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Ventajas de ser promiscuo. Miguel Ors Villarejo

Hace muchos años me encargaron que cubriera la presentación de un suplemento del Economist sobre Hong Kong y, cuando le pregunté a su autor a qué atribuía el éxito de la excolonia británica, me contestó simplemente: “A la libertad”.

Aquello, más que una respuesta, me pareció una evasiva. El Muro de Berlín acababa de caer, todavía no habían estallado las crisis asiática y rusa y en Occidente vivíamos bajo el hechizo de las recetas liberales del Consenso de Washington. Estas habían sustituido el evangelio del atajo histórico hacia la industrialización, que a su vez había desbancado el enfoque neoclásico. La economía del desarrollo procedía más por modas que por acumulación y, a su compás, el tamaño del Estado se dilataba o contraía, igual que el largo de la falda, pero en cualquier caso siempre había un paradigma dominante, un manual de instrucciones, una lista de la compra.

No podemos evitarlo. A los humanos nos encantan los relatos totales, las teorías omnicomprensivas, los modelos. Yo mismo he pasado buena parte de mi existencia buscando las leyes que gobiernan el universo. En mi época de universitario (iba a poner de estudiante, pero estudiar, estudiaba poco) envidiaba la seguridad con que pontificaban mis compañeros marxistas. Franco había muerto, la Transición lo había puesto todo en cuestión y, mientras yo me debatía en un mar de dudas, ellos tenían opinión formada sobre todo: el capitalismo y el socialismo, el divorcio y el aborto, la propiedad privada y la familia. Los veía pedir la palabra en las asambleas y exponer con aplomo los pasos que debíamos dar y soñaba con alcanzar algún día aquella certeza.

Durante años la busqué. He conocido muchas grandes teorías y siempre pensaba que había encontrado la pasión definitiva. Al principio era fantástico, no tenía ojos para ninguna otra. Pero las grandes teorías te exigen que renuncies a más y más pedazos de la realidad y yo no soy capaz, llámenme egoísta si quieren. Soy demasiado promiscuo y cuando una duda me hace señas a mil kilómetros, lo dejo todo, me arrojo sobre ella, la desgarro. Así he ido saltando de brazo en brazo. Soy un liberal sin principios.

Lo que yo no sabía es que las mismas tesis que a finales de los 70 los marxistas españoles defendían tan enfáticamente en la teoría, los marxistas chinos las estaban descartando en la práctica. Como yo, salían cada noche a carnear y se dejaban seducir por cualquiera que les mostrara una curva atractiva de crecimiento. A los funcionarios locales no se les daban instrucciones concretas de lo que debían hacer, como en la época de Mao. Se les animaba a experimentar y, luego, cuando las iniciativas salían bien, se exportaban a otras regiones y cuando no, se cerraban.

Ese es el gran secreto de China. Desconfíen de quienes hablan del modelo chino. No existe. China es el antimodelo, la apoteosis del pragmatismo. Aprovecha lo que funciona y lo que no funciona lo tira, sea comunista, capitalista o mediopensionista. Su arquitecto no fue Deng Xiaoping. No hubo ningún arquitecto. Fue la obra de millones de personas a las que se dio la oportunidad de buscarse la vida, y no hay fuerza comparable al ingenio humano. Cuando le sueltas las trabas, cuando le das esa libertad a la que se refería el periodista del Economist, encuentra el modo de aprovechar los recursos disponibles para resolver todos los problemas, incluso aquellos que ni siquiera sabíamos que teníamos.

Y el progreso y la riqueza consisten en eso: en usar los recursos que nos rodean de forma cada vez más eficiente. Los hombres primitivos empleaban la arena de sílice para elaborar pigmentos con los que luego dibujaban rudimentarios bisontes en las paredes de sus cavernas. Nosotros hemos aprendido a usar ese mismo silicio para fabricar chips que nos han permitido llegar a la Luna.

Y los chinos, si los dejan, terminarán llegando a Marte. (Foto: Sharizan Manshor, flickr.com)

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The pioneer’s dilemma. Miguel Ors Villarejo

Xavier Sala i Martín told me a few years ago that if the Chinese had told him in 1978 that “they thought to start up a capitalist system, but with limited property rights, I would have thrown them out of my office”. At that time began to crystallize what John Williamson, a researcher at the Peterson Institute, baptized later as the Washington Consensus and that, in one of those traditional pendulums of economic theory, postulated the return to the market after the interventionist excesses of Keynesianism. “Stabilizing, privatizing and liberalizing became the mantra of a generation of technocrats,” writes Dani Rodrik.

If one looks at what has happened since then, progress seems undeniable: in the last four decades, poverty has been reduced by 80%, as my colleague Diego Sánchez de la Cruz explains. However, the reasons for this extraordinary progress are far from clear, because by analysing the results country by country one can see that where there has been growth there has not been so much Washington Consensus and where there has been Washington Consensus there has not been so much growth.

The most notorious example is China. Its success, says Rodrik in another work, “raises many questions.” Liberal orthodoxy prescribes poor patients to dismantling of barriers to imports, the full convertibility of the currency and the rule of law but considering this recipe the Chinese have not been able to do worse: they maintained tariffs and monetary controls and its rule of law is manifestly improvable. How have they managed to grow as they have grown?

Normally, capital avidly seeks cheap labour to exploit, but that cheap labour was there before 1978, and continues to be in many other places in Africa and Latin America where, however, no one considers investing a penny. There is no more coward animal than a million dollars and it is not easy to attract it, because being a pioneer involves many uncertainties. It is very well explained by Reginald, a character from Saki: “Do not ever be a pioneer,” he tells his dearest friend. “The first Christian is the one who takes the fattest lion.”

