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Asia central: una desestabilización que avanza

La estrategia china de reconstruir una nueva Ruta de la Seda hacia Occidente, el conflicto con la minoría uigur y la reaparición de viejas disputas fronterizas entre repúblicas que fueron soviéticas y en las que Moscú imponía el orden con mano de hierro militar, ha acercado a Rusia y China, sin ocultarse del todo su desconfianza mutua. China necesita una región lo suficientemente estable para tender sus infraestructuras, su influencia y su red comercial y Rusia necesita no perder su padrinazgo actual, frenar el crecimiento islamista y evitar que por estas brechas se creen condiciones para influencias ajenas entre las que chinos y rusos temen que estén las manos de Washington y Londres, aunque, de momento, solo Turquía está en situación de ser el tercer protagonista por razones culturales y étnicas.

Por lo pronto, gobiernos y agencias estatales de comunicación, es decir de propaganda, de Rusia y China, han decidido coordinar una campaña de “desmentido de noticias falsas” para negar la represión del gobierno chino sobre los uigures, acusar a los gobiernos occidentales de hipocresía y defender las medidas chinas como de “integración y freno del fundamentalismo islamista”. Es significativo observar cómo medios de comunicación estatales y semisestatales de otras zonas geográficas como Siria y Argelia, por poner dis ejemplos se hacen eco, con grandes alardes tipográficos del “desmentido” chino-ruso.

Y en ese marco, el conflicto fronterizo entre Tayikistán y Kirguizistán, en la disputa por el acceso a las fuentes de agua del valle de Golovnoj, viene a añadir incertidumbre. Los enfrentamientos, inicialmente protagonizados por pueblos vecinos en una frontera sin delimitar con precisión, acabaron arrastrando a los guardias fronterizos de ambos países cuando Tayikistán instaló unas cámaras de vigilancia en la zona.

En sí mismo, no parece que estos incidentes vayan a ir a más pero revelan la alta inestabilidad de la región en laque confluyen muchos intereses estratégicos y que está tan próxima a las tensiones en Afganistán, Irán, Pakistán e India. Y ahí es donde se echa de menos conocer cuál es la política y con qué recursos cuentan la Unión Europea y EEUU, hasta qué puntos coinciden y cuanto margen puede concederse a gobiernos autoritarios como Rusia y China, con indudable capacidad y responsabilidad en la región, para imponer un estatus que, a medio y largo plazo no parece destinado al fortalecimiento de las libertades.

Aceleración afgana

Los países empeñados en lograr un nuevo marco institucional en Afganistán, talibanes incluidos, que permita lograr un alto el fuego perdurable y con garantías, están acelerando sus contactos para anunciar resultados favorables, aunque no hay mucho optimismo a corto plazo.

Estados Unidos, Rusia, China y Pakistán se han reunido en Qatar, país que sigue estando en todas las salsas donde se esté cociendo acuerdos o compromisos de paz, intentando recuperar el terreno perdido tras el frustrado intento de cumbre del pasado 24 de abril en la que intentaban anunciar un gran acuerdo pero a la que los talibanes decidieron a última hora no acudir.

En Doha, Qatar, los reunidos pidieron a todas las partes involucradas en el conflicto en Afganistán que reduzcan el nivel de violencia en el país, e instaron a los talibanes a no proseguir con su ofensiva anual de primavera. Estados Unidos ha comenzado una retirada gradual de sus tropas en Afganistán, en medio de algunas críticas internas, perturbada por algunas acciones terroristas tanto de los talibanes como del Estado Islámico, a su vez enfrentados entre sí y, sin complejos, colaborando en algunas actividades.

“Hacemos hincapié en que, durante el período de retirada, el proceso de paz no debe interrumpirse, no se producirán peleas ni turbulencias en Afganistán y se debe garantizar la seguridad de las tropas internacionales”, manifestaron las naciones.

