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China y las elecciones estadounidenses de noviembre. Nieves C. Pérez Rodríguez

Washington.- La guerra comercial contra China ha sido una de los pilares de la política exterior de la Administración Trump. Y después de muchas amenazas, en septiembre impuso nuevas tarifas a productos chinos por más de 200 mil millones de dólares. A lo que China recíprocamente respondió con impuestos a productos estadounidenses por 100 mil millones.

Entre muchos dimes y diretes han transcurrido estas discusiones, en las que los chinos han intentado bajar el tono y conciliar posturas, aunque sin mucho éxito. La semana pasada, Trump advertía en una entrevista concedida a Fox News que tiene otra ronda de sanciones preparada por 267 mil millones de dólares más si las autoridades chinas no se doblegan a las demandas de Washington y cambian sus políticas económicas.

Así lo había dicho con anterioridad en la Asamblea Nacional de Naciones Unidas a finales de septiembre, cuando aseguró que “desde que China se unió a la Organización Mundial del Comercio, USA ha acumulado 13 mil millones de dólares de déficit comercial en las últimas dos décadas”. Mientras afirmaba su respeto y afecto por su amigo, el presidente Xi, ha dejado claro que “el desequilibrio comercial no es aceptable; las distorsiones del mercado de China y la forma en que se manejan no pueden ser toleradas”.

En esa misma línea, en su alocución ante al Consejo de Seguridad del pasado 26 de septiembre, Trump hizo una llamada de atención a China acusándole directamente de estar interfiriendo en las elecciones del 6 de noviembre y asegurando que Beijing no quiere que Trump gane las elecciones, pues ha sido la única Administración que han retado a China a acabar con el comercio internacional injusto.

Esta acusación llamó la atención, pues hasta ese momento sólo se había hablado de interferencia rusa en las elecciones estadounidenses. La interferencia o espionaje chino ha estado siempre reservado a la búsqueda del beneficio económico, al plagio de tecnologías de innovación. Justo la semana pasada, el Departamento de Justicia, acusó a un grupo de individuos y empresas chinas de haber penetrado sistemas informáticos de compañías estadounidenses y haber hurtado información tecnológica. Lo que, además de estar en consonancia con las políticas de la Casa Blanca, no es ni nuevo, ni tampoco sorprendente.

Sin embargo, la Administración Trump está intentando poner el acento en el peligro chino a gran escala. Al señalar a Beijing parece restar importancia a Rusia, quién ha sido y es, según las propias autoridades y el Congreso estadounidense, el peligro para el sistema.

La clave está en que el Departamento creó el Centro de Participación Global (Global Engagement Center “GEC”), justo después de las elecciones presidenciales que adjudicaron a Trump la presidencia, una vez que se comprobó la interferencia rusa durante la campaña. Este centro o GEC tiene como misión dirigir, sincronizar y coordinar los esfuerzos para reconocer y contrarrestar la propaganda y desinformación destinados a socavar los intereses de seguridad nacional de los Estados Unidos. Su sustancioso presupuesto, que a día de hoy supera los 60 millones de dólares no ha sido tocado durante este año, a sabiendas de que éste era un año electoral importante, y muy a pesar de las supuestas sospechas de la Casa Blanca de interferencia china.

Esta teoría conspirativa puede tener su base en la necesidad de convertir a China en el gran enemigo del sistema estadounidense. Como las razones esgrimidas por Trump sobre el déficit que existe entre ambos países, o el desplazamiento de las industrias manufactureras a territorio chino en busca de mano de obra más económica, o la pérdida de empleos del sector industrial. Si, además, se infunde la idea de que los chinos prefieren que los republicanos pierdan estas elecciones de medio término, se cambia el foco de atención del principal sospechoso Rusia por China.

Lo que parece ser conveniente para esta Administración que se ha negado a pronunciarse en cuanto a la interferencia rusa en las elecciones o incluso en contra de la propaganda del Kremlin. Desviar la atención parece ser la gran arma de Trump. Cuando la prensa lo critica, él inventa algo que se convierte en la noticia de última hora y así mantiene el juego en el terreno que él prefiere. Todo parece indicar que esta posible intervención china es más de lo mismo. Mientras tanto, es muy probable que los rusos estén aprovechando ese espacio para influir en la opinión de los ciudadanos estadounidenses a través de su sofisticada propaganda. (Foto: Eric Grunwald, flickr.com)

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INTERREGNUM: Pakistán como problema. Fernando Delage

Suele decirse que todos los Estados tienen fuerzas armadas, salvo Pakistán, donde es el ejército quien tiene un Estado. La vuelta, hace unos años, a la normalidad electoral e institucional no ha quebrado del todo este axioma. Los militares continúan al mando de la estrategia exterior: controlan el arsenal nuclear, mantienen viva la hostilidad hacia India, y—cuestión inseparable de la anterior—obstaculizan una solución en Afganistán.

