Entradas

nervous

¿Por qué se ha puesto la bolsa nerviosa? Miguel Ors Villarejo

A principios de este año, cuando Wall Street se dio una costalada, Paul Krugman relativizó en el New York Times la importancia de estas cosas. La bolsa es un animal asustadizo y tiende a sobrerreaccionar. Un mal dato de inflación o un buen dato de empleo pueden desatar la histeria. En ocasiones ni siquiera hace falta el dato. “No hay que suponer que existe una razón específica para la caída”, escribía Krugman, y recordaba que, tras el crash de octubre de 1987, Robert Shiller realizó un rápido sondeo entre un grupo de inversores y resultó que todos habían vendido después de ver que otros lo hacían. Les puede parecer un disparate, pero no carece de lógica. Piensen en nuestros antepasados. Cuando oían un ruido detrás de las hierbas no iban a ver si era un león. Salían corriendo. La naturaleza ha seleccionado a lo largo de siglos a tipos cobardes y mediocres, que son los que han levantado el capitalismo. Desde un punto de vista científico, es todo una chapuza.

Ahora bien, las chapuzas funcionan mal que bien y, del mismo modo que detrás de las hierbas había a veces un león, también el nerviosismo de los mercados puede evidenciar problemas. Donald Trump se ha apresurado a culpar a la subida de tipos. “La Fed se ha vuelto loca”, dice, y es verdad que un dinero más caro trastoca el equilibrio de incentivos. Por un lado, dificulta la financiación de las empresas y reduce su beneficio y, por otro, potencia el atractivo de los bonos. Mucha gente que estaba metida en renta variable ha empezado a venderla porque prefiere la fija, cuya combinación de riesgo y rentabilidad es ahora más ventajosa.

¿Tiene entonces razón Trump? ¿Por qué no se está quieta la Reserva Federal? Porque las expansiones no son eternas. “Tarde o temprano se agotan por tres razones”, me explicaba hace unos meses César Ruiz, el director de Inversiones de Pictet. “(1) Hay un choque externo, como el encarecimiento en los años 70 del petróleo; (2) la inflación se dispara y, al endurecer la política monetaria para atajarla, los bancos centrales fuerzan el cambio de ciclo, y (3) las firmas no pueden trasladar a los precios las subidas salariales y, para preservar sus márgenes, recortan la inversión y el empleo”.

Salvo el choque externo, hay algunos signos de que todo lo demás podría estar sucediendo en Estados Unidos. El coste de la vida rozó hace dos meses el 3% y, aunque desde entonces el alza se ha moderado, está claramente por encima de los niveles de hace un año. En cuanto a los sueldos, mejoraron el 0,3% en setiembre. Por otra parte, la actual expansión es la segunda más larga desde la posguerra y, salvo que se produzca un heroico repunte de la productividad (que nadie prevé), lo más lógico es que desfallezca y muera más temprano que tarde.

Como si fuera un héroe trágico, Trump ha decidido desafiar los designios de la economía y, desde que llegó a la Casa Blanca, ha estado peleándose para estirar el ciclo con rebajas fiscales y programas de infraestructuras. Estas iniciativas tienen efecto en el corto plazo y, de hecho, son probablemente la razón de que la bonanza esté durando tanto. Pero en el largo plazo resultan contraproducentes porque, cuando inevitablemente llega la desaceleración, el arsenal para combatirla se ha agotado y no queda margen ni para bajar los impuestos ni para impulsar el gasto. El sueño de la expansión eterna se da entonces de bruces con la dura realidad.

Nadie habla de que esté incubándose una catástrofe como la de 2008, pero la recesión probablemente sea más larga y profunda que la que habría tenido lugar de haberse gestionado las finanzas públicas con más rigor (y no solo en Estados Unidos).

Por eso se ha puesto la bolsa nerviosa.

freedom

China and the seduction of Syracuse. Miguel Ors Villarejo

During the colloquium that closed the event ¿Planeta China?, one of the attendees raised the question whether the Western criticisms of the People’s Republic were the result of envy, because they had found a more efficient regime than our democracies. The question reveals an admiration for the dictatorships that many naive people believed eradicated after the fall of the Berlin Wall. However, it periodically regresses and even has a name: the seduction of Syracuse.

The expression was coined by Mark Lilla and it refers to the attempt to establish a government of philosopher kings in the Syracuse of Dionysius the Younger. Encouraged by an old student of his Academy, Plato moved to the island to see if the tyrant was a different kind of leader, willing to constrict his power to the limits of reason and justice. The experiment was a failure and, although Plato resigned as soon as he realized that his hiring had been a mere image operation, the episode has remained for posterity as the first documented example of the fascination that despots exercise in intellectuals.

The recent history of Europe is full of eminent figures who, unlike Plato, had no objection to serving modern Dionysus. “Their stories are infamous,” writes Lilla: “Martin Heidegger and Carl Schmitt in Nazi Germany; Georgy Lukács in Hungary; maybe someone else. Many, without taking great risks, adhered to the fascist and communist parties on both sides of the Berlin Wall […]. A surprisingly high number pilgrimed to the new Syracuses: Moscow, Berlin, Hanoi or Havana. As observers, they carefully choreographed their trips […], always with a round-trip ticket”, and explained to us their admiration for collective farms, tractor factories, sugarcane plantations or schools,” although for some reason they never visited prisons. “

As now happens with the propagandists of Maduro’s Venezuela, this type of thinker visits Siracusa especially with his imagination, standing behind the desk of the Complutense, while deploying his “interesting and sometimes brilliant theories” to justify the sufferings of people he will never look in the eye. At what point did it become acceptable to argue that despotism is “something good, even beautiful?”

