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La fábula de las fake news. Miguel Ors Villarejo

Tras la sorpresa que supuso el triunfo de Donald Trump, los estadounidenses no han tardado en encontrar un culpable: las noticias falsas. Su difusión masiva a través de Facebook ha alterado el voto de millones de ciudadanos e inclinado la balanza en favor del candidato republicano. Algunos expertos incluso creen que la pérdida de ascendiente de la prensa tradicional pone en peligro la democracia. “La nación”, advierte la revista Editor & Publisher, “se enfrenta a la amenaza de una información incompleta y mal asimilada que distribuye un medio que todavía tiene que demostrar su capacidad para desempeñar semejante tarea”.

La queja de Editor & Publisher no es nueva. De hecho, es bastante anterior a Trump. Procede de un editorial de noviembre de 1937 y el medio al que se refiere no es Facebook, sino la radio. Orson Welles acababa de emitir su dramatización de La guerra de los mundos. Todos hemos leído cómo aquella noche las comisarías y las redacciones se bloquearon con “las llamadas de oyentes aterrorizados y desesperados que intentaban protegerse de los ficticios ataques con gas de los marcianos”. En algunos barrios incluso se habló de infartos y suicidios inducidos por el miedo, y el New York Times alertó de la irresponsabilidad de aquellos locutores aficionados. Había que atajar la distribución de informaciones diseñadas para confundir a la audiencia, o sea, de fake news.

El problema es que la única fake new fue aquel pánico. El impacto de Welles fue muy limitado. Su programa no alcanzó ni el 2% de cuota, porque coincidió con el show del ventrílocuo Edgar Bergen, que era la sensación del momento. Tampoco hubo muertos ni heridos. El análisis de los formularios de ingreso de seis hospitales de Nueva York, que había sido teóricamente el epicentro de la histeria alienígena, revela que “ninguno registró caso alguno relacionado con la emisión”. ¿Cómo se forjó y alimentó el mito de La guerra de los mundos?

“Échenle la culpa a los grandes rotativos”, escriben Jefferson Pooley y Michael Socolow en Slate. “La radio había arrebatado a la prensa muchos recursos publicitarios durante la Gran Depresión, ocasionándole un serio perjuicio. Los diarios aprovecharon la oportunidad que Welles les brindó para desacreditarla como fuente de información”.

Y volviendo a Trump, ¿no podría estar pasando ahora lo mismo con Facebook? Los investigadores Andrew Guess, Brendan Nyhan y Jason Reifler han estudiado una muestra representativa de ordenadores para determinar cuántos estuvieron expuestos a fake news en octubre y noviembre de 2016 y han obtenido una proporción alta (27%), pero sus contenidos nunca superaron el 2% de la dieta informativa total.

En cuanto al papel de Facebook como propagador, pudo ser relevante en 2016. Entonces, el sitio aparecía en los historiales de navegación justo antes de las webs de noticias falsas, lo que sugería que facilitaba el acceso a ellas. “Pero este patrón ya no se da con los datos de 2018”, observa Guess.

Finalmente, no hay evidencia de que las noticias falsas influyeran en el resultado de las presidenciales. Guess y sus colegas no han encontrado “ninguna asociación” entre la lectura de artículos favorables a Trump y cambios en el apoyo electoral.

“El temor al efecto nocivo de las fake news no debe desdeñarse”, concluye Guess, pero su alcance es “más matizado” de lo que sugiere la alarma actual. Como en los años 30, parece que los medios establecidos están aprovechando la conmoción política para ajustar cuentas con los intrusos que se han quedado con sus anuncios. Cuentan para ello con la buena disposición de la gente, que desconfía de la influencia de Facebook y Google tanto como nuestros abuelos y bisabuelos recelaban de la radio.

“No son los marcianos que invaden la Tierra los que más nos asustan”, escriben Pooley y Socolow. “Son la ABC, la CBS y la NBC ocupando y colonizando nuestras mentes las que de verdad nos aterran”. Por eso, periódicamente, recurrimos a alguna fábula que nos recuerda el poder de los medios. (Goretti Cortina)

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Erótica del muro. Miguel Ors Villarejo

Aunque Donald Trump ha acaparado todos los focos, la construcción del muro con México no ha sido una ocurrencia suya. De hecho, de los casi 3.000 kilómetros de frontera, unos 1.000 ya están fortificados por un parapeto concebido por George W. Bush y levantado básicamente durante el mandato de Barack Obama.

Y no es solo Estados Unidos. Con todo lo que se nos llena la boca hablando de globalización, desde el final de la Guerra Fría estas barreras internacionales han pasado de 15 a 70. Vivimos en un mundo claramente más pacífico, como refleja el Human Security Report. ¿A qué obedece esta obsesión por encerrarnos?

David Carter y Paul Poast, dos profesores de Princeton y Chicago, analizan en el Journal of Conflict Resolution 62 muros fronterizos y su conclusión es que el móvil fundamental es económico. “Los límites que separan países con distintos niveles de desarrollo”, dicen, “tienden a ser inestables”. Los ciudadanos del lado más acomodado se quejan de que sus negocios y sus salarios se ven afectados por el tráfico de bienes y personas y votan a los políticos para que lo repriman. ¿Y qué mejor modo de lograrlo que un muro de 10 metros coronado por unos rollos de afilada concertina?