“Nada cambiará al menos que lleguemos a un pacto con Pakistán—o paremos a Pakistán”. “Pakistán sabe lo que quiere. Nosotros no. No tenemos ni una estrategia hacia Pakistán, ni una estrategia de reconciliación [de los afganos]. Sólo tenemos palabras y burocracia”]. La primera frase, es del presidente Karzai; la segunda, de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Estas dos esclarecedoras reflexiones resumen, en su brevedad, qué ha fallado en Afganistán. Pero el lector encontrará una explicación más extensa y detallada en el libro que los cita: “Directorate S: The C.I.A. and America’s Secret Wars in Afghanistan and Pakistan” (Penguin Press, 2018). Su autor, Steve Coll, escritor del New Yorker, decano de la escuela de periodismo de la universidad de Columbia, y ganador del Pulitzer por otro trabajo anterior sobre el origen de Al Qaeda y el 11-S (“Ghost Wars”, 2004), ha dedicado 10 años y centenares de entrevistas para contar una historia que, más allá de un conflicto concreto, describe importantes claves de la actual inestabilidad internacional.

Afganistán ha demostrado, entre otras cosas, los límites del poder de Estados Unidos. Es una historia del desinterés de Washington por el desarrollo económico y la seguridad interna de Afganistán tras la derrota de los talibán: la atención y los recursos se concentraron en Irak, con los resultados bien conocidos. Es una historia de cómo la CIA, el Pentágono y la OTAN, y sus alianzas con los señores de la guerra en el país, están en el origen de buena parte de la corrupción afgana (así lo reconoce en el libro el exsecretario de Defensa Robert Gates). Es una historia de rivalidad entre distintas agencias de la administración norteamericana, cada una de las cuales ha perseguido su propia agenda, con la tolerancia de la Casa Blanca y la marginación del departamento de Estado, aun sabiéndose que no podía haber solución militar a un conflicto político.

Pero Afganistán es, sobre todo, la historia de un fracaso estratégico derivado de la misteriosa incapacidad de Estados Unidos para detener la interferencia de la inteligencia militar paquistaní, Inter-Services Intelligence (ISI). ¿Por qué dos administraciones dirigidas por presidentes de distintos partidos permitieron el apoyo de ISI a los talibán aunque de manera directa atentaban contra los intereses de Estados Unidos? Las maniobras de la agencia, en particular a través de su división de operaciones especiales (la Dirección S que da título al libro), quedan expuestas de manera tanto magistral como inquietante.

Coll retrata con especial perspicacia a decenas de personajes cruciales en el conflicto—líderes políticos, diplomáticos y militares—e identifica los elementos esenciales para entender la tortuosa relación entre Estados Unidos y Pakistán. Es también un demoledor análisis de la autoconfianza que produce contar con el mayor poder militar del planeta, y de la inercia burocrática. Trump quiere aumentar el primero y corregir la segunda; pero también pretende diezmar del todo los recursos diplomáticos. Este libro, sobre la guerra en que más tiempo ha estado involucrado Estados Unidos en toda su historia, explica como pocos lo erróneo de su planteamiento.

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Ponencia: La sombra de China, geoestrategia y geopolítica. Fernando Delage

Fernando Delage, profesor de Relaciones Internacionales y Analista Político, ofreció una charla sobre el papel que juega y quiere jugar China a nivel regional y global, su ascenso como potencia, su relación con Estados Unidos…

La China de Xi Jinping es una China que ha redefinido su comunismo como un “socialismo con características chinas”. Es una China que no tiene nada en contra de la integración europea, como puede tener Rusia. Es una China asertiva, pero con iniciativas de carácter multilateral en el plano internacional. Ejemplo de esto último puede ser el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, que se puede considerar, además, un fracaso diplomático para Estados Unidos.

Respecto a su relación con EEUU, mucho se ha hablado últimamente sobre si el ascenso de China puede ser pacífico, sobre la famosa trampa de Tucídides. De momento, la iniciativa “Made in China 2025”, el plan mediante el cual China se ha propuesto seguir para impulsar y reestructurar su industria para pasar de una era de cantidad a una nueva era de calidad y eficiencia en la producción, se ha convertido en una obsesión para Trump. Por otro lado, “el sueño chino” de Xi Jinping planea que, para cuando el Partido Comunista celebre su centenario en 2021, China será una sociedad modestamente acomodada y, cuando la República tenga cien años, en 2049, será un país próspero y fuerte y sus fuerzas armadas estarán entre las mejores de mundo. De sus fuerzas armadas hace gala el gigante asiático en el Mar del Sur de China, zona clave y conflictiva, donde China quiere minimizar la influencia de los norteamericanos, a quienes considera culpables de la inestabilidad de la región.

Respecto a la pregunta “¿Qué le falta a China para gobernar el mundo?” El profesor Delage contesta “No va a ser”, “la naturaleza del poder global ha cambiado, no veremos otro hegemón como el Imperio Romano o Estados Unidos”. Considera que la prioridad estratégica de China es Asia, donde sí tiene interés en ser potencia regional. En un plano global Delage argumenta que el país del centro no tiene interés en acabar con los acuerdos de Bretton Woods, sino ganar peso en las instituciones existentes y complementarlas con otras que sí lidera, como el BAII.