In his essay, Lilla reviews different explanations. Isaiah Berlin blames the Enlightenment. The philosophes were convinced that social problems, like physics and mathematical ones, had one and only one solution, and their subsequent imitators were dedicated to hammer reality into it. Jacob Telman thinks, on the contrary, that communist or fascist fanaticism has little to do with reason and it is rather the fruit of the conversion of ideology into a new religion.

Raymond Aron, on the other hand, blames the arrogance of the academics, who, during the Dreyfus scandal, abandoned their natural environment (research) to teach their ignorant compatriots how to govern themselves. But Jürgen Habermas warns, with no little foundation, that this could be true in France, but that in Germany the opposite happened: the withdrawal of the academics to their ivory tower facilitated the rise of Hitler.

After this recapitulation, Lilla offers his own thesis and observes that the most striking thing about Dionysus is that he was a philosopher. As Plato teaches, curiosity supposes the overcoming of the animal condition and it is concreted in a desire to “procreate in the beautiful” that leads some to become poets and others to be interested in “the good order of cities and families”. It is a laudable impulse, but one that requires, like all, temperance. “The philosopher,” says Lilla, “knows the madness of love of wisdom, but cannot give away his soul; he always keeps control. “

Unfortunately, that is not always the case. Many intellectuals throw themselves into the arena “burned by ideas”. “They consider themselves independent, when, actually, they let themselves be led like sheep by their inner demons.” That is what the seduction of Syracuse consists of: in an inertia that drags you behind some ideal.

Resisting that attraction is not easy. The brilliant promises of utopia contrast with the grey spectacle of our imperfect democracies, subject to recurrent crises and incapable of reaching an equilibrium to all. We live in a constant yearning for the “good order of cities and families” and that anxiety makes us vulnerable to the charms of any unscrupulous individual.

What the success of China inspires to its critics it is not envy. It is fear.

alibaba2

Por qué Alibaba se llama Alibaba. Miguel Ors Villarejo

Hubo un tiempo en que los negocios carecían de apellido y heredaban el de sus progenitores: Ford, Morgan, Thyssen, Rothschild. Vino luego la época de los acrónimos: IBM, BMW, SEAT, Campsa, Banesto, Mapfre. La propia Telefónica se llamó originalmente CTNE. Las siglas se asociaban entonces con la tecnología punta y la vanguardia más rabiosa, como el HAL de Una odisea en el espacio o el sistema operativo DOS. El colmo de la modernidad era, de todos modos, combinar letras y números, como hacen George Lucas con el androide C3PO en La guerra de las galaxias o Texas Instruments con su ordenador TI-99/4. ¿Se imagina la cara que le pondrían ahora en el departamento de marketing si les dijera que el nombre del producto que quiere comercializar es TI-99/4?

El objeto de estos códigos alfabéticos o alfanuméricos era comprimir en el menor espacio posible el máximo de información. En teoría, a partir de las iniciales uno podía reconstruir el área de actividad de la compañía: International Business Machines, Bayerische Motoren Werke, Banco Español de Crédito. Esto era imposible de deducir de un apellido y por eso muchos pioneros del capitalismo añadían a menudo a su marca un determinante: Ford Motor, Banca Rotshchild. Esta fue también la norma cuando a finales de los 80 remitió la fiebre de las siglas y las empresas comenzaron a emplear términos de frutas o de ríos. Steve Jobs debió añadir Computer a Apple y Jeff Bezos el inevitable “.com” a Amazon.

Ya no más. Cuantas menos pistas se den al público, mejor. Dunkin Donuts ha anunciado que a partir de enero se rebautizará Dunkin a secas. “Es más sencillo, más corto y más actual”, sostiene la compañía. Sigue los pasos de Starbucks, que ha retirado de su logo el término Coffee, y por supuesto de Apple y Amazon, que no especifican nada desde hace años: ni Computer ni puntocom.

El Financial Times ha aplaudido la decisión de Dunkin, porque considera que un nombre demasiado concreto “constriñe” tu libertad de movimientos, y tiene razón. La globalización ha difuminado la separación entre sectores. “Amazon”, dice el presidente de la CNMC, José María Marín Quemada, “vende muchas cosas: alimentos, almacenamiento en la nube, series… Pero Telefónica también. Hace tiempo que no se limita a suministrar llamadas de fijo o móvil. La mitad de su facturación procede de otras actuaciones y de los contenidos audiovisuales. Y otras telecos comercializan energía”.

La filosofía ya no es: tengo este producto y voy a ver cómo se lo vendo a mis clientes. Hay compañías que ni siquiera tienen lo que venden, como Uber o Airbnb. La filosofía es: tengo estos clientes y voy a ver qué producto les vendo.

En esta batalla de todos contra todos, la precisión se ha vuelto un incordio. Las publicidades tradicionales estaban llenas de detalles técnicos. “Telefunken 40, con sintonía calibrada en kilociclos y válvulas de grilla blindada y metalizada por fuera”, se lee en el anuncio de una radio de los años 30. Eso ya no vale. Ahora hay que comunicar emociones. La cerveza no quita la sed: da alegría. El coche no te transporta: evoca tu compromiso con el planeta. La colonia no perfuma: te convierte en un depredador.

Una marca eficaz debe integrarse en esta estrategia de encanto y ambigüedad. El nombre inicial que Bezos barajó para su proyecto fue Cadabra, por las connotaciones mágicas que entrañaba el comercio online, pero por teléfono la gente entendía a menudo cadáver y, mientras repasaba una mañana la enciclopedia, tropezó con la palabra Amazon. El río más caudaloso, la librería más grande. Era una analogía perfecta.