El problema es que no se trata de una solución barata. No basta con plantar el entramado de barras de hierro corrugado, colocar el encofrado y verter el hormigón. Una estructura así sería un mero obstáculo de equitación. Hay que instalar cámaras y sensores de calor y movimiento, apostar garitas y centros de control, montar patrullas y soltar drones. “En 2009”, escribe Elisabeth Vallet, directora del Centro de Estudios Geopolíticos de la Universidad de Québec, “la Oficina General de Contabilidad de Estados Unidos calculó que el coste de hacer una simple valla en California oscilaba entre uno y 6,4 millones de dólares por kilómetro. Y en un terreno más hostil geológica y jurisdiccionalmente como Texas, la factura podía elevarse hasta los 21 millones”.

Además, como cualquier otra inversión, los muros están sujetos a rendimientos decrecientes. Un informe de la Universidad de Cornell para el Congreso observaba en 2012 que la impermeabilidad absoluta no era “un objetivo realista”, porque cada nuevo tramo “será más caro de construir y mantener y tendrá un efecto disuasorio menor”. El documento sugería que los recursos para combatir la inmigración ilegal estarían mejor gastados en vigilar los puertos y los aeropuertos del país, por donde se cuelan el doble de ilegales. Por ello, con buen criterio, Obama abandonó el proyecto de blindar toda la frontera con México.

¿Por qué lo ha recuperado Trump? No por su resultado. A la semana de llegar a la Casa Blanca, en una conversación telefónica privada (y posteriormente filtrada), el presidente manifestaba a su homólogo Enrique Peña Nieto que la importancia de la iniciativa era sobre todo “psicológica” y que, “desde un punto de vista económico, es el asunto menos relevante que vamos a abordar”. Tenía toda la razón. Los investigadores Treb Allen, Melanie Morten y Cauê de Castro han evaluado la eficacia del muro que ya hay en pie y estiman en 80.000 la reducción de entradas irregulares. Esta menor presión migratoria moderó la competencia que sufrían los empleados estadounidenses menos cualificados y alivió su situación, pero no significativamente: su renta per cápita apenas aumentó en 36 céntimos.

No parece un éxito resonante, pero es que además Allen, Morten y Castro conjeturan en su artículo el impacto de una política alternativa. Si en lugar de encarecer el coste de cruzar la frontera levantando un muro se hubiera facilitado el transporte de mercancías entre los dos países, muchas más empresas se habrían localizado en el norte de México, para explotar la ventaja estratégica que suponen una mano de obra barata y la cercanía del mercado estadounidense. Esta mayor actividad habría retenido en su suelo a más mexicanos y disminuido en 110.000 personas el flujo de ilegales.

Se trata, como ven, de una opción no solo más efectiva, sino infinitamente más barata. ¿Cuál es su pega? La invisibilidad. Un muro es enorme. Para construirlo hay que movilizar ejércitos de obreros, hormigoneras, grúas. Y en vísperas de las elecciones, los políticos pueden fotografiarse delante mientras cortan una cinta o descubren una placa.

No hay color, no me digan.

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La omnipotencia del pueblo. Miguel Ors Villarejo

Se calcula que unos 800.000 uigures están recluidos en los 1.200 campos de internamiento repartidos por la región túrquica de Sinkiang. Oficialmente, disfrutan de una cura de desintoxicación. Presentan síntomas de radicalismo en diferentes grados y el tratamiento consiste en entonar himnos comunistas, abjurar del islam, ver películas propagandísticas y estudiar lengua e historia chinas. En la práctica, “los centros están atestados y la comida es frugal”, escribe James Millward en The New York Review of Books. “Quienes protestan son confinados en celdas de aislamiento, ven su alimentación reducida, pasan largos periodos de pie contra la pared o permanecen atados de pies y manos en una silla tigre”.

Aunque inicialmente las autoridades lo negaron todo, las imágenes de satélite y los testimonios de familiares de presos y de funcionarios arrepentidos las han obligado a admitir que en 2017 los arrestos se elevaron en la región al 21% del total nacional, pese a que los uigures apenas suponen el 1,5% de la población. “Se estima”, dice Millward, “que el Partido Comunista tiene encerrados al 10% de los musulmanes de Sinkiang”.

¿Cómo se puso en marcha este nuevo archipiélago Gulag?

Los uigures se islamizaron hacia el año 1000 y llevan siglos practicando una variante muy alejada del salafismo tan grato a Bin Laden y sus secuaces. Después de que los manchúes se anexionaran el territorio en el siglo XVIII, se inauguró un régimen administrativo respetuoso con las peculiaridades locales. Ni los emperadores ni sus sucesores comunistas se metían con la ropa, el idioma o la religión. Sinkiang fue declarada región autónoma y, salvo el paréntesis de la Revolución Cultural, todos los presidentes celebraron “la diversidad” y fomentaron la publicación en lengua vernácula.

Esta política empezó, sin embargo, a reconsiderarse tras el colapso de la URSS en 1991. Muchos jacobinos vieron en la tolerancia de Moscú hacia las nacionalidades la carcoma que había socavado los cimientos del imperio soviético y empezaron a abogar por una asimilación más enérgica de las minorías. Únicamente así, argumentaban, preservaría China su estabilidad.

