CARAS HORIZONTAL

China, en el centro del debate

Esta semana, 4Asia celebra un encuentro en el que vamos a volver a debatir sobre China, su situación actual, sus últimos cuarenta años de historia, sus avances, sus fortalezas, sus debilidades, y su incuestionable ascenso al protagonismo internacional entre las grandes potencias.

Todo se ha gestado entre los mandatos de Deng Xiao Ping, obligado a ordenar el lado más turbulento del maoísmo con una oleada de pragmatismo sin romper ni con el terror como forma de gobierno ni con las decisiones centralizadas en una economía intervenida, y de Xi Jinping que hereda un sistema en plena expansión económica y una China en plena disposición de disputar el liderazgo a Estados Unidos y hacer sentir sus negocios y su influencia en todo el planeta.

Y en este escenario, el último Ping está en medio de una curiosa situación en la que el renacido proteccionismo de Estados Unidos con Donald Trump al frente permite al líder chino presentarse como líder del libre comercio mientras la mano del Partido Comunista Chino sigue siendo determinante en la economía interior y las fuerzas navales chinas amenazan la libre circulación en el Mar de la China.

Esta es la realidad, y a lo que supone, sus consecuencias y lo que define el escenario internacional vamos a dedicarle unas horas de debate con especialistas de especial relevancia que expondrán las claves de la política exterior china; los avances de la modernidad de corte occidental en una sociedad milenaria; los procesos políticos chinos durante las últimas cuatro décadas, y trataremos de dar respuesta a si China tiene un modelo propio de desarrollo económico o es el resultado de un ejercicio oportunista y autoritario buscando resultados en función de las posibilidades. Será una buena ocasión para encontrarnos e intercambias opiniones.

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Maniobras en el frente

Donald Trump vuelve a mover ficha para intentar tomar la iniciativa en un proceso de replanteamiento de las claves de la escena geopolítica mundial. Así ha decido dos jugadas que no dejan de tener importancia: por un lado, ha ofrecido a China tres meses de tregua en la preparación de la guerra comercial que él mismo anunció, y, por otro, ha anunciado la eventualidad de un nuevo encuentro con el presidente norcoreano, allá por febrero o marzo, para desbloquear la situación y volver a situar la cuestión coreana en el escenario salido de la cita de Singapur.

En realidad, la reunión del G-20 en Buenos Aires fue más un escenario de cómo evoluciona la política exterior de EEUU, China y Rusia, que un encuentro para tomar medidas en el plano económico. El G-20, como lobby y lugar de toma de decisiones ha perdido peso. Así, fueron más importante los gestos de Trump para evitar la foto con el líder saudí Bin Salman, a quien por otra parte no quiere moverle la silla, la escenificación de su enfado con Putín por los incidentes en Crimea y las maniobras chinas para seguir mejorando su presencia en las economías latinoamericanas.

Pero volviendo a las iniciativas de Trump, todo parece indicar que la Administración de EEUU ha entendido que la hipocresía china sobre el libre mercado le está ganando en el terreno de la propaganda y que, además, tras el choque con China el proteccionismo llevará a un desencuentro con la Unión Europea en el que, paradójicamente puede ganar terreno Rusia. De ahí los tres meses de plazo para estudiar el terreno de batalla y analizar posibles consecuencias y, a la vez, conseguir que China favorezca el encuentro con Kim Jong-un. Veremos qué pasa. (Foto: Michael Spring, flickr.com)

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Cita en Buenos Aires

Dentro de unos días, en el marco de la cumbre del G-20 en Buenos Aires, Donald Trump y Xi Jinping se encontrarán cara a cara y, por detrás de la casi segura amabilidad formal, escenificarán el momento actual de sus relaciones, probablemente un paso más hacia la guerra comercial, aunque con gestos hacia un posible acuerdo, es decir, una fase más en la complicada disputa para ver quién arranca mas ventajas de la actual situación.

