INTERREGNUM: Presión sobre Taiwán. Fernando Delage

El pasado lunes, el portaaviones Liaoning de la armada china realizó ejercicios en la costa oriental de Taiwán. El martes, el Theodore Roosevelt, portaaviones de la flota norteamericana, entró en el mar de China Meridional como parte de una “operación de rutina”. El miércoles, un avión espía EP-3E de Estados Unidos sobrevoló el espacio en el que lindan el estrecho de Taiwán y el mar de China Meridional. Pekín respondió mediante el despliegue de varios aviones en la zona, como también hizo Taipei, aunque las incursiones chinas en el espacio aéreo taiwanés se han producido a diario durante los últimos meses. El mismo día, el destructor John McCain navegó a través del estrecho de Taiwán, cuarta vez que lo hacía un buque de Estados Unidos desde la toma de posesión de Biden como presidente.

Desde Washington, el portavoz del departamento de Estado expresó la “profunda preocupación” por las acciones chinas dirigidas a intimidar a otros en la región. Estados Unidos, indicó, “mantiene la capacidad para hacer frente a todo intento de recurso a la fuerza o cualquier otra forma de coacción que pueda poner en peligro la seguridad o el sistema social o económico de Taiwán”. Las fuerzas armadas norteamericanas llevan tiempo advirtiendo, por otra parte, de que China está probablemente acelerando sus planes para el control de la isla. Puede que lo intente durante los próximos seis años, señaló el mes pasado ante el Senado el responsable del mando Indo-Pacífico, almirante Philip Davidson.

No son pocos los analistas que creen que China ha perdido la paciencia con el statu quo. En vísperas del centenario, en julio, del Partido Comunista, y al acercarse el más que probable tercer mandato de Xi Jinping—a partir del XX Congreso en 2022—se piensa que un avance con respecto a la reunificación formaría parte central de su legitimidad, por lo que estaría dispuesto a asumir mayores riesgos. El centenario de la fundación del Ejército de Liberación Popular en 2027 podría ser otra circunstancia que conduzca a realizar algún movimiento en relación con la isla.

Es cierto que, desde 2013, China ha aumentado la presión en su periferia marítima, y no sólo en el estrecho de Taiwán: sus acciones en los mares de China Meridional y de China Oriental tampoco pueden desvincularse de su estrategia hacia la recuperación de la “provincia rebelde”. La presión aérea y naval es la mayor en los últimos 25 años, sin embargo, los costes de un ataque continúan siendo muy elevados.  El uso de la fuerza contra Taiwán haría un enorme daño a la imagen internacional de China, uniría a los países vecinos contra la amenaza que representaría Pekín para la estabilidad regional y, sobre todo, distraería a Xi de sus prioridades internas. La inquietud por el comportamiento chino es comprensible, pero su objetivo consiste probablemente en disuadir a las autoridades taiwanesas para que no declaren la independencia más que en optar por la reintegración por la fuerza. Los efectos que se buscan son sobre todo psicológicos: los medios militares, como los cibernéticos y económicos, buscan dividir a los taiwaneses, sembrar el pesimismo sobre su futuro, y hacer presente el poder de la República Popular, así como el reducido margen de actuación de las potencias externas.

Corregir esta última percepción es una cuestión central para Estados Unidos. Washington está—por ley—comprometido con la defensa de Taiwán, pero mantiene la ambigüedad sobre cómo respondería a un ataque por parte de China. Cada vez será más difícil contar con el apoyo de la opinión pública norteamericana en un eventual uso de la fuerza contra Pekín, pero está en juego asimismo el futuro de sus alianzas en Asia. Porque las opciones son limitadas, la prioridad debe ser prevenir una crisis en el estrecho antes de que se produzca. El acercamiento a los aliados y la inclinación por la diplomacia de la administración Biden, junto con la firmeza de sus mensajes a China, son por ello tanto o más relevantes que el reforzamiento de sus capacidades militares.

El nuevo rumbo de la diplomacia. Nieves C. Pérez Rodríguez

El mundo hoy es muy diferente al que conocíamos en 2019. La pandemia ha dejado expuestas las vulnerabilidades de las sociedades, incluso de las más avanzadas. Las economías más desarrolladas y con sistemas sanitarios más modernos -en su mayoría- fracasaron en el control de infecciones y con ello un cambio total y radical de vida se ha instaurado.

Los Estados se han visto forzado en replantearse sus relaciones con otras naciones, y China se ha convertido en el blanco de muchas denuncias. Países como Australia o Nueva Zelanda han tomado firmes posiciones de denuncias contra Beijing, y Estados Unidos, por su parte, parece estar orientando sus esfuerzos diplomáticos en cerrar un frente con sus aliados para sobrellevar la crisis mientras desarrolla una estrategia que ayude a blindar a Taiwán de las amenazas del PC chino. Para ello le provee de una plataforma en la que gane mayor protagonismo internacional.

El pasado 10 de abril, El Instituto americano en Taiwán (American Institute in Taiwan), la sede pseudo diplomática de Washington en Taipéi, prometía más cooperación con la isla por los años venideros. Basado en el “Acta de las relaciones con Taiwán de 1979” se ha permitido intercambios sobre todo de tipo económico entre ambos. Esta ley fue creada al momento en que Washington reconocía diplomáticamente a Beijing. Pero durante la Administración Trump ha sido un recurso para potenciar más intercambios y generar más acercamientos con Taiwán. Muy a pesar de las protestas de China, todo indica que la estrategia de la Administración es continuar apoyando a Taiwán, más allá de la venta de armas o el “Acta de viajes a Taiwán” que consiste en permitir viajes entre oficiales de ambos gobiernos. Es evidente que Washington está tratando de proteger este enclave democrático que se encuentra a tan sólo 150 kilómetros de territorio chino y que su estratégica posición le asegura cierto control del Pacífico. O quizá más bien ayuda a equilibrar la influencia china en la región.