Estos debates son recurrentes en los estados plurinacionales y nunca habrían trascendido el terreno académico de no haber surgido el terror islamista. Los promotores de una China fuerte establecieron rápidamente un hilo conductor entre Al Qaeda y cualquier expresión musulmana. “Aunque parte de las personas que han sido expuestas a la ideología extremista no han cometido aún delito alguno”, explica un documento de la Liga de la Juventud Comunista de Sinkiang, “están ya infectadas [y] la enfermedad puede manifestarse en cualquier momento […]. Por eso debe ingresárseles en un hospital de reeducación a tiempo de tratar y extirpar el virus de sus cerebros”.

En descargo de estos aguerridos jóvenes comunistas hay que decir que no todos los uigures son probos y pacíficos mahometanos. Algunos han protagonizado ataques repulsivos, como las hordas que en julio de 2009 sacaron de sus casas y asesinaron a 200 integrantes de la etnia han. En mayo de 2014, otros ocho uigures acuchillaron a 31 viajeros en una estación de tren y, meses después, dos SUV cargados de explosivos irrumpían en un mercado y se llevaban por delante a 43 viandantes. Finalmente, en septiembre del año siguiente, 17 terroristas acababan a machetazos con 50 personas y se refugiaban en una cueva, de donde el ejército los desalojó con lanzallamas y acribilló a balazos a medida que salían ardiendo como teas.

Nadie simpatiza con estos fanáticos, pero Millward se pregunta si la solución es aplastar toda una cultura. Es posible que entre el irredentismo uigur y la violencia haya un paso, pero es un paso solo una minoría da. Neutralizarla sin desbordar los límites del estado de derecho exige tiempo y paciencia, pero la historia ofrece ejemplos de que no es un camino impracticable.

Es verdad que la historia proporciona casos igualmente exitosos de procesos de asimilación. En la Francia del Antiguo Régimen apenas 15 de los 83 departamentos eran francófonos. “Dados los numerosos correos que se recibieron informando de que los paisanos de tal o cual sitio eran incapaces de comprender lo que se les leía”, cuenta Íñigo Bolinaga, “los decretos más importantes, así como la Declaración de Derechos, tuvieron que ser traducidos a los idiomas locales”.

Con el tiempo, Francia se ha convertido en un modelo de uniformidad lingüística y cultural, pero el precio pagado nos resultaría hoy inasumible. Se empezó degollando a sacerdotes y aristócratas, se procedió luego con las prostitutas y los burgueses y se terminó arrasando ciudades enteras. “Lyon será destruida”, dictaminó la Convención en octubre de 1793, y confió la misión a Joseph Fouché. “La guillotina trabaja demasiado despacio”, comentó este. Encadenó en una bola humana a un grupo de presos, los despachó a cañonazos y arrojó sus cadáveres al Ródano, para que fueran flotando hasta Tolón y mostraran a los ingleses y al mundo “la omnipotencia del pueblo”. (Foto: Steve Bunting)

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Tomar un taxi ya no es lo que era. Miguel Ors Villarejo

Estoy de acuerdo con los taxistas. No puede haber competencia leal cuando las reglas de juego son diferentes. Las condiciones deben ser las mismas para todos. Ahora bien, eso no significa tengan que ser eternas e inmutables. Deben estar a la altura de los tiempos. No podemos vivir con soluciones concebidas para una tecnología obsoleta.

Como escribía hace un tiempo Gerard Llobet en Nada Es Gratis, “tomar un taxi ya no es lo que era”. Durante décadas, la profesión estuvo profusamente reglamentada, y con razón. El mundo estaba lleno de peatones que buscaban transporte, pero ¿cómo localizar a un conductor dispuesto a llevarte? ¿Y qué garantías había de que conociese su oficio y no se aprovechara de que estabas en una estación, cargado de bultos y niños, para cobrarte lo que le viniera en gana?

Para sortear estas dificultades se creó un sistema de habilitación administrativa y tarifas oficiales que ha funcionado razonablemente, pero que no carece de pegas. A los requisitos iniciales se fueron sumando otros cuya justificación era ofrecer la máxima calidad, pero que en la práctica encarecían el servicio y dificultaban la entrada de competidores. La principal barrera es la propia licencia. En Madrid no se concede ninguna nueva desde 1980, a pesar de que la población y, sobre todo, el turismo han aumentado.

Pero incluso cuando su concesión se flexibiliza, plantea inconvenientes. En Irlanda desregularon el sector del taxi en 2000 e inicialmente les fue muy bien, porque miles de conductores se lanzaron al mercado para atender una demanda que crecía a ritmo de burbuja. Pero cuando el ciclo se dio la vuelta, la oferta no se redujo, porque ¿adónde iba a irse la gente ahora que no había trabajo en ningún lado?

Todas estas molestias las ha resuelto internet. Las móviles permiten localizar instantáneamente el coche disponible más próximo, sin que haya que pintarlo de blanco ni ponerle una bombillita verde. Los comentarios de los usuarios proporcionan una información mucho más abundante y práctica (es limpio, conduce con suavidad) que un frío número administrativo. En cuanto al ajuste entre oferta y demanda, un algoritmo sube los precios cuando detecta escasez (a la salida del cine, los días de lluvia), lo que incentiva la entrada de vehículos y reduce las esperas.

Lo lógico sería que la Administración tomara nota de esta realidad y aligerara de exigencias la prestación del servicio, lo que permitiría abaratarlo. Pero, en lugar de ello, discurre requisitos adicionales, como la precontratación, para nivelar la competencia. ¿Se imaginan que las autoridades hubieran obligado a los automóviles a acompasar su velocidad a la de los coches de caballos? ¿O que las bombillas eléctricas no pudieran superar la luminosidad de las velas o las bujías de gas?