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INTERREGNUM. Declaración de hostilidad—por duplicado. Fernando Delage

“Es mucho peor que un crimen; es una estupidez”. Resulta inevitable evocar la célebre frase de Talleyrand, con la que describió la ejecución de un duque borbónico por Napoleón, al comentar el doble error cometido la semana pasada por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump.

El abandono del pacto nuclear con Irán coloca a Estados Unidos en compañía de Israel y Arabia Saudí—singulares compañeros de cama los dos últimos en este caso—, y en contra de sus aliados europeos y del resto de la comunidad internacional. Es probable que Trump no sepa quién fue Mossadeq, ni conozca el papel de la CIA en su derrocamiento en 1951; un incidente fundacional del nacionalismo iraní contemporáneo. Pero también parece ignorar las consecuencias de despreciar los principios del realismo político, como ocurrió con la más reciente e irresponsable invasión de Irak en 2003. Si lo que se pretende es facilitar el camino a una guerra en Oriente Próximo, y propiciar así el cambio del régimen iraní—objetivo ilusorio—, sabremos quién desencadenó los acontecimientos.

De momento, Trump ha hecho añicos la credibilidad norteamericana, ya dañada por su discurso antimultilateralista, su retirada del acuerdo sobre cambio climático de París y su irracional marcha atrás con respecto al Acuerdo Transpacífico (TPP). Su declaración de hostilidad a Teherán no sólo no contribuirá a prevenir una mayor influencia de Irán en el equilibrio de poder regional, sino que aumenta el riesgo de proliferación nuclear, y crea una grave ruptura estratégica con el Viejo Continente. A efectos de esta columna, hay que preguntarse por lo demás si es así como Trump espera convencer a Kim Jong-un de que abandone sus capacidades nucleares.

Por si el anuncio del presidente no fuera suficiente para dañar la estabilidad internacional, además de declarar la guerra diplomática a Irán, Estados Unidos se ha planteado asimismo declarar la guerra comercial a China. Washington exige a Pekín que reduzca su superávit bilateral en 100.000 millones de dólares antes del 1 de junio de 2019, y otros 100.000 millones antes de la misma fecha de 2020. No sólo resulta ridículo pensar que el gobierno chino pueda conseguir ese resultado, sino que, por sus efectos para países terceros, los daños pueden ser considerables para la economía mundial. Estados Unidos no sólo violaría normas multilaterales—es conocida la opinión de Trump sobre la OMC—sino abriría paso a una peligrosa dinámica política, por no hablar del impacto para sus propios intereses económicos de las medidas de represalia que adoptará Pekín. ¿Es humillando a China, otro país profundamente nacionalista como Irán, como la Casa Blanca cree que va a defender sus objetivos nacionales?

Mayo de 2018 podrá pasar a la historia como el momento que confirmó un cambio radical en la relación de Estados Unidos con el mundo exterior; la fecha en que se quebró Occidente como comunidad política y se aceleró el proceso de redistribución del poder global. Enfrentarse a un mismo tiempo a Irán, a China y a las democracias europeas no parece tener mucho sentido estratégico. Es cierto que en 2020 o—en el peor de los casos—en 2024, Trump desaparecerá de la escena política. Será tarde quizá para que su sucesor pueda recomponer los platos rotos. (Foto: Kodi Archer, Flickr)

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La prudencia sigue siendo un activo

Una de las características de la opinión pública occidental es que puede pasar de un sentimiento catastrofista, casi apocalíptico, a una euforia ingenua y crédula sin apenas transición y con pocos argumentos. Así pasó, fuera de toda lógica, con las apresuradamente denominadas primaveras árabes y así puede estar pasando con la rápida evolución de la situación en la disputada península coreana.

Es evidente que el encuentro entre los dos líderes coreanos es impactante, novedoso, sorprendente por su rápida organización y lleno de expectativas, pero convendría mantener la calma y el escepticismo ante las verdades proclamadas sobre el que se fundó las modernas sociedades occidentales.

En Asia se estila otro sentido del tiempo, basado en la paciencia, el cálculo a medio y largo plazo y las grandes maniobras con efectos en diversos frentes.

Y hay que ser cautos también al analizar los antecedentes y los beneficiarios de los acontecimientos, es decir, a la hora de repartir medallas y puestos en el pódium.

Hay bastante consenso en que China es el país que está en mejores condiciones para beneficiarse una bajada de la tensión que, además, aparte de una consolidación del estatus norcoreano, una mayor estabilidad en ese Estado tapón frente a Estados Unidos y una neutralización de sus provocaciones, visualiza a Pekín como un aliado de la paz como si ese proceso no tuviera nada que ver con sus intereses nacionales no precisamente estabilizadores a medio plazo.