Jack Ma dio una justificación similar cuando la CCN le preguntó cómo se le había ocurrido lo de Alibaba: el personaje de Las 1.001 noches, explicó, trae rápidamente a la mente una cueva llena de tesoros. Difícilmente se podía ser menos específico.

Hay un elemento adicional que Jobs mencionaba cuando le planteaban esta cuestión. “La gente me sugería cosas como Matrix Electronics y así”, contaba, pero a él le gustaban mucho las manzanas y, además, “Apple aparecería en la guía telefónica por delante de Atari, que era donde yo solía trabajar”. Como Amazon. Como Alibaba. Como Alphabet. Todas empiezan con la primera letra del abecedario, lo que las coloca automáticamente a la cabeza en muchas listas. (Foto: Ryan Van Stralen, Flickr.com)

freedom

中国和锡拉库萨的诱惑。米格尔偶斯。 Miguel Ors Villarejo。

在“中国星球”活动期间,其中一位与会者询问西方对中华人民共和国的批评是否是嫉妒的结果,因为他们的政权比我们的民主国家更有效。 这个问题表明了对独裁统治的钦佩:锡拉库萨的诱惑。

“锡拉库萨的诱惑”是马克莉拉 (Mark Lilla) 的表达. 指的是在狄俄倪索斯年轻的锡拉丘兹建立一个哲学家国王政府的企图。柏拉图去岛上看暴君是否愿意将自己的权力交给哲学家。实验失败了. 这是暴君对知识分子产生兴趣的第一个记录的例子.

欧洲最近的历史充满了知识分子,与柏拉图不同,他们不反对为现代狄俄倪索斯服务。“他们的故事是臭名的”,”莉拉写:“马丁海德格尔(Martin Heidegger)和卡尔施密特(Carl Schmitt)在纳粹德国; 格欧斯陆卡斯(Georgy Lukács)在匈牙利; 也许别人。许多人加入了柏林墙两侧的法西斯和共产党[…]。许多哲学家朝圣者前往新的锡拉丘兹:莫斯科,柏林,河内或哈瓦那。作为观察员,他们精心编排了他们的行程[…],总是带着往返机票”, 他们向我们转达了他们对集体农场,拖拉机工厂,甘蔗种植园或学校的钦佩,“虽然由于某种原因他们从未到过监狱”。

这种类型的思想家特别以想象力访问锡拉库萨,就像马杜罗委内瑞拉的宣传者一样.他们部署了“有趣的理论”来证明他们永远不会看到的人的痛苦。 在什么时候认为专制是“好事,甚至是美好的”是可以接受的?

在他的文章中,莉拉回顾了不同的解释。有些人指责启蒙运动,有些人则指责学者们的傲慢.莉拉提供了自己的论文,并观察到狄俄倪索斯最引人注目的是他是一位哲学家。 正如柏拉图所教导的那样,好奇心假定了对动物状况的克服,并且渴望“在美丽中生育”。这导致一些人成为诗人,而其他人则对“城市和家庭的良好秩序”感兴趣. 这是一种值得称赞的冲动,但需要节制。 “哲学家知道对智慧之爱的疯狂,但不能把他的灵魂给予它; 他总是保持控制”.

不幸的是,情况并非总是如此。 许多知识分子被想法所淹没。 “他们认为自己是独立的,而实际上他们让自己被内心的恶魔像羊一样拖着”。 这就是锡拉库萨的诱惑所包含的:一种惯性,将你拖入一些理想的背后。

抵制这种吸引力并不容易。 乌托邦的承诺与我们不完美的民主形成鲜明对比。中国的成功激励其批评者并不羡慕, 是恐惧。

Dolar2

¿Destronará el renminbi al dólar? Miguel Ors Villarejo

En 1965 Valéry Giscard d’Estaing se refirió a las ventajas que reportaba al dólar su condición de principal moneda de reserva mundial como un “privilegio exorbitante”. Al entonces ministro francés de Finanzas no le faltaban razones. “El turista americano que paga con dólares al taxista de Nueva Delhi se ahorra la molestia de cambiar su dinero”, escribe el catedrático de la Universidad de California Barry Eichengreen. Lo mismo pasa con los empresarios. Un fabricante alemán que paga a sus empleados y a sus proveedores en euros se encuentra con que en China únicamente le aceptan dólares, lo que lo obliga a convertirlos y pagar las comisiones correspondientes. El exportador estadounidense no tiene ese gasto. Finalmente, el banquero suizo que recibe depósitos en francos, pero realiza préstamos en dólares porque es la divisa que sus clientes desean, debe cubrirse ante una eventual oscilación de cotizaciones, lo que entraña comisiones.