El bienestar de una nación no depende de preservar los empleos improductivos, sino de sustituirlos por otros más eficientes, que facilitan bienes y servicios superiores y más asequibles. Mansa Musa, el rey maliense del siglo XIV que los expertos consideran el hombre más rico de la historia (su fortuna convertida a dólares actuales cuadruplicaba la de Bill Gates), era un desgraciado comparado con el más humilde de los europeos. No podía tomar una aspirina si le dolía la cabeza ni pulsar el interruptor para encender la luz y, para comunicarse con sus aliados, debía despachar camellos que tardaban meses en llevar y traer un pergamino.

El enorme avance experimentado desde entonces ha sido posible gracias a la asimilación de nuevas tecnologías, no a su marginación. Es verdad que es un proceso que genera perdedores, pero nuestras sociedades son lo suficientemente prósperas como para permitirse aliviar el perjuicio.

Impedirlo por completo es, sin embargo, un disparate. Tomar un taxi ya no es lo que era, como tampoco lo es escuchar música, informarse de la actualidad, hacer fotos o consultar la enciclopedia. Y si Occidente ha sobrevivido a la reestructuración de tantos sectores, podrá soportar la del transporte de viajeros. (Foto: Chris Schmid, flickr)

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Un ejemplo para no imitar. Miguel Ors Villarejo

“Mientras Trump lidera la estrategia de desregulación y rebajas fiscales”, escribe Michael Schuman en el New York Times, “otra gran economía ha adoptado un enfoque diferente”. Su nuevo presidente ha decidido poner coto a la desigualdad y al deterioro del bienestar que, en su opinión, ha provocado el recetario neoliberal. Los anteriores Gobiernos, argumenta, únicamente se preocuparon por dar facilidades a los inversores y cree que ha llegado el momento de impulsar la actividad desde el lado de la demanda, mejorando los salarios, acabando con los abusos en materia de horarios y potenciando el gasto social. ¿Y cómo pretende financiar este programa? Subiendo los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas.

Les suena, ¿verdad? Pero no, no hablo de Pedro Sánchez. Me refiero a Moon Jae-In, el mandatario surcoreano que desbancó en mayo de 2017 al conservador Partido Libertad, asediado por los casos de corrupción (hasta ahí llega el parecido razonable). Corea del Sur tiene una renta per cápita “aproximadamente equivalente a las de Italia y España”, explica Schuman, “y sus 51 millones de habitantes se enfrentan a los desafíos propios de las naciones desarrolladas, como la desaceleración, una población envejecida [por la caída de la natalidad] y la pujante competencia de China”. Moon lleva ya algún tiempo al frente del país y se dan, por tanto, las condiciones de espacio y tiempo para que, desde este rincón de Europa, saquemos conclusiones sobre la viabilidad del nuevo evangelio de la izquierda internacional. ¿Cuál está siendo el resultado?

No muy halagüeño. Schuman cuenta que “el crecimiento se ha ralentizado, el paro ha aumentado y los gerentes de pymes como Moon Seung no dejan de lamentarse”. Moon Seung es el fundador de Dasung, una fábrica de componentes para automóviles de las afueras de Seúl, cuyos costes laborales se incrementaron un 3% el año pasado, después de que entrara en vigor el nuevo salario mínimo (SMI). Este se ha encarecido el 11%, que no es ni la mitad de lo que ha anunciado aquí Sánchez, pero ha bastado para comerse los estrechos márgenes de Dasung y frenar en seco cualquier contratación. “Los perjuicios no los están sufriendo solo los empleadores”, advierte Moon Seung.

“El principal problema”, prosigue Schumann, “es la presión [competitiva] sobre los negocios pequeños, que son a menudo incapaces de trasladar los mayores costes a sus clientes. Una encuesta realizada por la patronal de las pymes Kbiz en 2017 revelaba que el 42% de sus asociados se verían forzados a destruir empleo por culpa del alza del SMI.

Song Minji, la fundadora de una modesta compañía de publicidad, también cuenta al diario que no ha podido sustituir a dos trabajadores cuyos contratos expiraban y que sus tareas las ha repartido entre el resto de la plantilla.

Menos actividad, más paro y mayor carga laboral para quienes tienen la fortuna de conservar el puesto: no parece un balance brillante y, de hecho, la popularidad de Moon se ha desplomado desde el 84% de mediados de 2017 al 45% del último sondeo. Algunos economistas creen que es pronto para extraer enseñanzas. “Necesita tiempo”, dice el decano de una escuela de negocios de Seúl. Y el responsable del servicio de estudios de HSBC atribuye la falta de vigor de Corea del Sur no tanto a las medidas de Moon como a la desaceleración mundial.

Sea como fuere, el presidente no tiene intención de enmendar el rumbo y para 2019 ha presentado los presupuestos más expansivos de la última década y una subida del SMI de otro 11%. Está convencido de que su remedio es acertado y que lo que falla es la dosis.