In the same way, the first investor is exposed to losing all his flows. Only when the adventure succeed others will be encouraged, just like those penguins that wait at the edge of the iceberg for someone else to jump to make sure there are no killer whales. Meanwhile, the pioneer’s dilemma works as a powerful disincentive and no one jumps.

How did Beijing solve it? Unwittingly, probably. Western investors had been operating in Hong Kong for decades. Many farmers crossed illegally to the colony looking for opportunities and, tired of arresting them and the bad publicity that this entailed, the officials thought: why don´t we set up factories on this side of the border and avoid leaks? In Hong Kong they were also running out of land and therefore it made perfect sense to set up a special economic zone (SEZ) in Shenzhen, a neighbouring village of 30,000 inhabitants that today exceeds 23 million.

What came next is a combination of improvisation and good luck. Deng Xiaoping would probably have preferred to generalize the reforms to the whole nation, as Boris Yeltsin did in Russia and the IMF’s technocrats defended, but the resistance of the Communist Party forced him to adopt a gradual strategy. He had to be satisfied with promoting more SEZs, to which he conferred enormous autonomy. This lack of coordination made it possible for local authorities to experience initiatives of all kinds: those that worked were exported to other regions and those that didn´t were closed without remorse. In no other society has Schumpeter’s creative destruction been applied so mercilessly. Only the determination of convinced Marxists could bring capitalism to its ultimate consequences.

Although Joshua Cooper Ramo speaks of a Beijing Consensus, few believe that it is a true model. “There was no architect,” says historian Zhang Lifan. From the academic point of view, the economic script of China is full of bizarre twists and I’m not surprised that Sala would throw out of his office anyone who would have tried to tell him. “No way!” (Traducción: Isabel Gacho Carmona)

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El dilema del pionero. Miguel Ors Villarejo

Xavier Sala i Martín me contaba hace unos años que si los chinos le hubieran contado en 1978 que “pensaban poner en marcha un sistema capitalista, pero con los derechos de propiedad limitados, los hubiera echado de mi despacho”. En aquella época empezaba a cristalizar lo que John Williamson, un investigador del Instituto Peterson, bautizaría posteriormente como Consenso de Washington y que, en uno de esos tradicionales golpes de péndulo de la teoría económica, postulaba el regreso al mercado tras los excesos intervencionistas del keynesianismo. “Estabilizar, privatizar y liberalizar se convirtió en el mantra de una generación de tecnócratas”, escribe Dani Rodrik.

Si uno mira lo que ha pasado desde entonces en el mundo, el progreso parece innegable: en las últimas cuatro décadas la pobreza se ha reducido en un 80%, como explica mi colega Diego Sánchez de la Cruz. Ahora bien, las razones de este extraordinario avance distan de estar claras, porque cuando uno analiza los resultados país por país advierte que donde ha habido crecimiento no ha habido tanto Consenso de Washington y donde ha habido Consenso de Washington no ha habido tanto crecimiento.

El ejemplo más notorio es China. Su éxito, sostiene en otro trabajo Rodrik, “suscita muchos interrogantes”. La ortodoxia liberal prescribe a los pacientes pobres el desmantelamiento de las barreras a las importaciones, la plena convertibilidad de la divisa y el imperio de la ley, pero a la luz de este recetario los chinos no han podido hacerlo peor: mantienen aranceles y controles monetarios y su estado de derecho es manifiestamente mejorable. ¿Cómo se las han arreglado para crecer como han crecido?

En principio, el capital busca siempre ávidamente mano de obra barata que explotar, pero esa mano de obra barata estaba ahí antes de 1978, y sigue estándolo en muchos otros lugares de África y Latinoamérica donde, sin embargo, a nadie se le ocurre meter un céntimo. No hay animal más cobarde que un millón de dólares y no es fácil atraerlo, porque ser un pionero entraña muchas incertidumbres. Lo explica muy bien Reginald, un personaje de Saki: “No seas nunca un pionero”, le indica a su amigo más querido. “El primer cristiano es el que se lleva el león más gordo”.

Del mismo modo, el primer inversor se expone a perder todos sus caudales. Únicamente cuando la aventura cuaje otros se animarán, igual que esos pingüinos que esperan al borde del témpano a que otro se tire antes para cerciorarse de que no hay orcas. Entre tanto, el dilema del pionero funciona como un poderoso desincentivo y nadie se echa al agua.

¿Cómo lo sorteó Pekín? Sin quererlo, probablemente. Los inversores occidentales llevaban décadas operando en Hong Kong. Muchos campesinos cruzaban ilegalmente a la colonia en busca de oportunidades y, hartos de arrestarlos y de la mala publicidad que ello entrañaba, los funcionarios pensaron: ¿por qué no montamos fábricas en este lado de la frontera y evitamos las fugas? En Hong Kong se estaban quedando además sin suelo y tenía, por tanto, todo el sentido instalar una zona económica especial (ZEE) en Shenzhen, una aldea vecina de 30.000 habitantes que hoy supera los 23 millones.

Lo que vino a continuación es una combinación de improvisación y buena suerte. Deng Xiaoping probablemente hubiera preferido generalizar las reformas a toda la nación, como hizo Boris Yeltsin en Rusia y defendían los tecnócratas del FMI, pero la resistencia del Partido Comunista lo obligó a adoptar una estrategia gradual. Debió conformarse con impulsar más ZEE, a las que confirió enorme autonomía. Esta falta de coordinación hizo posible que las autoridades locales experimentaran iniciativas de todo tipo: las que funcionaban se exportaban a otras regiones y las que no, se cerraban sin el menor remordimiento. En ninguna otra sociedad se ha aplicado de forma tan inmisericorde la destrucción creadora de Schumpeter. Solo la determinación de unos marxistas convencidos podía llevar el capitalismo a sus últimas consecuencias.