Pero no hay que olvidar que la mano firme de la Administración Trump, al margen de las improvisaciones del atolondrado y maleducado presidente, ha enseñado al dictador norcoreano una cara nueva y un camino claro: o negociar la distensión o guerra. Y Corea de Norte nunca iba a ganar la guerra. Con la amenaza clara y las ofertas de conversaciones planteadas, Corea del Norte, China y los aliados entendieron el mensaje: o ganar algo o perderlo todo.

No importa que el centro nuclear que Corea del Norte quiere clausurar en público sea ya inservible por el último ensayo (lo sugiere China), lo que importa es el gesto, y sin plantear, al menos de momento, la retirada de Estados Unidos de sus bases surcoreanas. Pero también es verdad que Corea del Norte consigue una plaza en el escenario internacional sin el estigma de Estado pirata e ilegal que realmente es. (Foto: Flickr, RoK)

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En vísperas

Las piezas van encajando. Mientras el primer ministro japonés ultimaba sus preparativos para un nuevo encuentro con Donald Trump en Florida, Corea del Norte anunciaba la suspensión formal de su programa de desarrollo de armamento nuclear y el cierre de su principal instalación de investigación en este campo.

En pocos días, el dictador norcoreano se entrevistará con el primer ministro de Corea del Sur y, unas semanas más tarde, si no hay cambios de última hora, se encontrará con Trump para iniciar una nueva etapa en las relaciones de Estados Unidos, China y las dos Coreas.

Kim Jong-un, el líder norcoreano, está demostrando tener un plan, unos objetivos y un camino para conseguirlos y lo está siguiendo metódicamente con el inestimable aliento, y aparentemente el control, del gobierno chino. Y sus vecinos, coreanos del sur y japoneses en primer plano, pero también las otras naciones asiáticas con intereses en el Pacífico y en el Índico siguen pendientes de como gestiona Estados Unidos la situación, con qué propuestas acude a su cita con Corea del Norte y dónde pone las líneas rojas y de fuerza.

Este escenario, con Europa de convidado de piedra, será nuevo, abrirá nuevas perspectivas, cambiará de perfil los conflictos ya existentes y emergerán otros nuevos con nuevos actores o los viejos actuando en otros campos. Y, lo más importante, China verá reforzada y consolidada su presencia en todos los frentes.

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Los impulsos de Trump, guía de la política exterior estadounidense. Nieves C. Pérez Rodríguez

Se pueden tener muchas incertidumbres acerca de la política exterior del presidente Trump, pero su posición sobre Corea del Norte ha sido clara y consistente desde el principio y enfáticamente ha dejado claro que hará lo que esté en sus manos por acabar con esa amenaza. A pesar de que no se conocen todas las claves sobre cómo se está abordando internamente el tema, dado a los constantes cambios de rumbo, más bien parece que la improvisación es la línea que se sigue.

Como sucedió con el envío del futuro secretario de Estado Mike Pompeo a una reunión secreta con el líder norcoreano, antes de su formal ratificación, hecho que deja muy clara la prioridad que este asunto ocupa en la agenda de esta Administración, pero también lo impulsivo de las decisiones del presidente que, en un acto precipitado, decide enviar a su hombre de confianza justo después de que los surcoreanos le abrieran el canal de comunicaciones con el régimen de Pyongyang.

Oportunamente, Pyongyang ha dejado de pedir que las tropas americanas salgan de Corea del Sur como condicionante para dejar su programa nuclear. Durante mucho tiempo ha sido precisamente la presencia de 28.500 soldados estadounidense en el sur de la península el argumento usado por el Norte para justificar su necesidad de desarrollar armas nucleares. De hecho, en el encuentro que tuvo lugar en Corea del Norte, entre un enviado especial del gobierno de Moon Jae-in con Kim Jon-Un el mes pasado, Kim expresó que su país no necesitará de armas nucleares si no se sienten amenazados militarmente y se les dan garantías de seguridad. Seguramente esta fue una de las razones que motivó a Trump a decidir que hay que actuar rápidamente.  Ahora la pregunta que se plantea es: ¿era realmente necesario enviar al futuro secretario de Estado con esa premura? ¿Estará Trump más bien enviando señales de desesperación a Kim?

Jung H. Pak, experta del instituto Brookings, publicó un artículo a finales de la semana pasada en el que concluye básicamente que Corea del Norte necesita un ambiente hostil para poder legitimarse. Afirma que todos los avances hechos en los últimos meses están enfocados en encontrar esa legitimidad que necesitan, mientras juegan a presentarse como los que desean paz. Explica que es todo parte de una estrategia destinada a mantener y avanzar su programa de armas nucleares, eliminar Estados Unidos de la península coreana, mantener la relevancia estratégica en la región y potencialmente tratar de crear condiciones para la unificación en sus términos. Mientras Kim Jon-Un ha ganado en todo este juego de tira y afloja, su reputación ha cambiado ligeramente de ser el personaje desalmado que oprime y mata de hambre a su población, a convertirse en un dictador abierto a dialogar y encontrar una solución pacífica que beneficie a todas las partes.