Y esto no es todo. La demanda constante de dólares por parte de particulares, empresarios y financieros constituye un fabuloso negocio. “Cuesta unos pocos centavos […] imprimir un billete de 100 dólares, pero para comprarlo hay que aportar el equivalente a 100 dólares de verdad en bienes y servicios”, observa Eichengreen. Esa diferencia se llama señoreaje, un término cuya etimología evoca el derecho medieval del señor feudal a quedarse con una parte del metal empleado para acuñar cada pieza. El catedrático calcula que en el extranjero circulan unos 500.000 millones de dólares en billetes, a los que hay que sumar los seis billones de dólares en títulos del Tesoro que guardan en sus reservas los bancos centrales de todo el mundo. Gracias a este aluvión de liquidez, Estados Unidos ha podido mantener unos abultados déficits exteriores que en otros países habrían ocasionado una crisis de balanza de pagos y la salida desordenada de capitales.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos suponía casi el 50% de la economía planetaria. Era también el primer exportador y tenía, por tanto, todo el sentido operar con su divisa. Pero hoy el peso de Estados Unidos en el PIB mundial ronda el 22% y la UE y China ostentan una cuota mayor de las exportaciones. “Las ventajas [del dólar] se han ido reduciendo con el auge del euro y el renminbi”, observa el economista Jeffrey Sachs. Si a esta convergencia se suman las políticas populistas de Donald Trump, podríamos asistir a los últimos días del exorbitante privilegio. “¿Cuánto tiempo”, se pregunta, “pasará antes de que compañías y Gobiernos acudan a Shanghái en vez de a Wall Street a emitir sus bonos?”

“Es verdad que no hay monedas inexpugnables”, le responde el analista Colby Smith, “y los funcionarios chinos han echado el resto para internacionalizar el renminbi. En marzo, Pekín lanzó un contrato para futuros de petróleo que es un claro movimiento contra el petrodólar […] y ha adoptado medidas para abrir su mercado de deuda a los inversores foráneos”.

Pero para asaltar el trono de primera divisa internacional no basta con tener una economía grande y una firme voluntad política. Gary Richardson y Cathy Zang señalan que, antes de 1914, el dólar carecía de presencia internacional “a pesar del tamaño y el vigor” del aparato productivo estadounidense. No desbancó a la libra hasta los años 20, después de que la creación de la Reserva Federal estabilizara su cotización y redujera la volatilidad financiera. “La hegemonía monetaria depende de la fortaleza económica, la calidad institucional y la aplicación de las políticas adecuadas”.

Eichengreen señala que en la primera métrica (la fortaleza económica) Estados Unidos ha cedido terreno a sus dos seguidores inmediatos, China y la UE. Pero en las otras dos (calidad institucional y políticas) conserva un confortable margen. “El euro”, escribe, “es una moneda sin Estado”. Como puso de relieve la Gran Recesión, cada vez que ha saltado una alarma (Grecia, Irlanda, España, Italia), se ha producido una reacción escasamente coordinada, dominada por los intereses nacionales y el sálvese quien pueda. ¿Quién va a meter sus ahorros en una divisa que vive en el filo permanente de la histeria y la desintegración?

Con el renminbi pasa todo lo contrario: “Es una moneda con demasiado Estado”, dice Eichengreen.

“China tiene una economía pujante”, coincide Colby Smith, “pero su divisa no flota libremente, sus mercados financieros no están totalmente abiertos y su política monetaria dista mucho de ser predecible. El Partido Comunista puede imponer controles de capitales en cualquier momento”.

“El dólar tiene sus problemas, pero también sus rivales”, concluye Eichengreen. En su opinión, lo más probable es que evolucionemos hacia una hegemonía compartida. China desea, como es natural, que su divisa desempeñe un papel más relevante, pero “no tiene interés en destronar al dólar. Al revés, ha invertido mucho en el billete verde”: es el primer tenedor extranjero de bonos del Tesoro.

El peor enemigo de Estados Unidos es Estados Unidos. Si al final se queda sin el exorbitante privilegio será, como apunta Sachs, más por la mala cabeza de Donald Trump que por la buena de Xi Jinping. “El colapso del dólar no es imposible”, advierte Eichengreen, “pero solo si nos lo trabajamos. Los chinos no lo van a hacer por nosotros”. (Foto: Shai Barzilay, Flickr.com)

rabanos

Los apuros de la lira turca o la crisis asiática revisitada. Miguel Ors Villarejo

Ninguna crisis es igual que las anteriores, aunque todas tienen un aire de familia. Lo primero permite que nos riamos de lo tontos que eran los holandeses del siglo XVII, que pagaban cifras disparatadas por bulbos de tulipán, mientras nosotros compramos sellos a Fórum Filatélico o preferentes a Caja Madrid. Lo segundo hace que nunca falte alguien que, en medio de la euforia, comente rascándose la cabeza: “¿A qué me suena esto?”

Lo ideal es que ese alguien fuera el presidente o el ministro de Hacienda, pero generalmente es el líder de la oposición, que se pasa la vida anunciando desastres que rara vez se consuman, como los testigos de Jehová, y al que nadie hace nunca mucho caso. Todo el mundo sabe que forma parte del juego democrático decir que las mismas cosas que iban de cine cuando tú mandabas se vuelven un asco en cuanto te descabalgan del poder, y viceversa.

Estos incentivos explican por qué los políticos son tan poco fiables a la hora de realizar pronósticos. ¿Y los economistas? ¿No disponen de modelos, sondeos e índices que anticipan los cambios de ciclo? Sin duda, pero se expresan en términos estadísticos y a los humanos los números no nos dicen demasiado. Si preguntamos a un experto: “¿Viene otra recesión?” y nos dice que “las probabilidades son del 35%”, nos quedamos fríos. Ahora, si nos cuenta que la precarización de amplias capas de la sociedad afectará tarde o temprano a la demanda, nos inquietamos. Nos cuesta asimilar datos, pero los relatos nos llegan al corazón. Entendemos la realidad gracias a historias, llámense mito, religión, ideología o teoría científica. El problema es que, una vez instaladas en nuestra cabeza, se hacen con el control del puente levadizo y ya no dejan pasar más hechos que los que las ratifican. “La gente”, decía el psicólogo Amos Tversky, “se esfuerza mucho para obtener información que ya tiene o para evitar conocimientos nuevos”.