En el G-20 habrá más simpatía espontánea hacia China que hacia Estados Unidos. Décadas de propaganda antinorteamericana, la pervivencia de las falsas verdades marxistas sobre el capitalismo y el liberalismo y el hábil pragmatismo chino han logrado un ecosistema favorable. Aunque no hay que olvidar que el proteccionismo defendido por Trump, bien poco liberal y contrario al libre mercado capitalista, ha puesto su parte en el escenario.

Pero el proteccionismo no es exclusivo de Trump. Aunque siempre ha existido en proporciones importantes a pesar de la hipocresía oficial, y la Unión Europea es maestra en esto, es un fenómeno que está creciendo peligrosamente. Las crisis, y sobre todo la explicación que se da de éstas, provocan la vuelta a la ensoñación del nacionalismo más delirante como solución a todos los problemas, como si volver a la tribu, sus costumbres y sus viejos prejuicios fueran a mejorar la humanidad. Pocos parecen estar curados de esto.

Pero, además de recordar los infiernos que el nacionalismo y el delirante proteccionismo han provocado, hay que insistir en la batalla ideológica, incluso aunque produzca réditos electorales; halagarlo, aunque sea moderadamente, es abonar la emocionalidad primitiva frente a una racionalidad en retroceso. (Foto: Oski Rodríguez, flickr.com)

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Nuevos malos vientos

Aunque desde cierto segundo plano, las palabras y las acusaciones van ganando grosor entre Estados Unidos y China. Más desde Washington, porque Pekín hace tiempo que ha entendido que presentar una cara aparentemente amable y suave mientras mueve piezas y avanza posiciones (mano de hierro en guante de seda) es una buena propaganda frente a un Trump bocazas enfrentado a tantos medios de comunicación.

Todo parece encaminarse a una guerra comercial dura mientras ambos países refuerzan sus posiciones militares marítimas en un despliegue continuo desde hace una década por China y una lenta pero clara reacción de Estados Unidos.

En ese marco, el conflicto con Corea del Norte está bloqueado tras el publicitado encuentro de Singapur. Y, lo que es peor para Corea del Norte, ya no ocupa el principal protagonismo ni la mayoría de las portadas de los medios de comunicación occidentales que presionaban a Estados Unidos y a los gobiernos democráticos.

Tal vez por eso, Kim Jong-un anunció hace unos días el ensayo de una nueva arma táctica ultramoderna, en lo que parece una vuelta a las amenazas apocalípticas para llamar la atención sobre la falta de avances y las escasas concesiones de Estados Unidos hasta que Corea del Norte dé pasos significativos en el proceso de desnuclearización comprometido en Singapur.

El clima se va enrareciendo sin que parezca dársele importancia en los grandes foros, eternamente confiados en que nada es grave hasta que salta por los aires. Pero todos los grandes conflictos comienzan así.

Mala época en la que los viejos nacionalismos expansivos encuentran enfrente reflejos proteccionistas, de repliegue y de imitación emocional para conquistas o conservar el poder. (Foto: Toby Cresswell, Flickr.com)

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Trump

Trump está ya valorado por los votantes estadounidenses respecto a la primera mitad de su primer mandato y tal vez es un momento oportuno para aproximarse con serenidad al personaje.

Donald Trump era, y es, un outsider en la política de EEUU. Un outsider que inquieta a los demócratas porque derribó su último sueño de seguir en la Casa Blanca en la estela del mucho mejor publicitado que gestor, Barack Obama, y pone nerviosos a muchos republicanos por su mala educación, su ruptura de formas, su populismo de taberna y su cambio en las formas públicas de gestión, más cercanas a las de un tendero de pueblo metido en grandes negocios que a las del presidente de una de las democracias más sólidas y ejemplares del planeta.

Sin embargo, a pesar de las profecías de los medios de comunicación europeos y no pocos norteamericanos que llevan sus deseos a las encuestas que encargan, en términos generales y trascendiendo el resultado, la fidelidad de la base electoral de Donald Trump sigue fuerte. Entre otras cosas, porque el presidente ha cumplido muchas de las promesas hechas, que no es poco.

