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INTERREGNUM: Three summits, three questions. Fernando Delage

In less than a week, three different meetings have shown the end of an era in Asia (and in Europe). The G-7 meeting in Canada, the summit between the president of the United States and the North Korean leader in Singapore, and the annual forum of the Shanghai Cooperation Organization (SCO) in Qingdao (China), reveal the accelerated transition towards a new regional and global order.

In Charlevoix, by refusing to sign the joint statement with its G-7 partners, Trump explicitly rejected the basic pillars of the post-war international order. Moreover, he has not hesitated to challenge his partners by imposing new trade tariffs. The question was imposed: can we continue talking about a Western political community?

The contrast with the treatment given by Trump to Kim Jong-un only two days later could not be greater. “We have an extraordinary relationship ahead of us”, American president said about Kim, with whom he hopes to establish formal diplomatic relations soon. His avowed intention to abandon the US military presence in South Korea ended up aggravating the concern of his Asian allies, already surprised by what happened in Canada.

Trump’s words mark the effective end of a war that began just 68 years ago – on June 25, 1950, when North Korea invaded the South – and that has been the determining factor of Asia’s strategic balance. It is important to keep in mind that the Korean War was the decisive turning point in beginning of the Cold War, and -through the famous document NSC68- the start of the implementation of the policy of American containment. The support of Beijing and Moscow to Pyongyang made the conflict a central front against communism. The implosion of the Soviet Union several decades later solved the ideological competition, but the Western structures designed to compete with the rival powers did not disappear: NATO, far from dissolving, expanded, as the West also increased its economic relations with China, facilitating its ascent.

A second question is therefore inevitable: what will happen with the order of the Cold War in Asia when its last vestige -the Korean War- definitely passes into History? When the president of the United States seems to feel more comfortable with the North Korean dictator than with his European allies, can his Asian partners continue believing in the guarantee of security that Washington has offered them since the end of the Second World War?

China and Russia attend with undisguised satisfaction to this rapid disintegration of the liberal order. While the West loses strength as a bloc, Eurasia consolidates as a strategic space. This has been highlighted by the first summit of the SCO in which India and Pakistan have participated as new partners, and to which Iran was invited as the next candidate for accession. The cohesion of the group should not be overestimated, but the contrast is significant, especially when China replaces the United States as the main defender of a multilateral system. Self-absorbed in their unilateralist preferences, Washington does not propose an alternative order to the dismantling of the post-war order, but what about Europe? This is the third question incited by the events of the week: what will the European Union do when the transatlantic relationship loses steam and its interests are directly affected by the geopolitical reconfiguration of Eurasia? (Traducción: Isabel Gacho Carmona)

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¿Cuál es la situación post-Cumbre de Singapur? Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Uno de los momentos más surrealistas de la historia contemporánea se vivió en Singapur. Esa imagen en la que el tirano de Corea del Norte se convertía en un líder legitimado internacionalmente de manos de su más temido enemigo. Podría asumirse que se está redefiniendo la diplomacia y reevaluando los protocolos tradicionales que han envuelto la dinámica internacional. O que quizá la irreverencia de Trump ha abierto un camino que se daba por inexistente. Lo cierto es que, producto de ese gran encuentro, surgió la opción de desnuclearización de Corea del Norte junto con la petición de la desnuclearización del resto de la península, que involucra a Corea del Sur, por lo que se plantea la gran pregunta: ¿Qué papel jugará Estados Unidos en la región?

Si desmenuzamos la declaración conjunta de la cumbre, que cabe decir es realmente corta, fundamentalmente se abordan 4 puntos, de los cuales los dos primeros rezan prácticamente lo mismo: un compromiso mutuo de reestablecer relaciones entre ambas naciones en un marco de paz y prosperidad y la sostenibilidad de esa paz en la península de Corea. El tercer punto es un compromiso para la completa desnuclearización de la península coreana. Y en el último se aboga por recuperar los prisioneros de guerra y desaparecidos en combate junto con la repatriación de los mismo. Por lo tanto, el punto crítico de este documento oficial se centra en la total desnuclearización de las dos Coreas que encierra un significado mucho más amplio y complejo, puesto que con ello desaparecería Estados Unidos del Sur y su presencia estratégica mermaría en la zona.