Y no es el único inconveniente. “Un reproche habitual a la economía es que su respuesta a cualquier cuestión es: ‘Depende”, escriben los investigadores Atish Ghosh y Uma Ramakrishnan, del Fondo Monetario Internacional, en un artículo sobre déficits exteriores. Estos pueden revelar una debilidad productiva… o no. “Para los países que carecen de capitales y presentan más oportunidades de inversión de las que pueden aprovechar, un desequilibrio en la cuenta corriente es natural”. Durante sus décadas de despegue, los tigres asiáticos registraron balanzas negativas ejercicio tras ejercicio, pero los recursos que tomaban prestados fuera los invertían productivamente y se devolvían sin dificultad.

Llega un momento, sin embargo, en que la persistencia de déficits exteriores se torna peligrosa. ¿Cuándo? No se sabe. Hay invariablemente una gota que colma el vaso y una brizna de paja que quiebra el espinazo del camello, pero ningún experto te dirá: “La número 784.362”. Esa imprecisión induce a muchos gobernantes a pensar que ellos son diferentes y podrán sortear el abismo. Pero un día el dinero se da a la fuga, la moneda se desploma, las deudas contraídas en divisas fuertes se tornan impagables, la banca quiebra, el crédito se volatiliza y la actividad se sume en una profunda depresión.

Es lo que está ocurriendo en Turquía. “Desde que Recep Tayyip Erdogan asumió el control del Gobierno, [el país] ha registrado enormes y crecientes déficits por cuenta corriente”, se lee en la Wikipedia. El artículo describe cómo el presidente desoyó todos los avisos que se le hicieron. El paralelo con la tormenta que en 1997 se desató contra el baht tailandés era notorio, pero Erdogan se negó a corregir el rumbo porque los ajustes que le recomendaban habrían ido contra la patria, la religión o ambas.

“Es una crisis clásica”, dice Paul Krugman, “de las que hemos visto ya muchas”. Y seguiremos viendo… (Foto: Charles Roffey, Flickr.com)

hook

“¿Dónde está mi Peter? ¿Qué opina Peter?”. Miguel Ors Villarejo

Trump no es ningún intelectual. Parece más bien persona de corazonadas. El conocimiento no es para él una actividad meramente racional. Las verdades que importan no se alcanzan solo con la cabeza, tras una fría contrastación de argumentos. Se sienten también con todo el cuerpo, a menudo a pesar de los argumentos, como él siente la amenaza de China. Desde que llegó a la Casa Blanca, los expertos han procurado tranquilizarlo. Le han asegurado que no era para tanto y le han aportado datos, tablas y gráficos que revelan lo bien que le ha ido a Estados Unidos: sí, se ha perdido tejido industrial, pero las familias disponen de bienes más baratos y a las empresas se les ha abierto un mercado inmenso. Todos los presidentes pasan por un proceso educativo similar, en el que los expertos van purgando su visión. Pero esta vez ha sido la visión la que ha purgado a los expertos hasta que ha quedado uno. Se llama Peter Navarro.

“Hace 20 años”, cuenta la periodista Molly Ball en Time, “Navarro era un liberal que admiraba a Hillary Clinton, abogaba por subir los impuestos a los ricos y se había presentado como cabeza del Partido Demócrata a cuatro elecciones”. Su concepto de los republicanos no podía ser más lamentable: eran un hatajo de “bufones, sociópatas y radicales”, cuya credo consistía en “reformar los impuestos para enriquecer aún más a los ricos” y “destrozar el ambiente bajo la falsa bandera del progreso”.

Ahora Navarro es el principal asesor de un presidente republicano. “Trump quiere adoptar medidas proteccionistas”, dice en la revista un prominente conservador, “y cuando prácticamente todo el mundo en la habitación le dice: ‘No podemos hacerlo, nos vamos a cargar la economía’, él replica: ‘¿Dónde está mi Peter? ¿Qué opina Peter?”

“Si hiciera una lista con los 100 primeros economistas del mundo, Peter Navarro no figuraría en ella”, añade el catedrático de Harvard Greg Mankiw. No deduzcan de este comentario malévolo que Navarro es un indocumentado. John Major decía que él había querido ser asesor, pero que no sabía lo suficiente y tuvo que hacerse primer ministro. A Navarro le pasó al revés: sabía un montón y, como recuerda un consultor que trabajó para él, “tenía razón la mayoría de las veces. Pero”, sentencia a continuación, “era un gilipollas”.

Sus orígenes fueron muy modestos. Se crio con su madre, secretaria, después de que esta se divorciara de su padre, músico. Estudió becado en Tufts y, tras doctorarse en Harvard, publicó un primer libro en el que criticaba vehementemente el proteccionismo porque perjudicaba a los consumidores, ponía en peligro la estabilidad mundial y podía sumir al planeta en “una espiral imparable”. Aunque su identidad ideológica tardó en decantarse (fue sucesivamente republicano, independiente y demócrata), a principios de los 90 ya estaba decididamente comprometido con la formación del burro y, dentro de sus filas, optó a varios cargos, sin fortuna. Su último intento fue un escaño en la Casa de Representantes. En aquella ocasión recibió el apoyo personal de Al Gore y los Clinton, pero no fue suficiente y la derrota lo dejó arruinado, amargado y solo. Sin dinero, sin amigos, sin mujer, se refugió en la academia y fue entonces cuando su vigorosa fe en la libertad de intercambio comenzó a enfriarse. “Vio cómo sus alumnos”, escribe Ball, “se quedaban sin empleo a pesar de su excelente preparación y concluyó que las prácticas mercantiles de Pekín ponían a los estadounidenses en una situación de desventaja”.