Aunque Joshua Cooper Ram habla de un Consenso de Pekín, pocos creen que se trate de un verdadero modelo. “No hubo ningún arquitecto”, dice el historiador Zhang Lifan. Desde el punto de vista académico, el guion económico de China está lleno de giros rocambolescos y no me sorprende que Sala echara de su despacho a cualquiera que hubiera pretendido contárselo. “¡Venga ya!”

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Entrevista a Carlos Sentís, Director General de HenKuai “Los chinos ni siquiera saben que Zara es española” (y II) Miguel Ors Villarejo

Segunda parte de la entrevista a Carlos Sentís, Director General de HenKuai, consultora especializada en impulsar las relaciones con China.

Pregunta: Muchos hombres de negocios se quejan de que hay poca seguridad. Estuve allí hace unos años y me contaron la historia de un catalán que se puso a fabricar porteros automáticos en China y, al principio, todo iba muy bien, vendía un montón. Pero de pronto los ingresos se hundieron y, cuando fue a ver qué ocurría, descubrió que el socio había montado una planta igual que la suya y ya solo comercializaba sus porteros, claro. ¿Son habituales estos incidentes.

Respuesta: El extranjero que hace negocios en China está en desventaja, eso es un hecho.

P: ¿Y cómo se neutraliza esa desventaja?

R: Con imagen. Si tú tienes una marca potente, por mucho que un competidor te copie, el daño que te podrá hacer será relativo. A Starbucks le han salido multitud de imitadores en China, pero ha resistido gracias a su nombre.

P: ¿Y eso cómo se hace?

R: En primer lugar, hay que ser prudente y, en segundo, es vital tener relaciones.

P:Ir a pecho descubierto es un suicidio.

R: Ir a pecho descubierto es un suicidio en China y en cualquier lado. Si no tienes contactos y estás mal asesorado, acabas pagándolo. Hay que recopilar información, ver qué puedes ofrecer y testarlo con la propia comunidad china en España. Una vez hecho eso, empiezas a crear relaciones: viajas con una delegación, conoces a gente, generas una clientela modesta y realizas inversiones a medida que vas facturando. Los problemas surgen cuando o bien no quieres invertir ni en un becario, o bien tiras la casa por la ventana y pones un millón y te sientas a esperar el retorno. Eso es una locura, el millón no va a volver nunca. Hay que ir con calma, con planes a 10 años, lo cual no debería sorprender a nadie. En ningún mercado te vuelves el rey nada más llegar.

P:Y hacen falta socios…

R: Hay un catálogo de sectores: en unos puedes entrar solo, en otros tienes que ir acompañado y en otros no entras ni solo ni acompañado, porque se consideran estratégicos: la defensa, la energía, etcétera. Pero la mayoría son libres y, técnicamente, no necesitas a nadie, aunque nosotros aconsejamos ir de la mano no ya de un socio, sino de varios.

P:¿Y eso?

R: Para diversificar el riesgo. Si confías en una única persona, toda tu inversión dependerá de ella. Te planteará acuerdos exclusivos en los que ella podrá vender a quien le dé la gana, pero tú solo podrás vender a través de ella. Te explicará que conoce al alcalde y al secretario del partido y que le tienes que dar un millón de euros para marketing, pero luego ni conocen al alcalde ni conocen a nadie y el millón se lo gastan en sabe Dios qué, pero no en marketing.

P: ¿Cómo haces, entonces?

R: Nosotros ayudamos, pero se trata de aplicar el sentido común. Si avanzas poco a poco, informándote y estableciendo contactos, es imposible que te vaya mal.

P: ¿No hay instancias oficiales a las que pueda recurrirse?

R: El ICEX organiza misiones comerciales y ferias, y tiene herramientas que te permiten realizar análisis de mercados…

P: ¿En otros países hay más apoyo?

R: En general, sus delegaciones son más activas. Las nuestras son pequeñas y poco operativas. En los aeropuertos ves publicidad de Cuba, pero no de España.

P: A pesar de todo, el año pasado recibimos a 700.000 visitantes chinos.

R: Por el boca a boca, no porque estemos moviendo la rueda. Son turistas que ya habían estado en Francia y en Italia y han decidido probar en España.

P: ¿Qué sectores son los que más oportunidades brindan a nuestras empresas?

R: Turismo, agroalimentario, moda, educación y cultura, deporte, infraestructuras…

P: O sea, casi todos.

R: Es que no tenemos ventaja en ninguno. No nos conocen. Ningún chino te va a citar nada español. Aquí estamos convencidos de que somos superpotentes en construcción, pero alguna vez he llevado a una delegación china a que viera un puente o un túnel y entonces ellos me han explicado que en su región habían levantado una ciudad entera en cinco años.

P: ¿No han oído hablar de nuestra moda?

R: Como mucho de Zara, pero ni siquiera saben que es española.

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Entrevista a Carlos Sentís, Director General de HenKuai “Los chinos ni siquiera saben que Zara es española” (I) Miguel Ors Villarejo

Cuando en 2008 llegó a Pekín en un viaje de placer, Carlos Sentís estaba lleno de prejuicios. “Dedicaba toda mi atención a buscar las diferencias”, cuenta en su blog. Iba a la caza de detalles exóticos y, si veía una casita con letreros en mandarín, gritaba emocionado: “¡Mira, mira, esto es chino que te cagas!”.