Mientras, en la otra orilla del Pacífico, Estados Unidos creció el 3,4% en el tercer trimestre, el paro se encuentra en los niveles más bajos desde 1969 y los salarios se recuperan a ritmos superiores al 4% sin que se aprecien signos de recalentamiento. (Foto: Robert Borden)

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Sí, es verdad, Uber se ha llevado tu queso. Espabila. Miguel Ors Villarejo

“Todo el mundo empieza a tener miedo de que lo ubericen”. La expresión es de Maurice Lévy, el presidente de la multinacional francesa Publicis. La acuñó en 2015, en unas declaraciones al Financial Times, y Fundéu no tardó mucho en darle su bendición. Lévy definía la uberización como “la idea de levantarte una mañana y descubrir que tu actividad tradicional se ha volatilizado”. Es lo que está ocurriendo en muchos ámbitos, desde el transporte de viajeros a la concesión de créditos, pasando por el alquiler de pisos, la venta de flores o la contratación de anuncios. Unos recién llegados desarrollan con cuatro euros una aplicación que pone en contacto a los demandantes de un servicio con sus oferentes y prescinden del intermediario. ¿Para qué necesita nadie que Publicis le negocie espacios en la radio o la televisión cuando a través de Facebook o Google puede alcanzar directamente a su público?

Esta desintermediación salvaje ha dado lugar a algunas profecías alarmantes. Uberización = ¿economía desgarrada?, se preguntan Bruno Teboul y Thierry Picard en Francia. Aquí la CNT no tiene ninguna duda: las gestoras de flotas de VTC “imponen condiciones precarias, competitivas y explotadoras a los conductores” y los enfrentan con los “trabajadores del taxi. Este ha sido siempre el juego sucio del capitalismo”. Por su parte, varios expertos dibujaban en la jornada Reinventa’t una distopía inquietante de “nómadas digitales” y jefes que “son algoritmos. Uno de ellos incluso alertaba: “Podría acabarse el estado de bienestar”. ¿Tan mal andamos?

La coincidencia de la revolución del móvil con la Gran Recesión (el iPhone se presentó en enero de 2007, meses antes de que Bear Stearns anunciara la quiebra de dos fondos especializados en hipotecas subprime) enturbia la perspectiva e induce a muchos a atribuir al primero lo que es culpa de la segunda. Solo ahora empezamos a disponer de datos que permitan desenmarañar la madeja. ¿Y qué es lo que nos revelan?

Stéphane Auray, David Fuller y Guillaume Vandenbroucke han destripado las últimas series de la Encuesta Continua de Hogares para averiguar cuántas personas hay pluriempleadas en Estados Unidos. “Tener varios trabajos”, plantean, “se interpreta a menudo como un indicador de que a la gente le cuesta más llegar a fin de mes”, pero su investigación arroja dos “resultados clave”.

Para empezar, la tasa de pluriempleo es menor que hace dos décadas. El pico se alcanzó en 1997, en torno al 6,5%. Hoy está estabilizada por debajo del 5%.

Pero es que, además, quienes más están recurriendo al pluriempleo no son las masas proletarizadas y sin formación, sino licenciados y posgraduados (en torno al 7%). Entre quienes carecen del graduado escolar, apenas el 2% simultanea ocupaciones.

La explicación no está clara, pero en cualquier caso es “inconsistente”, dicen los investigadores, con la tesis de que se pluriemplean quienes pasan dificultades. “Si fuera así”, razonan, “esperaríamos una mayor prevalencia de trabajos múltiples entre los asalariados que probablemente gana menos, esto es, los que poseen peor formación”.

Igual que otras tecnologías disruptivas, el smartpohne no respeta jerarquías ni grados. Ha puesto patas arriba infinidad de negocios y es una pena, pero la sociedad en su conjunto no parece peor y millones de consumidores han abrazado sus posibilidades con entusiasmo. La historia revela que esa es una fuerza imparable. En las sociedades libres, oponerse a los dictados del mercado es una receta para el desastre.

En lugar de ello, lo que hay que hacer es remar a favor de la corriente. El propio Lévy no perdió mucho tiempo lamentándose y preguntándose quién se había llevado su queso, y se puso a buscar matemáticos y expertos en datos para ofrecer a su clientela los algoritmos que pedía. “Estamos”, decía, “fichando a genios, computines, jugadores”.

Uberizándose, en suma, tan rápido como le daban las piernas.

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El mito del milagro asiático, revisitado. Miguel Ors Villarejo

Érase una vez una opinión pública que contemplaba con inquietud el progreso extraordinario experimentado por un puñado de economías orientales. Aunque todavía eran sustancialmente más pobres y pequeñas que las occidentales, la rapidez con que habían realizado la transición de sociedad agraria a potencia industrial, su capacidad para encadenar tasas de crecimiento muy superiores a las de las naciones avanzadas y la naturalidad con que desafiaban e incluso superaban la tecnología estadounidense y europea cuestionaban la permanencia de la hegemonía no ya política, sino ideológica de Occidente. Los líderes de aquellos países emergentes no compartían la fe en el mercado libre y los derechos civiles. Afirmaban con aplomo que su sistema era mejor y que los pueblos dispuestos a aceptar gobiernos autoritarios, a limitar sus libertades en aras del bien común y a sacrificar los deseos de consumo cortoplacistas en aras del desarrollo a largo plazo acabarían superando a las cada vez más caóticas sociedades de Occidente. Y una creciente minoría de intelectuales estaba de acuerdo.