Ahora bien, la idea de desnuclearización de la península de Corea, fue planteado en la Declaración de Panmunjom, el pasado 27 de abril, producto del encuentro entre Kim Jong-un y Moon Jae-in, presidente de Corea del Sur. Esta declaración, mucho más amplia y detallada, comienza exponiendo que se ha emprendido una nueva era de paz para las dos naciones y sus relaciones bilaterales, dejando atrás la guerra y, con miras en la búsqueda de la reconciliación, el acercamiento y prosperidad de las dos Coreas. Para conseguirlo precisan que harán un esfuerzo común por aliviar la aguda tensión militar. Así, tienen previsto que la zona desmilitarizada se transforme en una zona de paz, y ese proceso se supone comenzó el pasado 2 de mayo. Asimismo, expone con muchos detalles los pasos a través de los cuales se conseguirán estos objetivos. Y el más importante de todos, “la desnuclearización total de la península”.

Consecuentemente, si los principales actores del conflicto coreano parten de un acuerdo que, a priori, ambos han firmado y expresado su voluntad de cumplir, es muy probable que el presidente Moon haya transmitido y coordinado con Trump parte de estas maniobras. Se sabe que los ejercicios militares, que se llevan a cabo cada primavera y otoño, entre Estados Unidos y Corea del Sur, fueran pospuestos por acuerdo mutuo. Es conocido que el líder surcoreano ha sido un interlocutor entre Trump y Kim. Así como que el importante avance que han experimentado las negociaciones se debe a la apertura y disposición al diálogo propiciado desde Seúl.

El mejor ejemplo de ello es la invitación que extendió el mismo Moon a Pyongyang a participar en los juegos olímpicos de invierno.

Ante este cambio de escenario, oportunamente el Secretario de Estado, Mike Pompeo, salió de Singapur directo al “Gran salón del pueblo” en Beijing donde fue recibido por Xi Jinping y por su Ministro de Exteriores Wang Yi, a quienes seguramente le dio el parte de lo que había sucedido en la inédita Cumbre tan sólo unas horas antes. Respetando escrupulosamente el orden de importancia, su primera parada la hizo a China. De allí fue a Seúl, donde se llevó a cabo un encuentro trilateral de ministros entre Japón, Corea del Sur y Estados Unidos.  Y cerró la visita con un encuentro privado con Moon.

Mientras que la Administración Trump se cubre las espaldas con su emisario estrella llevando el mensaje personalmente, el Japan times publicaba un artículo al final de la semana pasada en el que decía que Tokio está listo para organizar un encuentro entre Kim Jong-un y el primer ministro japonés Abe, que tendrá lugar en Rusia en septiembre de éste mismo año. Otro ejemplo de la rápido que se han acelerado las cosas en estos últimos días y de la aceptación internacional de Kim Jong-un como un Jefe de Estado más.

No es cuestionable que se han producido cambios estructurales. Los aliados de Washington están asumiendo una actitud mucho más proactiva frente a Pyongyang. Puede deberse a la singular manera que tiene Trump de entender el juego de poder. Sea como sea, el líder estadounidense parece estar muy satisfecho con los resultados (al menos hasta ahora), pues en su propia manera de entender las relaciones internaciones, más como un negocio que estratégicamente, la fuerte presencia estadounidense en Asia Pacífico está costándole mucho dinero a los Estados Unidos, por lo que económicamente es más rentable salirse y dejarle el problema a los afectados directos de la zona. Sin valorar el coste diplomático que esto llevaría consigo, esta ausencia coronaría a China como el gran rey al que todos los países medianos y pequeños en la región se verían obligados a plegarse. Incluso en el peor escenario, hasta el mismo Japón.

Pero podría ser también que Japón, en una necesidad imperante de supervivencia, se alíe con Australia y, a partir de ahí, comiencen un nuevo bloque que trate de hacer cara a China en el Pacífico. (Foto: Jeremy Sneller, Flickr)

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Un nuevo escenario

Ocurra lo que ocurra en el encuentro entre Trump y Kim Jong-un, tras su finalización se abrirá un nuevo escenario en Asia Pacífico y en el panorama internacional general. Como apunta desde Washington nuestra colaboradora Nieves C. Pérez, cada palabra y cada imagen entrañarán un mensaje que deberá ser analizado para tratar de vislumbrar no sólo la realidad de lo que se diga, sino tratar de adivinar lo que no se cuenta y también se haya tratado. Ya habrá tiempo de hacerlo y lo haremos.

Pero la realidad es que Trump y Kim van a inaugurar una etapa nueva para sus respectivos pueblos y para sus respectivos intereses. Como hemos señalado en otras ocasiones, nunca un presidente de los Estados Unidos se sentó con el dirigente del país nacido en la ilegalidad tras la guerra coreana y nunca el dictador norcoreano había alcanzado tanto protagonismo mediático, diplomático y político.

Y eso no va a cambiar tras la cumbre. Si Trump no comete ninguno de los errores de comunicación y oportunidad a los que parece ser tan aficionado y se alcanza algún acuerdo operativo, aunque sea de mínimos, al presidente norteamericano se le perdonarán muchas de las meteduras de pata anteriores, aunque no aparcarán los frentes que su nacionalismo económico y su zafiedad han abierto.