¿Y qué ha ganado Trump? A pesar de que los portavoces de su Administración han sido extremadamente prudentes acerca de la conversación entre Pompeo y Kim, pues objetivamente lo único que se sabe es que tuvo lugar en Corea del Norte el fin de semana de Semana Santa, y, de acuerdo con el New York Times, Pompeo abogó por tres presos estadounidenses detenidos en Corea del Norte, y que se está trabajando para liberarlos, a la vez que intentaba acordar detalles sobre el futuro encuentro entre Trump y el líder norcoreano.

Mientras tanto Seúl apuesta por confiar que la disposición de Pyongyang en desnuclearizarse se llevará a cabo a cambio de que se reestablezcan los lazos entre Estados Unidos y Corea del Norte, envío de ayuda para reconstruir su economía y un tratado de paz que formalice el fin de la guerra coreana. Mientras que el presidente Moon afirma que todo eso es posible, admite que el reto está en desarrollar un mapa de ruta adecuado que permita llegar a esos acuerdos.

El primer ministro japonés, Shinzo Abe, en visita oficial a Estados Unidos la semana pasada, sostuvo el sexto encuentro oficial y la tercera cumbre con Trump en la que ambos afirmaron su fuerte compromiso y determinación de aumentar la alianza entre ambas naciones para enfrentar las amenazas emergentes en contra de la paz y el mantenimiento del orden en la región de Indo-Pacífico. Ambos líderes expresaron la necesidad de que Corea del Norte se desnuclearice y abandone todas las armas de destrucción masiva y programas de misiles balísticos.

Tal y como afirmó Jung H. Pak, “si bien debemos apoyar el estado de ánimo actual de la diplomacia y el compromiso, no debemos dejarnos seducir fácilmente por los dulces susurros de paz de Kim, sin acciones creíbles que acompañan”. Junto con los impulsos intempestivos de Trump por resolver violentamente el conflicto que lleva 68 años incrustado, la Historia ha demostrado que no tiene una salida fácil… (Foto: Gage Skidmore, Flickr)

Social Network

La salsa secreta era más kétchup. Miguel Ors Villarejo

“Poco después de la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales”, cuenta Sue Halpern en The New York Review of Books, “un artículo de la revista suiza Das Magazine […] empezó a circular por internet. Mientras los expertos diseccionaban el colapso de la campaña de Hillary Clinton, los redactores de Das Magazine […] apuntaban una explicación totalmente distinta: el trabajo de Cambridge Analytica”. Esta compañía elaboraba perfiles con la información captada en Facebook y bombardeaba luego a cada votante con “mensajes políticos diseñados para apelar a sus emociones”. Por ejemplo, para defender la libertad de poseer y portar armas, a alguien “caracterizado como neurótico” no se le hablaba de la segunda enmienda, sino que se le enviaba un vídeo “en el que aparecían unos ladrones allanando un piso”. Y la gente proclive a los ataques de ansiedad recibía “anuncios alertando sobre los peligros que planteaba el Estado Islámico”.

Christopher Wylie, un antiguo empleado de Cambridge Analytica arrepentido de sus pecados, corroboraba en marzo las sospechas de la revista suiza ante un grupo de periodistas europeos. “El brexit no habría sucedido sin Cambridge Analytica”, titulaba El País tras aquel encuentro. “Los datos son nuestra nueva electricidad”, razonaba Wylie. “No puedes encontrar trabajo si no tienes Linkedin. No puedes licenciarte si no usas Google. No puedes avanzar en la vida sin ellas”. En principio, estas plataformas son gratis y maravillosas, pero nuestros correos, nuestro historial de navegación, nuestros me gusta quedan minuciosamente registrados en sus servidores y suponen un formidable botín. Dylan Curran esbozó hace poco en The Guardian una aproximación de su auténtica magnitud. “Tienen cada imagen que he consultado y guardado, cada lugar en el que he clicado, cada artículo que he leído y cada búsqueda que he realizado desde 2009”, escribía. Y facilitaba la URL desde la que cualquiera puede descargarse esa información. En su caso, ocupa 5,5 gigas, el equivalente a unos 17.000 libros, según calculan en esta web.

De entrada, resulta artificial afectar sorpresa. Rasgarse las vestiduras recuerda la reacción del capitán Renault cuando Rick le pregunta en Casablanca por qué le cierra el café. “¡Estoy escandalizado”, responde, “acabo de enterarme de que en este local se juega!” Acto seguido, uno de los camareros le vuelca en la mano un puñado de fichas: “Sus ganancias, señor”.

También ahora los diarios que condenan la intolerable falta de consideración de Facebook por la intimidad de sus usuarios comercian con ella con el mismo entusiasmo con que Renault apostaba en la ruleta. Detrás de la columna del New York Times que denunciaba “la máquina de vigilancia de Facebook”, el software antipublicidad del bloguero Doc Searls bloqueó 13 rastreadores de información. “Sus ganancias, señor”.