En Estados Unidos, la menguante brecha entre Oriente y Occidente terminó convirtiéndose en una prioridad política y los republicanos recuperaron la Casa Blanca bajo la égida de un enérgico presidente que prometió hacer América grande otra vez…

Con apenas unos leves retoques, los dos párrafos anteriores están literalmente fusilados de un clásico del periodismo económico: “El mito del milagro asiático”, el artículo publicado por Paul Krugman en Foreign Affairs en 1994. En aquel momento, el mundo asistía expectante a la irrupción de los llamados dragones (Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur), pero Krugman no se refería a ellos. “Hablo, por supuesto, de comienzos de los 60”, seguía el tercer párrafo. “El enérgico presidente era el demócrata John Kennedy [yo he puesto republicano, para actualizar la trampa, y he alterado el lema de su campaña, aunque no mucho]. Las proezas tecnológicas que tanto alarmaban a Occidente eran el lanzamiento del Sputnik y la carrera espacial. Y las economías de rápida expansión eran las de la Unión Soviética y sus satélites”.

Aquello acabó en 1989 como todos sabemos, pero Occidente no puede dejar de mirar con aprensión al Este. De allí vinieron los hunos en el siglo V, los magiares en el IX, los selyúcidas en el XI, los otomanos en el XIII… Desde la caída del Muro de Berlín, la naturaleza del recelo ha cambiado: ya no tememos una invasión física, sino un desbancamiento económico. En 1993 Lester Thurow anunció que el individualismo de Estados Unidos sucumbiría a manos de Japón; incluso Ridley Scott rodó Black Rain, una película que se hacía eco de esta paranoia, del mismo modo que La noche de los muertos vivientes había sido una metáfora de la Guerra Fría. Cuando el país del sol naciente se vino abajo como consecuencia de una gran burbuja inmobiliaria, se empezó a hablar del capitalismo confuciano de los dragones. Ahora estamos con China.

“El punto de vista general”, escribe Martin Wolf en el Financial Times, “es que hacia, digamos, 2040 la economía de China será mucho mayor que la de Estados Unidos”. Hay dos poderosos argumentos que avalan esta tesis. Primero, China aún está por detrás de los países más avanzados en términos de productividad y ese proceso de convergencia debería continuar. Segundo, Pekín ha acreditado una gran capacidad para mantener elevados ritmos de crecimiento a lo largo de décadas.

El problema de esta extrapolación es que no está claro cuál va a ser el impulsor de esa expansión. No puede ser la inversión, que alcanzó el año pasado el 44% del PIB, una proporción insosteniblemente alta. En infraestructuras, “su stock per cápita es ya muy superior al de Japón cuando tenía su misma renta”, dice Wolfe. Y las exportaciones también han tocado techo. Lo lógico es que el consumo doméstico tomara el relevo, pero el elevado endeudamiento lo hace improbable.

La única fuente de crecimiento es una mejora de la productividad, es decir, hacer más con los mismos recursos. En “El mito del milagro asiático”, Krugman explica que esa fue la variable que acabó doblegando a la URSS. Los sistemas de planificación central son mucho menos eficientes que los capitalistas por una razón sencilla: en estos últimos, los emprendedores se juegan su dinero y tienen poderosos motivos para ganar competitividad. A los burócratas soviéticos, por el contrario, les traía sin cuidado la calidad: todo lo que fabricaban acababa colocándose, con independencia de lo bien o mal que funcionara. El resultado fue una brecha creciente de productividad y, por ende, de riqueza y bienestar entre las dos potencias.

¿Asistiremos una vez más a este mismo desenlace? Wolf cree que sí. “Hoy en día el crédito sigue asignándose [en China] preferentemente a las empresas públicas y la influencia del Estado en las grandes compañías no deja de incrementarse. Todo esto distorsionará la asignación de recursos y ralentizará la innovación y el progreso”.

La misma predicción sobre los dragones realizó Krugman en 1994. Pocos lo creyeron, pero menos de tres años después el colapso del baht tailandés ponía fin al efímero imperio del capitalismo confuciano.

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La deliberada ignorancia. Miguel Ors

En diciembre de 2015 la empresa demoscópica YouGov preguntó a 18.235 adultos de América, Asia, Europa y Oceanía si pensaban que el mundo iba “mejor, peor o igual” y, salvo en China, en el resto de los países la mayoría respondió que peor. Los más negativos fueron los franceses: apenas un escuálido 3% creía que las cosas fuesen bien, pero incluso en China los optimistas se quedaron por debajo del 50% (en el 41%).

Se trata de un clima de opinión llamativo, porque los datos revelan lo contrario. A lo largo de su carrera, Hans Rosling reunió en su web Gapminder decenas de gráficos interactivos que corroboran un progreso incontestable en casi todos los ámbitos: seguridad, salud, riqueza, víctimas por desastres naturales…

¿Es ignorancia? Así lo creía Rosling al principio y se enfadaba con los periodistas que no estaban al corriente de las últimas estadísticas. Los abroncaba, les decía: “Tienen ustedes que documentarse mejor”. Hay un vídeo que recoge uno de esos encontronazos con el presentador de un programa de la televisión pública danesa. “Hoy en día uno no se puede enterar de lo que pasa a través de los medios”, le recrimina.