Como fundador y presidente de HenKuai, una consultora especializada en impulsar las relaciones con China, a Sentís igual le interesaría alimentar la creencia de que es una cultura milenaria y enigmática y que sin su experto asesoramiento jamás lograremos comprenderla. Y es verdad que la lengua es una barrera formidable, pero, una vez franqueada, te encuentras con buenas gentes que viven, laboran y sueñan y, en un día como tantos, descansan bajo la tierra. O sea, como usted y como yo.

Esa es una excelente noticia para quien se plantee hacer negocios con los chinos. El único inconveniente es que ellos no tienen mucha idea de quiénes somos los españoles. “No nos conocen bien”, dice Sentís. “No nos asocian con ninguna imagen específica, más allá de los toros, la paella y el Real Madrid”. Él lo atribuye a que, hasta ahora, “lo que se ha hecho ha sido fomentar la venta de productos a granel. Esto puede ayudar a equilibrar la balanza comercial en el corto plazo, pero no te posiciona como marca en el largo”. Para eso hacen falta otras iniciativas, y cita el caso de Austria, que los usuarios de Weibo y YouKu (equivalentes a nuestros Facebook y YouTube) acaban de nombrar “destino más popular de Europa”. Ha pasado de no existir para los chinos a recibir a 694.000 en 2017, casi los mismos que nosotros (718.000), a pesar de ser una potencia turística mucho más modesta.

Pregunta. ¿Cómo lo ha conseguido?

Haciendo bien las cosas. Un ejemplo: la serie más vista en China es Running Man. Sus protagonistas son las máximas celebridades del país. Cuentan con más de 100 millones de seguidores en las redes sociales, lo que les otorga una capacidad de prescripción enorme. Nosotros [HenKuai] invitamos a un representante del programa para que valorara la posibilidad de localizar algún capítulo en España. Vino, le pareció bien y lo único que pidió fueron 100.000 euros para costear el desplazamiento del equipo. Eso sí, debía tratarse de una invitación oficial, sin ánimo de lucro, porque en cuanto interviene alguna firma particular estamos ante una acción comercial y, en ese caso, ellos aplican lógicamente su caché, que es elevadísimo. Era una gran oportunidad. Les explicamos a las autoridades: “Por 100.000 euros podemos multiplicar el turismo”, pero ninguna accedió a prestar su apoyo. Los políticos austriacos son, por el contrario, más receptivos. Dieron toda clase de facilidades para que Running Man grabara un par de episodios en Viena y la han puesto de moda en China. En cuanto mencionas Europa en una conversación, te dicen: “¡Ah, sí, Austria!”

Pregunta. Pues no hay ningún político ni ningún empresario con el que yo hable que no me diga: “China es el futuro, hay que lanzarse a por sus consumidores”.

Respuesta. Corporaciones como LaLiga, Iberia, Telefónica o el Instituto de Empresa sí están tirando del carro, pero las instituciones dicen mucho y hacen poco.

Pregunta. ¿Por qué?

Respuesta. Porque su prioridad no es tanto hacer cosas como aparentar que las hacen. En el 98% de las ocasiones, todo se queda en un apretón de manos delante de las cámaras. Luego, si alguien les recrimina algo, sacan la foto y dicen: “¿Que no hago nada con China? Mire, mire, aquí estoy con el secretario de las Juventudes Comunistas o con quien sea”. China está lejísimos de ser una prioridad de nuestros políticos. Ocupará el lugar 100, detrás de ganar las elecciones, conservar el cargo, colocar a parientes y amigos y un largo etcétera. Aparte de que los españoles seguimos también un poco presos de nuestros prejuicios. Asociamos China con fábricas malsanas y trabajo barato: “Está muy atrasada”, sostienen muchos despectivamente. “¿Que está muy atrasada?”, les digo. “¿Tú has estado allí?”. Porque en cuanto estás, ves que sus ciudades son como de ciencia ficción.

Pregunta. Y entonces pasas de despreciarla a temerla…

Respuesta. No tenemos término medio. Lo lógico sería abordar la relación desde el respeto, reconocer que tienen margen de mejora en algunos aspectos, pero mucho que enseñar en otros y cómo podemos entablar un intercambio mutuamente beneficioso.

Pregunta. Para algunos españoles, la imagen de los chinos estará eternamente asociada a los restaurantes baratos y las tiendas de todo a 100.

Respuesta. Sin duda y, hasta hace muy poco, China era muy pobre. Todavía oyes a muchos empresarios decir: “Estamos valorando expandirnos a mercados emergentes como China”. ¡Es que China está lejos de ser emergente! Es la segunda potencia mundial.

(Continúa la próxima semana)

Sri Lanka

INTERREGNUM: China en el subcontinente indio. Fernando Delage

Mientras  la administración Trump continúa revelando gradualmente los elementos de una estrategia de contención de China, y se multiplican por otra parte las críticas en medio mundo a la “trampa de la deuda” que puede suponer la Nueva Ruta de la Seda para los países participantes, Pekín no echa el freno en su proactivismo diplomático. Pakistán y Sri Lanka son los dos ejemplos más recientes de la rapidez con que está cambiando la geopolítica regional.

El nuevo primer ministro paquistaní, Imran Khan, visitó China del 2 al 5 de noviembre. En Pekín mantuvo su primer encuentro con el presidente Xi Jinping, y en Shanghai fue el invitado de honor de la primera “China International Import Expo”, a la que asistió acompañado por docenas de empresarios. Las importaciones paquistaníes de la República Popular ascienden a 14.500 millones de dólares, mientras que sus exportaciones a China apenas alcanzan los 2.000 millones de dólares. Pero aunque el desequilibro comercial sea gigantesco, no es en este terreno donde se encuentran las claves de la relación bilateral.