Es cierto que “esta vez es diferente”, porque, como observan Nicholas Thomson y Fred Vogelstein en Wired, “los datos no han servido para que Unilever venda mayonesa”, sino para que un desaprensivo llegue a la Casa Blanca y Reino Unido salga de la UE.

¿O tampoco ha sido para tanto?

William Davies distingue en la London Review of Books dos aspectos en este escándalo. Por un lado, el trasiego no autorizado de información personal, que tiene que investigarse y castigarse, y por otro, la idea improbable (en el sentido literal de que no puede probarse) de que Cambridge Analytica cambió el curso de las presidenciales y el referéndum sobre el brexit gracias a “la salsa secreta” de sus algoritmos. La principal evidencia que tenemos al respecto son unas imágenes captadas con cámara oculta para Channel 4 en las que Alexander Nix, su ya cesado CEO, presume ante un posible cliente de haberse encontrado “varias veces” con Trump y de haberlo dirigido “como si fuera una marioneta”.

Convendrán conmigo en que la solidez de lo que un CEO afirma durante una entrevista comercial con un posible cliente es cuestionable. ¿Qué otras pruebas hay de que Cambridge Analytica haya desarrollado un software capaz de manipularnos como títeres? No digo que no sea posible, pero mi impresión es que esta tecnología se halla en una fase bastante rudimentaria. Mi mujer recibió durante una temporada correos que la invitaban a alargarse el pene. Recuerdo que una vez íbamos en el coche. “A este paso, los robots no van a dominar el mundo”, comentó con hartazgo.

Estoy de acuerdo. Para empezar, ¿existe capacidad para procesar la barbaridad de terabytes que cada día volcamos en el ciberespacio? Ya hemos visto que los 5,5 gigas que Google tiene de un humilde redactor de The Guardian equivalen a 17.000 libros. Incluso un voraz lector como Bill Gates, que se liquida cuatro o cinco al mes, tardaría 250 años en digerir semejante barbaridad.

“¡Pero eso no lo hacen personas!”, me objetarán. “¡Lo hacen algoritmos!”

Sin duda, pero, una vez más, ¿qué evidencia tenemos? Matthew Hindman, un profesor de la Universidad George Washington que estudia aprendizaje de máquinas, cuenta en su blog que envió un correo a Aleksandr Kogan, el científico responsable del modelo que Cambridge Analytica usaba para elaborar los perfiles de los votantes, para interesarse por su funcionamiento. “En una notable muestra de cortesía académica”, escribe, “Kogan respondió”. Y aunque por desgracia no fue demasiado explícito, sí que permitió a Hindman alcanzar un par de conclusiones.

La primera es que “su método trabajaba de forma muy parecida al que Netflix emplea para hacer sus recomendaciones”. Muy simplificadamente, consiste en crear una serie de categorías (comedia, terror, acción, etcétera), organizar las películas en función de esas categorías (de más cómicas a menos cómicas, de más terroríficas a menos terroríficas) y cruzarlas a continuación con las calificaciones de los usuarios.

El resultado es manifiestamente mejorable, como sabe cualquier suscriptor del servicio de streaming, y esta es la segunda conclusión de Hindman: “El modelo de Cambridge Analytica dista mucho de ser la bola de cristal que algunos afirman”.

Christopher Wylie asegura en su entrevista que “si miras los últimos cinco años de investigación científica […] no hay duda de que puedes perfilar a la gente [usando datos de las redes sociales]”, pero la realidad es algo menos estimulante. El artículo de referencia en este terreno, “Private traits and attributes are predictable from digital records of human behavior”, de Michal Kosinski, David Stillwell y Thore Graepe, usa los me gusta de Facebook para deducir determinadas características. Por ejemplo, adivina con bastante precisión (más del 88%) si alguien es blanco o negro, hombre o mujer, gay o heterosexual. Incluso acierta en una proporción del 60% si los padres están divorciados, porque estos individuos presentan “una mayor propensión a que les gusten manifestaciones de preocupación por la relación, como ‘Si estoy contigo, estoy contigo y no quiero a nadie más”.

Pero cuando se trata de conjeturar aspectos de la personalidad como inteligencia, extroversión, estabilidad emocional o amabilidad, el grado de precisión cae muy por debajo del 50%, lo que significa que sería más efectivo lanzar una moneda al aire o dejar que un chimpancé sacase bolas blancas o negras de una urna.

Como la matemática Cathy O’Neil declaró a Bloomberg, la “salsa secreta” de la que Nix presume es “más kétchup”. Personalizar la publicidad electoral para asustar a los ciudadanos neuróticos o ansiosos con imágenes de ladrones y terroristas no es un invento de Cambridge Analytica. Quizás sorprenda a unos periodistas suizos, pero los partidos estadounidenses llevan décadas haciéndolo. “No hay duda de que Trump […] se basó ampliamente en el manual […] de Barack Obama de 2012”, escribe Halpern. A partir de fuentes públicas y de sondeos propios, los demócratas ordenaron a los votantes en tres grandes categorías: quiénes los apoyaban, quiénes no y quiénes eran susceptibles de ser persuadidos. Luego elaboraban subcategorías (por ejemplo, mileniales agobiados por deudas de estudios o madres preocupadas por la violencia) y, finalmente, redactaban mensajes a la medida de cada grupo.

