por delante de los encuestados en Reino Unido y Estados Unidos donde el porcentaje de aquellos dispuestos a contribuir financieramente alcanzó el 64% y 62%, respectivamente.

La cuestión de actuar por el medioambiente no solamente forma parte de la conciencia de los consumidores chinos, sino que son estos mismos los que en un porcentaje mayor a los otros dos grupos de opinión esperan que las empresas tomen un papel más destacado en la solución de los grandes desafíos que plantea el cambio climático. Mientras las marcas con mayor compromiso en sostenibilidad ven mejoradas sus ventas por una mayor conciencia ambiental, no es menor el compromiso de los grandes titanes tecnológicos chinos por incorporar la energía limpia como activo para mejorar su valoración como empresa medioambientalmente responsable.

El bajo rendimiento en el uso de energías limpias ha supuesto para Alibaba quedar desbancada del primer puesto en el sistema de puntuación que realiza Greenpeace East Asia de los proveedores cloud en China a favor de Tencent. Entre las grandes tecnológicas chinas comienza a implantarse el uso de las energías renovables, siendo una realidad ya entre 13 de las 22 más importantes del país, cinco más que en 2019, según Greenpeace.

Consumidores y grandes tecnológicas se suman a los objetivos comprometidos por China para abordar el calentamiento global, una tendencia que las marcas y las empresas que operan en el país deben tener en cuenta para captar el entusiasmo de un consumidor cada vez más sensible con el medio ambiente. (Foto: Flickr, chrisffoto)