Entre 2006 y 2011 publicó tres libros: The Coming China Wars (Las guerras que vienen con China), Death by China (Muerte por China) y Crouching Tiger (El tigre agazapado). La reportera de Time observa malévola que únicamente cuando se hizo un documental a partir de ellos reparó Trump en su existencia y lo fichó.

Al principio, Navarro se encontró con un presidente secuestrado tras una colosal barrera de defensores del libre comercio y su influencia fue limitada. “Durante mucho tiempo”, cuenta un antiguo funcionario de la Secretaría del Tesoro, “lo tuvieron metido en un armario donde no podía hacer mucho daño. Pero cuando Gary [Cohn] dimitió, dejó un boquete por el que se coló”.

Navarro sabe que su posición carece de amplios apoyos en el mundo académico, pero no se desanima. Tiene el de sus compatriotas. En un sondeo de 2016, el 68% de los estadounidenses confesaron que preferían que en su comunidad hubiera una fábrica nacional que creara 1.000 puestos de trabajo a otra china que creara 2.000.

Para ellos, como para Trump, las verdades que importan no se alcanzan solo con la cabeza, tras una fría contrastación de argumentos.

burka

Qué hacemos con la inmigración (y 4). ¿Es el Islam alérgico a la democracia? Miguel Ors Villarejo

“Muchos estadounidenses”, escribe el filósofo Jim Denison, “asumen que el Islam es incompatible con la democracia porque lo asocian con el mundo árabe [donde todo son satrapías]. Pero los árabes suponen un 18% de la comunidad de creyentes”.

La nación musulmana más populosa, Indonesia, es una democracia, igual que Senegal. A lo mejor no son regímenes modélicos, pero en el Democracy Index que elabora The Economist Indonesia figura al nivel de México y Senegal, y queda por encima de Ecuador o Bolivia. ¿Son los latinoamericanos y la democracia incompatibles? Nadie se lo plantea. Atribuimos su mal gobierno a un diseño institucional inadecuado, a la corrupción, a la lejanía de Dios y la cercanía de Estados Unidos, pero no a un antagonismo esencial, como a veces damos a entender de los musulmanes.

La empresa demoscópica Gallup desarrolló entre 2001 y 2007 un gigantesco proyecto en el que mantuvo decenas de miles de entrevistas con ciudadanos de 35 países de mayoría islámica, y sus conclusiones no varían de las que alcanzan estudios similares en la Europa cristiana. Cuando a los musulmanes se les pregunta por sus aspiraciones, no mencionan la yihad, sino encontrar un trabajo mejor. Condenan los atentados contra los civiles, consideran que la tecnología y el estado de derecho son los mayores logros de Occidente y, en su mayoría, se muestran contrarios a que los imanes intervengan en la redacción de sus leyes fundamentales. “El problema no es el Islam”, dice Héctor Cebolla, “sino una interpretación ultraortodoxa que se ha propagado gracias al dinero saudí y que resulta tan extraña en Marruecos como en España”.

Detener su difusión no va a ser fácil. Algunas voces plantean cortar por lo sano y cerrar la frontera a cualquier musulmán, incluida la diáspora siria, pero no es esa la peor gotera. “Los terroristas que desde 1975 han obtenido la tarjeta de residencia permanente en Estados Unidos [Green Card] han asesinado a 16 personas”, escribe el analista del Cato Alex Nowrasteh. La probabilidad de caer a manos de uno de ellos es de una entre 14.394. Como ironizaba The Washington Post, “es más fácil morir aplastado por un armario”.

El verdadero peligro lo tenemos en casa. Son los Abdelhamid Abaaoud y los Younes Abouyaaqoub que se fanatizan mientras crecen en Bélgica o Ripoll. “Conviene que los individuos se socialicen en los valores que sustentan la vida democrática”, dice Juan Carlos Rodríguez. “Esto siempre es complicado, pero lo es aún más si dejas que la inmigración acabe en barrios muy homogéneos culturalmente, donde esos valores no son tan predominantes”.

Por desgracia, es lo que hemos estado haciendo. Berta Álvarez-Miranda lo denunció hace años en la obra colectiva Políticas y gobernabilidad de la inmigración en España. Su contribución fue un capítulo sobre “la acomodación del culto islámico” en el que se preguntaba si la “convivencia de corte multicultural” que se había puesto en marcha no podía “implicar aislamiento entre comunidades”.

“La multiculturalidad ha caído en desgracia”, admite Cebolla. “Se trata de una filosofía originaria de Holanda, donde se han organizado históricamente por religiones. Eran los pilares de la sociedad, cada uno tenía su líder. El Estado no se relacionaba con los ciudadanos particulares, sino con la comunidad en su conjunto. Luego, este sistema se amplió a los inmigrantes, pero existe evidencia de que segrega más”.

El otro gran modelo de integración es el asimilacionista de Francia. Allí todos los niños pasan por esa formidable igualadora que es la escuela laica, lo que en principio debería haber facilitado su educación en el ideario republicano, pero los programas de vivienda social han acabado reagrupando a la población por credos. “Los Gobiernos van a tener que ser bastante más competentes de lo que lo han sido hasta ahora si pretenden que esto no suceda”, concluye Juan Carlos Rodríguez.