Y Kim, por su parte, pasará de ser un personaje de cómic, un dictador aparcado a la espera de derrumbe, a constituirse en un personaje del panorama mundial. Japón ya ha anunciado su disposición a estudiar un reconocimiento oficial, con Corea del Sur se abrirá una etapa inédita y la influencia y el liderazgo de China subirá como la espuma.

Esos son los nuevos componentes de una escena de la que, repitámoslo una vez más, la Unión Europea está ausente, sin estrategia, sin propuestas y sin iniciativas, sólo pendiente de futuras oportunidades de nuevos negocios lo que dibuja la urgente necesidad de algo más.

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INTERREGNUM: Efectos norcoreanos. Fernando Delage

Hoy es sí, mañana es no, al día siguiente es de nuevo sí, y un día más tarde “ya veremos”. La consistencia no parece ser un atributo de la política norcoreana del presidente de Estados Unidos. Es imposible adivinar, por tanto, si habrá finalmente un encuentro entre Trump y Kim Jong-un; y más difícil aún vaticinar su posible resultado. Pese a esas incertidumbres, las cosas han cambiado desde que, en marzo y sin preparación previa, Trump accediera a reunirse con Kim. La apertura diplomática de Pyongyang ha provocado ciertos cambios en el noreste asiático, algunos de los cuales pueden complicar el margen de maniobra de la administración norteamericana al reducir la presión externa sobre Corea del Norte.

Uno primero es el acercamiento sin precedente entre las dos Coreas. Pese a sus riesgos—es una política que ya fracasó en intentos anteriores—, el presidente Moon Jae-in ha optado por una estrategia de conciliación hacia Pyongyang que ha contribuido a mitigar en gran medida la inquietud de la opinión pública surcoreana sobre su Estado vecino. En apenas dos meses, los dos líderes coreanos se han reunido más veces que todos sus antecesores juntos desde la división de la península tras la guerra de 1950-53. Cuanto más se consolide esa relación, más difícil será mantener la solidez de la alianza entre Washington y Seúl.

Los vaivenes diplomáticos de Trump y su política comercial han dañado, por otra parte, la relación con otro de sus principales aliados, Japón. El primer ministro Shinzo Abe, marginado en los movimientos de Estados Unidos con respecto a la cuestión coreana, y frustrado por el unilateralismo proteccionista de la Casa Blanca, se ha visto obligado a reajustar su política hacia Pekín. Abe y el presidente chino, Xi Jinping, han hablado por primera vez por teléfono, y Li Keqiang acaba de realizar la primera visita de un primer ministro chino a Japón en nueve años.

Entre otros acuerdos, durante su visita se ha acordado el establecimiento de una línea de comunicación directa para evitar un choque accidental en relación con el problema de las islas Senkaku. El gobierno japonés también ha abandonado su anterior rechazo de la Ruta de la Seda, y Tokio podría plantearse, incluso—ha dicho Abe—, su adhesión al Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras. Es posible que Xi Jinping visite oficialmente Japón en 2019, lo que confirmaría una nueva etapa de normalización entre ambos Estados.

Las circunstancias también han permitido la primera visita de Moon Jae-in a Tokio desde su nombramiento, y la reanudación del diálogo trilateral China-Japón-Corea del Sur, que había estado interrumpido desde 2015. Tras su encuentro de la semana pasada, resulta evidente el interés compartido de los tres gobiernos por evitar una acción militar norteamericana que pueda conducir a una guerra en la región, y por coordinar sus posiciones para prevenir el daño que pueda causar a sus economías las sanciones arancelarias de Trump. Éste se ha convertido pues en un poderoso incentivo para el acercamiento de los tres grandes del noreste asiático.

China es el gran beneficiario de esta suma de resultados. Seúl está más alineado que nunca con Pekín sobre cómo enfocar la cuestión norcoreana. Japón ha reducido su hostilidad hacia la República Popular. Y, después de años de incómoda coexistencia como aliados, Kim Jong-un ha viajado dos veces a una China que ha visto incrementarse las oportunidades para buscar una solución favorable a sus intereses económicos y estratégicos.