Al reconocer la “exigencia sincera del pueblo afgano de una paz justa y duradera y el fin de la guerra”, la ‘troika’ reiteró que no hay una solución militar en Afganistán y que un arreglo político negociado a través de un proceso dirigido por los afganos era el único camino a seguir. Es lo más cercano a un reconocimiento de fracaso e impotencia de una política errática respecto a Afganistán por parte de Estados Unidos, lo que habrá producido alguna sonrisa discreta a China (algo menos a Rusia, ya derrotada en aquel país) mientras firmaba el comunicado.

Tomando nota de la retirada propuesta de las tropas estadounidenses y de la OTAN a partir del 1 de mayo, y que concluirá el 11 de septiembre de 2021, los participantes del grupo indicaron que esperan que los talibanes “cumplan con los compromisos contraterroristas, incluida la prevención de que los grupos terroristas y las personas utilicen el suelo de Afganistán para amenazar la seguridad de cualquier otro país; no albergar a estos grupos y evitar que recluten, capaciten y recauden fondos”. Es una aspiración justa y un tanto utópica muy de estilo propagandista y abandonista de los conflictos de la era Obama. Da la sensación de que China es el único país que no pierde nada en este asunto, ocurra lo que ocurra en los próximos meses.

Contradicciones japonesas

Los países tienen que vivir y gestionar sus sociedades de acuerdo con sus condiciones geográficas, sociales e históricas y convivir con los errores y crímenes del pasado, de los que ninguna nación ha estado exenta. Y Japón ha  sido uno de los grandes protagonistas del brutal siglo XX a la vez que uno de los países más eficientes y defensores de las libertades y garantías ciudadanas desde de los años 50 del siglo pasado.

Tras la reciente cumbre entre los máximos dignatarios de EEUU y Japón, Joseph Biden y Yoshihide Suga, ambos países han confirmado una alianza establecida tras la II Guerra Mundial y han expresado en un comunicado su disposición a mantener la estabilidad actual en el Pacífico y concretamente en el Estrecho de Taiwán, donde China viene aumentando la presión militar y política para la reintegración administrativa de la isla a la tutela del gobierno de Pekín. Hay que recordar que formalmente Taiwán se considera la continuidad, ahora democrática, de la China derrotada por los comunistas de Mao tras la guerra mundial y la ocupación japonesa que en Taiwán fue especialmente dura.

El comunicado fue mal recibido en China y en Japón, donde sus leyes prohíben toda implicación en un conflicto exterior y Tokio ya tuvo que hacer equilibrios jurídicos malabares para enviar militares a Afganistán. Suga ha tenido que explicar en su país que la declaración suscrita con Estados Unidos no implica ningún compromiso militar y que no se involucrará en caso de una invasión china de la isla.

Esta situación revela bien a las claras la compleja situación japonesa, amenazado directamente por China en la disputa de las islas Senkaku, denominadas también Diaoyu (en chino) o Pinnacle (en inglés) y a cuya soberanía aspiran la República China (Taiwán) y la República Popular China (Pekín), y por los misiles de Corea del Norte. Japón vive una creciente presión para redefinir su intervención en la región, agravada por los gestos contradictorios del presidente Trump en los últimos años que han hecho dudar de la solidaridad de EEUU y sugerido la necesidad de una mayor autonomía, también militar.

Biden está decidido, nada más tomar posesión, a cerrar esta brecha, solidificar lazos con los tradicionales aliados de la región y lanzar una advertencia a China de que no vayan más lejos en lo que interpreta como provocaciones militares. En este marco se inscribe el comunicado con Japón que ahora necesita la habilidad política de Suga para no desembocar en una crisis interna.

Alaska: una cumbre para marcar el terreno de enfrentamiento entre EEUU y China

La reunión de alto nivel, la primera entre Estados Unidos y China en la etapa Biden, ha sido básicamente una puesta sobre la mesa de los problemas, los reproches y las exigencias de cada parte y la oficialización de que sigue el enfrentamiento sin que haya disminuido La tensión, al menos de momento.