A pesar de los intentos de presentar a Trump como una amenaza para la democracia, algo que, como poco, es una exageración propagandista, su gran pecado es la defensa de prácticas proteccionistas que la izquierda europea dista mucho de criticar porque en eso están juntos. Sin embargo, los ataques de Trump al libre comercio y sus medidas están produciendo, en el corto plazo, resultados espectaculares: Estados Unidos está cerca del pleno empleo, los salarios están subiendo y el optimismo crece. Aunque es previsible el crecimiento de la deuda y caídas a medio plazo, no debe subestimarse el saldo en este momento.

Esto debería ser un aviso a navegantes. En Europa y en España, donde la arrogancia, la soberbia y la superioridad política suelen cegar los análisis de la realidad como le ocurrió a Hillary Clinton. Más vale asumir que viene una guerra comercial con China, que ni el Estados Unidos de Trump ni China son campeones del libre comercio y que hace falta una voz firme que defienda un menor intervencionismo de los Estados en la vida económica y política de los ciudadanos.

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China juega en América

El crecimiento del populismo de derechas en América Latina, y no sólo en Brasil donde gobernará Bolsonaro, tiene a China en alerta. No por cuestiones comerciales, ya que las empresas chinas hace tiempo han aprendido a moverse y aprovechar las oportunidades en un entorno liberal y de economías abiertas mientras sus empresas están sometidas al intervencionismo estatal. Lo que preocupa a Pekín es que los nuevos movimientos políticos  están permitiendo a Taiwán aliviar, aunque poco, la asfixiante presión china para ahogar su relaciones comerciales y diplomáticas con el exterior.

Así, China ha hecho advertencias a Brasil, ha pedido a Trump que se piense sus relaciones con Taiwán y dispersa por toda América Latina el mensaje de que no es prudente seguir manteniendo relaciones diplomáticas y comerciales con la isla.

Es obvio, y así lo venimos repitiendo desde esta página, que China está esforzándose en una estrategia de consolidar y ampliar su presencia militar naval, disputar este espacio a EEUU, conseguir negociar de potencia a potencia con una mejor relación de fuerzas a su favor y combinar esta fuerza y la advertencia que supone, cuando no amenaza, con la expansión comercial.

En ese escenario, Taiwán es un desafío, no sólo histórico, que ha servido como acicate a su nacionalismo, sino, además, se trata de una potencia económica en un área que China aún  no controla y un aliado sólido, hasta el momento, de Estados Unidos.

Pero hay más. China está observado como la política dubitativa de EE.UU. está provocando desconfianza e incertidumbre en los aliados tradicionales de Washington, y éstos han comenzado a aproximarse a China aunque con recelos. A ese respecto es interesante el artículo de Fernando Delage sobre las relaciones China-Japón que publicamos esta semana.

A la vez, otros países como India y Australia están explorando mecanismos de colaboración y seguridad para llevar un eventual vacío si Estados Unidos no renueva completamente sus compromisos o toma nuevas iniciativas. La política global de China está impulsando cambios globales que no deben pasar inadvertidos.

Sgt. 1st Class Clay Rose, second from right, a platoon sergeant with 1st Battalion, 7th Field Artillery Regiment, 2nd Advise and Assist Brigade, 1st Infantry Division, United States Division – Center, and a Ulysses, Kan., native, gives instruction on range and weapon safety to senior noncommissioned officers from the 1st Iraqi Federal Police Division, May 16, 2011 at Joint Security Station Loyalty, Iraq. Each shurta, or police officer, who participated in the range had the opportunity to fire weapon systems used by U.S. forces in Iraq. (U.S. Army photo by Capt. Christopher Miles, 2nd AAB, 1st Inf. Div., USD-C)