Probablemente nada de esto era lo que esperaba el presidente de Estados Unidos cuando presumía de que obtendría el premio Nobel de la Paz por su gestión del problema. Tampoco Kim Jong-un lo logrará. Pero, haya o no cumbre, ha jugado sus cartas con habilidad: si el proceso diplomático fracasa, él no aparecerá como el único o principal responsable. Desde un principio ha sabido lo que quería. No puede decirse lo mismo de Trump.

tres en raya

Kim mueve fichas

Poco se sabe realmente de la situación interna de Corea del Norte. No sólo de la situación económica y social sino de las relaciones de poder, del peso de cada personaje en las estructuras, de quienes son los apoyos o los cargos discrepantes (aunque sólo sea levemente) de Kim Jong-un y de la evolución de estas relaciones. Ni siquiera los servicios secretos occidentales tienen capacidad para informar a sus respectivos gobiernos de algo más que indicios o interpretaciones de cambios litúrgicos. Como en la época más dura de Stalin en Moscú.

Pero esta información es vital, especialmente en vísperas de la cumbre entre el presidente Trump y el dictador norcoreano. Tal vez únicamente China y Corea del Sur saben algo más de lo que ocurre bajo la superficie.

Por eso, la noticia llegada a EEUU a través de Seúl de que tres de los altos cargos militares más cercanos a Kim Jong-un han sido relevados en las últimas horas acaba en el análisis simplista de afirmar que el presidente norcoreano está fortaleciendo al sector moderado de su régimen ante su encuentro con Donald Trump.

No parece tan sencillo y a veces hay que tener en cuenta las relaciones personales, familiares y tradicionales para explicar algunas decisiones.

Se trataría de jefe de las Fuerzas Armadas, Pak Yong Sik; Ri Myong Su, jefe del estado mayor del Ejército del Pueblo de Corea (KPA, por su sigla en inglés); y Kim Jong Gak, director del Buró Político General del KPA.

Para Estados Unidos estos relevos se enmarcan en una estrategia para favorecer el acercamiento a Corea del Sur, lo que podría ser un buen indicio. Aunque hay otros más preocupantes, y más difíciles de interpretar en profundidad como son los preparativos para recibir en Corea del Norte al dictador sirio Bashar el Assad. (Foto: MArian Kloon, Flickr)

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INTERREGNUM. Abe vuelve a Florida. Fernando Delage

Catorce meses después de su primer encuentro en Mar-a-Lago, el club de golf de Trump en Florida, el presidente norteamericano volvió a recibir la semana pasada, en el mismo lugar, al primer ministro de Japón, Shinzo Abe. La supuesta sintonía personal entre ambos líderes, que también se vieron en Tokio en noviembre, no se ha traducido sin embargo en resultados positivos para Abe. Quizá Trump no ha abandonado su hostilidad antijaponesa de los años ochenta; quizá no entienda la importancia de Tokio como aliado.

La próxima reunión de Trump con Kim Jong-un y su política comercial han complicado en gran manera la agenda bilateral. En ambos temas, Abe parece volver con las manos vacías. El anuncio de un encuentro con Kim sorprendió al gobierno japonés: no sólo no se le consultó con carácter previo, sino que la naturaleza impredecible del presidente norteamericano crea la lógica inquietud sobre los términos de la negociación. A petición de Abe, Trump se comprometió a tratar con Kim la cuestión de los nacionales japoneses secuestrados por los servicios de inteligencia norcoreanos. Pero las dudas permanecen sobre las cuestiones de fondo: a Washington le preocupan los misiles intercontinentales de Pyongyang; no los de corto y medio alcance, es decir, los que amenazan de manera directa a Japón. Aceptar con condiciones el estatus nuclear de Corea del Norte—la suspensión de pruebas no es sinónimo de desnuclearización—, podrá empujar a Tokio a considerar su propia opción nuclear. Cualquiera de estos escenarios causará un importante daño a la alianza, obligando a Japón a seguir un camino de mayor independencia estratégica.

Abe esperaba conseguir, por otro lado, una exención a las tarifas al aluminio impuestas por Trump, al igual que otros aliados de Estados Unidos (Canadá, México y Corea del Sur). No lo ha logrado. Según algunas interpretaciones, Washington querría así presionar a Tokio para avanzar en un acuerdo comercial bilateral. Pero no parece que Japón vaya a ceder: su preferencia es un régimen multilateral, como el que ha reconfigurado bajo su liderazgo en forma del Acuerdo Trans-Pacífico a 11. Sólo días antes de su encuentro con Abe, Trump declaró estar dispuesto a considerar su regreso al TPP, pero, minutos después de su primera conversación con el primer ministro japonés en Florida, rechazó por tuit tal posibilidad. Sus formas no ayudarán a obtener la complicidad de su aliado japonés.