Pero una noche comprendió que la clave no radica en la desinformación o la negligencia de la prensa. Para controlar el nivel de conocimiento, Rosling sometía a sus encuestados a preguntas cerradas. Había que elegir una de tres opciones y, si nadie hubiera tenido ni idea, las respuestas se habrían repartido aleatoriamente y el 33% hubiera acertado, como de hecho sucedía con los chimpancés. Pero los humanos arrojan resultados mucho peores. Solo el 3% de los españoles sabe que la pobreza severa se ha reducido en el mundo a la mitad en los últimos 20 años. Eso no es ignorancia espontánea, sino deliberada. La gente falla adrede. Algo en sus cerebros los impele a rechazar los hechos. Rosling llama a esas fuerzas misteriosas “instintos” y en Factfulness, el libro al que consagró sus últimos meses de existencia, intenta identificarlos y neutralizarlos.

El primero del que se ocupa es el “instinto de separación”, esa propensión a funcionar en términos binarios (rico y pobre, blanco y negro, bueno y malo) e ignorar la rica gama de grados, grises y matices. Bill Gates ha comentado en su blog que es la principal aportación de la obra, porque permite apreciar mejor el éxito alcanzado en la lucha contra la miseria. El propio Banco Mundial ha sustituido sus viejas etiquetas de “desarrollados” y “en vías de desarrollo” con cuatro niveles: con menos de dos dólares diarios, estás en el primero; con menos de ocho, en el segundo; con menos de 16, en el tercero, y con más de 64, en el cuarto.

Cuando se organiza a la población en estas cuatro categorías, se ve que la más concurrida ya no es la primera. “Hace 200 años”, escribe Rosling, “el 85% […] se encontraba en el nivel 1. […] Hoy, la inmensa mayoría se reparte en la zona intermedia, entre los niveles 2 y 3, con las mismas condiciones de vida que disfrutaban los europeos y los estadounidenses en los años 50”.

El resto de Factfulness aborda otros sesgos bien conocidos. El miedo graba a fuego en nuestro cerebro los acontecimientos catastróficos y les otorga una relevancia desproporcionada. “En 2016, 40 millones de vuelos aterrizaron sin novedad en su destino, pero 10 sufrieron un accidente. Por supuesto, esos fueron los únicos sobre los cuales escribió la prensa: el 0,000025% del total”.

Tenemos también, en fin, una marcada propensión a embellecer el pasado y despojarlo de sus aristas más dolorosas. Rosling cuenta que el periodista Lasse Berg elaboró un informe sobre la India rural de los 70 y, cuando 25 años después regresó y mostró las fotos que había tomado entonces, los lugareños no podían creer que fueran de su barrio. “Debe de tratarse de un error”, le decían. “Nunca hemos sido así de pobres”.

¿Cómo podemos defendernos de estos poderosos instintos? Hay una técnica milenaria que ha ido cayendo en desuso en nuestras sociedades cada vez más laicas: el agradecimiento. Reservar unos instantes a reparar en las cosas buenas que nos rodean no solo resta relevancia a nuestros temores, sino que nos ayuda a valorar mejor el prodigio de estar vivos y, sinceramente, lo bien que la humanidad lo ha hecho en las últimas décadas. Feliz año. (Foto: Abhisek Sarda, flickr.com)

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Desconfíen de quienes prometen primero riqueza y luego libertad. Miguel Ors Villarejo

En 1958 Ludwig von Mises proclamó ante la Mont Pelerin Society que la libertad era “indivisible” y que la capacidad de “escoger entre varias marcas de comida enlatada” iba indisolublemente asociada a la de “elegir entre varios partidos y programas políticos”. No podía tenerse la una sin la otra, no había un atajo socialista, como los promotores del modelo soviético defendían.

La caída del Muro de Berlín pareció corroborar las tesis de Mises, pero han ido perdiendo lustre en los últimos años, especialmente a raíz del vigoroso despegue de China. Aunque allí no hay democracia, “el crecimiento se ha mantenido durante años”, observa la revista de la ONU, “y muchos países occidentales se preguntan por qué”. Y no solo occidentales.

“No es ninguna sorpresa”, dice Dambisa Moyo en TED, “que por todas partes la gente señale a China y diga: ‘Me gusta eso. Quiero eso. Quiero hacer lo que ha hecho China. Ese es el sistema que parece funcionar”. Sus logros de las últimas décadas han sido espectaculares. Ha reducido la pobreza severa del 90% al 0,7%, ha levantado las más modernas infraestructuras y se ha convertido en un coloso de la tecnología. “En los mercados emergentes”, sostiene Moyo, “muchos creen que la obsesión occidental con los derechos humanos carece de sentido. Lo fundamental es suministrar alimentos, refugio, educación y sanidad”. Y añade: “¿Qué harían ustedes si les dieran a elegir entre un tejado bajo el que cobijarse y la libertad de voto?”

Se trata de un dilema engañoso. También el Interventor de Un Mundo Feliz le pregunta al Salvaje: “¿De qué sirven la verdad, la belleza o el conocimiento cuando las bombas de ántrax llueven del cielo?”

Naturalmente que, puestos ante semejantes disyuntivas, renunciaremos a todo antes que a la vida. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es si la verdad, la belleza y el conocimiento se pueden conciliar con la paz; la cuestión es si la democracia y la prosperidad son compatibles; la cuestión es si podemos tener el tejado y el voto. Y la respuesta es obvia: por supuesto que sí.

Es innegable que se puede escapar de la miseria sin liberalizar la política. Hay innumerables ejemplos: China, por supuesto, pero también Taiwán, Corea del Sur, Chile o la propia España. Ahora bien, el arreglo en el que una élite acapara el poder es ineficiente e inestable.