Armas a Arabia Saudí, el cinismo en primer plano

El crimen de Estado cometido por Arabia Saudí en una de sus representaciones diplomáticas en Turquía, además de revelar la peor cara y la capacidad cruel del régimen wahabita, ha puesto a Europa ante su propio espejo en el que se refleja el peor de los cinismos y el asomo de los gestos populistas en política exterior.
Aunque el crimen ha puesto de actualidad la realidad de Ryad, no es nada nuevo para Occidente aunque, es justo y a la vez difícil reconocerlo, mientras la arbitrariedad se hace explícita hay gestos de apertura que no pueden ser descartados con simpleza en un régimen que viene de tradiciones medievales y dónde cambios insignificantes que son habituales hace siglos en Occidente significan allí una revolución en las costumbres.
Pero, lamentablemente, el crimen saudí no es ni poco habitual, ni una sorpresa en Oriente Medio. Solo es más publicitado éste por razones políticas, ideológicas y oportunistas, además de por la barbaridad que ha supuesto. Recuérdense los condenados por homosexualidad colgados de grúas en plazas públicas de Teherán o las imágenes de opositores a Hamás o supuestos colaboradores de Israel arrastrados por motocicletas por las vías de Gaza ante el alborozo de los militantes de la organización terrorista.
Lo sorprendente es cómo la brutalidad saudí está convirtiéndose en el estrado en el que predican quienes quieren apretar las tuercas al régimen en sus intentos de rearme y eso en un momento de máximo enfrentamiento (militar en el escenario yemení) con Irán. Y eso explica que los que más gritan en España son los dirigentes de una formación política que podría estar siendo financiada por Irán, según algunos datos significativos.
Pero es el terreno de los gobiernos en el que el asunto chirría más. Países europeos como Alemania, Francia y España, que avalaron el dudoso acuerdo con Irán para contener sus proyectos de armamento nuclear, se lanzaron a hacer negocios, legítimos, con Teherán y ante las dudas sobre aquel acuerdo cierran filas con la teocracia iraní. Ninguno de estos países se ha replanteado sus negocios en este terreno o la aportación de apoyo financiero a la Gaza en las que gobierna Hamás.
Esta es la política real, aunque se esconda tras una hipócrita defensa de los derechos humanos, y habrá que explicar que, a veces, los intereses nacionales mandan y constituyen la defensa más pragmática de esos derechos humanos junto a la defensa de las libertades.
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Crimen y caos

El crimen del consulado de Estambul no sólo está suponiendo el revés más importante para la monarquía saudí en décadas, sino que puede acarrear un reajuste geoestratégico en la región con efectos negativos.

En primer lugar, que haya tenido lugar en Turquía y que este país se haya convertido, tal vez a su pesar, en el fiscal del caso plantea un problema y probablemente facilitará una salida no excesivamente traumática para Ryad. Turquía y Arabia Saudí son cautelosamente aliados. Les une su adscripción al sunismo islámico y su rechazo a una solución en Siria que pase por la supervivencia del régimen de Al Assad. Les separa la alianza de Ankara con Moscú que, a la vez, es un firme aliado del régimen sirio y de Irán, enemigo total, y bélico en Yemen, de los saudíes.

A la vez, la presión sobre los saudíes ha hecho reforzar sus lazos al eje sunní integrado básicamente por Bahrein, Jordania, Egipto y Arabia (Marruecos en segundo plano) que viven tratando de romper el crecimiento de la influencia y la presencia de Irán en toda la región. Debe añadirse que, aunque desde una discreción cada vez menor, nunca antes se había vivido un acercamiento como el actual entre Israel y el régimen saudí, amenazados ambos por Teherán.

Y, de fondo la presión de los medios de comunicación y la izquierda mundial que tratan de presentar a Arabia saudí como el gran Satán junto a su aliado EEUU. La satrapía saudí es hace tiempo el pretexto para encubrir los crímenes iraníes o justificar cierto terrorismo y es significativa la influencia de este clima de opinión en los gobiernos occidentales bienpensantes instalados en lo políticamente correcto en lo público y en la hipocresía y el realismo político en privado y en la práctica.