Las delegaciones de cada país, en las que han tenido especial protagonismo los organismos de seguridad, no dejaron nada fuera de agenda. EEUU reprochó a China el no cumplimiento de normas de libertad de comercio, el intervencionismo estatal, la violación de los derechos humanos en general y respecto a uigures y tibetanos en concreto, sus amenazas a la situación en Hong Kong y Taiwán y la creciente amenaza militar en su zona marítima de influencia, además los peligros que  occidente ve para su seguridad en algunos desarrollos tecnológicos chinos. China, por su parte, reprochó a Estados Unidos sus problemas raciales tras negar las acusaciones estadounidenses. Pekín, que también tiene importantes problemas raciales, solo que menos publicitados en los medios de comunicación, se salta la realidad de que, mientras en Estados Unidos hay un sistema que permite debatir y encontrar soluciones a sus problemas internos, en China eso está fuera de toda posibilidad.

Así las cosas, las divergencias van a seguir en todo lo alto con el añadido de que Estados Unidos ha subido también el tono contra Rusia a la espera de que la Unión Europea presente una cara más decida frente a las ambiciones de Moscú de no perder pié en el escenario internacional mientras consolida un sistema cada vez más autoritario.

Y ahí, en definir su papel en los próximos años frente al nuevo escenario internacional marcado por la emergencia china y las ambiciones rusas, está el desafío de la una UE con problemas de vertebración interna y con dudas sobre cuál debe ser su política exterior.

Francia toma la iniciativa europea frente a China

Francia se ha atrevido a poner sobre la mesa un debate, seguido de varias iniciativas, del que muchos eran conscientes pero nadie se atrevía a abordar: el modelo de asistencia a los países menos desarrollados, el papel de las ONG, en las que existe fascinación por los modelos estatales y con ella la influencia de China como antes de Rusia, y los mensajes de propaganda y gestos de China. Y no es anecdótico que lo plantee Francia, país reino de las ONG defensoras del modelo asistencialista más cercano al populismo de izquierdas.

Como ya habíamos comentado desde aquí, Francia quiere ganar peso en la escena internacional, Está jugando  un creciente protagonismo en la tensa zona del mediterráneo oriental y en la crisis entre Grecia y Turquía y entre este último país y Egipto, Israel y Rusia con la crisis libia al fondo. A la vez, Francia ha enviado un grupo de combate naval al Pacífico que China quiere hacer exclusivo.

El ministro de Exteriores francés, Jean-Yves Le Drian, ha afirmado que Francia ha “vuelto al juego” y ha iniciado una “guerra de modelos de ayuda al desarrollo” e influencia con China para defender su modelo y valores. Francia planea aumentar su asistencia directa a los países africanos y planea comenzar a enviar vacunas COVID-19 a los países en desarrollo a través de la OMS a fin de mes para contrarrestar la injerencia internacional de Pekín. Al mismo tiempo, el presidente Emmanuel Macron pidió a Xi Jinping que equilibre la relación económica entre el gigante asiático y la Unión Europea, cuya balanza comercial es muy favorable a China.

Paralelamente a esto, los servicios de inteligencia de Alemania y Holanda vienen insistiendo desde hace meses de la creciente presencia china en todos los ámbitos de influencia posible y en sus intentos de condicionar la toma de decisiones en materia política, económica y hasta de defensa, sin olvidar su labor, afirman, en el terreno cibernético y sus posibilidades de obtener información clasificada.

Con la ausencia británica del escenario político de la UE y las limitaciones de Alemania en materia de  defensa, París está ocupando un espacio que lleva décadas en la ambigüedad. Que la UE siga este camino como institución es ahora mismo una incógnita pero el debate está ahí y sobre esta base puede plantearse un reforzamiento de los lazos con Estados Unidos que no debe olvidar, además, el papel creciente de Rusia.