La única novedad es que esta técnica se ha enriquecido ahora con datos sacados de Facebook, “de forma perfectamente legal”, según Halpern. El director de la campaña digital republicana, Brad Parscale, “volcó a todos los partidarios conocidos [de Trump] en la plataforma de anuncios de Facebook” y, con las herramientas que la propia firma facilita, “los ordenó por raza, género, localización y otras afinidades” para cocinar “eslóganes basados en esos rasgos”.

“Donald Trump es nuestro primer presidente de Facebook”, dice Halpern, pero no le debe nada a una misteriosa y tóxica salsa, como sospecha Das Magazine, sino a la habilidad con que su equipo ha sabido explotar las enormes posibilidades de marketing que brindan las redes sociales. “Este es claramente el futuro de las campañas”, concluye, “tanto republicanas como demócratas”.

rodchenko

¡No es la economía, estúpido! Miguel Ors

Con su demagógico anuncio de imponer aranceles al acero y el aluminio, Donald Trump pretende aplacar la indignación de sus votantes. Estos habrían sido víctimas de la dolosa capitulación comercial de sus predecesores, que entregaron la economía a los importadores mexicanos y asiáticos, sumiendo miles de empresas en la desesperación y la ruina y llevando el país al borde del estallido.

La idea tan querida por la izquierda de que el auge del populismo es el correlato político de la pobreza tiene una amplia tradición histórica y una reducida base empírica. Marx enseñaba que, cuando la revolución está madura, produce sus propios líderes, pero ni los bolcheviques se lo creían. “Ninguna ciudad se ha rebelado nunca solo porque estuviera hambrienta”, proclamaba uno de sus diarios durante la guerra civil rusa. Para que los parias de la tierra se agrupen en la lucha final tienen que pensar que les va a ser de alguna utilidad. De lo contrario, se quedan en casa agonizando de inanición, como aún sucede en Corea del Norte.

Dos sociólogos de la Universidad de Michigan, Charles Tilly y David Snyder, contrastaron esta hipótesis en un artículo de 1972. Analizaron los disturbios ocurridos en Francia entre 1830 y 1960 y no descubrieron ninguna relación con el malestar de la población. Tampoco los economistas Denise DiPasquale (Chicago) y Edward Glaeser (Harvard) hallaron evidencia de que la miseria desempeñara un papel relevante en los episodios de violencia social registrados en Estados Unidos entre 1960 y 1980. Estos brotes parecen más bien fruto de un cálculo racional de coste-beneficio: cuando la oportunidad de ganancia es alta y el riesgo de sanción bajo, la gente se va animando, se va animando… Y como esto es algo que se decide sobre la marcha, las revueltas no son fáciles de predecir y, una vez que han echado a andar, toman cursos insospechados. Alexis de Tocqueville cuenta en El antiguo régimen y la revolución que, en vísperas de la toma de la Bastilla, Luis XVI no tenía ni la menor idea de que fuera a perder el trono, y no digamos ya la cabeza. Y dos días antes de que los Romanov fueran depuestos, la zarina hizo este infeliz comentario: “Son solo unos gamberros. Jovencitos que corren y chillan que no hay pan para pasar el rato, y unos piquetes que impiden a los obreros trabajar. Si hiciera más frío, se habrían quedado probablemente en casa”.

Tampoco en el caso de Estados Unidos se aprecia hoy una relación entre el voto radical y el perjuicio material. “Sería osado, e incluso temerario”, escribe Javier García-Arenas en el Informe Mensual de Caixabank, “aseverar que la desigualdad es el factor principal del que se nutre el populismo”. Y razona que en los distritos electorales “más expuestos a la competencia comercial con China el apoyo al Partido Republicano en 2016 ha sido 2,2 puntos porcentuales mayor [que en aquellos que lo están menos]”, lo que no es una magnitud “especialmente elevada”.

Mucho más relevantes parecen otros aspectos, como el deseo de “preservar la homogeneidad cultural y ciertas actitudes sociales”, dice García-Arenas. En el Reino Unido, un estudio del think tank Nesta revela que ser partidario de la pena de muerte predice sensiblemente mejor que la renta o la extracción social la probabilidad de estar a favor del brexit.

Como tantos populistas, Trump justifica sus políticas con argumentos de justicia y económicos, pero su discurso apela a instintos más oscuros e inquietantes.