Tras conseguir una importante ayuda financiera de Arabia Saudí, país que ha visitado dos veces en cinco semanas, Khan ha optado por no denunciar el “affaire Khashoggi”, lo que supone alinearse con Riad frente a su rival iraní. No es sin embargo apoyo suficiente dadas las dificultades crónicas de la economía paquistaní y el creciente volumen de su deuda externa. La República Popular es una apuesta mayor, especialmente cuando en 2018 vencen préstamos chinos que Islamabad tiene que devolver por importe de 2.700 millones de dólares. La estabilidad de Pakistán es fundamental para el éxito de la Ruta de la Seda china—el Corredor Económico China-Pakistán es uno de sus ejes centrales—, de ahí que las necesidades de Khan maximicen las oportunidades de Pekín para reforzar su influencia estratégica en Asia meridional (cuando Trump busca por su parte un mayor acercamiento a India).

La competencia entre las grandes potencias puede observarse asimismo en la crisis constitucional que atraviesa Sri Lanka. El 26 de octubre, el presidente Maithripala Sirisena suspendió el Parlamento y destituyó al primer ministro, Ranil Wickremesinghe, para sustituirlo por Mahindra Rajapaksa, quien fue presidente del país de 2005 a 2015. La inclinación prochina de este último fue considerada como una de las razones del cambio de gobierno hace tres años. Sólo puede especularse de momento sobre si Pekín ha recuperado su margen de maniobra, pero  el gobierno chino envió con rapidez un enviado especial del primer ministro Li Keqiang para felicitar a Rajapaksa.

Fue Rajapaksa quien, en 2007, firmó un contrato con un consorcio de empresas china para construir—por 1.000 millones de dólares—un nuevo puerto Hambantota. Con posterioridad su gobierno ofreció a China una zona exclusiva de inversión colindante con el mayor puerto del país en Colombo, una de cuyas terminales sería adjudicada a firmas chinas en 2010. El proyecto se extendería en 2013, formando así parte de la Ruta de la Seda marítima, y año en que empresas chinas se hicieron asimismo con el contrato de la primera línea ferroviaria en construirse en la isla en un siglo. La deuda asumida por las autoridades obligó a estas últimas a ceder el puerto a China por 99 años.

Esta presencia de Pekín inquieta a India dados sus estrechos vínculos políticos, económicos, militares y culturales con Sri Lanka. La irrupción de un submarino chino en el puerto de Colombo en 2014 fue una señal de alarma sobre la proyección china en lo que Delhi considera como su esfera natural de influencia. Pakistán es el factor de mayor peso en su rivalidad estratégica, pero los dos gigantes compiten igualmente por sus relaciones con otros países del subcontinente, como Bangladesh, Nepal o las Maldivas, donde—en contra de lo esperado—el presidente Abdulla Yameen, considerado como favorable a China, perdió las elecciones celebradas el pasado mes de septiembre. (Foto: Brett Davies, Flickr.com)

Indignaos

Contra la indignación. Miguel Ors Villarejo

La Gran Recesión elevó la indignación a la categoría de valor político. Stéphane Hessel vendió millón y medio de ejemplares de un panfleto en el que invitaba a los jóvenes a tener su propio “motivo de indignación. Es algo precioso”.

El problema de la indignación es que es un sentimiento muy personal. A la mayoría de los europeos no nos importa que las mujeres vayan con la melena al aire, pero para muchos musulmanes es una obscenidad. Y dentro del mismo Occidente hay quien cree que el aborto es un crimen abominable y quien lo considera un derecho. ¿Cómo distinguimos la indignación buena de la mala?

Podríamos plantearnos no incomodar a nadie, pero entonces apenas podríamos movernos, como esos monjes jainistas que barren la senda por la que caminan para no pisar ningún insecto. En Canadá, la obsesión por no molestar llevó recientemente a una editorial a retirar de su catálogo un poemario en el que se describía el asesinato de una estudiante algonquina porque no había seguido “el protocolo indígena” y carecía del consentimiento de los familiares. La autora realizó en Facebook una estremecedora autocrítica en la que atribuía su imperdonable desliz, a pesar de ser ella misma de ascendencia algonquina, al “colonialismo y la onda expansiva del trauma intergeneracional”.

“¿En qué mundo”, se pregunta el periodista Jonathan Kay, “deben los poetas solicitar permiso para crear versos sobre otros? ¿Tuvo Homero que enseñar la escena de la muerte de Patroclo a Menecio y Esténele?”

Lo políticamente correcto se ha convertido en una amenaza para la libertad de expresión y aún tendría un pase si aplicara un único rasero, pero mientras resulta inconcebible menospreciar el protocolo indígena, los cristianos deben presenciar impertérritos cómo Javier Krahe cocina un crucifijo. Tampoco hay que excitarse cuando Dani Mateo se suena la nariz con la bandera española. Ahora bien, como le reprocha Carlos Herrera, ¿a que no lo hace con la del ISIS?

En realidad, reflexiona Juan Meseguer, “pronto se vio que no todos los indignados eran bienvenidos: se aplaudió a Ocupa Wall Street por plantar cara a los banqueros de la Gran Manzana, pero no gustó que el Tea Party protestara contra los impuestos de Obama”.

Sobre esta asimetría difícilmente puede levantarse “una sociedad de la que podamos sentirnos orgullosos”, como pretende Hessel. Debo decir que comparto su prevención por la serenidad. Alterarse es a veces un signo de salud mental. El neurólogo Antonio Damasio relata en El error de Descartes el extraño comportamiento de un paciente al que se había extirpado un tumor en el lóbulo frontal. Su cociente intelectual seguía en el rango superior y había incluso mejorado su autocontrol, pero no podía conservar un empleo ni una pareja. ¿Por qué? Con el tejido cerebral extirpado había perdido su capacidad emocional y, sin el auxilio de la ira, el miedo o la tristeza, todo se le antojaba chato y sin relieve. Vivía sumido en la indiferencia y la apatía.