El instituto americano en Taiwán está presidido por un diplomático de carrera, Brent Christensen, pero bajo la figura de director, en vez del título de embajador. Un foro debatió el pasado viernes sobre “La reestructuración de la cadena de suministros y mejora de la resiliencia entre socios afines”, y cuyo propósito fue discutir herramientas políticas que permiten la reestructuración de las cadenas de suministro al tiempo que se asegura que las empresas y las economías puedan prosperar.

Christensen decía “La pandemia de Covid-19 ha expuestos los riesgos de depender demasiado de un solo país o un proveedor de materiales críticos como suministros médicos y productos farmacéuticos y de insumos para industrias estratégicamente importantes. Mientras planificamos un mundo postpandémico y evaluamos que cambios son necesarios, una cosa es cierta: Taiwán ha demostrado una y otra vez que es un socio confiable y un actor fundamental para avanzar hacia una economía global más sostenible”.

El Departamento de Estado también está dándole más exposición al “grupo de trabajo de cooperación y entrenamiento global” (por sus siglas en inglés GCTF), que en sus comienzos se estableció para proveer una plataforma en la cual Taiwán podría contribuir a la resolución de problemas globales y compartir su experiencia con socios en toda la región. Para indagar más en el propósito y entender las razones por las que este grupo está tomando mayor importancia, 4Asia consultó al portavoz de la Oficina de asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado, quien nos dijo: “A medida que los países hacemos la transición entre la recuperación de la pandemia a la revitalización de nuestras economías, aliados como Taiwán y Japón son socios fundamentales”.

“Estados Unidos continuará apoyando a Taiwán mientras busca expandir sus ya importantes contribuciones para abordar los desafíos globales”.

“Taiwán es un conocido líder mundial en su respuesta transparente y compasiva a la pandemia. Queremos compartir este liderazgo democrático y experiencia con nuestros socios de América Latina y el Caribe. A través del grupo de trabajo de cooperación y entrenamiento global, Estados Unidos, Taiwán y la Asociación de Intercambio Japón-Taiwán se centrarán en áreas claves como la salud pública el empoderamiento de las mujeres y la economía digital para intercambiar las mejores prácticas y promover la transparencia en la recuperación económica”.

El GCTF fue creado en el 2015 con el propósito de ayudar a la inclusión de Taiwán en las organizaciones y foros internacionales. Pero en el marco del quinto aniversario, Estados Unidos expresa que está expandiendo el radio de acción de dicha plataforma. Así lo dijo Christensen en la conferencia de prensa de celebración del aniversario, “Taiwán ha manejado la crisis del Covid-19 mejor que ningún país del mundo, mientras otros países intentan comprender mejor el modelo de Taiwán, China siguió presionando para dejar excluido a Taiwán de la OMS. Nosotros reconocemos ampliamente a Taiwán como un socio confiable, un modelo democrático y una fuerza para el bien del mundo”.

Definitivamente la pandemia ha sido una especie de despertar para el mundo democrático sobre los grandes riesgos de tener las cadenas de producción en manos de su principal rival ideológico y económico. Así como de la necesidad de agrupar esfuerzos en apoyar pequeños aliados en Asia que permiten mantener cierto equilibrio en el Pacífico, porque de lo contrario Beijing se hará con el control total más allá del económico.

INTERREGNUM: Pekín aumenta la presión. Fernando Delage

Aunque falta aún tiempo y perspectiva para valorar las consecuencias geopolíticas del coronavirus, parece innegable que uno de sus resultados está siendo el agravamiento de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Su impacto también resulta visible en el giro producido en el comportamiento de Pekín, que ha acelerado en las últimas semanas la estrategia orientada a expandir su influencia.

La neutralización del estatus semiautónomo de Hong Kong a través de la legislación de seguridad aprobada hace unos días es un ejemplo de dicha política, como lo son asimismo el aumento de la presión sobre Taiwán (y por tanto sobre sus vecinos del noreste asiático, Corea del Sur y Japón); y el anuncio de la realización de ejercicios militares en el mar Amarillo—con los dos portaaviones de que ya dispone su armada—, en unas maniobras que se extenderán en verano al mar de China Meridional. Aunque nada de esto es nuevo, en su conjunto reflejan la voluntad de los líderes chinos de redoblar la presión sobre sus “intereses fundamentales”—es decir, no negociables—y, mediante ellos, avanzar en sus objetivos de cambiar las reglas del juego en Asia. A ello también apunta un nuevo frente: la tensión con India.