Es ineficiente por la falta de seguridad jurídica. “Supongamos”, explica el historiador John Joseph Wallis, “que vive usted en un régimen [no democrático] y que es socio de una compañía de la que también lo es el rey. ¿Cuánto valen sus acciones? La teoría dice que el precio al que cotizan, pero todos sabemos que, si la compañía atraviesa dificultades, el primero en cobrar será el rey. Esta perspectiva desanima a muchos inversores y hace que las acciones valgan menos”.

Y es un arreglo inestable porque los relevos en la cúpula no se llevan a cabo a plena luz del día y mediante elecciones pacíficas, sino entre bambalinas y violentamente. La experiencia de Argentina es ilustrativa. Cada vez que las tribus peronistas se pelean, el país se detiene, y estas contracciones periódicas han sido las responsables de que haya ido rezagándose a pesar de sus enormes recursos y sus prometedores inicios. “Las naciones pobres no son pobres porque crezcan menos o más despacio, sino porque sufren más recesiones”, dice Wallis, que compara el crecimiento saludable con la ladera de una colina.

Esa pendiente suave y sostenida es la que han dibujado las grandes economías occidentales desde mediados del siglo XIX. Han demostrado con los hechos que no hay que elegir entre las bombas de ántrax y la belleza, entre la libertad y la prosperidad.

Quienes, por el contrario, aseguran: “Hablaremos de democracia cuando seamos ricos”, rara vez cumplen lo prometido. Si se van, es con los pies por delante. Acuérdense de la URSS. Cuando en noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín, la dictadura del proletariado, una fase teóricamente transitoria, duraba ya 72 años y el paraíso comunista no parecía más cercano que en octubre de 1917. (Foto: Leslie Robinson, flickr.com)

CARAS HORIZONTAL

Reseña Ponencia: Miguel Ors, “¿Existe un modelo económico chino?” Isabel Gacho Carmona

En la segunda ponencia del evento organizado 4Asia “Deng Xiao Jinping. 40 años reformando china” el 14 de diciembre, Miguel Ors, periodista económico y colaborador de 4Asia.es, trata de contestar a la pregunta “¿Existe un modelo económico chino?”. Para ello reflexiona sobre el papel de la ideología, de las teorías económicas, de las políticas llevadas a cabo…

 “Tras la muerte de Franco hubo que tomar partido en muchas cuestiones”. Ors comienza su exposición con una anécdota personal. En su época de estudiante, que coincidió con la Transición española, la agitación política le rodeaba. “Yo no tenía una opinión formada y un día me vi metido en un mitin en el vestíbulo de la facultad”. En este caso era de obreros de la Pegaso. El caso es que el entonces estudiante de filología se quedó fascinado por la seguridad en sus ideas con la que hablaban los marxistas. “Voy a estudiar a ver si encuentro yo también esa seguridad”, pero nunca encontró esa certeza. “Soy liberal por descarte”, asegura.

Sin embargo, mientras el marxista del mitin hablaba con tanta seguridad, los comunistas del otro lado del mundo ya habían decidido que ese modelo no funcionaba. Eran finales de los años 70 y las reformas económicas que llevarían a China a ser el escenario de la mayor destrucción de pobreza de la humanidad ya habían empezado. ¿Cómo consiguieron este hito?

“Los economistas de izquierdas lo explican por el hecho de que China contaba con mucha mano de obra barata”. Ors rebate esta teoría diciendo que esta mano de obra ya estaba allí antes de la apertura y la llegada del capital extranjero. La idea hegemónica ha sido siempre que la investigación lidera el proceso, “pero es al revés: los académicos se benefician de los emprendedores”. Según Daniel Rodrik, teórico del desarrollo, las reformas llevadas a cabo en China no fueron diseñadas. De hecho, nunca lo son. “No es que los economistas no tengan ni idea”, pero las reformas se van adaptando a las circunstancias.

La creación de las Zonas Económicas Especiales son un buen ejemplo. En Shenzhen, ante la migración masiva de población hacia Hong Kong en los años 70, se decidió crear una ZEE. La aldea de pescadores de Guangdong pasó de tener 30.000 habitantes a los 23 millones actuales. Este es un caso que, por cierto, ahora presenta dudas sobre su “paternidad”. Durante años la leyenda oficial decía que fue obra de Deng, pero en la actualidad se dice que pudo ser el entonces gobernador de Guangdong, Xi Zhongxun (padre de Jinping) quien la diseñó. En cualquier caso, significó la apertura de un proceso. Las medidas que iban funcionando a nivel local o provincial se iban implantando en otros sitios. China se convirtió en un laboratorio de políticas económicas.

En 2004 se extiende el concepto “Consenso de Pekín”, de Cooper Ramo y cuyas directrices son la autodeterminación, la persecución de objetivos globales y la innovación constante. Respecto a esta última, Ors argumenta que a nivel micro el mantra es el mismo. “Si tienes dos ideas para un negocio, lleva a cabo las dos”, argumenta citando a Rodrik. Si el 90% de las empresas no van a ningún lado, lo importante es retirarse a tiempo. “Si quieres triunfar necesitas duplicar tu tasa de error” en palabras de Tom Watson, quien fuera presidente de IBM.

En definitiva, no existen recetas estancas en economía y lo que llamamos “modelo chino no existe como tal”. La evolución económica ha sido la apoteosis del pragmatismo. No hay arquitecto. Es la obra de millones de personas.