Ambas cuestiones, Corea del Norte y comercio, conducen por lo demás a China. La República Popular es el verdadero objetivo de la política comercial de Trump, como es también la clave del equilibrio estratégico del noreste asiático. Que, delante de Abe, el presidente de Estados Unidos elogiara a su homólogo chino, Xi Jinping, fue otro gesto probablemente innecesario. Se desconoce si Trump ha medido las consecuencias de sus actos, pero el abandono de lo que han sido líneas maestras de la política exterior norteamericana durante décadas abre un terreno desconocido: si pierde la confianza de un socio tan estrecho como Japón, los intereses norteamericanos—y no sólo la estabilidad asiática—se verán gravemente perjudicados. (Foto: Stéphane Neckebrock, Flickr)

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Trump, Corea, Tillerson, y un estilo de gobernar Nieves C. Pérez

Washington.- Muchos análisis se han hecho sobre lo controvertido del presidente Trump y sus formas; pero haber despedido al secretario de Estado a través de un tweet parece ser excesivo, incluso para él.  Se conocían un par de incidentes entre los dos personajes. Se sabía que no eran cercanos, y que desde finales del año pasado esas diferencias llevaron a Rex Tillerson a firmar su renuncia, que, por otra parte, valga acotar, adelantamos en esta columna y 4Asia dio en exclusiva a pocas horas de haber sucedido. Sin embargo, Trump decidió desmentirlo y continuar con Tillerson por unos meses. Seguramente en su afán de demostrar que la información que se filtró a la prensa formaba parte de “Fake news” (o noticias falsas) como ha repetido hasta el cansancio, y que en cada oportunidad intenta demostrar.

Pero todo tiene un fin, incluso enmascarar las verdades.

Hace unos días, mientras representantes de Corea del Sur sostenían reuniones con homólogos en la Casa Blanca – en las que de acuerdo a fuentes consultadas, debió estar el consejero de Seguridad Nacional, por ser él el mayor responsable en ésta materia-, Trump supo que estaban allí.  Para quienes conocen el ala oeste de la Casa Blanca, saben que es realmente pequeña y que la oficina de dicho consejero queda a muy pocos pasos del despacho oval, por lo que pudo ser que el presidente pasara enfrente o simplemente escuchó que estaban allí, y los mandó a llamar. Los surcoreanos le transmitieron a Trump la disposición de Kim Jon-un a reunirse con él. Valga apuntar, que el encuentro entre los surcoreanos y Trump estaba agendado para el viernes. Lo que, en su atropellado e impulsivo proceder, le llevó a la sala de prensa de la Casa Blanca y transmitió casi en tiempo real a la prensa su intención de aceptar la invitación del líder norcoreano.

No sólo el mundo se quedó atónito, sino también quienes trabajan día a día a su lado. Su ego o tal vez su forma natural de vivir, y/o, en este caso, gobernar, como un reality show, le pudo en ese momento y decidió que esa exclusiva debía darla él mismo, y, de camino, quedarse con todos los méritos.

Mientras este temporal tenía lugar en la Casa Blanca, Rex Tillerson estaba de visita oficial en Etiopia, y fue preguntado por un periodista sobre el anuncio que su jefe acababa de hacer desde Washington al que el secretario de Estado, no informado (por la prontitud del anuncio) respondió diciendo “estamos lejos de negociaciones con el régimen de Corea del Norte y no sabemos cuándo se podrá acordar un encuentro”, manteniendo la línea oficial vigente hasta hacía minutos.

El día después Tillerson cambió su tónica y afirmó que la decisión del encuentro no fue una sorpresa, en un fallido intento de remediar lo ocurrido.

Otro elemento particularmente curioso de esta semana ha sido que una vez que Trump despide con un tweet a Tillerson, el viceministro del Departamento de Estado, Steve Goldstein, fue también sacado de su posición, una vez que hizo público un comunicado de prensa y haber twiteado, palabras que, explicaba, venían de Tillerson, “El secretario de Estado no habló con el presidente esta mañana y no estaba al tanto de las razones. Pero está agradecido de la oportunidad de haber servido, y sigue creyendo que el servicio público es noble”. Esta afirmación dejó al descubierto a la Casa Blanca, que aseguraba que Tillerson había sido informado anticipadamente.

De acuerdo con fuentes cercanas al Departamento de Estado, los diplomáticos estadounidenses en el exterior recibieron instrucciones precisas de no publicar ese comunicado en las páginas oficiales de las embajadas. Algo que sorprendió mucho, pues lo natural es precisamente lo contrario, que se le dé difusión a los comunicados.

El ambiente alrededor de Trump es gris. Los cambios de rumbos son constantes. No se visualiza una claridad de gestión, y esto transciende la política exterior y salpica al Departamento de Estado. Mike Pompeo, el elegido para sustituir a Tillerson cuenta con más que experiencia política y credenciales y cuenta con la atención y el respeto de Trump, al menos de momento. Y eso podría ser clave en la gestión de la política exterior y de la imagen que proyecta Washington en el exterior.