“Si pudiéramos levantar una muralla y que no entrara nadie, igual había que planteárselo”, reflexiona el profesor emérito de IESE Antonio Argandoña. “Pero no podemos ni queremos”. Desde el punto de vista económico, la inmigración es beneficiosa. “Aporta perspectivas distintas, nos lava la cabeza por dentro… Deberíamos saberlo, porque no es algo inédito. En los 60 miles de extremeños y andaluces fueron a Cataluña en busca de una vida mejor. Sabían que las condiciones de partida iban a ser duras, pero abrigaban la esperanza de una promoción posterior y, en la mayoría de los casos, esa expectativa se cumplió. Pasaron del campo a la construcción y de la construcción a la industria, se compraron un piso, mandaron a sus hijos a la universidad… Hoy están integrados en la sociedad catalana, y sus hijos aún más”.

“Los que vienen ahora”, le digo, “no son compatriotas de otras regiones, sino marroquíes y argelinos, a menudo con una religión diferente”.

“Lo sé, y justamente por eso nos corresponde hacer un esfuerzo mayor. Porque los necesitamos y porque van a seguir viniendo”. Su alternativa, como contaba Linguère Mously Mbaye al principio de esta serie, es Barcelona o muerte. (Foto: Greg Jordan, Flickr.com)

multietnico

Qué hacemos con la inmigración (3). Administrando el capital social. Miguel Ors Villarejo

En los años 90 el politólogo Robert Putnam denunció en el artículo “Bowling Alone” (“Solo en la bolera”) que los americanos habían ido reduciendo su participación en redes civiles (partidos, juntas vecinales, sindicatos, asociaciones de padres, incluso clubes de bolos) y que ello había socavado la confianza mutua (el “capital social”) y ponía en peligro la democracia.

Basaba su conjetura en dos décadas de estudio de la política italiana. Putnam había descubierto que no había grandes diferencias institucionales entre el norte y el sur, entre Milán y Sicilia. “Aunque todos esos Gobiernos regionales eran idénticos sobre el papel, sus niveles de eficiencia variaban drásticamente”, escribía. “La calidad […] venía determinada por las tradiciones de compromiso cívico (o su ausencia). La participación electoral, la lectura de prensa, la afiliación a coros y clubes de fútbol eran las señas de identidad de las comunidades ricas. De hecho […] lejos de ser un epifenómeno de la modernización socioeconómica, eran su condición previa”.

Posteriormente, en “E Pluribus Unum” Putnam alertó de que había detectado un fenómeno similar en las comunidades multiétnicas de Estados Unidos. La falta de trato directo, decía, impedía el desarrollo de capital social y comprometía, por tanto, su viabilidad. Es lo que ahora sostiene Paul Collier. Y lo que llevó el Imperio romano al colapso, según Niall Ferguson.

La socióloga Berta Álvarez-Miranda ha intentado evaluar hasta qué grado se ha reproducido este problema en las ciudades españolas que experimentaron una entrada explosiva de extranjeros. Sus conclusiones confirman que efectivamente “la diversidad étnica, a corto plazo, refuerza los procesos ya en marcha de pérdida de sociabilidad […] y contribuye a la desconfianza en los desconocidos”. En una investigación que dirigió entre 2000 y 2004, lo denunciaban tanto la población autóctona como la extranjera.

“Yo creo que la convivencia en general es nula”, se lamentaba un nativo. “Antes el barrio era un pueblo. Ahora vas del trabajo a casa y de casa al trabajo. No hablo ni con los vecinos ni con nadie, no hay relación”.

“Hay mucha prisa”, coincidía otro, “lo sé por la tienda. Antes la gente se paraba a hablar aunque no compraran, pero ahora va todo muy deprisa. Y no te digo ya si vas al Carrefour, ahí somos como robots”.

Un ecuatoriano era todavía más tajante: “Aquí nosotros no tenemos vida social, está aparcada hasta cuando regresemos a nuestro país”.

“Estas pinceladas de evidencia cualitativa”, escribe Álvarez-Miranda, “parecen dar la razón a la tesis de Putnam de que en las zonas étnicamente diversas […] los residentes […] pueden tender a aislarse”.

Ahora bien, ¿pone en peligro la convivencia esta ausencia de trato personal? En realidad, en las economías avanzadas el capital social emana sobre todo del correcto funcionamiento de las instituciones y del respeto de la legalidad. La gente participa en los juegos de cooperación no solo porque se fíe del vecino, sino porque su violación se castiga, y los primeros en reclamar que así suceda son los extranjeros, porque lo que vienen persiguiendo es ese orden. Álvarez-Miranda cuenta que, cuando le preguntas a un marroquí por qué emigra a Europa, la primera respuesta es “para buscarme la vida” y la segunda, “por los derechos”. Dos jóvenes que intentaron (sin éxito) cruzar el estrecho, la primera vez a nado y la segunda colgados de los bajos de un camión, justificaban los apuros padecidos alegando que “ahí tienen leyes”. Y añadían: “Te juro que si nuestro país reconociera nuestros derechos no nos iríamos jamás”.

A pesar de tensiones puntuales, la inmensa mayoría de la población (autóctona y foránea) no tiene ningún interés en que la cohabitación fracase y es improbable que asistamos a un nuevo derrumbe del Imperio de Occidente, como vaticina Ferguson. La diversidad tampoco ha socavado los pilares de la civilización, como afirma Collier. “Las encuestas no recogen una caída en los niveles de confianza en los países escandinavos, que son los que más inmigración han recibido”, confirma Juan Carlos Rodríguez.