El test de Vietnam

Vietnam, el Partido Comunista gobernante en Hanoi, acaba de aprobar un nuevo Plan Quinquenal, la hoja de ruta de desarrollo económico para los próximos cinco años. A pesar del intervencionismo inherente al concepto de economía dirida y planificada, Vietnam sigue impulsando medidas de apertura de mercado y de garantías en un plan de lucha contra la corrupción. El país sigue en una estrategia de delicado equilibrio entre China y Estados Unidos, tratando de atraer inversiones de todas partes y de aprovechar el mercado internacional.

En este contexto, el golpe militar de Birmania avanza una desestabilización regional con protagonismo chino que puede alterar el crecimiento y los planes económicos además de poner más dificultades en las relaciones entre Washington y Pekín. Hanoi no mantiene buenas relaciones con China, por razones históricas y estratégicas. No debemos olvidar que tras la guerra de Vietnam contra Estados Unidos, el régimen vietnamita sostuvo enfrentamientos armados con Camboya y China, a pesar del comunismo compartido.

El padrinazgo chino no es bien tolerado en los países del sureste asiático, a pesar de la existencia de importantes colonias chinas en sus territorios y de las inversiones procedentes del gigante continental. Además, China y Vietnam mantiene una disputa sobre la soberanía de territorios insulares del Mar de la China. En una reciente gira política del ministro chino de Exteriores, Vietnam fue el único país de la región no visitado.

Así, Vietnam, con un nivel de crecimiento apreciable y no muy afectado por la pandemia, está ante una coyuntura tensa: atenuar la corrupción, abrirse más al libre mercado y mantener su etiqueta oficial de comunismo, reforzar sus sorprendentes buenas relaciones con Estados Unidos y no enojar demasiado a Pekín. Un test para Hanoi y para toda la región.

China evalúa a la nueva Administración Biden

A pesar del bajo nivel de comentarios oficiales de Pekín sobre el nuevo presidente de Estados Unidos, China está testando la capacidad de respuesta y la reacción política de Estados Unidos en el terreno militar en varios frentes, pero siempre frente a aliados de Occidente.

A la provocación de hace unos días con la entrada de una docena de aviones de combate en el espacio aéreo de Taiwán se ha seguido la repetición de incidentes en la frontera chino-india en la que existe una disputa de límites territoriales.

El pasado mes de junio ya se produjo un violento choque en el valle de Galwan, en el Himalaya occidental, en el que murieron al menos 20 soldados indios y 76 resultaron heridos.  Estas tensiones impulsaron en octubre pasado la firma de un acuerdo de intercambio de datos por satélite entre Estados Unidos y la India, que permitirá a Nueva Delhi obtener una mayor precisión para el manejo de sus misiles o drones. Este acuerdo profundiza el estrechamiento de lazos entre EEUU e Indía, país que en el pasado fue un sólido aliado de Rusia en la región y con lz que mantiene buenas relaciones. Pero el impulso de la alianza militar entre Estados Unidos y la India frente a China no se limita a las fronteras terrestres, sino que ambos países tratan de contrarrestar también la influencia de Pekín en el Índico, en naciones como Sri Lanka o Maldivas.

Todo esto está conformando un nuevo mapa estratégico y de relaciones de poder en la región en la que China lleva desarrollado desde hace décadas un despliegue de influencia política, fuerzas militares y lazos económicos de este a oeste. Y en ese nuevo panorama, en el que está ausente la Unión Europea como actor importante, Estados Unidos parece dispuesto a mantener una posición de fuerza, contando más con los aliados regionales que durante el mandato de Donald Trump, y otorgando más protagonismo a dos potencias regionales que se revelan como claves: India y Australia. Y eso a Pekín le causa nerviosismo.