Tres años después de la disputa en Doklam, punto de encuentro de las fronteras de ambos gigantes y de Bután, donde la construcción por la República Popular de una carretera provocó dos meses de enfrentamiento, sólo resuelto tras la retirada china, Pekín y Delhi vuelven a colisionar por su conflicto fronterizo, causa de la guerra entre ambos de 1962. Desde finales de abril, las fuerzas armadas chinas habrían movilizado a 5.000 soldados cerca de la “Línea de Control” que delimita el extremo occidental de la frontera entre los dos países, en Ladakh, al norte de Cachemira. India ha respondido mediante un despliegue similar de tropas. Las conversaciones diplomáticas mantenidas entre ambos gobiernos a finales de mayo no han conducido a ningún resultado, ni ninguno de ellos ha aceptado el ofrecimiento de mediación realizado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La pregunta es inevitable: ¿por qué China hace esto? Y ¿por qué en este momento? Como se mencionó, los movimientos chinos en la frontera con su vecino meridional coinciden con sus intentos por consolidar su posición política y estratégica en el continente asiático. Si ha hecho de Hong Kong un nuevo factor de confrontación con Estados Unidos y Japón, a la vez que aumenta las tensiones con Vietnam, Filipinas y Malasia en el sureste asiático, y recibe las críticas de Europa, Australia y de numerosos países africanos, entre otros, por su gestión de la pandemia, complicar las relaciones con India no parece una política muy acertada. Especialmente después de que, en Doklam, Pekín se sorprendiera de la firmeza con que Delhi defendió sus principios. La razón es que India percibió entonces que lo que estaba en juego no era el control de un territorio menor, sino la batalla por el equilibrio regional. Por la misma razón, el gobierno de Narendra Modi tampoco va a retroceder tres años después, por mucho que China pretenda aprovechar la distracción interna creada por el impacto del coronavirus en India.

El activismo estratégico chino revela la confianza de sus dirigentes en su nuevo poder, pero también refleja una impaciencia por modificar el statu quo que puede convertirse en causa de vulnerabilidad. Rodeado por potencias rivales, cada vez más escépticas de las intenciones de la República Popular, Xi Jinping trata de demostrar que ni la pandemia ni sus efectos económicos han debilitado a China. Pero de Hong Kong a Australia, de Europa a Estados Unidos, de Japón a India, se acumulan los obstáculos a la ambición de convertirse en el hegemón regional y, por tanto, a su objetivo de “rejuvenecimiento nacional”. ¿Cuántos frentes puede Pekín gestionar sin contratiempos?

Taiwán progresa en democracia y Beijing avanza en autocracia. Nieves C. Pérez Rodríguez

Taiwán comenzaba 2020 reeligiendo a su presidenta Tsai Ing-wen con más de 8.1 millones de votos, lo que representan el 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente. La dirigente ha consolidado los valores identitarios de los ciudadanos como “taiwaneses, ha enfatizado el carácter y los valores democráticos de Taiwán y ha despertado un sentir en los jóvenes, quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad por las pretensiones del Partido Comunista Chino.

A mediados de la semana pasada, Tsai tomaba posesión por segunda vez de la oficina presidencial de Taiwán en un ceremonial acto que contó con pocos asistentes debido a la pandemia, pero en cuya sustitución fueron enviados cartas oficiales, mensajes digitales y  videos publicados en las redes sociales. Un total de 47 dignatarios entre los cuales resaltan los aliados de la isla (Alemania, Italia, Francia, República Checa, Filipinas, Reino Unido, Corea del Sur, Singapur, Estados Unidos, entre otros).

En un discurso lleno de optimismo y en el que Tsai reconoció el avance conseguido, “en los últimos 70 años Taiwán se ha vuelto más resistente y unificado debido al gran número de desafíos que hemos afrontado. Hemos resistido la presión de la agresión y la anexión. Hemos pasado del autoritarismo a la democracia. Aunque alguna vez estuvimos aislados en el mundo, siempre hemos estado al lado de los valores de democracia y libertad, a pesar de las dificultades…”, mientras enfatizaba en la necesidad de poseer una capacidad asimétrica defensiva, “una fuerza de reserva y un sistema de movilización más fuerte, así como un sistema militar más avanzado y apropiado para la isla…” -estos últimos aspectos remarcados como claves por Washington en numerosas ocasiones-.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China los ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha de sus favores económicos a otras naciones para pedir el desconocimiento de Taipéi como ente internacional. Así como en el geopolítico con violaciones de su espacio marítimo o aéreo. 

En medio de la pandemia, Beijing no ha parado sus planes de controlar el Pacífico. Por el contrario, han continuado conduciendo ejercicios militares cerca de Taiwán. De acuerdo con Bonnie Glaser y Matthew Funaiole en un artículo publicado el 15 de mayo en  Foreing Policy, en lo que va de año, afirman, las Fuerzas Armadas y Navales del Ejército Popular de Liberación -chino- han ejecutado al menos diez ejercicios incluido incursiones en el espacio aéreo taiwanés.

Aunque estas provocaciones no son nuevas, pues desde finales del 2016 se tienen informes de buques chinos navegando alrededor de la isla, o en marzo del 2019 atravesaron deliberadamente el espacio aéreo con aviones de combate J-11, por primera vez en veinte años. Y en marzo pasado volvieron a observarse unos raros ejercicios nocturnos conducidos por aviones sobre aguas del suroeste de Taiwán.  

Todas estas acciones son congruentes con las líneas políticas de Xi Jinping. Quien desde que tomó posesión en 2012 ha insistido abiertamente en la reunificación de Taiwán con China continental. En efecto, en el primer discurso que dio a principios de enero, insistió en “nuestro país será reunificado. Ese es un paso crítico para la nueva era China”. Alineado íntegramente con la línea de Mao Zedong.