Queremos un mundo de ciudadanos que vibren y se entusiasmen, se enfaden y lloren, pero conscientes también del lugar subsidiario que corresponde a esas pasiones. Como escribe José Luis Sampedro en el prólogo, ¡Indignaos! es “un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la cabeza a los reunidos en la plaza”. Una vez cumplido su objetivo, debe, sin embargo, ceder el paso a un debate sereno y sin exclusiones. Ningún principio ha impulsado tanto la civilización como la tolerancia. Proscribir lo que nos fastidia es una pésima estrategia. Ideas que en su día nos escandalizaron (el movimiento de la Tierra, la circulación sanguínea, la teoría de la evolución) son hoy pilares de nuestro conocimiento. (Foto: Diego García, Flickr.com)

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Por qué India no va a ser la próxima China. Miguel Ors Villarejo

Hace algo más de un año hablábamos en esta web de un curioso experimento natural. “Se coge”, escribíamos, “una población que ha vivido siempre junta, se parte en dos, se le entrega una mitad al Gobierno de los Estados Unidos y la otra al de México y se vuelve al cabo de siglo y medio. Parece la ocurrencia de un científico loco, pero es la historia de Nogales. Si te pones de pie al lado de la valla y miras al norte, lo que ves es el estado de Arizona, donde la renta media por hogar es de 30.000 dólares […]. Al sur de la alambrada la existencia es bastante más difícil. A pesar de que los habitantes de Nogales (Sonora) ocupan una zona relativamente acomodada de México, los ingresos familiares son dos tercios menores que los de sus vecinos norteamericanos”.

¿Cómo pueden ser tan diferentes las dos mitades de lo que, esencialmente, era la misma ciudad? La disparidad de fortuna no se debe al clima, la ética o la cultura, sino a las instituciones, que crean incentivos distintos. En Estados Unidos la Administración no está, como en México, al servicio de una oligarquía, sino que es inclusiva. Garantiza la igualdad de oportunidades y permite que cualquiera pueda embarcarse en la actividad que desee: crear empresas y registrar patentes, emplearse por cuenta propia o ajena, contratar a terceros y, por supuesto, gastar el dinero como desee, comprando artículos y conservándolos o traspasándolos a su antojo.

Si todo esto es tan obvio, ¿por qué no eligen todos los Gobiernos estructuras inclusivas? ¿Por qué se empeña México en ser pobre? La respuesta es que los intereses de las élites no suelen coincidir con los de la mayoría. Al magnate Carlos Slim no le iría muy bien si las telecomunicaciones se prestaran en régimen de competencia y ha sabido convencer a las dirigentes para que preserven su posición de dominio.

Desmantelar estos privilegios no es sencillo. Los grupos instalados se defienden y entorpecen cualquier conato de reforma, a veces a sangre y fuego. Literalmente. El Gobierno mexicano ha lanzado varias cruzadas contra el narcotráfico, pero su brutal respuesta ha suscitado tal espanto en el público, que se ha visto obligado a retractarse.

Marx decía que la violencia es la partera de la historia y la industrialización de Europa quizás nunca hubiera tenido lugar de no haber caído antes unas cuantas cabezas coronadas. El analista Ben Thompson cree que ese es también el caso de China. “El acontecimiento menos valorado […] de los últimos 100 años”, asegura, “probablemente sea la Revolución Cultural”. La magnitud de aquella masacre fue de tal calibre, que a continuación hubo que rehacerlo todo partiendo de cero, y eso es siempre más cómodo.

Taiwán, por el contrario, todavía está peleándose con los restos de su burocracia confuciana, y lo mismo sucede en la India, donde las instituciones coloniales y las tradiciones milenarias entorpecen cualquier innovación. “Y me temo”, dice Thompson, “que esto va a seguir siendo así”. Los expertos hablan a menudo de que la India puede ser la próxima China, pero su desarrollo nunca será igual de explosivo porque no sufrió un proceso de renovación tan salvaje. “Esto no es malo”, puntualiza Thompson, “no le estoy deseando a nadie una Revolución Cultural. Solo digo que su estallido hace a China fundamentalmente distinta de la India”. (Foto: Kurt Groetsch, flickr.com)

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El último (e igualmente fallido) intento de ingeniería social. Miguel Ors Villarejo

El currículo de Jeffrey Sachs asusta. A los 13 años estudiaba las matemáticas que se imparten en las facultades de exactas, sacó una puntuación casi perfecta en las pruebas de acceso a la universidad y se graduó summa cum laude en Harvard, donde era profesor titular antes de la treintena. Su fama no tardó en traspasar fronteras y en 1985 el Gobierno de Bolivia lo contrató para que le ayudara a meter en cintura una inflación del 15.000%. Triunfó como Cagancho en Las Ventas y Polonia le cedió a continuación las riendas de su economía para que pilotara la reconversión al capitalismo. Salió a hombros nuevamente, pero su siguiente faena no sería tan lucida.

Boris Yeltsin quería desmantelar el aparato soviético y Sachs lo convenció para que acometiera “las reformas de una vez”, me contaba Xavier Sala i Martín en 2005, “que los ríos hay que cruzarlos de un salto, porque si vas de piedra en piedra te caes”. El resultado fue catastrófico. En 1991 el PIB ruso se desplomó un 15%, un hundimiento superior al de Estados Unidos en 1932, el peor año de la Gran Depresión. En las calles de Moscú la gente se murió aquel invierno de frío y hambre, un espectáculo insólito en Europa desde la posguerra.