Primeros roces Biden-UE

La UE está a punto de cerrar el gran acuerdo sobre inversiones con China acordado en la cumbre europea de abril. Se trata de un proyecto de convenio que pretende establecer un protocolo de garantías jurídicas a cada parte en el territorio de la otra parte, Alemania es el principal gran impulsor de este acuerdo y quiere cerrar con él la presidencia alemana de la UE antes del 1 de enero, aunque probablemente es imposible a estas alturas. Se aprobará pero probablemente no antes del 1 de enero.

Pero este proyecto ha provocado los primeros roces entre el equipo del presidente electo de Estados Unidos, Joseph Biden, y Bruselas. Y no se trata tanto del contenido del acuerdo, que en todo caso se analizará cuando esté aprobado, dicen desde EEUU, sino de que la aceleración de las negociaciones no ha sido ni comunicada ni coordinada con EEUU, ni siquiera con el equio de Biden.  Trump ya no es una coartada.

Las tensas relaciones entre Whashington y Bruselas de los últimos cuatro años no han estado motivadas solamente por el proteccionismo y la unilateralidad de Trump sino también por el crecimiento de los prejuicios anti EEUU de Europa y que, bajo la coartada de ganar autonomía política sin asumir más protagonismo ni en Defensa ni en una política exterior sólida, han debilitado la posición occidental en varios frentes y cedido espacio político a Moscú y a Pekín.

Detrás de la política exterior de un país o una alianza están siempre, obviamente, intereses nacionales esenciales y permanentes, y Estados Unidos tiene los suyos, independientemente de quién sea el presidente, que no puede cambiarlos sino gestionarlos a su manera. Los países de la UE tienen los suyos, claro y además de coordinarse entre sí, como el mundo es complejo, no puede jugar a la equidistancia entre EEUU y las otras potencias porque la Europa actual comparte muchos más intereses con EEUU país a cuya fuerza militar debe su existencia y la solidez de sus instituciones. Mejorar y fortalecer las relaciones trasatlánticas pasa por analizar y sopesar sus intereses y abandonar el discurso infantil de las caricaturas de Trump para avalar inacciones y una falta de energía notable para asumir retos y riesgos.

Rusia refuerza su influencia en las puertas de Asia

El acuerdo impulsado por Rusia para acabar con las hostilidades en Nagorno Karabaj entre Azerbaijan y Armenia es, por incomparecencia occidental, una jugada maestra de Putin que refuerza su poder, desplaza la influencia de la UE en la zona, consagra a Rusia como gran padrino y permite vaticinar algunos de los próximos pasos de Moscú.

Sobre el terreno, Rusia ejerce como gran aliado de Armenia (tiene una importante base militar en el territorio) y ha mantenido a la vez buenas relaciones con Azerbaijan a quien ha dotado, junto a Bielorrusia y sobre todo Turquía, de importante material militar para reorganizar sus fuerzas armadas. Pero en el choque militar reciente, Rusia ha expresado comprensión con Armenia aunque no ha movido un soldado y los gobiernos azerí y ruso han mantenido contactos estrechos para lograr un alto el fuego, fundamentalmente porque Armenia comenzó a perder la guerra desde el primer momento, y Rusia no quiere a su aliado completamente derrotado. Pero Moscú sí que necesita un gobierno armenio más prorruso ya que el primer ministro, Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económca; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura, y aspira a ser referente en la región pero ha quedado en segundo plano.

Un tercer aspecto es la marginación de los aliados occidentales. Tras la guerra de 1991 en el mismo territorio, ganada por Armenia, se constituyó el Grupo de Minsk para impulsar un acuerdo definitivo. Está constituido por AlemaniaItaliaSueciaFinlandia, Rusia, Francia, Estados Unidos  y Turquía, además de Azerbaijan y Armenia. Desde entonces no ha avanzado apenas y en este enfrentamiento de ahora Rusia ha actuado sin contar mucho con el resto y con éxito.