Mientras el mundo sigue consumido en intentar contener la pandemia a puertas adentro, haciendo un esfuerzo simultaneo por prevenir el mayor colapso económico de la historia, China aprovecha las circunstancias para hacerse un actor más dinámico. Con una agresiva diplomacia, como la de la ruta sanitaria de la seda, o una defensiva actitud de sus diplomáticos, o con amenazas a los países que les culpen del COVID-19. En esa misma tónica, en el informe anual publicado el viernes pasado por el primer ministro chino Li Keqiang, se endurecía la retórica hacia la isla, y se eliminaba el término reunificación pacífica, lo que ha despertado preocupación en los analistas, quienes aseguran que muestra un cambio de postura mucho más fuerte hacia la reunificación de Taiwán, tópico considerado de alta prioridad en la política doméstica en Beijing. 

Taiwán y el reloj de arena. Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz

La reciente victoria, por segunda vez, de Tsai Ing-wen en las elecciones de Taiwán, ha puesto de manifiesto que el país está dispuesto a seguir con la democracia y la libertad y, que quiere alejarse de los tentáculos de la dictadura China.

China reclama por derecho histórico a esta región, como a una provincia más del país, la provincia de Taiwán. Históricamente, el país ha estado gobernado por portugueses, chinos y japoneses, pero no fue hasta 1912 cuando nació la República de China, tras derrotar a la dinastía Qing, que estuvo en el poder más de 250 años. Tras una década de inestabilidad, en 1927, comenzó la guerra civil china, entre el partido nacionalista o Kuomintang y el recién nacido Partido Comunista Chino (PCCh).

La guerra civil termino en 1949, cuando el Ejército Popular de Liberación (EPL) se alzó con la victoria y, Mao Tse-Tung, proclamó la fundación de la República Popular China en la puerta de Tiananmen, en la Ciudad Prohibida, en Pekín.

Aunque la guerra no fue oficialmente finalizada, el Ejército Nacional Revolucionario (KMT), se vio obligado a retirarse a la isla de Taiwán, donde se proclamo a Taipei como la capital de la República de China. Desde entonces, la República Popular China (RPCh) ha reclamado como suyo el territorio de Taipei y se han sucedido hasta 3 crisis en el estrecho de Taiwán entre las dos chinas. A día de hoy, el conflicto sigue en pie y, el objetivo del PCCh es anexionarse a Taiwán antes de que se cumplan los 100 años de la creación de la RPCh, es decir, en el año 2049. Ambas regiones reclaman ser la única y verdadera China.

Desde mediados del Siglo XX, las presiones del gobierno de Pekín han sido constantes pero, las últimas elecciones democráticas en Taiwán, han dejado claro que Taiwán no quiere formar parte de la dictadura China. La forma de gobierno de “Un país, dos sistemas” que propuso Deng Xiaoping, no son bien vistas con los “ojos democráticos” de los ciudadanos de Taiwán y, menos ahora que han visto las revoluciones en Hong-Kong, otra región que se incluiría en el régimen propuesto por Deng de “Un país, dos sistemas”. Cargas militares, gas lacrimógeno y detenciones se han sucedido en la región de Hong-Kong por las protestas contra la ley de extradición. Taiwán teme que esas represalias por parte del PCCh se repliquen en sus ciudades si accede al sistema de Deng.

China es uno de los países más poderosos del mundo, su PIB y su gasto militar está a años luz de Taiwán, pero Taipei cuenta con un poderoso aliado, los Estados Unidos, una alianza en pro de la democracia y las libertades civiles.

[Fig.1: Presencia militar en el estrecho de Taiwán en 2017. China Vs Taiwán. Fuente: Statista.com]

Estados Unidos es un freno a la hegemonía de China en la región, no solo para apoyar y enseñar el camino de la democracia y del orden internacional a la República Popular China, sino, también, para frenar la expansión del gigante asiático en el Mar de China Meridional, una región en disputa por todos los países colindantes.

La comunidad internacional solo puede reconocer a una sola China, y Estados Unidos  ha reconocido a la República Popular China, en el año 1979, en plena guerra fría, con el fin de lograr un aliado en la batalla con la URSS. Se establecieron relaciones con China, pero EEUU no iba a dejar aislado a Taiwán, por lo que firmaron el “Acta de Relaciones de Taiwán”, un tratado que apoya a Taiwán en su defensa y en el aprovisionamiento de armamento militar. Desde el año 2010, la Casa Blanca ha vendido más de 15.000 millones de dólares en armamento a la isla y, ahora, con la administración Trump, los lazos se han estrechado.

En el otro lado, China aprieta el cinturón, y cada vez cierra más acuerdos comerciales con países con la condición de que no reconozcan a Taipei y sí al PCCh como la única y verdadera China.  En la actualidad, solo algunos pequeños países de América y algunas islas diminutas del pacífico reconocen a Taiwán como la verdadera China. La mayoría de los países africanos reconocen a la china continental como la única y verdadera, debido a las grandes sumas de dinero que invierte el gigante asiático en el continente.

Taiwán sigue su camino de democracia y de libertad, y de demostrar al mundo que no se unirán al gigante asiático. El Índice de Libertad Humana de 2018, situó a Taiwán como el décimo país más libre del mundo. China está en el 135 de 162 países.

El principal problema radica en saber hasta dónde llegara China, y que hará cuando se cumplan los 100 años del nacimiento del PCCh, en el año 2049: ¿Invadirá Taiwán?, en tal caso ¿saldrán los Estados Unidos en su defensa?