En una conferencia de 1999 sobre la transición rusa, el entonces economista jefe del Banco Mundial Joseph Stiglitz declaró que “los autores del programa argumentaron que la medicina era la adecuada, pero que el paciente no siguió las instrucciones”. Stiglitz no citaba en ella a Sachs, pero la explicación cuadra con la soberbia del personaje. A Sachs le cuesta encajar críticas. Nadie puede negarle ni la buena intención ni el valor. “Admiro a Sachs profundamente por cómo se ha jugado su reputación y sus ideas”, escribe Bill Gates. “Al fin y al cabo, podría llevar una existencia confortable dando dos clases al semestre y dispensando consejos en las revistas académicas desde su sillón de orejas. Pero no es su estilo. Le gusta arremangarse. Poner a prueba sus teorías”.

Gates es uno de los varios millonarios a los que Sachs solicitó fondos para el último gran experimento de ingeniería social: el Proyecto Aldeas del Milenio (PAM). El propósito de este programa era borrar la miseria de la faz de la tierra, algo que Sachs considera que puede lograrse fácilmente. Occidente ha fracasado hasta ahora porque ha adoptado estrategias parciales, cuando el problema requiere una ofensiva general. En el caso concreto de África, sostiene, la pobreza extrema hace que las tasas de ahorro sean bajas, lo que a su vez determina unos bajos crecimientos. Esta debilidad no puede contrarrestarse con flujos de capital extranjero, porque las malas infraestructuras y la escasa formación de la mano de obra desincentivan la inversión. El resultado es un círculo vicioso que únicamente puede romperse concentrando las ayudas dispersas que hoy facilitan ONG y Gobiernos en un “gran empujón” que ataque simultáneamente todos los frentes: salud, educación, emprendimiento, igualdad de género, medio ambiente, agua, energía…

“Estos argumentos tienen cierta plausibilidad”, escribe el Nobel Angus Deaton en The Lancet, “pero no son respaldados por la mayoría de los economistas”, porque su eficacia práctica a la hora de promover el desarrollo no ha sido precisamente brillante.

“Llevamos 50 años dando ayuda”, dice Sala i Martín, “y ha sido un fracaso espectacular”. Y añade: “No conozco ningún país que haya salido de la pobreza gracias a la tasa Tobin, al 0,7% […]. Todos lo han conseguido a base de crecimiento”.

“Las naciones que hoy son ricas escaparon de la pobreza sin ningún empujón”, coincide Deaton y, refiriéndose a alguno de los frentes de los que habla Sachs, apunta: “Uno podría preguntar igualmente qué papel desempeñó la igualdad de género en la Revolución industrial o en la reciente erradicación de la miseria […] en India y China, que ha sido de las más espectaculares de la historia de la humanidad”.

Pero ya decimos que a Sachs le cuesta encajar críticas. Lo que no le falta es talento para venderse y, aunque no a Gates, sí persuadió a donantes como George Soros para que financiaran la puesta en práctica de sus teorías. En junio de 2006, el PAM se ponía en marcha en una decena de aldeas subsaharianas. La idea era rociarlas con un poderoso chorro de recursos y poner en marcha una dinámica de crecimiento que, al cabo de cinco años, podría sustentarse por sí sola, como pasa en Occidente.

¿Cuál ha sido el balance? Fascinada por el experimento, la periodista Nina Munk se convirtió en la sombra de Sachs durante seis años. Sus andanzas están resumidas en The Idealist. Munk vivió en Dertu (Uganda) y Ruhiira (Uganda), compartiendo con sus habitantes la ilusión inicial. “A medida que el dinero llegaba”, escribe Howard W. French, “cosas apasionantes empezaron a ocurrir en este poco prometedor lugar [Dertu], donde todo el agua sale de un pozo y el 80% de la población es analfabeta. Los techos de uralita, signo inconfundible de la prosperidad emergente, proliferaron; el dispensario médico se equipó y dotó de personal”. El plan original era respetar el nomadismo de la población autóctona, pero la afluencia de comida y servicios alteró los incentivos y los dertuenses optaron por hacerse sedentarios. “Lo que había sido un oasis con una charca para los camellos se convirtió en una pujante concentración de chabolas, con las calles alfombradas de basura. El mercado para el ganado nunca arrancó. La bomba de agua se averió. La gente empezó a pelearse por los bienes distribuidos. Se produjo una sequía, seguida de inundaciones. Brotaron epidemias”.

“Dertu”, cuenta por su parte Deaton, “sufrió el destino del pequeño pueblo al que visita un circo ambulante: de repente, se vio desbordado por una excitante actividad temporal, que incluía prostitutas y canallas que se peleaban por los despojos y vivían entre escombros. Hacia el final del libro [The Idealist], Dertu acaba aislada, sumida en la sequía, la guerra y el terrorismo”.

Estos problemas no afligieron solo a Dertu. En Ruhiira, Sachs decidió que había que plantar maíz, un alimento más eficiente que el plátano que habían cultivado hasta entonces. Por desgracia, ni había silos para almacenarlo ni mercado donde venderlo, así que el grano sirvió para que las ratas se dieran un formidable festín.

Aunque el programa debía alcanzar el punto de autosustentación a los cinco años, Sachs debió prorrogarlo otros cinco. Esta vez no le fue tan fácil captar fondos, así que recurrió a los préstamos y obligó a muchos habitantes de Ruhiira a endeudarse para dar el salto de la agricultura de subsistencia a la comercial. Era una apuesta segura, les explicó, pero resultó que no y, “además de perder lo poco que tenían”, escribe Deaton, “perdieron también lo que no tenían”.