Se esperan más sustituciones en el círculo cercano de Trump. Ahora hay rumores de que HR McMaster, un alto asesor en materia de seguridad nacional, también será reemplazado, por no haber estado en total sintonía con la cabeza de la Casa Blanca.

Trabajar en cualquier administración es un reto que lleva consigo mucho sacrificio personal y compromiso. Pero formar parte de la Administración Trump debe ser mucho más complejo, porque al gran esfuerzo, las largas horas y a la responsabilidad, hay que añadir los prontos del Presidente, que marcan una parte importante de la agenda. Y cualquier opinión que no esté del todo alineado con la de Trump se convierte en una razón para ser sustituido. O sea, que Estados Unidos se esta manejando a día de hoy más como un negocio personal que lleva su apellido al más puro estilo de los hoteles y pisos de lujos de Trump, que como una nación con una larga tradición institucional. (Foto: David Brossard, Flickr)

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INTERREGNUM: Trump-Kim: ¿Cumbre Trampa? Fernando Delage

La aceptación por parte del presidente Trump de la propuesta del líder norcoreano, Kim Jong-un, transmitida por un emisario de Seúl, de un encuentro personal entre ambos ha sido recibida con gran expectación, pero también con considerable escepticismo. Sin descartar que la cumbre no llegue a celebrarse, las dudas tienen que ver con el formato y con los términos de la negociación, sin olvidar las consecuencias que tendrá para uno y otro líder no llegar a ningún acuerdo.

Una primera reserva tiene que ver, en efecto, con el visto bueno a una reunión al más alto nivel, cuando la práctica diplomática dicta la conveniencia de un encuentro de este tipo cuando se trata de formalizar un pacto negociado entre sus respectivas administraciones con carácter previo. La manera impulsiva en que Trump aceptó la propuesta puede volverse contra él si—de celebrarse la cumbre—vuelve de ella con las manos vacías, enquistando el conflicto. A quien beneficia el efecto propagandístico es de momento a Kim, como promotor de la iniciativa.

Lo relevante, con todo, es el contenido de la discusión. ¿Realmente está Corea del Norte dispuesta a renunciar a su armamento nuclear? Si lo está, ¿qué quiere a cambio? ¿Puede Washington dárselo? Una declaración de no agresión parece factible, pero ¿lo considerará Pyongyang suficiente como precio de la desnuclearización? Si Corea del Norte exigiera a cambio la retirada militar norteamericana de Corea del Sur, ¿podría Estados Unidos ceder? Plantear preguntas como éstas en la actual Casa Blanca tiene un coste, como bien prueba la destitución de Rex Tillerson como secretario de Estado.

No debe olvidarse, por lo demás, el contexto regional. Todo apunta a que el gobierno surcoreano ha desempeñado un importante papel en la gestión del encuentro, que parece confirmar a priori la apuesta del primer ministro Moon Jae-in por reanudar el acercamiento diplomático a Pyongyang interrumpido por la administración anterior. Los movimientos chinos son, por otra parte, la variable quizá más interesante—y desconocida hasta la fecha—de este desenlace. La sorpresa de Japón por la aceptación de Trump puede acrecentarse aún más en las próximas semanas. El presidente norteamericano, que se define ante todo como un “deal-maker”, quiere resolver un problema. Pero quizá no sea del todo consciente de que no todas las claves de la solución se encuentran en Pyongyang. Tampoco de que Corea del Norte no constituye el centro de los intereses de Estados Unidos en una Asia que, casi a espaldas de Washington, está construyendo un nuevo orden. (Foto: Travis Vadon, Flickr)

Panmunjon

¿La mano dura, a pesar de las torpezas de Trump, estará dando resultados? Nieves C. Pérez Rodriguez

Washington.- Desde que Moon Jae-in se convirtió en presidente de Corea del Sur el pasado mayo, se abrigaba la esperanza de que, con su llegada, llegarían tiempos de cambios y más negociación con Corea del Norte. Moon tiene una larga experiencia en la negociación de éste incrustado conflicto y una reputación conciliadora. Por eso se contemplaba la posibilidad de alcanzar algún camino de salida a la crisis.

La prueba de esto la vimos previa a los Juegos Olímpicos. Fue Moon quién medió para que Corea del Norte participara, y quien haciendo uso de tácticas diplomáticas sentó en el palco presidencial al vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, a tan sólo 3 sillas de la hermana de Kim Jon-un. Y ahora también es gracias a él y la vía diplomática que ha abierto con Pyongyang que se ha conseguido que el líder norcoreano acepte un encuentro con Trump para negociar la situación, al que su impulsividad natural le apresuró a hacer público, incluso antes de consultar y/o informar al Departamento de Estado.