Ángel Enriquez de Salamanca Ortiz es Doctor en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad San Pablo CEU de Madrid

www.linkedin.com/in/angelenriquezdesalamancaortiz

@angelenriquezs

Es el momento para un acuerdo comercial entre USA y Taiwán. Nieves C. Pérez Rodríguez

La Administración Trump ha sido clara en expresar su posición en contra de las irregulares prácticas chinas. La guerra comercial ha sido la médula del conflicto entre Beijing y Washington, en el intento desesperado de este último de equiparar o al menos reducir considerablemente el déficit comercial con China.

Esta pugna ha servido también para abrir nuevos espacios a terceros actores, como es el caso de Taiwán, que se encuentra en este momento en una situación privilegiada para negociar un acuerdo de libre comercio con Washington.

La Administración Trump ha sabido manejar su relación con Taiwán sin generar muchas provocaciones, mientras han propiciado más acercamientos. Las declaraciones del Departamento de Estado en relación con Taiwán han sido más fuertes y contundentes que nunca. Mientras que desde Taiwán se ha podido observar que los altos funcionarios han fijado como prioridad intentar un acuerdo comercial con Washington aprovechando la favorable coyuntura internacional.

No ha habido un momento tan oportuno para un acuerdo comercial de libre comercio entre Estados Unidos y Taiwán como el de ahora. Con la situación de Hong Kong aún en ebullición, el reciente informe sobre la situación de los derechos humanos en China emitido por el Congreso de los Estados Unidos y la sensibilidad que parece haberse despertado en los legisladores estadunidenses sobre las prácticas chinas en su territorio (eliminación de las creencias religiosas y culturales, exacerbación del nacionalismo chino) sería muy pertinente plantear un proyecto de ley en el Congreso estadounidense que abra una nueva fase de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Taiwán.  

4Asia asistió a un foro en el que se debatieron las perspectivas económicas en las relaciones bilaterales de ambos, en el Instituto Global taiwanés, la semana pasada, y en el que todos los expertos coincidieron en que es un momento ideal para impulsar las ya existentes relaciones y llevarlas a un plano más complejo.

Reiley Walters (experto en economías del noroeste asiático, con foco en inversiones extranjeras y ciberseguridad y analista de la the Heritage Foundation) insistió en que el acuerdo debió haberse materializado hace unos 30 años o incluso antes. Mientras que Beijing intenta apagar a Taiwán en el plano internacional un tratado de esta naturaleza podría ser un mecanismo para mantenerlo a flote. 

Walters se mostró convencido de que el 2020 será el año de los acuerdos económicos entre Taipéi y Washington. Este año deberían comenzarse las discusiones para que se pueda firmar el año próximo. Así mismo cree que estas relaciones bilaterales deberían diversificarse y es momento de hacerlas más complejas. Así como en el aspecto militar Trump está haciendo un gran trabajo en Taiwán, deberían reimpulsarse otros aspectos de estas cómo en el plano diplomático.

Por otra parte, Derek Scissors, (experto en economía y legislación comercial internacional, con especial foco en China e India) insistió en que Taiwán necesita diversificarse más y dejar la dependencia de China. Y pronostica que cuanto más se separe la economía de Estados Unidos de la China a Taiwán le tocará decidir entre una u otra.

4Asia le preguntó a Scissors su opinión acerca de ¿qué tan cerca nos encontramos de un acuerdo bilateral entre ambos?

 “No creo que estemos cerca de un acuerdo comercial entre Taiwán y los EE. UU. Porque Taiwán, una vez más, no está siendo agresivo para impulsar este acuerdo. Si Taiwán hiciera una oferta detallada a los Estados Unidos, podríamos avanzar muy rápidamente. Pero no lo han hecho, solo hablan de eso sin cesar”.

No cabe duda de que un acuerdo de libre comercio entre Washington y Taipéi podría generar beneficios económicos para Taiwán, pero para Estados Unidos podría ser una gran estrategia de reposicionamiento en la región asiática y en el Pacífico.

Si Washington aprovechara la coyuntura actual, su tensión económica con China y la cercanía con Taiwán, este posible acuerdo podría revivir la figura de Estados Unidos en la región, que podría canjearse por beneficios más allá de los económicos, como influencia, y de esta manera equilibrar el peso de Beijing en los países con economías más pequeñas, y por lo tanto en la región.

INTERREGNUM: Tras las elecciones en Taiwán. Fernando Delage

En 1996, ante las primeras elecciones presidenciales directas en Taiwán, las presiones belicistas de China condujeron al resultado que Pekín pretendía evitar: la victoria de Lee Teng-hui, candidato del Kuomintang, quien se convirtió en el primer líder de Taiwán nacido en la isla. Casi 25 años más tarde, la historia se repitió: la presión de la República Popular se ha traducido en la reelección el 11 de enero—por una rotunda mayoría—de Tsai Ing-wen, del proindependentista Partido Democrático Progresista, pese a los sostenidos esfuerzos por debilitarla desde 2016. La derrota es esta vez mayor para Pekín, pues no se ha limitado a lanzar advertencias de carácter militar. Los incentivos económicos y las campañas de desinformación en las que se ha volcado tampoco han servido para que los taiwaneses se sitúen a su favor.

Los acontecimientos en Hong Kong han sido otro factor decisivo durante la campaña electoral, al poner de relieve lo que significa la fórmula “un país, dos sistemas” propuesta por Pekín. Con todo, la verdadera cuestión de fondo es que tres décadas de democratización han alejado cada vez más a Taipei de la República Popular. Los jóvenes taiwaneses no han conocido otro sistema, y no están dispuestos a renunciar a sus libertades. Las elecciones del sábado pasado, convertidas en un referéndum sobre la identidad política de la isla, confirmaron de este modo la insuperable división entre ambos lados del estrecho.