Sin embargo, la radicalización de algunos musulmanes refleja una inquietante disfunción. El sociólogo Héctor Cebolla insiste en que “Europa nunca fue una Arcadia ideal”, “que ya generaba injusticias antes” y que simplemente “estamos reproduciendo los errores de siempre en personas con un trasfondo diferente”. Pero ni los terroristas de las Torres Gemelas ni los de Londres eran víctimas especiales de la exclusión. “No hay una vinculación obvia entre el estatus socioeconómico y ese tipo de violencia”, señala Juan Carlos Rodríguez.

¿Cuál es entonces la clave? ¿La religión? (Foto: Giulietta Riva, Flickr)

Vapor2

Qué hacemos con la inmigración (2). El asedio al estado de bienestar. Miguel Ors Villarejo

“Grandes cantidades de recién llegados están sometiendo a presión los servicios públicos”, asegura el economista Paul Collier. Se trata de una creencia avalada por la casuística sobre las legiones de extranjeros que atascan los hospitales y las oficinas del paro, pero “la mayoría de los estudios revelan que la inmigración tiene un impacto leve en las finanzas nacionales”, sostiene la OCDE. Por ejemplo, en el caso de la salud “los inmigrantes no solo manifiestan encontrarse en mejores condiciones que los nativos, sino que van menos al médico”, algo lógico, dado que en promedio son más jóvenes. Es verdad que recurren más a las urgencias y que en países como Alemania sufren más accidentes laborales, pero incluso allí donde generan algún sobrecoste, este queda nivelado por el hecho de que “los sistemas sanitarios se benefician con la llegada de profesionales de la medicina”. En 2008, el 35% de los doctores de Reino Unido habían nacido en el extranjero, y en Nueva Zelanda, Australia, Israel y Suiza el porcentaje era aún mayor.

Otro equívoco igualmente arraigado es que los forasteros nos roban los puestos de trabajo. Este es un asunto en el que la experiencia española resulta especialmente iluminadora, porque la marea de inmigrantes no se repartió uniformemente por toda la geografía. Mientras en algunas regiones la población foránea llegó a representar una cuarta parta de la total, en otras casi no hubo. Libertad González Luna (Pompeu Fabra) y Francesc Ortega (Queens College) aprovecharon este experimento natural para determinar el comportamiento en unas y otras de los salarios y el empleo, y no hallaron ninguna diferencia relevante. “La inmigración no afectó ni a las remuneraciones ni a la tasa de paro de los nativos”, dice González Luna.

“Es la misma conclusión que alcanzan los estudios realizados en Estados Unidos y el resto de Europa”, coincide la profesora de Economía Política de la Universidad de Barcelona Lidia Farré. “Los extranjeros no le arrebatan nada a los autóctonos porque no son sustitutos perfectos”.

“Al principio, se ocupaban de las tareas que nadie quería, como la recogida de fruta de temporada o el servicio doméstico”, coincide la catedrática del País Vasco Sara de la Rica. Pero ni siquiera cuando más adelante empezaron a introducirse en sectores donde sí había trabajadores locales se produjo un perjuicio. ¿Por qué?

El profesor de la Universidad de California Giovanni Peri explica que en un modelo estático, en el que la inmigración impulsa la oferta de empleo mientras todo lo demás permanece igual, el resultado es un aumento del paro, una caída de los salarios o una mezcla de ambas cosas. Pero los recién llegados necesitan vivienda, comida, ropa… Esa demanda abre oportunidades de negocio para todos. Además, los empresarios aprovechan la abundancia de mano de obra para acometer nuevos proyectos. Y hay un desplazamiento de los nacionales a puestos de mayor cualificación. “Muchas mujeres que antes eran empleadas del hogar se hicieron cajeras”, dice De la Rica. “Y los albañiles pasaron a dirigir cuadrillas”.

Esta reasignación de tareas facilita una especialización que nos hace a todos más productivos. “El rumano que cuida el césped del físico nuclear está contribuyendo indirectamente a desvelar los secretos del universo”, observa Alex Tabarrok.

¿Y por qué tanta gente comparte la tesis de que la inmigración está sometiendo a nuestras sociedades a una presión insoportable?

En primer lugar, las medias son siempre engañosas. El que el impacto a escala nacional sea “leve”, como apunta la OCDE, es compatible con que en lugares concretos sea alto o incluso muy alto.

Segundo, muchos países ya presentaban carencias en algunas áreas (vivienda, escuelas) y un incremento abrupto de la población las ha exacerbado, aunque no sea su causa principal.

Finalmente, hay un aspecto cultural. Collier señala que las sociedades avanzadas dependen de “juegos de cooperación frágiles”. Guardamos cola en el consultorio porque los demás también lo hacen. Y entregamos a Hacienda una porción considerable de nuestros ingresos a cambio de que haga un uso justo de ellos. Pero si nadie respeta los turnos y percibimos que ciertos grupos abusan de los servicios públicos, dejamos de cooperar. “A medida que la diversidad crece”, argumenta Collier, “disminuye la cohesión y los ciudadanos se muestran menos proclives a sufragar los programas de bienestar”.

El historiador Niall Ferguson es todavía más pesimista. En un artículo titulado “París, víctima de la complacencia” aseguraba que la Unión Europea asiste hoy a “unos procesos extraordinariamente similares” a los que provocaron la caída de Roma. “Ha abierto sus puertas a los extranjeros que codician su riqueza sin [obligarlos a] renunciar a su fe ancestral”. Por supuesto, “la mayoría viene con la esperanza de tener una vida mejor”, pero “los monoteístas convencidos son una grave amenaza para un imperio laico”, porque “tienen convicciones difíciles de conciliar con los principios de nuestras democracias liberales”.

¿Se han vuelto nuestras sociedades demasiado diversas para resultar manejables? (Foto: Valter, Flickr.com)