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Trump, Corea, Tillerson, y un estilo de gobernar Nieves C. Pérez

Washington.- Muchos análisis se han hecho sobre lo controvertido del presidente Trump y sus formas; pero haber despedido al secretario de Estado a través de un tweet parece ser excesivo, incluso para él.  Se conocían un par de incidentes entre los dos personajes. Se sabía que no eran cercanos, y que desde finales del año pasado esas diferencias llevaron a Rex Tillerson a firmar su renuncia, que, por otra parte, valga acotar, adelantamos en esta columna y 4Asia dio en exclusiva a pocas horas de haber sucedido. Sin embargo, Trump decidió desmentirlo y continuar con Tillerson por unos meses. Seguramente en su afán de demostrar que la información que se filtró a la prensa formaba parte de “Fake news” (o noticias falsas) como ha repetido hasta el cansancio, y que en cada oportunidad intenta demostrar.

Pero todo tiene un fin, incluso enmascarar las verdades.

Hace unos días, mientras representantes de Corea del Sur sostenían reuniones con homólogos en la Casa Blanca – en las que de acuerdo a fuentes consultadas, debió estar el consejero de Seguridad Nacional, por ser él el mayor responsable en ésta materia-, Trump supo que estaban allí.  Para quienes conocen el ala oeste de la Casa Blanca, saben que es realmente pequeña y que la oficina de dicho consejero queda a muy pocos pasos del despacho oval, por lo que pudo ser que el presidente pasara enfrente o simplemente escuchó que estaban allí, y los mandó a llamar. Los surcoreanos le transmitieron a Trump la disposición de Kim Jon-un a reunirse con él. Valga apuntar, que el encuentro entre los surcoreanos y Trump estaba agendado para el viernes. Lo que, en su atropellado e impulsivo proceder, le llevó a la sala de prensa de la Casa Blanca y transmitió casi en tiempo real a la prensa su intención de aceptar la invitación del líder norcoreano.

No sólo el mundo se quedó atónito, sino también quienes trabajan día a día a su lado. Su ego o tal vez su forma natural de vivir, y/o, en este caso, gobernar, como un reality show, le pudo en ese momento y decidió que esa exclusiva debía darla él mismo, y, de camino, quedarse con todos los méritos.

Mientras este temporal tenía lugar en la Casa Blanca, Rex Tillerson estaba de visita oficial en Etiopia, y fue preguntado por un periodista sobre el anuncio que su jefe acababa de hacer desde Washington al que el secretario de Estado, no informado (por la prontitud del anuncio) respondió diciendo “estamos lejos de negociaciones con el régimen de Corea del Norte y no sabemos cuándo se podrá acordar un encuentro”, manteniendo la línea oficial vigente hasta hacía minutos.

El día después Tillerson cambió su tónica y afirmó que la decisión del encuentro no fue una sorpresa, en un fallido intento de remediar lo ocurrido.

Otro elemento particularmente curioso de esta semana ha sido que una vez que Trump despide con un tweet a Tillerson, el viceministro del Departamento de Estado, Steve Goldstein, fue también sacado de su posición, una vez que hizo público un comunicado de prensa y haber twiteado, palabras que, explicaba, venían de Tillerson, “El secretario de Estado no habló con el presidente esta mañana y no estaba al tanto de las razones. Pero está agradecido de la oportunidad de haber servido, y sigue creyendo que el servicio público es noble”. Esta afirmación dejó al descubierto a la Casa Blanca, que aseguraba que Tillerson había sido informado anticipadamente.

De acuerdo con fuentes cercanas al Departamento de Estado, los diplomáticos estadounidenses en el exterior recibieron instrucciones precisas de no publicar ese comunicado en las páginas oficiales de las embajadas. Algo que sorprendió mucho, pues lo natural es precisamente lo contrario, que se le dé difusión a los comunicados.

El ambiente alrededor de Trump es gris. Los cambios de rumbos son constantes. No se visualiza una claridad de gestión, y esto transciende la política exterior y salpica al Departamento de Estado. Mike Pompeo, el elegido para sustituir a Tillerson cuenta con más que experiencia política y credenciales y cuenta con la atención y el respeto de Trump, al menos de momento. Y eso podría ser clave en la gestión de la política exterior y de la imagen que proyecta Washington en el exterior.

Se esperan más sustituciones en el círculo cercano de Trump. Ahora hay rumores de que HR McMaster, un alto asesor en materia de seguridad nacional, también será reemplazado, por no haber estado en total sintonía con la cabeza de la Casa Blanca.

Trabajar en cualquier administración es un reto que lleva consigo mucho sacrificio personal y compromiso. Pero formar parte de la Administración Trump debe ser mucho más complejo, porque al gran esfuerzo, las largas horas y a la responsabilidad, hay que añadir los prontos del Presidente, que marcan una parte importante de la agenda. Y cualquier opinión que no esté del todo alineado con la de Trump se convierte en una razón para ser sustituido. O sea, que Estados Unidos se esta manejando a día de hoy más como un negocio personal que lleva su apellido al más puro estilo de los hoteles y pisos de lujos de Trump, que como una nación con una larga tradición institucional. (Foto: David Brossard, Flickr)