El problema es que, sin Taiwán, el proyecto nacionalista del Partido Comunista Chino permanece incompleto. Y para el actual secretario general, Xi Jinping, prevenir la independencia—en otras palabras, mantener el statu quo—no es suficiente. Hace ahora un año, Xi advirtió que la separación “no puede mantenerse generación tras generación”. El presidente chino ha exigido pasos concretos hacia la reunificación, vinculando de este modo su propia legitimidad como gobernante a la consecución de avances en dicha dirección. Puesto que la reelección de Tsai confirma tanto lo inviable de una reunificación pacífica como el fracaso de la estrategia seguida hasta ahora por Pekín, las opciones se complican sobremanera para Xi.

Las decisiones de Pekín crearán en cualquier caso un dilema a Washington, que no dudó en apoyar la candidatura de Tsai, haciendo de la política interna taiwanesa otro elemento de tensión en las relaciones China-Estados Unidos.  Una intervención militar de Pekín no parece plausible por sus consecuencias, pero sí cabe prever que las autoridades chinas redoblen la presión, recurriendo a todo tipo de instrumentos contra el gobierno de Tsai. Lo que significa que la Casa Blanca se verá obligada a responder de manera más directa a las acciones chinas si se quiere mantener el statu quo. Taiwán se convertirá así en una prueba de la capacidad norteamericana de desarrollar los recursos económicos, diplomáticos y políticos necesarios para contrarrestar la creciente influencia china en la región del Indo-Pacífico. En un contexto de enfrentamiento entre las dos grandes potencias, la evolución del problema de Taiwán será una clave decisiva.

Taiwán grita Sí a la democracia, No a China. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- Taiwán, una vez más, da  ejemplo de valores congruentes con la democracia y la libertad. La masiva confluencia a los centros electorales es la prueba de que la mayoría del pueblo taiwanés quiere mantener su estatus democrático, así como el apoyo al Partido Progresista (DPP por sus siglas en inglés) muestra que la mayoría de los taiwaneses poseen una identidad propia y que no quieren formar parte de China.

Tsai Ing-wen fue reelegida presidente de la isla después de haberla liderado por cuatro años. Y pese a los problemas que enfrentó durante su legislatura, cuando su popularidad cayó considerablemente, consiguió hacerse con la presidencia nuevamente. Su contrincante, Han Kou-yu, el candidato del partido conservador Kuomintang (KMT por sus siglas en inglés),  se inclinaba por la reunificación de Taiwán con China.

Tsai se define a sí misma como la defensora de los valores liberales de Taiwán. Y lo cierto es que no lo ha tenido fácil, pues China les ha ido cercando por todos los costados, sobre todo el diplomático, terreno en el que Beijing aprovecha sus favores económicos a otras naciones para pedir el no reconocimiento de Taipéi como ente internacional.

Xi Jinping, hace tan sólo un año, afirmó en un discurso que la reunificación de Taiwán con China es inminente. Pero cuanto más ha amenazado Beijing, más dura y consistente ha sido Tsai con sus promesas. Y su determinación se ha visto compensada con más de 8.1 millones de votos representando así más del 57% del electorado, contra 38,6% de su oponente.

Tsai ha capitalizado cada amenaza china en su beneficio, como el uso de la fuerza militar de ser necesario, para la “imperativa necesidad” de la reunificación de Taiwán a la península. Esta líder ha solidificado los valores identitarios de los ciudadanos como taiwaneses, y no chinos. Ha enfatizado el carácter democrático de Taiwán. Ha despertado un sentir en los jóvenes taiwaneses, quienes no se sienten chinos, y quienes no están dispuestos a sacrificar su modo de vida y su libertad.

4Asia fue invitada por la representación diplomática de Taipéi en Washington al recuento de los resultados electorales y a la discusión de un panel de expertos que analizaron las elecciones presidenciales legislativas de la isla. El Dr. Richard Bush -un respetado experto en China, con una larga lista de trabajos y libros publicados, y miembro del Brookings Institute, afirmó que “La reelecta presidente tiene un gran reto por delante. Un panorama muy complicado. Lo que viene no es fácil. No es casual que en su discurso de victoria dijera lo importante que es reunificar a la sociedad taiwanesa para poder seguir adelante”.

Mientras que Bonnie Glasser -otra experta en China, directora para del Proyecto sobre el poder de China en CSIS, uno de los think tank más influyentes en Washington- se centró en Beijing y lo poco exitoso que han sido en intimidar a Taiwán. “Es muy interesante ver la falta de influencia que Beijing ha tenido. Los esfuerzos de Beijing han fracasado en acabar con Taiwán”.

Así mismo Glasser insistía en lo importante del KMT -partido de oposición- para los Estados Unidos, la oposición es necesaria en democracia, a pesar de ser aliados de Beijing. Y así China no puede alegar que no tiene con quien hablar en Taiwán.

Entrevista a Yao-Yuan Yeh ¿Corre Taiwán el mismo riego de Hong Kong? I Nieves C. Pérez Rodríguez

Taiwán juega un papel clave en el escenario asiático, a pesar de su diminuto tamaño. Taipéi es un actor que influye significativamente en la seguridad y la evolución de las alianzas en la región de Asia Pacífico. Estados Unidos ha entendido bien ese rol desde el principio, razón por la que Washington ha seguido apoyando el estatus especial de Taiwán. Pero dado que China se ha vuelto cada vez más poderosa, el riesgo para los actores más pequeños ha aumentado también considerablemente.