Bill Clinton fue el anterior presidente que consideró seriamente viajar a Pyongyang y sentarse a negociar con Corea del Norte a finales del 2000. Visita que no se materializó debido a que, en la avanzada presidencial, la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright, discutió con Kim Jong-il sobre la posibilidad de que se deshicieran de los misiles que poseía hasta ese momento, concesión que los norcoreanos no aceptaron. Aun cuando estaban dispuestos a dejar de vender misiles y parar el avance de su carrera misilística.

Posteriormente, en la Administración George Bush los esfuerzos se centraron básicamente en continuar con la política Clinton, y Colin Powell, el secretario de Estado de ese momento, consiguió unificar “the six party talk”, o el grupo de los seis, conformado por Estados Unidos, las dos Coreas, Japón, China y Rusia, grupo de negociación multilateral creado en 2003 con el objetivo de desmantelar el programa nuclear de norcoreano. Pero que pereció en 2009, en cuanto que Pyongyang se retiró, según Kelsey Davenport, director de política de no proliferación.

La Administración Obama, a pesar de su explícita apertura a dialogar e intentar conciliar posiciones con los enemigos se mantuvo en una posición similar a sus antecesores ante la crisis coreana. Aunque Hillary Clinton, como secretaria de Estado, visitó Corea del Norte para conseguir la liberación de unos presos estadounidenses a cambio de ayudas y concesiones al régimen. Lo que marca una vez más una diferencia con la Administración Trump, qué desde el principio ha sido directa y ha jugado a la confrontación con Pyongyang más que a la negociación. Trump es un presidente cuya espontaneidad e imprudencias parece haberle puesto en una situación favorable, al menos en este momento. Así, mientras, las maniobras militares estadounidenses y surcoreanas siguen llevándose a cabo y las sanciones seguirán vigentes.

Kim Jon-un no es irracional, por el contrario tienen una estrategia perfectamente definida que consistiría en afianzar su capacidad nuclear para conseguir precisamente esto, que los tomaran en serio y poder negociar en el momento que a ellos les ha venido bien, según Suzanne DiMaggio (directora del dialogo entre USA y Corea del Norte) y la que hizo posible el primer encuentro en mayo del 2017 en Oslo entre representantes de la Administración Trump y del Régimen norcoreano).

DiMaggio afirma también el hecho de que Trump aceptara la invitación a reunirse, pone en ventaja al régimen de Pyongyang. Es lo que han querido durante años, un encuentro con líderes democráticos del primer mundo. Estados Unidos ha aceptado sin haber conseguido nada a cambio.

Washington sigue con una política exterior difusa. Por un lado, sigue sin tener embajador en Seúl. El mejor candidato, Victor Cha, el americano con más conocimiento y experiencia en la península coreana según muchas fuentes, ex asesor de Bush además de profesor de Georgetown, fue descartado por la Casa Blanca, porque se opuso en una reunión a un ataque militar a Corea del Norte. Cha contaba con el plácet de Seúl para ser embajador, incluso antes de haber sido solicitado por Washington. Mientras que el secretario de Estado, Rex Tillerson, admitía desde África que no sabía de los avances con Pyongyang. Todos estos cambios son una muestra de la manera de ejecución de esta Administración, la desconexión entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

Sin embargo, sentarse a hablar en diplomacia es siempre positivo, es la vía deseada que podría alejar las confrontaciones o, al menos de momento, una salida militar que traería tragedia y dolor. Pero no podemos dar por hecho el encuentro; con el carácter volátil de cada uno de los personajes en ambos lados del Pacífico hay que esperar a ver cómo evolucionan los preparativos a tan esperado momento, y sobre todo si desde éste lado, Trump no dice alguna imprudencia que acabe dándole la coartada al adversario para cancelar el encuentro. (Foto: Mark Scott Johnson)

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Seis preguntas y respuestas sobre la cumbre entre Trump y Kim. Miguel Ors Villarejo

¿No ha habido antes otras negociaciones? Desde el armisticio de 1953, la relación entre Corea del Norte y Estados Unidos se ha ajustado a un patrón familiar: tras un largo periodo de estancamiento, una de las dos partes (generalmente Pyongyang) propone un diálogo que fracasa cuando una de las dos partes (generalmente Pyongyang) incumple sus compromisos. Así sucedió con el Acuerdo Marco (Agreed Framework) que impulsó en 1994 Bill Clinton y que Kim Jong-il liquidó con un lanzamiento de misiles en 1998, o con la negociación a seis bandas (además de las dos Coreas y Estados Unidos, Japón, China y Rusia), que arruinó un ensayo nuclear en 2006. “Las sucesivas administraciones americanas”, escribe The Economist, “han invertido años en una cauta y concienzuda diplomacia […], respaldada por una juiciosa mezcla de palo y zanahoria. Después de cada firma, los norcoreanos se embolsaban las ayudas, rompían su palabra y reanudaban su programa atómico. En el mejor de los casos, todo el esfuerzo servía para retrasarlo unos años”.