A medida que las brillantes previsiones de Sachs se torcían, la admiración de Munk fue trocándose en desprecio, especialmente después de ver su reacción. Cualquier error era siempre culpa de los africanos, como antes lo había sido de los rusos, pero en general no reconocía muchos. Igual que los funcionarios del Partido Comunista en la China de los años 50, se esforzó por maquillar la triste realidad. “Los economistas que trabajaban en los cuarteles generales del PAM en Nueva York estaban convencidos de que Dertu prosperaba mucho después de que hubiera empezado a hundirse”, cuenta French.

Sachs incluso ha tratado de impedir la edición de The Idealist, como Munk ha denunciado en Twitter. Se queja de que ofrece una visión demasiado negativa y que el experimento, con todas sus limitaciones, ha contribuido a mejorar la existencia de los lugareños, pero ni siquiera esto es cierto. La primera evaluación independiente concluía en 2010 que las aldeas atendidas habían registrado un avance no muy superior al del resto del continente. Ahora acaba de salir un segundo análisis que corrobora que “lo conseguido podría haberse alcanzado a un coste sustancialmente inferior” y que además “las ganancias obtenidas están empezando a desvanecerse”.

Como dice French, Sachs es el último representante de lo que el politólogo James C. Scott llama “la ideología del alto modernismo”: la convicción de que una sociedad no puede organizarse a partir de “la inteligencia práctica de sus miembros”, sino desde “el conocimiento de los expertos”. La historia enseña, sin embargo, que “ningún modelo administrativo es capaz de reconstruir una comunidad salvo mediante un heroico y muy esquematizado proceso de simplificación”.

El PAM, reflexiona Deaton, no comportó la coerción brutal que acompañó “los proyectos de desarrollo agrario de Stalin o Nyerere [en Tanzania], ni por supuesto el horror sanguinario del Gran Salto Delante de Mao. Por eso deberíamos felicitarnos. Ahora bien, es un escándalo que Sachs ponga la soberbia y las consecuencias las paguen los aldeanos”.

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¿Por qué se ha puesto la bolsa nerviosa? Miguel Ors Villarejo

A principios de este año, cuando Wall Street se dio una costalada, Paul Krugman relativizó en el New York Times la importancia de estas cosas. La bolsa es un animal asustadizo y tiende a sobrerreaccionar. Un mal dato de inflación o un buen dato de empleo pueden desatar la histeria. En ocasiones ni siquiera hace falta el dato. “No hay que suponer que existe una razón específica para la caída”, escribía Krugman, y recordaba que, tras el crash de octubre de 1987, Robert Shiller realizó un rápido sondeo entre un grupo de inversores y resultó que todos habían vendido después de ver que otros lo hacían. Les puede parecer un disparate, pero no carece de lógica. Piensen en nuestros antepasados. Cuando oían un ruido detrás de las hierbas no iban a ver si era un león. Salían corriendo. La naturaleza ha seleccionado a lo largo de siglos a tipos cobardes y mediocres, que son los que han levantado el capitalismo. Desde un punto de vista científico, es todo una chapuza.

Ahora bien, las chapuzas funcionan mal que bien y, del mismo modo que detrás de las hierbas había a veces un león, también el nerviosismo de los mercados puede evidenciar problemas. Donald Trump se ha apresurado a culpar a la subida de tipos. “La Fed se ha vuelto loca”, dice, y es verdad que un dinero más caro trastoca el equilibrio de incentivos. Por un lado, dificulta la financiación de las empresas y reduce su beneficio y, por otro, potencia el atractivo de los bonos. Mucha gente que estaba metida en renta variable ha empezado a venderla porque prefiere la fija, cuya combinación de riesgo y rentabilidad es ahora más ventajosa.

¿Tiene entonces razón Trump? ¿Por qué no se está quieta la Reserva Federal? Porque las expansiones no son eternas. “Tarde o temprano se agotan por tres razones”, me explicaba hace unos meses César Ruiz, el director de Inversiones de Pictet. “(1) Hay un choque externo, como el encarecimiento en los años 70 del petróleo; (2) la inflación se dispara y, al endurecer la política monetaria para atajarla, los bancos centrales fuerzan el cambio de ciclo, y (3) las firmas no pueden trasladar a los precios las subidas salariales y, para preservar sus márgenes, recortan la inversión y el empleo”.

Salvo el choque externo, hay algunos signos de que todo lo demás podría estar sucediendo en Estados Unidos. El coste de la vida rozó hace dos meses el 3% y, aunque desde entonces el alza se ha moderado, está claramente por encima de los niveles de hace un año. En cuanto a los sueldos, mejoraron el 0,3% en setiembre. Por otra parte, la actual expansión es la segunda más larga desde la posguerra y, salvo que se produzca un heroico repunte de la productividad (que nadie prevé), lo más lógico es que desfallezca y muera más temprano que tarde.

Como si fuera un héroe trágico, Trump ha decidido desafiar los designios de la economía y, desde que llegó a la Casa Blanca, ha estado peleándose para estirar el ciclo con rebajas fiscales y programas de infraestructuras. Estas iniciativas tienen efecto en el corto plazo y, de hecho, son probablemente la razón de que la bonanza esté durando tanto. Pero en el largo plazo resultan contraproducentes porque, cuando inevitablemente llega la desaceleración, el arsenal para combatirla se ha agotado y no queda margen ni para bajar los impuestos ni para impulsar el gasto. El sueño de la expansión eterna se da entonces de bruces con la dura realidad.

Nadie habla de que esté incubándose una catástrofe como la de 2008, pero la recesión probablemente sea más larga y profunda que la que habría tenido lugar de haberse gestionado las finanzas públicas con más rigor (y no solo en Estados Unidos).

Por eso se ha puesto la bolsa nerviosa.