  Nikol Pashinyan,  ha estado en un proceso de acercamiento a Occidente en medio de una gran crisis económica; y con la imposición de un acuerdo que reconoce la victoria azerí, además del establecimiento sobre el terreno disputado de una fuerza rusa de interposición, deja un gran descontento en Armenia y abre una puerta al fin de su gobierno. El protagonismo ruso es un mensaje para las tentaciones pro UE de Moldavia, Georgia y otras regiones del Cáucaso de influencia rusa.

A la vez, Rusia ha atraído el apoyo turco al acuerdo de paz pero ha eludido la participación sobre el terreno de fuerzas turcas. Turquía es el gran aliado de Azerbaijan, con quien comparte lengua y cultura y aspira a ser referente en la región y ha quedado en segundo plano.

Y el espectador discreto, China, que como hemos venido diciendo necesita estable y próspera toda la Ruta de la Seda, también ha recibido un mensaje: todos los acuerdos regionales, pragmáticos, hábiles, a veces contradictorios y de difícil equilibrio firmados por Pekín son importantes, pero al final o son aceptables para Moscú o tendrán problemas.

Guerra en la ruta de la seda

Aunque se mantiene a prudente distancia, China observa con atención el conflicto en Nagorno Karabaj que se desarrolla en medio de la ruta del Cáucaso por donde pasa la Ruta de la Seda reinventada por China para la comunicación con Occidente. Los cuidadosos, equilibrados y delicados pasos dados por China en sus relaciones políticas comerciales y militares con Pakistán e Irán tienen, como objetivo estratégico más allá de los beneficios puntuales, tejer una red de alianzas que mantenga estable y pacífica la ruta.

El conflicto de Nagorno Karabaj, territorio, que los armenios denominan Artsaj, es producto de la política despótica de Rusia cuando, como cabeza de la URSS constituyó la República Socialista Soviética de Azerbaiyán integrando en ella el área ahora en disputa, poblada por armenios, de religión cristiana, rodeada de azeríes de etnia turca y musulmanes, despreciando la historia y la matanza de armenios instigada o tolerada por Turquía y curiosamente ejecutada por milicias kurdas y nacionalistas turcos. Con el hundimiento de la URSS y la independencia de Armenia y Azerbaiyán el conflicto estaba servido y en la guerra de 1991 Armenia derrotó a los azeríes imponiendo la independencia de hecho de Artsaj (que sólo Armenia reconoce) pero ocupando a la vez zonas de etnia azerí para garantizar un pasillo de comunicación de Nagorno Karabaj con Armenia. Azerbaiyán ha aprovechado unos movimientos militares armenios para desencadenar una ofensiva en la que han logrado objetivos parciales y poe eso Armenia insiste en un apoyo internacional a un alto el fuego.

Pero aquí las alianzas están cruzadas y en algunos casos resultan paradójicas. Rusia, junto za Bielorrusia, apoya a Armenia a quien ha nutrido militarmente, pero no quiere implicarse directamente. Y Armeia también cuenta con un aliado inesperado, Irán, que a pesar de que los azeríes son musulmanes y mayoritariamente chiitas como los iraníes, ya que Teherán teme un crecimiento de la influencia turca.

En el otro lado, el gran aliando de Azerbaiyán es Turquía con quien comparte lengua, cultura y costumbres además de una intensa colaboración militar. Y otro aliado inesperado: Israel. En Azerbaiyán vive una importante comunidad judía que desarrolla su vida con una normalidad inexistente en cualquier otro país musulmán de Oriente, incluida Turquía, y el gobierno de Bakú mantiene intensas relaciones comerciales, y de intercambio de inteligencia, con el de Jerusalén. Es más, los drones enviados por Turquía al ejército azerí son de tecnología básica israelí. Israel necesita estratégicamente a Azerbaiyán ante un posible choque directo con Irán.

Ante este escenario China observa y calcula como estar sin estar. Casi como EEUU que trata de impulsar un acuerdo pero no desea una derrota deAzerbaiyán.