¿Por qué ahora? Los enviados de Corea del Sur que transmitieron a la Casa Blanca el deseo de Kim Jong-un de reunirse lo antes posible atribuyen la iniciativa al “contundente planteamiento” de Donald Trump, cuya “máxima presión” ha forzado a Pyongyang a considerar una “desnuclearización completa” de la península. Pero la oferta no es ninguna novedad. “Corea del Norte lleva 20 años deseando celebrar una cumbre con un presidente estadounidense”, explicaba en Twitter Jeffrey Lewis, del Instituto de Estudios Internacionales de Middlesbury. “Ha sido una prioridad de Pyongyang desde que Kim Jong-il invitó a Bill Clinton [sin éxito]”.

¿Tienen algo que ver las sanciones? No está nada claro. Aparte de los diplomáticos surcoreanos, que son ardorosos partidarios de que la cumbre tenga lugar y se cuidaron de envolver la propuesta en todo tipo de elogiosas consideraciones hacia la persona de Trump y “su maravilloso equipo de seguridad”, el único que ha calificado de severo el daño que el bloqueo está infligiendo es el secretario de Estado Rex Tillerson, cuyo nivel de información tampoco debe de ser alto, porque se enteró de la invitación de Kim (y de su aceptación por Trump) mientras estaba de gira por África. The Economist dice que “China sigue suministrando energía y alimentos” a su vecino. Por su parte, Bryan Harris afirmaba hace unos meses en el Financial Times que Corea del Norte no está tan mal. “Ha pasado de un socialismo férreamente controlado a un modelo básicamente de mercado” y, aunque las estadísticas disponibles son poco fiables, los expertos que viajan con frecuencia al país coinciden en que “el cambio salta a la vista”. Ha surgido una clase adinerada llamada donju que exhibe su poderío en los cada vez más numerosos restaurantes y comercios. “Según una encuesta entre más de 1.000 desertores”, dice Harris, “el 85% de la población se abastece ahora de alimentos en los mercados y únicamente un 6% depende ya de las cartillas de racionamiento”.

¿Estamos ante otra añagaza de los Kim? Es posible, pero si Corea del Norte busca un crecimiento sostenible como el que han experimentado otros tigres asiáticos, necesita captar masivamente capitales y exportar aún más masivamente, y difícilmente lo logrará tirando bombas. No le viene mal rebajar la tensión. Además, debe de pensar que el desarrollo de un cohete continental, capaz de alcanzar territorio americano, le permite afrontar un diálogo con la Casa Blanca desde una posición más firme. Finalmente, un antiguo asesor de George Bush hijo, Christopher Hill, observa que Pyongyang nunca había planteado una desnuclearización total y “hay que explorar esa vía”, con las debidas cautelas. Como advierten otros dos asesores presidenciales, Michael Green (Bush hijo) y Evan Medeiros (Barack Obama), Pyongyang “únicamente pretende detener las sanciones” y “jamás renunciará a su arsenal atómico”.

¿Por qué se ha echado Trump al ruedo tan deprisa? Es un desafío a la altura de lo que considera que es su principal talento: la capacidad negociadora. Como deja claro en Nunca tires la toalla, ha llegado a acuerdos donde otros habían fracasado. La mayor dificultad de sus edificios emblemáticos (el hotel del Soho, la torre que lleva su nombre) nunca fue técnica, sino política: resistencia vecinal, barreras burocráticas, etc. Y una vez entablado el diálogo, sabe ser desconcertantemente creativo. “Cuando la otra parte espere un duelo, ofrécele una alianza”, dice a propósito del campo de golf escocés de Menie Estate. Allí debió hacer frente a una gran oposición medioambiental y se metamorfoseó en Donald, el Amigo de los Animales: estabilizó dunas, construyó madrigueras artificiales para las nutrias y cajas nido para los murciélagos, financió iniciativas para preservar el tejón, el tritón palmeado y la gaviota cabecinegra… “La gente esperaba un duelo y, en lugar de eso, ofrecimos una alianza”.

¿Será esa su estrategia con Kim Jong-un? No hay que descartar nada, aunque ahora se juega algo más que el dinero de un puñado de socios.