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Rusia, al norte y al oeste de China

Una de las mas relevantes noticias de las últimas semanas fue la participación de China, con fuerzas militares, en las mayores maniobras del ejército ruso desde la posguerra mundial. Aparentemente, las relaciones ruso-chinas pasan por un buen momento: se han firmado convenios de suministro de energía, se han coordinado posiciones respecto a los signos de guerra comercial con Estados Unidos y Rusia ha apoyado, con perfil bajo, las distintas iniciativas y operaciones chinas respecto a la crisis con Corea del Norte.
Sin embargo, como en todas las relaciones entre países, conviene distinguir entre lo visible y lo real ente los intereses coyunturales y los profundos, y Rusia China son dos países demasiado veteranos en encuentros, desencuentros y disputas, tanto territoriales como de influencia, como para mantener alianzas a largo plazo. Por eso se siguen observando mientras se sonríen.
Así, mientras celebran su recobrada amistad, Rusia refuerza su influencia, ya importante, en Kazajistan, Kuirgistán y Tayikistan, repúblicas ex soviéticas que rodean la frontera occidental china, justo frente a la zona donde el islamismo está echando un pulso político al gobierno de Pekín.
China no debería, y en realidad no lo hace, (y, por cierto, especialmente no deberían EEUU y Europa) ser indiferente a esas iniciativas rusas en zonas en las que China quiere aumentar su influencia entre otras cosas con su proyecto de comunicación terrestre con Europa a través de la vieja Ruta de la Seda.
Rusia perdió, tras el desmoronamiento de la URSS, presencia política y militar, tanto en el Pacífico como en el Asia central, y Putin, que está fortaleciendo su Estado y su presencia global día a día, no puede abandonar esta zona estratégica para Moscú de los tiempos de los zares. Y en eso está.
La nueva geoestrategia crea múltiples frentes para cada país en un mundo que se ha hecho mucho más complejo. Y hay que analizar los escenarios principales y los secundarios a la hora de interpretar riesgos, amenazas y oportunidades, es decir, desventajas y ventajas de cada situación.
Las explicaciones simples conducen con frecuencia a errores y a perder de vista que la realidad es como es y no como nos gustaría que fuera, y si no se parte de la realidad no se toman decisiones eficaces. (Foto: Eul Mulot, Flickr.com)
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China: nuevos planes, nuevos retos

China tiene en Pakistán uno de sus aliados estratégicos y esta alianza es básica para proyectar comercio, economía y eventualmente fuerzas militares al Golfo Pérsico si los intereses chinos lo consideran necesario.
Las inversiones chinas en este país, al que Pekín ha garantizado cerca de 60.000 millones de dólares para centrales eléctricas, carreteras, vías férreas y puertos de alta capacidad a lo largo de un corredor constituyen una parte esencial para unir China a Euroasia.
Pero ese acercamiento provoca recelos en toda la región. En India porque este país mantiene un conflicto territorial y no exento de incidentes armados con Pakistán; en Irán porque el integrismo sunní pakistaní conspira contra los avances del chiismo iraní; en Rusia porque, a pesar del acercamiento a China reciente, temen una merma de la influencia rusa en la región, y en sectores de Afganistán porque gran parte del terrorismo talibán proviene de Pakistán.
Y China está moviéndose para impedir que su política represiva en la región china de Xinjiang, de mayoría musulmana, se aproveche por otros países para intentar crear una cuña entre los gobiernos chino y pakistaní. Pakistán, a la vez, juega un papel de disputa de la tecnología nuclear a Irán, con la colaboración de Arabia Saudí, el gran enemigo de Teherán.
Con el crecimiento de la influencia y los proyectos chinos en todo el planeta, surgen  los retos en una zona con un escenario complejo y endiablado en el que, tal vez, el famoso pragmatismo chino no sea suficiente.
Pekín va a tener que jugar sus bazas con extraordinaria sutileza y equilibrio para no quedar atrapada en medio de unas tensiones viejas y ajenas a la cultura del Asia lejana. (Foto: Allen Goldblatt, Flickr.com)