Para profundizar en este tópico 4sia.es tuvo la oportunidad de entrevistar a Yao-Yuan Yeh, experto en asuntos asiáticos con especial énfasis en su país de origen, Taiwán, y quién comenzó por explicarnos que la visión que tiene el Departamento de Estado de China es de un solo país, de una única entidad. Saben que Taiwán es parte de China, por lo que frente a cualquier contencioso que surja entre Taiwán y Beijing, Washington entiende que debe ser solucionado por ellos, sin su intervención.

Sin embargo, agregó que el Departamento de Estado entiende el estatus especial que tiene Taiwán, y en efecto es muy importante para ellos que se siga manteniendo el mismo. “Estados Unidos no quiere generar presión que propicie un cambio la postura china con respecto a Taiwán, porque acabará siendo un problema para la región”.

Insistió en que Washington “continuará con una fluida y fuerte cooperación con Taiwán sin llegar a establecer una base militar o sistema defensivo de misiles, para evitar provocaciones innecesarias”.

China lleva años tratando de aislar a Taiwán en la escena internacional usando presión diplomática o cantidades enormes de dinero. Ha sido el caso en una gran cantidad de países africanos y latinoamericanos. Por lo que le preguntamos al Profesor Yeh que si Taipei tiene alguna estrategia para recuperar su protagonismo internacional.

“El problema de negociar con China es que nunca se sabe cuáles son sus intenciones reales cuando están negociando. Un buen ejemplo es el puerto de Sri Lanka que prácticamente fue vendido a Beijín”. “En nuestro caso -agrega el Profesor Yeh- “nunca hemos tenido la intención de hacernos con territorio ajeno, respetamos la legislación internacional, nuestras relaciones bilaterales están basadas en normas y leyes internacionales, mientras que China siempre pondrá sus interesas por encima de las normas. Sus intereses económicos dirigen sus relaciones y el país con quien están haciendo negocio nunca conocerá las intenciones reales de Beijing. Mientras que  Taiwán entiende las relaciones a un largo plazo y buscamos hacer amigos, cuantos más amigos mejor, queremos pertenecer a organizaciones internacionales, convertirnos en un actor con presencia y voto”.

¿Cree usted que la confirmación del 19 de agosto de que el presidente Trump aprobaba la venta de Jets F-16V a Taiwán refleja un cambio de dirección en las relaciones bilaterales?

“Yo no creo que sea un cambio de dirección -afirma Yeh-; es una señal de nuestra relación de amistad de tantos años. Incluso durante la Administración Obama los lazos entre ambas naciones fueron muy cercanos”.

 

Según Yeh, Trump hace uso de una “diplomacia sexy” lo que significa que si alguien está en línea o consonancia con los intereses americanos Trump hará negocios con ellos.

“Taiwán necesita más armas, necesitamos dotarnos de más armamento para poder reducir el desequilibrio con China.  Washington quiere que Taiwán pueda ser capaz de defenderse solo, que tenga más capacidad militar y defensiva frente a una posible agresión china. Por lo tanto, estamos en línea con los intereses estadounidenses”.

Insiste: “Yo diría que esta venta se traduce en una continuada relación de amistad, y que estamos moviéndonos a un mejor lugar, sin ser un nivel diferente”.

China está constantemente desplegando presencia militar en el Océano Pacífico, “incluso fuera de su jurisdicción, lo que es una potencial amenaza para Taiwán, así como para otros países ¿Cómo está abordando Taiwán este desafío militar?

“Taiwán tiene una capacidad militar muy fuerte, aunque obviamente no podemos compararla con la estadounidense o la china. En el ranking mundial estamos en el puesto 20, por lo que tenemos un poder militar nada despreciable. A pesar de eso, nosotros confiamos en nuestros acuerdos de seguridad con los Estados Unidos y esperamos que Washington mantengan su actual postura con China”.

Asimismo, agrega, “los Estados Unidos están intentando propiciar la adquisición de múltiples equipos y armamento a Taiwán, para que sigamos dotándonos defensivamente y tengamos como protegernos”.

El presidente Trump ha mostrado un gran apoyo a Taiwán desde el principio. El incidente diplomático que ocurrió antes de su toma de poder, cuando habló por teléfono con la presidente de Taiwán -Tsai Ing-wen- es un buen ejemplo. El “Acta de Viajes de Taiwán” (Taiwán Travel Act, su nombre en inglés), es una ley que permite las visitas de altos funcionarios estadounidense a Taiwán y viceversa, es otra ilustración del apoyo de la Administración a Taipei, a pesar de las quejas de Beijing.

Parece ser que la Administración Trump entiende que fortaleciendo a los pequeños indirectamente debilita a Beijing, y en plena guerra comercia lo más sensato es tener una estrategia que se ocupe de las debilidades geopolíticas y diplomáticas mientras China tiene la cabeza en parar la caída de su economía…

¿Corre Taiwán el mismo riesgo de Hong Kong? II Entrevista a Yao-Yuan Yeh Nieves C. Pérez Rodríguez

En esta segunda parte de la entrevista que 4Asia le hizo a Yao-Yuan Yeh, quien se desempeña actualmente como profesor asistente de Estudios Internacionales y coordinador del Programa de Estudios sobre Taiwán y el este de Asia de la Universidad de Saint Thomas, profundizamos sobre el potencial peligro que corre Taiwán frente a China.

