La desinformación es la verdadera ganadora de la contienda electoral. Nieves C. Pérez Rodríguez

En un ambiente mucho menos festivo que en previas elecciones y cargado más bien de ansiedad por conocerse el resultado final, pero también por el temor a protestas ante al anuncio del candidato ganado, se ha celebrado el día electoral en EEUU. Mientras, en las principales ciudades del país se prepararon con barreras antidisturbios e incluso la misma Casa Blanca puso barricadas a sus alrededores para protegerse frente a la posible violencia que puede llegar a desatarse, producto de una polarización social muy profunda que se ha acentuado en los últimos años.

La campaña ha sido dura, con fuertes acusaciones de ambos lados. A los demócratas se les acusa de tener una agenda socialista radical y, en efecto, es lo que ha hecho que el Estado de Florida lo ganaran los republicanos. Mientras que a Trump se le acusa de dividir fuertemente el país, aupar a los supremacistas blancos y de un terrible manejo de la pandemia que de momento supera los 9 millones de ciudadanos contagiados.

Sin embargo, la economía estadounidense aún en plena pandemia repuntó bruscamente durante los 3 últimos meses de campaña, creciendo a un ritmo trimestral récord de 7,4% de acuerdo con las cifras oficiales. Aunque el daño de la paralización de la pandemia está presente según los analistas. Pero lo cierto es que a pesar del parón producido por el confinamiento ha quedado demostrada la entereza de la primera economía del mundo.

Fue una campaña electoral atípica.  Debido a la pandemia se estimuló el voto temprano para evitar grupos masivos de electores, así como el voto por correo. Todo en medio de un ambiente agitado que ha acabado por deteriorar más las instituciones estadounidenses. Y eso, en gran parte, se debe a Trump, quien en el uso de su tono soez no mide palabras o descréditos para ganar adeptos.

El deterioro de la credibilidad de las instituciones es un punto de inflexión en los Estados Unidos y la mayor preocupación de los analistas. Y el ganador de esta reñida contienda tendrá la gran responsabilidad de restablecer esa credibilidad o al menos contener su deterioro. 

Los republicanos pueden estar tranquilos en cuanto a la Corte Suprema, pues su mayoría es conservadora, y, a pesar de que la silla presidencial la ocupe un demócrata, las decisiones que por allí pasen serán más de corte conservador. En cuanto al Congreso, de momento todo apunta a que se quedará como estaba. Es decir, la Cámara de Representantes en manos de los demócratas y el Senado tendrá mayoría republicana, lo que garantiza que sus prioridades continuaran parecidas. Y habrá un equilibrio sano para el sistema.

Con un Senado de mayoría republicana se seguirá luchando y aprobando leyes que pongan un freno a las arbitrariedades chinas, bien sea en cuanto al robo de propiedad intelectual, o de posible espionaje a través de la red 5G o Huawai, la defensa por la las libertades religiosas de los individuos chinos (incluyendo a las minorías musulmanas, los budistas y cristianos en China), seguirán hablando sobre la importancia de devolver la autonomía a Hong Kong pero sobre todo se hará mucha énfasis en Taiwán y la imperiosa necesidad de que ese enclave permanezca fuera de los tentáculos del PC chino.

Si continuara Trump en la Casa Blanca su política exterior hacia Asia andaría por la misma línea. Pero si Biden tomara el poder, en este punto no podría retornar a la situación de hace 4 años atrás, por lo tanto, aunque es probable que se suavice un poco el tono, no se cambiará sustancialmente la postura.

La Administración Trump se ha centrado mucho en los problemas domésticos, dejando un vacío en el liderazgo internacional que bien ha intentado llenar Beijing. Es posible que Biden tomará una posición más activa internacional, aunque poco probable que Washington recupere el liderazgo internacional al que nos tenía acostumbrado.

Todo apunta a que los resultados de las elecciones se harán esperar, y la razón de ello es la inmensa división que ha experimentado esta nación. Estados Unidos es hoy un país dividido ideológicamente en dos partes casi iguales. Pero la grandeza de la democracia y la fortaleza de su economía lo hará salir adelante, y tal y como dice su juramento a la bandera seguirá siendo “una nación ante Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”.

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