A finales de agosto, Trump autorizaba la venta de nuevos aviones de combate a Taiwán. En el marco de este anuncio, el portavoz de la Oficina Presidencial de Taiwán -Alex Huang- expresó que estos nuevos aviones de combate mejorarán en gran medida las capacidades de defensa aérea de Taiwán. Y que Taiwán continuará garantizando la paz y la estabilidad regionales y salvaguardar la libertad y la democracia de Taiwán de manera responsable.

¿Qué significa para Taiwán la adquisición de esos aviones  en este preciso momento?

“Si nos fijamos en la declaración de Xi Jinping sobre Taiwán y el pueblo taiwanés en el principio de 2019 decía nosotros (China) queremos integrar Taiwán, lo que representa un gran riesgo para la seguridad y sobrevivencia de Taiwán.

Pero China, dice, “se va a enfrentar en un corto plazo un gran dilema social; aunque hoy el pueblo chino está aparentemente satisfecho con el régimen porque ha aumentado su bienestar, su capacidad económica y, con ello, el acceso al mercado y al desarrollo, la economía china podría dejar de crecer, o colapsar, y en ese momento habría que ver cuál es la reacción social al régimen”.

“En el caso de que se diera un colapso económico, el riesgo para Taiwán se dispararía porque el Partido Comunista chino usaría a Taiwán y una posible guerra para desviar la atención del problema económico y hacer que la gente se centre en la guerra. Es decir, frente a un escenario de colapso económico chino la guerra se vuelve la mejor alternativa para mantener el control. Pero de momento tiene más sentido para Beijing mantener la situación tal y como se encuentra”.

China, señala “ha repetido durante años que ellos apoyan la paz, pero si son ellos los primeros en lanzar una bala esa teoría quedaría muy cuestionada”.

¿En qué situación se encuentra Taiwán para responder a una agresión China?

“Taiwán está muy bien preparado para contrarrestar una agresión, aunque mucha gente no lo crea. Nosotros teníamos servicio militar obligatorio hasta hace poco, lo que se traduce en que cada hombre con 19 años cumplidos recibió un entrenamiento de un año para poder ser reserva militar. Aunque el sistema cambió, y ahora no es obligatorio, hoy día podría haber entre unos 4 a 5 millones de hombres listos para poder enfrentarse a una agresión china.

Obviamente dependerá de la estrategia de guerra china, lo más probable sería que acabaran por invadir la isla de Taiwán. Y geopolíticamente hablando sólo hay 13 ubicaciones por las cuales los chinos podrían intentar una invasión porque son puertos que podrían recibir barcos. Y según los análisis que se han hecho, los chinos tendrían que sacrificar medio millón de taiwaneses para poder conquistar la isla. En cuyo caso la pregunta sería ¿está China dispuesta a sacrificar medio millón de taiwaneses para hacerse con el control de la isla?”.

Taiwán, añade, “está preparado para defenderse y parte de lo que nos ayuda es nuestra particular y única geografía”.

¿Cuáles son las capacidades militares de Taiwán y que tan fuerte es su sistema defensivo?

“Siendo honesto, nuestra capacidad militar comparada con la china no tiene nada que ver. Beijing gasta fortunas comparado con nuestro gasto de defensa anual. China tiene unos 2 millones de militares frente a 200 o 300 mil de militares taiwaneses.

Sin embargo, no estamos tan por detrás de China, porque nosotros nos centramos en tecnología. Nuestra tecnología está bastante cercana a la desarrollada por Beijing. Obviamente en cantidad China gana, pero en tecnología estamos bastante equiparados.

La gran diferencia es que China es una potencia nuclear y Taiwán no lo es. Taiwán intentó serlo en su momento, pero Washington no nos dejó continuar ese camino y desde ese entonces no lo hemos vuelto a considerar. Nosotros sabemos lo que representa Estados Unidos para nosotros, es nuestro mayor aliado, nuestra seguridad en la región, no queremos molestarlos”.

¿Cree usted que el pueblo taiwanés estaría dispuesto a protestar en las calles durante meses como lo han hecho los hongkoneses en el caso de una agresión china a su estatus?

“Básicamente nadie cree en un país y dos sistemas. Hong Kong es un simple ejemplo histórico fallido de ese sistema. China no puede en realidad permitir regiones autónomas independientes. El mejor ejemplo es la poca legitimidad que tiene Xi Jinping; no fue elegido democráticamente por el pueblo, su posición obedece a una élite política, por lo que el Partido Comunista chino no tiene un proceso legitimo real, Esa es la razón por la que usan todo tipo de sistema de vigilancia social, para garantizarse que la gente obedezca.

Esa es también la razón por la que los hongkoneses están en las calles protestando; no están dispuestos a perder su libertad. Y ese es el mismo caso de los taiwaneses. Si el gobierno de Taiwán llegara a firmar un acuerdo con Beijing, algo parecido a un país dos sistemas, le puedo asegurar que al menos medio millón de taiwaneses saldrían a las calles a protestar y negarse a aceptarlo”.

Las democracias del mundo necesitan de Taiwán, sostiene, “ y de extraordinarios ejemplos como ha dado Hong Kong, un pueblo que ha resistido 14 semanas de protestas duras y enfrentamientos con las fuerzas de seguridad controladas por Beijing. La supervivencia de la tan vulnerable libertad que la mayoría añoramos, pero que lamentablemente no todos gozamos, está en ese equilibrio entre soberanía y derecho a elegir en un marcho regulado por el respeto y las leyes. Los países democráticos deberían reconocer abiertamente a Taiwán y el enorme esfuerzo que implica su supervivencia”.